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[Automisión|C] Los forajidos
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
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Generales
Fuerza50(3)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud10
Velocidad21
Tenketsu10
Sigilo15
570
635
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06-10-2026, 05:31 AM
25 de Verano del 150 — Kirigakure

Hachibi terminó de ajustar la camisa y comprobó su equipo antes de salir. La katana era todavía una incorporación reciente, así que corrigió su posición hasta encontrar una inclinación que no estorbara al caminar ni al alcanzar el resto de sus armas. Se colocó después la bandana de Kirigakure y abandonó la habitación.

La aldea llevaba horas despierta. El verano hacía más perceptible la humedad habitual del País del Agua y la neblina, aunque ya elevada, todavía se acumulaba entre algunas construcciones.

De camino al edificio administrativo encontró a dos hombres intentando devolver una rueda al eje de una carreta. El mayor sostenía uno de los extremos con dificultad mientras su compañero trataba de encajar la pieza. Hachibi dejó sus pertenencias a un lado y ocupó su lugar.

—Gracias. Solo necesito que la mantengas así.

Sostuvo el peso hasta que la rueda quedó asegurada y dejó descender la carreta con cuidado.

—Muchas gracias, joven.

Respondió con una inclinación, recogió sus cosas y continuó.

La oficina de asignación de misiones mantenía la actividad habitual. Uno de los funcionarios llamó su atención y le tendió un documento.

—Hachibi. Tengo una asignación para ti. Automisión de rango C, dentro del País del Agua.

Los forajidos.

Un grupo de hombres se había instalado en un poblado y llevaba algún tiempo provocando riñas y amenazando a sus habitantes. La solicitud era escueta: no mencionaba asesinatos, secuestros ni heridas de gravedad, tampoco indicaba que los individuos fueran shinobi. Un forajido y un ninja renegado eran problemas muy distintos.

Al final del documento aparecía una anotación:

Ninja recomendado: Yatō Hachibi.
Masaru Heizu.

Hachibi se detuvo en aquel segundo nombre.

—Sí. La recomendación vino directamente de Masaru.

Que su mentor siguiera sus progresos no tenía nada de particular; que lo hubiera señalado para una misión que parecía consistir simplemente en expulsar a unos pendencieros de un pueblo, sí.

Hachibi tomó la libreta.

¿Cuántos son?

—No lo especificaron.

¿Se sabe qué armas llevan?

—No con certeza.

¿Hay heridos?

—Ha habido peleas, pero nada grave figura en el informe.

No era mucho con lo que trabajar.

—Tampoco existe una orden de captura. Se solicita acabar con el problema evitando daños innecesarios. Si basta con conseguir que abandonen el pueblo, puedes dejarlo ahí; si al llegar descubres algo más grave, tendrás que actuar según la situación.

Eso definía mejor la misión. Kirigakure no lo enviaba detrás de un objetivo cuya culpabilidad y peligrosidad ya estuvieran establecidas; tendría que averiguar qué ocurría y decidir hasta dónde intervenir.

La recomendación de Masaru adquiría con ello otro interés.

—Firma aquí. Puedes partir cuando quieras.

Hachibi firmó, devolvió el pincel y abandonó el edificio. La información que llevaba consigo apenas ocupaba una hoja: un pequeño pueblo del País del Agua, un grupo de forajidos, algunas riñas y amenazas. Nada parecía particularmente complicado.

Salvo por un detalle: Masaru Heizu había leído aquella misma petición y había decidido recomendarlo personalmente.
25 de Verano del 150 — País del Agua

El camino fue perdiendo poco a poco las señales de Kirigakure. Las construcciones quedaron atrás, el tránsito disminuyó y la ruta continuó entre terrenos húmedos, árboles de raíces expuestas y pequeños canales que aparecían y desaparecían entre la vegetación.

Hachibi avanzó durante varias horas sin alterar demasiado el ritmo. La misión no exigía urgencia y tampoco ofrecía información suficiente para preparar una estrategia: sabía que varios forajidos se habían instalado en Mizuhama, provocaban riñas y habían terminado por cansar a sus habitantes. Poco más.

Cuando el camino comenzó a dividirse en rutas menores, se detuvo para confirmar la dirección con un viajero que transportaba dos cestas suspendidas de una vara.

—¿Mizuhama? Sigue derecho hasta el cruce de piedra y toma el sendero de la izquierda. Vas a ver los arrozales antes de llegar.

Hachibi señaló la dirección indicada y el hombre asintió, pero al reparar en su bandana volvió a mirarlo.

—Entonces supongo que vas por esos tipos que se quedaron allá.

¿Los conoce?

—Conocerlos, no. He pasado un par de veces desde que llegaron. Son ruidosos, sobre todo cuando beben. La última vez había dos peleándose fuera de una taberna y otro gritándole a un vendedor porque decía que le había cobrado de más.

¿Atacaron a alguien?

—No vi cómo empezó la pelea. Uno terminó sangrando de la nariz, pero era de ellos. Al vendedor sí lo amenazaron; no sé si hicieron algo después.

Hachibi se dispuso a continuar.

—Si vas a echarlos, suerte. La gente de Mizuhama no suele meterse en problemas. Si llegaron al punto de pedir ayuda a Kirigakure, por algo será.

Eso no demostraba nada sobre los forajidos, pero sí aportaba un contexto que el informe no tenía. Hachibi agradeció con una inclinación y retomó el camino.

Tras el cruce aparecieron los arrozales y, detrás de ellos, Mizuhama. Era un asentamiento modesto, sin murallas, compuesto principalmente por casas de madera oscurecida por la humedad, pequeños comercios y talleres alrededor de un camino principal. El olor a pescado, sal y carbón encendido llegaba desde algún punto cercano.

La primera impresión no correspondía con la de un pueblo asediado. Una mujer sacudía una tela desde una ventana, dos niños perseguían una pelota improvisada y un pescador reparaba una red junto a varias cajas vacías. La gente trabajaba y entraba y salía de los comercios con normalidad.

Solo al internarse un poco más comenzaron a aparecer detalles distintos.

Una ventana había sido reparada recientemente con tablones más claros que el resto de la fachada. Cerca de allí, un hombre que barría frente a una tienda abandonó la escoba y entró cuando tres sujetos aparecieron por el extremo contrario de la calle.

Uno era ancho de hombros y llevaba una espada corta a la espalda; otro, más joven, tenía el cabello recogido y una botella en la mano; el tercero caminaba algunos pasos detrás, con una chaqueta sin abrochar pese al calor. Ninguno hacía nada que justificara una intervención.

