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[Automisión|C] Investigación en el Monasterio
Hachibi
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Clan Heizu
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02-10-2026, 07:03 AM
Investigación en el Monasterio
Monasterio de la Cumbre — País de las Montañas
10 de Otoño, Año 150

Pertenencia.

Las mañanas en el monasterio comenzaban bastante antes de que el sol consiguiera superar las montañas. El sonido de las campanillas acompañaba el tránsito de los residentes entre los distintos edificios, mientras algunos retiraban la nieve acumulada durante la noche de las escalinatas y otros transportaban agua caliente hacia las habitaciones comunes. Entre los muros de piedra, el viento encontraba recorridos estrechos que lo hacían silbar, pero apenas conseguía perturbar aquella actividad acostumbrada. Hachibi comenzaba a familiarizarse con ella. 

Llevaba varios días recorriendo aquellos pasillos, primero por curiosidad y después por circunstancias que lo habían llevado incluso a conocer las entrañas del monasterio.

Precisamente por ello, no le resultó demasiado extraño que uno de sus residentes acudiera a buscarlo.

Un objeto de considerable valor para la congregación había desaparecido durante la noche. Se trataba de un pequeño relicario de plata, elaborado varias generaciones atrás y utilizado únicamente durante determinadas ceremonias. Su valor monetario era secundario para los residentes, que lo consideraban parte de la historia del monasterio; aquella tarde debía celebrarse una ceremonia para la que su presencia era indispensable, y la posibilidad de sustituirlo había sido descartada por los propios monjes. El responsable de su custodia aseguraba haberlo dejado en el interior de una caja de madera, dentro de una habitación destinada a resguardar los objetos ceremoniales. Al acudir por la mañana, encontró la caja vacía.

Las circunstancias habían dado lugar a una discusión entre algunos residentes. Unos sospechaban de los visitantes que habían solicitado alojamiento durante los últimos días; otros consideraban improbable que alguien ajeno al monasterio conociera la existencia del relicario o el lugar donde se conservaba. Había incluso quien proponía revisar las pertenencias de todos los presentes, una iniciativa que, por el momento, no había recibido autorización.

Hachibi escuchó la explicación sin interrumpir.

No era particularmente devoto, ni poseía conocimientos suficientes acerca de las tradiciones que allí se practicaban, pero comprendía que una reliquia podía tener un valor muy distinto para quienes habían pasado buena parte de su vida custodiándola. También entendía que acusar indiscriminadamente a los residentes difícilmente contribuiría a encontrarla. Si el objeto continuaba dentro del monasterio, iniciar una búsqueda demasiado evidente podría provocar que quien lo tuviera decidiera ocultarlo en otro lugar, o deshacerse de él.

Solicitó mediante gestos que lo condujeran hasta la habitación.

El trayecto atravesaba uno de los patios interiores, donde varias hileras de pequeñas banderas de tela colgaban entre las columnas. Sus extremos se agitaban irregularmente por las corrientes que descendían desde los tejados. Hachibi prestó atención a los accesos, las escaleras y las ventanas que comunicaban aquella sección con los edificios contiguos; conocer la distribución del lugar le permitiría comprender mejor las posibles rutas de entrada y salida. También observó a quienes se cruzaban con ellos, aunque sin detenerse demasiado en sus rostros. Los hábitos, la manera de caminar, los objetos que transportaban y las particularidades de su vestimenta le resultaban referencias mucho más útiles para distinguirlos.

La habitación estaba situada al final de un corredor relativamente apartado. Contaba con una única puerta de madera reforzada y una ventana estrecha orientada hacia una terraza exterior, considerablemente más baja que el suelo de la estancia. Los muebles eran escasos, pero cada uno parecía tener un propósito definido. Sobre una mesa descansaban varios recipientes utilizados para quemar incienso, mientras que una estantería ocupaba parte del muro opuesto. Al fondo se encontraba la caja que le habían descrito.

Hachibi se aproximó sin tocarla.

Observó primero su posición respecto a los demás objetos y después se inclinó para examinar el cierre. Necesitaba determinar si había sido forzado, si la madera presentaba alguna alteración reciente o si, por el contrario, quien había sustraído el relicario había dispuesto de los medios necesarios para abrirlo sin dificultad. La ventana mereció una atención semejante: desde el exterior, acceder a ella requeriría superar un desnivel nada despreciable, aunque semejante obstáculo no era necesariamente suficiente para descartar aquella posibilidad.

