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		<title><![CDATA[Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto - Kirigakure no Sato]]></title>
		<link>https://shinobigaiden.net/</link>
		<description><![CDATA[Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto - https://shinobigaiden.net]]></description>
		<pubDate>Fri, 23 Oct 2026 13:12:10 +0000</pubDate>
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		<item>
			<title><![CDATA[[C] Criminales en la Niebla]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15219</link>
			<pubDate>Mon, 19 Oct 2026 20:46:31 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=743">Sayuri Yuki</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15219</guid>
			<description><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15214" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Peticion</a><br />
<hr class="mycode_hr" />
<br />
<br />
La misión consistía en infiltrarme en los islotes cercanos al Cementerio de la Marea Roja, neutralizar al líder de una banda de contrabandistas y recuperar unos planos y componentes tecnológicos robados de Kirigakure. Por lo visto, aquellos tipos aprovechaban las tormentas para atacar barcos de suministro y vender su botín en el exterior. Una idea bastante estúpida, si me preguntaban a mí. Robarle a Kiri y esperar salir impunes no era precisamente una demostración de inteligencia. <span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #68c4e8;" class="mycode_color">'Bien pendejo hay que ser...'</span></span> Antes de partir, revisé mis kunai, shuriken y senbon, asegurándome de tenerlos a mano. También llevaba mis chakram y algunos sellos explosivos, aunque prefería no utilizarlos si no era necesario. Finalmente, acomodé mi larga trenza sobre un hombro y comprobé que mi ropa estuviera en orden.<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"> —Armas, equipo y cabello perfecto. Muy bien, Sayuri, otro dia mas para demostrar que eres la reina de hielo. Siuu—</span></span><br />
<br />
Subí a la pequeña embarcación y comencé la travesía. El viento golpeaba con fuerza y la niebla apenas me permitía distinguir las rocas que sobresalían del agua. Cada tanto, una ola chocaba contra la barca y me salpicaba el rostro. No era precisamente el paseo que habría elegido para pasar la tarde, pero aquellas condiciones también dificultaban que los contrabandistas detectaran mi llegada. Tras avanzar con cuidado, distinguí las siluetas de varios islotes. Busqué un saliente rocoso que me permitiera desembarcar sin exponer demasiado la embarcación y aseguré la cuerda antes de recoger mi equipo. Desde allí observé las ruinas. Dos hombres patrullaban una plataforma de madera, mientras que una estructura metálica conectada a varias tuberías expulsaba vapor cerca de la entrada. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Así que estos son los genios que decidieron robar tecnología de Kiri. Ya veran...—</span></span><br />
<br />
Esperé a que los guardias se separaran y aproveché una ráfaga de viento para moverme entre las rocas. La lluvia cubría el sonido de mis pasos, aunque tuve que avanzar despacio para no resbalar. <span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #68c4e8;" class="mycode_color">'Cuidado Sayu, no resbales ahora, quedas bien pendeja... y los pendejos son ellos, no tu.'</span></span> Cuando uno de los hombres se alejó de su compañero, saqué dos senbon y los lancé hacia él, buscando dificultar sus movimientos sin provocarle una herida grave. Aproveché la distracción para continuar por un corredor lateral, evitando las zonas abiertas. Dentro de las ruinas encontré cajas con marcas de Kirigakure y varias piezas metálicas apiladas junto a una mesa. No necesitaba examinar demasiado para reconocer que aquello podía formar parte del material robado. Escuché voces al otro lado de una puerta y me acerqué lo suficiente para distinguir una conversación sobre el traslado de la mercancía antes de que terminara la tormenta. No tenía tiempo que perder.<br />
<br />
Avancé por un pasillo que descendía hacia una cueva natural. El sonido del agua se hizo más fuerte hasta que llegué a una cámara parcialmente inundada. Sobre una plataforma de piedra había varias cajas protegidas, planos y componentes mecánicos. Junto a ellos, un hombre examinaba un armazón metálico equipado con válvulas y conductos de vapor. Por su equipo y la seguridad con la que manipulaba el dispositivo, supuse que era el líder. Intenté acercarme sin llamar la atención, pero una piedra resbaló bajo mi pie y cayó al agua <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—ups...—</span></span>. <br />
<br />
El hombre levantó la cabeza de inmediato. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c19e00;" class="mycode_color">—¿Quién anda ahí?—</span></span><br />
 <br />
Suspiré y salí de mi escondite, manteniendo las manos cerca de mis armas. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Sayuri Yuki, de Kirigakure. Me dicen que unos pendejos intentan robar a Kirigakure... hay que tenerlos bien puestos eh.— </span></span><br />
<br />
El mercenario me examinó y soltó una carcajada al ver mi protector. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c19e00;" class="mycode_color">—¿Eso es todo lo que mandaron? Una chica, jah jah.— </span></span><br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—¿Una chica, jah jah? Ya verás lo que te espera.— </span></span><br />
<br />
El hombre accionó una palanca y el mecanismo expulsó una descarga de vapor. Inmediatamente después, una pieza metálica golpeó el agua y levantó una enorme salpicadura. Retrocedí para evitar el impacto y lancé varios shuriken en su dirección. Tuvo que protegerse detrás del armazón, dándome tiempo para concentrar chakra y levantar una barrera de hielo entre nosotros. El siguiente golpe impactó contra la estructura y abrió varias grietas. No podía quedarme detrás de un muro que terminaría rompiéndose, así que creé otra formación de hielo a un costado y la hice desplazarse por la cámara. El mercenario tuvo que cambiar de posición para evitar que le bloqueara el paso, mientras yo aprovechaba para saltar sobre una plataforma de hielo y alcanzar una roca más elevada.<br />
<br />
El agua seguía subiendo y el terreno era cada vez más peligroso. Una nueva descarga de vapor redujo mi visibilidad, obligándome a apartarme cuando escuché el mecanismo moverse cerca de mí. El golpe alcanzó el borde de la plataforma y varios fragmentos cayeron al agua. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Venga va ¿No sabes hacer otra cosa que golpear piedras?— </span></span>El mercenario respondió con un gruñido y volvió a dirigirse hacia mí. Aproveché que su atención estaba fija en mi posición para lanzar una ráfaga de viento en forma de luna. La corriente cortante cruzó la cámara y le provocó varios rasguños, obligándolo a retroceder. No esperé a comprobar la gravedad de las heridas. Necesitaba mantener la iniciativa antes de que pudiera utilizar su mecanismo con mayor precisión.<br />
<br />
Levanté varias formaciones de hielo y las hice levitar alrededor de la cámara, cambiando su posición para dificultar que anticipara mis movimientos. Después provoqué la explosión de una de ellas, liberando una ráfaga de cristales en su dirección. El mercenario se cubrió y se apartó, pero el ataque también le impidió mantener el control de su posición durante unos instantes. Aproveché la oportunidad para utilizar un jutsu de agua. Concentré chakra y lancé un chorro a presión que lo golpeó de frente, empujándolo hacia una zona más profunda de la cueva. El hombre perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer. Su armazón soltó otra descarga de vapor, pero el agua y las dificultades del terreno parecían complicar sus movimientos. El mercenario intentó girar el mecanismo hacia mí, pero aproveché su movimiento para lanzar un kunai contra una de las correas que sujetaban el armazón. La hoja cortó parte del material y desestabilizó el equipo. Me acerqué con cautela y levanté una pequeña barrera de hielo para limitar su capacidad de movimiento, mientras utilizaba el mango de otro kunai para golpear su brazo y apartarlo del dispositivo. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Se acabó. Puedes rendirte ahora o seguir haciendo el ridículo, tu dirás.—</span></span> Todavía intentó resistirse, pero el aumento de la marea lo obligó a apoyarse contra la pared. Aproveché ese instante para inmovilizarlo y asegurarme de que no pudiera utilizar el mecanismo nuevamente. No bajé la guardia hasta comprobar que había dejado de representar una amenaza inmediata.<br />
<br />
Respiré hondo y me aparté un mechón húmedo de la cara. El hombro me molestaba y el agua ya me llegaba demasiado cerca, así que decidí dejar las celebraciones para después. Me dirigí a la plataforma y revisé las cajas hasta encontrar los planos dentro de una carpeta impermeable, junto con varios componentes que coincidían con la descripción recibida antes de partir. Comprobé sus marcas de identificación y guardé todo cuidadosamente. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Vamos, Sayuri. Ya casi está. No vas a perder todo el estilo por culpa de unos ladrones.—</span></span> Regresé por el corredor y alcancé la embarcación sin encontrar más resistencia. Aseguré los objetos recuperados para evitar que se mojaran y emprendí el regreso hacia Kirigakure. La niebla comenzó a despejarse durante el trayecto, permitiéndome reconocer el camino. Solo cuando distinguí las estructuras de la aldea a lo lejos me permití relajar los hombros.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15214" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Peticion</a><br />
<hr class="mycode_hr" />
<br />
<br />
La misión consistía en infiltrarme en los islotes cercanos al Cementerio de la Marea Roja, neutralizar al líder de una banda de contrabandistas y recuperar unos planos y componentes tecnológicos robados de Kirigakure. Por lo visto, aquellos tipos aprovechaban las tormentas para atacar barcos de suministro y vender su botín en el exterior. Una idea bastante estúpida, si me preguntaban a mí. Robarle a Kiri y esperar salir impunes no era precisamente una demostración de inteligencia. <span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #68c4e8;" class="mycode_color">'Bien pendejo hay que ser...'</span></span> Antes de partir, revisé mis kunai, shuriken y senbon, asegurándome de tenerlos a mano. También llevaba mis chakram y algunos sellos explosivos, aunque prefería no utilizarlos si no era necesario. Finalmente, acomodé mi larga trenza sobre un hombro y comprobé que mi ropa estuviera en orden.<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color"> —Armas, equipo y cabello perfecto. Muy bien, Sayuri, otro dia mas para demostrar que eres la reina de hielo. Siuu—</span></span><br />
<br />
Subí a la pequeña embarcación y comencé la travesía. El viento golpeaba con fuerza y la niebla apenas me permitía distinguir las rocas que sobresalían del agua. Cada tanto, una ola chocaba contra la barca y me salpicaba el rostro. No era precisamente el paseo que habría elegido para pasar la tarde, pero aquellas condiciones también dificultaban que los contrabandistas detectaran mi llegada. Tras avanzar con cuidado, distinguí las siluetas de varios islotes. Busqué un saliente rocoso que me permitiera desembarcar sin exponer demasiado la embarcación y aseguré la cuerda antes de recoger mi equipo. Desde allí observé las ruinas. Dos hombres patrullaban una plataforma de madera, mientras que una estructura metálica conectada a varias tuberías expulsaba vapor cerca de la entrada. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Así que estos son los genios que decidieron robar tecnología de Kiri. Ya veran...—</span></span><br />
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Esperé a que los guardias se separaran y aproveché una ráfaga de viento para moverme entre las rocas. La lluvia cubría el sonido de mis pasos, aunque tuve que avanzar despacio para no resbalar. <span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #68c4e8;" class="mycode_color">'Cuidado Sayu, no resbales ahora, quedas bien pendeja... y los pendejos son ellos, no tu.'</span></span> Cuando uno de los hombres se alejó de su compañero, saqué dos senbon y los lancé hacia él, buscando dificultar sus movimientos sin provocarle una herida grave. Aproveché la distracción para continuar por un corredor lateral, evitando las zonas abiertas. Dentro de las ruinas encontré cajas con marcas de Kirigakure y varias piezas metálicas apiladas junto a una mesa. No necesitaba examinar demasiado para reconocer que aquello podía formar parte del material robado. Escuché voces al otro lado de una puerta y me acerqué lo suficiente para distinguir una conversación sobre el traslado de la mercancía antes de que terminara la tormenta. No tenía tiempo que perder.<br />
<br />
Avancé por un pasillo que descendía hacia una cueva natural. El sonido del agua se hizo más fuerte hasta que llegué a una cámara parcialmente inundada. Sobre una plataforma de piedra había varias cajas protegidas, planos y componentes mecánicos. Junto a ellos, un hombre examinaba un armazón metálico equipado con válvulas y conductos de vapor. Por su equipo y la seguridad con la que manipulaba el dispositivo, supuse que era el líder. Intenté acercarme sin llamar la atención, pero una piedra resbaló bajo mi pie y cayó al agua <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—ups...—</span></span>. <br />
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El hombre levantó la cabeza de inmediato. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c19e00;" class="mycode_color">—¿Quién anda ahí?—</span></span><br />
 <br />
Suspiré y salí de mi escondite, manteniendo las manos cerca de mis armas. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Sayuri Yuki, de Kirigakure. Me dicen que unos pendejos intentan robar a Kirigakure... hay que tenerlos bien puestos eh.— </span></span><br />
<br />
El mercenario me examinó y soltó una carcajada al ver mi protector. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c19e00;" class="mycode_color">—¿Eso es todo lo que mandaron? Una chica, jah jah.— </span></span><br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—¿Una chica, jah jah? Ya verás lo que te espera.— </span></span><br />
<br />
El hombre accionó una palanca y el mecanismo expulsó una descarga de vapor. Inmediatamente después, una pieza metálica golpeó el agua y levantó una enorme salpicadura. Retrocedí para evitar el impacto y lancé varios shuriken en su dirección. Tuvo que protegerse detrás del armazón, dándome tiempo para concentrar chakra y levantar una barrera de hielo entre nosotros. El siguiente golpe impactó contra la estructura y abrió varias grietas. No podía quedarme detrás de un muro que terminaría rompiéndose, así que creé otra formación de hielo a un costado y la hice desplazarse por la cámara. El mercenario tuvo que cambiar de posición para evitar que le bloqueara el paso, mientras yo aprovechaba para saltar sobre una plataforma de hielo y alcanzar una roca más elevada.<br />
<br />
El agua seguía subiendo y el terreno era cada vez más peligroso. Una nueva descarga de vapor redujo mi visibilidad, obligándome a apartarme cuando escuché el mecanismo moverse cerca de mí. El golpe alcanzó el borde de la plataforma y varios fragmentos cayeron al agua. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Venga va ¿No sabes hacer otra cosa que golpear piedras?— </span></span>El mercenario respondió con un gruñido y volvió a dirigirse hacia mí. Aproveché que su atención estaba fija en mi posición para lanzar una ráfaga de viento en forma de luna. La corriente cortante cruzó la cámara y le provocó varios rasguños, obligándolo a retroceder. No esperé a comprobar la gravedad de las heridas. Necesitaba mantener la iniciativa antes de que pudiera utilizar su mecanismo con mayor precisión.<br />
<br />
Levanté varias formaciones de hielo y las hice levitar alrededor de la cámara, cambiando su posición para dificultar que anticipara mis movimientos. Después provoqué la explosión de una de ellas, liberando una ráfaga de cristales en su dirección. El mercenario se cubrió y se apartó, pero el ataque también le impidió mantener el control de su posición durante unos instantes. Aproveché la oportunidad para utilizar un jutsu de agua. Concentré chakra y lancé un chorro a presión que lo golpeó de frente, empujándolo hacia una zona más profunda de la cueva. El hombre perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer. Su armazón soltó otra descarga de vapor, pero el agua y las dificultades del terreno parecían complicar sus movimientos. El mercenario intentó girar el mecanismo hacia mí, pero aproveché su movimiento para lanzar un kunai contra una de las correas que sujetaban el armazón. La hoja cortó parte del material y desestabilizó el equipo. Me acerqué con cautela y levanté una pequeña barrera de hielo para limitar su capacidad de movimiento, mientras utilizaba el mango de otro kunai para golpear su brazo y apartarlo del dispositivo. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Se acabó. Puedes rendirte ahora o seguir haciendo el ridículo, tu dirás.—</span></span> Todavía intentó resistirse, pero el aumento de la marea lo obligó a apoyarse contra la pared. Aproveché ese instante para inmovilizarlo y asegurarme de que no pudiera utilizar el mecanismo nuevamente. No bajé la guardia hasta comprobar que había dejado de representar una amenaza inmediata.<br />
<br />
Respiré hondo y me aparté un mechón húmedo de la cara. El hombro me molestaba y el agua ya me llegaba demasiado cerca, así que decidí dejar las celebraciones para después. Me dirigí a la plataforma y revisé las cajas hasta encontrar los planos dentro de una carpeta impermeable, junto con varios componentes que coincidían con la descripción recibida antes de partir. Comprobé sus marcas de identificación y guardé todo cuidadosamente. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Vamos, Sayuri. Ya casi está. No vas a perder todo el estilo por culpa de unos ladrones.—</span></span> Regresé por el corredor y alcancé la embarcación sin encontrar más resistencia. Aseguré los objetos recuperados para evitar que se mojaran y emprendí el regreso hacia Kirigakure. La niebla comenzó a despejarse durante el trayecto, permitiéndome reconocer el camino. Solo cuando distinguí las estructuras de la aldea a lo lejos me permití relajar los hombros.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[C] Escoltando a los Kodon]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15204</link>
			<pubDate>Sat, 17 Oct 2026 17:05:25 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=743">Sayuri Yuki</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15204</guid>
			<description><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15203" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url"><span style="font-size: small;" class="mycode_size">Peticion</span></a><br />
<hr class="mycode_hr" />
La misión no parecía demasiado complicada cuando me explicaron los detalles. Tenía que acompañar a un grupo de boticarios del Clan Kodon hasta una de las pequeñas islas deshabitadas al sur de Kirigakure, protegerlos mientras recolectaban una planta bastante extraña y asegurarme de que regresaran con las muestras intactas. Según la información que me dieron, aquella especie solamente florecía durante las heladas extremas y era necesaria para elaborar antídotos destinados al Hospital Central. Un trabajo importante, desde luego, aunque la parte de enfrentar criaturas marinas agresivas no sonaba precisamente como un paseo agradable. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Qué bien, frío, rocas resbaladizas y monstruos marinos.—</span></span> Comenté mientras terminaba de revisar el contenido de mi bolsa de equipo.<br />
<br />
Comprobé que llevara mis kunai, shuriken y las herramientas habituales, además de asegurarme de tener suficiente espacio para transportar cualquier material que necesitáramos. Después me acomodé la trenza sobre un hombro y revisé que mi ropa estuviera en orden. Una misión podía terminar con una criatura intentando arrancarte la cabeza, pero eso no significaba que tuviera que presentarme hecha un desastre. Hay cosas que sencillamente no estaba dispuesta a negociar.<br />
<br />
Al reunirme con los boticarios, me encontré con un pequeño grupo que parecía más acostumbrado a trabajar entre frascos y plantas que a viajar acompañado de una hermosa kunoichi. Algunos me saludaron con educación, otros se limitaron a observarme, deteniéndose especialmente en mi protector de Kirigakure y en las armas que llevaba encima. No me sorprendió. El Clan Kodon acababa de integrarse a la aldea y todavía había gente que no terminaba de confiar en sus conocimientos, sus toxinas o sus métodos. Supuse que aquella desconfianza también podía funcionar en ambas direcciones. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Bueno, espero que hayan preparado todo lo necesario.—</span></span> Uno de los boticarios, un hombre de mediana edad con varias bolsas colgadas del cinturón, me aseguró que estaban listos. Su compañero, en cambio, comentó que esperaba que la escolta estuviera a la altura del encargo y no se distrajera demasiado durante el trabajo. Lo miré un instante antes de acomodarme un mechón detrás de la oreja. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—¿Eso fue una advertencia o una forma bastante torpe de decir que te preocupa mi apariencia? Porque, si es lo segundo, puedes preguntar directamente. No suelo cobrar por responder preguntas sencillas.— </span></span>El hombre pareció arrepentirse de haber abierto la boca. Yo sonreí, satisfecha.<br />
<br />
Partimos desde los Jardines Venenosos Kodon hacia el Canal Mizuchi. El trayecto transcurrió sin incidentes importantes, aunque el viento frío que llegaba desde el mar no tardó en colarse entre mis ropas. A medida que nos alejábamos de la zona más protegida de la aldea, las aguas se volvían más agitadas y las pequeñas islas exteriores empezaban a distinguirse entre la bruma. Me mantuve atenta al entorno, observando tanto la superficie del agua como las formaciones rocosas que sobresalían a nuestro alrededor.<br />
<br />
Cuando finalmente alcanzamos la isla, descendí primero para comprobar el terreno antes de permitir que los boticarios cargaran sus herramientas. La superficie era irregular y estaba cubierta por una fina capa de hielo que hacía bastante difícil mantener el equilibrio. Avancé con cuidado, probando cada apoyo antes de trasladar el peso del cuerpo, mientras examinaba las rocas cercanas. El viento golpeaba con fuerza y el agua chocaba contra la base de los acantilados, levantando pequeñas salpicaduras que se congelaban al tocar las superficies más frías. No tardé en encontrar los primeros ejemplares de la planta. Sus filamentos azulados se distinguían bajo el hielo, tal como me habían explicado, y los boticarios se acercaron con una emoción que me pareció bastante graciosa. Uno de ellos se arrodilló inmediatamente para preparar sus instrumentos, mientras otro sacaba varios recipientes de su bolsa.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Está bien, pueden empezar. Pero manténganse juntos y no se acerquen demasiado al borde.—</span></span> <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c19e00;" class="mycode_color">—No necesitamos que nos trates como niños.—</span></span> Respondió el hombre que antes había cuestionado mi capacidad. Giré la cabeza hacia él y levanté una ceja. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Perfecto. Entonces no te comportes como uno y hazme caso.—</span></span> No esperé a comprobar si tenía una respuesta. Volví a vigilar el agua, aunque una parte de mi atención seguía pendiente de los boticarios. Había aprendido que la gente podía cometer errores bastante estúpidos cuando se concentraba demasiado en una sola tarea. Y en aquella ocasión, un simple descuido podía terminar con alguien cayendo al mar helado.<br />
<br />
El primer indicio de peligro llegó desde las rocas situadas a nuestra derecha. Escuché un golpe húmedo, seguido de un movimiento extraño entre las olas. Me aparté ligeramente del grupo y me agaché para observar mejor. Al principio solo distinguí unas sombras oscuras bajo la superficie, pero después aparecieron varias criaturas de cuerpo alargado, cubiertas por placas endurecidas y protuberancias irregulares. Sus movimientos eran bruscos, como si sus cuerpos no respondieran del todo bien, y algunas de aquellas formaciones tenían un color enfermizo que contrastaba con el agua. Las criaturas comenzaron a trepar por las rocas, impulsándose con sus extremidades y arrastrando sus cuerpos hacia nosotros. No parecían interesadas en advertirnos ni en mantener la distancia. Una de ellas se lanzó directamente hacia el lugar donde trabajaba uno de los boticarios, obligándome a intervenir antes de que pudiera alcanzarlo.<br />
<br />
Concentré chakra y extendí una mano hacia el suelo. El Hyōton respondió a mi voluntad, levantando una barrera de hielo entre la criatura y el hombre. El impacto sacudió la estructura, pero conseguí mantenerla en pie durante los primeros segundos. Aproveché ese instante para acercarme al boticario y sujetarlo del brazo, apartándolo de la trayectoria de la bestia. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Atrás, todos detrás de mí, ahora.—</span></span> No tuve que repetirlo. Los hombres recogieron sus herramientas como pudieron y retrocedieron hacia una zona más elevada. Mientras tanto, otras dos criaturas treparon por las rocas y comenzaron a rodearnos, buscando un camino para superar la barrera. Creé varias formaciones de hielo en los puntos más estrechos del terreno, levantando obstáculos que obligaran a las criaturas a avanzar por rutas más limitadas. Una de ellas chocó contra una de las estructuras y resbaló, golpeándose contra una roca antes de caer parcialmente al agua. No perdí tiempo intentando comprobar si había quedado fuera de combate. Otra ya se acercaba por mi flanco izquierdo.<br />
<br />
Me agaché cuando la criatura lanzó una de sus extremidades hacia mí y retrocedí con un salto corto. El suelo cedió ligeramente bajo mi pie, haciéndome perder el equilibrio durante un instante. Tuve que apoyar una mano sobre una roca para evitar caer, y sentí el frío atravesar el guante. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—No me jodas... eso era justo lo que me faltaba.— </span></span>La bestia volvió a acercarse, así que levanté una placa de hielo delante de ella y utilicé el breve espacio que conseguí para apartarme. No intenté enfrentarme a todas al mismo tiempo. Mi prioridad era impedir que llegaran hasta los boticarios, y para eso tenía que controlar los accesos en lugar de perseguir a cada criatura por aquellas rocas traicioneras.<br />
<br />
Desde el otro lado de la barrera escuché que uno de los hombres había terminado de preparar varios recipientes. También me informó que las muestras principales ya estaban recogidas, y finalmente escuchar al boticario principal anunciar que las muestras estaban aseguradas. No necesité que me lo repitiera. Retrocedí hacia el grupo, manteniendo una barrera entre nosotros y las criaturas mientras los hombres guardaban sus recipientes en contenedores protegidos. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Bien. Se acabó la excursión botánica. Todos conmigo, y no se separen por nada del mundo.—</span></span> La retirada resultó más complicada de lo que esperaba. Durante el tiempo que habíamos permanecido en la isla, la marea había comenzado a subir y las olas golpeaban ahora las rocas con mayor fuerza. Algunas de las rutas por las que habíamos llegado estaban parcialmente cubiertas de agua, así que tuvimos que desviarnos hacia un paso más estrecho que conectaba con el punto donde habíamos dejado la embarcación. Me mantuve cerca de los boticarios, comprobando constantemente que ninguno se quedara atrás. Uno de ellos caminaba con dificultad porque llevaba una de las cajas más pesadas, y terminé ayudándolo a sostenerla cuando el terreno se volvió demasiado irregular. No esperé su agradecimiento. Ajusté el peso entre mis brazos y continué avanzando, vigilando el agua. A nuestras espaldas todavía podía distinguir los movimientos de algunas criaturas, aunque las barreras y los obstáculos de hielo habían conseguido retrasarlas. Una sombra se movió entre las olas, pero no se acercó lo suficiente como para obligarnos a combatir de nuevo.<br />
<br />
El regreso por el Canal Mizuchi fue tenso, aunque conseguimos avanzar sin nuevos incidentes. Me mantuve alerta durante todo el trayecto, observando la superficie del agua y las formaciones rocosas que dejábamos atrás. El frío seguía siendo insoportable, mi ropa estaba salpicada de agua y tenía el hombro dolorido por el golpe, pero los boticarios seguían con nosotros y las muestras permanecían intactas. Por el momento, eso era suficiente.<br />
<br />
Al llegar a Kirigakure, acompañé al grupo hasta el punto acordado para entregar el material destinado al Hospital Central. Los responsables recibieron los recipientes y comprobaron que las muestras estuvieran en condiciones adecuadas para su traslado. Aproveché mientras trabajaban para revisar mi hombro y asegurarme de que el golpe no hubiera pasado de una molestia. No parecía grave, así que no había motivo para convertirlo en un asunto mayor.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15203" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url"><span style="font-size: small;" class="mycode_size">Peticion</span></a><br />
<hr class="mycode_hr" />
La misión no parecía demasiado complicada cuando me explicaron los detalles. Tenía que acompañar a un grupo de boticarios del Clan Kodon hasta una de las pequeñas islas deshabitadas al sur de Kirigakure, protegerlos mientras recolectaban una planta bastante extraña y asegurarme de que regresaran con las muestras intactas. Según la información que me dieron, aquella especie solamente florecía durante las heladas extremas y era necesaria para elaborar antídotos destinados al Hospital Central. Un trabajo importante, desde luego, aunque la parte de enfrentar criaturas marinas agresivas no sonaba precisamente como un paseo agradable. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Qué bien, frío, rocas resbaladizas y monstruos marinos.—</span></span> Comenté mientras terminaba de revisar el contenido de mi bolsa de equipo.<br />
<br />
Comprobé que llevara mis kunai, shuriken y las herramientas habituales, además de asegurarme de tener suficiente espacio para transportar cualquier material que necesitáramos. Después me acomodé la trenza sobre un hombro y revisé que mi ropa estuviera en orden. Una misión podía terminar con una criatura intentando arrancarte la cabeza, pero eso no significaba que tuviera que presentarme hecha un desastre. Hay cosas que sencillamente no estaba dispuesta a negociar.<br />
<br />
Al reunirme con los boticarios, me encontré con un pequeño grupo que parecía más acostumbrado a trabajar entre frascos y plantas que a viajar acompañado de una hermosa kunoichi. Algunos me saludaron con educación, otros se limitaron a observarme, deteniéndose especialmente en mi protector de Kirigakure y en las armas que llevaba encima. No me sorprendió. El Clan Kodon acababa de integrarse a la aldea y todavía había gente que no terminaba de confiar en sus conocimientos, sus toxinas o sus métodos. Supuse que aquella desconfianza también podía funcionar en ambas direcciones. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Bueno, espero que hayan preparado todo lo necesario.—</span></span> Uno de los boticarios, un hombre de mediana edad con varias bolsas colgadas del cinturón, me aseguró que estaban listos. Su compañero, en cambio, comentó que esperaba que la escolta estuviera a la altura del encargo y no se distrajera demasiado durante el trabajo. Lo miré un instante antes de acomodarme un mechón detrás de la oreja. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—¿Eso fue una advertencia o una forma bastante torpe de decir que te preocupa mi apariencia? Porque, si es lo segundo, puedes preguntar directamente. No suelo cobrar por responder preguntas sencillas.— </span></span>El hombre pareció arrepentirse de haber abierto la boca. Yo sonreí, satisfecha.<br />
<br />
Partimos desde los Jardines Venenosos Kodon hacia el Canal Mizuchi. El trayecto transcurrió sin incidentes importantes, aunque el viento frío que llegaba desde el mar no tardó en colarse entre mis ropas. A medida que nos alejábamos de la zona más protegida de la aldea, las aguas se volvían más agitadas y las pequeñas islas exteriores empezaban a distinguirse entre la bruma. Me mantuve atenta al entorno, observando tanto la superficie del agua como las formaciones rocosas que sobresalían a nuestro alrededor.<br />
<br />
Cuando finalmente alcanzamos la isla, descendí primero para comprobar el terreno antes de permitir que los boticarios cargaran sus herramientas. La superficie era irregular y estaba cubierta por una fina capa de hielo que hacía bastante difícil mantener el equilibrio. Avancé con cuidado, probando cada apoyo antes de trasladar el peso del cuerpo, mientras examinaba las rocas cercanas. El viento golpeaba con fuerza y el agua chocaba contra la base de los acantilados, levantando pequeñas salpicaduras que se congelaban al tocar las superficies más frías. No tardé en encontrar los primeros ejemplares de la planta. Sus filamentos azulados se distinguían bajo el hielo, tal como me habían explicado, y los boticarios se acercaron con una emoción que me pareció bastante graciosa. Uno de ellos se arrodilló inmediatamente para preparar sus instrumentos, mientras otro sacaba varios recipientes de su bolsa.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Está bien, pueden empezar. Pero manténganse juntos y no se acerquen demasiado al borde.—</span></span> <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #c19e00;" class="mycode_color">—No necesitamos que nos trates como niños.—</span></span> Respondió el hombre que antes había cuestionado mi capacidad. Giré la cabeza hacia él y levanté una ceja. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Perfecto. Entonces no te comportes como uno y hazme caso.—</span></span> No esperé a comprobar si tenía una respuesta. Volví a vigilar el agua, aunque una parte de mi atención seguía pendiente de los boticarios. Había aprendido que la gente podía cometer errores bastante estúpidos cuando se concentraba demasiado en una sola tarea. Y en aquella ocasión, un simple descuido podía terminar con alguien cayendo al mar helado.<br />
<br />
El primer indicio de peligro llegó desde las rocas situadas a nuestra derecha. Escuché un golpe húmedo, seguido de un movimiento extraño entre las olas. Me aparté ligeramente del grupo y me agaché para observar mejor. Al principio solo distinguí unas sombras oscuras bajo la superficie, pero después aparecieron varias criaturas de cuerpo alargado, cubiertas por placas endurecidas y protuberancias irregulares. Sus movimientos eran bruscos, como si sus cuerpos no respondieran del todo bien, y algunas de aquellas formaciones tenían un color enfermizo que contrastaba con el agua. Las criaturas comenzaron a trepar por las rocas, impulsándose con sus extremidades y arrastrando sus cuerpos hacia nosotros. No parecían interesadas en advertirnos ni en mantener la distancia. Una de ellas se lanzó directamente hacia el lugar donde trabajaba uno de los boticarios, obligándome a intervenir antes de que pudiera alcanzarlo.<br />
<br />
Concentré chakra y extendí una mano hacia el suelo. El Hyōton respondió a mi voluntad, levantando una barrera de hielo entre la criatura y el hombre. El impacto sacudió la estructura, pero conseguí mantenerla en pie durante los primeros segundos. Aproveché ese instante para acercarme al boticario y sujetarlo del brazo, apartándolo de la trayectoria de la bestia. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Atrás, todos detrás de mí, ahora.—</span></span> No tuve que repetirlo. Los hombres recogieron sus herramientas como pudieron y retrocedieron hacia una zona más elevada. Mientras tanto, otras dos criaturas treparon por las rocas y comenzaron a rodearnos, buscando un camino para superar la barrera. Creé varias formaciones de hielo en los puntos más estrechos del terreno, levantando obstáculos que obligaran a las criaturas a avanzar por rutas más limitadas. Una de ellas chocó contra una de las estructuras y resbaló, golpeándose contra una roca antes de caer parcialmente al agua. No perdí tiempo intentando comprobar si había quedado fuera de combate. Otra ya se acercaba por mi flanco izquierdo.<br />
<br />
Me agaché cuando la criatura lanzó una de sus extremidades hacia mí y retrocedí con un salto corto. El suelo cedió ligeramente bajo mi pie, haciéndome perder el equilibrio durante un instante. Tuve que apoyar una mano sobre una roca para evitar caer, y sentí el frío atravesar el guante. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—No me jodas... eso era justo lo que me faltaba.— </span></span>La bestia volvió a acercarse, así que levanté una placa de hielo delante de ella y utilicé el breve espacio que conseguí para apartarme. No intenté enfrentarme a todas al mismo tiempo. Mi prioridad era impedir que llegaran hasta los boticarios, y para eso tenía que controlar los accesos en lugar de perseguir a cada criatura por aquellas rocas traicioneras.<br />
<br />
Desde el otro lado de la barrera escuché que uno de los hombres había terminado de preparar varios recipientes. También me informó que las muestras principales ya estaban recogidas, y finalmente escuchar al boticario principal anunciar que las muestras estaban aseguradas. No necesité que me lo repitiera. Retrocedí hacia el grupo, manteniendo una barrera entre nosotros y las criaturas mientras los hombres guardaban sus recipientes en contenedores protegidos. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #419dc1;" class="mycode_color">—Bien. Se acabó la excursión botánica. Todos conmigo, y no se separen por nada del mundo.—</span></span> La retirada resultó más complicada de lo que esperaba. Durante el tiempo que habíamos permanecido en la isla, la marea había comenzado a subir y las olas golpeaban ahora las rocas con mayor fuerza. Algunas de las rutas por las que habíamos llegado estaban parcialmente cubiertas de agua, así que tuvimos que desviarnos hacia un paso más estrecho que conectaba con el punto donde habíamos dejado la embarcación. Me mantuve cerca de los boticarios, comprobando constantemente que ninguno se quedara atrás. Uno de ellos caminaba con dificultad porque llevaba una de las cajas más pesadas, y terminé ayudándolo a sostenerla cuando el terreno se volvió demasiado irregular. No esperé su agradecimiento. Ajusté el peso entre mis brazos y continué avanzando, vigilando el agua. A nuestras espaldas todavía podía distinguir los movimientos de algunas criaturas, aunque las barreras y los obstáculos de hielo habían conseguido retrasarlas. Una sombra se movió entre las olas, pero no se acercó lo suficiente como para obligarnos a combatir de nuevo.<br />
<br />
El regreso por el Canal Mizuchi fue tenso, aunque conseguimos avanzar sin nuevos incidentes. Me mantuve alerta durante todo el trayecto, observando la superficie del agua y las formaciones rocosas que dejábamos atrás. El frío seguía siendo insoportable, mi ropa estaba salpicada de agua y tenía el hombro dolorido por el golpe, pero los boticarios seguían con nosotros y las muestras permanecían intactas. Por el momento, eso era suficiente.<br />
<br />
Al llegar a Kirigakure, acompañé al grupo hasta el punto acordado para entregar el material destinado al Hospital Central. Los responsables recibieron los recipientes y comprobaron que las muestras estuvieran en condiciones adecuadas para su traslado. Aproveché mientras trabajaban para revisar mi hombro y asegurarme de que el golpe no hubiera pasado de una molestia. No parecía grave, así que no había motivo para convertirlo en un asunto mayor.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Misión E] Polvo, formol y huesos viejos]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15182</link>
			<pubDate>Wed, 14 Oct 2026 12:01:59 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=887">Noa Kaguya</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15182</guid>
			<description><![CDATA[<span style="font-family: Serif;" class="mycode_font">El hedor dulzón y punzante del formol competía sin éxito contra el humo áspero del tabaco barato que se desprendía de las comisuras de Noa. Había apagado el cigarrillo hacía apenas unos minutos contra la suela de su sandalia antes de bajar las escaleras hacia el nivel subterráneo del hospital de Kirigakure, pero el rastro de ceniza seca seguía adherido a su ropa y a su piel pálida como una segunda sombra. Caminaba con las manos hundidas en los bolsillos, arrastrando los pies con una parsimonia estudiada mientras sus ojos de un azul profundo recorrían las paredes desconchadas por la humedad y las hileras interminables de estanterías metálicas oxidadas.<br />
<br />
Mandar a un Kaguya a limpiar un depósito de huesos. Alguien en la oficina de asignaciones debe sentirse terriblemente ingenioso hoy.<br />
<br />
La sonrisa que curvaba sus labios era ligera, casi perezosa, desprovista de cualquier rastro de fastidio real. A sus diecinueve años, después de haber escuchado un centenar de sermones solemnes sobre el honor marcial de su linaje y las estatuas de calcio de sus antepasados, terminar en el sótano de la morgue clasificando despojos ajenos le parecía una comedia de primer nivel. El médico de guardia que le había entregado la tablilla del inventario arriba —un hombre de ojeras marcadas cuyo nombre Noa había olvidado a los tres segundos exactos de escucharlo, quedándose únicamente con que tenía una mancha de café en la solapa— le había advertido con tono severo que no tocara los frascos sellados con cera roja. O tal vez le había dicho que esos eran precisamente los que debía bajar al tercer estante.<br />
<br />
Noa ladeó el rostro, dejando que un par de mechones negros se deslizaran sobre su clavícula mientras rozaba el aro metálico de su labio inferior con la yema del pulgar. Frente a él se apilaban media docena de cajas de madera repletas de instrumental quirúrgico obsoleto, vendas húmedas que ya no servían ni para limpiar el suelo y tarros de cristal turbio donde flotaban muestras anatómicas de procedencia dudosa. Al fondo, sobre una mesa de acero inoxidable manchada por los años, descansaban varias cajas abiertas con restos óseos sin catalogar: fémures astillados, costillas amarillentas y cráneos con fisuras antiguas que probablemente pertenecieron a ninjas o civiles que nadie se molestó en reclamar.<br />
<br />
—<span style="color: #ff4136;" class="mycode_color">Veamos qué tenemos por aquí...</span> —murmuró para sí mismo en el silencio sepulcral del sótano, con ese tono seco y cantarin que solía crispar los nervios de sus instructores—. <span style="color: #ff4136;" class="mycode_color">Si alguno de ustedes tiene quejas sobre el servicio de mudanza, hable ahora o calle para siempre.</span><br />
<br />
Sin esperar respuesta de los muertos, tomó la primera caja de suministros quirúrgicos. Sus sentidos, más agudos de lo que su postura desgarbada dejaba entrever, captaron al instante el crujido de la madera podrida bajo sus dedos antes de que el fondo cediera por completo. Con un movimiento fluido de muñeca, Noa inclinó el cajón contra su cadera y lo deslizó hasta la estantería lateral antes de que un alud de bisturíes oxidados y pinzas melladas terminara esparcido por las baldosas frías.<br />
<br />
El trabajo físico era monótono, un trámite burocrático disfrazado de labor comunitaria para pagar unas cuantas monedas que, con total seguridad, cambiarían de manos esa misma noche en alguna mesa de dados clandestina cerca del puerto. Durante la primera media hora se limitó a despejar el pasillo central, apilando los cajones pesados en las esquinas indicadas y pasando una escoba de cerdas duras sobre el polvo acumulado mezclado con salitre seco. Cuando llegó el turno de las muestras anatómicas y los restos óseos, el aburrimiento empezó a picarle en las manos.<br />
<br />
Se detuvo frente a la mesa de acero, observando un par de rótulas y falanges sueltas dentro de una bandeja metálica. Con un leve chasquido húmedo apenas audible en la quietud de la morgue, la piel de la yema de su propio dedo índice derecho se abrió un milímetro, dejando brotar una diminuta falange de calcio blanquecino, inmaculado y denso, que Noa desprendió con naturalidad para empezar a hacerla girar entre sus nudillos como si fuera una moneda de cobre. La diferencia entre sus propios huesos vivos y aquellos restos quebradizos y porosos sobre la bandeja era casi risible.<br />
<br />
Tomó las etiquetas de papel adesivo que el médico le había dejado sobre el mostrador y comenzó a pegarlas en las cajas de restos óseos siguiendo un criterio puramente estético. Como no recordaba si el código numérico iba por fecha de ingreso o por tipo de fractura, optó por alinear los frascos del más grande al más pequeño, asegurándose de que la letra quedara prolija y convincente a simple vista. Para cuando terminó de fregar la superficie de acero con desinfectante y apilar el último cajón junto a la puerta de salida, el sótano lucía un orden impecable que ningún inspector con sueño se detendría a cuestionar en detalle.<br />
<br />
Guardó la pequeña falange de calcio en el bolsillo de su pantalón, recogió la tablilla de madera y subió las escaleras de regreso al pasillo principal del hospital, buscando con la mirada al doctor de la mancha en la bata para cobrar su firma y largarse a buscar algo decente que fumar.</span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span style="font-family: Serif;" class="mycode_font">El hedor dulzón y punzante del formol competía sin éxito contra el humo áspero del tabaco barato que se desprendía de las comisuras de Noa. Había apagado el cigarrillo hacía apenas unos minutos contra la suela de su sandalia antes de bajar las escaleras hacia el nivel subterráneo del hospital de Kirigakure, pero el rastro de ceniza seca seguía adherido a su ropa y a su piel pálida como una segunda sombra. Caminaba con las manos hundidas en los bolsillos, arrastrando los pies con una parsimonia estudiada mientras sus ojos de un azul profundo recorrían las paredes desconchadas por la humedad y las hileras interminables de estanterías metálicas oxidadas.<br />
<br />
Mandar a un Kaguya a limpiar un depósito de huesos. Alguien en la oficina de asignaciones debe sentirse terriblemente ingenioso hoy.<br />
<br />