Sin embargo, al pasar junto a una mujer que acomodaba verduras, la conversación que mantenía con un cliente se interrumpió hasta que los tres se alejaron.

Hachibi los siguió con la mirada. No podía asegurar que fueran los hombres mencionados en la solicitud, pero la reacción de los habitantes bastaba para mantenerlos en consideración.

La orden indicaba que debía presentarse ante el representante de Mizuhama. Lo encontró en un edificio junto a la plaza; un hombre de edad avanzada salió apenas reparó en la bandana.

—¿Vienes por nuestra solicitud? Pensé que tardarían más. Entra.

Dentro había una mesa grande, documentos, un mapa sencillo de los alrededores y otros dos hombres mayores. Uno de ellos observó a Hachibi de arriba abajo.

—¿Ese es el ninja?

—Lleva la bandana de Kirigakure. ¿Qué crees?

—Pensé que mandarían a alguien... mayor.

El tercero soltó aire por la nariz con cierta diversión.

—Mientras pueda hacer el trabajo, me da igual cuántos años tenga.

—Soy Isao. Me encargo de tratar con las autoridades cuando hace falta. Siéntate.

Cuando le preguntó si necesitaba que explicaran la situación, Hachibi abrió la libreta.

Desde el principio.

Isao reparó entonces en que no había pronunciado palabra.

—¿No hablas?

Hachibi negó.

—Fantástico.

—Tú tampoco ayudas demasiado cuando hablas, Daichi, y llevamos años soportándote.

El tercer hombre rió brevemente y la conversación volvió al asunto.

—Llegaron hace poco más de tres semanas. Al principio eran cinco. Pagaban comida y alojamiento y no daban motivos para echarlos. Después comenzaron a llegar otros.

¿Cuántos hay ahora?

—Ocho que sepamos.

—Nueve. El muchacho rubio volvió ayer. Lo vi junto al embarcadero.

Hachibi anotó la cifra.

¿Qué han hecho?

Los tres guardaron silencio por primera vez.

—¿Cuánto tiempo tienes?

—No hubo un único incidente —aclaró Isao—. Ese es el problema.

El tercero apoyó los brazos sobre la mesa.

—Siempre se quedan justo antes. Rompen una silla y dejan dinero; se pelean y dicen que fue entre ellos; amenazan sin decir exactamente qué harán. Uno empieza a beber antes de haber pagado y, si el dueño protesta, aparecen cuatro más detrás.

—Un comerciante cerró varios días después de discutir con uno. Dos empezaron a pasar todas las tardes frente a su negocio. Nunca entraron ni volvieron a dirigirle la palabra. Solo se quedaban allí.

—Porque sabían perfectamente lo que estaban haciendo.

Si aquello era cierto, no necesitaban formular una amenaza para que se entendiera como tal.

¿Les pidieron que se marcharan?

—Yo mismo. Hablé con el hombre que parece dirigirlos, Gorō. Le expliqué que queríamos que abandonaran Mizuhama.

—Y él explicó muy amablemente que no podíamos echar a viajeros que pagan alojamiento y comida.

Gorō.

¿Los amenazó?

—A mí no.

—Porque Gorō no necesita hacerlo.

Hasta entonces Hachibi había oído hablar de daños menores, intimidación y una conducta sostenida durante semanas, pero nada justificaba todavía tratar a los nueve de la misma manera.

Quiero hablar con quienes hayan tenido problemas con ellos.

—Puedo reunirlos.

Por separado.

—Será mejor. Algunos tienen miedo y otros están demasiado enojados. Si los juntas, en cinco minutos todos recordarán la misma historia.

Isao aceptó y se levantó para organizarlo. Antes de seguirlo, Hachibi se acercó a una ventana que daba hacia la plaza.

Los mismos tres hombres que había observado al llegar cruzaron conversando entre ellos. No provocaron a nadie ni prestaron atención a quienes tenían alrededor, pero un comerciante interrumpió su trabajo hasta que pasaron, alguien llamó a los niños desde una ventana y dos mujeres bajaron la voz.

Mizuhama no estaba ocupado por la fuerza. Los negocios abrían, la gente trabajaba y los niños todavía podían jugar en la plaza. Solo habían aprendido cuándo convenía apartarse.

Ya descubriría por qué.
25 de Verano del 150 — Mizuhama, País del Agua

Isao le consiguió una habitación cerca de la plaza. Hachibi dejó allí lo que no necesitaba y regresó al edificio de reuniones con la libreta, el equipo ninja y la katana. La primera persona ya lo esperaba.

Era una mujer entrada en años, con el cabello recogido y las mangas remangadas.

—Soy Hana. La taberna de la esquina es mía.

Hachibi recordó la ventana reparada.

Cuénteme qué ocurrió.

—¿Todo? Entonces vamos a tardar.

Hachibi asintió.

—Al principio no daban problemas. Venían a comer, bebían, pagaban y se marchaban. Ruidosos, sí, pero he tenido pescadores peores. La cosa empezó cuando llegaron más.

Una noche, dos de ellos se pelearon dentro del local: rompieron una mesa, tres jarras y uno terminó atravesando la ventana.

¿La pagaron?

—Hasta la última moneda. Gorō contó los daños conmigo al día siguiente y hasta dio algo de más por haber tenido que cerrar antes. Si solo fuera por eso, no habría enviado ninguna queja.

Entonces, ¿por qué la envió?

—Porque volvieron a hacerlo. Pelear, gritar, molestar a otros clientes. Una vez rodearon entre cinco a un hombre porque se rió cuando uno perdió una apuesta. No llegaron a golpearlo, pero tampoco hacía falta.

Luego mencionó un nombre nuevo.

—Tetsuji. Alto, pelo oscuro, una cicatriz pequeña junto a la barbilla. Sobrio hasta parece razonable; después de cuatro vasos empieza a buscar motivos para ofenderse.

Hachibi anotó los rasgos que podían ayudarle a reconocerlo sin depender del rostro.

¿Ha herido a alguien?

—Le partió el labio a Kenji hace una semana, pero Kenji golpeó primero. Tetsuji llevaba rato provocándolo: se burló de su hermano, le tiró bebida encima y se quedó delante esperando. Técnicamente fue defensa propia, si quieres llamarlo así.

¿Gorō estaba presente?

—Sí. Intervino cuando consideró que ya había sido suficiente.

