Hace 7 horas
Yomikage
Feria Nocturna
2:15 AM
El vapor termal de Yomikage asciende denso desde las grietas del empedrado, mezclándose con el olor a fritura rancia, azúcar quemada y aceite de lámpara propio de la Feria Nocturna. Pese a las hileras de farolillos anaranjados y las máscaras de madera colgadas en los toldos, el tramo final del callejón carece por completo del bullicio de los puestos principales. El tránsito civil se diluye aquí en un silencio incómodo, quebrado únicamente por el zumbido de las polillas contra el cristal de un candil de sebo.
Junto a un tenderete improvisado sobre dos barriles de salmuera espera un comerciante forastero llamado Ren. Viste un abrigo de lana gruesa salpicado de humedad marina, lleva las manos hundidas en las mangas para mitigar el frío y mantiene la mirada fija en el espacio vacío que separa dos muros ciegos de piedra volcánica. Al notar los pasos firmes y la presencia del shinobi, da un respingo seco y se adelanta medio metro sin atreverse a levantar la voz.
—Pensé que no enviarían a nadie antes del amanecer —dice Ren, señalando con un dedo vendado hacia el rincón—. Mírelo usted mismo. Eso no estaba ahí al mediodía.
Entre los dos edificios, encajada a presión en un hueco de apenas metro y medio de ancho donde antes solo había tuberías de desagüe oxidadas, se alza una puerta de madera negra, pesada, de una sola hoja y sin pomo exterior. La superficie no tiene tirador, solo una ranura horizontal a la altura de la cintura y un marco de pino carbonizado que no proyecta sombra natural sobre los adoquines. En el suelo, justo frente al umbral, hay marcas circulares de hollín reciente.
—Kenta y yo nos detuvimos en el puesto de baratijas de la esquina porque vi expuesta la tsuba de la katana de mi hermano, quien desapareció hace tres años en la ruta hacia el País del Hierro —explica el comerciante con tono contenido, midiendo el aire que respira—. El buhonero no supo dar explicaciones claras, pero Kenta rastreó residuos de tierra mojada hasta aquí. Vio la ranura, deslizó su placa de identificación de hierro y la puerta se abrió hacia adentro sin hacer ruido. Entró para registrar el interior y me ordenó vigilar el callejón.
Ren consulta un reloj de bolsillo de latón, abriéndolo con un clic metálico.
—Han pasado exactamente tres horas con cuarenta y dos minutos. A los diez minutos de cruzar, golpeé la madera; sonaba sólida, como roca maciza. Nadie respondió, pero desde hace una hora se perciben vibraciones regulares en los tablones, como si movieran cajas de metal al otro lado. No pienso acercarme otra vez. Si Kenta sigue vivo ahí dentro, o si ese almacén se traga a quien entra, depende de lo que usted encuentre tras ese marco.
Frente a la hoja de madera, la ranura parece haber quedado ligeramente entreabierta, dejando escapar una corriente de aire gélido que huele a polvo apelmazado, óxido y alcanfor.
Feria Nocturna
2:15 AM
El vapor termal de Yomikage asciende denso desde las grietas del empedrado, mezclándose con el olor a fritura rancia, azúcar quemada y aceite de lámpara propio de la Feria Nocturna. Pese a las hileras de farolillos anaranjados y las máscaras de madera colgadas en los toldos, el tramo final del callejón carece por completo del bullicio de los puestos principales. El tránsito civil se diluye aquí en un silencio incómodo, quebrado únicamente por el zumbido de las polillas contra el cristal de un candil de sebo.
Junto a un tenderete improvisado sobre dos barriles de salmuera espera un comerciante forastero llamado Ren. Viste un abrigo de lana gruesa salpicado de humedad marina, lleva las manos hundidas en las mangas para mitigar el frío y mantiene la mirada fija en el espacio vacío que separa dos muros ciegos de piedra volcánica. Al notar los pasos firmes y la presencia del shinobi, da un respingo seco y se adelanta medio metro sin atreverse a levantar la voz.
—Pensé que no enviarían a nadie antes del amanecer —dice Ren, señalando con un dedo vendado hacia el rincón—. Mírelo usted mismo. Eso no estaba ahí al mediodía.
Entre los dos edificios, encajada a presión en un hueco de apenas metro y medio de ancho donde antes solo había tuberías de desagüe oxidadas, se alza una puerta de madera negra, pesada, de una sola hoja y sin pomo exterior. La superficie no tiene tirador, solo una ranura horizontal a la altura de la cintura y un marco de pino carbonizado que no proyecta sombra natural sobre los adoquines. En el suelo, justo frente al umbral, hay marcas circulares de hollín reciente.
—Kenta y yo nos detuvimos en el puesto de baratijas de la esquina porque vi expuesta la tsuba de la katana de mi hermano, quien desapareció hace tres años en la ruta hacia el País del Hierro —explica el comerciante con tono contenido, midiendo el aire que respira—. El buhonero no supo dar explicaciones claras, pero Kenta rastreó residuos de tierra mojada hasta aquí. Vio la ranura, deslizó su placa de identificación de hierro y la puerta se abrió hacia adentro sin hacer ruido. Entró para registrar el interior y me ordenó vigilar el callejón.
Ren consulta un reloj de bolsillo de latón, abriéndolo con un clic metálico.
—Han pasado exactamente tres horas con cuarenta y dos minutos. A los diez minutos de cruzar, golpeé la madera; sonaba sólida, como roca maciza. Nadie respondió, pero desde hace una hora se perciben vibraciones regulares en los tablones, como si movieran cajas de metal al otro lado. No pienso acercarme otra vez. Si Kenta sigue vivo ahí dentro, o si ese almacén se traga a quien entra, depende de lo que usted encuentre tras ese marco.
Frente a la hoja de madera, la ranura parece haber quedado ligeramente entreabierta, dejando escapar una corriente de aire gélido que huele a polvo apelmazado, óxido y alcanfor.