La sonrisa que curvaba sus labios era ligera, casi perezosa, desprovista de cualquier rastro de fastidio real. A sus diecinueve años, después de haber escuchado un centenar de sermones solemnes sobre el honor marcial de su linaje y las estatuas de calcio de sus antepasados, terminar en el sótano de la morgue clasificando despojos ajenos le parecía una comedia de primer nivel. El médico de guardia que le había entregado la tablilla del inventario arriba —un hombre de ojeras marcadas cuyo nombre Noa había olvidado a los tres segundos exactos de escucharlo, quedándose únicamente con que tenía una mancha de café en la solapa— le había advertido con tono severo que no tocara los frascos sellados con cera roja. O tal vez le había dicho que esos eran precisamente los que debía bajar al tercer estante.<br />
<br />
Noa ladeó el rostro, dejando que un par de mechones negros se deslizaran sobre su clavícula mientras rozaba el aro metálico de su labio inferior con la yema del pulgar. Frente a él se apilaban media docena de cajas de madera repletas de instrumental quirúrgico obsoleto, vendas húmedas que ya no servían ni para limpiar el suelo y tarros de cristal turbio donde flotaban muestras anatómicas de procedencia dudosa. Al fondo, sobre una mesa de acero inoxidable manchada por los años, descansaban varias cajas abiertas con restos óseos sin catalogar: fémures astillados, costillas amarillentas y cráneos con fisuras antiguas que probablemente pertenecieron a ninjas o civiles que nadie se molestó en reclamar.<br />
<br />
—<span style="color: #ff4136;" class="mycode_color">Veamos qué tenemos por aquí...</span> —murmuró para sí mismo en el silencio sepulcral del sótano, con ese tono seco y cantarin que solía crispar los nervios de sus instructores—. <span style="color: #ff4136;" class="mycode_color">Si alguno de ustedes tiene quejas sobre el servicio de mudanza, hable ahora o calle para siempre.</span><br />
<br />
Sin esperar respuesta de los muertos, tomó la primera caja de suministros quirúrgicos. Sus sentidos, más agudos de lo que su postura desgarbada dejaba entrever, captaron al instante el crujido de la madera podrida bajo sus dedos antes de que el fondo cediera por completo. Con un movimiento fluido de muñeca, Noa inclinó el cajón contra su cadera y lo deslizó hasta la estantería lateral antes de que un alud de bisturíes oxidados y pinzas melladas terminara esparcido por las baldosas frías.<br />
<br />
El trabajo físico era monótono, un trámite burocrático disfrazado de labor comunitaria para pagar unas cuantas monedas que, con total seguridad, cambiarían de manos esa misma noche en alguna mesa de dados clandestina cerca del puerto. Durante la primera media hora se limitó a despejar el pasillo central, apilando los cajones pesados en las esquinas indicadas y pasando una escoba de cerdas duras sobre el polvo acumulado mezclado con salitre seco. Cuando llegó el turno de las muestras anatómicas y los restos óseos, el aburrimiento empezó a picarle en las manos.<br />
<br />
Se detuvo frente a la mesa de acero, observando un par de rótulas y falanges sueltas dentro de una bandeja metálica. Con un leve chasquido húmedo apenas audible en la quietud de la morgue, la piel de la yema de su propio dedo índice derecho se abrió un milímetro, dejando brotar una diminuta falange de calcio blanquecino, inmaculado y denso, que Noa desprendió con naturalidad para empezar a hacerla girar entre sus nudillos como si fuera una moneda de cobre. La diferencia entre sus propios huesos vivos y aquellos restos quebradizos y porosos sobre la bandeja era casi risible.<br />
<br />
Tomó las etiquetas de papel adesivo que el médico le había dejado sobre el mostrador y comenzó a pegarlas en las cajas de restos óseos siguiendo un criterio puramente estético. Como no recordaba si el código numérico iba por fecha de ingreso o por tipo de fractura, optó por alinear los frascos del más grande al más pequeño, asegurándose de que la letra quedara prolija y convincente a simple vista. Para cuando terminó de fregar la superficie de acero con desinfectante y apilar el último cajón junto a la puerta de salida, el sótano lucía un orden impecable que ningún inspector con sueño se detendría a cuestionar en detalle.<br />
<br />
Guardó la pequeña falange de calcio en el bolsillo de su pantalón, recogió la tablilla de madera y subió las escaleras de regreso al pasillo principal del hospital, buscando con la mirada al doctor de la mancha en la bata para cobrar su firma y largarse a buscar algo decente que fumar.</span>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Donde la lluvia cae...[Libre para intercambio]]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15030</link>
			<pubDate>Fri, 02 Oct 2026 13:41:12 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=771">Kinzo Funato</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=15030</guid>
			<description><![CDATA[<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">“Sabes, últimamente estas mejorando mucho, casi pareces un auténtico ninja”</span></span></span>, resonó la voz en su mente mientras el chico se colocaba en el sillón, había desayunado y tenia que marchar, hacer algunos recados y revisar el lugar secreto de la misión, no era poca cosa, hoy se lo tomaría con calma, casi como si fuera un premio para él, había hechos misiones, encargos de distinta índole y, aun así, Kiri siempre le ofrecía una nueva oportunidad para aprender y mejorar, podía sentirse el shinobi mas afortunado del mundo pero claro, ¿lo era?, solo era eso, una piezas de un gigante engranaje que tenia que pulirse, no se sentía ni siquiera un miembro fuerte de su comunidad, tenia que aprender mucho más, mejorar y desarrollarse, claro que había hecho méritos pero ¿acaso eso servía de algo?, en absoluto, era por esto que, ni corto ni perecoso se coloco de pie, reviso sus bolsillos y marcho para la calle, dejándolo todo listo para cuando volviera a su hogar.<br />
<br />
El joven salió con viento fresco revisando que tenia algunos ryo en sus bolsillo, quizás se planteara comer fuera en algún puesto, quería ver que se cocía por la academia, si podría formar parte de los instructores de Kiri o si tenía que pasar algún tipo de prueba, no lo tenia claro, era alguien que siempre buscaba formarse y aprender, ese día no era una excepción, por eso su mente no paraba quieta, casi parecía que sus propios pensamientos iban a desbordarse de su propia cabeza, era alguien muy inquieto, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #005dc2;" class="mycode_color">-Hay muchos ninjas fuertes en esta nuestra aldea</span></span>, musitó como un susurro, quizás intentando mantener los pies en la tierra con todo ese asunto, sabia mejor que nadie lo que podía significar obsesionarse con el poder, era algo normal, aprender mejorar, nuevos jutsus, el mundo avanzaba a pasos agigantados y el chico no quiera quedarse atrás, era por esto que siempre estaba dispuesto a más, esperaba que este modo de ser claro, no trajera unas consecuencias nefastas para su persona.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">“Sera mejor que no te quedes mucho tiempo en un lugar”</span></span></span>, todo el mundo quería hacer cosas y aprender, eso era innegable, el método de hacerlo era lo preocupante, nadie estaba a salvo de las posibles consecuencias que estos actos tendrían, mucho menos Kinzo que se metía en todos los problemas existentes, era quizás ese día fuera algo especial, si tenía suerte quedaría en su memoria como un hecho memorable.<br />
<br />
<br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Mostrar Contenido'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Ocultar Contenido'; }">Mostrar Contenido</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;">Resumen: Es un tema libre para hacer intercambio, si alguien quiere entrar puede hacerlo.<br />
Gracias.<br />
<br />
</div>
		</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">“Sabes, últimamente estas mejorando mucho, casi pareces un auténtico ninja”</span></span></span>, resonó la voz en su mente mientras el chico se colocaba en el sillón, había desayunado y tenia que marchar, hacer algunos recados y revisar el lugar secreto de la misión, no era poca cosa, hoy se lo tomaría con calma, casi como si fuera un premio para él, había hechos misiones, encargos de distinta índole y, aun así, Kiri siempre le ofrecía una nueva oportunidad para aprender y mejorar, podía sentirse el shinobi mas afortunado del mundo pero claro, ¿lo era?, solo era eso, una piezas de un gigante engranaje que tenia que pulirse, no se sentía ni siquiera un miembro fuerte de su comunidad, tenia que aprender mucho más, mejorar y desarrollarse, claro que había hecho méritos pero ¿acaso eso servía de algo?, en absoluto, era por esto que, ni corto ni perecoso se coloco de pie, reviso sus bolsillos y marcho para la calle, dejándolo todo listo para cuando volviera a su hogar.<br />
<br />
El joven salió con viento fresco revisando que tenia algunos ryo en sus bolsillo, quizás se planteara comer fuera en algún puesto, quería ver que se cocía por la academia, si podría formar parte de los instructores de Kiri o si tenía que pasar algún tipo de prueba, no lo tenia claro, era alguien que siempre buscaba formarse y aprender, ese día no era una excepción, por eso su mente no paraba quieta, casi parecía que sus propios pensamientos iban a desbordarse de su propia cabeza, era alguien muy inquieto, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #005dc2;" class="mycode_color">-Hay muchos ninjas fuertes en esta nuestra aldea</span></span>, musitó como un susurro, quizás intentando mantener los pies en la tierra con todo ese asunto, sabia mejor que nadie lo que podía significar obsesionarse con el poder, era algo normal, aprender mejorar, nuevos jutsus, el mundo avanzaba a pasos agigantados y el chico no quiera quedarse atrás, era por esto que siempre estaba dispuesto a más, esperaba que este modo de ser claro, no trajera unas consecuencias nefastas para su persona.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i"><span style="color: #444444;" class="mycode_color">“Sera mejor que no te quedes mucho tiempo en un lugar”</span></span></span>, todo el mundo quería hacer cosas y aprender, eso era innegable, el método de hacerlo era lo preocupante, nadie estaba a salvo de las posibles consecuencias que estos actos tendrían, mucho menos Kinzo que se metía en todos los problemas existentes, era quizás ese día fuera algo especial, si tenía suerte quedaría en su memoria como un hecho memorable.<br />
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<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Mostrar Contenido'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Ocultar Contenido'; }">Mostrar Contenido</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;">Resumen: Es un tema libre para hacer intercambio, si alguien quiere entrar puede hacerlo.<br />
Gracias.<br />
<br />
</div>
		</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Side Quest] La Isla que Apareció Dos Veces]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14984</link>
			<pubDate>Mon, 21 Sep 2026 22:09:35 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=58">Narrador General</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14984</guid>
			<description><![CDATA[<span style="color: #1e92f7;" class="mycode_color"><span style="font-size: x-large;" class="mycode_size"><span style="font-family: Impact;" class="mycode_font">[Side Quest] La Isla que Apareció Dos Veces</span></span></span><br />
<span style="font-size: large;" class="mycode_size"><span style="font-family: Impact;" class="mycode_font">Día 70 de Otoño — País del Agua</span></span><br />
<hr class="mycode_hr" />
El informe había comenzado como una de esas historias que normalmente morían antes de llegar demasiado lejos dentro de la cadena de mando. Un mercante había atravesado una tormenta, perdido sus referencias y encontrado una isla pequeña que no aparecía en sus mapas. Habían desembarcado, reparado parte del mástil, encendido una fogata y continuado viaje cuando el clima mejoró. Dos días después, a más de ciento veinte kilómetros según sus cálculos, encontraron la misma costa. No una parecida: la misma. Las mismas formaciones de piedra, los mismos árboles inclinados hacia el agua y los restos negros de la fogata que ellos mismos habían apagado antes de marcharse. La explicación oficial más cómoda había sido una navegación defectuosa después de la tormenta. Entonces llegó un segundo barco con una historia prácticamente idéntica, y aquello dejó de ser una anécdota de marineros cansados para convertirse en un informe que terminó sobre el escritorio del Mizukage.<br />
<br />
La investigación se había mantenido pequeña. Nada de escuadrones completos, movilización naval ni rumores innecesarios en una aldea que ya tenía suficientes motivos para mirar el océano con desconfianza. En el <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Puerto Funato</span>, una embarcación ligera esperaba amarrada a uno de los extremos del muelle, preparada con provisiones para varios días, instrumentos de navegación, cuerdas, lámparas, equipo de buceo y dos copias protegidas de las rutas trazadas por los mercantes. Sobre una caja descansaban además los testimonios de ambas tripulaciones; escritos por personas distintas y con pequeñas contradicciones normales, pero coincidentes en demasiados detalles como para descartarlos. Frente a todo aquello esperaba Kaito Hoshigaki, brazos cruzados y expresión endurecida, mirando alternativamente el agua y la entrada del muelle. Había sobrevivido a remolinos, tormentas y una operación donde había dejado bastante claro que, cuando el mar se volvía peligroso, prefería actuar antes que perder tiempo hablando y que no tenía intención de abandonar a los suyos.<br />
<br />
Kaito había leído los informes suficientes veces como para estar harto de ellos. No porque no los creyera, sino porque no podía enseñarle a un papel a navegar. Junto a su bota había dejado abierto uno de los mapas, sujeto por cuatro pequeñas pesas para impedir que la brisa se lo llevara, y dos círculos de tinta marcaban lugares separados por una distancia absurda que, según los testimonios, correspondían a exactamente la misma isla. Cada pocos minutos levantaba la vista hacia el acceso al puerto, esperando a los shinobi asignados a la investigación, sin molestarse todavía en preparar ningún discurso de bienvenida. Cuando llegaran habría tiempo para explicaciones, para repartir tareas y para decidir quién sabía realmente desenvolverse sobre una cubierta; hasta entonces, el instructor permanecía allí en silencio, con la paciencia limitada de alguien que había pasado demasiados años enseñando que en el agua un error pequeño podía transformarse muy rápido en un cadáver.<br />
<br />
A aquella hora el mar alrededor de Kirigakure parecía relativamente tranquilo, pero esa tranquilidad ya no significaba demasiado. Durante los últimos meses habían aparecido tormentas donde no correspondían, corrientes capaces de arrastrar embarcaciones enteras y costas que parecían cambiar más rápido de lo que cualquiera podía explicar. Ahora había una isla que, según dos tripulaciones independientes, había aparecido dos veces donde solo debía existir una. Todavía no había enemigos confirmados, ningún objetivo que capturar y ni siquiera certeza de que hubiese algo sobrenatural detrás del caso. Solo mapas que no coincidían con el océano, marineros convencidos de no haberse equivocado y una pregunta demasiado sencilla esperando mar adentro: si la isla no se había movido, entonces qué demonios había movido a los barcos.<br />
<blockquote class="mycode_quote"><cite>Para este tema se escribió:</cite><span style="font-size: large;" class="mycode_size"><span style="font-family: Impact;" class="mycode_font">[Side Quest] La Isla que Apareció Dos Veces</span></span><ul class="mycode_list"><li>En este tema solo pueden participar los que estén en kirigakure para la fecha indicada.<br />
</li>
<li>Este tema tendrá post cada 72horas.<br />
</li>
<li>Este tema es dificultad C.<br />
</li>
<li>Participar no es obligatorio.<br />
</li>
</ul>
</blockquote>
					<div style='position:relative;overflow:hidden;text-align:center;margin:10px 0;padding:14px 18px;background:#130f1e;border:0.5px solid rgba(156,107,204,0.18);border-left:2px solid #b5544b;'>
						<span style='position:absolute;top:-10px;right:6px;font-size:56px;line-height:1;color:#b5544b;opacity:0.08;pointer-events:none;'>時</span>
						<div style='position:relative;font-family:Cinzel,serif;font-size:9px;font-weight:700;letter-spacing:2px;text-transform:uppercase;color:#b5544b;margin-bottom:6px;'>⏳ Tiempo expirado</div>
						<div style='position:relative;font-size:13.5px;color:#e8dff8;'>El límite de <strong>72 horas</strong> para postear ya se cumplió.</div>
					</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span style="color: #1e92f7;" class="mycode_color"><span style="font-size: x-large;" class="mycode_size"><span style="font-family: Impact;" class="mycode_font">[Side Quest] La Isla que Apareció Dos Veces</span></span></span><br />
<span style="font-size: large;" class="mycode_size"><span style="font-family: Impact;" class="mycode_font">Día 70 de Otoño — País del Agua</span></span><br />
<hr class="mycode_hr" />
El informe había comenzado como una de esas historias que normalmente morían antes de llegar demasiado lejos dentro de la cadena de mando. Un mercante había atravesado una tormenta, perdido sus referencias y encontrado una isla pequeña que no aparecía en sus mapas. Habían desembarcado, reparado parte del mástil, encendido una fogata y continuado viaje cuando el clima mejoró. Dos días después, a más de ciento veinte kilómetros según sus cálculos, encontraron la misma costa. No una parecida: la misma. Las mismas formaciones de piedra, los mismos árboles inclinados hacia el agua y los restos negros de la fogata que ellos mismos habían apagado antes de marcharse. La explicación oficial más cómoda había sido una navegación defectuosa después de la tormenta. Entonces llegó un segundo barco con una historia prácticamente idéntica, y aquello dejó de ser una anécdota de marineros cansados para convertirse en un informe que terminó sobre el escritorio del Mizukage.<br />
<br />
La investigación se había mantenido pequeña. Nada de escuadrones completos, movilización naval ni rumores innecesarios en una aldea que ya tenía suficientes motivos para mirar el océano con desconfianza. En el <span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Puerto Funato</span>, una embarcación ligera esperaba amarrada a uno de los extremos del muelle, preparada con provisiones para varios días, instrumentos de navegación, cuerdas, lámparas, equipo de buceo y dos copias protegidas de las rutas trazadas por los mercantes. Sobre una caja descansaban además los testimonios de ambas tripulaciones; escritos por personas distintas y con pequeñas contradicciones normales, pero coincidentes en demasiados detalles como para descartarlos. Frente a todo aquello esperaba Kaito Hoshigaki, brazos cruzados y expresión endurecida, mirando alternativamente el agua y la entrada del muelle. Había sobrevivido a remolinos, tormentas y una operación donde había dejado bastante claro que, cuando el mar se volvía peligroso, prefería actuar antes que perder tiempo hablando y que no tenía intención de abandonar a los suyos.<br />
<br />
Kaito había leído los informes suficientes veces como para estar harto de ellos. No porque no los creyera, sino porque no podía enseñarle a un papel a navegar. Junto a su bota había dejado abierto uno de los mapas, sujeto por cuatro pequeñas pesas para impedir que la brisa se lo llevara, y dos círculos de tinta marcaban lugares separados por una distancia absurda que, según los testimonios, correspondían a exactamente la misma isla. Cada pocos minutos levantaba la vista hacia el acceso al puerto, esperando a los shinobi asignados a la investigación, sin molestarse todavía en preparar ningún discurso de bienvenida. Cuando llegaran habría tiempo para explicaciones, para repartir tareas y para decidir quién sabía realmente desenvolverse sobre una cubierta; hasta entonces, el instructor permanecía allí en silencio, con la paciencia limitada de alguien que había pasado demasiados años enseñando que en el agua un error pequeño podía transformarse muy rápido en un cadáver.<br />
<br />
A aquella hora el mar alrededor de Kirigakure parecía relativamente tranquilo, pero esa tranquilidad ya no significaba demasiado. Durante los últimos meses habían aparecido tormentas donde no correspondían, corrientes capaces de arrastrar embarcaciones enteras y costas que parecían cambiar más rápido de lo que cualquiera podía explicar. Ahora había una isla que, según dos tripulaciones independientes, había aparecido dos veces donde solo debía existir una. Todavía no había enemigos confirmados, ningún objetivo que capturar y ni siquiera certeza de que hubiese algo sobrenatural detrás del caso. Solo mapas que no coincidían con el océano, marineros convencidos de no haberse equivocado y una pregunta demasiado sencilla esperando mar adentro: si la isla no se había movido, entonces qué demonios había movido a los barcos.<br />
<blockquote class="mycode_quote"><cite>Para este tema se escribió:</cite><span style="font-size: large;" class="mycode_size"><span style="font-family: Impact;" class="mycode_font">[Side Quest] La Isla que Apareció Dos Veces</span></span><ul class="mycode_list"><li>En este tema solo pueden participar los que estén en kirigakure para la fecha indicada.<br />
</li>
<li>Este tema tendrá post cada 72horas.<br />
</li>
<li>Este tema es dificultad C.<br />
</li>
<li>Participar no es obligatorio.<br />
</li>
</ul>
</blockquote>
					<div style='position:relative;overflow:hidden;text-align:center;margin:10px 0;padding:14px 18px;background:#130f1e;border:0.5px solid rgba(156,107,204,0.18);border-left:2px solid #b5544b;'>
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						<div style='position:relative;font-size:13.5px;color:#e8dff8;'>El límite de <strong>72 horas</strong> para postear ya se cumplió.</div>
					</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Autonarrada C] La Banda Cangrena]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14973</link>
			<pubDate>Sat, 19 Sep 2026 19:54:37 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=816">Rin to Rei</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14973</guid>
			<description><![CDATA[<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Misión'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Misión'; }">Misión</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;">● Nombre de la Misión: La Banda Cangrena<br />
● Información de la Misión: La banda Cangrena es una pequeña red criminal que trabaja vendiendo información de privilegiados en el mercado negro. Rin y Rei fueron enviadas a detenerlos y acabar con ellos.<br />
● Rango y Tipo de la Misión: Misión Autonarrada Rango C<br />
● Fecha y Lugar: Krigakure 35 Verano 150<br />
● Cantidad de Usuarios: Rin to Rei<br />
● Cantidad máxima de horas por ronda: 0</div>
		</div><br />
La lluvia había comenzado antes del amanecer y todavía resbalaba por los tejados de Kirigakure cuando Rin y Rei cruzaron el patio interior del edificio de Inteligencia. No era una tormenta, sino esa llovizna persistente que parecía formar parte de la aldea, suficiente para cubrir de brillo las piedras y convertir cada sonido lejano en un murmullo. Las hermanas habían recibido la citación durante la noche, sin descripción del encargo ni nombre de quien las esperaba. Aquello descartaba una misión corriente. Rin avanzó un paso por delante, con las manos libres y la mirada fija en las ventanas superiores; Rei contó las puertas, las guardias y las personas que evitaban mirarlas. Ninguna necesitó comentar que el silencio del lugar estaba demasiado organizado para ser casual.<br />
<br />
Un funcionario de rostro estrecho las esperaba en una habitación sin ventanas. Se presentó como Hidemori, supervisor de archivos internos, aunque la cicatriz que atravesaba sus nudillos y la ausencia de tinta en sus dedos indicaban que no pasaba todos los días detrás de un escritorio. Sobre la mesa había cuatro carpetas, una bolsa de monedas sellada y una tablilla cubierta por una tela gris. Esperó a que las hermanas tomaran asiento antes de descubrirla. Debajo apareció el dibujo de un cangrejo verde al que le faltaba una pinza, marcado sobre trozos de papel, pequeños discos de madera y una esquina arrancada de un manifiesto portuario.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">La banda Cangrena. No son numerosos, pero venden aquello que puede causar más daño que un arma: información correcta entregada a la persona equivocada</span>&gt;<br />
<br />
Rei acercó una de las carpetas y examinó las copias sin desprenderlas de la mesa. Había horarios de guardia, rutas comerciales, listas de suministros médicos y nombres de comerciantes con deudas que nunca debieron abandonar sus archivos correspondientes. Cada documento procedía de una oficina distinta. Aquello explicaba por qué nadie había detectado un robo grande: Cangrena obtenía fragmentos, los reunía y encontraba a quien estuviera dispuesto a pagar por ellos. Rin observó el sello incompleto. No era una firma destinada a presumir, sino una forma de confirmar que el vendedor pertenecía a la red sin revelar su identidad completa.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;¿Cuántas personas han comprado información y cuántas trabajan para ellos?&gt;</span><br />
<br />
Hidemori no respondió de inmediato. Abrió la segunda carpeta y mostró una lista demasiado corta para resultar tranquilizadora. Tres intermediarios habían sido identificados, pero ninguno conocía más que a la persona que le entregaba el siguiente paquete. Dos funcionarios de bajo rango confesaron haber vendido datos para pagar deudas; un tercero desapareció antes de ser interrogado. La red cambiaba lugares, contraseñas y compradores con frecuencia. Lo único constante era el emblema verde y un nombre repetido en testimonios contradictorios: el Viejo Cangrejo. Nadie sabía si correspondía al dirigente, a un puesto dentro de la organización o a una invención diseñada para absorber toda la atención.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Esta noche celebrarán una venta. Creemos que ofrecerán cambios recientes en las patrullas costeras y registros de embarcaciones. Necesitamos a la banda completa, sus archivos y la identidad de quienes les proporcionan información. Si detienen solamente a los vendedores de la calle, otra persona ocupará su lugar mañana</span>&gt;<br />
<br />
Rin desplazó la mirada desde los informes hasta la bolsa sellada. No parecía contener una recompensa, sino material para la operación. Hidemori confirmó la deducción: dentro había monedas marcadas, una copia falsa de los horarios de vigilancia del canal oriental y un fragmento de madera con el símbolo de Cangrena. El contacto debía hacerse en el mercado del pescado antes del mediodía. Una comerciante ambulante conocida como la Tía Sumi recibía peticiones de clientes, pero no se sabía si pertenecía a la banda o si trabajaba bajo amenaza. La orden permitía a las hermanas decidir el método, con una condición: los registros debían recuperarse antes de cualquier incendio, traslado o destrucción.<br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Entraremos, encontraremos los registros y cerraremos las salidas&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Mi hermana quiere decir que intentaremos averiguar quién es inocente antes de encadenar a todo el mercado&gt;</span><br />
<br />
Rin dirigió hacia Rei una mirada breve, seca y perfectamente comprensible. Hidemori no sonrió, aunque una de sus cejas se movió lo suficiente para indicar que había entendido la diferencia entre ambas. Les entregó el paquete y explicó que nadie las seguiría de cerca. Cangrena había descubierto dos vigilancias anteriores, y una tercera podía provocar la cancelación de la venta. Si necesitaban refuerzos, debían dejar una tira de tela azul atada en la boca de una estatua situada frente al canal viejo. Hasta entonces trabajarían solas. Rei guardó la documentación falsa; Rin tomó las monedas y el disco de madera. Salieron sin prometer que el plan permanecería intacto, porque ambas sabían que ningún plan sobrevivía demasiado tiempo al primer mentiroso.<br />
<br />
El mercado del pescado ocupaba varias calles estrechas próximas al puerto interior. A esa hora, los comerciantes gritaban precios bajo toldos empapados, los cuchillos golpeaban tablas de madera y el agua sucia corría por canales abiertos entre los puestos. Rei cambió su manera de caminar antes de entrar. Relajó los hombros, redujo el ritmo y permitió que sus ojos se detuvieran en mercancías que no le interesaban. Rin conservó una distancia de veinte pasos y avanzó por el lado opuesto de la calle, ocultando la coordinación bajo la apariencia de dos recorridos independientes. No necesitaban verse continuamente; conocían el ritmo de la otra lo bastante bien para calcular dónde estaría después de cada esquina.<br />
<br />
La Tía Sumi resultó ser una mujer baja, de brazos gruesos y cabello gris recogido bajo un pañuelo amarillo. Vendía anguilas desde un puesto cercano a una canaleta, discutía con tres clientes al mismo tiempo y limpiaba su cuchillo con una paciencia incompatible con la rapidez de sus respuestas. Rei esperó a que el último comprador se alejara antes de colocar sobre el mostrador el disco con el cangrejo verde. No pronunció la contraseña inmediatamente. Primero señaló una anguila y preguntó el precio, como si estuviera comparando la mercancía con la de otros puestos. Sumi miró el disco una sola vez y continuó trabajando.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Esa pieza no compra pescado</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Me dijeron que aquí podía encontrar algo que nada mejor cuando las patrullas miran hacia otro lado&gt;</span><br />
<br />
La mujer dejó el cuchillo. Su expresión no cambió, pero dos dedos se cerraron alrededor de la cola de la anguila con fuerza excesiva. Respondió que los peces prudentes no preguntaban por la corriente en mitad del mercado. Rei replicó que los peces prudentes tampoco transportaban cargamentos sin conocer el horario de las redes. Aquella era la frase incluida en el informe de Hidemori, aunque la respuesta no estaba escrita. Sumi debía decidir si aceptarla. Durante varios segundos, solamente el ruido de los comerciantes y el golpeteo de la lluvia ocuparon el espacio entre ambas. Finalmente, la mujer envolvió la anguila que Rei no había comprado y deslizó dentro del papel una ficha de arcilla.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Almacén de sal número nueve. Cuando suene la campana del mediodía. Pregunte por Haro y diga que viene a vender, no a comprar</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;¿Y si Haro decide que no le gusta lo que llevo?&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Entonces la marea se llevará su nombre y yo no recordaré esta conversación</span>&gt;<br />
<br />
Rei pagó la anguila para no dejar una deuda visible y se alejó sin preguntar si la amenaza pertenecía a Sumi o a la gente que la vigilaba. Rin había advertido a dos hombres que no compraban nada. Uno fingía reparar la cuerda de un toldo desde hacía demasiado tiempo; el otro sostenía una cesta vacía y cambiaba de puesto cada vez que Rei avanzaba. Ninguno miraba directamente hacia Sumi. Precisamente por eso resultaban evidentes. Rin cruzó frente a su hermana sin detenerse y rozó dos veces la costura de su manga: dos observadores. Rei contestó acomodándose el cabello detrás de la oreja derecha. Los había visto.<br />
<br />
Las hermanas abandonaron el mercado por rutas distintas. Rei llevó la anguila hasta una calle más ancha y se detuvo junto a una tienda de cerámica, aparentando interés en los cuencos expuestos. El hombre de la cesta apareció un minuto después. Rin seguía al segundo desde un nivel superior, utilizando aleros y pasarelas sin aproximarse lo suficiente para llamar su atención. Cangrena no se limitaba a recibir contactos; comprobaba quiénes llegaban con ellos, de dónde venían y si alguien los protegía. Rei permitió que su perseguidor la observara entrar en una posada, pedir una habitación y salir por una puerta trasera después de cambiar su capa por otra guardada en el paquete de la misión.<br />
Rin no intervino cuando el primer vigilante perdió el rastro. Esperó a que se reuniera con el hombre del toldo en un callejón y observó cómo discutían. El de la cesta quería regresar al mercado; el otro señaló hacia los tejados y propuso dividirse. No habían detectado a Rin, pero sospechaban que Rei podía llevar protección. Cuando se separaron, Rin eligió al segundo. No por intuición, sino porque antes de marcharse había guardado dentro de su chaqueta un pequeño rollo de papel recibido del compañero. Lo siguió durante seis calles, cruzó por encima de un patio de secado y descendió detrás de un muro cuando el hombre entró en una casa de baños cerrada por reparaciones.<br />
<br />
Rei la encontró diez minutos después en el tejado vecino. No preguntó cómo había localizado el lugar; siguió la dirección de su mirada hasta una chimenea sin humo y una puerta lateral reforzada desde dentro. La campana del mediodía aún no había sonado. Podían entrar, capturar al vigilante y arriesgarse a que la red notara su ausencia, o mantener la cobertura y acudir al almacén indicado. Rin señaló una ventana del segundo piso donde acababa de aparecer una sombra. Rei observó el reflejo en los cristales y distinguió a otra persona recibiendo el papel.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;El almacén puede ser la entrada. Este lugar parece donde deciden quién merece cruzarla&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Primero el almacén. Volvemos si mienten&gt;</span><br />
<br />
La campana comenzó a sonar cuando llegaron al distrito de depósitos. El almacén de sal número nueve tenía las puertas principales abiertas y cinco trabajadores trasladaban sacos desde un carro. Nada en la fachada sugería una reunión clandestina. Rei entró sosteniendo la ficha de arcilla y la bolsa con el documento falso, mientras Rin permaneció fuera de la vista inmediata, desplazándose entre las construcciones laterales. Un capataz con barba rala se acercó a Rei y pidió la orden de entrega. Ella respondió que buscaba a Haro y venía a vender. El hombre dejó de interpretar su papel de trabajador con tanta rapidez que confirmó haber escuchado la frase correcta.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Haro no recibe a cualquiera que pronuncie su nombre</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Por eso traje algo que le molestaría perder&gt;</span><br />
<br />
El capataz extendió una mano. Rei no le entregó la bolsa; sacó únicamente una esquina del horario falso, suficiente para mostrar el sello interno de la oficina de vigilancia. A su alrededor, dos cargadores dejaron los sacos y cambiaron de posición. Uno bloqueó la salida principal; el otro se situó cerca de su costado. Rei continuó sonriendo, aunque redujo ligeramente la separación entre sus pies. El capataz preguntó quién le había proporcionado el documento. Ella dijo que las fuentes que podían nombrarse no servían para vender secretos. La respuesta pareció complacerlo más que cualquier identidad inventada.<br />
<br />
Rin observaba desde una abertura bajo el alero. Había contado siete personas dentro, no cinco. Dos permanecían detrás de una pared falsa formada por sacos apilados, y una octava vigilaba el callejón posterior. El trabajador más próximo a Rei escondía una hoja corta en la manga. Rin apoyó los dedos sobre el Kōketsu, preparada para romper la cobertura si aquella mano descendía un poco más. No lo hizo. El capataz condujo a Rei hacia una oficina lateral, cerró la puerta y colocó una campanilla sobre el escritorio. Si alguien entraba sin permiso, el sonido alertaría al almacén entero.<br />
<br />
Haro era un hombre delgado, con la piel amarillenta y varias manchas verdes de tinta alrededor de las uñas. No llevaba el símbolo de Cangrena a la vista, pero sobre su escritorio descansaban seis discos de madera idénticos al recibido por las hermanas. Examinó el fragmento del documento, lo olió y lo sostuvo frente a una lámpara. Rei se permitió una expresión de impaciencia calculada. Quien robaba información temía más ser descubierto que perder unos minutos, pero quien la vendía debía parecer interesado únicamente en el precio.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">El sello es correcto. El papel también. Eso no demuestra que el contenido sea reciente</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Entonces compre una copia vieja y compruébelo cuando sus clientes terminen en una celda. Yo habré cobrado igualmente&gt;</span><br />
<br />
Haro levantó la mirada. La respuesta no le gustó, pero sí la clase de persona que aparentaba haberla pronunciado. Sacó una moneda de cobre ennegrecida y la dejó girar sobre la mesa. Explicó que aquella noche habría una selección privada en una tintorería abandonada junto al canal de las Tres Compuertas. La entrada se abriría después del segundo cambio de guardia. Rei debía llevar el documento completo y la moneda; si acudía acompañada, nadie cruzaría la puerta. Cuando preguntó quién compraría los horarios, Haro sonrió y tocó la campanilla sin hacerla sonar.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Usted vende. Cangrena decide quién merece comprar</span>&gt;<br />
<br />
Rei aceptó la moneda, pero antes de salir dejó que sus dedos rozaran el borde del escritorio. Había una marca rectangular en el polvo, reciente y del tamaño aproximado de un libro grueso. Algo había sido retirado poco antes de su llegada. Haro siguió su mirada y apoyó deliberadamente un codo sobre la marca. No hizo falta preguntar. Los registros se movían entre sedes, quizá antes de cada venta. Cuando Rei abandonó la oficina, los cargadores habían vuelto a sus sacos y el camino hacia la calle permanecía abierto. La dejaron marcharse porque creían saber dónde encontrarla por la noche.<br />
<br />
Rin descendió del alero cuando su hermana dobló la segunda esquina. Caminaron sin mirarse hasta alcanzar un puente concurrido, donde el ruido del agua y de los carros dificultaba cualquier escucha distante. Rei le entregó la moneda sin detenerse. Rin la giró entre los dedos y descubrió una muesca en el canto: tres líneas, una por cada compuerta del canal. También le informó, con frases breves, de las ocho personas contadas y del hombre armado junto a la salida. Rei añadió la marca del libro ausente. Ninguna creyó que la tintorería fuese el único lugar importante.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Nos invitaron a una venta para que miremos a los compradores mientras otra persona protege los registros&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Seguimos al libro&gt;</span><br />
<br />
No tuvieron que esperar mucho. El vigilante del callejón posterior salió del almacén con una caja estrecha envuelta en lona. Caminó hacia el norte sin prisa, mezclándose con los trabajadores del distrito, y cambió de dirección dos veces sin motivo aparente. Rin tomó el seguimiento cercano; Rei se mantuvo más atrás, reconociendo los puntos desde los cuales otros miembros podían cubrir la ruta. El hombre cruzó un patio, descendió por una escalera junto al canal y entregó la caja a una muchacha que esperaba en una barca de fondo plano. Aquella joven no parecía mayor que ellas, pero recibió el paquete con la seguridad de alguien acostumbrado a transportar cosas por las que otros podían morir.<br />
<br />
La barca avanzó bajo una pasarela baja. Rin corrió por el borde del canal, oculta tras almacenes y montones de redes, mientras Rei tomó una calle paralela para anticipar su recorrido. La embarcación no se dirigió hacia la tintorería. Giró hacia un ramal utilizado para evacuar agua de lluvia y se detuvo ante una pequeña puerta metálica instalada bajo el nivel de la calle. La muchacha golpeó tres veces, esperó dos y golpeó una cuarta. Alguien abrió desde dentro. Antes de cruzar, ella miró hacia ambos extremos del canal. Rin ya estaba inmóvil bajo un balcón; Rei se había ocultado detrás de un carro cargado de juncos.<br />
<br />
Cuando la puerta volvió a cerrarse, las hermanas se reunieron sobre el puente siguiente. El edificio situado encima era una antigua fábrica de redes aparentemente abandonada. Las ventanas estaban tapiadas, pero una de las chimeneas expulsaba un hilo de vapor. Rei sugirió que aquel podía ser el archivo real. Rin señaló las marcas húmedas junto a la puerta: la barca había realizado el mismo viaje varias veces durante aquella semana. Sin embargo, entrar de inmediato podía alertar a la tintorería y dispersar a los compradores. Necesitaban conocer cuántas personas protegían el edificio y si la caja contenía el libro visto por Rei o solamente otra parte del engaño.<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Cangrena vende información porque sabe esperar hasta que todos paguen. Podemos devolverles la cortesía&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Esperamos hasta que salgan. Después hacemos hablar a uno&gt;</span><br />
<br />
Eligieron posiciones distintas alrededor de la fábrica. Rin permaneció cerca del canal, desde donde podía vigilar la puerta metálica y las dos barcas amarradas. Rei rodeó el edificio y encontró una salida trasera oculta detrás de un cobertizo derrumbado. Pasó una hora antes de que alguien apareciera. No fue la muchacha, sino un hombre ancho de hombros que llevaba una chaqueta impermeable y una bolsa vacía. Cerró la puerta, comprobó el callejón y caminó hacia una taberna. Rin dejó que avanzara hasta un tramo donde el sonido del canal cubría sus pasos. La cadena de su Kōketsu salió por debajo de la palma y se deslizó a ras del suelo.<br />
<br />
El hombre oyó el metal demasiado tarde. La cadena se cerró alrededor de uno de sus tobillos y Rin tiró con un movimiento corto, derribándolo antes de que alcanzara la esquina. Él intentó gritar, pero Rei apareció desde el costado y cubrió su boca con una mano mientras la otra retiraba el cuchillo oculto bajo la chaqueta. No lo golpearon después de inmovilizarlo. Lo arrastraron detrás del cobertizo, aseguraron sus muñecas con la propia cuerda que llevaba en el cinturón y esperaron hasta que dejó de forcejear. Rin sostuvo la cadena alrededor de sus piernas; Rei se agachó frente a él.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Puedes ayudarnos de dos maneras. La primera es respondiendo. La segunda consiste en mentir y demostrar cuánto tiempo puede sostener mi hermana esa cadena antes de cansarse&gt;</span><br />
<br />
Rin tensó apenas el metal. El hombre observó su expresión y comprendió que la amenaza no dependía del cansancio. Rei retiró la mano de su boca y le preguntó cuántas personas permanecían dentro. Respondió que cuatro. Ella señaló las seis tazas de cerámica que había visto secándose junto a la ventana posterior. Corrigió la cifra a siete. Preguntó por la caja. Dijo que contenía dinero. Rei mencionó la forma rectangular marcada en el escritorio de Haro y el cuidado con el que la mensajera había sostenido el paquete lejos del agua. El prisionero cerró los ojos antes de admitir que se trataba del registro de vendedores.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No es el libro completo. Son nombres codificados, pagos y entregas de este mes. El archivo grande lo lleva el Viejo Cangrejo encima. Nunca lo deja en una sede</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;¿Y estará esta noche en la tintorería?&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Estará donde estén los compradores. Le gusta ver cuánto valen sus secretos</span>&gt;<br />
<br />
El hombre se llamaba Genta y llevaba seis meses trabajando como cargador. Aseguró no conocer a los informantes reales; recibía cajas, vigilaba puertas y cobraba lo suficiente para no preguntar. Rei no aceptó aquella ignorancia como inocencia, pero distinguió miedo verdadero cuando mencionó al Viejo Cangrejo. Según Genta, la venta sería una subasta. Doce miembros de la banda custodiarían el edificio, sin contar a los compradores. Había tres salidas: la puerta principal, una ventana sobre el canal y un corredor subterráneo que comunicaba con una cisterna antigua. Si algo salía mal, el dirigente escaparía por el corredor con el archivo y prenderían fuego a la sala.<br />
<br />
Rin y Rei intercambiaron una mirada. La misión acababa de adquirir una forma concreta: entrar sin provocar la alarma, localizar al dirigente, impedir el incendio y cerrar el túnel antes de que pudiera utilizarlo. Genta añadió la contraseña de la noche y describió al Viejo Cangrejo como un hombre mayor, de cabello afeitado y mano izquierda cubierta por un guante verde. Rei memorizó cada detalle. Después colocaron al prisionero dentro del cobertizo, atado a una viga que no podía mover. Rin revisó el nudo; Rei dejó agua a su alcance, pero no el cuchillo.<br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Si gritas, vuelvo&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No pensaba hacerlo</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Ahora sí parece sincero&gt;</span><br />
<br />
Antes de dirigirse a la tintorería, Rei dejó la tira azul en la estatua indicada por Hidemori. No solicitaba una intervención inmediata. El nudo utilizado informaba que había un detenido en el cobertizo y que los refuerzos debían esperar fuera del distrito hasta recibir una segunda señal. Una patrulla visible arruinaría la entrada; ninguna patrulla permitiría que los capturados permanecieran asegurados al final. Rin observó el movimiento desde la otra acera y después tomó la ruta de los tejados. La noche había comenzado a caer sobre Kirigakure, y con ella llegaba la hora en que Cangrena convertía los secretos de la aldea en mercancía.<br />
<br />
La tintorería ocupaba una construcción larga junto al canal de las Tres Compuertas. Había cerrado años atrás, cuando una crecida contaminó los pozos de pigmento y obligó a trasladar el negocio, pero los muros de piedra continuaban en pie. Desde el exterior podían verse dos plantas, un techo inclinado y una pasarela de carga sobre el agua. Las ventanas inferiores estaban cubiertas con tablas; las superiores dejaban escapar líneas delgadas de luz violeta. Rei llegó por la calle principal con la moneda ennegrecida oculta en la manga. Rin recorrió el perímetro desde los tejados y localizó una claraboya, dos vigilantes y el corredor que conducía hacia las antiguas cisternas.<br />
<br />
No podían hablar sin acercarse, de modo que recurrieron a señales conocidas. Rin se dejó ver durante un instante sobre la construcción vecina y levantó dos dedos: dos hombres fuera. Después señaló la parte posterior y cerró el puño: salida vigilada. Rei tocó su propia muñeca, confirmando que entraría según el plan, y continuó hacia la puerta principal. Un farol verde colgaba encima, apagado pese a la oscuridad. La entrada no tenía aldaba. Rei golpeó con los nudillos tres veces, esperó el intervalo descrito por Genta y añadió otras dos.<br />