¿Alguno la ha amenazado?

—Directamente, no. Tetsuji sí me preguntó cuánto costaría reemplazar la otra ventana. Sonrió mientras lo decía. Decide tú qué quiso decir.

Hachibi anotó la frase sin interpretarla.

Cuando terminó, Hana se puso de pie.

—No quiero que los maten. Quiero que se larguen. Hay diferencia.

Hachibi asintió.

El segundo testimonio fue Kazuo, un comerciante delgado de unos cuarenta años, con las manos manchadas por tinta y polvo.

Me dijeron que cerró su negocio tres días.

—Cuatro. Y no porque quisiera.

Uno de los forajidos había discutido con él por el precio del tabaco. Kazuo lo echó y, al día siguiente, dos hombres se plantaron frente a la tienda.

¿Hicieron algo?

—No.

¿Entraron? ¿Le hablaron?

—No. Pero estuvieron todo el día. Al siguiente volvieron. Miraban a cada cliente que entraba y salía. ¿Sabes cuánta gente quiso comprarme algo después de eso?

¿Eran siempre los mismos?

—No. Cambiaban.

Eso convertía la presencia frente a la tienda en algo menos casual.

—El cuarto día vino Gorō. Entró solo, compró el tabaco al precio marcado y preguntó por qué llevaba días cerrado. Le dije que dejara de hacerse el idiota. Aseguró que no sabía de qué hablaba; después se marchó y no volvieron a plantarse frente al negocio.

¿Le cree?

Kazuo tardó en responder.

—No lo sé. Quiero pensar que mentía, porque la otra opción es que esos hombres hagan lo que quieran sin que él pueda controlarlos.

Antes de marcharse añadió:

—No dejes que te convenza de que exageramos. Habla bien. Muy bien. Esa es parte del problema.

El tercer testimonio fue Kenji. Apenas superaba la edad de Hachibi y todavía conservaba una marca en el labio inferior.

—¿Tengo que contar todo otra vez? Ya se lo dije a Isao.

Quiero escucharlo de usted.

Kenji aceptó de mala gana.

—Tetsuji y yo peleamos.

¿Por qué?

—Porque es un imbécil.

La espera de Hachibi bastó para obligarlo a continuar.

—Estaba borracho y empezó a meterse conmigo. Después habló de mi hermano.

¿Qué dijo?

—Que era un cobarde.

¿Lo es?

—¡No!

Kenji comprendió demasiado tarde la dirección de la pregunta.

¿Quién golpeó primero?

Apartó la vista.

—Yo. Pero él quería que lo hiciera.

¿Cómo lo sabe?

—Porque después sonrió.

Kenji explicó que Tetsuji lo había derribado y golpeado dos o tres veces antes de que Gorō ordenara detenerse. Tetsuji obedeció de inmediato.

—Eso no convierte a Gorō en buena persona. Todos dicen que es el razonable porque paga lo que rompen y evita que los demás se pasen demasiado. Pero siguen haciéndolo. Si realmente quisiera detenerlos, podría hacerlo.

Era una opinión, aunque el mismo patrón empezaba a aparecer en varios testimonios.

La cuarta fue Emi, una joven de la lavandería. Su respuesta inicial rompió la tendencia.

¿Ha tenido problemas con alguno?

—No. Nunca me han amenazado ni roto nada. Pagan cuando llevan ropa y uno de ellos incluso me ayudó a mover una tina cuando se rompió una pata.

¿Quién?

—Ren. Es el más joven de los que llegaron primero, pelo claro, casi rubio. Tampoco lo he visto molestar a nadie.

Emi mencionó también a Mina, una mujer que compraba comida, hablaba con algunos y rara vez participaba en las reuniones o peleas del grupo.

Entonces no todos causan problemas.

—Eso intento decir. Hay gente aquí que quiere que se marchen todos porque ya está cansada, pero también he oído cosas que sé que no son verdad.

Contó que el día anterior alguien había acusado al grupo de robar pescado. Ella estaba presente: uno había tomado una pieza antes de pagarla, discutió con el vendedor, pero terminó pagando.

—Fue un idiota, sí. Ladrón, no.

¿Por qué cree que dicen cosas así?

—Porque cuando alguien te cae mal durante suficiente tiempo, empiezas a creer cualquier cosa mala que escuches sobre él.

Cuando Emi salió, Isao ofreció traer a otros dos testigos antes del anochecer. Hachibi negó.

Mañana.

—¿Ya terminaste por hoy?

Con ellos.

Isao comprendió.

—Quieres ver a los forajidos. Gorō y varios de los suyos suelen cenar en la taberna de Hana. Si siguen su costumbre, aparecerán dentro de una hora.

—¿Quieres que vaya contigo?

Hachibi negó.

—Entonces procura no dejar que Tetsuji descubra demasiado pronto que vienes a echarlos. Es solo un consejo.

Al salir, Hachibi repasó lo aprendido. Gorō pagaba los daños y parecía capaz de imponer obediencia, aunque no siempre lo hacía. Tetsuji buscaba enfrentamientos y sabía empujar a otros a iniciar las peleas. Ren y Mina, en cambio, apenas aparecían en las acusaciones.

No existía todavía una respuesta que pudiera aplicar por igual a los nueve.

Había escuchado bastante sobre ellos. Ahora quería observarlos cuando nadie estuviera acusándolos.
25 de Verano del 150 — Mizuhama, País del Agua

La taberna de Hana ocupaba una esquina de la plaza. La ventana reparada resultaba todavía más evidente de cerca, con astillas nuevas y dos tablas que aún no habían oscurecido con la humedad.

Hachibi entró y eligió una mesa desde la que podía observar buena parte del salón. La bandana de Kirigakure no era discreta, pero tampoco pretendía ocultarse.

Hana se acercó.

—¿Vas a comer? Bien. Si te quedas sentado sin pedir nada, vas a llamar más la atención que con esa banda.

Hachibi señaló uno de los platos de la pizarra.

—Pescado con arroz. Te lo traigo. Todavía no han llegado.

Mientras esperaba, comprobó que la presencia de los forajidos no había vaciado el establecimiento. Los habitantes seguían conversando y bebiendo, aunque varios asientos alrededor de una mesa grande permanecían libres incluso cuando empezaron a escasear sitios.

Unos veinte minutos después entraron cuatro personas. Hachibi reconoció a dos de los hombres vistos por la tarde; los acompañaban otro de cabello claro y una mujer con un brazalete oscuro en el antebrazo izquierdo.

