30-06-2026, 11:33 AM
Día 10 de Verano | Año 150 | Kirigakure no sato
El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte cuando el barrio pesquero de Kirigakure ya rebosaba de actividad. Como cada mañana, el ir y venir de embarcaciones marcaba el inicio de una nueva jornada de trabajo. El sonido de los remos golpeando el agua se mezclaba con el graznido de las gaviotas que sobrevolaban el puerto en busca de algún descuido, mientras el aroma a salitre y pescado fresco impregnaba cada rincón del muelle. Comerciantes acomodaban sus mercancías, marineros descargaban cajas repletas de la captura del día anterior y algunos niños corrían entre los callejones de madera jugando a perseguirse antes de que sus padres los llamaran para ayudar en las labores cotidianas. Sin embargo, aquella rutina se había visto interrumpida por un alboroto que no tardó en atraer la atención de buena parte de los vecinos.
En uno de los extremos del embarcadero, dos pescadores discutían con tal vehemencia que incluso quienes continuaban trabajando dirigían miradas de reojo hacia el origen de los gritos. Frente a frente, separados apenas por un par de pasos, ambos sostenían redes visiblemente deterioradas, llenas de desgarros y agujeros que las volvían prácticamente inútiles para salir a pescar. —¡No vuelvas a señalarme con ese dedo! —vociferó un hombre de complexión robusta, barba entrecana y manos curtidas por décadas de trabajo en el mar —¡Sé perfectamente que fuiste tú! ¡Llevas meses intentando quitarme los mejores lugares de pesca!— Su interlocutor, bastante más joven, apretó los dientes mientras sujetaba su propia red, igualmente dañada. —¿Yo? ¡Mira cómo dejaron la mía! ¿De verdad crees que destrozaría mis herramientas solo para hacerte una broma? Si alguien está intentando perjudicar a otro eres tú. —
—¡Mentiroso! —, —¡Viejo testarudo! — Las voces resonaban por todo el muelle. Un par de hombres intentaron acercarse para calmarlos, pero bastó una mirada cargada de furia por parte de ambos pescadores para que decidieran mantenerse al margen. Nadie quería terminar involucrado en una pelea que, por el momento, solo era verbal. No era la primera vez que aquellos dos hombres discutían. Durante los últimos meses habían competido por vender las mejores capturas del barrio y, aunque nunca habían llegado a las manos, la rivalidad entre ambos era bien conocida entre los habitantes de la zona. Aquella mañana, sin embargo, el ambiente era diferente. La pérdida de sus redes significaba quedarse varios días sin trabajar hasta conseguir repararlas o reunir el dinero suficiente para reemplazarlas. Una mujer de edad avanzada observó la escena desde la puerta de su vivienda antes de negar lentamente con la cabeza.
—Esto terminará mal si nadie hace algo.— Otro vecino suspiró mientras acomodaba unas cajas de madera. —Ya avisaron a la administración de la aldea. Dijeron que enviarían un par de Genin para solucionar el problema antes de que toda esta disputa termine dividiendo al barrio. — La noticia había corrido con rapidez. Los habitantes del puerto conocían bien el valor de la cooperación, una pelea entre pescadores no solo afectaba a quienes participaban en ella, sino también al intercambio de herramientas, a las ventas compartidas e incluso a la confianza entre familias que llevaban generaciones viviendo unas junto a otras. No pasó demasiado tiempo antes de que dos figuras con protectores shinobi fueran divisadas acercándose al muelle. Su sola presencia bastó para que varios curiosos se apartaran, abriéndoles paso entre el pequeño círculo que se había formado alrededor de los pescadores.
Al notar su llegada, ambos hombres comenzaron a hablar casi al mismo tiempo, intentando imponer su versión de los hechos antes que la del otro. —¡Exijo que investiguen lo que hizo este desgraciado! —bramó el hombre mayor mientras levantaba la red rota como si fuera una prueba irrefutable. —¡No le crean ni una palabra! —replicó el más joven sin perder un segundo —¡Él está buscando un culpable porque no quiere admitir que alguien arruinó también su trabajo!— Las acusaciones se cruzaban una tras otra sin permitir que nadie interviniera. Ninguno parecía dispuesto a escuchar razones, y cuanto más hablaban, más convencidos se mostraban de que el responsable estaba justo frente a ellos. A simple vista, lo único que resultaba evidente era que ambas redes presentaban daños muy similares. Lo demás eran sospechas, resentimientos acumulados y una comunidad expectante que confiaba en que los jóvenes shinobi fueran capaces de descubrir la verdad antes de que un conflicto entre dos pescadores terminara arrastrando consigo la tranquilidad de todo el barrio costero.