<br />
Una abertura rectangular apareció a la altura de sus ojos. Del otro lado solamente se distinguió una parte de un rostro masculino.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">El canal está enfermo</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Por eso los cangrejos caminan fuera del agua&gt;</span><br />
<br />
La abertura se cerró y la puerta cedió unos centímetros. Antes de permitirle pasar, el guardia exigió la moneda. Rei la sostuvo sobre la palma sin entregarla. La muesca triple quedó visible bajo la luz interior. El hombre comprobó el borde y abrió por completo. No le pidió el documento; eso ocurriría dentro. Tampoco la registró, quizá porque consideraba imposible esconder un arma importante bajo aquella ropa o porque la venta dependía de que compradores peligrosos aceptaran acudir. El error permitió que el Kōketsu permaneciera cubierto bajo su manga, listo para responder cuando la situación dejara de necesitar cortesía.<br />
El interior todavía conservaba las grandes cubas de la tintorería. Algunas estaban vacías; otras contenían agua oscura y residuos secos adheridos a sus bordes. Entre ellas habían colocado mesas bajas, lámparas protegidas por vidrio y doce sillas ocupadas de manera desigual. Había seis compradores. Rei reconoció a un comerciante de herramientas, a la asistente de un funcionario portuario y a un capitán de embarcaciones pequeñas. Los demás escondían el rostro bajo capuchas o pañuelos. Ocho miembros de Cangrena permanecían visibles alrededor de la sala. Los cuatro restantes mencionados por Genta podían estar en el piso superior, en el túnel o mezclados entre los supuestos clientes.<br />
<br />
Una mujer de cabello rojizo recibió a Rei y le indicó una silla alejada de la puerta. Se presentó como Naho, encargada de registrar acuerdos. Llevaba una tablilla contra el pecho y tinta verde en la yema del pulgar. Preguntó qué ofrecía. Rei extrajo el horario falso, doblado de manera que el sello pudiera verse sin mostrar todavía el contenido. Naho sostuvo la mano, pero Rei no se lo entregó.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Haro ya comprobó el papel. Si cada persona que encuentro necesita repetir su trabajo, comenzaré a pensar que Cangrena cobra por desconfiar de sí misma&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Haro comprueba que no traiga basura. Yo decido cuánto vale. El Viejo Cangrejo decide si usted sale sabiendo nuestros nombres</span>&gt;<br />
<br />
Rei permitió que la amenaza quedara entre ambas. Miró hacia las cubas, no como alguien intimidada, sino como quien calculaba cuánto dinero podía extraer de la sala. En la planta superior, una tabla crujió apenas. Rin había alcanzado el techo por la construcción contigua y se desplazaba sobre una viga oculta encima del salón. Desde allí veía la distribución mejor que Rei: dos hombres tras una cortina, uno junto a una caja de arena y otro sosteniendo una jarra que olía a aceite. El incendio no era solamente una salida de emergencia; ya estaba preparado.<br />
<br />
La venta comenzó cuando un hombre mayor apareció sobre la pasarela interior. Tenía el cabello afeitado y un guante verde cubría su mano izquierda hasta la mitad del antebrazo. No anunció su nombre. Naho golpeó dos veces una campana pequeña y las conversaciones cesaron. El Viejo Cangrejo explicó que aquella noche ofrecían cuatro lotes: rutas de transporte de medicinas, fechas de inspección en los muelles, deudas privadas de tres familias comerciales y cambios provisionales en la vigilancia costera. No mostró los documentos completos. Naho levantaba una tarjeta por cada lote y los compradores escribían ofertas en tablillas individuales.<br />
<br />
Rin observó cómo el dirigente mantenía la mano enguantada sobre una cartera sujeta a su cintura. Tenía el tamaño adecuado para guardar un cuaderno pequeño, no el archivo completo descrito por Genta. También advirtió que cada vez que Naho terminaba de leer una oferta, no se la entregaba al anciano. La colocaba dentro de una caja y un muchacho la transportaba al piso superior. Alguien más decidía cuáles compradores eran aceptados o llevaba un segundo registro lejos de la sala. Rin desplazó la atención hacia la puerta del corredor subterráneo. Uno de los guardias la comprobaba después de cada lote, aunque nadie intentaba entrar.<br />
<br />
Rei fingió interés en las rutas medicinales y ofreció una cantidad baja para obligar a Naho a acercarse. Cuando la mujer se inclinó, preguntó si los datos incluían cantidades o únicamente fechas. Naho respondió que Cangrena no vendía rumores y señaló una marca verde en la tarjeta. Rei reconoció el código de un almacén médico utilizado durante emergencias. Aquella información permitiría robar cargamentos antes de que llegaran a los hospitales. El siguiente lote contenía nombres de inspectores y horarios de relevo. No estaban reuniendo chismes útiles para comerciantes deshonestos; estaban exponiendo puntos capaces de debilitar la aldea entera.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Han reunido una colección impresionante. Casi parece demasiado valiosa para guardarla en un edificio con tantas salidas&gt;</span><br />
<br />
Naho la miró con más atención. Rei sostuvo la expresión curiosa, como si el comentario fuera admiración y no una prueba. La mujer respondió que el edificio no guardaba nada después de cada venta. Todo viajaba con personas diferentes y ninguna conocía el contenido completo. Sin embargo, antes de apartarse, dirigió una mirada involuntaria hacia el guante verde del anciano. Rei la siguió y comprendió que la cartera contenía algo indispensable, aunque no todo. Quizá una clave para interpretar los nombres codificados, quizá las direcciones de las otras sedes. Capturarlo seguía siendo esencial.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Misión'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Misión'; }">Misión</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;">● Nombre de la Misión: La Banda Cangrena<br />
● Información de la Misión: La banda Cangrena es una pequeña red criminal que trabaja vendiendo información de privilegiados en el mercado negro. Rin y Rei fueron enviadas a detenerlos y acabar con ellos.<br />
● Rango y Tipo de la Misión: Misión Autonarrada Rango C<br />
● Fecha y Lugar: Krigakure 35 Verano 150<br />
● Cantidad de Usuarios: Rin to Rei<br />
● Cantidad máxima de horas por ronda: 0</div>
		</div><br />
La lluvia había comenzado antes del amanecer y todavía resbalaba por los tejados de Kirigakure cuando Rin y Rei cruzaron el patio interior del edificio de Inteligencia. No era una tormenta, sino esa llovizna persistente que parecía formar parte de la aldea, suficiente para cubrir de brillo las piedras y convertir cada sonido lejano en un murmullo. Las hermanas habían recibido la citación durante la noche, sin descripción del encargo ni nombre de quien las esperaba. Aquello descartaba una misión corriente. Rin avanzó un paso por delante, con las manos libres y la mirada fija en las ventanas superiores; Rei contó las puertas, las guardias y las personas que evitaban mirarlas. Ninguna necesitó comentar que el silencio del lugar estaba demasiado organizado para ser casual.<br />
<br />
Un funcionario de rostro estrecho las esperaba en una habitación sin ventanas. Se presentó como Hidemori, supervisor de archivos internos, aunque la cicatriz que atravesaba sus nudillos y la ausencia de tinta en sus dedos indicaban que no pasaba todos los días detrás de un escritorio. Sobre la mesa había cuatro carpetas, una bolsa de monedas sellada y una tablilla cubierta por una tela gris. Esperó a que las hermanas tomaran asiento antes de descubrirla. Debajo apareció el dibujo de un cangrejo verde al que le faltaba una pinza, marcado sobre trozos de papel, pequeños discos de madera y una esquina arrancada de un manifiesto portuario.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">La banda Cangrena. No son numerosos, pero venden aquello que puede causar más daño que un arma: información correcta entregada a la persona equivocada</span>&gt;<br />
<br />
Rei acercó una de las carpetas y examinó las copias sin desprenderlas de la mesa. Había horarios de guardia, rutas comerciales, listas de suministros médicos y nombres de comerciantes con deudas que nunca debieron abandonar sus archivos correspondientes. Cada documento procedía de una oficina distinta. Aquello explicaba por qué nadie había detectado un robo grande: Cangrena obtenía fragmentos, los reunía y encontraba a quien estuviera dispuesto a pagar por ellos. Rin observó el sello incompleto. No era una firma destinada a presumir, sino una forma de confirmar que el vendedor pertenecía a la red sin revelar su identidad completa.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;¿Cuántas personas han comprado información y cuántas trabajan para ellos?&gt;</span><br />
<br />
Hidemori no respondió de inmediato. Abrió la segunda carpeta y mostró una lista demasiado corta para resultar tranquilizadora. Tres intermediarios habían sido identificados, pero ninguno conocía más que a la persona que le entregaba el siguiente paquete. Dos funcionarios de bajo rango confesaron haber vendido datos para pagar deudas; un tercero desapareció antes de ser interrogado. La red cambiaba lugares, contraseñas y compradores con frecuencia. Lo único constante era el emblema verde y un nombre repetido en testimonios contradictorios: el Viejo Cangrejo. Nadie sabía si correspondía al dirigente, a un puesto dentro de la organización o a una invención diseñada para absorber toda la atención.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Esta noche celebrarán una venta. Creemos que ofrecerán cambios recientes en las patrullas costeras y registros de embarcaciones. Necesitamos a la banda completa, sus archivos y la identidad de quienes les proporcionan información. Si detienen solamente a los vendedores de la calle, otra persona ocupará su lugar mañana</span>&gt;<br />
<br />
Rin desplazó la mirada desde los informes hasta la bolsa sellada. No parecía contener una recompensa, sino material para la operación. Hidemori confirmó la deducción: dentro había monedas marcadas, una copia falsa de los horarios de vigilancia del canal oriental y un fragmento de madera con el símbolo de Cangrena. El contacto debía hacerse en el mercado del pescado antes del mediodía. Una comerciante ambulante conocida como la Tía Sumi recibía peticiones de clientes, pero no se sabía si pertenecía a la banda o si trabajaba bajo amenaza. La orden permitía a las hermanas decidir el método, con una condición: los registros debían recuperarse antes de cualquier incendio, traslado o destrucción.<br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Entraremos, encontraremos los registros y cerraremos las salidas&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Mi hermana quiere decir que intentaremos averiguar quién es inocente antes de encadenar a todo el mercado&gt;</span><br />
<br />
Rin dirigió hacia Rei una mirada breve, seca y perfectamente comprensible. Hidemori no sonrió, aunque una de sus cejas se movió lo suficiente para indicar que había entendido la diferencia entre ambas. Les entregó el paquete y explicó que nadie las seguiría de cerca. Cangrena había descubierto dos vigilancias anteriores, y una tercera podía provocar la cancelación de la venta. Si necesitaban refuerzos, debían dejar una tira de tela azul atada en la boca de una estatua situada frente al canal viejo. Hasta entonces trabajarían solas. Rei guardó la documentación falsa; Rin tomó las monedas y el disco de madera. Salieron sin prometer que el plan permanecería intacto, porque ambas sabían que ningún plan sobrevivía demasiado tiempo al primer mentiroso.<br />
<br />
El mercado del pescado ocupaba varias calles estrechas próximas al puerto interior. A esa hora, los comerciantes gritaban precios bajo toldos empapados, los cuchillos golpeaban tablas de madera y el agua sucia corría por canales abiertos entre los puestos. Rei cambió su manera de caminar antes de entrar. Relajó los hombros, redujo el ritmo y permitió que sus ojos se detuvieran en mercancías que no le interesaban. Rin conservó una distancia de veinte pasos y avanzó por el lado opuesto de la calle, ocultando la coordinación bajo la apariencia de dos recorridos independientes. No necesitaban verse continuamente; conocían el ritmo de la otra lo bastante bien para calcular dónde estaría después de cada esquina.<br />
<br />
La Tía Sumi resultó ser una mujer baja, de brazos gruesos y cabello gris recogido bajo un pañuelo amarillo. Vendía anguilas desde un puesto cercano a una canaleta, discutía con tres clientes al mismo tiempo y limpiaba su cuchillo con una paciencia incompatible con la rapidez de sus respuestas. Rei esperó a que el último comprador se alejara antes de colocar sobre el mostrador el disco con el cangrejo verde. No pronunció la contraseña inmediatamente. Primero señaló una anguila y preguntó el precio, como si estuviera comparando la mercancía con la de otros puestos. Sumi miró el disco una sola vez y continuó trabajando.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Esa pieza no compra pescado</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Me dijeron que aquí podía encontrar algo que nada mejor cuando las patrullas miran hacia otro lado&gt;</span><br />
<br />
La mujer dejó el cuchillo. Su expresión no cambió, pero dos dedos se cerraron alrededor de la cola de la anguila con fuerza excesiva. Respondió que los peces prudentes no preguntaban por la corriente en mitad del mercado. Rei replicó que los peces prudentes tampoco transportaban cargamentos sin conocer el horario de las redes. Aquella era la frase incluida en el informe de Hidemori, aunque la respuesta no estaba escrita. Sumi debía decidir si aceptarla. Durante varios segundos, solamente el ruido de los comerciantes y el golpeteo de la lluvia ocuparon el espacio entre ambas. Finalmente, la mujer envolvió la anguila que Rei no había comprado y deslizó dentro del papel una ficha de arcilla.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Almacén de sal número nueve. Cuando suene la campana del mediodía. Pregunte por Haro y diga que viene a vender, no a comprar</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;¿Y si Haro decide que no le gusta lo que llevo?&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Entonces la marea se llevará su nombre y yo no recordaré esta conversación</span>&gt;<br />
<br />
Rei pagó la anguila para no dejar una deuda visible y se alejó sin preguntar si la amenaza pertenecía a Sumi o a la gente que la vigilaba. Rin había advertido a dos hombres que no compraban nada. Uno fingía reparar la cuerda de un toldo desde hacía demasiado tiempo; el otro sostenía una cesta vacía y cambiaba de puesto cada vez que Rei avanzaba. Ninguno miraba directamente hacia Sumi. Precisamente por eso resultaban evidentes. Rin cruzó frente a su hermana sin detenerse y rozó dos veces la costura de su manga: dos observadores. Rei contestó acomodándose el cabello detrás de la oreja derecha. Los había visto.<br />
<br />
Las hermanas abandonaron el mercado por rutas distintas. Rei llevó la anguila hasta una calle más ancha y se detuvo junto a una tienda de cerámica, aparentando interés en los cuencos expuestos. El hombre de la cesta apareció un minuto después. Rin seguía al segundo desde un nivel superior, utilizando aleros y pasarelas sin aproximarse lo suficiente para llamar su atención. Cangrena no se limitaba a recibir contactos; comprobaba quiénes llegaban con ellos, de dónde venían y si alguien los protegía. Rei permitió que su perseguidor la observara entrar en una posada, pedir una habitación y salir por una puerta trasera después de cambiar su capa por otra guardada en el paquete de la misión.<br />
Rin no intervino cuando el primer vigilante perdió el rastro. Esperó a que se reuniera con el hombre del toldo en un callejón y observó cómo discutían. El de la cesta quería regresar al mercado; el otro señaló hacia los tejados y propuso dividirse. No habían detectado a Rin, pero sospechaban que Rei podía llevar protección. Cuando se separaron, Rin eligió al segundo. No por intuición, sino porque antes de marcharse había guardado dentro de su chaqueta un pequeño rollo de papel recibido del compañero. Lo siguió durante seis calles, cruzó por encima de un patio de secado y descendió detrás de un muro cuando el hombre entró en una casa de baños cerrada por reparaciones.<br />
<br />
Rei la encontró diez minutos después en el tejado vecino. No preguntó cómo había localizado el lugar; siguió la dirección de su mirada hasta una chimenea sin humo y una puerta lateral reforzada desde dentro. La campana del mediodía aún no había sonado. Podían entrar, capturar al vigilante y arriesgarse a que la red notara su ausencia, o mantener la cobertura y acudir al almacén indicado. Rin señaló una ventana del segundo piso donde acababa de aparecer una sombra. Rei observó el reflejo en los cristales y distinguió a otra persona recibiendo el papel.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;El almacén puede ser la entrada. Este lugar parece donde deciden quién merece cruzarla&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Primero el almacén. Volvemos si mienten&gt;</span><br />
<br />
La campana comenzó a sonar cuando llegaron al distrito de depósitos. El almacén de sal número nueve tenía las puertas principales abiertas y cinco trabajadores trasladaban sacos desde un carro. Nada en la fachada sugería una reunión clandestina. Rei entró sosteniendo la ficha de arcilla y la bolsa con el documento falso, mientras Rin permaneció fuera de la vista inmediata, desplazándose entre las construcciones laterales. Un capataz con barba rala se acercó a Rei y pidió la orden de entrega. Ella respondió que buscaba a Haro y venía a vender. El hombre dejó de interpretar su papel de trabajador con tanta rapidez que confirmó haber escuchado la frase correcta.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Haro no recibe a cualquiera que pronuncie su nombre</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Por eso traje algo que le molestaría perder&gt;</span><br />
<br />
El capataz extendió una mano. Rei no le entregó la bolsa; sacó únicamente una esquina del horario falso, suficiente para mostrar el sello interno de la oficina de vigilancia. A su alrededor, dos cargadores dejaron los sacos y cambiaron de posición. Uno bloqueó la salida principal; el otro se situó cerca de su costado. Rei continuó sonriendo, aunque redujo ligeramente la separación entre sus pies. El capataz preguntó quién le había proporcionado el documento. Ella dijo que las fuentes que podían nombrarse no servían para vender secretos. La respuesta pareció complacerlo más que cualquier identidad inventada.<br />
<br />
Rin observaba desde una abertura bajo el alero. Había contado siete personas dentro, no cinco. Dos permanecían detrás de una pared falsa formada por sacos apilados, y una octava vigilaba el callejón posterior. El trabajador más próximo a Rei escondía una hoja corta en la manga. Rin apoyó los dedos sobre el Kōketsu, preparada para romper la cobertura si aquella mano descendía un poco más. No lo hizo. El capataz condujo a Rei hacia una oficina lateral, cerró la puerta y colocó una campanilla sobre el escritorio. Si alguien entraba sin permiso, el sonido alertaría al almacén entero.<br />
<br />
Haro era un hombre delgado, con la piel amarillenta y varias manchas verdes de tinta alrededor de las uñas. No llevaba el símbolo de Cangrena a la vista, pero sobre su escritorio descansaban seis discos de madera idénticos al recibido por las hermanas. Examinó el fragmento del documento, lo olió y lo sostuvo frente a una lámpara. Rei se permitió una expresión de impaciencia calculada. Quien robaba información temía más ser descubierto que perder unos minutos, pero quien la vendía debía parecer interesado únicamente en el precio.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">El sello es correcto. El papel también. Eso no demuestra que el contenido sea reciente</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Entonces compre una copia vieja y compruébelo cuando sus clientes terminen en una celda. Yo habré cobrado igualmente&gt;</span><br />
<br />
Haro levantó la mirada. La respuesta no le gustó, pero sí la clase de persona que aparentaba haberla pronunciado. Sacó una moneda de cobre ennegrecida y la dejó girar sobre la mesa. Explicó que aquella noche habría una selección privada en una tintorería abandonada junto al canal de las Tres Compuertas. La entrada se abriría después del segundo cambio de guardia. Rei debía llevar el documento completo y la moneda; si acudía acompañada, nadie cruzaría la puerta. Cuando preguntó quién compraría los horarios, Haro sonrió y tocó la campanilla sin hacerla sonar.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Usted vende. Cangrena decide quién merece comprar</span>&gt;<br />
<br />
Rei aceptó la moneda, pero antes de salir dejó que sus dedos rozaran el borde del escritorio. Había una marca rectangular en el polvo, reciente y del tamaño aproximado de un libro grueso. Algo había sido retirado poco antes de su llegada. Haro siguió su mirada y apoyó deliberadamente un codo sobre la marca. No hizo falta preguntar. Los registros se movían entre sedes, quizá antes de cada venta. Cuando Rei abandonó la oficina, los cargadores habían vuelto a sus sacos y el camino hacia la calle permanecía abierto. La dejaron marcharse porque creían saber dónde encontrarla por la noche.<br />
<br />
Rin descendió del alero cuando su hermana dobló la segunda esquina. Caminaron sin mirarse hasta alcanzar un puente concurrido, donde el ruido del agua y de los carros dificultaba cualquier escucha distante. Rei le entregó la moneda sin detenerse. Rin la giró entre los dedos y descubrió una muesca en el canto: tres líneas, una por cada compuerta del canal. También le informó, con frases breves, de las ocho personas contadas y del hombre armado junto a la salida. Rei añadió la marca del libro ausente. Ninguna creyó que la tintorería fuese el único lugar importante.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Nos invitaron a una venta para que miremos a los compradores mientras otra persona protege los registros&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Seguimos al libro&gt;</span><br />
<br />
No tuvieron que esperar mucho. El vigilante del callejón posterior salió del almacén con una caja estrecha envuelta en lona. Caminó hacia el norte sin prisa, mezclándose con los trabajadores del distrito, y cambió de dirección dos veces sin motivo aparente. Rin tomó el seguimiento cercano; Rei se mantuvo más atrás, reconociendo los puntos desde los cuales otros miembros podían cubrir la ruta. El hombre cruzó un patio, descendió por una escalera junto al canal y entregó la caja a una muchacha que esperaba en una barca de fondo plano. Aquella joven no parecía mayor que ellas, pero recibió el paquete con la seguridad de alguien acostumbrado a transportar cosas por las que otros podían morir.<br />
<br />
La barca avanzó bajo una pasarela baja. Rin corrió por el borde del canal, oculta tras almacenes y montones de redes, mientras Rei tomó una calle paralela para anticipar su recorrido. La embarcación no se dirigió hacia la tintorería. Giró hacia un ramal utilizado para evacuar agua de lluvia y se detuvo ante una pequeña puerta metálica instalada bajo el nivel de la calle. La muchacha golpeó tres veces, esperó dos y golpeó una cuarta. Alguien abrió desde dentro. Antes de cruzar, ella miró hacia ambos extremos del canal. Rin ya estaba inmóvil bajo un balcón; Rei se había ocultado detrás de un carro cargado de juncos.<br />
<br />
Cuando la puerta volvió a cerrarse, las hermanas se reunieron sobre el puente siguiente. El edificio situado encima era una antigua fábrica de redes aparentemente abandonada. Las ventanas estaban tapiadas, pero una de las chimeneas expulsaba un hilo de vapor. Rei sugirió que aquel podía ser el archivo real. Rin señaló las marcas húmedas junto a la puerta: la barca había realizado el mismo viaje varias veces durante aquella semana. Sin embargo, entrar de inmediato podía alertar a la tintorería y dispersar a los compradores. Necesitaban conocer cuántas personas protegían el edificio y si la caja contenía el libro visto por Rei o solamente otra parte del engaño.<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Cangrena vende información porque sabe esperar hasta que todos paguen. Podemos devolverles la cortesía&gt;</span><br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Esperamos hasta que salgan. Después hacemos hablar a uno&gt;</span><br />
<br />
Eligieron posiciones distintas alrededor de la fábrica. Rin permaneció cerca del canal, desde donde podía vigilar la puerta metálica y las dos barcas amarradas. Rei rodeó el edificio y encontró una salida trasera oculta detrás de un cobertizo derrumbado. Pasó una hora antes de que alguien apareciera. No fue la muchacha, sino un hombre ancho de hombros que llevaba una chaqueta impermeable y una bolsa vacía. Cerró la puerta, comprobó el callejón y caminó hacia una taberna. Rin dejó que avanzara hasta un tramo donde el sonido del canal cubría sus pasos. La cadena de su Kōketsu salió por debajo de la palma y se deslizó a ras del suelo.<br />
<br />
El hombre oyó el metal demasiado tarde. La cadena se cerró alrededor de uno de sus tobillos y Rin tiró con un movimiento corto, derribándolo antes de que alcanzara la esquina. Él intentó gritar, pero Rei apareció desde el costado y cubrió su boca con una mano mientras la otra retiraba el cuchillo oculto bajo la chaqueta. No lo golpearon después de inmovilizarlo. Lo arrastraron detrás del cobertizo, aseguraron sus muñecas con la propia cuerda que llevaba en el cinturón y esperaron hasta que dejó de forcejear. Rin sostuvo la cadena alrededor de sus piernas; Rei se agachó frente a él.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Puedes ayudarnos de dos maneras. La primera es respondiendo. La segunda consiste en mentir y demostrar cuánto tiempo puede sostener mi hermana esa cadena antes de cansarse&gt;</span><br />
<br />
Rin tensó apenas el metal. El hombre observó su expresión y comprendió que la amenaza no dependía del cansancio. Rei retiró la mano de su boca y le preguntó cuántas personas permanecían dentro. Respondió que cuatro. Ella señaló las seis tazas de cerámica que había visto secándose junto a la ventana posterior. Corrigió la cifra a siete. Preguntó por la caja. Dijo que contenía dinero. Rei mencionó la forma rectangular marcada en el escritorio de Haro y el cuidado con el que la mensajera había sostenido el paquete lejos del agua. El prisionero cerró los ojos antes de admitir que se trataba del registro de vendedores.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No es el libro completo. Son nombres codificados, pagos y entregas de este mes. El archivo grande lo lleva el Viejo Cangrejo encima. Nunca lo deja en una sede</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;¿Y estará esta noche en la tintorería?&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Estará donde estén los compradores. Le gusta ver cuánto valen sus secretos</span>&gt;<br />
<br />
El hombre se llamaba Genta y llevaba seis meses trabajando como cargador. Aseguró no conocer a los informantes reales; recibía cajas, vigilaba puertas y cobraba lo suficiente para no preguntar. Rei no aceptó aquella ignorancia como inocencia, pero distinguió miedo verdadero cuando mencionó al Viejo Cangrejo. Según Genta, la venta sería una subasta. Doce miembros de la banda custodiarían el edificio, sin contar a los compradores. Había tres salidas: la puerta principal, una ventana sobre el canal y un corredor subterráneo que comunicaba con una cisterna antigua. Si algo salía mal, el dirigente escaparía por el corredor con el archivo y prenderían fuego a la sala.<br />
<br />
Rin y Rei intercambiaron una mirada. La misión acababa de adquirir una forma concreta: entrar sin provocar la alarma, localizar al dirigente, impedir el incendio y cerrar el túnel antes de que pudiera utilizarlo. Genta añadió la contraseña de la noche y describió al Viejo Cangrejo como un hombre mayor, de cabello afeitado y mano izquierda cubierta por un guante verde. Rei memorizó cada detalle. Después colocaron al prisionero dentro del cobertizo, atado a una viga que no podía mover. Rin revisó el nudo; Rei dejó agua a su alcance, pero no el cuchillo.<br />
<br />
<span style="color: #CF2BE7;" class="mycode_color">&lt;Si gritas, vuelvo&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No pensaba hacerlo</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Ahora sí parece sincero&gt;</span><br />
<br />
Antes de dirigirse a la tintorería, Rei dejó la tira azul en la estatua indicada por Hidemori. No solicitaba una intervención inmediata. El nudo utilizado informaba que había un detenido en el cobertizo y que los refuerzos debían esperar fuera del distrito hasta recibir una segunda señal. Una patrulla visible arruinaría la entrada; ninguna patrulla permitiría que los capturados permanecieran asegurados al final. Rin observó el movimiento desde la otra acera y después tomó la ruta de los tejados. La noche había comenzado a caer sobre Kirigakure, y con ella llegaba la hora en que Cangrena convertía los secretos de la aldea en mercancía.<br />
<br />
La tintorería ocupaba una construcción larga junto al canal de las Tres Compuertas. Había cerrado años atrás, cuando una crecida contaminó los pozos de pigmento y obligó a trasladar el negocio, pero los muros de piedra continuaban en pie. Desde el exterior podían verse dos plantas, un techo inclinado y una pasarela de carga sobre el agua. Las ventanas inferiores estaban cubiertas con tablas; las superiores dejaban escapar líneas delgadas de luz violeta. Rei llegó por la calle principal con la moneda ennegrecida oculta en la manga. Rin recorrió el perímetro desde los tejados y localizó una claraboya, dos vigilantes y el corredor que conducía hacia las antiguas cisternas.<br />
<br />
No podían hablar sin acercarse, de modo que recurrieron a señales conocidas. Rin se dejó ver durante un instante sobre la construcción vecina y levantó dos dedos: dos hombres fuera. Después señaló la parte posterior y cerró el puño: salida vigilada. Rei tocó su propia muñeca, confirmando que entraría según el plan, y continuó hacia la puerta principal. Un farol verde colgaba encima, apagado pese a la oscuridad. La entrada no tenía aldaba. Rei golpeó con los nudillos tres veces, esperó el intervalo descrito por Genta y añadió otras dos.<br />
<br />
Una abertura rectangular apareció a la altura de sus ojos. Del otro lado solamente se distinguió una parte de un rostro masculino.<br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">El canal está enfermo</span>&gt;<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Por eso los cangrejos caminan fuera del agua&gt;</span><br />
<br />
La abertura se cerró y la puerta cedió unos centímetros. Antes de permitirle pasar, el guardia exigió la moneda. Rei la sostuvo sobre la palma sin entregarla. La muesca triple quedó visible bajo la luz interior. El hombre comprobó el borde y abrió por completo. No le pidió el documento; eso ocurriría dentro. Tampoco la registró, quizá porque consideraba imposible esconder un arma importante bajo aquella ropa o porque la venta dependía de que compradores peligrosos aceptaran acudir. El error permitió que el Kōketsu permaneciera cubierto bajo su manga, listo para responder cuando la situación dejara de necesitar cortesía.<br />
El interior todavía conservaba las grandes cubas de la tintorería. Algunas estaban vacías; otras contenían agua oscura y residuos secos adheridos a sus bordes. Entre ellas habían colocado mesas bajas, lámparas protegidas por vidrio y doce sillas ocupadas de manera desigual. Había seis compradores. Rei reconoció a un comerciante de herramientas, a la asistente de un funcionario portuario y a un capitán de embarcaciones pequeñas. Los demás escondían el rostro bajo capuchas o pañuelos. Ocho miembros de Cangrena permanecían visibles alrededor de la sala. Los cuatro restantes mencionados por Genta podían estar en el piso superior, en el túnel o mezclados entre los supuestos clientes.<br />
<br />
Una mujer de cabello rojizo recibió a Rei y le indicó una silla alejada de la puerta. Se presentó como Naho, encargada de registrar acuerdos. Llevaba una tablilla contra el pecho y tinta verde en la yema del pulgar. Preguntó qué ofrecía. Rei extrajo el horario falso, doblado de manera que el sello pudiera verse sin mostrar todavía el contenido. Naho sostuvo la mano, pero Rei no se lo entregó.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Haro ya comprobó el papel. Si cada persona que encuentro necesita repetir su trabajo, comenzaré a pensar que Cangrena cobra por desconfiar de sí misma&gt;</span><br />
<br />
&lt;<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Haro comprueba que no traiga basura. Yo decido cuánto vale. El Viejo Cangrejo decide si usted sale sabiendo nuestros nombres</span>&gt;<br />
<br />
Rei permitió que la amenaza quedara entre ambas. Miró hacia las cubas, no como alguien intimidada, sino como quien calculaba cuánto dinero podía extraer de la sala. En la planta superior, una tabla crujió apenas. Rin había alcanzado el techo por la construcción contigua y se desplazaba sobre una viga oculta encima del salón. Desde allí veía la distribución mejor que Rei: dos hombres tras una cortina, uno junto a una caja de arena y otro sosteniendo una jarra que olía a aceite. El incendio no era solamente una salida de emergencia; ya estaba preparado.<br />
<br />
La venta comenzó cuando un hombre mayor apareció sobre la pasarela interior. Tenía el cabello afeitado y un guante verde cubría su mano izquierda hasta la mitad del antebrazo. No anunció su nombre. Naho golpeó dos veces una campana pequeña y las conversaciones cesaron. El Viejo Cangrejo explicó que aquella noche ofrecían cuatro lotes: rutas de transporte de medicinas, fechas de inspección en los muelles, deudas privadas de tres familias comerciales y cambios provisionales en la vigilancia costera. No mostró los documentos completos. Naho levantaba una tarjeta por cada lote y los compradores escribían ofertas en tablillas individuales.<br />
<br />
Rin observó cómo el dirigente mantenía la mano enguantada sobre una cartera sujeta a su cintura. Tenía el tamaño adecuado para guardar un cuaderno pequeño, no el archivo completo descrito por Genta. También advirtió que cada vez que Naho terminaba de leer una oferta, no se la entregaba al anciano. La colocaba dentro de una caja y un muchacho la transportaba al piso superior. Alguien más decidía cuáles compradores eran aceptados o llevaba un segundo registro lejos de la sala. Rin desplazó la atención hacia la puerta del corredor subterráneo. Uno de los guardias la comprobaba después de cada lote, aunque nadie intentaba entrar.<br />
<br />
Rei fingió interés en las rutas medicinales y ofreció una cantidad baja para obligar a Naho a acercarse. Cuando la mujer se inclinó, preguntó si los datos incluían cantidades o únicamente fechas. Naho respondió que Cangrena no vendía rumores y señaló una marca verde en la tarjeta. Rei reconoció el código de un almacén médico utilizado durante emergencias. Aquella información permitiría robar cargamentos antes de que llegaran a los hospitales. El siguiente lote contenía nombres de inspectores y horarios de relevo. No estaban reuniendo chismes útiles para comerciantes deshonestos; estaban exponiendo puntos capaces de debilitar la aldea entera.<br />
<br />
<span style="color: #7FDBFF;" class="mycode_color">&lt;Han reunido una colección impresionante. Casi parece demasiado valiosa para guardarla en un edificio con tantas salidas&gt;</span><br />
<br />
Naho la miró con más atención. Rei sostuvo la expresión curiosa, como si el comentario fuera admiración y no una prueba. La mujer respondió que el edificio no guardaba nada después de cada venta. Todo viajaba con personas diferentes y ninguna conocía el contenido completo. Sin embargo, antes de apartarse, dirigió una mirada involuntaria hacia el guante verde del anciano. Rei la siguió y comprendió que la cartera contenía algo indispensable, aunque no todo. Quizá una clave para interpretar los nombres codificados, quizá las direcciones de las otras sedes. Capturarlo seguía siendo esencial.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Juegos acuáticos y enemigos accidentales]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14970</link>
			<pubDate>Sat, 19 Sep 2026 15:26:24 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=861">Kiba Hoshigaki</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14970</guid>
			<description><![CDATA[El agua salada siempre me pone de un humor excelente. Estaba flotando plácidamente cerca de la orilla, dejando que las pequeñas olas me mecieran bocarriba. Sentía la arena del fondo rozar suavemente mi espalda, una sensación bastante curiosa pero muy relajante. Se suponía que había salido de mi finca para ir a recoger un encargo a los muelles, o tal vez era llevar un mensaje... la verdad es que la instrucción exacta se me olvidó en el instante en que vi a un pequeño cangrejo ermitaño correr por la playa. ¡Es imposible concentrarse cuando hay tantas cosas nuevas que mirar en el exterior!<br />
<br />
Tras un rato de chapotear, hacer burbujas bajo el agua y dejar que la corriente alborotara mi cabello azul, asomé la cabeza y me apoyé en unas rocas. Fue entonces cuando vi algo maravilloso en la zona seca de la arena.<br />
<br />
Alguien había dejado una manta de tela gruesa perfectamente estirada, y sobre ella descansaba un fardo abierto que contenía varias porciones de pescado seco envueltas en hojas, un par de frutas frescas y un cantimplora de bambú. Como en mi cabeza todo el mundo es amable y asumo con total inocencia que todas las personas viven rodeadas de afecto, y considerando que en mi casa siempre hay abundantes banquetes listos a cualquier hora, mi mente brillante ató cabos de inmediato: ¡alguien había preparado un picnic para compartir!<br />
<br />
Di un par de pasos alegres saliendo del mar y caminé hasta llegar a la manta. Como no llevaba toalla, me senté directamente encima con las piernas cruzadas, empapando la tela por completo con el agua que escurría de mi ropa. ¡Qué detalle tan bonito había tenido el aldeano que dejó esto aquí!<br />
<br />
Abrí los envoltorios con una sonrisa enorme. El pescado olía súper bien, pero justo en ese momento, un grupo de gaviotas aterrizó cerca, mirándome con ojitos suplicantes. Y claro, como me encanta hacer nuevos amigos, decidí que el festín sería mucho más divertido si invitaba a los animalitos.<br />
<br />
Agarré las raciones de pescado seco y empecé a desmenuzarlas, lanzando los pedazos al aire mientras reía a carcajadas viendo cómo las gaviotas los atrapaban al vuelo. Luego destapé la cantimplora de bambú y volqué el agua dulce para hacer un charquito en la arena, con la noble intención de que los cangrejos también tuvieran algo rico que beber. En cuestión de minutos, la impecable manta estaba llena de arena mojada, plumas, charcos y restos de hojas masticadas.<br />
<br />
Ignorando por completo que acababa de arruinarle el almuerzo y las valiosas provisiones a otra persona en una aldea donde los recursos son casi inexistentes, me quedé allí sentado. Me sacudí las manos con mi característica sonrisa de colmillos afilados, feliz de la vida, esperando pacientemente a que el dueño de la comida apareciera para darle las gracias por el detalle y, de paso, preguntarle si quería jugar un rato en las olas conmigo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[El agua salada siempre me pone de un humor excelente. Estaba flotando plácidamente cerca de la orilla, dejando que las pequeñas olas me mecieran bocarriba. Sentía la arena del fondo rozar suavemente mi espalda, una sensación bastante curiosa pero muy relajante. Se suponía que había salido de mi finca para ir a recoger un encargo a los muelles, o tal vez era llevar un mensaje... la verdad es que la instrucción exacta se me olvidó en el instante en que vi a un pequeño cangrejo ermitaño correr por la playa. ¡Es imposible concentrarse cuando hay tantas cosas nuevas que mirar en el exterior!<br />
<br />
Tras un rato de chapotear, hacer burbujas bajo el agua y dejar que la corriente alborotara mi cabello azul, asomé la cabeza y me apoyé en unas rocas. Fue entonces cuando vi algo maravilloso en la zona seca de la arena.<br />
<br />
Alguien había dejado una manta de tela gruesa perfectamente estirada, y sobre ella descansaba un fardo abierto que contenía varias porciones de pescado seco envueltas en hojas, un par de frutas frescas y un cantimplora de bambú. Como en mi cabeza todo el mundo es amable y asumo con total inocencia que todas las personas viven rodeadas de afecto, y considerando que en mi casa siempre hay abundantes banquetes listos a cualquier hora, mi mente brillante ató cabos de inmediato: ¡alguien había preparado un picnic para compartir!<br />
<br />
Di un par de pasos alegres saliendo del mar y caminé hasta llegar a la manta. Como no llevaba toalla, me senté directamente encima con las piernas cruzadas, empapando la tela por completo con el agua que escurría de mi ropa. ¡Qué detalle tan bonito había tenido el aldeano que dejó esto aquí!<br />
<br />
Abrí los envoltorios con una sonrisa enorme. El pescado olía súper bien, pero justo en ese momento, un grupo de gaviotas aterrizó cerca, mirándome con ojitos suplicantes. Y claro, como me encanta hacer nuevos amigos, decidí que el festín sería mucho más divertido si invitaba a los animalitos.<br />
<br />
Agarré las raciones de pescado seco y empecé a desmenuzarlas, lanzando los pedazos al aire mientras reía a carcajadas viendo cómo las gaviotas los atrapaban al vuelo. Luego destapé la cantimplora de bambú y volqué el agua dulce para hacer un charquito en la arena, con la noble intención de que los cangrejos también tuvieran algo rico que beber. En cuestión de minutos, la impecable manta estaba llena de arena mojada, plumas, charcos y restos de hojas masticadas.<br />
<br />
Ignorando por completo que acababa de arruinarle el almuerzo y las valiosas provisiones a otra persona en una aldea donde los recursos son casi inexistentes, me quedé allí sentado. Me sacudí las manos con mi característica sonrisa de colmillos afilados, feliz de la vida, esperando pacientemente a que el dueño de la comida apareciera para darle las gracias por el detalle y, de paso, preguntarle si quería jugar un rato en las olas conmigo.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Misión C] Larga Noche]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14951</link>
			<pubDate>Wed, 16 Sep 2026 20:11:57 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=755">Kishue</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14951</guid>
			<description><![CDATA[<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Misión'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Misión'; }">Misión</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Nombre de la misión:</span> Larga Noche<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Información de la misión:</span> Rin y Rei tienen que custodiar una importante carga comercial de uno de las personas más importantes, económicamente, de Kiri, quien tiene que dejar su mercancía durante la noche para enviarla al otro día por el puerto. Se requiere de una ninja capaz para custodiarla de los posibles ladrones que puedan intentar hacerse con la mercancía.<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tipo de misión:</span> Misión Simple Rango C<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Fecha y lugar de la misión:</span> 65 de Verano 150 — Kirigakure no Sato<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Participantes:</span> Rin to Rei<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tiempo de post:</span> 24H</div>
		</div><br />
La misión comenzó cuando las últimas actividades comerciales de Kirigakure se aproximaban a su fin. Los puestos cerraban sus contraventanas, las carretas abandonaban progresivamente las calles y la niebla nocturna descendía entre los edificios de la zona portuaria. En aquel sector se encontraba el almacén número diecisiete, una construcción amplia de madera oscura levantada junto a uno de los canales empleados para trasladar mercancías hasta el puerto.<br />
<br />
El propietario de la carga era Daizen Fushimi, uno de los comerciantes más influyentes de Kirigakure. Sus negocios abarcaban tejidos, especias, herramientas y materiales procedentes de distintos países. Aquella noche debía mantener veinticuatro cajones dentro del almacén antes de enviarlos al amanecer. La mayor parte contenía rollos de seda, tintes concentrados y cristalería comercial. Cuatro cajas reforzadas guardaban herramientas fabricadas con metales tratados, considerablemente más fáciles de vender de manera clandestina.<br />
<br />
Daizen aguardaba frente al almacén acompañado por un encargado y seis trabajadores. Era un hombre de mediana edad, vestido con un kimono gris cubierto por un haori oscuro. Sus manos permanecían escondidas dentro de las mangas y su expresión parecía permanentemente insatisfecha, incluso mientras comprobaba que los empleados colocaran cada cajón en la posición indicada.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No necesito que admiren mi mercancía ni que comprendan cuánto vale.</span> —declaró cuando Rin y Rei se presentaron—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Necesito que mañana continúe aquí exactamente en el mismo estado en que la dejaré esta noche.</span><br />
<br />
El encargado mostró a las hermanas el interior. Los cajones estaban distribuidos en cuatro filas, dejando dos corredores centrales. Cada recipiente llevaba un sello de cera azul sobre la cerradura y una marca numérica en el costado. Las cuatro cajas de herramientas ocupaban la parte posterior, alejadas de la entrada principal.<br />
<br />
El almacén poseía tres accesos. El primero era un portón doble orientado hacia la calle. El segundo, una puerta estrecha que comunicaba con una pasarela sobre el canal. El tercero consistía en una escotilla de carga situada en el techo, utilizada para introducir mercancías mediante poleas. Había también seis ventanas pequeñas protegidas por barrotes.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Todos mis empleados abandonarán el lugar antes de la primera campana nocturna.</span> —explicó Daizen—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Después de eso, nadie tiene autorización para entrar. Si alguien aparece asegurando que viene de mi parte, pueden asumir que miente. Yo no modificaré el envío durante la noche.</span><br />
