![[Imagen: kirigakure_naruto_village.jpg?v=1582118185]](https://cdn.shopify.com/s/files/1/0046/2779/1960/files/kirigakure_naruto_village.jpg?v=1582118185)
Fecha y Lugar: Verano, año 150. Zona Comercial de Kirigakure.
Los gritos procedían del sector norte del mercado, un laberinto de puestos techados con lonas raídas y reforzados con bambú donde se apilaban los escasos lujos comestibles de la región: tubérculos importados, frutas desecadas y las codiciadas canastas de nísperos y mandarinas de agua cultivadas en los pocos valles fértiles de las islas periféricas. Allí, rodeado por una pequeña multitud de curiosos que observaban con apatía o soterrada diversión, se encontraba el propietario de uno de los puestos de abastos más grandes del cuadrante, un hombre de hombros anchos y rostro surcado por cicatrices de frío, que respondía al nombre de Saburō.
El puesto de Saburō presentaba un aspecto inusual de desorden. Varias cajas de madera aparecían volcadas, desparramando restos de paja trenzada por el suelo humedecido. El suelo de tablones mostraba marcas frescas: salpicaduras de jugo espeso y violáceo procedentes de bayas silvestres machacadas, junto a una serie de huellas de pies descalzos o envueltos en vendajes ligeros que se desvanecían rápidamente hacia los callejones más oscuros y estrechos del nivel inferior del mercado.
—¡Es la tercera vez esta semana! —bramaba el comerciante, golpeando con su puño calloso el mostrador de madera húmeda mientras se dirigía al oficial logístico de Kirigakure que acababa de sellar la solicitud de intervención—. No se trata de un simple vagabundo hambriento. Ese maldito espectro se desliza entre los puestos justo cuando la bruma se espesa a media mañana. Sabe exactamente qué cajas abrir y cómo esquivar los cables de las alarmas de cascabel que instalé tras el segundo robo. Hoy se ha llevado dos cestas enteras de higos de los acantilados y un saco de manzanas de invierno. ¡Si los ninjas de la aldea no pueden proteger el comercio interno de cuatro rateros de pacotilla, no sé para qué pagamos las tasas de la guarnición!
El oficial de la niebla, imperturbable ante las quejas, se limitó a señalar con un gesto indolente de su mano enguantada la llegada de Yukine al perímetro. Para las autoridades, un hurto de provisiones en el mercado civil no pasaba de ser una molestia de Rango D, el tipo de tarea idónea para evaluar la agudeza, el rastreo y la capacidad operativa de un shinobi sin necesidad de comprometer recursos de élite.
Alrededor del puesto, el entorno ofrecía las primeras pistas tangibles para quien supiera observar más allá de las protestas del mercader. A unos tres metros del mostrador volcado, justo donde el tejadillo de lona goteaba el agua de condensación sobre los barriles de salazón, una de las vigas de soporte de madera mostraba una hendidura fina y limpia, como si alguien hubiera apoyado un peso considerable utilizando un calzado con agarre especializado para impulsarse hacia las alturas. Más abajo, semisocavada entre los tablones sueltos de la pasarela que daba al canal de desagüe, descansaba una única fruta: una mandarina de agua, intacta pero con una pequeña marca de presión concéntrica en su piel, un rastro fresco cuyo olor cítrico todavía competía débilmente con el tufo a humedad del mercado.
El murmullo de la zona comercial continuaba su ritmo mecánico, ajeno a la investigación. Los vendedores de pescado de las pasarelas inferiores arrastraban sus canastas de mimbre, y el denso manto grisáceo comenzaba a descender de nuevo desde los acantilados altos, amenazando con borrar las huellas del suelo en cuestión de minutos. El escenario estaba dispuesto y el perímetro delimitado; el rastro del escurridizo ladrón de frutas aguardaba bajo la mirada atenta de los comerciantes, quienes esperaban ver si el shinobi enviado por la aldea sería capaz de desenredar el hilo antes de que la bruma devorase por completo las pistas del sospechoso.
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