Una vez concluida esa primera observación, se incorporó y dirigió la mirada hacia el residente que lo acompañaba. Señaló la caja, después la puerta y finalmente levantó dos dedos, indicando que necesitaba conocer quiénes habían tenido acceso a la estancia desde la última vez que el objeto fue visto.

No tenía intención de registrar el monasterio entero sin antes reducir las posibilidades. Había demasiadas habitaciones, demasiados residentes y, sobre todo, demasiado poco tiempo hasta la ceremonia.

Comenzaría por averiguar si realmente había entrado alguien a robar el relicario, o si este había desaparecido de manos de una persona que tenía permitido acercarse a él.

Testimonios.

El residente tardó unos segundos en comprender la pregunta. Primero señaló hacia sí mismo, después levantó tres dedos y comenzó a enumerar a quienes, según su conocimiento, habían tenido motivos para acceder a la habitación. El primero era el encargado de custodiar los objetos ceremoniales; el segundo, uno de los ayudantes que preparaban los materiales para la celebración. La tercera persona era un monje anciano que acostumbraba acudir para limpiar los recipientes de incienso. Los tres disponían de autorización para entrar, aunque únicamente el custodio conservaba la llave de la caja.

—Anoche vino a comprobar que todo estuviera preparado —explicó, refiriéndose al encargado—. Esta mañana fue él quien nos informó de la desaparición.

Hachibi extendió la mano hacia el cierre. Esperó a que el residente asintiera antes de examinarlo, recorriendo con los dedos los bordes de la madera y las pequeñas piezas metálicas que lo componían. No parecía haber sido arrancado ni presentaba una deformación evidente, aunque tampoco estaba en condiciones de descartar una apertura mediante herramientas. Levantó ligeramente la tapa, observó su interior y después recorrió con la mirada la superficie de la mesa. Había polvo acumulado en las esquinas y pequeñas irregularidades en el lugar donde descansaba la caja, pero nada que, a simple vista, permitiera identificar al responsable.

La atención del muchacho se trasladó hacia la ventana.

—No encontramos nada abierto —adelantó el residente, interpretando su interés—. Aunque debo reconocer que tampoco revisamos demasiado. Nos preocupaba alterar cualquier cosa que pudiera servirle.

Era una precaución razonable. Hachibi se acercó para examinar el marco, las bisagras y el alféizar; después observó el desnivel que separaba la habitación de la terraza exterior. Su altura podía complicar el acceso de una persona corriente, pero difícilmente representaría un impedimento para un shinobi. Incluso así, no había motivos suficientes para concluir que aquella hubiese sido la ruta utilizada.

Al regresar hacia la mesa, reparó en que la caja tenía dimensiones bastante superiores a las que habría necesitado un relicario pequeño. Preguntó mediante gestos si contenía otros objetos y el residente negó con la cabeza.

—Solo ese. Se guarda envuelto en un paño para evitar que se deteriore.

La respuesta le hizo volver a observar el interior. Si también faltaba la tela, el responsable podía haber utilizado el propio envoltorio para transportar el objeto sin exhibirlo; si permanecía allí, quizá habría recurrido a otro medio. Señaló la caja y simuló envolver algo entre ambas manos, obteniendo finalmente la confirmación de que el paño también había desaparecido.

Una voz familiar llegó entonces desde el corredor.

—Me dijeron que habían solicitado ayuda para encontrar una pieza ceremonial. No esperaba que fueras tú.

Amida se encontraba junto a la entrada, acompañado por otro residente. Llevaba consigo un pequeño cuaderno que había estado consultando aquella mañana y se detuvo al reconocer a su hijo inclinado sobre la mesa. Sus ojos recorrieron brevemente la estancia antes de regresar al muchacho.

—Parece que encontraste una nueva ocupación.

Hachibi respondió con una inclinación de cabeza, tan breve que difícilmente podía interpretarse como algo más que un saludo. Después señaló la caja vacía.

Amida se aproximó, aunque evitó tocar cualquier objeto.

—¿Y qué has descubierto?

El muchacho levantó tres dedos, indicó la puerta y, finalmente, señaló el cierre de la caja. Su padre observó la sucesión de gestos y dirigió una mirada interrogativa hacia el residente, quien terminó de explicarle las circunstancias.

—Tres personas con acceso a la habitación y una sola con la llave de aquello que desapareció —recapituló Amida, antes de volver a mirar a Hachibi—. ¿Y cuál de ellos asegura haber visto el objeto por última vez?