<br />
El comerciante entregó a Rei una copia del inventario y a Rin una llave para los accesos principales. El encargado colocó una lámpara sobre una mesa próxima al portón y señaló un pequeño silbato destinado a solicitar ayuda a la patrulla portuaria. Los guardias podían tardar varios minutos en llegar, por lo que la custodia inmediata dependería de las hermanas.<br />
<br />
Cuando terminó la descarga, los trabajadores se retiraron y Daizen comprobó personalmente los tres accesos. Después abandonó la zona junto con el encargado. La primera campana resonó sobre Kirigakure poco después.<br />
<br />
Rin y Rei quedaron solas dentro del almacén. Afuera, la niebla cubría la calle y el canal. La mercancía debía permanecer allí hasta el amanecer, y la larga noche acababa de comenzar.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Misión'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Misión'; }">Misión</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Nombre de la misión:</span> Larga Noche<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Información de la misión:</span> Rin y Rei tienen que custodiar una importante carga comercial de uno de las personas más importantes, económicamente, de Kiri, quien tiene que dejar su mercancía durante la noche para enviarla al otro día por el puerto. Se requiere de una ninja capaz para custodiarla de los posibles ladrones que puedan intentar hacerse con la mercancía.<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tipo de misión:</span> Misión Simple Rango C<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Fecha y lugar de la misión:</span> 65 de Verano 150 — Kirigakure no Sato<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Participantes:</span> Rin to Rei<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tiempo de post:</span> 24H</div>
		</div><br />
La misión comenzó cuando las últimas actividades comerciales de Kirigakure se aproximaban a su fin. Los puestos cerraban sus contraventanas, las carretas abandonaban progresivamente las calles y la niebla nocturna descendía entre los edificios de la zona portuaria. En aquel sector se encontraba el almacén número diecisiete, una construcción amplia de madera oscura levantada junto a uno de los canales empleados para trasladar mercancías hasta el puerto.<br />
<br />
El propietario de la carga era Daizen Fushimi, uno de los comerciantes más influyentes de Kirigakure. Sus negocios abarcaban tejidos, especias, herramientas y materiales procedentes de distintos países. Aquella noche debía mantener veinticuatro cajones dentro del almacén antes de enviarlos al amanecer. La mayor parte contenía rollos de seda, tintes concentrados y cristalería comercial. Cuatro cajas reforzadas guardaban herramientas fabricadas con metales tratados, considerablemente más fáciles de vender de manera clandestina.<br />
<br />
Daizen aguardaba frente al almacén acompañado por un encargado y seis trabajadores. Era un hombre de mediana edad, vestido con un kimono gris cubierto por un haori oscuro. Sus manos permanecían escondidas dentro de las mangas y su expresión parecía permanentemente insatisfecha, incluso mientras comprobaba que los empleados colocaran cada cajón en la posición indicada.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No necesito que admiren mi mercancía ni que comprendan cuánto vale.</span> —declaró cuando Rin y Rei se presentaron—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Necesito que mañana continúe aquí exactamente en el mismo estado en que la dejaré esta noche.</span><br />
<br />
El encargado mostró a las hermanas el interior. Los cajones estaban distribuidos en cuatro filas, dejando dos corredores centrales. Cada recipiente llevaba un sello de cera azul sobre la cerradura y una marca numérica en el costado. Las cuatro cajas de herramientas ocupaban la parte posterior, alejadas de la entrada principal.<br />
<br />
El almacén poseía tres accesos. El primero era un portón doble orientado hacia la calle. El segundo, una puerta estrecha que comunicaba con una pasarela sobre el canal. El tercero consistía en una escotilla de carga situada en el techo, utilizada para introducir mercancías mediante poleas. Había también seis ventanas pequeñas protegidas por barrotes.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Todos mis empleados abandonarán el lugar antes de la primera campana nocturna.</span> —explicó Daizen—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Después de eso, nadie tiene autorización para entrar. Si alguien aparece asegurando que viene de mi parte, pueden asumir que miente. Yo no modificaré el envío durante la noche.</span><br />
<br />
El comerciante entregó a Rei una copia del inventario y a Rin una llave para los accesos principales. El encargado colocó una lámpara sobre una mesa próxima al portón y señaló un pequeño silbato destinado a solicitar ayuda a la patrulla portuaria. Los guardias podían tardar varios minutos en llegar, por lo que la custodia inmediata dependería de las hermanas.<br />
<br />
Cuando terminó la descarga, los trabajadores se retiraron y Daizen comprobó personalmente los tres accesos. Después abandonó la zona junto con el encargado. La primera campana resonó sobre Kirigakure poco después.<br />
<br />
Rin y Rei quedaron solas dentro del almacén. Afuera, la niebla cubría la calle y el canal. La mercancía debía permanecer allí hasta el amanecer, y la larga noche acababa de comenzar.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Olas en la sombra [Mision C]]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14941</link>
			<pubDate>Wed, 16 Sep 2026 08:47:22 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=740">Daeru Uchiha</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14941</guid>
			<description><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Kirigakure - 42 Verano 150<br />
<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14861" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Petición Misión</a></span></div>
<br />
<span style="font-size: 18pt;" class="mycode_size"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Día anterior</span></span><br />
<br />
A tempranas horas de la mañana, una carta apareció bajo la puerta del hogar de Kinzo. En ella se entregaban instrucciones precisas sobre cómo debía actuar durante la misión.<br />
<br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Carta'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Carta'; }">Carta</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Logramos infiltrarnos dentro de la organización. Uno de nuestros espías se ha ganado su confianza y ha conseguido recomendar a Tiburón. Por ahora, simplemente debes limitarte a escuchar y participar únicamente si lo consideras necesario. Recuerda que este es un lugar peligroso, donde todos desconfían de todos.<br />
<br />
Primero debes dirigirte al viejo muelle Funato. Allí te estará esperando una pequeña embarcación; la reconocerás porque sus ocupantes también llevarán máscaras de animales marinos. Ellos te conducirán hasta lo que aparenta ser un barco abandonado. Sin embargo, no es más que una fachada para evitar levantar sospechas. Su interior se encuentra completamente acondicionado para realizar reuniones y otras actividades.<br />
<br />
Esta noche estarán presentes algunos de los líderes y miembros de la organización. A partir de ahí, el resto dependerá de ti.<br />
<br />
Confiamos en ti, Kinzo.</span></div>
		</div><br />
<br />
<hr class="mycode_hr" />
<br />
Era medianoche. La niebla cubría buena parte de la costa y la humedad se hacía sentir con toda su fuerza. En un pequeño muelle, descuidado por el paso del tiempo, esperaba una embarcación junto a un hombre cubierto por una capa negra y una máscara de pez globo. Al distinguir la figura de Tiburón acercándose, levantó ligeramente una mano.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #A67C52;" class="mycode_color">—Buenas noches, Tiburón... Solo faltas tú. Vamos cuanto antes.</span></span><br />
<br />
Parecía visiblemente apurado. Kinzo era el último en llegar y la reunión estaba a punto de comenzar. Sin embargo, cuando se disponían a zarpar, uno de los remos presentó problemas y el enmascarado tuvo que dejar momentáneamente a Kinzo en el lugar mientras conseguía uno de repuesto, retrasando todavía más su llegada.<br />
<br />
El trayecto duró apenas unos minutos, aunque probablemente para Kinzo parecieron muchos más. El hombre de la máscara de pez globo no pronunció una sola palabra durante todo el recorrido. Su única función parecía ser transportarlo hasta el barco. Por momentos, el silencio y la oscuridad resultaban tan inquietantes que cualquiera podría haber pensado que habían descubierto su verdadera identidad y que aquel viaje terminaría con Tiburón en el fondo del océano. Quizás aquello ocurriría en otra ocasión. Nadie podía saberlo.<br />
<br />
Finalmente apareció entre la niebla la silueta de un antiguo barco Funato. Parte del casco había desaparecido y uno de sus laterales estaba destrozado, como si hubiese recibido múltiples cañonazos. Las tablas crujían con el movimiento del mar y algunas parecían a punto de desprenderse. A simple vista, nadie habría imaginado que aquel montón de madera todavía tuviera alguna utilidad.<br />
<br />
El hombre condujo a Kinzo hasta la antigua sala del capitán. Entre restos de madera, polvo y suciedad se ocultaba una escalera que descendía hacia las entrañas de la embarcación. Allí abajo la situación era completamente diferente. El interior había sido acondicionado y reforzado, formando una amplia sala iluminada tenuemente donde se encontraban alrededor de veinte personas. Todas llevaban máscaras de distintas criaturas marinas. Al frente destacaban tres figuras sobre una tarima improvisada. En el centro se encontraba <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Medusa</span>; a su derecha, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Serpiente Marina</span> y, a su izquierda, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Orca</span>. Por la disposición de los tres y la atención que recibía del resto, resultaba evidente que Medusa era quien dirigía aquella reunión.<br />
<br />
Para desgracia del más pequeño de los Funato, su retraso había provocado que llegara prácticamente al final. La reunión llevaba ya varios minutos desarrollándose y Medusa se disponía a pronunciar sus últimas palabras.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Bien, camaradas... hermanos. Esta noche hemos hablado de muchas cosas, pero quiero que recuerden algo cuando abandonen este barco.</span></span> —Medusa recorrió lentamente con la mirada las máscaras reunidas frente a él—. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">Nos llaman separatistas porque resulta más sencillo señalarnos que escuchar lo que tenemos que decir. Pero nosotros no queremos destruir al Clan Funato. Todo lo contrario... queremos recuperarlo.—</span></span> <br />
<br />
Algunos murmullos comenzaron a extenderse entre los presentes.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Hubo una época en la que ningún barco atravesaba estas aguas sin mostrar respeto por nuestro nombre. Kaizuro Funato gobernó estos mares cuando Kirigakure ni siquiera existía. Nuestros antepasados fueron navegantes, guerreros y señores de las rutas marítimas. El océano no era simplemente nuestro oficio... era nuestra identidad.—</span></span> Su voz fue elevándose progresivamente. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Sobrevivimos al chakra corrupto. Sobrevivimos a la Marea Roja. Sobrevivimos a una guerra y hasta al propio mar cuando decidió tragarse nuestra flota. ¿Y para qué? ¿Para terminar construyendo barcos que otros gobiernan? ¿Para proteger rutas comerciales mientras otros deciden qué lugar deben ocupar los Funato?—</span></span> Medusa golpeó con fuerza su propio pecho. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Nuestros antepasados entregaron demasiado para que nosotros olvidemos quiénes somos. No pretendemos vivir del pasado. Queremos recuperar aquello que perdimos: nuestra independencia, nuestra influencia y nuestro lugar como verdaderos hombres del mar.—</span></span> Entonces extendió ambos brazos hacia los presentes. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—¡Debemos recuperar lo que alguna vez fuimos! ¡No podemos permitir que nuestro legado se reduzca a construir barcos para la aldea! ¡Los Funato volverán a ser los Señores del Mar!—</span></span><br />
<br />
Los gritos estallaron inmediatamente dentro de la embarcación. Algunos levantaron los puños, otros golpearon las paredes y varios comenzaron a corear el nombre del clan. Durante unos segundos, el estruendo hizo que incluso las viejas tablas del barco parecieran vibrar.<br />
<br />
Orca avanzó entonces un paso y esperó hasta que el ruido comenzó a disminuir. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #C0C0C0;" class="mycode_color">—Ha sido un gusto verlos nuevamente. Esperamos que todos los presentes estén dispuestos a darlo todo por esta causa. Por esta noche hemos terminado. Desde este momento son libres.—</span></span> Dando termino a la reunión.<br />
<br />
Los presentes comenzaron a dispersarse por la amplia sala. Algunos formaron pequeños grupos según sus afinidades, otros se acercaron a miembros concretos y unos pocos permanecieron apartados observando al resto. Medusa, Serpiente Marina y Orca continuaban allí, aunque ahora cada uno parecía atender sus propios asuntos. En cuestión de segundos, el lugar se llenó del bullicio de múltiples conversaciones simultáneas.<br />
<br />
Quiénes eran aquellas personas, qué lugar ocupaban dentro de la organización, cuáles eran sus verdaderas intenciones y qué movimientos estaban preparando eran preguntas que todavía permanecían sin respuesta. Pero Kinzo había conseguido algo fundamental.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ahora estaba dentro.</span><br />
<br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Off'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Off'; }">Off</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;">¡Hola, Kinzo! Nuevamente realizaremos la misión mediante un minijuego. En esta ocasión, el objetivo será descubrir qué trama esta organización y conocer más sobre sus movimientos. Ya obtuviste la primera información gracias al discurso de Medusa, pero, dependiendo del resultado de los dados, podrás acceder a información mucho más valiosa que posteriormente podrás entregar a tus superiores. Como en la misión anterior, dejaremos que los dados decidan el rumbo de los acontecimientos, por lo que ninguno de los dos sabe qué situaciones podrán presentarse durante la infiltración.<br />
<br />
Tal como indica la imagen, al finalizar la misión podrás desbloquear una nueva misión dependiendo del nivel de confianza que hayas conseguido con la facción.<br />
<br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Minijuego'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Minijuego'; }">Minijuego</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><img src="https://i.ibb.co/mrGWTFPK/bajomascara.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: bajomascara.png]" class="mycode_img" /></div>
		</div><br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Progreso Investigación'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Progreso Investigación'; }">Progreso Investigación</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><img src="https://i.ibb.co/prRqjYhD/Chat-GPT-Image-16-sept-2026-11-38-42.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: Chat-GPT-Image-16-sept-2026-11-38-42.png]" class="mycode_img" /></div>
		</div><br />
</div>
		</div>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Kirigakure - 42 Verano 150<br />
<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14861" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Petición Misión</a></span></div>
<br />
<span style="font-size: 18pt;" class="mycode_size"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Día anterior</span></span><br />
<br />
A tempranas horas de la mañana, una carta apareció bajo la puerta del hogar de Kinzo. En ella se entregaban instrucciones precisas sobre cómo debía actuar durante la misión.<br />
<br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Carta'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Carta'; }">Carta</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><span style="font-style: italic;" class="mycode_i">Logramos infiltrarnos dentro de la organización. Uno de nuestros espías se ha ganado su confianza y ha conseguido recomendar a Tiburón. Por ahora, simplemente debes limitarte a escuchar y participar únicamente si lo consideras necesario. Recuerda que este es un lugar peligroso, donde todos desconfían de todos.<br />
<br />
Primero debes dirigirte al viejo muelle Funato. Allí te estará esperando una pequeña embarcación; la reconocerás porque sus ocupantes también llevarán máscaras de animales marinos. Ellos te conducirán hasta lo que aparenta ser un barco abandonado. Sin embargo, no es más que una fachada para evitar levantar sospechas. Su interior se encuentra completamente acondicionado para realizar reuniones y otras actividades.<br />
<br />
Esta noche estarán presentes algunos de los líderes y miembros de la organización. A partir de ahí, el resto dependerá de ti.<br />
<br />
Confiamos en ti, Kinzo.</span></div>
		</div><br />
<br />
<hr class="mycode_hr" />
<br />
Era medianoche. La niebla cubría buena parte de la costa y la humedad se hacía sentir con toda su fuerza. En un pequeño muelle, descuidado por el paso del tiempo, esperaba una embarcación junto a un hombre cubierto por una capa negra y una máscara de pez globo. Al distinguir la figura de Tiburón acercándose, levantó ligeramente una mano.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #A67C52;" class="mycode_color">—Buenas noches, Tiburón... Solo faltas tú. Vamos cuanto antes.</span></span><br />
<br />
Parecía visiblemente apurado. Kinzo era el último en llegar y la reunión estaba a punto de comenzar. Sin embargo, cuando se disponían a zarpar, uno de los remos presentó problemas y el enmascarado tuvo que dejar momentáneamente a Kinzo en el lugar mientras conseguía uno de repuesto, retrasando todavía más su llegada.<br />
<br />
El trayecto duró apenas unos minutos, aunque probablemente para Kinzo parecieron muchos más. El hombre de la máscara de pez globo no pronunció una sola palabra durante todo el recorrido. Su única función parecía ser transportarlo hasta el barco. Por momentos, el silencio y la oscuridad resultaban tan inquietantes que cualquiera podría haber pensado que habían descubierto su verdadera identidad y que aquel viaje terminaría con Tiburón en el fondo del océano. Quizás aquello ocurriría en otra ocasión. Nadie podía saberlo.<br />
<br />
Finalmente apareció entre la niebla la silueta de un antiguo barco Funato. Parte del casco había desaparecido y uno de sus laterales estaba destrozado, como si hubiese recibido múltiples cañonazos. Las tablas crujían con el movimiento del mar y algunas parecían a punto de desprenderse. A simple vista, nadie habría imaginado que aquel montón de madera todavía tuviera alguna utilidad.<br />
<br />
El hombre condujo a Kinzo hasta la antigua sala del capitán. Entre restos de madera, polvo y suciedad se ocultaba una escalera que descendía hacia las entrañas de la embarcación. Allí abajo la situación era completamente diferente. El interior había sido acondicionado y reforzado, formando una amplia sala iluminada tenuemente donde se encontraban alrededor de veinte personas. Todas llevaban máscaras de distintas criaturas marinas. Al frente destacaban tres figuras sobre una tarima improvisada. En el centro se encontraba <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Medusa</span>; a su derecha, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Serpiente Marina</span> y, a su izquierda, <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Orca</span>. Por la disposición de los tres y la atención que recibía del resto, resultaba evidente que Medusa era quien dirigía aquella reunión.<br />
<br />
Para desgracia del más pequeño de los Funato, su retraso había provocado que llegara prácticamente al final. La reunión llevaba ya varios minutos desarrollándose y Medusa se disponía a pronunciar sus últimas palabras.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Bien, camaradas... hermanos. Esta noche hemos hablado de muchas cosas, pero quiero que recuerden algo cuando abandonen este barco.</span></span> —Medusa recorrió lentamente con la mirada las máscaras reunidas frente a él—. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">Nos llaman separatistas porque resulta más sencillo señalarnos que escuchar lo que tenemos que decir. Pero nosotros no queremos destruir al Clan Funato. Todo lo contrario... queremos recuperarlo.—</span></span> <br />
<br />
Algunos murmullos comenzaron a extenderse entre los presentes.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Hubo una época en la que ningún barco atravesaba estas aguas sin mostrar respeto por nuestro nombre. Kaizuro Funato gobernó estos mares cuando Kirigakure ni siquiera existía. Nuestros antepasados fueron navegantes, guerreros y señores de las rutas marítimas. El océano no era simplemente nuestro oficio... era nuestra identidad.—</span></span> Su voz fue elevándose progresivamente. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Sobrevivimos al chakra corrupto. Sobrevivimos a la Marea Roja. Sobrevivimos a una guerra y hasta al propio mar cuando decidió tragarse nuestra flota. ¿Y para qué? ¿Para terminar construyendo barcos que otros gobiernan? ¿Para proteger rutas comerciales mientras otros deciden qué lugar deben ocupar los Funato?—</span></span> Medusa golpeó con fuerza su propio pecho. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—Nuestros antepasados entregaron demasiado para que nosotros olvidemos quiénes somos. No pretendemos vivir del pasado. Queremos recuperar aquello que perdimos: nuestra independencia, nuestra influencia y nuestro lugar como verdaderos hombres del mar.—</span></span> Entonces extendió ambos brazos hacia los presentes. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #5B8DB8;" class="mycode_color">—¡Debemos recuperar lo que alguna vez fuimos! ¡No podemos permitir que nuestro legado se reduzca a construir barcos para la aldea! ¡Los Funato volverán a ser los Señores del Mar!—</span></span><br />
<br />
Los gritos estallaron inmediatamente dentro de la embarcación. Algunos levantaron los puños, otros golpearon las paredes y varios comenzaron a corear el nombre del clan. Durante unos segundos, el estruendo hizo que incluso las viejas tablas del barco parecieran vibrar.<br />
<br />
Orca avanzó entonces un paso y esperó hasta que el ruido comenzó a disminuir. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"><span style="color: #C0C0C0;" class="mycode_color">—Ha sido un gusto verlos nuevamente. Esperamos que todos los presentes estén dispuestos a darlo todo por esta causa. Por esta noche hemos terminado. Desde este momento son libres.—</span></span> Dando termino a la reunión.<br />
<br />
Los presentes comenzaron a dispersarse por la amplia sala. Algunos formaron pequeños grupos según sus afinidades, otros se acercaron a miembros concretos y unos pocos permanecieron apartados observando al resto. Medusa, Serpiente Marina y Orca continuaban allí, aunque ahora cada uno parecía atender sus propios asuntos. En cuestión de segundos, el lugar se llenó del bullicio de múltiples conversaciones simultáneas.<br />
<br />
Quiénes eran aquellas personas, qué lugar ocupaban dentro de la organización, cuáles eran sus verdaderas intenciones y qué movimientos estaban preparando eran preguntas que todavía permanecían sin respuesta. Pero Kinzo había conseguido algo fundamental.<br />
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ahora estaba dentro.</span><br />
<br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Off'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Off'; }">Off</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;">¡Hola, Kinzo! Nuevamente realizaremos la misión mediante un minijuego. En esta ocasión, el objetivo será descubrir qué trama esta organización y conocer más sobre sus movimientos. Ya obtuviste la primera información gracias al discurso de Medusa, pero, dependiendo del resultado de los dados, podrás acceder a información mucho más valiosa que posteriormente podrás entregar a tus superiores. Como en la misión anterior, dejaremos que los dados decidan el rumbo de los acontecimientos, por lo que ninguno de los dos sabe qué situaciones podrán presentarse durante la infiltración.<br />
<br />
Tal como indica la imagen, al finalizar la misión podrás desbloquear una nueva misión dependiendo del nivel de confianza que hayas conseguido con la facción.<br />
<br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Minijuego'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Minijuego'; }">Minijuego</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><img src="https://i.ibb.co/mrGWTFPK/bajomascara.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: bajomascara.png]" class="mycode_img" /></div>
		</div><br />
<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Progreso Investigación'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Progreso Investigación'; }">Progreso Investigación</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><img src="https://i.ibb.co/prRqjYhD/Chat-GPT-Image-16-sept-2026-11-38-42.png" loading="lazy"  alt="[Imagen: Chat-GPT-Image-16-sept-2026-11-38-42.png]" class="mycode_img" /></div>
		</div><br />
</div>
		</div>]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Misión C] Las luces extraviadas]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14940</link>
			<pubDate>Wed, 16 Sep 2026 07:31:11 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=755">Kishue</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14940</guid>
			<description><![CDATA[<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Misión'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Misión'; }">Misión</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Nombre de la misión:</span> Las luces extraviadas<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Información de la misión:</span> Varias embarcaciones comerciales han informado que las luces del canal oriental de Kirigakure señalan rutas incorrectas durante la noche. Rin y Rei deberán inspeccionar los tres puestos de señalización distribuidos por el canal, recuperar cualquier pieza sustraída y restaurar su funcionamiento antes del anochecer. Si descubren que las alteraciones fueron provocadas deliberadamente, deberán identificar a los responsables, impedir cualquier nuevo sabotaje y entregarlos a las autoridades junto con las pruebas encontradas.<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tipo de misión:</span> Misión Simple Rango C<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Fecha y lugar de la misión:</span> 63 de Verano 150 — Canal oriental de Kirigakure<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Participantes:</span> Rin to Rei<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tiempo de post:</span> 24H</div>
		</div><br />
La mañana del sexagésimo tercer día de verano comenzó cubierta por la niebla habitual de Kirigakure. La humedad se acumulaba sobre las ventanas del edificio administrativo y convertía los tejados de la aldea en siluetas difusas. Dentro de una de las oficinas destinadas a distribuir misiones, una chūnin de cabello negro mantenía extendido un mapa sobre su escritorio. Tres marcas azules seguían el recorrido del canal oriental; la última había sido rodeada varias veces con tinta roja.<br />
<br />
La mujer se llamaba Nozomi. Llevaba el chaleco reglamentario cerrado hasta el cuello y tenía las mangas recogidas para evitar mancharlas con la tinta de los numerosos informes acumulados a su derecha. Cuando Rin y Rei estuvieron frente al escritorio, colocó tres fichas de madera sobre las marcas del mapa.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Estos son los puestos de señalización que guían a las embarcaciones desde la costa hasta los canales interiores.</span> —explicó—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">El primero conserva su luz; el segundo comenzó a señalar una dirección incorrecta y el tercero dejó de verse por completo anoche.</span><br />
<br />
Dos barcos mercantes habían tenido que detenerse fuera del canal después de advertir la contradicción entre las señales. Un tercero siguió la luz equivocada y encalló temporalmente sobre un banco de barro. Nadie resultó herido y la carga fue recuperada, pero otro error semejante podría provocar una colisión contra las barreras de piedra que protegían la entrada de la aldea.<br />
<br />
La misión consistía en recorrer los tres puestos, comprobar sus lámparas y recuperar cualquier componente ausente. Nozomi entregó a las hermanas una caja de mantenimiento que contenía herramientas, mechas, aceite y dos cristales de repuesto. También colocó sobre el escritorio una autorización sellada para inspeccionar los almacenes situados junto al canal.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Los faroles no se desorientan solos y una lente tampoco abandona su soporte para salir a caminar.</span> —añadió, apoyando un dedo sobre la tercera marca—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Si encuentran indicios de manipulación, dejen de tratarlo como una avería. Identifiquen al responsable y eviten que vuelva a acercarse a las señales.</span><br />
<br />
El recorrido comenzaba en una compuerta secundaria de Kirigakure. Allí las esperaba Iwao, supervisor del canal, un hombre ancho de hombros, vestido con un impermeable oscuro y botas cubiertas de barro seco. La barba gris le cubría buena parte del rostro y de su cinturón colgaba un pesado manojo de llaves.<br />
<br />
Más allá de la compuerta, el canal se internaba entre muros de piedra húmeda y almacenes construidos sobre pilotes. La niebla permitía distinguir la luz blanca del primer puesto, aunque ocultaba los otros dos. Varias embarcaciones permanecían amarradas a la espera de que la ruta fuera declarada segura.<br />
<br />
Iwao observó la caja de herramientas y señaló una pasarela estrecha que avanzaba junto al agua.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">La primera señal está a doscientos metros. Desde allí podrán ver si la segunda continúa apuntando hacia los bajos.</span> —indicó—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No pienso autorizar otra salida hasta que alguien me asegure que esas luces obedecerán al canal y no a quien las haya tocado.</span><br />
<br />
El supervisor abrió la compuerta. La pasarela quedó disponible y, con ella, el comienzo de la inspección.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="spoiler">
			<div class="spoiler_title"><span class="spoiler_button" onclick="javascript: if(parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display == 'block'){ parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'none'; this.innerHTML='Misión'; } else { parentNode.parentNode.getElementsByTagName('div')[1].style.display = 'block'; this.innerHTML='Misión'; }">Misión</span></div>
			<div class="spoiler_content" style="display: none;"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Nombre de la misión:</span> Las luces extraviadas<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Información de la misión:</span> Varias embarcaciones comerciales han informado que las luces del canal oriental de Kirigakure señalan rutas incorrectas durante la noche. Rin y Rei deberán inspeccionar los tres puestos de señalización distribuidos por el canal, recuperar cualquier pieza sustraída y restaurar su funcionamiento antes del anochecer. Si descubren que las alteraciones fueron provocadas deliberadamente, deberán identificar a los responsables, impedir cualquier nuevo sabotaje y entregarlos a las autoridades junto con las pruebas encontradas.<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tipo de misión:</span> Misión Simple Rango C<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Fecha y lugar de la misión:</span> 63 de Verano 150 — Canal oriental de Kirigakure<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Participantes:</span> Rin to Rei<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Tiempo de post:</span> 24H</div>
		</div><br />
La mañana del sexagésimo tercer día de verano comenzó cubierta por la niebla habitual de Kirigakure. La humedad se acumulaba sobre las ventanas del edificio administrativo y convertía los tejados de la aldea en siluetas difusas. Dentro de una de las oficinas destinadas a distribuir misiones, una chūnin de cabello negro mantenía extendido un mapa sobre su escritorio. Tres marcas azules seguían el recorrido del canal oriental; la última había sido rodeada varias veces con tinta roja.<br />
<br />
La mujer se llamaba Nozomi. Llevaba el chaleco reglamentario cerrado hasta el cuello y tenía las mangas recogidas para evitar mancharlas con la tinta de los numerosos informes acumulados a su derecha. Cuando Rin y Rei estuvieron frente al escritorio, colocó tres fichas de madera sobre las marcas del mapa.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Estos son los puestos de señalización que guían a las embarcaciones desde la costa hasta los canales interiores.</span> —explicó—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">El primero conserva su luz; el segundo comenzó a señalar una dirección incorrecta y el tercero dejó de verse por completo anoche.</span><br />
<br />
Dos barcos mercantes habían tenido que detenerse fuera del canal después de advertir la contradicción entre las señales. Un tercero siguió la luz equivocada y encalló temporalmente sobre un banco de barro. Nadie resultó herido y la carga fue recuperada, pero otro error semejante podría provocar una colisión contra las barreras de piedra que protegían la entrada de la aldea.<br />
<br />
La misión consistía en recorrer los tres puestos, comprobar sus lámparas y recuperar cualquier componente ausente. Nozomi entregó a las hermanas una caja de mantenimiento que contenía herramientas, mechas, aceite y dos cristales de repuesto. También colocó sobre el escritorio una autorización sellada para inspeccionar los almacenes situados junto al canal.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Los faroles no se desorientan solos y una lente tampoco abandona su soporte para salir a caminar.</span> —añadió, apoyando un dedo sobre la tercera marca—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Si encuentran indicios de manipulación, dejen de tratarlo como una avería. Identifiquen al responsable y eviten que vuelva a acercarse a las señales.</span><br />
<br />
El recorrido comenzaba en una compuerta secundaria de Kirigakure. Allí las esperaba Iwao, supervisor del canal, un hombre ancho de hombros, vestido con un impermeable oscuro y botas cubiertas de barro seco. La barba gris le cubría buena parte del rostro y de su cinturón colgaba un pesado manojo de llaves.<br />
<br />
Más allá de la compuerta, el canal se internaba entre muros de piedra húmeda y almacenes construidos sobre pilotes. La niebla permitía distinguir la luz blanca del primer puesto, aunque ocultaba los otros dos. Varias embarcaciones permanecían amarradas a la espera de que la ruta fuera declarada segura.<br />
<br />
Iwao observó la caja de herramientas y señaló una pasarela estrecha que avanzaba junto al agua.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">La primera señal está a doscientos metros. Desde allí podrán ver si la segunda continúa apuntando hacia los bajos.</span> —indicó—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No pienso autorizar otra salida hasta que alguien me asegure que esas luces obedecerán al canal y no a quien las haya tocado.</span><br />
<br />
El supervisor abrió la compuerta. La pasarela quedó disponible y, con ella, el comienzo de la inspección.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Misión C] Las Luces Falsas del Canal Norte]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14927</link>
			<pubDate>Tue, 15 Sep 2026 19:34:16 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=755">Kishue</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14927</guid>
			<description><![CDATA[La convocatoria condujo a Rin y Rei hasta una oficina del ayuntamiento de Kirigakure durante las primeras horas de la mañana. La neblina cubría todavía los canales y convertía las construcciones del otro lado del agua en siluetas grises. Dentro del edificio, una lámpara de aceite permanecía encendida sobre una mesa ocupada por mapas, informes portuarios y tres pequeñas placas de vidrio coloreado.<br />
<br />
El responsable de explicar la misión era Seijun Hozuki, un chūnin de mediana edad y complexión delgada. Llevaba el cabello negro recogido detrás de la cabeza, el chaleco abierto sobre una camisa azul y varias manchas de tinta alrededor de los dedos. Su forma de ordenar los documentos revelaba una paciencia considerablemente menor que la necesaria para redactarlos.<br />
<br />
Seijun extendió un mapa del canal norte. Tres torres pequeñas aparecían marcadas junto a la ruta utilizada por embarcaciones mercantes. Cada baliza poseía una combinación distinta de lentes: blanco para indicar paso seguro, rojo para señalar peligro y verde para autorizar el ingreso a los embarcaderos secundarios.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Alguien ha estado cambiando las señales después del anochecer. La primera baliza mostró rojo cuando el canal estaba libre; la segunda indicó paso seguro sobre una zona de poca profundidad. Una barcaza cargada de madera casi perdió el casco por seguir esa luz</span><br />
<br />
No se trataba de errores aislados. Los mecanismos habían sido revisados una semana antes y los cuidadores conocían perfectamente el código. Además, una de las placas rojas legítimas había desaparecido del depósito portuario. En su lugar encontraron una imitación fabricada con vidrio barato, cuya tonalidad variaba al calentarse.<br />
<br />
La situación había empeorado durante la noche anterior. Haru, auxiliar encargado de revisar la tercera baliza, no regresó al finalizar su turno. Sus superiores no sabían si había sido atacado, había huido o participaba voluntariamente en la manipulación.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Esta noche atravesará el canal una embarcación con medicinas. Si recibe una señal falsa, puede terminar contra las rocas o en un embarcadero donde alguien ya la esté esperando. Tienen hasta el anochecer para averiguar qué ocurre</span><br />
<br />
La inspección comenzaría en la primera baliza. Allí aguardaba Etsu, la cuidadora principal, una mujer de rostro estrecho, cabello entrecano y abrigo impermeable. La torre se levantaba sobre una plataforma de madera conectada a tierra mediante una pasarela. Su puerta no presentaba daños, pero la cerradura estaba cubierta por una sustancia oscura y pegajosa.<br />
<br />
En el interior, el mecanismo de rotación permanecía intacto. La lente blanca había sido sustituida por una placa rojiza mal pulida. Cerca de la ventana aparecían pequeñas gotas de resina, una fibra de cuerda y una marca semicircular sobre el polvo. La trampilla inferior, utilizada para revisar los soportes, estaba cerrada, aunque uno de sus tornillos parecía más nuevo que los demás.<br />
<br />
Etsu dejó sobre una mesa el registro de turnos y observó las lentes sin tocarlas.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Yo cerré esta torre mostrando blanco. Cuando regresé al amanecer, la puerta seguía asegurada y el canal llevaba horas recibiendo una advertencia que nadie ordenó. Quien hizo esto conocía la cerradura o encontró otra entrada</span><br />
<br />
La cuidadora podía responder preguntas, mientras la torre, la plataforma y sus mecanismos permanecían disponibles para una inspección completa.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[La convocatoria condujo a Rin y Rei hasta una oficina del ayuntamiento de Kirigakure durante las primeras horas de la mañana. La neblina cubría todavía los canales y convertía las construcciones del otro lado del agua en siluetas grises. Dentro del edificio, una lámpara de aceite permanecía encendida sobre una mesa ocupada por mapas, informes portuarios y tres pequeñas placas de vidrio coloreado.<br />
<br />
El responsable de explicar la misión era Seijun Hozuki, un chūnin de mediana edad y complexión delgada. Llevaba el cabello negro recogido detrás de la cabeza, el chaleco abierto sobre una camisa azul y varias manchas de tinta alrededor de los dedos. Su forma de ordenar los documentos revelaba una paciencia considerablemente menor que la necesaria para redactarlos.<br />
<br />
Seijun extendió un mapa del canal norte. Tres torres pequeñas aparecían marcadas junto a la ruta utilizada por embarcaciones mercantes. Cada baliza poseía una combinación distinta de lentes: blanco para indicar paso seguro, rojo para señalar peligro y verde para autorizar el ingreso a los embarcaderos secundarios.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Alguien ha estado cambiando las señales después del anochecer. La primera baliza mostró rojo cuando el canal estaba libre; la segunda indicó paso seguro sobre una zona de poca profundidad. Una barcaza cargada de madera casi perdió el casco por seguir esa luz</span><br />
<br />
No se trataba de errores aislados. Los mecanismos habían sido revisados una semana antes y los cuidadores conocían perfectamente el código. Además, una de las placas rojas legítimas había desaparecido del depósito portuario. En su lugar encontraron una imitación fabricada con vidrio barato, cuya tonalidad variaba al calentarse.<br />
<br />
La situación había empeorado durante la noche anterior. Haru, auxiliar encargado de revisar la tercera baliza, no regresó al finalizar su turno. Sus superiores no sabían si había sido atacado, había huido o participaba voluntariamente en la manipulación.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Esta noche atravesará el canal una embarcación con medicinas. Si recibe una señal falsa, puede terminar contra las rocas o en un embarcadero donde alguien ya la esté esperando. Tienen hasta el anochecer para averiguar qué ocurre</span><br />
<br />
La inspección comenzaría en la primera baliza. Allí aguardaba Etsu, la cuidadora principal, una mujer de rostro estrecho, cabello entrecano y abrigo impermeable. La torre se levantaba sobre una plataforma de madera conectada a tierra mediante una pasarela. Su puerta no presentaba daños, pero la cerradura estaba cubierta por una sustancia oscura y pegajosa.<br />
<br />
En el interior, el mecanismo de rotación permanecía intacto. La lente blanca había sido sustituida por una placa rojiza mal pulida. Cerca de la ventana aparecían pequeñas gotas de resina, una fibra de cuerda y una marca semicircular sobre el polvo. La trampilla inferior, utilizada para revisar los soportes, estaba cerrada, aunque uno de sus tornillos parecía más nuevo que los demás.<br />
<br />
Etsu dejó sobre una mesa el registro de turnos y observó las lentes sin tocarlas.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Yo cerré esta torre mostrando blanco. Cuando regresé al amanecer, la puerta seguía asegurada y el canal llevaba horas recibiendo una advertencia que nadie ordenó. Quien hizo esto conocía la cerradura o encontró otra entrada</span><br />
<br />
La cuidadora podía responder preguntas, mientras la torre, la plataforma y sus mecanismos permanecían disponibles para una inspección completa.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Misión C] El Cargamento de la Marea Roja]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14923</link>
			<pubDate>Tue, 15 Sep 2026 08:45:01 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=755">Kishue</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14923</guid>
			<description><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14921" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">[Misión C] El Cargamento de la Marea Roja</a><br />
La misión fue entregada durante la mañana en una oficina del ayuntamiento de Kirigakure. Una lámpara permanecía encendida sobre el escritorio pese a la claridad que atravesaba las ventanas; la neblina exterior filtraba la luz y teñía de gris cada rincón de la estancia. Detrás de una montaña de informes esperaba Ayame, una chūnin de cabello negro recogido mediante dos agujas metálicas y expresión cansada, aunque sus documentos estaban organizados con una precisión absoluta.<br />
<br />
Ayame extendió sobre el escritorio un plano del canal oriental. Uno de los edificios cercanos al agua aparecía rodeado con tinta roja, mientras varias anotaciones señalaban las horas aproximadas de cada desaparición. Los tres incidentes habían ocurrido durante la última semana y siempre entre la medianoche y el amanecer. En total faltaban siete cajones de medicinas, vendas, pescado conservado y arroz.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No hubo puertas forzadas ni ventanas rotas. El encargado asegura que solamente él conserva las llaves, pero los cajones continúan desapareciendo.</span> —explicó la chūnin—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">La única coincidencia verificable es la marea. Los robos ocurrieron cuando el nivel del canal estaba en su punto más bajo.</span><br />
<br />
El almacén había sido construido sobre pilares de piedra y poseía un pequeño embarcadero destinado a recibir mercancías. Según los planos antiguos, debajo de la estructura existía una abertura utilizada décadas atrás para descargar embarcaciones pequeñas. Aquella entrada debía encontrarse sellada, pero nadie había revisado el muro inferior recientemente. La misión consistía en investigar sin alertar a los responsables y capturarlos si regresaban.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Necesitamos recuperar la mercancía, pero los registros son igual de importantes.</span> —añadió Ayame, colocando un segundo documento junto al mapa—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Alguien está comprando esos suministros. Si encuentran una lista de entregas, nombres o lugares, no permitan que sea destruida.</span><br />
<br />
El almacén se encontraba al final de una calle estrecha, apartado de la parte más transitada del mercado. La mañana era fría y el aire arrastraba el olor salado del canal, mezclado con pescado, madera húmeda y humo procedente de los locales cercanos. El agua permanecía alta en ese momento y golpeaba lentamente los pilares del embarcadero.<br />
<br />