Ren y Mina, probablemente.

Los cuatro ocuparon la mesa que nadie había querido utilizar. Nadie se marchó ni ocurrió nada amenazante, pero el volumen general descendió durante unos segundos.

—Hana, cuatro vasos.

—Tres. Mina pidió agua las últimas dos veces. Si quiere otra cosa, que me lo diga ella.

—Agua está bien.

El hombre ancho rió.

—Tres vasos y agua, entonces. Mujer difícil.

—Por eso sigues viniendo.

Durante varios minutos hablaron de un bote mal reparado. Ren discutía sobre la madera, el hombre ancho culpaba a las herramientas y Mina intervenía solo para señalar alguna tontería. Nada de aquello confirmaba la imagen que el pueblo tenía de ellos, aunque tampoco la desmentía.

El quinto integrante llegó poco después. Hachibi reparó primero en la cicatriz junto a la barbilla.

Tetsuji.

Entró con el andar ligeramente irregular de quien ya había bebido y tomó el vaso del hombre ancho sin preguntar.

—Pídete uno.

—Estoy comprobando que no esté envenenado.

Bebió buena parte.

—¿Y?

—Todavía no lo sé. Necesito otra prueba.

Ren rió; Mina y Hana no.

—Tetsuji.

—Ya sé, ya sé. El mío.

Dejó monedas sobre la mesa. Hana tenía razón: no se negaban a pagar; el problema estaba en lo que ocurría antes.

Poco después entraron dos pescadores y, al no encontrar otra mesa, se sentaron cerca del grupo. Tetsuji apenas los miró. El mayor lo ignoró; el joven no.

—¿Qué miras?

—Nada.

—Entonces tienes una forma rara de mirar nada.

Ren dejó de hablar. Mina apoyó el vaso sobre la mesa.

—Solo queremos cenar.

—Yo también. No les estoy impidiendo nada.

Era cierto, por ahora.

Tetsuji observó al joven un poco más.

—¿No eres tú el hermano de Kenji? Dile que la próxima vez aprenda a pegar.

El muchacho apretó la mandíbula.

—Aunque supongo que eso corre en la familia.

—Tetsuji.

—¿Qué?

—Come.

—Estoy hablando.

—Ese es el problema.

Ren soltó una carcajada. Tetsuji pareció dejar el asunto, hasta que tomó una pequeña semilla de su bebida y la lanzó contra la espalda del pescador.

No hizo daño, pero consiguió que se volviera.

—¿Puedes dejarme tranquilo?

Tetsuji abrió las manos.

—Yo no hice nada.

El hombre mayor sujetó a su acompañante antes de que se levantara.

—Hazle caso. Tu hermano tampoco sabía cuándo sentarse.

El joven intentó soltarse.

Hachibi ya entendía la mecánica: Tetsuji no necesitaba empezar una pelea; bastaba con conseguir que alguien más lo hiciera.

El pescador logró ponerse de pie.

—Vuelve a mencionar a mi hermano.

Tetsuji también comenzó a levantarse, pero una mano cayó sobre su hombro.

El recién llegado era mayor que los demás, llevaba una espada a la cintura y no necesitó levantar la voz para que Tetsuji volviera a sentarse.

—Ya basta.

—Solo estábamos hablando.

—Entonces habla con nosotros.

Después miró al pescador.

—Él no volverá a molestarte.

—¿Y mañana?

Hubo unos segundos de silencio.

—Tampoco.

Tetsuji resopló, pero obedeció.

El hombre ocupó la silla libre.

—Llegas tarde, Gorō.

La sospecha de Hachibi quedó confirmada.

—Te perdiste a Tetsuji haciendo amigos.

—No hice nada.

Gorō ni siquiera lo miró.

—Esa frase empieza a preocuparme cada vez que sale de tu boca.

Durante los minutos siguientes no hubo más problemas. Gorō pidió comida y habló con los suyos con absoluta normalidad. Lo importante era otra cosa: todos le prestaban atención cuando hablaba, incluido Tetsuji.

La escena coincidía con los testimonios. Gorō intervenía cuando consideraba que uno de los suyos había llegado demasiado lejos, pero no parecía sorprendido de encontrar a Tetsuji provocando a alguien ni exigía disculpas después. Simplemente lo detenía.

Hachibi terminó de comer. Cuando se levantó, Tetsuji reparó en la bandana.

—Tú. El de Kirigakure.

Hachibi se detuvo.

—¿Qué hace un shinobi solo en un pueblo como este?

No respondió.

—¿Eres sordo?

—No parece.

Tetsuji ignoró a Mina.

—Te pregunté algo.

Hachibi sacó la libreta. El movimiento bastó para que Ren enderezara la espalda y el hombre ancho dejara el vaso.

Estoy trabajando.

—¿En qué?

Hachibi cerró la libreta.

—Déjalo, Tetsuji.

—Solo estoy preguntando.

—Y él claramente no quiere responderte.

Tetsuji se reclinó de nuevo.

—Qué gente tan poco sociable.

Hachibi siguió hacia la puerta.

—Shinobi.

Se volvió. Gorō sostuvo su mirada desde la mesa.

—Si tu trabajo tiene algo que ver con nosotros, será más fácil que vengas a hablar conmigo directamente.

No había amenaza ni sorpresa en el tono.

Hachibi respondió con una inclinación y salió.

De regreso a la posada ya no necesitaba consultar las notas. Tetsuji provocaba hasta obtener una reacción que después podía utilizar como excusa; Mina parecía más dispuesta a contenerlo que a acompañarlo; Ren no había mostrado interés en el conflicto y Gorō podía detener una situación con unas pocas palabras.

La cuestión era por qué esperaba hasta que ya había comenzado.

A juzgar por la última frase de Gorō, ambos habían terminado de fingir que no sabían por qué Hachibi estaba en Mizuhama.
26 de Verano del 150 — Mizuhama, País del Agua

Hachibi regresó a la taberna durante la mañana. A esa hora solo había dos mesas ocupadas y Hana revisaba cuentas detrás del mostrador.

—Si buscas a Tetsuji, todavía debe estar durmiendo la mitad de lo que bebió ayer.

Hachibi negó y escribió un nombre.

Gorō.

—Ese sí suele levantarse temprano. Están en una casa cerca del embarcadero, una antigua posada con contraventanas verdes.

Le indicó el camino y, antes de que saliera, añadió:

—No te confundas porque Gorō sepa hablar sin escupirle a nadie en la cara. Si quisiera que los demás dejaran de comportarse así, ya lo habría conseguido.