La pregunta lo hizo detenerse.

Hasta ese momento habían hablado de quiénes podían entrar y de quién había descubierto el robo, pero ninguno de los testimonios recogidos establecía todavía cuándo había sido visto el relicario por última vez, ni por quién. Que el custodio hubiese comprobado los preparativos durante la noche no significaba necesariamente que hubiera abierto la caja.

Hachibi se incorporó y se dirigió nuevamente al residente. Señaló primero sus propios ojos, después el interior del recipiente y finalmente hizo un gesto interrogativo con la mano.

—Tendremos que preguntárselo al hermano Seigen. Él es quien lo custodia.

Amida permitió que su hijo tomara la iniciativa y se apartó para dejarle libre el acceso al corredor.

—Entonces convendría hablar con él antes de que la noticia siga extendiéndose. Por cierto, también preguntaría cuándo fue la última vez que se utilizó el relicario. Una cosa es cuándo debió estar guardado y otra cuándo alguien puede asegurar que seguía allí.

Hachibi asintió. Antes de salir, dedicó una última mirada a la caja, procurando retener sus características y la disposición de cuanto había encontrado a su alrededor.

Todavía no tenía un sospechoso. Ni siquiera podía asegurar que el robo hubiese ocurrido durante la noche.

Pero ahora tenía una pregunta concreta que responder.

Y, considerando la cantidad de habitaciones que habría tenido que registrar de otra manera, era un comienzo suficientemente prometedor.

Custodia.

Seigen no se encontraba demasiado lejos. Había permanecido durante buena parte de la mañana en una de las habitaciones contiguas al salón ceremonial, revisando los preparativos que todavía podían realizarse sin el relicario. Era un hombre entrado en años, de hombros estrechos y manos extraordinariamente cuidadas, cuya túnica mostraba remiendos discretos cerca de las mangas. Al recibirlos, apartó una bandeja que contenía varios recipientes pequeños y les ofreció asiento, aunque ninguno de los recién llegados parecía particularmente interesado en descansar.

—Me han dicho que encontraron a alguien dispuesto a investigar. Supongo que debo agradecerles que hayan venido.

Su mirada descendió hasta Hachibi, deteniéndose brevemente en su vestimenta.

—¿Tan joven?

—Lo suficiente para hacer preguntas que quizá nosotros hayamos pasado por alto.

Amida no añadió nada más. El muchacho tampoco pareció interesado en responder a la observación. Había extendido una pequeña hoja sobre la mesa y buscaba entre sus pertenencias algo con lo que escribir.

El residente que los acompañaba explicó que necesitaban establecer cuándo había sido visto el relicario por última vez. Seigen dejó escapar una exhalación y acomodó ambas manos sobre las rodillas.

—Ayer por la tarde. Lo retiré de su envoltorio para comprobar que estuviera en condiciones de utilizarse. No había motivos para pensar que sucedería algo semejante, pero acostumbro revisarlo personalmente antes de cada ceremonia.

Hachibi comenzó a escribir.

—¿No acudió también por la noche?

—Así es. Regresé para comprobar que la habitación estuviera cerrada y que los preparativos no hubieran sido alterados. Sin embargo, no abrí nuevamente la caja.

Aquello establecía una distinción importante. El relicario había sido visto durante la tarde, pero su presencia durante la noche únicamente podía suponerse. Hachibi trazó dos pequeñas marcas sobre el papel, separándolas mediante una línea, y volvió a levantar la mirada.

Seigen prosiguió sin necesidad de demasiada insistencia. Según explicó, la caja disponía de una cerradura ordinaria cuya llave permanecía habitualmente bajo su custodia. La habitación, en cambio, no se mantenía cerrada durante toda la jornada, pues distintos residentes necesitaban acceder a los materiales almacenados en ella. Al finalizar las actividades se aseguraba su puerta y el encargado conservaba también esa segunda llave.

—¿Dónde guardó ambas durante la noche?

—En mis habitaciones. Las conservo juntas, sujetas a un pequeño aro. Esta mañana seguían exactamente donde las había dejado.

El muchacho dejó de escribir. Extendió la mano abierta hacia Seigen y cerró los dedos dos veces, imitando el movimiento de una cerradura. Después señaló al residente que los acompañaba y negó lentamente con la cabeza.

Amida observó los gestos, pero fue Seigen quien terminó por interpretar la pregunta.