Genza, el encargado, esperaba frente a la entrada. Era un hombre bajo y robusto, con barba gris, cejas pobladas y un delantal cubierto por manchas de sal. Abrió la puerta principal y condujo a las visitantes hacia el interior. Los cajones restantes estaban distribuidos en filas ordenadas, aunque existían espacios vacíos cerca de la pared posterior.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Cierro personalmente todas las noches y reviso los cerrojos antes de marcharme.</span> —aseguró Genza—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Por la mañana las puertas siguen cerradas, pero siempre falta algo. Si buscan una llave perdida, perderán el tiempo; aquí están las dos únicas copias.</span><br />
<br />
Cerca de los espacios vacíos podían observarse manchas de humedad, fragmentos de cuerda oscura y una delgada línea de sal extendida hacia el fondo del almacén. La investigación acababa de comenzar.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14921" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">[Misión C] El Cargamento de la Marea Roja</a><br />
La misión fue entregada durante la mañana en una oficina del ayuntamiento de Kirigakure. Una lámpara permanecía encendida sobre el escritorio pese a la claridad que atravesaba las ventanas; la neblina exterior filtraba la luz y teñía de gris cada rincón de la estancia. Detrás de una montaña de informes esperaba Ayame, una chūnin de cabello negro recogido mediante dos agujas metálicas y expresión cansada, aunque sus documentos estaban organizados con una precisión absoluta.<br />
<br />
Ayame extendió sobre el escritorio un plano del canal oriental. Uno de los edificios cercanos al agua aparecía rodeado con tinta roja, mientras varias anotaciones señalaban las horas aproximadas de cada desaparición. Los tres incidentes habían ocurrido durante la última semana y siempre entre la medianoche y el amanecer. En total faltaban siete cajones de medicinas, vendas, pescado conservado y arroz.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">No hubo puertas forzadas ni ventanas rotas. El encargado asegura que solamente él conserva las llaves, pero los cajones continúan desapareciendo.</span> —explicó la chūnin—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">La única coincidencia verificable es la marea. Los robos ocurrieron cuando el nivel del canal estaba en su punto más bajo.</span><br />
<br />
El almacén había sido construido sobre pilares de piedra y poseía un pequeño embarcadero destinado a recibir mercancías. Según los planos antiguos, debajo de la estructura existía una abertura utilizada décadas atrás para descargar embarcaciones pequeñas. Aquella entrada debía encontrarse sellada, pero nadie había revisado el muro inferior recientemente. La misión consistía en investigar sin alertar a los responsables y capturarlos si regresaban.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Necesitamos recuperar la mercancía, pero los registros son igual de importantes.</span> —añadió Ayame, colocando un segundo documento junto al mapa—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Alguien está comprando esos suministros. Si encuentran una lista de entregas, nombres o lugares, no permitan que sea destruida.</span><br />
<br />
El almacén se encontraba al final de una calle estrecha, apartado de la parte más transitada del mercado. La mañana era fría y el aire arrastraba el olor salado del canal, mezclado con pescado, madera húmeda y humo procedente de los locales cercanos. El agua permanecía alta en ese momento y golpeaba lentamente los pilares del embarcadero.<br />
<br />
Genza, el encargado, esperaba frente a la entrada. Era un hombre bajo y robusto, con barba gris, cejas pobladas y un delantal cubierto por manchas de sal. Abrió la puerta principal y condujo a las visitantes hacia el interior. Los cajones restantes estaban distribuidos en filas ordenadas, aunque existían espacios vacíos cerca de la pared posterior.<br />
<br />
—<span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Cierro personalmente todas las noches y reviso los cerrojos antes de marcharme.</span> —aseguró Genza—. <span style="color: #cccccc;" class="mycode_color">Por la mañana las puertas siguen cerradas, pero siempre falta algo. Si buscan una llave perdida, perderán el tiempo; aquí están las dos únicas copias.</span><br />
<br />
Cerca de los espacios vacíos podían observarse manchas de humedad, fragmentos de cuerda oscura y una delgada línea de sal extendida hacia el fondo del almacén. La investigación acababa de comenzar.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Misión|D] Autonarrada  ─ Campanadas a Deshoras]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14905</link>
			<pubDate>Mon, 14 Sep 2026 16:23:50 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=813">Hachibi</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14905</guid>
			<description><![CDATA[<blockquote class="mycode_quote"><cite>Cita:</cite>● Nombre de la Misión: Campanadas a deshora<br />
● Información de la Misión: Durante las últimas noches, una pequeña campana situada en un santuario de Kirigakure ha comenzado a sonar fuera de los horarios establecidos, despertando y molestando a varios habitantes de los alrededores. Hachibi deberá inspeccionar el lugar, revisar el mecanismo y determinar qué está provocando el sonido para ponerle fin. La dificultad está en que desde hace tiempo no existe un acceso sencillo hasta la campana: su vieja escalera se desplomó y, como no había sido necesario subir hasta allí, nunca fue reemplazada. Deberá colocar una nueva escalera, acceder al mecanismo y encontrar la razón por la que continúa sonando.<br />
● Rango y Tipo de la Misión: Automisión D<br />
● Fecha y Lugar: Kirigakure, 18 de Verano del año 150<br />
● Cantidad de Usuarios: 1<br />
● Cantidad máxima de horas por ronda:N/A</blockquote>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">18 de Verano del 150</span></div>
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Disonante.</span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Fueron tres, Chiyo</span></span> —aseguró el sacerdote principal.<br />
<br />
Era un hombre entrado en años, delgado y de espalda todavía recta a pesar de las canas que dominaban su cabello. Vestía las prendas ceremoniales del santuario con una pulcritud que contrastaba con la mañana húmeda; incluso los pliegues de su hakama parecían haber sobrevivido intactos al trabajo de aquella mañana. Mantenía las manos ocultas dentro de las mangas mientras observaba a la joven frente a él con la gravedad de quien consideraba importante establecer correctamente aquel dato.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Fueron cuatro si contamos al señor Matsu golpeando la pared</span></span> —replicó ella.<br />
<br />
La miko tendría poco menos de treinta años. Llevaba el cabello negro recogido de manera sencilla y algunos mechones húmedos se habían adherido a sus mejillas mientras barría el agua que el viento empujaba bajo el alero. Su hakama rojo tenía el borde mojado y, a diferencia del sacerdote, parecía haber renunciado hacía rato a conservar impecable el resto de su atuendo.<br />
<br />
Un tercer hombre resopló desde los escalones del santuario. Matsu era ancho de hombros, llevaba una chaqueta gruesa de pescador y todavía conservaba las botas de trabajo manchadas de barro. Tendría alrededor de cincuenta años y la falta de sueño no parecía haber contribuido demasiado a mejorar su disposición.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Golpeé la pared después de la tercera</span></span> —aclaró—. <span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Porque alguien tiene que dormir en esa casa.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Precisamente</span></span> —respondió la joven sin dejar de barrer.<br />
<br />
El pescador frunció el ceño.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Precisamente qué?</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Que la cuarta no fue la campana.</span></span><br />
<br />
El sacerdote cerró los ojos durante un instante.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Chiyo.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Estoy contando correctamente, Daizen-sama.</span></span><br />
<br />
Hachibi llegó al santuario mientras Matsu comenzaba a explicar por qué aquella distinción no mejoraba sus últimas cuatro noches. No interrumpió; se acercó lo suficiente para escuchar el final de la discusión y esperó hasta que la miko reparó en él.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Por favor, dime que vienes por la campana.</span></span><br />
<br />
El muchacho inclinó ligeramente la cabeza.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Ese es el shinobi?</span></span><br />
<br />
La pregunta parecía esperar algún tipo de presentación. Hachibi se limitó a mirar al pescador antes de dirigir nuevamente su atención hacia el santuario.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Es él</span></span> —resolvió Chiyo.<br />
<br />
Daizen realizó una pequeña reverencia.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Daizen. Estoy a cargo de este santuario. Agradecemos que hayas venido.</span></span><br />
<br />
El recién llegado correspondió el gesto. El sacerdote no pareció encontrar nada extraño en la falta de respuesta y Chiyo, dando por terminadas las presentaciones, apoyó la escoba contra una columna.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Te enseño el problema.</span></span><br />
<br />
La campana se encontraba suspendida dentro de un pequeño campanario que sobresalía varios metros por encima del tejado principal. Desde el suelo podía distinguirse parte del bronce entre los pilares de madera, pero la altura impedía ver con claridad el mecanismo que la sostenía.<br />
<br />
El antiguo acceso recorría el exterior del edificio mediante una escalera fija de mantenimiento. De ella permanecían algunos soportes incrustados en la madera y un par de secciones deformadas demasiado altas para resultar útiles. Los materiales destinados a reemplazarla se encontraban protegidos bajo el alero: varios tramos de largueros, peldaños y fijaciones preparados para montar una nueva estructura siguiendo aproximadamente el recorrido de la anterior.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—La vieja cayó durante una tormenta</span></span> —explicó la miko—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Como la cuerda permite tocar la campana desde abajo, nadie tuvo demasiada prisa por reemplazarla.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Había otras reparaciones prioritarias</span></span> —intervino Daizen.<br />
<br />
La joven volvió ligeramente el rostro hacia él.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Hace tres años.</span></span><br />
<br />
El hombre guardó silencio durante un instante. Hachibi examinó los antiguos soportes, siguió con la mirada el recorrido que ascendía hacia el campanario y terminó observándolo.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Había muchas reparaciones prioritarias</span></span> —rectificó el sacerdote.<br />
<br />
Chiyo ocultó una sonrisa.<br />
<br />
La cuerda descendía por uno de los laterales hasta una zona parcialmente protegida por el alero. Estaba oscurecida por la humedad y el uso, aunque a simple vista no presentaba roturas ni alteraciones recientes.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Esto siempre se mueve cuando sopla desde la costa</span></span> —explicó la joven mientras tomaba el extremo—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Llevo siete años aquí y nunca había hecho sonar la campana por sí sola. Empezó hace cuatro noches.</span></span><br />
<br />
Hachibi levantó la mirada hacia el campanario.<br />
<br />
<span style="color: #A9D6E5;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Siete?</span></span><br />
<br />
La miko parpadeó, más sorprendida por escucharlo hablar que por la pregunta.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Siete</span></span> —confirmó al soltar la cuerda—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Por eso tampoco creo que el problema sea simplemente el viento.</span></span><br />
<br />
El muchacho tomó el extremo y ejerció una ligera tensión antes de liberarlo. Desde arriba llegó un pequeño golpe metálico. Repitió la prueba con algo más de fuerza y obtuvo la misma respuesta: no alcanzaba a producir una campanada completa, pero había movimiento suficiente para indicar que alguna parte del mecanismo tenía más recorrido del debido.<br />
<br />
Si había soportado años de viento y sólo había comenzado a fallar cuatro noches atrás, algo había cambiado.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—El carpintero dejó todo preparado</span></span> —comentó Chiyo, señalando los materiales—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Puede instalarse por tramos. El problema empieza cuando llegas arriba.</span></span><br />
<br />
Daizen indicó los soportes que todavía podían distinguirse sobre la pared.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—La antigua escalera terminaba junto a una pequeña plataforma de mantenimiento. Los últimos anclajes están casi a la altura del campanario.</span></span><br />
<br />
Hachibi examinó el recorrido y se agachó junto a las piezas nuevas. Una vez instalado el primer tramo desde el suelo, podría utilizarlo para alcanzar el siguiente punto y continuar progresivamente hacia arriba.<br />
<br />
Retiró los restos que interferían con los soportes inferiores y aseguró la primera sección antes de cargar su peso sobre ella. Desde allí instaló la segunda, con Chiyo alcanzándole las herramientas desde abajo.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ahora entiendo por qué el carpintero llegó hasta aquí y decidió detenerse</span></span> —comentó ella.<br />
<br />
Daizen carraspeó.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Consideró que aquella parte excedía las condiciones razonables de su oficio.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso dije.</span></span><br />
<br />
Conforme ascendía, los antiguos puntos de apoyo se volvían menos accesibles y manipular las fijaciones exigía separarse cada vez más de la propia escalera. Hachibi extrajo entonces el hilo ninja, asegurándolo a uno de los puntos firmes de la estructura para trabajar con mayor estabilidad. Otra sección permitió que la miko le enviara herrajes y herramientas sin obligarlo a descender continuamente.<br />
<br />
Los últimos anclajes resultaron bastante menos cómodos. Daizen le indicó desde abajo cuáles de los antiguos soportes habían pertenecido a la plataforma original, mientras las piezas necesarias continuaban subiendo mediante el hilo.<br />
<br />
Finalmente, la nueva escalera alcanzó la pequeña plataforma de mantenimiento situada junto a la campana.<br />
<br />
De cerca, los años resultaban bastante más evidentes. La superficie de bronce había perdido casi todo su brillo bajo una combinación de polvo, humedad y manchas oscuras; el borde inferior conservaba una tonalidad más reconocible en algunos puntos, pero el resto parecía haber recibido únicamente la limpieza que pudiera proporcionarle la lluvia.<br />
<br />
Hachibi pasó un dedo por una de las zonas ennegrecidas y observó la franja que dejó a su paso antes de ocuparse del mecanismo.<br />
<br />
La campana colgaba de un yugo de madera conectado a la cuerda que descendía hasta el santuario. Dos topes limitaban su movimiento cuando nadie la utilizaba, evitando que las pequeñas oscilaciones producidas por el viento bastaran para hacerla sonar.<br />
<br />
El del lado derecho se había desplazado algunos centímetros y una de sus fijaciones sobresalía parcialmente de la madera. Al presionarlo con los dedos cedió sin demasiada resistencia; alrededor del agujero, la humedad había reblandecido la superficie hasta permitir que el movimiento fuera aflojándolo poco a poco.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Ves algo?</span></span> —preguntó Chiyo desde abajo.<br />
<br />
Hachibi señaló el tope desplazado y acompañó el gesto con un pequeño balanceo de la mano.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Se aflojó?</span></span><br />
<br />
Asintió.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ese mecanismo no se revisa desde antes de que cayera la escalera</span></span> —admitió Daizen.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Voy a fingir que eso no acaba de explicar toda la misión.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Parecía funcionar correctamente.</span></span><br />
<br />
El muchacho devolvió provisionalmente el tope a su posición y movió el yugo con la mano; el recorrido se redujo de inmediato. Al permitirle recuperar la holgura y provocar una ligera tensión en la cuerda, el badajo volvió a alcanzar el interior del bronce.<br />
<br />
La causa estaba localizada.<br />
<br />
Retiró la fijación dañada. El agujero original estaba demasiado deteriorado para reutilizarlo, de modo que desplazó ligeramente el tope hasta encontrar madera firme y lo aseguró nuevamente. Ya que tenía acceso al conjunto, revisó también el lado contrario, los soportes del yugo y las uniones que mantenían suspendida la campana.<br />
<br />
Abajo, Chiyo terminó sentándose en uno de los escalones.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Cuánto crees que tarde?</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Está revisando todo.</span></span><br />
<br />
La joven levantó la vista.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso ya lo veo. Pregunté cuánto iba a tardar.</span></span><br />
<br />
El sacerdote decidió no aventurar una respuesta.<br />
<br />
Poco después, Hachibi comprobó que ambos topes limitaran el recorrido de manera uniforme y descendió con las herramientas.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Ya?</span></span><br />
<br />
Tomó la cuerda y la dejó libre. Una ráfaga procedente de la costa movió el tramo expuesto sin producir sonido alguno; otra más fuerte consiguió hacerlo oscilar, pero tampoco fue suficiente para accionar la campana.<br />
<br />
Daizen contempló el campanario.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Parece resuelto.</span></span><br />
<br />
Hachibi tiró entonces deliberadamente de la cuerda. La campana respondió con un sonido claro que se extendió sobre el santuario y las construcciones cercanas.<br />
<br />
Desde algún punto fuera del recinto llegó una voz irritada.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¡¿OTRA VEZ?!</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Esa ha sido nuestra prueba, señor Matsu</span></span> —respondió la miko.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¡PUES PRUEBEN MÁS BAJITO!</span></span><br />
<br />
Daizen carraspeó mientras la joven contenía una sonrisa.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Funciona.</span></span><br />
<br />
La nueva escalera permitía acceder nuevamente al campanario y el viento ya no conseguía superar los límites del mecanismo. Para efectos de la misión, habían terminado.<br />
<br />
Chiyo comenzó a recoger las herramientas, pero Hachibi seguía mirando hacia lo alto.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Encontraste otra cosa?</span></span><br />
<br />
Negó con la cabeza y volvió a subir. Pasó el pulgar por la misma zona ennegrecida que había tocado antes, ampliando la pequeña franja clara sobre el bronce, y después descendió sin hacer nada más.<br />
<br />
Guardó su equipo, dejó en orden las herramientas del santuario y se marchó aparentemente con las manos vacías.<br />
<br />
Cuando volvió, había transcurrido suficiente tiempo para que Chiyo hubiera retomado sus tareas y terminara sentada bajo el alero con una taza de té. Hachibi, en cambio, regresó cargando varios paños limpios, un cepillo de cerdas suaves y productos destinados al cuidado y pulido del bronce.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Pensé que habías terminado.</span></span><br />
<br />
El muchacho extendió un paño junto a la escalera y colocó cuidadosamente encima todo lo que había traído antes de comenzar a subir.<br />
<br />
Chiyo siguió el despliegue con la mirada.<br />
<br />
No necesitó preguntar.<br />
<br />
Daizen apareció desde el interior cuando Hachibi ya trabajaba sobre la campana.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Qué hace?</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Al parecer, nuestra campana le ofendió personalmente.</span></span><br />
<br />
Primero retiró el polvo y la suciedad superficial. Después fue trabajando por secciones sobre las zonas ennegrecidas, cambiando de paño cuando dejaba de estar limpio y utilizando el cepillo para alcanzar relieves y uniones donde se habían acumulado años de residuos.<br />
<br />
El sacerdote observó el contraste que empezaba a aparecer entre ambos lados de la campana.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—No recordaba que estuviera tan deteriorada.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Desde abajo disimulaba.</span></span><br />
<br />
La restauración continuó bastante después de que cualquier obligación relacionada con la misión hubiera terminado. El bronce fue recuperando progresivamente un brillo que ninguno de los dos parecía haber visto desde hacía años.<br />
<br />
En algún momento Chiyo regresó al patio y descubrió que Hachibi continuaba concentrado en una pequeña zona junto al borde inferior.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ya está limpia.</span></span><br />
<br />
El muchacho señaló una diminuta mancha que permanecía junto a uno de los relieves.<br />
<br />
La miko tuvo que subir un par de peldaños para distinguirla.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso mide menos que una uña.</span></span><br />
<br />
Hachibi ya había retomado el paño.<br />
<br />
Chiyo descendió.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Por supuesto.</span></span><br />
<br />
Cuando finalmente dio por terminado el trabajo, la diferencia podía apreciarse incluso desde el suelo. El bronce destacaba sobre la madera envejecida del campanario y reflejaba parcialmente la luz gris que conseguía atravesar la niebla.<br />
<br />
Daizen salió al patio y levantó la mirada.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—No recordaba que tuviera ese color.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Yo llevo siete años aquí y tampoco.</span></span><br />
<br />
Hachibi guardó los productos y recorrió una última vez la superficie con la mirada. Esta vez no encontró nada que lo hiciera regresar a la escalera.<br />
<br />
Chiyo tomó la cuerda.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ahora quiero escucharla.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ya sabemos que funciona.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso era antes de que volviéramos a descubrir que es de bronce.</span></span><br />
<br />
La campanada atravesó el patio con claridad y se prolongó entre la niebla antes de perderse sobre los tejados.<br />
<br />
La respuesta llegó desde la calle pocos segundos después.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¡CHIYOOO!</span></span><br />
<br />
La joven cerró los ojos.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Una</span></span> —respondió.<br />
<br />
Hachibi sonrió apenas mientras terminaba de guardar sus cosas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote class="mycode_quote"><cite>Cita:</cite>● Nombre de la Misión: Campanadas a deshora<br />
● Información de la Misión: Durante las últimas noches, una pequeña campana situada en un santuario de Kirigakure ha comenzado a sonar fuera de los horarios establecidos, despertando y molestando a varios habitantes de los alrededores. Hachibi deberá inspeccionar el lugar, revisar el mecanismo y determinar qué está provocando el sonido para ponerle fin. La dificultad está en que desde hace tiempo no existe un acceso sencillo hasta la campana: su vieja escalera se desplomó y, como no había sido necesario subir hasta allí, nunca fue reemplazada. Deberá colocar una nueva escalera, acceder al mecanismo y encontrar la razón por la que continúa sonando.<br />
● Rango y Tipo de la Misión: Automisión D<br />
● Fecha y Lugar: Kirigakure, 18 de Verano del año 150<br />
● Cantidad de Usuarios: 1<br />
● Cantidad máxima de horas por ronda:N/A</blockquote>
<div style="text-align: right;" class="mycode_align"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">18 de Verano del 150</span></div>
<br />
<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Disonante.</span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Fueron tres, Chiyo</span></span> —aseguró el sacerdote principal.<br />
<br />
Era un hombre entrado en años, delgado y de espalda todavía recta a pesar de las canas que dominaban su cabello. Vestía las prendas ceremoniales del santuario con una pulcritud que contrastaba con la mañana húmeda; incluso los pliegues de su hakama parecían haber sobrevivido intactos al trabajo de aquella mañana. Mantenía las manos ocultas dentro de las mangas mientras observaba a la joven frente a él con la gravedad de quien consideraba importante establecer correctamente aquel dato.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Fueron cuatro si contamos al señor Matsu golpeando la pared</span></span> —replicó ella.<br />
<br />
La miko tendría poco menos de treinta años. Llevaba el cabello negro recogido de manera sencilla y algunos mechones húmedos se habían adherido a sus mejillas mientras barría el agua que el viento empujaba bajo el alero. Su hakama rojo tenía el borde mojado y, a diferencia del sacerdote, parecía haber renunciado hacía rato a conservar impecable el resto de su atuendo.<br />
<br />
Un tercer hombre resopló desde los escalones del santuario. Matsu era ancho de hombros, llevaba una chaqueta gruesa de pescador y todavía conservaba las botas de trabajo manchadas de barro. Tendría alrededor de cincuenta años y la falta de sueño no parecía haber contribuido demasiado a mejorar su disposición.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Golpeé la pared después de la tercera</span></span> —aclaró—. <span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Porque alguien tiene que dormir en esa casa.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Precisamente</span></span> —respondió la joven sin dejar de barrer.<br />
<br />
El pescador frunció el ceño.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Precisamente qué?</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Que la cuarta no fue la campana.</span></span><br />
<br />
El sacerdote cerró los ojos durante un instante.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Chiyo.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Estoy contando correctamente, Daizen-sama.</span></span><br />
<br />
Hachibi llegó al santuario mientras Matsu comenzaba a explicar por qué aquella distinción no mejoraba sus últimas cuatro noches. No interrumpió; se acercó lo suficiente para escuchar el final de la discusión y esperó hasta que la miko reparó en él.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Por favor, dime que vienes por la campana.</span></span><br />
<br />
El muchacho inclinó ligeramente la cabeza.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Ese es el shinobi?</span></span><br />
<br />
La pregunta parecía esperar algún tipo de presentación. Hachibi se limitó a mirar al pescador antes de dirigir nuevamente su atención hacia el santuario.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Es él</span></span> —resolvió Chiyo.<br />
<br />
Daizen realizó una pequeña reverencia.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Daizen. Estoy a cargo de este santuario. Agradecemos que hayas venido.</span></span><br />
<br />
El recién llegado correspondió el gesto. El sacerdote no pareció encontrar nada extraño en la falta de respuesta y Chiyo, dando por terminadas las presentaciones, apoyó la escoba contra una columna.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Te enseño el problema.</span></span><br />
<br />
La campana se encontraba suspendida dentro de un pequeño campanario que sobresalía varios metros por encima del tejado principal. Desde el suelo podía distinguirse parte del bronce entre los pilares de madera, pero la altura impedía ver con claridad el mecanismo que la sostenía.<br />
<br />
El antiguo acceso recorría el exterior del edificio mediante una escalera fija de mantenimiento. De ella permanecían algunos soportes incrustados en la madera y un par de secciones deformadas demasiado altas para resultar útiles. Los materiales destinados a reemplazarla se encontraban protegidos bajo el alero: varios tramos de largueros, peldaños y fijaciones preparados para montar una nueva estructura siguiendo aproximadamente el recorrido de la anterior.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—La vieja cayó durante una tormenta</span></span> —explicó la miko—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Como la cuerda permite tocar la campana desde abajo, nadie tuvo demasiada prisa por reemplazarla.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Había otras reparaciones prioritarias</span></span> —intervino Daizen.<br />
<br />
La joven volvió ligeramente el rostro hacia él.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Hace tres años.</span></span><br />
<br />
El hombre guardó silencio durante un instante. Hachibi examinó los antiguos soportes, siguió con la mirada el recorrido que ascendía hacia el campanario y terminó observándolo.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Había muchas reparaciones prioritarias</span></span> —rectificó el sacerdote.<br />
<br />
Chiyo ocultó una sonrisa.<br />
<br />
La cuerda descendía por uno de los laterales hasta una zona parcialmente protegida por el alero. Estaba oscurecida por la humedad y el uso, aunque a simple vista no presentaba roturas ni alteraciones recientes.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Esto siempre se mueve cuando sopla desde la costa</span></span> —explicó la joven mientras tomaba el extremo—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Llevo siete años aquí y nunca había hecho sonar la campana por sí sola. Empezó hace cuatro noches.</span></span><br />
<br />
Hachibi levantó la mirada hacia el campanario.<br />
<br />
<span style="color: #A9D6E5;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Siete?</span></span><br />
<br />
La miko parpadeó, más sorprendida por escucharlo hablar que por la pregunta.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Siete</span></span> —confirmó al soltar la cuerda—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Por eso tampoco creo que el problema sea simplemente el viento.</span></span><br />
<br />
El muchacho tomó el extremo y ejerció una ligera tensión antes de liberarlo. Desde arriba llegó un pequeño golpe metálico. Repitió la prueba con algo más de fuerza y obtuvo la misma respuesta: no alcanzaba a producir una campanada completa, pero había movimiento suficiente para indicar que alguna parte del mecanismo tenía más recorrido del debido.<br />
<br />
Si había soportado años de viento y sólo había comenzado a fallar cuatro noches atrás, algo había cambiado.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—El carpintero dejó todo preparado</span></span> —comentó Chiyo, señalando los materiales—. <span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Puede instalarse por tramos. El problema empieza cuando llegas arriba.</span></span><br />
<br />
Daizen indicó los soportes que todavía podían distinguirse sobre la pared.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—La antigua escalera terminaba junto a una pequeña plataforma de mantenimiento. Los últimos anclajes están casi a la altura del campanario.</span></span><br />
<br />
Hachibi examinó el recorrido y se agachó junto a las piezas nuevas. Una vez instalado el primer tramo desde el suelo, podría utilizarlo para alcanzar el siguiente punto y continuar progresivamente hacia arriba.<br />
<br />
Retiró los restos que interferían con los soportes inferiores y aseguró la primera sección antes de cargar su peso sobre ella. Desde allí instaló la segunda, con Chiyo alcanzándole las herramientas desde abajo.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ahora entiendo por qué el carpintero llegó hasta aquí y decidió detenerse</span></span> —comentó ella.<br />
<br />
Daizen carraspeó.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Consideró que aquella parte excedía las condiciones razonables de su oficio.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso dije.</span></span><br />
<br />
Conforme ascendía, los antiguos puntos de apoyo se volvían menos accesibles y manipular las fijaciones exigía separarse cada vez más de la propia escalera. Hachibi extrajo entonces el hilo ninja, asegurándolo a uno de los puntos firmes de la estructura para trabajar con mayor estabilidad. Otra sección permitió que la miko le enviara herrajes y herramientas sin obligarlo a descender continuamente.<br />
<br />
Los últimos anclajes resultaron bastante menos cómodos. Daizen le indicó desde abajo cuáles de los antiguos soportes habían pertenecido a la plataforma original, mientras las piezas necesarias continuaban subiendo mediante el hilo.<br />
<br />
Finalmente, la nueva escalera alcanzó la pequeña plataforma de mantenimiento situada junto a la campana.<br />
<br />
De cerca, los años resultaban bastante más evidentes. La superficie de bronce había perdido casi todo su brillo bajo una combinación de polvo, humedad y manchas oscuras; el borde inferior conservaba una tonalidad más reconocible en algunos puntos, pero el resto parecía haber recibido únicamente la limpieza que pudiera proporcionarle la lluvia.<br />
<br />
Hachibi pasó un dedo por una de las zonas ennegrecidas y observó la franja que dejó a su paso antes de ocuparse del mecanismo.<br />
<br />
La campana colgaba de un yugo de madera conectado a la cuerda que descendía hasta el santuario. Dos topes limitaban su movimiento cuando nadie la utilizaba, evitando que las pequeñas oscilaciones producidas por el viento bastaran para hacerla sonar.<br />
<br />
El del lado derecho se había desplazado algunos centímetros y una de sus fijaciones sobresalía parcialmente de la madera. Al presionarlo con los dedos cedió sin demasiada resistencia; alrededor del agujero, la humedad había reblandecido la superficie hasta permitir que el movimiento fuera aflojándolo poco a poco.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Ves algo?</span></span> —preguntó Chiyo desde abajo.<br />
<br />
Hachibi señaló el tope desplazado y acompañó el gesto con un pequeño balanceo de la mano.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Se aflojó?</span></span><br />
<br />
Asintió.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ese mecanismo no se revisa desde antes de que cayera la escalera</span></span> —admitió Daizen.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Voy a fingir que eso no acaba de explicar toda la misión.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Parecía funcionar correctamente.</span></span><br />
<br />
El muchacho devolvió provisionalmente el tope a su posición y movió el yugo con la mano; el recorrido se redujo de inmediato. Al permitirle recuperar la holgura y provocar una ligera tensión en la cuerda, el badajo volvió a alcanzar el interior del bronce.<br />
<br />
La causa estaba localizada.<br />
<br />
Retiró la fijación dañada. El agujero original estaba demasiado deteriorado para reutilizarlo, de modo que desplazó ligeramente el tope hasta encontrar madera firme y lo aseguró nuevamente. Ya que tenía acceso al conjunto, revisó también el lado contrario, los soportes del yugo y las uniones que mantenían suspendida la campana.<br />
<br />
Abajo, Chiyo terminó sentándose en uno de los escalones.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Cuánto crees que tarde?</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Está revisando todo.</span></span><br />
<br />
La joven levantó la vista.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso ya lo veo. Pregunté cuánto iba a tardar.</span></span><br />
<br />
El sacerdote decidió no aventurar una respuesta.<br />
<br />
Poco después, Hachibi comprobó que ambos topes limitaran el recorrido de manera uniforme y descendió con las herramientas.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Ya?</span></span><br />
<br />
Tomó la cuerda y la dejó libre. Una ráfaga procedente de la costa movió el tramo expuesto sin producir sonido alguno; otra más fuerte consiguió hacerlo oscilar, pero tampoco fue suficiente para accionar la campana.<br />
<br />
Daizen contempló el campanario.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Parece resuelto.</span></span><br />
<br />
Hachibi tiró entonces deliberadamente de la cuerda. La campana respondió con un sonido claro que se extendió sobre el santuario y las construcciones cercanas.<br />
<br />
Desde algún punto fuera del recinto llegó una voz irritada.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¡¿OTRA VEZ?!</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Esa ha sido nuestra prueba, señor Matsu</span></span> —respondió la miko.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¡PUES PRUEBEN MÁS BAJITO!</span></span><br />
<br />
Daizen carraspeó mientras la joven contenía una sonrisa.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Funciona.</span></span><br />
<br />
La nueva escalera permitía acceder nuevamente al campanario y el viento ya no conseguía superar los límites del mecanismo. Para efectos de la misión, habían terminado.<br />
<br />
Chiyo comenzó a recoger las herramientas, pero Hachibi seguía mirando hacia lo alto.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Encontraste otra cosa?</span></span><br />
<br />
Negó con la cabeza y volvió a subir. Pasó el pulgar por la misma zona ennegrecida que había tocado antes, ampliando la pequeña franja clara sobre el bronce, y después descendió sin hacer nada más.<br />
<br />
Guardó su equipo, dejó en orden las herramientas del santuario y se marchó aparentemente con las manos vacías.<br />
<br />
Cuando volvió, había transcurrido suficiente tiempo para que Chiyo hubiera retomado sus tareas y terminara sentada bajo el alero con una taza de té. Hachibi, en cambio, regresó cargando varios paños limpios, un cepillo de cerdas suaves y productos destinados al cuidado y pulido del bronce.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Pensé que habías terminado.</span></span><br />
<br />
El muchacho extendió un paño junto a la escalera y colocó cuidadosamente encima todo lo que había traído antes de comenzar a subir.<br />
<br />
Chiyo siguió el despliegue con la mirada.<br />
<br />
No necesitó preguntar.<br />
<br />
Daizen apareció desde el interior cuando Hachibi ya trabajaba sobre la campana.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¿Qué hace?</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Al parecer, nuestra campana le ofendió personalmente.</span></span><br />
<br />
Primero retiró el polvo y la suciedad superficial. Después fue trabajando por secciones sobre las zonas ennegrecidas, cambiando de paño cuando dejaba de estar limpio y utilizando el cepillo para alcanzar relieves y uniones donde se habían acumulado años de residuos.<br />
<br />
El sacerdote observó el contraste que empezaba a aparecer entre ambos lados de la campana.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—No recordaba que estuviera tan deteriorada.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Desde abajo disimulaba.</span></span><br />
<br />
La restauración continuó bastante después de que cualquier obligación relacionada con la misión hubiera terminado. El bronce fue recuperando progresivamente un brillo que ninguno de los dos parecía haber visto desde hacía años.<br />
<br />
En algún momento Chiyo regresó al patio y descubrió que Hachibi continuaba concentrado en una pequeña zona junto al borde inferior.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ya está limpia.</span></span><br />
<br />
El muchacho señaló una diminuta mancha que permanecía junto a uno de los relieves.<br />
<br />
La miko tuvo que subir un par de peldaños para distinguirla.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso mide menos que una uña.</span></span><br />
<br />
Hachibi ya había retomado el paño.<br />
<br />
Chiyo descendió.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Por supuesto.</span></span><br />
<br />
Cuando finalmente dio por terminado el trabajo, la diferencia podía apreciarse incluso desde el suelo. El bronce destacaba sobre la madera envejecida del campanario y reflejaba parcialmente la luz gris que conseguía atravesar la niebla.<br />
<br />
Daizen salió al patio y levantó la mirada.<br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—No recordaba que tuviera ese color.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Yo llevo siete años aquí y tampoco.</span></span><br />
<br />
Hachibi guardó los productos y recorrió una última vez la superficie con la mirada. Esta vez no encontró nada que lo hiciera regresar a la escalera.<br />
<br />
Chiyo tomó la cuerda.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ahora quiero escucharla.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #C8A96B;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Ya sabemos que funciona.</span></span><br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Eso era antes de que volviéramos a descubrir que es de bronce.</span></span><br />
<br />
La campanada atravesó el patio con claridad y se prolongó entre la niebla antes de perderse sobre los tejados.<br />
<br />
La respuesta llegó desde la calle pocos segundos después.<br />
<br />
<span style="color: #7FA6C9;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—¡CHIYOOO!</span></span><br />
<br />
La joven cerró los ojos.<br />
<br />
<span style="color: #D96C75;" class="mycode_color"><span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">—Una</span></span> —respondió.<br />
<br />
Hachibi sonrió apenas mientras terminaba de guardar sus cosas.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Misión | E] El Gato Callejero]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14895</link>
			<pubDate>Mon, 14 Sep 2026 10:25:05 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=102">Narrador Tenseigan-kun</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14895</guid>
			<description><![CDATA[El sol estival apenas lograba abrirse paso a través del denso manto salobre que flotaba sobre los pasajes de la Zona Residencial de Kirigakure. El calor de mediados de verano no evaporaba la humedad constante de la aldea; al contrario, convertía el ambiente en una vaporosa sauna donde el olor a madera mojada, salitre y verdín se impregnaba en cada fachada de tablas oscurecidas. Sin embargo, esa mañana en particular, una pestilencia mucho más agria y punzante dominaba la brisa entre las estrechas avenidas del distrito.<br />
<br />
En la intersección que separaba las hileras de viviendas compactas del canal secundario, la escena era un auténtico caos de desperdicios. Varios sacos de arpillera gruesa yacían desgarrados sobre los adoquines húmedos, dejando al descubierto vísceras de pescado en descomposición, cáscaras de verduras reblandecidas y restos de arroz echado a perder. Manchas de grasa oscura dibujaban senderos irregulares sobre la piedra pulida, mientras enjambres de moscas revoloteaban sobre el reguero de basura que se extendía a lo largo de más de diez metros, bloqueando las entradas de madera y salpicando los zócalos recién lavados de las casas vecinas.<br />
<br />
—<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¡Maldito animal del demonio! ¡Si le pongo las manos encima juro por los mares que lo haré estofado!</span> —El grito retumbó contra las paredes de yeso y bambú de la calleja.<br />
<br />
Una mujer de edad avanzada, ataviada con un delantal de lino manchado y sosteniendo una escoba de paja rígida entre las manos, descargaba cada barredura con furia contra el suelo. Se trataba de Tomoe, una de las residentes encargadas del mantenimiento de la manzana. Sus brazos nudosos temblaban de indignación mientras intentaba vanamente juntar las entrañas de una caballa que habían sido destripadas y esparcidas contra el marco de su propia puerta. A su lado, un cubo de madera volcado derramaba un charco de agua jabonosa sobre la calzada.<br />
<br />
Tomoe se detuvo un instante para secarse el sudor del rostro con el reverso del antebrazo, dejando ver la profunda frustración grabada en los surcos de sus facciones. Al percatarse de la presencia del shinobi enviado para atender el reporte, la mujer clavó el mango de la escoba en la juntura de los adoquines con un golpe seco.<br />
<br />
—¿<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ves este desastre? ¡Míralo bien! </span>—señaló con un índice deformado por la artritis hacia una ristra de bolsas de tela mordisqueadas y rasgadas con precisión casi quirúrgica—.<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> ¡Tres días seguidos! Todas las mañanas, justo antes de que pase el carro de recolección de los muelles, ese engendro pulgoso baja de los tejados, rompe las ataduras de atando y desperdicia la comida que ni siquiera se va a comer solo para desparramarla por toda la calle. ¡Los vecinos ya no pueden ni abrir las ventanas al amanecer por culpa del hedor!</span><br />
<br />
Como si hubiese sido invocado por los insultos, un chasquido suave resonó sobre las tejas de arcilla del alero superior.<br />
<br />
Un felino de tamaño considerable, con el pelaje atigrado en tonos grisáceos y manchado de hollín, permanecía echado sobre la cornisa de madera. Tenía la oreja izquierda partida por una vieja cicatriz y un ojo entrecerrado con aires de absoluta indiferencia. Entre sus fauces sostenía la cabeza entera de un salmón seco, goteando grasa directamente sobre el limpio umbral que la anciana acababa de intentar limpiar.<br />
<br />
El animal realizó un leve movimiento de cola, un látigo lento y rítmico, mientras clavaba su pupila dorada sobre Kishue. No mostraba el menor indicio de temor ante la presencia shinobi. Con una parsimonia exasperante, el felino abrió la boca y dejó caer la cabeza de pescado desde la altura —la cual impactó contra la piedra con un golpe húmedo y sordo— antes de soltar un maullido áspero, profundo y prolongado que sonó extrañamente parecido a una burla.<br />
<br />
—<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¡Ahí está! ¡Ese es el miserable! </span>—chilló Tomoe, alzando la escoba hacia el cielo, aunque la altura del techo dejaba al felino completamente fuera de su alcance—. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ha aprendido a escabullirse entre los estrechos conductos de ventilación y las vigas de los tejados. Si intentas acorralarlo por la calle, se cuela por debajo de las cercas de bambú de los patios traseros. ¡Es inatrapable!</span><br />