Hachibi agradeció con una inclinación y se dirigió al embarcadero.

Encontró la casa sin dificultades. Varias botas descansaban junto a la puerta y una cuerda improvisada cruzaba la entrada lateral para tender ropa. Ren abrió con el cabello todavía húmedo.

—Ah. El shinobi silencioso. Supongo que buscas a Gorō.

Hachibi asintió.

—Está atrás. Puedes pasar. Si quisieras arrestarnos, imagino que habrías traído más gente.

La casa parecía menos un refugio que el alojamiento desordenado de un grupo que llevaba demasiado tiempo compartiendo techo. Mina reparaba una correa cerca de una ventana y saludó con tranquilidad.

—Buenos días.

Ren señaló el patio trasero.

Gorō estaba sentado sobre una caja, afilando su espada. No pareció sorprendido al verlo.

—Pensé que vendrías anoche. Supongo que preferiste escuchar primero al resto del pueblo.

Sí.

—Sensato.

Guardó el arma.

—Entonces ya sabes quién soy.

Y usted sabe por qué estoy aquí.

—Lo sospecho. La gente de Mizuhama se cansó de nosotros y pidió que Kirigakure viniera a echarnos.

¿Se equivoca?

Gorō apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Depende de qué parte. Sí, se cansaron. Sí, algunos de los nuestros se han comportado como idiotas. Y sí, Tetsuji tiene una capacidad casi admirable para encontrar problemas incluso cuando nadie está buscándolos.

Entonces sabe que existe un problema.

—Claro que existe. Lo que no acepto es que eso convierta automáticamente a nueve personas en criminales.

No he dicho que lo sean.

Gorō rió brevemente.

—Por eso estás aquí solo hablando conmigo y no rodeando la casa con shinobi.

Enumeró después lo que Hachibi ya había escuchado: pagó la ventana de Hana, apartó a los hombres de la tienda de Kazuo cuando supo lo que hacían y Kenji había golpeado primero.

—Sí lo mencionó, ¿verdad?

Hachibi asintió.

—Entonces al menos no te están alimentando únicamente con la versión que más les conviene.

También hablé con Emi.

—Eso explica por qué todavía no has decidido que Ren roba niños y Mina incendia casas.

Ren apareció apoyado en el marco de la puerta.

—Solo los martes.

—Cállate.

Ren desapareció y Gorō volvió hacia Hachibi.

—Ves el problema.

Veo varios. Tetsuji provoca peleas. Algunos de sus hombres intimidan comerciantes. La gente cambia su comportamiento cuando ustedes aparecen.

—Nada de eso lo discuto.

Y usted lo permite.

Gorō tardó un poco más.

—Los detengo cuando cruzan la línea.

¿Qué línea?

—No robar. No tocar a alguien que no quiera pelea. No acosar mujeres. No amenazar niños. No destruir algo sin pagarlo. No matar a nadie.

Tetsuji provoca a otros hasta que lo golpean.

—Sí.

Sus hombres redujeron el negocio de Kazuo sin amenazarlo.

—Y los aparté en cuanto lo supe.

Hana recibió una pregunta sobre cuánto costaría romper otra ventana.

Gorō frunció el ceño.

—Eso no lo sabía.

Entonces no puede garantizar sus reglas.

El hombre sostuvo su mirada y acabó concediendo:

—No. Pero tampoco puedo encerrar a ocho adultos en una habitación para impedir que hagan algo estúpido.

Puede marcharse con ellos.

—Ahí está. La verdadera razón de esta conversación.

Explicó que esperaban una embarcación que pasaría por Mizuhama dentro de cuatro días; tenían trabajo al otro lado de la costa y parte del pago ya estaba adelantado.

Cuatro días son suficientes para otro problema.

—También son cuatro días durante los cuales puedo asegurarme de que no ocurra.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que obligue a todos a salir hoy cargando nuestras cosas porque el pueblo ya no nos soporta? Pagamos alojamiento, comida y lo que rompemos. Nadie aquí puede señalar un delito por el que los nueve debamos ser detenidos.

Hachibi no discutió esa última parte.

¿Por qué quedarse si nadie los quiere aquí?

—Porque estar incómodo no es lo mismo que estar obligado. Y porque si cada vez que alguien decide que no le gusta nuestra presencia tenemos que levantar el campamento, pasaremos la vida caminando.

No es su presencia. Es su conducta.

—La conducta de algunos.

Que usted dirige.

Gorō guardó silencio antes de hablar de nuevo.

—¿Quieres saber por qué siguen conmigo? Porque conmigo tienen reglas. Tetsuji sin alguien que le diga cuándo detenerse dura dos semanas antes de terminar muerto o matar a otro. Ren es mejor de lo que aparenta, pero tiene el sentido común de una piedra cuando alguien le ofrece dinero rápido. Mina podría irse cuando quisiera. Los demás tienen sus propias razones.

Eso no convierte al pueblo en responsable de ellos.

—No. Y tampoco pretendo que lo sea.

Gorō se levantó.

—Hagámoslo sencillo. Cuatro días. Yo mantengo a los míos fuera de problemas y, cuando llegue nuestra embarcación, desaparecemos de Mizuhama.

¿Y si alguno vuelve a causar problemas?

—Me encargo yo.

No.

Me encargo yo.

La cordialidad desapareció por un instante.

—Eso depende de qué entiendas por encargarte.

Dependerá de lo que hagan.

Gorō terminó sonriendo, aunque con menos humor.

—Bien. Entonces tenemos un acuerdo.

Hachibi negó.

Tenemos cuatro días.

—Eres bastante molesto para alguien que no habla.

—Te lo dije anoche.

—Nadie te preguntó.

—Eso nunca me ha detenido.

Hachibi se dispuso a marcharse, pero Gorō lo detuvo.

—¿Cómo te llamas?

Hasta entonces ninguno de ellos se lo había preguntado.

Yatō Hachibi.

Gorō leyó el nombre.

—Hachibi. Nos veremos estos días, entonces.

No había conseguido que se marcharan, pero tampoco tenía todavía una razón para obligarlos. Gorō acababa de comprometerse a mantener bajo control a ocho personas durante cuatro días y Hachibi había dejado claro que intervendría si fallaba.

Regresó con Isao.

—¿Hablaste con él?

Dicen que se marcharán en cuatro días.

La expresión del anciano bastó para anticipar la respuesta.