Petición
El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte cuando el barrio pesquero de Kirigakure ya rebosaba de actividad. Como cada mañana, el ir y venir de embarcaciones marcaba el inicio de una nueva jornada de trabajo. El sonido de los remos golpeando el agua se mezclaba con el graznido de las gaviotas que sobrevolaban el puerto en busca de algún descuido, mientras el aroma a salitre y pescado fresco impregnaba cada rincón del muelle. Comerciantes acomodaban sus mercancías, marineros descargaban cajas repletas de la captura del día anterior y algunos niños corrían entre los callejones de madera jugando a perseguirse antes de que sus padres los llamaran para ayudar en las labores cotidianas. Sin embargo, aquella rutina se había visto interrumpida por un alboroto que no tardó en atraer la atención de buena parte de los vecinos.
En uno de los extremos del embarcadero, dos pescadores discutían con tal vehemencia que incluso quienes continuaban trabajando dirigían miradas de reojo hacia el origen de los gritos. Frente a frente, separados apenas por un par de pasos, ambos sostenían redes visiblemente deterioradas, llenas de desgarros y agujeros que las volvían prácticamente inútiles para salir a pescar. —¡No vuelvas a señalarme con ese dedo! —vociferó un hombre de complexión robusta, barba entrecana y manos curtidas por décadas de trabajo en el mar —¡Sé perfectamente que fuiste tú! ¡Llevas meses intentando quitarme los mejores lugares de pesca!— Su interlocutor, bastante más joven, apretó los dientes mientras sujetaba su propia red, igualmente dañada. —¿Yo? ¡Mira cómo dejaron la mía! ¿De verdad crees que destrozaría mis herramientas solo para hacerte una broma? Si alguien está intentando perjudicar a otro eres tú. —
—¡Mentiroso! —, —¡Viejo testarudo! — Las voces resonaban por todo el muelle. Un par de hombres intentaron acercarse para calmarlos, pero bastó una mirada cargada de furia por parte de ambos pescadores para que decidieran mantenerse al margen. Nadie quería terminar involucrado en una pelea que, por el momento, solo era verbal. No era la primera vez que aquellos dos hombres discutían. Durante los últimos meses habían competido por vender las mejores capturas del barrio y, aunque nunca habían llegado a las manos, la rivalidad entre ambos era bien conocida entre los habitantes de la zona. Aquella mañana, sin embargo, el ambiente era diferente. La pérdida de sus redes significaba quedarse varios días sin trabajar hasta conseguir repararlas o reunir el dinero suficiente para reemplazarlas. Una mujer de edad avanzada observó la escena desde la puerta de su vivienda antes de negar lentamente con la cabeza.
—Esto terminará mal si nadie hace algo.— Otro vecino suspiró mientras acomodaba unas cajas de madera. —Ya avisaron a la administración de la aldea. Dijeron que enviarían un par de Genin para solucionar el problema antes de que toda esta disputa termine dividiendo al barrio. — La noticia había corrido con rapidez. Los habitantes del puerto conocían bien el valor de la cooperación, una pelea entre pescadores no solo afectaba a quienes participaban en ella, sino también al intercambio de herramientas, a las ventas compartidas e incluso a la confianza entre familias que llevaban generaciones viviendo unas junto a otras. No pasó demasiado tiempo antes de que dos figuras con protectores shinobi fueran divisadas acercándose al muelle. Su sola presencia bastó para que varios curiosos se apartaran, abriéndoles paso entre el pequeño círculo que se había formado alrededor de los pescadores.
Al notar su llegada, ambos hombres comenzaron a hablar casi al mismo tiempo, intentando imponer su versión de los hechos antes que la del otro. —¡Exijo que investiguen lo que hizo este desgraciado! —bramó el hombre mayor mientras levantaba la red rota como si fuera una prueba irrefutable. —¡No le crean ni una palabra! —replicó el más joven sin perder un segundo —¡Él está buscando un culpable porque no quiere admitir que alguien arruinó también su trabajo!— Las acusaciones se cruzaban una tras otra sin permitir que nadie interviniera. Ninguno parecía dispuesto a escuchar razones, y cuanto más hablaban, más convencidos se mostraban de que el responsable estaba justo frente a ellos. A simple vista, lo único que resultaba evidente era que ambas redes presentaban daños muy similares. Lo demás eran sospechas, resentimientos acumulados y una comunidad expectante que confiaba en que los jóvenes shinobi fueran capaces de descubrir la verdad antes de que un conflicto entre dos pescadores terminara arrastrando consigo la tranquilidad de todo el barrio costero.
Petición
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