<br />
El gato dio un perezoso estiramiento de lomo, arqueando la espina dorsal mientras sus garras se afilaban contra las tejas, dejando surcos visibles en la arcilla cocida. De un salto ágil y silencioso, la criatura descendió hacia un alféizar inferior y, con la destreza propia de un cazador acostumbrado a las sombras de Kiri, se desvaneció tras una cortina de ropa tendida que flameaba con la brisa salada. El balanceo de las sábanas de lino blanco y el vuelco de un cubo de madera vacío al final del corredor eran las únicas pistas del rumbo que acababa de tomar.<br />
<br />
El pasadizo al que acababa de escapar el felino era sumamente estrecho, con apenas medio metro de ancho entre dos viviendas de dos plantas, abarrotado de barriles de agua de lluvia, cuerdas para secar pescado y redes apiladas. El hedor a desperdicio se volvía más denso hacia el fondo de ese intrincado pasaje urbano.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[El sol estival apenas lograba abrirse paso a través del denso manto salobre que flotaba sobre los pasajes de la Zona Residencial de Kirigakure. El calor de mediados de verano no evaporaba la humedad constante de la aldea; al contrario, convertía el ambiente en una vaporosa sauna donde el olor a madera mojada, salitre y verdín se impregnaba en cada fachada de tablas oscurecidas. Sin embargo, esa mañana en particular, una pestilencia mucho más agria y punzante dominaba la brisa entre las estrechas avenidas del distrito.<br />
<br />
En la intersección que separaba las hileras de viviendas compactas del canal secundario, la escena era un auténtico caos de desperdicios. Varios sacos de arpillera gruesa yacían desgarrados sobre los adoquines húmedos, dejando al descubierto vísceras de pescado en descomposición, cáscaras de verduras reblandecidas y restos de arroz echado a perder. Manchas de grasa oscura dibujaban senderos irregulares sobre la piedra pulida, mientras enjambres de moscas revoloteaban sobre el reguero de basura que se extendía a lo largo de más de diez metros, bloqueando las entradas de madera y salpicando los zócalos recién lavados de las casas vecinas.<br />
<br />
—<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¡Maldito animal del demonio! ¡Si le pongo las manos encima juro por los mares que lo haré estofado!</span> —El grito retumbó contra las paredes de yeso y bambú de la calleja.<br />
<br />
Una mujer de edad avanzada, ataviada con un delantal de lino manchado y sosteniendo una escoba de paja rígida entre las manos, descargaba cada barredura con furia contra el suelo. Se trataba de Tomoe, una de las residentes encargadas del mantenimiento de la manzana. Sus brazos nudosos temblaban de indignación mientras intentaba vanamente juntar las entrañas de una caballa que habían sido destripadas y esparcidas contra el marco de su propia puerta. A su lado, un cubo de madera volcado derramaba un charco de agua jabonosa sobre la calzada.<br />
<br />
Tomoe se detuvo un instante para secarse el sudor del rostro con el reverso del antebrazo, dejando ver la profunda frustración grabada en los surcos de sus facciones. Al percatarse de la presencia del shinobi enviado para atender el reporte, la mujer clavó el mango de la escoba en la juntura de los adoquines con un golpe seco.<br />
<br />
—¿<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ves este desastre? ¡Míralo bien! </span>—señaló con un índice deformado por la artritis hacia una ristra de bolsas de tela mordisqueadas y rasgadas con precisión casi quirúrgica—.<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b"> ¡Tres días seguidos! Todas las mañanas, justo antes de que pase el carro de recolección de los muelles, ese engendro pulgoso baja de los tejados, rompe las ataduras de atando y desperdicia la comida que ni siquiera se va a comer solo para desparramarla por toda la calle. ¡Los vecinos ya no pueden ni abrir las ventanas al amanecer por culpa del hedor!</span><br />
<br />
Como si hubiese sido invocado por los insultos, un chasquido suave resonó sobre las tejas de arcilla del alero superior.<br />
<br />
Un felino de tamaño considerable, con el pelaje atigrado en tonos grisáceos y manchado de hollín, permanecía echado sobre la cornisa de madera. Tenía la oreja izquierda partida por una vieja cicatriz y un ojo entrecerrado con aires de absoluta indiferencia. Entre sus fauces sostenía la cabeza entera de un salmón seco, goteando grasa directamente sobre el limpio umbral que la anciana acababa de intentar limpiar.<br />
<br />
El animal realizó un leve movimiento de cola, un látigo lento y rítmico, mientras clavaba su pupila dorada sobre Kishue. No mostraba el menor indicio de temor ante la presencia shinobi. Con una parsimonia exasperante, el felino abrió la boca y dejó caer la cabeza de pescado desde la altura —la cual impactó contra la piedra con un golpe húmedo y sordo— antes de soltar un maullido áspero, profundo y prolongado que sonó extrañamente parecido a una burla.<br />
<br />
—<span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">¡Ahí está! ¡Ese es el miserable! </span>—chilló Tomoe, alzando la escoba hacia el cielo, aunque la altura del techo dejaba al felino completamente fuera de su alcance—. <span style="font-weight: bold;" class="mycode_b">Ha aprendido a escabullirse entre los estrechos conductos de ventilación y las vigas de los tejados. Si intentas acorralarlo por la calle, se cuela por debajo de las cercas de bambú de los patios traseros. ¡Es inatrapable!</span><br />
<br />
El gato dio un perezoso estiramiento de lomo, arqueando la espina dorsal mientras sus garras se afilaban contra las tejas, dejando surcos visibles en la arcilla cocida. De un salto ágil y silencioso, la criatura descendió hacia un alféizar inferior y, con la destreza propia de un cazador acostumbrado a las sombras de Kiri, se desvaneció tras una cortina de ropa tendida que flameaba con la brisa salada. El balanceo de las sábanas de lino blanco y el vuelco de un cubo de madera vacío al final del corredor eran las únicas pistas del rumbo que acababa de tomar.<br />
<br />
El pasadizo al que acababa de escapar el felino era sumamente estrecho, con apenas medio metro de ancho entre dos viviendas de dos plantas, abarrotado de barriles de agua de lluvia, cuerdas para secar pescado y redes apiladas. El hedor a desperdicio se volvía más denso hacia el fondo de ese intrincado pasaje urbano.]]></content:encoded>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[[Autonarrada D] Chequeo de Tuberias]]></title>
			<link>https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14893</link>
			<pubDate>Mon, 14 Sep 2026 09:43:08 -0600</pubDate>
			<dc:creator><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/member.php?action=profile&uid=755">Kishue</a>]]></dc:creator>
			<guid isPermaLink="false">https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14893</guid>
			<description><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14858" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Chequeo de Tuberías</a><hr class="mycode_hr" />
La misión comenzó antes de que Kishue estuviera completamente despierto. Su madre abrió la puerta de la habitación, anunció que ya era tarde y dejó el comunicado sobre una mesa cercana antes de retirarse. Él tardó algunos segundos en recordar que, cuando ella afirmaba que eran las siete de la mañana, normalmente significaba que apenas pasaban de las cinco. La claridad grisácea que entraba por la ventana confirmó la sospecha.<br />
<br />
Kishue se incorporó todavía envuelto en la manta y leyó el documento con los ojos entrecerrados. El ayuntamiento solicitaba su presencia para colaborar con una inspección del sistema de drenaje de Kirigakure. No mencionaba criminales, desaparecidos ni amenazas inmediatas. Solamente aparecían el nombre de Aiko Hozuki, varias rutas hidráulicas y una advertencia sobre la duración probable del trabajo.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, creo que hoy conoceremos la parte de la aldea que nadie presume durante las visitas oficiales.</span><br />
<br />
La esfera donde transportaba a su compañero permaneció junto al resto de sus pertenencias. Kishue interpretó el silencio como una falta absoluta de entusiasmo. Después de vestirse, aseguró la esfera entre sus ropas y bajó a desayunar. Su madre había preparado arroz, pescado y suficiente comida adicional para que pudiera llevar una parte consigo. También había colocado sobre una silla unas prendas viejas que, según explicó, podían sacrificarse en caso de que la misión cumpliera con lo que prometía.<br />
<br />
Kishue observó la camisa remendada, luego su ropa habitual y finalmente el comunicado.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Todavía existe la posibilidad de que las alcantarillas estén perfectamente limpias.</span><br />
<br />
Su madre respondió que también existía la posibilidad de que él regresara sin ensuciar la entrada, pero ninguna de las dos merecía demasiada confianza. Kishue aceptó las prendas viejas y guardó la comida. Antes de marcharse, prometió dejar cualquier herramienta contaminada fuera de casa y no utilizar el fregadero de la cocina para lavar aquello que encontrara bajo las calles.<br />
<br />
Kirigakure amanecía cubierta por una niebla ligera. La humedad se había depositado sobre los tejados y las piedras, dejando una película brillante que convertía las calles en un recordatorio constante de por qué el drenaje resultaba importante. El cielo permanecía cubierto, aunque todavía no llovía. Algunos canales llevaban más agua de lo normal debido a las precipitaciones de los días anteriores.<br />
<br />
Kishue llegó al ayuntamiento poco después de que comenzaran las actividades. Presentó el comunicado en recepción y fue dirigido hacia una sala lateral donde ya habían extendido varios mapas sobre una mesa. Había planos de las calles, dibujos de conductos subterráneos y hojas cubiertas por símbolos que diferenciaban colectores, respiraderos, cámaras de sedimentación y salidas hacia los canales.<br />
<br />
Aiko Hozuki esperaba junto a la mesa. Vestía ropa de trabajo impermeable y llevaba el cabello recogido para impedir que cayera sobre los planos. Tenía varias marcas de tiza en las mangas, una libreta sujeta al cinturón y la expresión de alguien que había explicado demasiadas veces que una tubería no dejaba de existir solo porque nadie pudiera verla.<br />
<br />
No perdió tiempo con una presentación extensa. Confirmó el nombre de Kishue, comprobó que hubiera llevado calzado apropiado y señaló el mapa principal. La red de drenaje de Kirigakure se dividía en diferentes sistemas conectados entre sí. Los canales superficiales recogían el agua de lluvia; las tuberías menores conducían residuos domésticos hacia colectores más amplios, y varias compuertas impedían que la marea devolviera agua hacia las calles.<br />
<br />
—La mayoría de las personas cree que todo corre hacia el mar y desaparece —explicó Aiko mientras recorría una línea del plano con el dedo—. El problema es que las cosas no desaparecen. La grasa se adhiere, la arena se deposita, las raíces encuentran grietas y la basura se acumula donde el agua pierde velocidad. Cuando alguien descubre el resultado, normalmente ya tiene el piso cubierto.<br />
<br />
Kishue se inclinó sobre el mapa. Algunas rutas atravesaban la zona comercial, otras descendían desde los barrios residenciales y varias convergían cerca de un colector construido muchos años atrás. Aiko había marcado cinco puntos de revisión. No todos presentaban fallos confirmados; algunos solo necesitaban mantenimiento preventivo antes de la siguiente temporada de lluvias.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Entonces nuestra misión consiste en encontrar problemas antes de que empiecen a flotar dentro de una casa.</span><br />
<br />
—Exactamente. Y si algo ya está flotando, quiero saber por qué.<br />
<br />
La primera parte del recorrido se realizaría sobre la superficie. Revisarían rejillas, pendientes y canales abiertos. Después descenderían por un acceso municipal para inspeccionar las cámaras internas. La última etapa dependería de la marea. Si el nivel exterior descendía lo suficiente, podrían comprobar las compuertas cercanas al mar sin que la corriente dificultara demasiado el trabajo.<br />
<br />
Aiko abrió un armario y le entregó guantes, una máscara de tela gruesa y un cinturón de herramientas. Había ganchos, cepillos metálicos, una pequeña palanca, tiza, cuerda encerada y varias tiras de madera graduadas para medir la profundidad del sedimento. Kishue examinó cada pieza antes de colocársela. Las nudilleras kunai permanecieron guardadas; difícilmente podría solucionar una obstrucción amenazándola con un arma.<br />
<br />
—Las marcas rojas indican daños que requieren una cuadrilla —continuó Aiko—. Las blancas señalan limpieza pendiente. Si encontramos una grieta, no la golpees para comprobar su resistencia. Si algo está atascado, no tires hasta que sepamos qué retiene. Y si digo que salgas del agua, sales.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Eso último sonó sospechosamente dirigido a mí.</span><br />
<br />
—Leí tu expediente.<br />
<br />
Kishue no encontró una respuesta capaz de mejorar su posición. Recogió una cesta con herramientas adicionales y siguió a Aiko fuera del ayuntamiento. La Hozuki llevaba el plano doblado dentro de una funda impermeable, aunque parecía conocer cada ruta sin necesidad de consultarlo. Durante el camino señaló pequeñas aberturas que Kishue había cruzado cientos de veces sin prestarles atención.<br />
<br />
Los primeros canales eran poco profundos y discurrían junto a los bordes de las calles. Pequeñas pendientes conducían el agua hacia rejillas de piedra o hierro. Aiko explicaba qué zonas recibían sedimentos procedentes de los caminos, cuáles acumulaban hojas y cuáles se contaminaban con desperdicios de los negocios cercanos. Kishue escuchaba mientras observaba la dirección del agua.<br />
<br />
La primera revisión ocurrió frente a una hilera de viviendas. A simple vista, el canal funcionaba. Una corriente fina avanzaba hacia la rejilla y desaparecía sin formar charcos. Aiko introdujo una de las tiras graduadas entre los barrotes y la retiró cubierta por una capa oscura. Existía sedimento en el fondo, pero todavía no alcanzaba un nivel preocupante.<br />
<br />
Kishue se agachó y acercó el oído. Podía escuchar la caída del agua debajo de la superficie y distinguir que continuaba avanzando. Su oído desarrollado no convertía cada tubería en un mapa, pero le permitía reconocer diferencias entre un flujo libre y otro obligado a pasar por un espacio estrecho.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">El agua golpea algo después de la caída. No parece completamente bloqueado, pero el sonido se divide.</span><br />
<br />
Aiko retiró la rejilla con ayuda de la palanca. Debajo encontraron dos conductos: uno principal y una derivación más pequeña. Un trozo de tela se había enganchado en la entrada lateral, reduciendo parcialmente el paso. Kishue utilizó el gancho para retirarlo. La tela salió acompañada por hojas, cabellos y una cantidad de barro que parecía excesiva para una abertura tan pequeña.<br />
<br />
La Hozuki observó cómo cambiaba el sonido del agua y anotó el hallazgo. Aquella obstrucción no habría provocado una inundación inmediata, pero podía crecer durante semanas hasta bloquear la derivación. Kishue limpió los bordes, volvió a colocar la rejilla y marcó el punto en el plano.<br />
<br />
El recorrido continuó hacia la zona comercial. Conforme se acercaban al mercado, el olor del pescado, las especias y el aceite cocinado desplazó temporalmente el aroma de los canales. Había vendedores preparando sus puestos, trabajadores descargando cajas y clientes intentando llegar antes de que los mejores productos desaparecieran. El agua circulaba entre todos ellos arrastrando pequeñas cantidades de suciedad.<br />
<br />
Aiko se detuvo antes de llegar a la sección de pescaderías. Una fila de charcos ocupaba el borde de la calle, aunque la pendiente debía conducirlos hacia una rejilla cercana. El agua se movía con tanta lentitud que varias escamas de pescado permanecían flotando sin ser arrastradas.<br />
<br />
—Aquí tenemos quejas desde hace tres días —dijo Aiko—. Los comerciantes aseguran que limpian sus puestos. El drenaje asegura algo distinto.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Nunca había conocido una tubería capaz de presentar testimonio.</span><br />
<br />
—Las tuberías no mienten. Las personas que arrojan grasa dentro de ellas sí.<br />
<br />
Kishue dejó la cesta a un lado y examinó la rejilla. Alrededor de los barrotes se había formado una masa compuesta por escamas, cuerdas finas, algas y restos de embalaje. Aquello explicaba parte del problema, pero no todo. Después de retirar la capa superior, el agua siguió bajando con lentitud.<br />
<br />
Uno de los vendedores se acercó para informar que la rejilla había sido limpiada la tarde anterior. Afirmó que los negocios cercanos utilizaban cestas para retener desperdicios y sugirió que el problema debía encontrarse dentro del sistema municipal. Aiko no discutió. Le pidió que mostrara las cestas empleadas y comprobó que existían, aunque varias tenían agujeros demasiado amplios para detener las escamas pequeñas.<br />
<br />
Kishue levantó la rejilla. El olor aumentó inmediatamente y consiguió que dos clientes cambiaran de dirección. Debajo había una cámara rectangular donde el agua debía depositar los sólidos más pesados antes de continuar. La cámara se encontraba casi llena. Una capa compacta de arena, espinas, grasa y materia orgánica había reducido el espacio disponible.<br />
<br />
La limpieza no requería técnicas ninja. Requería paciencia, cubetas y aceptar que los guantes no protegerían del olor. Kishue introdujo una pala estrecha en la cámara y comenzó a retirar el sedimento. Cada carga era depositada dentro de un recipiente sellado que Aiko había solicitado a los comerciantes.<br />
<br />
Al principio, varios vendedores observaron desde una distancia prudente. Cuando comprendieron que la obstrucción estaba compuesta principalmente por residuos producidos en sus puestos, dejaron de ofrecer opiniones. Aiko aprovechó el silencio para explicar cómo debían separar la grasa, colocar filtros más finos y evitar barrer desperdicios hacia el canal.<br />
<br />
Kishue continuó trabajando mientras el agua recuperaba lentamente su nivel. Encontró anzuelos sin punta, trozos de madera, una cuchara doblada y una pequeña figura tallada con forma de barco. Limpió esta última con agua y la colocó sobre el borde de la rejilla. Un niño que observaba desde uno de los puestos la reconoció de inmediato.<br />
<br />
El pequeño explicó que el juguete había caído al canal durante la lluvia y que su madre le había prohibido acercarse para recuperarlo. Kishue le entregó la figura después de comprobar que no tuviera bordes peligrosos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Tu barco sobrevivió tres días en una alcantarilla. Creo que se ganó el derecho de navegar únicamente dentro de una palangana.</span><br />
<br />
El niño aceptó la condición con una seriedad que provocó algunas risas alrededor. Su madre agradeció la devolución y prometió mantenerlo lejos de las rejillas. Kishue regresó a la cámara, donde todavía quedaban varios centímetros de sedimento por retirar.<br />
<br />
La última parte de la obstrucción resultó más resistente. Había una cuerda gruesa enrollada alrededor de una barra interior. La grasa y las algas la habían convertido en el centro de una masa compacta. Kishue intentó liberarla con el gancho, pero apenas consiguió moverla.<br />
<br />
Recordó la advertencia de Aiko y no tiró inmediatamente con toda su fuerza. Primero palpó la cuerda, comprobó hacia dónde continuaba y descubrió que uno de sus extremos se introducía en el conducto de salida. Si la arrancaba sin cuidado, podía dejar parte dentro o dañar la unión.<br />
<br />
Aiko cerró temporalmente la entrada del canal mediante una pequeña compuerta. Con menos agua ingresando, Kishue pudo introducir ambos brazos en la cámara y desenredar la cuerda alrededor de la barra. Cortó las secciones demasiado deterioradas y retiró el resto poco a poco. La masa salió completa, acompañada por un ruido húmedo que nadie alrededor recibió con entusiasmo.<br />
<br />
Cuando abrieron nuevamente el paso, el agua descendió con rapidez. Los charcos comenzaron a vaciarse y la corriente arrastró las últimas escamas hacia la cesta recién instalada. Aiko midió el nivel, revisó la unión y anotó que la cámara necesitaba una limpieza mensual mientras permaneciera cerca de las pescaderías.<br />
<br />
Kishue se incorporó con las mangas mojadas y observó los recipientes llenos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, si alguna vez vuelvo a quejarme del olor de tu comida, recuérdame esta mañana.</span><br />
<br />
Aiko no preguntó por qué hablaba con una esfera escondida entre sus ropas. Probablemente el expediente también contenía esa explicación. Se limitó a entregarle un paño y continuar hacia el siguiente punto.<br />
<br />
El segundo sector se encontraba en una zona residencial construida sobre una pendiente moderada. Allí las tuberías recogían agua de patios, tejados y pequeños lavaderos. Varias viviendas compartían una derivación que desembocaba en un colector situado más abajo. La queja principal provenía de una casa donde el agua regresaba por el desagüe durante las lluvias fuertes.<br />
<br />
La propietaria los recibió en el patio. Era una mujer mayor que había colocado varios ladrillos alrededor de una abertura para impedir que el agua sucia alcanzara la puerta. Explicó que el problema aparecía únicamente durante las tormentas. El resto del tiempo, el desagüe funcionaba con lentitud, pero sin desbordarse.<br />
<br />
Aiko pidió permiso para probar la línea. Uno de los vecinos abrió el agua de un lavadero situado más arriba, mientras Kishue observaba la abertura. El nivel subió casi inmediatamente y tardó demasiado en descender. Había un bloqueo parcial después de la conexión.<br />
<br />
La ruta podía revisarse mediante una tapa de mantenimiento situada en un callejón. Kishue y Aiko trasladaron las herramientas hasta allí. La abertura era lo bastante grande para que una persona descendiera, aunque el conducto posterior obligaba a avanzar agachado. Aiko aseguró una cuerda alrededor de un soporte y comprobó la lámpara.<br />
<br />
—Yo entraré primero hasta la cámara. Tú bajarás después. No te transformes dentro de un espacio estrecho sin comprobar que la aleta tenga sitio.<br />
<br />
Kishue levantó una mano hacia su espalda, como si necesitara confirmar que la aleta todavía no hubiera aparecido.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Eso solo ocurrió una vez.</span><br />
<br />
—El expediente dice dos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">El segundo lugar parecía más grande desde afuera.</span><br />
<br />
Aiko descendió sin comentar la explicación. Kishue la siguió después de asegurar a Mekka y ajustar la máscara. El aire bajo la calle era húmedo y cálido. La lámpara proyectaba sombras sobre paredes de ladrillo cubiertas por una película oscura. El agua alcanzaba apenas sus tobillos, pero avanzaba en la dirección correcta.<br />
<br />
La cámara principal permitía permanecer de pie. Desde allí partían tres conductos menores. Aiko vertió una pequeña cantidad de tinte mineral no tóxico en la entrada correspondiente a la vivienda y esperó. El color apareció por uno de los laterales, avanzó unos centímetros y se arremolinó antes de continuar.<br />
<br />
Kishue acercó el oído a la pared. Escuchó el agua procedente de los lavaderos, un goteo constante y un roce irregular detrás de los ladrillos. El sonido no provenía únicamente del flujo; algo se movía ligeramente cada vez que aumentaba la presión.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Hay algo flexible dentro. El agua lo empuja, se abre un poco y vuelve a cerrarse.</span><br />
<br />
Aiko introdujo una varilla por el conducto. Encontró resistencia a poco más de un brazo de distancia. La punta regresó cubierta por fibras vegetales. Alguna raíz había penetrado a través de una junta y atrapado otros residuos.<br />
<br />
El conducto era demasiado estrecho para Kishue en su forma normal. Transformarse no solucionaría ese problema. Aiko colocó una herramienta cortante en el extremo de varias varillas conectables. Kishue debía introducirla, girarla y extraer las raíces sin romper la tubería.<br />
<br />
El trabajo exigía más precisión que fuerza. Kishue empujó hasta sentir el contacto, giró lentamente y escuchó cómo las fibras se tensaban. La primera extracción produjo un manojo pequeño. La segunda sacó raíces mezcladas con cabello y tela. Después de varios intentos, el agua teñida comenzó a circular con mayor velocidad.<br />
<br />
No obstante, una raíz más gruesa permanecía adherida a la junta. Aiko explicó que cortarla resolvería el bloqueo, pero la planta volvería a crecer. Necesitaban identificar desde dónde ingresaba y marcar la sección para sustituirla posteriormente.<br />
<br />
Kishue avanzó por el conducto lateral hasta donde el espacio se lo permitió. El agua le cubría los antebrazos mientras examinaba la unión. Encontró una fisura fina entre dos piezas de cerámica. No amenazaba con derrumbarse, pero bastaba para permitir la entrada de raíces.<br />
<br />
Aiko trazó una marca roja alrededor de la junta y anotó la distancia desde la cámara. Después entregó a Kishue una pequeña sierra curva. Él cortó la raíz principal sin dañar el borde y retiró el resto con la varilla.<br />
<br />
La corriente cambió de inmediato. El nivel acumulado descendió y un volumen mayor de agua atravesó la cámara. Kishue mantuvo las manos apartadas hasta comprobar que ninguna herramienta hubiera quedado dentro. Aiko repitió la prueba con el tinte y observó cómo desaparecía por la salida sin formar remolinos.<br />
<br />
Regresaron al patio para confirmar el resultado. El desagüe recibió una nueva descarga desde los lavaderos superiores y esta vez no devolvió agua. La propietaria retiró uno de los ladrillos colocados alrededor y agradeció el trabajo. Aiko le explicó que la reparación era temporal hasta reemplazar la sección fracturada.<br />
<br />
La mujer quiso ofrecerles té. Aiko rechazó con educación porque todavía tenían demasiados puntos pendientes. Kishue aceptó un recipiente de agua para lavarse las manos, aunque descubrió que el olor persistía incluso después de utilizar jabón.<br />
<br />
Antes de marcharse, la propietaria señaló una esquina del patio donde la humedad había debilitado parte de una pared baja. No pertenecía al sistema municipal, pero podía empeorar si el desagüe volvía a fallar. Kishue movió dos piedras pesadas para liberar la base y ayudó a colocar una tabla provisional que mantendría el área estable hasta que llegara un albañil.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">No arreglará la pared, pero evitará que se rinda antes de que venga alguien que sepa hacerlo.</span><br />
<br />
Aiko observó la solución y añadió una nota independiente. La misión trataba sobre drenajes, pero un informe útil debía incluir daños relacionados. Ignorar la pared porque no figuraba en el recorrido solamente obligaría a otra persona a descubrirla después.<br />
<br />
Continuaron hacia una cámara de sedimentación situada bajo una pequeña plaza. A esa hora, el mercado ya estaba lleno y el sol apenas conseguía atravesar las nubes. Kishue comenzaba a sentir el peso de las herramientas y el trabajo acumulado, aunque el día todavía no había alcanzado la mitad.<br />
<br />
La cámara se revisaba desde una tapa circular. Aiko pidió ayuda a dos trabajadores municipales para levantarla y colocó barreras alrededor de la abertura. No podían permitir que un peatón distraído terminara participando en la inspección de manera involuntaria.<br />
<br />
Un olor intenso salió del acceso. Kishue ajustó la máscara y descendió por una escalera metálica. Aiko permaneció arriba durante los primeros minutos para controlar la cuerda y registrar las mediciones. La cámara tenía un fondo amplio diseñado para recibir arena y partículas pesadas. El agua debía atravesar una abertura superior mientras los sedimentos quedaban debajo.<br />
<br />
Kishue introdujo la vara graduada. El material acumulado alcanzaba una altura mayor de la recomendada, aunque todavía no bloqueaba la salida. Aiko le indicó que tomara muestras de tres puntos distintos. Él llenó pequeños recipientes, los cerró y los envió hacia la superficie mediante una cuerda.<br />
<br />
Entre el sedimento había cantidades inusuales de una sustancia rojiza. No parecía sangre ni óxido. Cuando Kishue la removió, el agua adquirió una tonalidad púrpura antes de diluirse. El olor era diferente al de los residuos habituales: acre, ligeramente dulce y parecido al de ciertas telas recién teñidas.<br />
<br />
Aiko descendió para examinarlo. Frotó una pequeña muestra entre los guantes y confirmó que se trataba de pigmento. Algún negocio estaba vertiendo agua de tintura en una línea no preparada para recibirla. La sustancia se adhería a las paredes y podía reaccionar con otros residuos.<br />
<br />
—No seguiremos la ruta programada todavía —decidió—. Si encontramos el ingreso mientras el color continúa visible, podremos identificar la conexión.<br />
<br />
Kishue observó los tres conductos que alimentaban la cámara. Uno presentaba manchas púrpuras más intensas. Acercó el rostro sin retirar la máscara y trató de distinguir el olor. La corriente llegaba por intervalos, como si alguien vaciara recipientes separados.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Viene de la derecha. Hay otra descarga cada pocos minutos.</span><br />
<br />
Aiko consultó el plano. Aquella derivación atravesaba una calle de talleres, varios lavaderos y un almacén. Regresaron a la superficie, cerraron la cámara y siguieron la ruta sobre el terreno. Kishue examinaba las rejillas mientras Aiko comprobaba los permisos de los negocios.<br />
<br />
El primer taller utilizaba tintes verdes, pero almacenaba el agua residual en barriles sellados. El segundo trabajaba únicamente con madera. En el tercero encontraron gotas púrpuras cerca de una salida posterior. Un hilo de agua coloreada se desplazaba hacia el canal.<br />
<br />
La propietaria del negocio salió al escuchar a Aiko. Se trataba de una tintorería pequeña, con telas extendidas bajo un techo de madera. La mujer aseguró que conocía las normas y mostró los recipientes donde debía almacenarse el agua utilizada. Todos estaban llenos y correctamente cerrados.<br />
<br />
El origen apareció cuando un aprendiz regresó desde la parte trasera cargando un balde vacío. La expresión del joven cambió al encontrar a los inspectores junto al canal. Había vaciado varias cubetas porque los recipientes de almacenamiento estaban completos y temía que detener el trabajo provocara una reprimenda.<br />
<br />
Aiko no levantó la voz. Le pidió explicar exactamente qué sustancias había vertido, cuánta cantidad y durante cuánto tiempo. El joven respondió con creciente vergüenza. No se trataba de un producto altamente tóxico, pero podía dañar el sistema si se mezclaba con limpiadores fuertes.<br />
<br />
La propietaria cerró temporalmente la producción y se comprometió a contratar la retirada adecuada de los residuos. Aiko registró la infracción y dejó instrucciones precisas. Kishue observó al aprendiz, quien parecía esperar una sanción inmediata o una larga reprimenda.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">La próxima vez que un recipiente esté lleno, el problema no desaparece porque lo vacíes donde nadie está mirando. Solo viaja debajo de los pies de todos hasta que alguien tenga que meterse a buscarlo.</span><br />
<br />
No necesitó añadir que ese alguien había sido él. Las manchas sobre sus guantes servían como demostración suficiente. El joven ayudó a colocar una barrera absorbente en la salida y entregó información sobre cada pigmento utilizado.<br />
<br />
Aiko solicitó arena limpia, carbón y varias telas gruesas. Con esos materiales prepararon un filtro provisional en el canal antes de la conexión principal. No eliminaría toda la sustancia, pero retendría parte del pigmento mientras el agua restante se diluía. La tintorería tendría que reemplazar los materiales y entregarlos para su disposición adecuada.<br />
<br />
La investigación consumió más tiempo del esperado. Cuando terminaron, el mediodía había llegado y Kishue podía escuchar su estómago por encima de algunos desagües. Aiko consultó el cielo, calculó la marea y aceptó una pausa breve antes de entrar en los colectores profundos.<br />
<br />
Se sentaron bajo el techo de un pequeño puesto cerrado. Kishue abrió la comida preparada por su madre y encontró porciones suficientes para compartir. Le ofreció una a Aiko, quien había llevado únicamente una barra compacta de provisiones y una botella de agua.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mi madre prepara cada misión como si existiera la posibilidad de que adopte a tres compañeros hambrientos durante el camino.</span><br />
<br />
—Después de verte desayunar en el ayuntamiento, entiendo su preocupación.<br />
<br />
Kishue decidió interpretar aquello como una aceptación. Comieron mientras revisaban el mapa. Aiko reorganizó la ruta debido al tiempo perdido en la tintorería. Podían omitir dos rejillas que habían sido inspeccionadas recientemente, pero no debían saltarse el colector central ni las compuertas marítimas.<br />
<br />
La Hozuki explicó que el colector central era una construcción antigua, ampliada en diferentes épocas. Algunas paredes estaban hechas de piedra; otras, de ladrillo y mortero. Las secciones más nuevas tenían pasarelas de mantenimiento. En las antiguas, cualquier inspección requería caminar dentro del agua.<br />
<br />
—La corriente puede aumentar sin aviso —advirtió—. Los lavaderos, baños y depósitos descargan por horarios distintos. Además, si comienza a llover, toda la red superficial enviará agua hacia abajo. Permanecerás unido a la línea de seguridad.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Puedo respirar bajo el agua.</span><br />
<br />
—Las piedras no necesitan respirar para romperte una pierna.<br />
<br />
Kishue masticó el último trozo de pescado mientras consideraba la respuesta. Aiko no parecía impresionada por sus ventajas acuáticas, pero tampoco las ignoraba. Simplemente se negaba a confundir una capacidad útil con permiso para actuar sin precauciones.<br />
<br />
Después de la pausa regresaron a la cámara de sedimentación. Esta vez una pequeña cuadrilla municipal los acompañó con una bomba manual y recipientes. Kishue descendió para remover el material mientras los trabajadores lo extraían desde arriba. El pigmento había comenzado a diluirse y la barrera instalada evitaba nuevas descargas.<br />
<br />
La limpieza duró casi una hora. Kishue llenó cubetas con arena, barro y residuos compactados. Encontró varios objetos irreconocibles y una moneda tan desgastada que apenas conservaba sus marcas. Aiko la registró junto con el resto, aunque su valor probablemente era menor que el esfuerzo necesario para limpiarla.<br />
<br />
Cuando la vara graduada alcanzó el fondo original, enjuagaron las paredes con una cantidad controlada de agua. La cámara recuperó su profundidad y el flujo atravesó la salida sin arrastrar sedimentos. Los trabajadores cerraron la tapa y retiraron las barreras.<br />
<br />
Kishue aprovechó una fuente cercana para limpiar parte del barro de su ropa. El resultado fue limitado. Sus botas conservaban una capa oscura, las mangas estaban manchadas de púrpura y el cabello comenzaba a absorber el olor de los conductos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, cuando regresemos, tú vas a explicar por qué huelo así.</span><br />
<br />
Aiko guardó la libreta.<br />
<br />
—¿El pez suele aceptar responsabilidades?<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">No, pero tampoco puede contradecirme delante de mi madre.</span><br />
<br />
El acceso al colector central se encontraba dentro de una caseta municipal cerrada. Aiko utilizó una llave marcada y comprobó un registro antes de abrir. En la pared había placas con fechas de inspección, niveles máximos y accidentes ocurridos durante años anteriores. Kishue leyó algunas mientras ella preparaba las líneas de seguridad.<br />
<br />
Una placa recordaba que tres trabajadores habían quedado atrapados durante una inundación repentina. Otra señalaba la altura alcanzada por el agua durante una tormenta especialmente fuerte. Las marcas superaban la cabeza de Kishue. Aquello explicaba por qué Aiko insistía tanto en la cuerda.<br />
<br />
Ambos colocaron arneses sencillos. Las líneas se conectaban a un cable que recorría la pasarela interna y permitía avanzar sin perder completamente el anclaje. También llevaban lámparas, herramientas y una campana pequeña para comunicarse si el ruido del agua impedía escucharse.<br />
<br />
La escalera descendía más profundamente que las anteriores. El aire se volvió frío conforme se alejaban de la superficie. Al llegar abajo, Kishue encontró un corredor abovedado dividido por un canal central. Una pasarela estrecha ocupaba uno de los lados. El agua se movía con una fuerza constante y reflejaba la luz de las lámparas.<br />
<br />
Aiko señaló una marca blanca en la pared. El nivel actual permanecía bastante por debajo, lo cual facilitaba la inspección. Aun así, la corriente bastaba para arrastrar herramientas si caían. Kishue aseguró cada objeto antes de comenzar.<br />
<br />
Recorrieron primero la pasarela. Aiko examinaba el mortero, buscaba grietas y golpeaba suavemente algunas piedras con una herramienta pequeña para escuchar si existían espacios vacíos detrás. Kishue prestaba atención al agua. Su oído detectaba variaciones producidas por entradas laterales y obstáculos.<br />
<br />
El primer defecto era superficial. Parte del mortero se había desprendido entre dos ladrillos, pero la piedra interior continuaba estable. Aiko trazó una marca roja y anotó la posición. El segundo era una acumulación de minerales alrededor de una filtración fina. No amenazaba la estructura, aunque indicaba que el agua atravesaba desde el terreno exterior.<br />
<br />
Kishue utilizó el cepillo metálico para limpiar la superficie. Debajo de los depósitos apareció una fisura corta. Aiko midió su longitud y colocó dos marcas en los extremos. Si crecía antes de la próxima inspección, necesitarían abrir la pared y revisar la presión exterior.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">¿Cuántas grietas pequeñas hacen falta para convertir una pared en un problema grande?</span><br />
<br />
—Una sola, si está en el lugar correcto. Cientos, si no avanzan y la estructura distribuye bien la carga. Por eso medimos antes de asustarnos.<br />
<br />
Continuaron. El conducto se dividía más adelante. Una rama recibía agua de los barrios altos; otra, de la zona comercial. Aiko pidió silencio durante varios segundos. Kishue cerró los ojos y escuchó.<br />
<br />
El flujo de la izquierda era uniforme. El de la derecha presentaba golpes intermitentes, como si algo pesado chocara contra la pared y después regresara. No era el sonido de una compuerta. Parecía un objeto atrapado que se movía con cada aumento de corriente.<br />
<br />
Bajaron desde la pasarela mediante una escalera corta. El agua alcanzó las rodillas de Kishue y empujó sus piernas hacia el centro. Aiko permaneció cerca del borde mientras él avanzaba sujeto a la línea.<br />
<br />
El ruido aumentó junto a una abertura lateral protegida por barrotes. Detrás se había atascado parte de una rueda de carro. La madera rota servía como soporte para ramas, tela, papel y otros residuos. Cada descarga empujaba la rueda contra los barrotes y producía el golpe que Kishue había escuchado.<br />
<br />
No podían tirar de ella inmediatamente. La masa retenía una cantidad considerable de agua en el conducto lateral. Si la liberaban de golpe, todo el volumen saldría hacia el colector y podía derribarlos.<br />
<br />
Aiko regresó hasta una compuerta anterior y redujo parcialmente la entrada. El nivel comenzó a descender, aunque el agua atrapada detrás de la rueda permaneció. Kishue examinó la estructura. La pieza principal estaba encajada en diagonal entre dos barrotes.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Puedo romper la madera en partes pequeñas y sacarla sin liberar todo al mismo tiempo.</span><br />
<br />
—Primero retira la basura superficial. Si rompes la rueda mientras las telas siguen sujetas, la presión puede arrancar todo junto.<br />
<br />
Kishue utilizó el gancho para extraer las ramas más cercanas. Cada fragmento retirado permitía que una cantidad pequeña de agua atravesara los barrotes. La presión disminuía poco a poco. Aiko controlaba el nivel mediante una marca temporal y le indicaba cuándo detenerse.<br />
<br />
El trabajo se complicó cuando una sección de tela se soltó y envolvió el gancho. Kishue tiró, pero la corriente arrastró el material hacia el colector y tensó la cuerda de la herramienta. En lugar de soltarla, aseguró los pies y recuperó el gancho centímetro a centímetro.<br />
<br />
La tela resultó ser parte de una lona de carga. Debía haber caído desde alguna calle, atravesado una rejilla dañada y recorrido varios conductos antes de quedar atrapada. Aiko la extendió sobre la pasarela para registrarla. Había un símbolo comercial casi borrado en una esquina.<br />
<br />
Después de retirar la lona, el agua comenzó a pasar entre los radios rotos. Kishue introdujo la palanca y aplicó fuerza de manera gradual. La primera pieza cedió con un crujido. Sacó el radio, después otro y finalmente liberó parte del aro.<br />
<br />
La corriente empujó el resto de la rueda. Kishue la sostuvo contra los barrotes mientras Aiko cerraba un poco más la compuerta. El agua le alcanzaba ahora la cintura y ejercía presión constante sobre su espalda. No necesitaba transformarse todavía, pero sus piernas comenzaban a fatigarse.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, si esto cuenta como pesca, quiero dejar registrado que la presa es horrible.</span><br />
<br />
Aiko escuchó la observación desde la pasarela.<br />
<br />
—Si consigues cocinarla, puedes quedártela.<br />
<br />
Kishue sonrió debajo de la máscara. Cambió el ángulo de la palanca y partió la última sección del aro. La rueda salió en tres partes. El agua retenida atravesó los barrotes con mayor fuerza, pero ya no formó una descarga capaz de derribarlo.<br />
<br />
Cuando el nivel se estabilizó, Kishue retiró los residuos restantes. Encontró un saco vacío, varias cuerdas, ramas y una sandalia. Aiko revisó los barrotes y descubrió que uno estaba doblado hacia dentro. Ese espacio probablemente había permitido el paso de la rueda antes de que quedara encajada.<br />
<br />
La reparación definitiva requería reemplazar la sección. Por el momento, Kishue utilizó una barra de repuesto y alambre grueso para reducir la abertura. La solución impediría que objetos grandes ingresaran hasta que llegara la cuadrilla.<br />
<br />
Aiko abrió nuevamente la compuerta. La corriente aumentó de manera controlada y atravesó la rejilla sin producir golpes. Kishue permaneció dentro del agua durante la prueba. Su línea de seguridad se tensó, pero el flujo no consiguió desplazarlo.<br />
<br />
El problema parecía resuelto hasta que escuchó un sonido diferente detrás de ellos. No provenía del conducto, sino de la pasarela. Una de las cajas de herramientas se había movido debido a la vibración y estaba cerca del borde.<br />
<br />
Kishue se volvió justo cuando cayó. Alcanzó a sujetar una de las asas, pero el peso tiró de su brazo hacia el agua. La tapa se abrió y varias herramientas escaparon. Aiko atrapó dos con el pie; las demás desaparecieron dentro del flujo.<br />
<br />
Entre ellas se encontraba una llave larga utilizada para operar ciertas compuertas. Perderla no bloquearía el sistema, pero dificultaría el resto de la inspección. Kishue siguió el brillo metálico hasta verlo detenerse contra una piedra varios metros más adelante.<br />
<br />
—No cruces por el centro —advirtió Aiko—. La profundidad cambia después de esa marca.<br />
<br />
Kishue examinó el agua. Podía descender y recuperarla con mayor seguridad transformado. Informó su intención antes de soltar las herramientas restantes. Aiko ajustó la línea para ofrecerle más recorrido y comprobó que la esfera de Mekka estuviera protegida fuera del agua.<br />
<br />
La transformación comenzó en sus brazos. La piel adquirió una tonalidad azulada, las escamas aparecieron sobre el torso y las branquias se abrieron a ambos lados del cuello. Sus dientes aumentaron de tamaño y la aleta dorsal surgió a lo largo de su espalda. No apareció ninguna cola; sus piernas conservaron la forma necesaria para caminar y nadar.<br />
<br />
Kishue entró en el canal central. El fondo descendió bruscamente después de la marca, obligándolo a nadar. La corriente lo empujó, pero sus movimientos en el agua resultaban mucho más precisos bajo aquella forma. Se sostuvo de las piedras laterales y avanzó hacia la herramienta.<br />
<br />
El agua estaba turbia. Su vista servía menos que el tacto, por lo que recorrió el fondo con una mano mientras mantenía la otra contra la pared. Encontró primero un cepillo, después una cadena corta y finalmente la llave larga encajada entre dos piedras.<br />
<br />
Cuando intentó retirarla, descubrió que una cuerda se había enrollado alrededor. Tirar directamente habría tensado el nudo. Kishue utilizó una pequeña cuchilla para cortar las fibras y liberar la herramienta.<br />
<br />
La corriente aumentó sin previo aviso. Una descarga procedente de otro conducto elevó el nivel y lo separó de la pared. La línea de seguridad se tensó alrededor de su arnés. Kishue giró para recibir el flujo de frente y protegió la llave contra su pecho.<br />
<br />
Aiko hizo sonar la campana dos veces: señal de regreso inmediato. Kishue no discutió. Utilizó la cuerda como guía, nadó hacia la pasarela y alcanzó la escalera. El agua lo golpeaba contra los peldaños, pero las escamas protegían sus brazos mientras ascendía.<br />
<br />
Salió llevando la llave entre los dientes. Aiko la recibió y comprobó el arnés. Una de las correas se había desplazado, aunque no estaba rota. Esperaron hasta que la descarga disminuyera antes de recuperar el resto de herramientas.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Podía respirar. También podía volver sin que me lo repitieras.</span><br />
<br />
—Por eso hice sonar la campana dos veces y no diez.<br />
<br />