—Eso mismo dijo hace dos semanas. No cuatro días exactamente; dijo que esperaban trabajo y después continuarían su camino.

¿Mintió?

—No puedo demostrarlo. Puede que el trabajo se retrasara. Gorō es cuidadoso con las palabras; rara vez dice algo que luego puedas señalar y llamar mentira.

Aceptó mantenerlos fuera de problemas hasta que se marchen.

Isao soltó una risa breve.

—También intenta hacer eso todos los días. No te digo que no le creas; solo que llevamos semanas escuchando razones para soportarlos un poco más.

Hachibi pasó las horas siguientes recorriendo Mizuhama. La diferencia se hizo perceptible antes del mediodía: los forajidos seguían en las calles, pero parecían tener destinos concretos. Ren descargaba una caja cerca del embarcadero a cambio de unas monedas; Mina compró alimentos y regresó a la casa; otros dos hombres atravesaron la plaza rumbo a las afueras.

Tetsuji no apareció.

Hana también lo notó.

—Si Gorō logró mantenerlo encerrado todo el día, quizá deberíamos pagarle nosotros.

No había motivo para considerar resuelto el problema, pero tampoco para intervenir en una tranquilidad que, al menos durante unas horas, parecía genuina.

Después de comer encontró a Kazuo discutiendo con uno de los forajidos. El hombre, corpulento y con una cuerda roja atada a una muñeca, quería dos paquetes de tabaco y no tenía suficiente dinero.

—Te estoy diciendo que no.

—Y yo que solo necesito hasta mañana.

—No vendo fiado.

El forajido reparó en Hachibi.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Kazuo resopló.

—Lleva diez minutos intentando convencerme de lo mismo.

Hachibi miró al comerciante.

—No me ha amenazado.

Añadió, después de una pausa:

—Todavía.

El hombre contó sus monedas sobre el mostrador; no alcanzaban.

—Esto es lo que tengo. El resto mañana.

—No.

El forajido guardó el dinero y miró la bandana de Hachibi.

—Tú eres el que habló con Gorō esta mañana. Ya entiendo por qué todos actúan como si fueran a arrestarlos por respirar.

¿Su nombre?

—Saburō.

Hachibi anotó el nombre junto con la cuerda roja.

¿Gorō le dijo que evitara problemas?

—Sí.

Entonces váyase.

Saburō miró la frase.

—¿Y qué problema estoy causando?

Ninguno todavía.

—Entonces no tienes nada que hacer aquí.

Tenía razón. Había discutido, pero no amenazado, golpeado ni intentado llevarse mercancía. Hachibi no intervino.

—Eso pensé.

Antes de irse, Saburō miró a Kazuo.

—Mañana vuelvo cuando tenga todo el dinero.

—Y mañana te venderé si todavía quiero venderte.

Cuando se alejó, Kazuo volvió hacia Hachibi.

—¿Ves lo que hacen? Nunca es suficiente. Siempre hay una excusa para quedarse un minuto más, pedir una cosa más, discutir una vez más. Y si te quejas, técnicamente no hicieron nada.

Esta vez no hizo nada.

—Porque estabas aquí.

Podía ser cierto. También podía no serlo.

La tarde terminó sin incidentes y, al caer el sol, la tranquilidad empezaba a parecer menos casual. Gorō había cumplido, al menos durante el primer día.

Hachibi cenó temprano. De regreso a la posada escuchó un golpe seco en una calle lateral, seguido por algo metálico cayendo al suelo.

Encontró tres figuras detrás de varios almacenes: Tetsuji, Saburō y el pescador mayor que la noche anterior acompañaba al hermano de Kenji. Este último respiraba con dificultad y ya se formaba una marca rojiza alrededor de su cuello.

—Te pregunté dónde está.

—Y ya te dije que no lo sé.

—Entonces piensa mejor.

—Déjalo en paz.

—Eso no depende de ti.

Saburō fue el primero en ver a Hachibi.

—Mierda.

Tetsuji se volvió.

—Mira quién apareció.

¿Qué ocurre?

—Nada que te importe.

El pescador respondió:

—Está buscando a Kenji.

—Cállate.

Hachibi dio un paso.

—No lo estoy golpeando.

—Todavía.

Saburō intervino.

—Ya estuvo. Gorō dijo que no quería problemas.

—Gorō no está aquí.

La respuesta dejó claro que no actuaban siguiendo una orden.

Déjelo ir.

—¿O qué?

Tetsuji se separó de la pared y avanzó hacia él.

—Ayer te vi sentado ahí, mirándonos como si fueras mejor que todos. Hoy vas preguntando nombres y metiendo la nariz en cada discusión. ¿Eso te hace sentir importante? Vamos. Escribe algo.

Hachibi mantuvo el pincel quieto.

—¿Nada?

Cerró la libreta.

—Eso pensé.

Tetsuji intentó volver hacia el pescador, pero Hachibi se interpuso.

—Muévete.

Hachibi negó.

—Tetsuji.

—No te metas.

Cuando Tetsuji extendió el brazo para sujetar otra vez al pescador, Hachibi interceptó su muñeca y lo apartó.

—¿Quieres pelear?

Hachibi negó de nuevo.

—Entonces deja de tocarme.

Lo empujó. Antes de que pudiera intentarlo otra vez, Saburō se colocó entre ambos.

—¡Ya basta!

—¿Ahora estás de su lado?

—Estoy del lado de no tener a Gorō partiéndome la cabeza porque tú no sabes detenerte.

Hachibi indicó al pescador que se marchara.

Váyase.

El hombre obedeció de inmediato.

—Esto no terminó.

Sí.

Terminó.

Tetsuji soltó una carcajada breve.

—Ahora entiendo por qué Gorō te encuentra divertido. Vamos, Saburō.

Saburō no lo siguió inmediatamente.

—Yo no lo toqué. Solo vine porque dijo que quería hablar con él.

Eso no fue hablar.

—No.

Tetsuji lo llamó y Saburō se marchó tras él.

Hachibi fue directamente a la casa.

Ren abrió la puerta y dejó de bromear al verlo.

—Está arriba.

Gorō apareció antes de que alcanzara las escaleras.

—¿Qué ocurrió?

Tetsuji estaba intimidando a un pescador para encontrar a Kenji. Saburō estaba con él, pero intentó detenerlo cuando llegué.

—¿Golpearon al hombre?

Hachibi negó.

Tetsuji lo había sujetado. Intentó hacerlo otra vez.

