Era un hombre alto y con una presencia imponente. Sus ojos, oscuros y profundos como pozos sin fondo, reflejaban años de experiencias que habían endurecido su alma. Su cabello negro estaba cuidadosamente peinado, y su rostro, marcado por una cicatriz que cruzaba desde su ceja izquierda hasta la mejilla, daba fe de los peligros que había enfrentado. Vestía una armadura ligera de cuero reforzado, diseñada para permitirle una movilidad rápida y eficiente, esencial en su línea de trabajo. Un cinturón cargado de herramientas de tortura colgaba de su cintura, cada una de ellas afilada y pulida, lista para ser utilizada en cualquier momento.
Mientras esperaba a su compañera, una novata kunoichi de la que apenas sabía nada, el Kenju no pudo evitar preguntarse por qué le habían asignado esta tarea. «¿Por qué a mí?» se cuestionaba en silencio, tamborileando los dedos enguantados sobre la empuñadura de su katana. Había llevado a cabo incontables misiones de este tipo solo, y la idea de tener a una inexperta a su lado le resultaba desconcertante. Una ejecución pública no era solo un acto de justicia; era una declaración de poder, una demostración de la supremacía del imperio de Boshoku. El prisionero que debían escoltar, un traidor a los ojos del régimen, serviría como un recordatorio de lo que les esperaba a aquellos que osaran desafiar la autoridad del Sujin. Sabía que cualquier error podría costarle caro, no solo a él, sino a la facción que representaba y en consecuencia a su familia.
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