Kishue permitió que la transformación permaneciera activa mientras continuaban. Las escamas resultaban útiles dentro del agua y las branquias eliminaban la preocupación por una inmersión inesperada. Debía inclinarse ligeramente para que la aleta no rozara algunas secciones bajas, pero el colector principal ofrecía suficiente espacio.<br />
<br />
Más adelante encontraron una escalera que conducía hacia una cámara de control. Allí se reunían varias compuertas manuales. Cada una regulaba una ruta distinta y poseía marcas de mantenimiento. Aiko utilizó la llave recuperada para probarlas.<br />
<br />
La primera giró con resistencia, pero completó el recorrido. La segunda se detuvo a mitad del cierre. Kishue examinó el mecanismo y encontró corrosión alrededor del eje. Limpió la superficie con el cepillo y aplicó grasa resistente al agua. Aiko volvió a girar. La compuerta avanzó algunos centímetros adicionales antes de detenerse otra vez.<br />
<br />
Kishue apoyó ambas manos sobre la rueda de control. Su fuerza podía obligarla a moverse, pero Aiko le indicó que esperara. Si el eje estaba torcido, aumentar la presión podía romperlo. Retiraron una cubierta lateral y observaron el engranaje.<br />
<br />
Una piedra pequeña había quedado atrapada entre dos dientes. No era suficiente para romper el metal, pero impedía completar el giro. Kishue la extrajo con una pinza. La compuerta cerró después sin dificultad.<br />
<br />
Aiko anotó la necesidad de reemplazar el lubricante y revisar el sello inferior. Kishue abrió y cerró el mecanismo dos veces para confirmar el movimiento. Cada prueba modificaba el sonido del agua en los conductos cercanos.<br />
<br />
La tercera compuerta presentó un problema diferente. La rueda giraba, pero la hoja no descendía por completo. Aiko sospechó que existía sedimento acumulado en la base. Para comprobarlo necesitaban observar desde el otro lado.<br />
<br />
El acceso obligaba a cruzar un pasaje parcialmente inundado. Kishue avanzó primero transformado, unido a la cuerda. El agua le cubría el pecho y la corriente era menor debido al cierre de las otras rutas. Llegó hasta la base de la compuerta y palpó el espacio.<br />
<br />
Había piedras, arena compactada y un objeto metálico. Kishue retiró primero los sedimentos sueltos. El objeto resultó ser una pequeña caja de herramientas completamente oxidada. Alguien debía haberla perdido durante una inspección anterior.<br />
<br />
La caja no podía atravesar el espacio sin abrirse. Kishue forzó la tapa y descubrió que casi todo el contenido se había convertido en una masa rojiza. Sacó las piezas individualmente y las colocó dentro de una bolsa de red.<br />
<br />
Con el obstáculo retirado, Aiko accionó la compuerta. La hoja descendió hasta la base y el sello detuvo el flujo. Kishue golpeó dos veces la pared para confirmar que podía abrirla. El mecanismo volvió a elevarse.<br />
<br />
Regresó a la cámara cargando la bolsa. Aiko revisó una placa antigua y encontró el registro de una caja extraviada varios años atrás. Su recuperación no tenía valor práctico, pero resolvía una anotación que había permanecido abierta durante demasiado tiempo.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Espero que no descuenten el reemplazo del sueldo de quien la perdió. Ha tenido varios años para preocuparse.</span><br />
<br />
—Se jubiló la primavera pasada.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Entonces podemos decirle que finalmente apareció y arruinarle una tarde tranquila.</span><br />
<br />
Aiko guardó la placa sin sonreír abiertamente, aunque su expresión perdió parte de la rigidez. Terminada la revisión de las compuertas internas, continuaron hacia la salida marítima. El nivel de la marea debía estar descendiendo, pero necesitaban comprobarlo antes de abrir cualquier acceso.<br />
<br />
El camino subterráneo se volvió más ancho y frío. El olor cambió conforme el aire salado ingresaba desde el exterior. Kishue podía escuchar el oleaje detrás de las compuertas de retención. Cada golpe producía una vibración baja en la piedra.<br />
<br />
Aiko señaló varias válvulas instaladas para impedir el retroceso del agua. Funcionaban mediante hojas pesadas que se abrían cuando el flujo salía y se cerraban cuando la marea empujaba desde fuera. Si quedaban atascadas, el agua marina podía ingresar a los colectores.<br />
<br />
La primera válvula se movía correctamente. La segunda abría con lentitud. La tercera permanecía separada de su marco por varios centímetros. Entre ambos se había acumulado una masa de conchas, cuerda y algas secas.<br />
<br />
Kishue intentó retirar los residuos desde el interior. Parte estaba fuera de su alcance y la hoja no podía abrirse lo suficiente. Aiko consultó la tabla de mareas y determinó que tendrían una ventana corta para revisar desde el exterior.<br />
<br />
Subieron por un acceso cercano al borde de uno de los canales. El cielo había oscurecido y el viento anunciaba lluvia. Aiko colocó señales para evitar que alguna embarcación se acercara a la salida mientras Kishue preparaba la cuerda.<br />
<br />
El agua exterior estaba fría, pero su transformación permanecía activa. Kishue aseguró las herramientas dentro de una bolsa y descendió. Las branquias se adaptaron inmediatamente. Bajo la superficie, encontró la abertura cubierta por organismos marinos adheridos a la piedra.<br />
<br />
La válvula problemática tenía varias cuerdas enrolladas alrededor del eje. Una red rota se extendía desde allí hacia unas rocas. Las mareas habían ido tensándola hasta arrastrar algas, conchas y basura contra la hoja.<br />
<br />
Kishue utilizó la cuchilla para cortar la red en secciones. No retiró todo de una vez; cada parte liberada cambiaba la presión sobre el mecanismo. Aiko controlaba la válvula desde dentro y tiraba de la línea para comunicar cuándo se movía.<br />
<br />
La primera sección salió fácilmente. La segunda estaba atrapada debajo de una placa metálica. Kishue introdujo los dedos, arrancó varias conchas y liberó el nudo. Un grupo de peces pequeños escapó desde la red en cuanto el espacio se abrió.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka se habría quejado si dejábamos atrapados a esos.</span> —comentó al salir brevemente para respirar por costumbre, aunque no lo necesitaba.<br />
<br />
Aiko respondió desde el borde.<br />
<br />
—Mekka parece tener opiniones muy convenientes para coincidir siempre contigo.<br />
<br />
Kishue volvió a sumergirse antes de defender la reputación de su compañero. Cortó el último tramo y enrolló la red para impedir que la corriente la llevara nuevamente al conducto. Después utilizó el cepillo metálico sobre el eje.<br />
<br />
Las conchas se desprendían con dificultad. Algunas tenían bordes afilados, pero sus escamas protegían las manos. Kishue limpió el espacio alrededor de la bisagra y empujó la válvula. La hoja se abrió por completo.<br />
<br />
Aiko accionó el flujo desde dentro. El agua del colector salió con fuerza, arrastrando pequeños residuos que Kishue había dejado preparados. Él se apartó hacia un costado y observó cómo funcionaba el cierre cuando la presión disminuía. La hoja regresó hasta el marco, aunque todavía quedaba una separación fina en la parte inferior.<br />
<br />
Kishue palpó la base y encontró un trozo de metal aplanado. Era parte de una abrazadera corroída. Lo extrajo y repitieron la prueba. Esta vez, la válvula cerró completamente.<br />
<br />
El segundo mecanismo lento no tenía redes, pero estaba cubierto por depósitos minerales. Kishue limpió las superficies y aplicó lubricante en el eje siguiendo las instrucciones de Aiko. La movilidad mejoró después de varios ciclos.<br />
<br />
Mientras trabajaba, la corriente exterior comenzó a cambiar. La marea había alcanzado su punto más bajo y pronto regresaría. Aiko hizo sonar la campana para indicar el final de la inspección acuática.<br />
<br />
Kishue recogió las herramientas, aseguró la red retirada y nadó hacia el acceso. Antes de salir observó la línea de compuertas desde el agua. Todas permanecían cerradas contra el marco. No había burbujas ni movimientos que indicaran una filtración significativa.<br />
<br />
Regresó a la superficie y permitió que la transformación comenzara a desaparecer. Las escamas se retrajeron, las branquias se cerraron y la piel recuperó su tonalidad habitual. La aleta dorsal fue lo último en desvanecerse. Kishue se quedó sentado junto al borde durante unos segundos, sintiendo cómo el cansancio se hacía más evidente sin la fuerza adicional de aquella forma.<br />
<br />
Aiko le entregó una manta áspera y revisó las herramientas. Habían recuperado la llave, retirado la red y completado la inspección sin perder nada más. El cielo, sin embargo, estaba cada vez más oscuro.<br />
<br />
La primera gota cayó sobre el plano mientras Aiko lo guardaba. Después llegó otra y, en menos de un minuto, la lluvia comenzó a golpear los tejados y las calles. No era una tormenta severa, pero ofrecía una oportunidad perfecta para comprobar cómo respondía la red después de las limpiezas.<br />
<br />
—Volvemos hacia la zona comercial —decidió Aiko—. Si las rejillas se mantienen libres durante veinte minutos, la cámara debería soportar el aumento.<br />
<br />
Kishue se colocó la ropa impermeable sobre las prendas mojadas. El resultado era absurdo, pero al menos impedía que la lluvia añadiera otra capa de agua fría. Recogió la cesta y siguió a Aiko.<br />
<br />
Los canales superficiales comenzaron a llenarse. El agua descendía desde los tejados, atravesaba las pendientes y desaparecía por las rejillas. En la zona residencial, el desagüe reparado aceptó el flujo sin devolverlo hacia el patio. La propietaria observaba desde su puerta y levantó una mano cuando los vio pasar.<br />
<br />
Aiko midió el nivel junto a la tapa de mantenimiento. Permanecía dentro del margen esperado. La raíz retirada había solucionado el bloqueo inmediato. La reparación definitiva de la junta evitaría que regresara.<br />
<br />
En la siguiente calle, un canal formaba un remolino alrededor de una cesta. Kishue retiró varias hojas y una bolsa de papel antes de que pudieran acumularse. La lluvia convertía objetos insignificantes en obstrucciones móviles. Cada uno viajaba hasta encontrar un barro, una esquina o una rejilla donde detenerse.<br />
<br />
La zona comercial presentaba mayor dificultad. Los vendedores habían comenzado a cubrir sus puestos y algunas cajas vacías quedaron expuestas a la corriente. Una de ellas se desarmó. Las tablas avanzaron hacia el desagüe que Kishue había limpiado durante la mañana.<br />
<br />
Corrió antes de que alcanzaran la rejilla. Detuvo la primera con un pie y atrapó la segunda con la mano. La tercera pasó a su lado, pero Aiko la interceptó utilizando la vara graduada. Los comerciantes aseguraron el resto de las cajas.<br />
<br />
El agua frente a las pescaderías descendía correctamente. Las nuevas cestas retenían las escamas y la cámara recuperada permitía recibir la lluvia. Kishue levantó parcialmente la rejilla para observar el nivel. Se encontraba varios centímetros por debajo del límite.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Parece que la tubería acepta nuestras disculpas por todo lo que sacamos de ella.</span><br />
<br />
—Las tuberías tampoco aceptan disculpas.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Cada vez me agrada menos su personalidad.</span><br />
<br />
La prueba continuó durante quince minutos. El flujo permaneció estable hasta que un ruido de succión irregular apareció bajo otra rejilla. Kishue lo escuchó desde varios pasos de distancia. Se acercó y encontró que el agua bajaba en pulsos.<br />
<br />
Aiko comprobó el plano. Aquella línea conectaba con la cámara central ya limpiada, por lo que el problema debía encontrarse cerca de la superficie. Retiraron la rejilla bajo la lluvia.<br />
<br />
Una bolsa de tela estaba adherida al conducto. El agua la inflaba, encontraba un espacio para pasar y después volvía a cerrarla contra la abertura. Kishue introdujo el gancho y trató de sujetarla. La tela se rasgó.<br />
<br />
El nivel aumentaba alrededor de sus botas. Si la bolsa descendía más, podía quedar fuera del alcance. Kishue dejó el gancho, introdujo el brazo y consiguió agarrar una de las asas. La succión tiró de ella hacia abajo.<br />
<br />
Afirmó los pies y aplicó fuerza. La bolsa salió acompañada por una descarga de agua oscura. Dentro había varias prendas pequeñas, jabón y una piedra utilizada probablemente para mantenerla sumergida durante el lavado. Alguien la había perdido en un canal superior.<br />
<br />
Kishue colocó la bolsa fuera de la lluvia. Ninguna marca permitía identificar al propietario. Aiko la registró como objeto recuperado y revisó el conducto. El flujo se normalizó inmediatamente.<br />
<br />
La lluvia comenzó a disminuir. Los charcos desaparecieron con rapidez y las calles recuperaron su nivel habitual. El sistema no estaba perfecto, pero ninguna de las zonas revisadas había sufrido un desbordamiento. La prueba confirmó que las limpiezas habían servido.<br />
<br />
Todavía quedaba una última inspección cerca de la Academia. Aiko había recibido reportes sobre arena acumulada en un conducto utilizado para drenar uno de los patios de entrenamiento. El sitio quedaba de camino hacia el ayuntamiento, por lo que decidieron revisarlo antes de terminar.<br />
<br />
La Academia estaba casi vacía a aquella hora. Las clases habían concluido y solamente permanecían algunos instructores. El patio mostraba las consecuencias de la lluvia: barro, huellas y pequeños arroyos que descendían hacia los bordes.<br />
<br />
El conducto funcionaba, pero una parte del agua se acumulaba junto a uno de los muros. Kishue siguió la pendiente y encontró una rejilla casi cubierta por arena. Las prácticas constantes removían el suelo y la lluvia trasladaba el material hasta allí.<br />
<br />
Retirar la capa superficial permitió que parte del charco descendiera. Debajo, sin embargo, la cámara contenía más arena compactada. Kishue levantó la rejilla y comenzó otra limpieza con la pala estrecha.<br />
<br />
A diferencia de los residuos del mercado, aquella arena no olía mal. Después del resto del día, Kishue casi la consideró agradable. Sacó varias cubetas y las extendió sobre una lona. Podía reutilizarse en el patio cuando estuviera seca.<br />
<br />
Encontró también tres shuriken de entrenamiento, una venda, dos piedras pintadas y el mango roto de una herramienta. Los objetos metálicos fueron entregados a un instructor. La venda y el mango terminaron entre los residuos.<br />
<br />
Aiko examinó el diseño de la cámara. El borde era demasiado bajo y permitía que la arena entrara directamente. Recomendó elevarlo unos centímetros y colocar una franja de grava que redujera el arrastre desde el patio.<br />
<br />
Kishue utilizó piedras disponibles para formar una barrera provisional. No impediría toda la sedimentación, pero desviaría el agua suficiente hasta que realizaran la modificación. Después vertieron varios baldes sobre la pendiente para probarla.<br />
<br />
El flujo rodeó la franja, dejó parte de la arena entre las piedras y llegó a la rejilla con menos sedimento. Aiko anotó las medidas necesarias. Kishue volvió a colocar la tapa.<br />
<br />
El cielo comenzaba a aclararse hacia el oeste, aunque el día se acercaba a su final. Las nubes se separaban lo suficiente para permitir una luz anaranjada sobre los tejados mojados. Kishue sintió el cansancio acumulado en los brazos, las piernas y la espalda. Había levantado rejillas, retirado sedimentos, nadado contra la corriente y cargado herramientas durante horas.<br />
<br />
Aiko todavía no consideraba terminada la misión. Antes de regresar necesitaban revisar un respiradero situado cerca del colector central. Si estaba bloqueado, los gases podían acumularse dentro de las cámaras.<br />
<br />
El respiradero parecía una pequeña estructura de piedra junto a una pared. Una malla impedía que animales y basura ingresaran. La abertura estaba cubierta por nidos viejos y hojas.<br />
<br />
Kishue retiró el material con cuidado. No encontró huevos ni animales dentro, únicamente ramas secas. Limpió la malla y comprobó que el aire circulara. Aiko utilizó una tira reactiva para confirmar que no hubiera una concentración peligrosa.<br />
<br />
La base de la estructura presentaba musgo y una piedra suelta. Kishue la ajustó sin golpear el resto del muro. Aiko trazó una marca blanca para que una cuadrilla limpiara el musgo y revisara el mortero.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">¿Eso era todo?</span><br />
<br />
Aiko consultó su lista. Recorrió cada punto con un dedo, comprobó las anotaciones y cerró la libreta.<br />
<br />
—Eso era todo lo que podíamos revisar hoy sin empezar una segunda jornada.<br />
<br />
Kishue dejó escapar el aire lentamente. No esperaba sentir tanto alivio al escuchar aquellas palabras. Había participado en misiones físicamente más peligrosas, pero pocas exigían trabajar durante tantas horas sin un enemigo al cual responsabilizar por el cansancio.<br />
<br />
Regresaron al ayuntamiento cargando herramientas, muestras y objetos recuperados. Los recipientes con sedimentos viajaron sellados. La red retirada de las compuertas estaba enrollada y asegurada. La lona, la bolsa de ropa y las piezas de la rueda fueron registradas por separado.<br />
<br />
En la sala de mapas, Aiko extendió nuevamente los planos. Kishue se quitó los guantes y descubrió que sus manos conservaban arrugas por haber permanecido tanto tiempo húmedas. También tenía pequeñas marcas producidas por las herramientas, aunque ninguna herida importante.<br />
<br />
El informe comenzó con la zona residencial. La derivación había sido despejada, pero la junta fracturada requería sustitución. Aiko marcó la reparación como prioritaria antes de que las raíces volvieran a ingresar. También incluyó la pared debilitada del patio para que los responsables municipales avisaran a la propietaria sobre los riesgos.<br />
<br />
La cámara del mercado había sido limpiada completamente. El problema provenía de residuos orgánicos, arena, grasa y una cuerda atrapada alrededor de la barra. Los comerciantes habían recibido instrucciones para instalar filtros más finos y aumentar la frecuencia de limpieza.<br />
<br />
La descarga de pigmento quedó registrada como infracción. La tintorería suspendió el vertido y colocó una barrera provisional. Los recipientes debían ser retirados al día siguiente. Aiko solicitó una nueva muestra de agua para comprobar que no quedaran concentraciones preocupantes.<br />
<br />
El colector central presentaba dos defectos estructurales menores: una sección de mortero desprendido y una fisura con filtración mineral. Ninguno exigía cerrar el conducto de inmediato, pero ambos necesitaban seguimiento. También registraron la rueda rota, la lona y el barrote doblado.<br />
<br />
Las compuertas internas funcionaban después de retirar la piedra, limpiar los engranajes y extraer la caja oxidada. Aiko recomendó reemplazar lubricante y revisar los sellos. Las válvulas marítimas habían recuperado su movilidad tras retirar la red, las conchas y la abrazadera deteriorada.<br />
<br />
Por último, la rejilla de la Academia necesitaba una barrera más alta y una franja permanente de grava. El respiradero debía recibir mantenimiento superficial. La prueba bajo la lluvia confirmó que las zonas limpiadas aceptaban el flujo sin desbordarse.<br />
<br />
Kishue añadió sus propias observaciones. Explicó las diferencias de sonido encontradas en cada bloqueo, el movimiento flexible producido por las raíces y los golpes de la rueda contra los barrotes. También recomendó que futuras inspecciones utilizaran señales auditivas en puntos donde la visibilidad fuera escasa.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">No siempre se puede ver una obstrucción, pero el agua cambia de sonido cuando tiene que rodearla. Si registran cómo suena cada sección cuando está limpia, sería más fácil reconocer una diferencia después.</span><br />
<br />
Aiko consideró la propuesta y la incluyó en el informe. No todas las cuadrillas tendrían el oído de Kishue, pero podían utilizar tubos de escucha o comparar vibraciones desde las tapas de mantenimiento. Una observación práctica podía convertirse en un procedimiento útil.<br />
<br />
El funcionario encargado recibió el documento al anochecer. Revisó las marcas, contó las muestras y confirmó que las reparaciones mayores serían asignadas durante los próximos días. La misión no había descubierto un colapso inminente, pero había evitado varios problemas futuros y localizado una descarga indebida.<br />
<br />
Kishue firmó la sección correspondiente. El funcionario observó su ropa, las manchas púrpuras y el barro adherido a sus botas. Después preguntó si había sufrido alguna lesión.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Solo daños importantes a mi sentido del olfato y a la posibilidad de que mi madre me permita entrar en casa.</span><br />
<br />
Aiko entregó la última muestra.<br />
<br />
—Ambos eran riesgos previstos en el informe inicial.<br />
<br />
El trabajo quedó oficialmente completado. Kishue ayudó a devolver las herramientas limpias al armario y separó aquellas que necesitaban desinfección. La caja oxidada permaneció sobre una mesa para informar a su antiguo propietario. La moneda desgastada y los objetos sin dueño fueron enviados al registro municipal.<br />
<br />
Cuando abandonó el ayuntamiento, Kirigakure estaba entrando en la noche. Las lámparas se reflejaban sobre las calles mojadas y los canales continuaban transportando el agua de la lluvia. Kishue observó una rejilla funcionando junto al edificio. Por primera vez prestó atención al sonido antes de pasar.<br />
<br />
El flujo era uniforme.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Creo que está limpia, Mekka. No vamos a comprobarlo.</span><br />
<br />
El camino hacia casa le pareció más largo de lo habitual. Cada paso recordaba las horas dentro del agua y las veces que había cargado cubetas llenas. Aun así, sentía una satisfacción distinta a la obtenida después de una pelea. Nadie había intentado destruir la aldea, pero varias viviendas evitarían inundaciones, los comerciantes podrían trabajar sin agua estancada y las compuertas responderían correctamente a la marea.<br />
<br />
Encontró a su madre esperando frente a la entrada. Ella no preguntó cómo había salido la misión. Primero señaló un balde, jabón, ropa limpia y una zona del patio donde debía dejar las botas.<br />
<br />
Kishue se detuvo a varios pasos de la puerta.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Antes de que tomes una decisión precipitada, quiero recordar que he servido a Kirigakure durante todo el día.</span><br />
<br />
Su madre respondió que podía continuar sirviendo a Kirigakure desde el exterior hasta que dejara de oler como la parte inferior de ella. Kishue aceptó la sentencia y colocó la esfera de Mekka en un lugar seguro antes de comenzar a lavarse.<br />
<br />
El primer balde apenas retiró el barro. El segundo eliminó parte del pigmento. Para el tercero, Kishue empezó a sospechar que la misión incluía una etapa secreta de limpieza personal que Aiko había omitido deliberadamente.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, necesito un testigo que confirme que este olor estaba incluido en el cumplimiento de mis obligaciones.</span><br />
<br />
La esfera guardó silencio. Su madre comentó desde dentro que el pez demostraba un excelente juicio al no involucrarse. Kishue terminó de lavar las herramientas que había llevado consigo, dejó la ropa vieja dentro de un recipiente separado y comprobó que ninguna mancha alcanzara la entrada.<br />
<br />
Solo entonces recibió permiso para pasar. La comida caliente ya estaba preparada. Kishue se sentó con el cuerpo agotado y las manos todavía húmedas. Relató parte del día mientras cenaba: la figura de madera recuperada, la raíz, la rueda atrapada, el pigmento, la caja oxidada y las válvulas cubiertas por redes.<br />
<br />
Su madre escuchó hasta que mencionó la descarga repentina dentro del colector. Preguntó por qué había entrado en una corriente subterránea cuando existían trabajadores especializados. Kishue explicó que podía respirar bajo el agua y que llevaba una cuerda de seguridad. No mencionó de inmediato que la cuerda se había tensado cuando la corriente aumentó.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Todo estuvo controlado. Aiko solo hizo sonar la campana dos veces.</span><br />
<br />
La explicación produjo más preguntas de las que esperaba. Kishue terminó admitiendo que dos campanadas significaban regresar de inmediato, pero insistió en que había obedecido. Su madre decidió que aquello era lo único que evitaba una reprimenda más larga.<br />
<br />
Después de cenar, Kishue revisó la esfera de Mekka y se aseguró de que su compañero estuviera bien. Había pasado el día rodeado de agua sin poder permitirle nadar en ninguna de ella. Ningún conducto inspeccionado cumplía con las condiciones mínimas que Kishue consideraba aceptables para el pez.<br />
<br />
El cansancio lo alcanzó por completo cuando se levantó de la mesa. Los brazos le pesaban y las piernas todavía parecían recordar la presión del colector. Se dirigió hacia su habitación, pero se detuvo al escuchar la lluvia comenzar nuevamente sobre el tejado.<br />
<br />
Durante unos segundos permaneció atento. El agua descendió hacia el canal exterior y atravesó la rejilla sin producir burbujas ni regresar hacia la calle. El sonido era regular, continuo y bastante diferente a los bloqueos escuchados durante el día.<br />
<br />
Kishue sonrió.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Esa también está limpia. Mañana volveré a ignorarla como una persona normal.</span><br />
<br />
Dejó a Mekka junto a la cama y se tumbó sin energía para hacer nada más. La misión había durado desde antes del amanecer hasta la noche. No había capturado criminales ni luchado contra enemigos, pero conocía ahora una Kirigakure escondida debajo de la visible: una red de canales, cámaras y compuertas que trabajaba constantemente para mantener secas las calles.<br />
<br />
También sabía cuánto barro, grasa, arena, raíces, redes, pigmentos y objetos perdidos podían acumularse cuando nadie prestaba atención. Aiko había solicitado una revisión del sistema y había terminado con un registro completo de reparaciones, varias obstrucciones eliminadas y una prueba exitosa bajo la lluvia.<br />
<br />
Kishue cerró los ojos mientras el agua continuaba circulando detrás de las paredes. Por primera vez, aquel sonido no le pareció simplemente parte de la noche. Podía imaginar la ruta que seguía desde los tejados hasta los canales, desde las rejillas hacia los colectores y desde las compuertas hasta el mar.<br />
<br />
Todo continuaba fluyendo.<br />
<br />
Con la misión terminada, eso era exactamente lo que debía ocurrir.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<a href="https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=14858" target="_blank" rel="noopener" class="mycode_url">Chequeo de Tuberías</a><hr class="mycode_hr" />
La misión comenzó antes de que Kishue estuviera completamente despierto. Su madre abrió la puerta de la habitación, anunció que ya era tarde y dejó el comunicado sobre una mesa cercana antes de retirarse. Él tardó algunos segundos en recordar que, cuando ella afirmaba que eran las siete de la mañana, normalmente significaba que apenas pasaban de las cinco. La claridad grisácea que entraba por la ventana confirmó la sospecha.<br />
<br />
Kishue se incorporó todavía envuelto en la manta y leyó el documento con los ojos entrecerrados. El ayuntamiento solicitaba su presencia para colaborar con una inspección del sistema de drenaje de Kirigakure. No mencionaba criminales, desaparecidos ni amenazas inmediatas. Solamente aparecían el nombre de Aiko Hozuki, varias rutas hidráulicas y una advertencia sobre la duración probable del trabajo.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, creo que hoy conoceremos la parte de la aldea que nadie presume durante las visitas oficiales.</span><br />
<br />
La esfera donde transportaba a su compañero permaneció junto al resto de sus pertenencias. Kishue interpretó el silencio como una falta absoluta de entusiasmo. Después de vestirse, aseguró la esfera entre sus ropas y bajó a desayunar. Su madre había preparado arroz, pescado y suficiente comida adicional para que pudiera llevar una parte consigo. También había colocado sobre una silla unas prendas viejas que, según explicó, podían sacrificarse en caso de que la misión cumpliera con lo que prometía.<br />
<br />
Kishue observó la camisa remendada, luego su ropa habitual y finalmente el comunicado.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Todavía existe la posibilidad de que las alcantarillas estén perfectamente limpias.</span><br />
<br />
Su madre respondió que también existía la posibilidad de que él regresara sin ensuciar la entrada, pero ninguna de las dos merecía demasiada confianza. Kishue aceptó las prendas viejas y guardó la comida. Antes de marcharse, prometió dejar cualquier herramienta contaminada fuera de casa y no utilizar el fregadero de la cocina para lavar aquello que encontrara bajo las calles.<br />
<br />
Kirigakure amanecía cubierta por una niebla ligera. La humedad se había depositado sobre los tejados y las piedras, dejando una película brillante que convertía las calles en un recordatorio constante de por qué el drenaje resultaba importante. El cielo permanecía cubierto, aunque todavía no llovía. Algunos canales llevaban más agua de lo normal debido a las precipitaciones de los días anteriores.<br />
<br />
Kishue llegó al ayuntamiento poco después de que comenzaran las actividades. Presentó el comunicado en recepción y fue dirigido hacia una sala lateral donde ya habían extendido varios mapas sobre una mesa. Había planos de las calles, dibujos de conductos subterráneos y hojas cubiertas por símbolos que diferenciaban colectores, respiraderos, cámaras de sedimentación y salidas hacia los canales.<br />
<br />
Aiko Hozuki esperaba junto a la mesa. Vestía ropa de trabajo impermeable y llevaba el cabello recogido para impedir que cayera sobre los planos. Tenía varias marcas de tiza en las mangas, una libreta sujeta al cinturón y la expresión de alguien que había explicado demasiadas veces que una tubería no dejaba de existir solo porque nadie pudiera verla.<br />
<br />
No perdió tiempo con una presentación extensa. Confirmó el nombre de Kishue, comprobó que hubiera llevado calzado apropiado y señaló el mapa principal. La red de drenaje de Kirigakure se dividía en diferentes sistemas conectados entre sí. Los canales superficiales recogían el agua de lluvia; las tuberías menores conducían residuos domésticos hacia colectores más amplios, y varias compuertas impedían que la marea devolviera agua hacia las calles.<br />
<br />
—La mayoría de las personas cree que todo corre hacia el mar y desaparece —explicó Aiko mientras recorría una línea del plano con el dedo—. El problema es que las cosas no desaparecen. La grasa se adhiere, la arena se deposita, las raíces encuentran grietas y la basura se acumula donde el agua pierde velocidad. Cuando alguien descubre el resultado, normalmente ya tiene el piso cubierto.<br />
<br />
Kishue se inclinó sobre el mapa. Algunas rutas atravesaban la zona comercial, otras descendían desde los barrios residenciales y varias convergían cerca de un colector construido muchos años atrás. Aiko había marcado cinco puntos de revisión. No todos presentaban fallos confirmados; algunos solo necesitaban mantenimiento preventivo antes de la siguiente temporada de lluvias.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Entonces nuestra misión consiste en encontrar problemas antes de que empiecen a flotar dentro de una casa.</span><br />
<br />
—Exactamente. Y si algo ya está flotando, quiero saber por qué.<br />
<br />
La primera parte del recorrido se realizaría sobre la superficie. Revisarían rejillas, pendientes y canales abiertos. Después descenderían por un acceso municipal para inspeccionar las cámaras internas. La última etapa dependería de la marea. Si el nivel exterior descendía lo suficiente, podrían comprobar las compuertas cercanas al mar sin que la corriente dificultara demasiado el trabajo.<br />
<br />
Aiko abrió un armario y le entregó guantes, una máscara de tela gruesa y un cinturón de herramientas. Había ganchos, cepillos metálicos, una pequeña palanca, tiza, cuerda encerada y varias tiras de madera graduadas para medir la profundidad del sedimento. Kishue examinó cada pieza antes de colocársela. Las nudilleras kunai permanecieron guardadas; difícilmente podría solucionar una obstrucción amenazándola con un arma.<br />
<br />
—Las marcas rojas indican daños que requieren una cuadrilla —continuó Aiko—. Las blancas señalan limpieza pendiente. Si encontramos una grieta, no la golpees para comprobar su resistencia. Si algo está atascado, no tires hasta que sepamos qué retiene. Y si digo que salgas del agua, sales.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Eso último sonó sospechosamente dirigido a mí.</span><br />
<br />
—Leí tu expediente.<br />
<br />
Kishue no encontró una respuesta capaz de mejorar su posición. Recogió una cesta con herramientas adicionales y siguió a Aiko fuera del ayuntamiento. La Hozuki llevaba el plano doblado dentro de una funda impermeable, aunque parecía conocer cada ruta sin necesidad de consultarlo. Durante el camino señaló pequeñas aberturas que Kishue había cruzado cientos de veces sin prestarles atención.<br />
<br />
Los primeros canales eran poco profundos y discurrían junto a los bordes de las calles. Pequeñas pendientes conducían el agua hacia rejillas de piedra o hierro. Aiko explicaba qué zonas recibían sedimentos procedentes de los caminos, cuáles acumulaban hojas y cuáles se contaminaban con desperdicios de los negocios cercanos. Kishue escuchaba mientras observaba la dirección del agua.<br />
<br />
La primera revisión ocurrió frente a una hilera de viviendas. A simple vista, el canal funcionaba. Una corriente fina avanzaba hacia la rejilla y desaparecía sin formar charcos. Aiko introdujo una de las tiras graduadas entre los barrotes y la retiró cubierta por una capa oscura. Existía sedimento en el fondo, pero todavía no alcanzaba un nivel preocupante.<br />
<br />
Kishue se agachó y acercó el oído. Podía escuchar la caída del agua debajo de la superficie y distinguir que continuaba avanzando. Su oído desarrollado no convertía cada tubería en un mapa, pero le permitía reconocer diferencias entre un flujo libre y otro obligado a pasar por un espacio estrecho.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">El agua golpea algo después de la caída. No parece completamente bloqueado, pero el sonido se divide.</span><br />
<br />
Aiko retiró la rejilla con ayuda de la palanca. Debajo encontraron dos conductos: uno principal y una derivación más pequeña. Un trozo de tela se había enganchado en la entrada lateral, reduciendo parcialmente el paso. Kishue utilizó el gancho para retirarlo. La tela salió acompañada por hojas, cabellos y una cantidad de barro que parecía excesiva para una abertura tan pequeña.<br />
<br />
La Hozuki observó cómo cambiaba el sonido del agua y anotó el hallazgo. Aquella obstrucción no habría provocado una inundación inmediata, pero podía crecer durante semanas hasta bloquear la derivación. Kishue limpió los bordes, volvió a colocar la rejilla y marcó el punto en el plano.<br />
<br />
El recorrido continuó hacia la zona comercial. Conforme se acercaban al mercado, el olor del pescado, las especias y el aceite cocinado desplazó temporalmente el aroma de los canales. Había vendedores preparando sus puestos, trabajadores descargando cajas y clientes intentando llegar antes de que los mejores productos desaparecieran. El agua circulaba entre todos ellos arrastrando pequeñas cantidades de suciedad.<br />
<br />
Aiko se detuvo antes de llegar a la sección de pescaderías. Una fila de charcos ocupaba el borde de la calle, aunque la pendiente debía conducirlos hacia una rejilla cercana. El agua se movía con tanta lentitud que varias escamas de pescado permanecían flotando sin ser arrastradas.<br />
<br />
—Aquí tenemos quejas desde hace tres días —dijo Aiko—. Los comerciantes aseguran que limpian sus puestos. El drenaje asegura algo distinto.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Nunca había conocido una tubería capaz de presentar testimonio.</span><br />
<br />
—Las tuberías no mienten. Las personas que arrojan grasa dentro de ellas sí.<br />
<br />
Kishue dejó la cesta a un lado y examinó la rejilla. Alrededor de los barrotes se había formado una masa compuesta por escamas, cuerdas finas, algas y restos de embalaje. Aquello explicaba parte del problema, pero no todo. Después de retirar la capa superior, el agua siguió bajando con lentitud.<br />
<br />
Uno de los vendedores se acercó para informar que la rejilla había sido limpiada la tarde anterior. Afirmó que los negocios cercanos utilizaban cestas para retener desperdicios y sugirió que el problema debía encontrarse dentro del sistema municipal. Aiko no discutió. Le pidió que mostrara las cestas empleadas y comprobó que existían, aunque varias tenían agujeros demasiado amplios para detener las escamas pequeñas.<br />
<br />
Kishue levantó la rejilla. El olor aumentó inmediatamente y consiguió que dos clientes cambiaran de dirección. Debajo había una cámara rectangular donde el agua debía depositar los sólidos más pesados antes de continuar. La cámara se encontraba casi llena. Una capa compacta de arena, espinas, grasa y materia orgánica había reducido el espacio disponible.<br />
<br />
La limpieza no requería técnicas ninja. Requería paciencia, cubetas y aceptar que los guantes no protegerían del olor. Kishue introdujo una pala estrecha en la cámara y comenzó a retirar el sedimento. Cada carga era depositada dentro de un recipiente sellado que Aiko había solicitado a los comerciantes.<br />
<br />
Al principio, varios vendedores observaron desde una distancia prudente. Cuando comprendieron que la obstrucción estaba compuesta principalmente por residuos producidos en sus puestos, dejaron de ofrecer opiniones. Aiko aprovechó el silencio para explicar cómo debían separar la grasa, colocar filtros más finos y evitar barrer desperdicios hacia el canal.<br />
<br />
Kishue continuó trabajando mientras el agua recuperaba lentamente su nivel. Encontró anzuelos sin punta, trozos de madera, una cuchara doblada y una pequeña figura tallada con forma de barco. Limpió esta última con agua y la colocó sobre el borde de la rejilla. Un niño que observaba desde uno de los puestos la reconoció de inmediato.<br />
<br />
El pequeño explicó que el juguete había caído al canal durante la lluvia y que su madre le había prohibido acercarse para recuperarlo. Kishue le entregó la figura después de comprobar que no tuviera bordes peligrosos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Tu barco sobrevivió tres días en una alcantarilla. Creo que se ganó el derecho de navegar únicamente dentro de una palangana.</span><br />
<br />
El niño aceptó la condición con una seriedad que provocó algunas risas alrededor. Su madre agradeció la devolución y prometió mantenerlo lejos de las rejillas. Kishue regresó a la cámara, donde todavía quedaban varios centímetros de sedimento por retirar.<br />
<br />
La última parte de la obstrucción resultó más resistente. Había una cuerda gruesa enrollada alrededor de una barra interior. La grasa y las algas la habían convertido en el centro de una masa compacta. Kishue intentó liberarla con el gancho, pero apenas consiguió moverla.<br />
<br />
Recordó la advertencia de Aiko y no tiró inmediatamente con toda su fuerza. Primero palpó la cuerda, comprobó hacia dónde continuaba y descubrió que uno de sus extremos se introducía en el conducto de salida. Si la arrancaba sin cuidado, podía dejar parte dentro o dañar la unión.<br />
<br />
Aiko cerró temporalmente la entrada del canal mediante una pequeña compuerta. Con menos agua ingresando, Kishue pudo introducir ambos brazos en la cámara y desenredar la cuerda alrededor de la barra. Cortó las secciones demasiado deterioradas y retiró el resto poco a poco. La masa salió completa, acompañada por un ruido húmedo que nadie alrededor recibió con entusiasmo.<br />
<br />
Cuando abrieron nuevamente el paso, el agua descendió con rapidez. Los charcos comenzaron a vaciarse y la corriente arrastró las últimas escamas hacia la cesta recién instalada. Aiko midió el nivel, revisó la unión y anotó que la cámara necesitaba una limpieza mensual mientras permaneciera cerca de las pescaderías.<br />
<br />
Kishue se incorporó con las mangas mojadas y observó los recipientes llenos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, si alguna vez vuelvo a quejarme del olor de tu comida, recuérdame esta mañana.</span><br />
<br />
Aiko no preguntó por qué hablaba con una esfera escondida entre sus ropas. Probablemente el expediente también contenía esa explicación. Se limitó a entregarle un paño y continuar hacia el siguiente punto.<br />
<br />
El segundo sector se encontraba en una zona residencial construida sobre una pendiente moderada. Allí las tuberías recogían agua de patios, tejados y pequeños lavaderos. Varias viviendas compartían una derivación que desembocaba en un colector situado más abajo. La queja principal provenía de una casa donde el agua regresaba por el desagüe durante las lluvias fuertes.<br />
<br />
La propietaria los recibió en el patio. Era una mujer mayor que había colocado varios ladrillos alrededor de una abertura para impedir que el agua sucia alcanzara la puerta. Explicó que el problema aparecía únicamente durante las tormentas. El resto del tiempo, el desagüe funcionaba con lentitud, pero sin desbordarse.<br />
<br />
Aiko pidió permiso para probar la línea. Uno de los vecinos abrió el agua de un lavadero situado más arriba, mientras Kishue observaba la abertura. El nivel subió casi inmediatamente y tardó demasiado en descender. Había un bloqueo parcial después de la conexión.<br />
<br />
La ruta podía revisarse mediante una tapa de mantenimiento situada en un callejón. Kishue y Aiko trasladaron las herramientas hasta allí. La abertura era lo bastante grande para que una persona descendiera, aunque el conducto posterior obligaba a avanzar agachado. Aiko aseguró una cuerda alrededor de un soporte y comprobó la lámpara.<br />
<br />
—Yo entraré primero hasta la cámara. Tú bajarás después. No te transformes dentro de un espacio estrecho sin comprobar que la aleta tenga sitio.<br />
<br />
Kishue levantó una mano hacia su espalda, como si necesitara confirmar que la aleta todavía no hubiera aparecido.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Eso solo ocurrió una vez.</span><br />
<br />
—El expediente dice dos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">El segundo lugar parecía más grande desde afuera.</span><br />
<br />
Aiko descendió sin comentar la explicación. Kishue la siguió después de asegurar a Mekka y ajustar la máscara. El aire bajo la calle era húmedo y cálido. La lámpara proyectaba sombras sobre paredes de ladrillo cubiertas por una película oscura. El agua alcanzaba apenas sus tobillos, pero avanzaba en la dirección correcta.<br />
<br />
La cámara principal permitía permanecer de pie. Desde allí partían tres conductos menores. Aiko vertió una pequeña cantidad de tinte mineral no tóxico en la entrada correspondiente a la vivienda y esperó. El color apareció por uno de los laterales, avanzó unos centímetros y se arremolinó antes de continuar.<br />
<br />
Kishue acercó el oído a la pared. Escuchó el agua procedente de los lavaderos, un goteo constante y un roce irregular detrás de los ladrillos. El sonido no provenía únicamente del flujo; algo se movía ligeramente cada vez que aumentaba la presión.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Hay algo flexible dentro. El agua lo empuja, se abre un poco y vuelve a cerrarse.</span><br />
<br />
Aiko introdujo una varilla por el conducto. Encontró resistencia a poco más de un brazo de distancia. La punta regresó cubierta por fibras vegetales. Alguna raíz había penetrado a través de una junta y atrapado otros residuos.<br />
<br />
El conducto era demasiado estrecho para Kishue en su forma normal. Transformarse no solucionaría ese problema. Aiko colocó una herramienta cortante en el extremo de varias varillas conectables. Kishue debía introducirla, girarla y extraer las raíces sin romper la tubería.<br />
<br />
El trabajo exigía más precisión que fuerza. Kishue empujó hasta sentir el contacto, giró lentamente y escuchó cómo las fibras se tensaban. La primera extracción produjo un manojo pequeño. La segunda sacó raíces mezcladas con cabello y tela. Después de varios intentos, el agua teñida comenzó a circular con mayor velocidad.<br />
<br />
No obstante, una raíz más gruesa permanecía adherida a la junta. Aiko explicó que cortarla resolvería el bloqueo, pero la planta volvería a crecer. Necesitaban identificar desde dónde ingresaba y marcar la sección para sustituirla posteriormente.<br />
<br />
Kishue avanzó por el conducto lateral hasta donde el espacio se lo permitió. El agua le cubría los antebrazos mientras examinaba la unión. Encontró una fisura fina entre dos piezas de cerámica. No amenazaba con derrumbarse, pero bastaba para permitir la entrada de raíces.<br />
<br />
Aiko trazó una marca roja alrededor de la junta y anotó la distancia desde la cámara. Después entregó a Kishue una pequeña sierra curva. Él cortó la raíz principal sin dañar el borde y retiró el resto con la varilla.<br />
<br />
La corriente cambió de inmediato. El nivel acumulado descendió y un volumen mayor de agua atravesó la cámara. Kishue mantuvo las manos apartadas hasta comprobar que ninguna herramienta hubiera quedado dentro. Aiko repitió la prueba con el tinte y observó cómo desaparecía por la salida sin formar remolinos.<br />
<br />
Regresaron al patio para confirmar el resultado. El desagüe recibió una nueva descarga desde los lavaderos superiores y esta vez no devolvió agua. La propietaria retiró uno de los ladrillos colocados alrededor y agradeció el trabajo. Aiko le explicó que la reparación era temporal hasta reemplazar la sección fracturada.<br />
<br />
La mujer quiso ofrecerles té. Aiko rechazó con educación porque todavía tenían demasiados puntos pendientes. Kishue aceptó un recipiente de agua para lavarse las manos, aunque descubrió que el olor persistía incluso después de utilizar jabón.<br />
<br />
Antes de marcharse, la propietaria señaló una esquina del patio donde la humedad había debilitado parte de una pared baja. No pertenecía al sistema municipal, pero podía empeorar si el desagüe volvía a fallar. Kishue movió dos piedras pesadas para liberar la base y ayudó a colocar una tabla provisional que mantendría el área estable hasta que llegara un albañil.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">No arreglará la pared, pero evitará que se rinda antes de que venga alguien que sepa hacerlo.</span><br />