—¿Y tú?

Lo detuve.

Gorō pasó una mano por el cabello. En ese momento llegaron Tetsuji y Saburō, todavía discutiendo.

—Te dije que no necesitaba que fueras corriendo detrás de mí.

—Y yo te dije que esto iba a terminar mal.

Callaron al ver a Gorō.

—¿Fuiste a buscar a Kenji?

—Quería hablar con él.

—Te pregunté si fuiste a buscarlo.

—Sí.

—Después de que te dije que dejaras a esa familia tranquila.

—No encontré a Kenji. Me topé con el viejo y le pregunté dónde estaba.

Saburō negó.

—No fue así. Lo agarraste del cuello.

—No lo golpeé.

Gorō cerró los ojos un instante.

—Ese no es el punto.

—Siempre termina siendo el punto. Nadie salió herido, no robé nada y ni siquiera encontré al tipo que buscaba. ¿Qué quieres, que pida permiso antes de hablar con alguien?

—Quiero que entiendas una orden sencilla cuando te la doy.

—No eres mi padre.

—No. Soy el hombre que lleva años evitando que termines muerto por una estupidez.

Tetsuji acabó apartando la mirada.

—Entonces échame. Tienes al shinobi encima, el pueblo llorando y todos esperando que seas razonable. Hazlo y problema resuelto.

—No conviertas esto en algo que no es.

—¿Y qué es?

—Que te dije que pararas y no lo hiciste.

Gorō lo observó unos segundos y señaló las escaleras.

—Recoge tus cosas. Te marchas mañana.

La decisión sorprendió incluso a Tetsuji.

—La embarcación llega en tres días.

—Entonces caminarás.

Tetsuji miró alrededor, pero nadie salió en su defensa.

—Te lo buscaste.

—Muy bien.

Al pasar junto a Hachibi, se detuvo.

—Espero que estés satisfecho.

Hachibi negó. Tetsuji subió las escaleras con más irritación que antes.

Gorō esperó a que desapareciera.

—¿Eso resuelve tu problema?

Uno.

Gorō soltó aire por la nariz.

—Sabía que ibas a decir algo así.

Saburō intentó detenerlo. No considero que haya hecho lo mismo.

Saburō levantó las cejas.

Pero Tetsuji no es el único problema. Mizuhama pidió ayuda por semanas de intimidación. Sacarlo a él no borra lo demás.

—¿Qué quieres entonces?

Que se marchen mañana.

Gorō negó.

—Dijimos cuatro días. Tetsuji rompió el acuerdo y ya me estoy ocupando de él. Los demás no tienen por qué perder un trabajo por lo que hizo uno.

Mina intervino.

—Gorō. Podemos irnos mañana.

—No tenemos transporte.

—Tenemos piernas.

Ren asintió.

—Y hemos perdido trabajos peores. Quedarnos tres días más para demostrar un punto empieza a salir más caro que largarnos.

Saburō se encogió de hombros.

—Yo tampoco tengo nada aquí que valga una pelea con Kirigakure.

Las palabras de los suyos cambiaron la conversación más que cualquier argumento de Hachibi.

—¿Todos piensan igual?

Los demás asintieron.

—Mañana al mediodía.

Al amanecer.

Gorō rió.

—No abuses.

Hachibi no cedió.

—Podemos estar listos al amanecer.

—Del lado que duerme tranquilo mañana.

Gorō terminó aceptando.

—Al amanecer.

El asunto parecía resuelto hasta que se escuchó un golpe arriba. Un segundo ruido, mucho más fuerte, hizo que todos se movieran.

La habitación de Tetsuji estaba vacía y la ventana permanecía abierta. Había ropa abandonada, un cajón volcado y su mochila había desaparecido.

—Eso no estaba así hace cinco minutos.

—Se fue.

Si Tetsuji solo hubiese querido abandonar Mizuhama, no existía problema alguno. Pero había pasado las últimas horas buscando a Kenji.

Gorō comprendió lo mismo.

—¿Dónde vive el muchacho?

—Cerca de los campos del norte.

Gorō tomó su espada.

—Ren, conmigo.

Hachibi negó y señaló hacia el resto de la casa.

—Quieres que me quede con los demás. Tetsuji es asunto mío.

Ahora es asunto de la misión.

Gorō no discutió.

Cuando Hachibi bajó, Saburō lo siguió.

—Conozco los lugares a los que va cuando quiere que nadie lo encuentre. Y antes de que preguntes: no pienso ayudarlo.

Salieron juntos. Ahora sí había prisa.

—Si está buscando a Kenji, no irá directamente a su casa. Hay un cobertizo viejo detrás de los canales. Si quiere esperar a alguien sin que lo vean desde el camino, empezaría por ahí.

Dejaron atrás las últimas viviendas. Cerca de un canal encontraron una tabla desplazada y huellas recientes en el barro.

—Alguien pasó por aquí.

Hachibi señaló dos marcas diferentes.

—Dos personas.

Kenji podía haber llegado primero o Tetsuji ya podía haberlo encontrado.

Continuaron con mayor rapidez.

El cobertizo apareció unos minutos después. Había luz en el interior y se escuchaban voces.

—Te di una oportunidad ayer.

—¿Una oportunidad para qué? ¿Para dejar que sigas haciendo lo que quieres?

Kenji estaba dentro, con un palo de madera entre las manos. Tetsuji permanecía frente a él, desarmado.

—Me pegaste primero aquella noche y luego fuiste llorando por el pueblo hasta conseguir que todos hablaran de mí como si hubiera intentado matarte.

—Yo no fui a buscar a nadie.

—No hacía falta. Todos estaban encantados de contar la historia por ti.

—¿Y por eso agarraste a mi tío? ¿También fue culpa mía?

—Solo quería saber dónde estabas.

—Pues ya me encontraste. ¿Qué quieres?

Tetsuji sonrió.

—Que termines lo que empezaste.

Eso bastaba. Hachibi abrió la puerta.

—No puede ser.

Saburō entró detrás.

—Te dije que esto iba a acabar mal.

Hachibi señaló la salida a Kenji.

—No pienso dejarlo ir otra vez.

Usted también vino a buscarlo. Y vino armado.

Kenji miró el palo.

—Es un pedazo de madera.

Hachibi esperó. Kenji terminó soltándolo.

—Qué obediente.

—No ayudas.

Vuelva al pueblo.

—¿Y él?

Se queda.

Kenji obedeció esta vez.

Cuando sus pasos desaparecieron, Tetsuji se dirigió a la puerta.

—Yo también terminé.

Hachibi se interpuso.

—Ya no estoy con Gorō. Ya no estoy en el pueblo. No he golpeado a Kenji y no voy a volver. Así que no tienes nada conmigo.

—Agarraste a su tío por el cuello para encontrarlo.

—Y sigue vivo.

Saburō cerró los ojos con cansancio.

Regresará conmigo.

—No.

Puede hacerlo caminando. O puedo llevarlo.

Tetsuji levantó la mirada y sonrió.

—Ahí está. Sabía que debajo de toda esa tinta había alguien esperando una pelea.

—Tetsuji, no seas estúpido.

—¿Ahora también me tienes miedo por él?

—No. Tengo miedo de tener que explicarle a Gorō por qué dejé que hicieras otra estupidez.

Tetsuji atacó antes de que terminara la frase.

El primer golpe fue directo al rostro. Hachibi lo esquivó y retrocedió lo justo para evitar el segundo. Tetsuji intentó cerrar la distancia, pero el muchacho cambió el ángulo y evitó quedar contra la pared.

—¡Deja de moverte!

Volvió a atacar. Hachibi desvió el brazo y utilizó su impulso para obligarlo a girar; Tetsuji recuperó el equilibrio y respondió con un codazo que pasó demasiado cerca.

No era un borracho incapaz de defenderse.

—Mucho mejor.

Tetsuji volvió a buscar la corta distancia. Hachibi retrocedió hacia la entrada y él lo siguió, justo lo que quería: fuera tendría más espacio para desplazarse.

Apenas cruzaron la puerta, Hachibi cambió de dirección. Tetsuji resbaló ligeramente sobre la tierra húmeda y necesitó corregir la postura. Ese instante bastó para que varias agujas se clavaran en el suelo frente a él.

—¿Ahora sí vas a usar armas?

Hachibi ya tenía otras entre los dedos.

Tetsuji probó a rodearlo por un costado, pero Hachibi le cerró el paso. Cuando lo intentó por el contrario, encontró la misma respuesta.

—Qué fastidio.

Tetsuji llevó una mano hacia la cintura.

—No.

Era demasiado tarde: un cuchillo apareció en su mano. Desde ese momento, Hachibi dejó de tratar aquello como una riña.

Tetsuji lanzó el arma. Hachibi salió de la trayectoria y la hoja terminó clavada en el cobertizo. Antes de que pudiera alcanzar otra, el Genin lanzó dos agujas: una rozó la manga y la segunda atravesó la tela del pantalón lo suficiente para sujetarlo momentáneamente a una tabla caída.

—¡¿Qué demonios?!

Hachibi cerró la distancia. Apartó con un golpe la mano que buscaba otra arma y no volvió a darle espacio para organizarse. Tetsuji logró empujarlo y liberarse de la tela, pero recibió un golpe en el costado y otro en el hombro antes de responder.

Hachibi bloqueó parcialmente el puñetazo, tomó su muñeca y utilizó el desequilibrio para llevarlo al suelo. Una rodilla contra la espalda y el brazo inmovilizado detrás terminaron el enfrentamiento.

—¡Suéltame!

Hachibi aumentó la presión.

—¡Está bien! ¡Dije que está bien!

Saburō se acercó.

—Creo que quiere saber qué significa exactamente “está bien”.

—¡Que vuelvo al maldito pueblo! Y no voy a buscar a Kenji.

La presión cedió.

Tetsuji se levantó cubierto de barro y regresó entre ambos sin volver a discutir.

Gorō los esperaba cerca de la entrada de Mizuhama. Kenji había llegado antes y había explicado suficiente para evitar otra búsqueda.

—Supongo que no quiso venir caminando.

Saburō rió.

—Al final sí.

—Váyanse al demonio.

Tetsuji pasó de largo.

—¿Kenji está bien? ¿Su tío?

Hachibi asintió a ambas preguntas.

—Entonces ya terminó.

Cuando se marchen.

Gorō sonrió con cansancio.

—Al amanecer. Lo recuerdo.

Esta vez no hubo discusión.

La salida comenzó antes de que el sol apareciera por completo. Los integrantes del grupo se reunieron frente a la antigua posada con mochilas, armas y sus pocas pertenencias. Nadie organizó una despedida, aunque varias ventanas se abrieron cuando comenzaron a caminar.

Ren cargaba más de lo que parecía pertenecerle.

—Me hicieron responsable de todo lo que nadie quiso llevar.

—Porque fuiste el último en levantarte.

—Eso no convierte esto en justicia.

Saburō saludó a Hachibi con una inclinación breve. Tetsuji no lo miró.

Gorō fue el último en abandonar la casa. Entregó la llave al propietario y se acercó a Hachibi.

—Supongo que ahora sí puedes decir que cumpliste.

Cuando estén fuera de Mizuhama.

Gorō rió.

—Realmente eres insoportable.

Comenzó a alejarse, pero se detuvo después de unos pasos.

—Una cosa, Hachibi. Dile a Masaru que todavía sabe escoger a quién mandar.

Por primera vez desde que se conocían, Gorō consiguió sorprenderlo.

—Así que no te dijo nada.

Hachibi buscó la libreta, pero Gorō levantó una mano.

—Pregúntaselo a él.

Continuó caminando.

Hachibi observó al grupo tomar el camino que abandonaba Mizuhama hasta que el último desapareció detrás de los campos.

Isao esperaba frente al edificio de reuniones cuando regresó a la plaza.

—¿Se fueron?

Hachibi asintió.

—Pensé que sería más difícil.

No compartía del todo aquella valoración.

—Gracias.

Hachibi respondió con una inclinación.

No había mucho más que hacer. Los daños ya estaban pagados, nadie requería atención urgente y los nueve habían abandonado el pueblo. Solo quedaba redactar el informe, incluyendo la intimidación al pescador y el enfrentamiento posterior.

Recogió sus pertenencias y emprendió el regreso a Kirigakure.

La misión había comenzado con una recomendación de Masaru y terminaba con un hombre que, aparentemente, conocía el motivo. Cuando regresara, aquella sería la primera pregunta que intentaría responder.
Masashi Kishimoto
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06-10-2026, 05:05 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Automisión|C] Los forajidos (TID 15063)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Yato Hachibi — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Madara
Rango Genin
Clan Uchiha
Nivel 2
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia0(1)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo9
180
180
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06-10-2026, 05:05 PM
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