<br />
Aiko observó la solución y añadió una nota independiente. La misión trataba sobre drenajes, pero un informe útil debía incluir daños relacionados. Ignorar la pared porque no figuraba en el recorrido solamente obligaría a otra persona a descubrirla después.<br />
<br />
Continuaron hacia una cámara de sedimentación situada bajo una pequeña plaza. A esa hora, el mercado ya estaba lleno y el sol apenas conseguía atravesar las nubes. Kishue comenzaba a sentir el peso de las herramientas y el trabajo acumulado, aunque el día todavía no había alcanzado la mitad.<br />
<br />
La cámara se revisaba desde una tapa circular. Aiko pidió ayuda a dos trabajadores municipales para levantarla y colocó barreras alrededor de la abertura. No podían permitir que un peatón distraído terminara participando en la inspección de manera involuntaria.<br />
<br />
Un olor intenso salió del acceso. Kishue ajustó la máscara y descendió por una escalera metálica. Aiko permaneció arriba durante los primeros minutos para controlar la cuerda y registrar las mediciones. La cámara tenía un fondo amplio diseñado para recibir arena y partículas pesadas. El agua debía atravesar una abertura superior mientras los sedimentos quedaban debajo.<br />
<br />
Kishue introdujo la vara graduada. El material acumulado alcanzaba una altura mayor de la recomendada, aunque todavía no bloqueaba la salida. Aiko le indicó que tomara muestras de tres puntos distintos. Él llenó pequeños recipientes, los cerró y los envió hacia la superficie mediante una cuerda.<br />
<br />
Entre el sedimento había cantidades inusuales de una sustancia rojiza. No parecía sangre ni óxido. Cuando Kishue la removió, el agua adquirió una tonalidad púrpura antes de diluirse. El olor era diferente al de los residuos habituales: acre, ligeramente dulce y parecido al de ciertas telas recién teñidas.<br />
<br />
Aiko descendió para examinarlo. Frotó una pequeña muestra entre los guantes y confirmó que se trataba de pigmento. Algún negocio estaba vertiendo agua de tintura en una línea no preparada para recibirla. La sustancia se adhería a las paredes y podía reaccionar con otros residuos.<br />
<br />
—No seguiremos la ruta programada todavía —decidió—. Si encontramos el ingreso mientras el color continúa visible, podremos identificar la conexión.<br />
<br />
Kishue observó los tres conductos que alimentaban la cámara. Uno presentaba manchas púrpuras más intensas. Acercó el rostro sin retirar la máscara y trató de distinguir el olor. La corriente llegaba por intervalos, como si alguien vaciara recipientes separados.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Viene de la derecha. Hay otra descarga cada pocos minutos.</span><br />
<br />
Aiko consultó el plano. Aquella derivación atravesaba una calle de talleres, varios lavaderos y un almacén. Regresaron a la superficie, cerraron la cámara y siguieron la ruta sobre el terreno. Kishue examinaba las rejillas mientras Aiko comprobaba los permisos de los negocios.<br />
<br />
El primer taller utilizaba tintes verdes, pero almacenaba el agua residual en barriles sellados. El segundo trabajaba únicamente con madera. En el tercero encontraron gotas púrpuras cerca de una salida posterior. Un hilo de agua coloreada se desplazaba hacia el canal.<br />
<br />
La propietaria del negocio salió al escuchar a Aiko. Se trataba de una tintorería pequeña, con telas extendidas bajo un techo de madera. La mujer aseguró que conocía las normas y mostró los recipientes donde debía almacenarse el agua utilizada. Todos estaban llenos y correctamente cerrados.<br />
<br />
El origen apareció cuando un aprendiz regresó desde la parte trasera cargando un balde vacío. La expresión del joven cambió al encontrar a los inspectores junto al canal. Había vaciado varias cubetas porque los recipientes de almacenamiento estaban completos y temía que detener el trabajo provocara una reprimenda.<br />
<br />
Aiko no levantó la voz. Le pidió explicar exactamente qué sustancias había vertido, cuánta cantidad y durante cuánto tiempo. El joven respondió con creciente vergüenza. No se trataba de un producto altamente tóxico, pero podía dañar el sistema si se mezclaba con limpiadores fuertes.<br />
<br />
La propietaria cerró temporalmente la producción y se comprometió a contratar la retirada adecuada de los residuos. Aiko registró la infracción y dejó instrucciones precisas. Kishue observó al aprendiz, quien parecía esperar una sanción inmediata o una larga reprimenda.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">La próxima vez que un recipiente esté lleno, el problema no desaparece porque lo vacíes donde nadie está mirando. Solo viaja debajo de los pies de todos hasta que alguien tenga que meterse a buscarlo.</span><br />
<br />
No necesitó añadir que ese alguien había sido él. Las manchas sobre sus guantes servían como demostración suficiente. El joven ayudó a colocar una barrera absorbente en la salida y entregó información sobre cada pigmento utilizado.<br />
<br />
Aiko solicitó arena limpia, carbón y varias telas gruesas. Con esos materiales prepararon un filtro provisional en el canal antes de la conexión principal. No eliminaría toda la sustancia, pero retendría parte del pigmento mientras el agua restante se diluía. La tintorería tendría que reemplazar los materiales y entregarlos para su disposición adecuada.<br />
<br />
La investigación consumió más tiempo del esperado. Cuando terminaron, el mediodía había llegado y Kishue podía escuchar su estómago por encima de algunos desagües. Aiko consultó el cielo, calculó la marea y aceptó una pausa breve antes de entrar en los colectores profundos.<br />
<br />
Se sentaron bajo el techo de un pequeño puesto cerrado. Kishue abrió la comida preparada por su madre y encontró porciones suficientes para compartir. Le ofreció una a Aiko, quien había llevado únicamente una barra compacta de provisiones y una botella de agua.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mi madre prepara cada misión como si existiera la posibilidad de que adopte a tres compañeros hambrientos durante el camino.</span><br />
<br />
—Después de verte desayunar en el ayuntamiento, entiendo su preocupación.<br />
<br />
Kishue decidió interpretar aquello como una aceptación. Comieron mientras revisaban el mapa. Aiko reorganizó la ruta debido al tiempo perdido en la tintorería. Podían omitir dos rejillas que habían sido inspeccionadas recientemente, pero no debían saltarse el colector central ni las compuertas marítimas.<br />
<br />
La Hozuki explicó que el colector central era una construcción antigua, ampliada en diferentes épocas. Algunas paredes estaban hechas de piedra; otras, de ladrillo y mortero. Las secciones más nuevas tenían pasarelas de mantenimiento. En las antiguas, cualquier inspección requería caminar dentro del agua.<br />
<br />
—La corriente puede aumentar sin aviso —advirtió—. Los lavaderos, baños y depósitos descargan por horarios distintos. Además, si comienza a llover, toda la red superficial enviará agua hacia abajo. Permanecerás unido a la línea de seguridad.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Puedo respirar bajo el agua.</span><br />
<br />
—Las piedras no necesitan respirar para romperte una pierna.<br />
<br />
Kishue masticó el último trozo de pescado mientras consideraba la respuesta. Aiko no parecía impresionada por sus ventajas acuáticas, pero tampoco las ignoraba. Simplemente se negaba a confundir una capacidad útil con permiso para actuar sin precauciones.<br />
<br />
Después de la pausa regresaron a la cámara de sedimentación. Esta vez una pequeña cuadrilla municipal los acompañó con una bomba manual y recipientes. Kishue descendió para remover el material mientras los trabajadores lo extraían desde arriba. El pigmento había comenzado a diluirse y la barrera instalada evitaba nuevas descargas.<br />
<br />
La limpieza duró casi una hora. Kishue llenó cubetas con arena, barro y residuos compactados. Encontró varios objetos irreconocibles y una moneda tan desgastada que apenas conservaba sus marcas. Aiko la registró junto con el resto, aunque su valor probablemente era menor que el esfuerzo necesario para limpiarla.<br />
<br />
Cuando la vara graduada alcanzó el fondo original, enjuagaron las paredes con una cantidad controlada de agua. La cámara recuperó su profundidad y el flujo atravesó la salida sin arrastrar sedimentos. Los trabajadores cerraron la tapa y retiraron las barreras.<br />
<br />
Kishue aprovechó una fuente cercana para limpiar parte del barro de su ropa. El resultado fue limitado. Sus botas conservaban una capa oscura, las mangas estaban manchadas de púrpura y el cabello comenzaba a absorber el olor de los conductos.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, cuando regresemos, tú vas a explicar por qué huelo así.</span><br />
<br />
Aiko guardó la libreta.<br />
<br />
—¿El pez suele aceptar responsabilidades?<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">No, pero tampoco puede contradecirme delante de mi madre.</span><br />
<br />
El acceso al colector central se encontraba dentro de una caseta municipal cerrada. Aiko utilizó una llave marcada y comprobó un registro antes de abrir. En la pared había placas con fechas de inspección, niveles máximos y accidentes ocurridos durante años anteriores. Kishue leyó algunas mientras ella preparaba las líneas de seguridad.<br />
<br />
Una placa recordaba que tres trabajadores habían quedado atrapados durante una inundación repentina. Otra señalaba la altura alcanzada por el agua durante una tormenta especialmente fuerte. Las marcas superaban la cabeza de Kishue. Aquello explicaba por qué Aiko insistía tanto en la cuerda.<br />
<br />
Ambos colocaron arneses sencillos. Las líneas se conectaban a un cable que recorría la pasarela interna y permitía avanzar sin perder completamente el anclaje. También llevaban lámparas, herramientas y una campana pequeña para comunicarse si el ruido del agua impedía escucharse.<br />
<br />
La escalera descendía más profundamente que las anteriores. El aire se volvió frío conforme se alejaban de la superficie. Al llegar abajo, Kishue encontró un corredor abovedado dividido por un canal central. Una pasarela estrecha ocupaba uno de los lados. El agua se movía con una fuerza constante y reflejaba la luz de las lámparas.<br />
<br />
Aiko señaló una marca blanca en la pared. El nivel actual permanecía bastante por debajo, lo cual facilitaba la inspección. Aun así, la corriente bastaba para arrastrar herramientas si caían. Kishue aseguró cada objeto antes de comenzar.<br />
<br />
Recorrieron primero la pasarela. Aiko examinaba el mortero, buscaba grietas y golpeaba suavemente algunas piedras con una herramienta pequeña para escuchar si existían espacios vacíos detrás. Kishue prestaba atención al agua. Su oído detectaba variaciones producidas por entradas laterales y obstáculos.<br />
<br />
El primer defecto era superficial. Parte del mortero se había desprendido entre dos ladrillos, pero la piedra interior continuaba estable. Aiko trazó una marca roja y anotó la posición. El segundo era una acumulación de minerales alrededor de una filtración fina. No amenazaba la estructura, aunque indicaba que el agua atravesaba desde el terreno exterior.<br />
<br />
Kishue utilizó el cepillo metálico para limpiar la superficie. Debajo de los depósitos apareció una fisura corta. Aiko midió su longitud y colocó dos marcas en los extremos. Si crecía antes de la próxima inspección, necesitarían abrir la pared y revisar la presión exterior.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">¿Cuántas grietas pequeñas hacen falta para convertir una pared en un problema grande?</span><br />
<br />
—Una sola, si está en el lugar correcto. Cientos, si no avanzan y la estructura distribuye bien la carga. Por eso medimos antes de asustarnos.<br />
<br />
Continuaron. El conducto se dividía más adelante. Una rama recibía agua de los barrios altos; otra, de la zona comercial. Aiko pidió silencio durante varios segundos. Kishue cerró los ojos y escuchó.<br />
<br />
El flujo de la izquierda era uniforme. El de la derecha presentaba golpes intermitentes, como si algo pesado chocara contra la pared y después regresara. No era el sonido de una compuerta. Parecía un objeto atrapado que se movía con cada aumento de corriente.<br />
<br />
Bajaron desde la pasarela mediante una escalera corta. El agua alcanzó las rodillas de Kishue y empujó sus piernas hacia el centro. Aiko permaneció cerca del borde mientras él avanzaba sujeto a la línea.<br />
<br />
El ruido aumentó junto a una abertura lateral protegida por barrotes. Detrás se había atascado parte de una rueda de carro. La madera rota servía como soporte para ramas, tela, papel y otros residuos. Cada descarga empujaba la rueda contra los barrotes y producía el golpe que Kishue había escuchado.<br />
<br />
No podían tirar de ella inmediatamente. La masa retenía una cantidad considerable de agua en el conducto lateral. Si la liberaban de golpe, todo el volumen saldría hacia el colector y podía derribarlos.<br />
<br />
Aiko regresó hasta una compuerta anterior y redujo parcialmente la entrada. El nivel comenzó a descender, aunque el agua atrapada detrás de la rueda permaneció. Kishue examinó la estructura. La pieza principal estaba encajada en diagonal entre dos barrotes.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Puedo romper la madera en partes pequeñas y sacarla sin liberar todo al mismo tiempo.</span><br />
<br />
—Primero retira la basura superficial. Si rompes la rueda mientras las telas siguen sujetas, la presión puede arrancar todo junto.<br />
<br />
Kishue utilizó el gancho para extraer las ramas más cercanas. Cada fragmento retirado permitía que una cantidad pequeña de agua atravesara los barrotes. La presión disminuía poco a poco. Aiko controlaba el nivel mediante una marca temporal y le indicaba cuándo detenerse.<br />
<br />
El trabajo se complicó cuando una sección de tela se soltó y envolvió el gancho. Kishue tiró, pero la corriente arrastró el material hacia el colector y tensó la cuerda de la herramienta. En lugar de soltarla, aseguró los pies y recuperó el gancho centímetro a centímetro.<br />
<br />
La tela resultó ser parte de una lona de carga. Debía haber caído desde alguna calle, atravesado una rejilla dañada y recorrido varios conductos antes de quedar atrapada. Aiko la extendió sobre la pasarela para registrarla. Había un símbolo comercial casi borrado en una esquina.<br />
<br />
Después de retirar la lona, el agua comenzó a pasar entre los radios rotos. Kishue introdujo la palanca y aplicó fuerza de manera gradual. La primera pieza cedió con un crujido. Sacó el radio, después otro y finalmente liberó parte del aro.<br />
<br />
La corriente empujó el resto de la rueda. Kishue la sostuvo contra los barrotes mientras Aiko cerraba un poco más la compuerta. El agua le alcanzaba ahora la cintura y ejercía presión constante sobre su espalda. No necesitaba transformarse todavía, pero sus piernas comenzaban a fatigarse.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, si esto cuenta como pesca, quiero dejar registrado que la presa es horrible.</span><br />
<br />
Aiko escuchó la observación desde la pasarela.<br />
<br />
—Si consigues cocinarla, puedes quedártela.<br />
<br />
Kishue sonrió debajo de la máscara. Cambió el ángulo de la palanca y partió la última sección del aro. La rueda salió en tres partes. El agua retenida atravesó los barrotes con mayor fuerza, pero ya no formó una descarga capaz de derribarlo.<br />
<br />
Cuando el nivel se estabilizó, Kishue retiró los residuos restantes. Encontró un saco vacío, varias cuerdas, ramas y una sandalia. Aiko revisó los barrotes y descubrió que uno estaba doblado hacia dentro. Ese espacio probablemente había permitido el paso de la rueda antes de que quedara encajada.<br />
<br />
La reparación definitiva requería reemplazar la sección. Por el momento, Kishue utilizó una barra de repuesto y alambre grueso para reducir la abertura. La solución impediría que objetos grandes ingresaran hasta que llegara la cuadrilla.<br />
<br />
Aiko abrió nuevamente la compuerta. La corriente aumentó de manera controlada y atravesó la rejilla sin producir golpes. Kishue permaneció dentro del agua durante la prueba. Su línea de seguridad se tensó, pero el flujo no consiguió desplazarlo.<br />
<br />
El problema parecía resuelto hasta que escuchó un sonido diferente detrás de ellos. No provenía del conducto, sino de la pasarela. Una de las cajas de herramientas se había movido debido a la vibración y estaba cerca del borde.<br />
<br />
Kishue se volvió justo cuando cayó. Alcanzó a sujetar una de las asas, pero el peso tiró de su brazo hacia el agua. La tapa se abrió y varias herramientas escaparon. Aiko atrapó dos con el pie; las demás desaparecieron dentro del flujo.<br />
<br />
Entre ellas se encontraba una llave larga utilizada para operar ciertas compuertas. Perderla no bloquearía el sistema, pero dificultaría el resto de la inspección. Kishue siguió el brillo metálico hasta verlo detenerse contra una piedra varios metros más adelante.<br />
<br />
—No cruces por el centro —advirtió Aiko—. La profundidad cambia después de esa marca.<br />
<br />
Kishue examinó el agua. Podía descender y recuperarla con mayor seguridad transformado. Informó su intención antes de soltar las herramientas restantes. Aiko ajustó la línea para ofrecerle más recorrido y comprobó que la esfera de Mekka estuviera protegida fuera del agua.<br />
<br />
La transformación comenzó en sus brazos. La piel adquirió una tonalidad azulada, las escamas aparecieron sobre el torso y las branquias se abrieron a ambos lados del cuello. Sus dientes aumentaron de tamaño y la aleta dorsal surgió a lo largo de su espalda. No apareció ninguna cola; sus piernas conservaron la forma necesaria para caminar y nadar.<br />
<br />
Kishue entró en el canal central. El fondo descendió bruscamente después de la marca, obligándolo a nadar. La corriente lo empujó, pero sus movimientos en el agua resultaban mucho más precisos bajo aquella forma. Se sostuvo de las piedras laterales y avanzó hacia la herramienta.<br />
<br />
El agua estaba turbia. Su vista servía menos que el tacto, por lo que recorrió el fondo con una mano mientras mantenía la otra contra la pared. Encontró primero un cepillo, después una cadena corta y finalmente la llave larga encajada entre dos piedras.<br />
<br />
Cuando intentó retirarla, descubrió que una cuerda se había enrollado alrededor. Tirar directamente habría tensado el nudo. Kishue utilizó una pequeña cuchilla para cortar las fibras y liberar la herramienta.<br />
<br />
La corriente aumentó sin previo aviso. Una descarga procedente de otro conducto elevó el nivel y lo separó de la pared. La línea de seguridad se tensó alrededor de su arnés. Kishue giró para recibir el flujo de frente y protegió la llave contra su pecho.<br />
<br />
Aiko hizo sonar la campana dos veces: señal de regreso inmediato. Kishue no discutió. Utilizó la cuerda como guía, nadó hacia la pasarela y alcanzó la escalera. El agua lo golpeaba contra los peldaños, pero las escamas protegían sus brazos mientras ascendía.<br />
<br />
Salió llevando la llave entre los dientes. Aiko la recibió y comprobó el arnés. Una de las correas se había desplazado, aunque no estaba rota. Esperaron hasta que la descarga disminuyera antes de recuperar el resto de herramientas.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Podía respirar. También podía volver sin que me lo repitieras.</span><br />
<br />
—Por eso hice sonar la campana dos veces y no diez.<br />
<br />
Kishue permitió que la transformación permaneciera activa mientras continuaban. Las escamas resultaban útiles dentro del agua y las branquias eliminaban la preocupación por una inmersión inesperada. Debía inclinarse ligeramente para que la aleta no rozara algunas secciones bajas, pero el colector principal ofrecía suficiente espacio.<br />
<br />
Más adelante encontraron una escalera que conducía hacia una cámara de control. Allí se reunían varias compuertas manuales. Cada una regulaba una ruta distinta y poseía marcas de mantenimiento. Aiko utilizó la llave recuperada para probarlas.<br />
<br />
La primera giró con resistencia, pero completó el recorrido. La segunda se detuvo a mitad del cierre. Kishue examinó el mecanismo y encontró corrosión alrededor del eje. Limpió la superficie con el cepillo y aplicó grasa resistente al agua. Aiko volvió a girar. La compuerta avanzó algunos centímetros adicionales antes de detenerse otra vez.<br />
<br />
Kishue apoyó ambas manos sobre la rueda de control. Su fuerza podía obligarla a moverse, pero Aiko le indicó que esperara. Si el eje estaba torcido, aumentar la presión podía romperlo. Retiraron una cubierta lateral y observaron el engranaje.<br />
<br />
Una piedra pequeña había quedado atrapada entre dos dientes. No era suficiente para romper el metal, pero impedía completar el giro. Kishue la extrajo con una pinza. La compuerta cerró después sin dificultad.<br />
<br />
Aiko anotó la necesidad de reemplazar el lubricante y revisar el sello inferior. Kishue abrió y cerró el mecanismo dos veces para confirmar el movimiento. Cada prueba modificaba el sonido del agua en los conductos cercanos.<br />
<br />
La tercera compuerta presentó un problema diferente. La rueda giraba, pero la hoja no descendía por completo. Aiko sospechó que existía sedimento acumulado en la base. Para comprobarlo necesitaban observar desde el otro lado.<br />
<br />
El acceso obligaba a cruzar un pasaje parcialmente inundado. Kishue avanzó primero transformado, unido a la cuerda. El agua le cubría el pecho y la corriente era menor debido al cierre de las otras rutas. Llegó hasta la base de la compuerta y palpó el espacio.<br />
<br />
Había piedras, arena compactada y un objeto metálico. Kishue retiró primero los sedimentos sueltos. El objeto resultó ser una pequeña caja de herramientas completamente oxidada. Alguien debía haberla perdido durante una inspección anterior.<br />
<br />
La caja no podía atravesar el espacio sin abrirse. Kishue forzó la tapa y descubrió que casi todo el contenido se había convertido en una masa rojiza. Sacó las piezas individualmente y las colocó dentro de una bolsa de red.<br />
<br />
Con el obstáculo retirado, Aiko accionó la compuerta. La hoja descendió hasta la base y el sello detuvo el flujo. Kishue golpeó dos veces la pared para confirmar que podía abrirla. El mecanismo volvió a elevarse.<br />
<br />
Regresó a la cámara cargando la bolsa. Aiko revisó una placa antigua y encontró el registro de una caja extraviada varios años atrás. Su recuperación no tenía valor práctico, pero resolvía una anotación que había permanecido abierta durante demasiado tiempo.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Espero que no descuenten el reemplazo del sueldo de quien la perdió. Ha tenido varios años para preocuparse.</span><br />
<br />
—Se jubiló la primavera pasada.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Entonces podemos decirle que finalmente apareció y arruinarle una tarde tranquila.</span><br />
<br />
Aiko guardó la placa sin sonreír abiertamente, aunque su expresión perdió parte de la rigidez. Terminada la revisión de las compuertas internas, continuaron hacia la salida marítima. El nivel de la marea debía estar descendiendo, pero necesitaban comprobarlo antes de abrir cualquier acceso.<br />
<br />
El camino subterráneo se volvió más ancho y frío. El olor cambió conforme el aire salado ingresaba desde el exterior. Kishue podía escuchar el oleaje detrás de las compuertas de retención. Cada golpe producía una vibración baja en la piedra.<br />
<br />
Aiko señaló varias válvulas instaladas para impedir el retroceso del agua. Funcionaban mediante hojas pesadas que se abrían cuando el flujo salía y se cerraban cuando la marea empujaba desde fuera. Si quedaban atascadas, el agua marina podía ingresar a los colectores.<br />
<br />
La primera válvula se movía correctamente. La segunda abría con lentitud. La tercera permanecía separada de su marco por varios centímetros. Entre ambos se había acumulado una masa de conchas, cuerda y algas secas.<br />
<br />
Kishue intentó retirar los residuos desde el interior. Parte estaba fuera de su alcance y la hoja no podía abrirse lo suficiente. Aiko consultó la tabla de mareas y determinó que tendrían una ventana corta para revisar desde el exterior.<br />
<br />
Subieron por un acceso cercano al borde de uno de los canales. El cielo había oscurecido y el viento anunciaba lluvia. Aiko colocó señales para evitar que alguna embarcación se acercara a la salida mientras Kishue preparaba la cuerda.<br />
<br />
El agua exterior estaba fría, pero su transformación permanecía activa. Kishue aseguró las herramientas dentro de una bolsa y descendió. Las branquias se adaptaron inmediatamente. Bajo la superficie, encontró la abertura cubierta por organismos marinos adheridos a la piedra.<br />
<br />
La válvula problemática tenía varias cuerdas enrolladas alrededor del eje. Una red rota se extendía desde allí hacia unas rocas. Las mareas habían ido tensándola hasta arrastrar algas, conchas y basura contra la hoja.<br />
<br />
Kishue utilizó la cuchilla para cortar la red en secciones. No retiró todo de una vez; cada parte liberada cambiaba la presión sobre el mecanismo. Aiko controlaba la válvula desde dentro y tiraba de la línea para comunicar cuándo se movía.<br />
<br />
La primera sección salió fácilmente. La segunda estaba atrapada debajo de una placa metálica. Kishue introdujo los dedos, arrancó varias conchas y liberó el nudo. Un grupo de peces pequeños escapó desde la red en cuanto el espacio se abrió.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka se habría quejado si dejábamos atrapados a esos.</span> —comentó al salir brevemente para respirar por costumbre, aunque no lo necesitaba.<br />
<br />
Aiko respondió desde el borde.<br />
<br />
—Mekka parece tener opiniones muy convenientes para coincidir siempre contigo.<br />
<br />
Kishue volvió a sumergirse antes de defender la reputación de su compañero. Cortó el último tramo y enrolló la red para impedir que la corriente la llevara nuevamente al conducto. Después utilizó el cepillo metálico sobre el eje.<br />
<br />
Las conchas se desprendían con dificultad. Algunas tenían bordes afilados, pero sus escamas protegían las manos. Kishue limpió el espacio alrededor de la bisagra y empujó la válvula. La hoja se abrió por completo.<br />
<br />
Aiko accionó el flujo desde dentro. El agua del colector salió con fuerza, arrastrando pequeños residuos que Kishue había dejado preparados. Él se apartó hacia un costado y observó cómo funcionaba el cierre cuando la presión disminuía. La hoja regresó hasta el marco, aunque todavía quedaba una separación fina en la parte inferior.<br />
<br />
Kishue palpó la base y encontró un trozo de metal aplanado. Era parte de una abrazadera corroída. Lo extrajo y repitieron la prueba. Esta vez, la válvula cerró completamente.<br />
<br />
El segundo mecanismo lento no tenía redes, pero estaba cubierto por depósitos minerales. Kishue limpió las superficies y aplicó lubricante en el eje siguiendo las instrucciones de Aiko. La movilidad mejoró después de varios ciclos.<br />
<br />
Mientras trabajaba, la corriente exterior comenzó a cambiar. La marea había alcanzado su punto más bajo y pronto regresaría. Aiko hizo sonar la campana para indicar el final de la inspección acuática.<br />
<br />
Kishue recogió las herramientas, aseguró la red retirada y nadó hacia el acceso. Antes de salir observó la línea de compuertas desde el agua. Todas permanecían cerradas contra el marco. No había burbujas ni movimientos que indicaran una filtración significativa.<br />
<br />
Regresó a la superficie y permitió que la transformación comenzara a desaparecer. Las escamas se retrajeron, las branquias se cerraron y la piel recuperó su tonalidad habitual. La aleta dorsal fue lo último en desvanecerse. Kishue se quedó sentado junto al borde durante unos segundos, sintiendo cómo el cansancio se hacía más evidente sin la fuerza adicional de aquella forma.<br />
<br />
Aiko le entregó una manta áspera y revisó las herramientas. Habían recuperado la llave, retirado la red y completado la inspección sin perder nada más. El cielo, sin embargo, estaba cada vez más oscuro.<br />
<br />
La primera gota cayó sobre el plano mientras Aiko lo guardaba. Después llegó otra y, en menos de un minuto, la lluvia comenzó a golpear los tejados y las calles. No era una tormenta severa, pero ofrecía una oportunidad perfecta para comprobar cómo respondía la red después de las limpiezas.<br />
<br />
—Volvemos hacia la zona comercial —decidió Aiko—. Si las rejillas se mantienen libres durante veinte minutos, la cámara debería soportar el aumento.<br />
<br />
Kishue se colocó la ropa impermeable sobre las prendas mojadas. El resultado era absurdo, pero al menos impedía que la lluvia añadiera otra capa de agua fría. Recogió la cesta y siguió a Aiko.<br />
<br />
Los canales superficiales comenzaron a llenarse. El agua descendía desde los tejados, atravesaba las pendientes y desaparecía por las rejillas. En la zona residencial, el desagüe reparado aceptó el flujo sin devolverlo hacia el patio. La propietaria observaba desde su puerta y levantó una mano cuando los vio pasar.<br />
<br />
Aiko midió el nivel junto a la tapa de mantenimiento. Permanecía dentro del margen esperado. La raíz retirada había solucionado el bloqueo inmediato. La reparación definitiva de la junta evitaría que regresara.<br />
<br />
En la siguiente calle, un canal formaba un remolino alrededor de una cesta. Kishue retiró varias hojas y una bolsa de papel antes de que pudieran acumularse. La lluvia convertía objetos insignificantes en obstrucciones móviles. Cada uno viajaba hasta encontrar un barro, una esquina o una rejilla donde detenerse.<br />
<br />
La zona comercial presentaba mayor dificultad. Los vendedores habían comenzado a cubrir sus puestos y algunas cajas vacías quedaron expuestas a la corriente. Una de ellas se desarmó. Las tablas avanzaron hacia el desagüe que Kishue había limpiado durante la mañana.<br />
<br />
Corrió antes de que alcanzaran la rejilla. Detuvo la primera con un pie y atrapó la segunda con la mano. La tercera pasó a su lado, pero Aiko la interceptó utilizando la vara graduada. Los comerciantes aseguraron el resto de las cajas.<br />
<br />
El agua frente a las pescaderías descendía correctamente. Las nuevas cestas retenían las escamas y la cámara recuperada permitía recibir la lluvia. Kishue levantó parcialmente la rejilla para observar el nivel. Se encontraba varios centímetros por debajo del límite.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Parece que la tubería acepta nuestras disculpas por todo lo que sacamos de ella.</span><br />
<br />
—Las tuberías tampoco aceptan disculpas.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Cada vez me agrada menos su personalidad.</span><br />
<br />
La prueba continuó durante quince minutos. El flujo permaneció estable hasta que un ruido de succión irregular apareció bajo otra rejilla. Kishue lo escuchó desde varios pasos de distancia. Se acercó y encontró que el agua bajaba en pulsos.<br />
<br />
Aiko comprobó el plano. Aquella línea conectaba con la cámara central ya limpiada, por lo que el problema debía encontrarse cerca de la superficie. Retiraron la rejilla bajo la lluvia.<br />
<br />
Una bolsa de tela estaba adherida al conducto. El agua la inflaba, encontraba un espacio para pasar y después volvía a cerrarla contra la abertura. Kishue introdujo el gancho y trató de sujetarla. La tela se rasgó.<br />
<br />
El nivel aumentaba alrededor de sus botas. Si la bolsa descendía más, podía quedar fuera del alcance. Kishue dejó el gancho, introdujo el brazo y consiguió agarrar una de las asas. La succión tiró de ella hacia abajo.<br />
<br />
Afirmó los pies y aplicó fuerza. La bolsa salió acompañada por una descarga de agua oscura. Dentro había varias prendas pequeñas, jabón y una piedra utilizada probablemente para mantenerla sumergida durante el lavado. Alguien la había perdido en un canal superior.<br />
<br />
Kishue colocó la bolsa fuera de la lluvia. Ninguna marca permitía identificar al propietario. Aiko la registró como objeto recuperado y revisó el conducto. El flujo se normalizó inmediatamente.<br />
<br />
La lluvia comenzó a disminuir. Los charcos desaparecieron con rapidez y las calles recuperaron su nivel habitual. El sistema no estaba perfecto, pero ninguna de las zonas revisadas había sufrido un desbordamiento. La prueba confirmó que las limpiezas habían servido.<br />
<br />
Todavía quedaba una última inspección cerca de la Academia. Aiko había recibido reportes sobre arena acumulada en un conducto utilizado para drenar uno de los patios de entrenamiento. El sitio quedaba de camino hacia el ayuntamiento, por lo que decidieron revisarlo antes de terminar.<br />
<br />
La Academia estaba casi vacía a aquella hora. Las clases habían concluido y solamente permanecían algunos instructores. El patio mostraba las consecuencias de la lluvia: barro, huellas y pequeños arroyos que descendían hacia los bordes.<br />
<br />
El conducto funcionaba, pero una parte del agua se acumulaba junto a uno de los muros. Kishue siguió la pendiente y encontró una rejilla casi cubierta por arena. Las prácticas constantes removían el suelo y la lluvia trasladaba el material hasta allí.<br />
<br />
Retirar la capa superficial permitió que parte del charco descendiera. Debajo, sin embargo, la cámara contenía más arena compactada. Kishue levantó la rejilla y comenzó otra limpieza con la pala estrecha.<br />
<br />
A diferencia de los residuos del mercado, aquella arena no olía mal. Después del resto del día, Kishue casi la consideró agradable. Sacó varias cubetas y las extendió sobre una lona. Podía reutilizarse en el patio cuando estuviera seca.<br />
<br />
Encontró también tres shuriken de entrenamiento, una venda, dos piedras pintadas y el mango roto de una herramienta. Los objetos metálicos fueron entregados a un instructor. La venda y el mango terminaron entre los residuos.<br />
<br />
Aiko examinó el diseño de la cámara. El borde era demasiado bajo y permitía que la arena entrara directamente. Recomendó elevarlo unos centímetros y colocar una franja de grava que redujera el arrastre desde el patio.<br />
<br />
Kishue utilizó piedras disponibles para formar una barrera provisional. No impediría toda la sedimentación, pero desviaría el agua suficiente hasta que realizaran la modificación. Después vertieron varios baldes sobre la pendiente para probarla.<br />
<br />
El flujo rodeó la franja, dejó parte de la arena entre las piedras y llegó a la rejilla con menos sedimento. Aiko anotó las medidas necesarias. Kishue volvió a colocar la tapa.<br />
<br />
El cielo comenzaba a aclararse hacia el oeste, aunque el día se acercaba a su final. Las nubes se separaban lo suficiente para permitir una luz anaranjada sobre los tejados mojados. Kishue sintió el cansancio acumulado en los brazos, las piernas y la espalda. Había levantado rejillas, retirado sedimentos, nadado contra la corriente y cargado herramientas durante horas.<br />
<br />
Aiko todavía no consideraba terminada la misión. Antes de regresar necesitaban revisar un respiradero situado cerca del colector central. Si estaba bloqueado, los gases podían acumularse dentro de las cámaras.<br />
<br />
El respiradero parecía una pequeña estructura de piedra junto a una pared. Una malla impedía que animales y basura ingresaran. La abertura estaba cubierta por nidos viejos y hojas.<br />
<br />
Kishue retiró el material con cuidado. No encontró huevos ni animales dentro, únicamente ramas secas. Limpió la malla y comprobó que el aire circulara. Aiko utilizó una tira reactiva para confirmar que no hubiera una concentración peligrosa.<br />
<br />
La base de la estructura presentaba musgo y una piedra suelta. Kishue la ajustó sin golpear el resto del muro. Aiko trazó una marca blanca para que una cuadrilla limpiara el musgo y revisara el mortero.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">¿Eso era todo?</span><br />
<br />
Aiko consultó su lista. Recorrió cada punto con un dedo, comprobó las anotaciones y cerró la libreta.<br />
<br />
—Eso era todo lo que podíamos revisar hoy sin empezar una segunda jornada.<br />
<br />
Kishue dejó escapar el aire lentamente. No esperaba sentir tanto alivio al escuchar aquellas palabras. Había participado en misiones físicamente más peligrosas, pero pocas exigían trabajar durante tantas horas sin un enemigo al cual responsabilizar por el cansancio.<br />
<br />
Regresaron al ayuntamiento cargando herramientas, muestras y objetos recuperados. Los recipientes con sedimentos viajaron sellados. La red retirada de las compuertas estaba enrollada y asegurada. La lona, la bolsa de ropa y las piezas de la rueda fueron registradas por separado.<br />
<br />
En la sala de mapas, Aiko extendió nuevamente los planos. Kishue se quitó los guantes y descubrió que sus manos conservaban arrugas por haber permanecido tanto tiempo húmedas. También tenía pequeñas marcas producidas por las herramientas, aunque ninguna herida importante.<br />
<br />
El informe comenzó con la zona residencial. La derivación había sido despejada, pero la junta fracturada requería sustitución. Aiko marcó la reparación como prioritaria antes de que las raíces volvieran a ingresar. También incluyó la pared debilitada del patio para que los responsables municipales avisaran a la propietaria sobre los riesgos.<br />
<br />
La cámara del mercado había sido limpiada completamente. El problema provenía de residuos orgánicos, arena, grasa y una cuerda atrapada alrededor de la barra. Los comerciantes habían recibido instrucciones para instalar filtros más finos y aumentar la frecuencia de limpieza.<br />
<br />
La descarga de pigmento quedó registrada como infracción. La tintorería suspendió el vertido y colocó una barrera provisional. Los recipientes debían ser retirados al día siguiente. Aiko solicitó una nueva muestra de agua para comprobar que no quedaran concentraciones preocupantes.<br />
<br />
El colector central presentaba dos defectos estructurales menores: una sección de mortero desprendido y una fisura con filtración mineral. Ninguno exigía cerrar el conducto de inmediato, pero ambos necesitaban seguimiento. También registraron la rueda rota, la lona y el barrote doblado.<br />
<br />
Las compuertas internas funcionaban después de retirar la piedra, limpiar los engranajes y extraer la caja oxidada. Aiko recomendó reemplazar lubricante y revisar los sellos. Las válvulas marítimas habían recuperado su movilidad tras retirar la red, las conchas y la abrazadera deteriorada.<br />
<br />
Por último, la rejilla de la Academia necesitaba una barrera más alta y una franja permanente de grava. El respiradero debía recibir mantenimiento superficial. La prueba bajo la lluvia confirmó que las zonas limpiadas aceptaban el flujo sin desbordarse.<br />
<br />
Kishue añadió sus propias observaciones. Explicó las diferencias de sonido encontradas en cada bloqueo, el movimiento flexible producido por las raíces y los golpes de la rueda contra los barrotes. También recomendó que futuras inspecciones utilizaran señales auditivas en puntos donde la visibilidad fuera escasa.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">No siempre se puede ver una obstrucción, pero el agua cambia de sonido cuando tiene que rodearla. Si registran cómo suena cada sección cuando está limpia, sería más fácil reconocer una diferencia después.</span><br />
<br />
Aiko consideró la propuesta y la incluyó en el informe. No todas las cuadrillas tendrían el oído de Kishue, pero podían utilizar tubos de escucha o comparar vibraciones desde las tapas de mantenimiento. Una observación práctica podía convertirse en un procedimiento útil.<br />
<br />
El funcionario encargado recibió el documento al anochecer. Revisó las marcas, contó las muestras y confirmó que las reparaciones mayores serían asignadas durante los próximos días. La misión no había descubierto un colapso inminente, pero había evitado varios problemas futuros y localizado una descarga indebida.<br />
<br />
Kishue firmó la sección correspondiente. El funcionario observó su ropa, las manchas púrpuras y el barro adherido a sus botas. Después preguntó si había sufrido alguna lesión.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Solo daños importantes a mi sentido del olfato y a la posibilidad de que mi madre me permita entrar en casa.</span><br />
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Aiko entregó la última muestra.<br />
<br />
—Ambos eran riesgos previstos en el informe inicial.<br />
<br />
El trabajo quedó oficialmente completado. Kishue ayudó a devolver las herramientas limpias al armario y separó aquellas que necesitaban desinfección. La caja oxidada permaneció sobre una mesa para informar a su antiguo propietario. La moneda desgastada y los objetos sin dueño fueron enviados al registro municipal.<br />
<br />
Cuando abandonó el ayuntamiento, Kirigakure estaba entrando en la noche. Las lámparas se reflejaban sobre las calles mojadas y los canales continuaban transportando el agua de la lluvia. Kishue observó una rejilla funcionando junto al edificio. Por primera vez prestó atención al sonido antes de pasar.<br />
<br />
El flujo era uniforme.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Creo que está limpia, Mekka. No vamos a comprobarlo.</span><br />
<br />
El camino hacia casa le pareció más largo de lo habitual. Cada paso recordaba las horas dentro del agua y las veces que había cargado cubetas llenas. Aun así, sentía una satisfacción distinta a la obtenida después de una pelea. Nadie había intentado destruir la aldea, pero varias viviendas evitarían inundaciones, los comerciantes podrían trabajar sin agua estancada y las compuertas responderían correctamente a la marea.<br />
<br />
Encontró a su madre esperando frente a la entrada. Ella no preguntó cómo había salido la misión. Primero señaló un balde, jabón, ropa limpia y una zona del patio donde debía dejar las botas.<br />
<br />
Kishue se detuvo a varios pasos de la puerta.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Antes de que tomes una decisión precipitada, quiero recordar que he servido a Kirigakure durante todo el día.</span><br />
<br />
Su madre respondió que podía continuar sirviendo a Kirigakure desde el exterior hasta que dejara de oler como la parte inferior de ella. Kishue aceptó la sentencia y colocó la esfera de Mekka en un lugar seguro antes de comenzar a lavarse.<br />
<br />
El primer balde apenas retiró el barro. El segundo eliminó parte del pigmento. Para el tercero, Kishue empezó a sospechar que la misión incluía una etapa secreta de limpieza personal que Aiko había omitido deliberadamente.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Mekka, necesito un testigo que confirme que este olor estaba incluido en el cumplimiento de mis obligaciones.</span><br />
<br />
La esfera guardó silencio. Su madre comentó desde dentro que el pez demostraba un excelente juicio al no involucrarse. Kishue terminó de lavar las herramientas que había llevado consigo, dejó la ropa vieja dentro de un recipiente separado y comprobó que ninguna mancha alcanzara la entrada.<br />
<br />
Solo entonces recibió permiso para pasar. La comida caliente ya estaba preparada. Kishue se sentó con el cuerpo agotado y las manos todavía húmedas. Relató parte del día mientras cenaba: la figura de madera recuperada, la raíz, la rueda atrapada, el pigmento, la caja oxidada y las válvulas cubiertas por redes.<br />
<br />
Su madre escuchó hasta que mencionó la descarga repentina dentro del colector. Preguntó por qué había entrado en una corriente subterránea cuando existían trabajadores especializados. Kishue explicó que podía respirar bajo el agua y que llevaba una cuerda de seguridad. No mencionó de inmediato que la cuerda se había tensado cuando la corriente aumentó.<br />
<br />
—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Todo estuvo controlado. Aiko solo hizo sonar la campana dos veces.</span><br />
<br />
La explicación produjo más preguntas de las que esperaba. Kishue terminó admitiendo que dos campanadas significaban regresar de inmediato, pero insistió en que había obedecido. Su madre decidió que aquello era lo único que evitaba una reprimenda más larga.<br />
<br />
Después de cenar, Kishue revisó la esfera de Mekka y se aseguró de que su compañero estuviera bien. Había pasado el día rodeado de agua sin poder permitirle nadar en ninguna de ella. Ningún conducto inspeccionado cumplía con las condiciones mínimas que Kishue consideraba aceptables para el pez.<br />
<br />
El cansancio lo alcanzó por completo cuando se levantó de la mesa. Los brazos le pesaban y las piernas todavía parecían recordar la presión del colector. Se dirigió hacia su habitación, pero se detuvo al escuchar la lluvia comenzar nuevamente sobre el tejado.<br />
<br />
Durante unos segundos permaneció atento. El agua descendió hacia el canal exterior y atravesó la rejilla sin producir burbujas ni regresar hacia la calle. El sonido era regular, continuo y bastante diferente a los bloqueos escuchados durante el día.<br />
<br />
Kishue sonrió.<br />
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—<span style="color: #68C4E8;" class="mycode_color">Esa también está limpia. Mañana volveré a ignorarla como una persona normal.</span><br />
<br />
Dejó a Mekka junto a la cama y se tumbó sin energía para hacer nada más. La misión había durado desde antes del amanecer hasta la noche. No había capturado criminales ni luchado contra enemigos, pero conocía ahora una Kirigakure escondida debajo de la visible: una red de canales, cámaras y compuertas que trabajaba constantemente para mantener secas las calles.<br />
<br />
También sabía cuánto barro, grasa, arena, raíces, redes, pigmentos y objetos perdidos podían acumularse cuando nadie prestaba atención. Aiko había solicitado una revisión del sistema y había terminado con un registro completo de reparaciones, varias obstrucciones eliminadas y una prueba exitosa bajo la lluvia.<br />
<br />
Kishue cerró los ojos mientras el agua continuaba circulando detrás de las paredes. Por primera vez, aquel sonido no le pareció simplemente parte de la noche. Podía imaginar la ruta que seguía desde los tejados hasta los canales, desde las rejillas hacia los colectores y desde las compuertas hasta el mar.<br />
<br />
Todo continuaba fluyendo.<br />
<br />
Con la misión terminada, eso era exactamente lo que debía ocurrir.]]></content:encoded>
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