—No, nadie más dispone de una copia, al menos que yo sepa. Hace años se reemplazó el mecanismo de la caja y desde entonces únicamente he utilizado esa llave.

Hachibi volvió a escribir, aunque esta vez no pareció demasiado satisfecho con la respuesta. Que solo existiera una llave conocida no significaba necesariamente que nadie hubiera podido utilizarla.

Seigen se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Sospechas que alguien entró en mis habitaciones?

El joven negó con la cabeza. Todavía no tenía motivos para sostener semejante posibilidad y, por tanto, tampoco para descartarla.

En su lugar, señaló el pequeño inventario que descansaba junto a los recipientes ceremoniales. Seigen se lo acercó, permitiéndole examinar sus páginas. La relación contenía distintos objetos utilizados durante las celebraciones: cuencos, lámparas, telas, pequeñas figuras y, hacia el final, una descripción del relicario desaparecido.

Hachibi recorrió las anotaciones hasta detenerse en una particularidad. Junto al nombre del objeto figuraba una indicación sobre su limpieza, fechada precisamente el día anterior. Señaló aquella línea.

—Ah, eso. Se prepara antes de cada ceremonia. Primero se retira el envoltorio y después se limpia su superficie con un paño seco. No utilizamos agua porque algunas de las piezas interiores son bastante antiguas.

El muchacho ladeó ligeramente la cabeza. Señaló la fecha y después levantó un dedo, esperando una confirmación.

—Sí, lo hice personalmente. Aunque tuve que interrumpir la preparación para atender otros asuntos. Lo terminé durante la tarde, antes de devolverlo a su caja.

Amida, que hasta entonces había permanecido junto a la mesa, se aproximó para observar el inventario.

—¿Y quién se encarga habitualmente de preparar esta habitación?

—El hermano Renji me ayuda con los materiales más pesados. También tenemos a Tōan, aunque a su edad preferimos que no tenga que transportar demasiadas cosas. Suele ocuparse de limpiar los recipientes y ordenar las estanterías.

Eran los otros dos nombres que ya habían escuchado.

Hachibi anotó ambos, pero no solicitó que los llamaran todavía. Le interesaba conocer algo más antes de iniciar otra entrevista. Volvió una página del inventario, comprobó las fechas anteriores y señaló la última ocasión en que el relicario había sido utilizado.

—Hace algunas semanas. No celebramos esta ceremonia con demasiada frecuencia.

El muchacho dirigió entonces su atención hacia los recipientes que Seigen había apartado al recibirlos. Eran similares a los encontrados en la habitación del robo, aunque estaban dispuestos cuidadosamente sobre pequeños cuadrados de tela. Tomó uno de estos últimos por una esquina y lo levantó apenas unos centímetros, buscando la aprobación de su propietario.

—Puedes examinarlo. Son paños que utilizamos para proteger las superficies mientras trabajamos.

Hachibi lo devolvió a su lugar y dibujó sobre el papel un pequeño rectángulo. Después trazó otro en su interior y señaló el dibujo al anciano.

—El envoltorio del relicario era distinto. Más grueso, de un tejido oscuro, con un pequeño bordado cerca de uno de sus extremos. Se confeccionó expresamente para conservarlo.

Aquella descripción resultaba más útil que la anterior. Si alguien hubiera transportado el objeto utilizando su propio envoltorio, quizá no sería necesario identificar directamente el relicario para reconocerlo.

Amida se incorporó.

—Creo que tenemos suficiente para comenzar a hablar con los demás.

Sin embargo, Hachibi todavía no había terminado. Señaló nuevamente el inventario, después la bandeja de los preparativos y finalmente la puerta, realizando un pequeño movimiento circular con el índice.

—¿Quieres saber si se retiraron otros materiales de la habitación?

El muchacho asintió.

Seigen meditó unos instantes.

—Esta mañana trasladamos algunas cosas al salón ceremonial, pero el relicario fue lo primero que busqué. Al encontrar la caja vacía, pedí que nadie volviera a entrar hasta que pudiéramos comprender lo ocurrido. No he tenido oportunidad de comprobar el resto del inventario.

Hachibi escribió una última anotación y devolvió el documento al anciano. Había comenzado la investigación buscando un objeto desaparecido, pero ahora necesitaba determinar si realmente había sido lo único sustraído.

Antes de abandonar la habitación, Amida apoyó brevemente una mano sobre el hombro de su hijo.

—¿Renji o Tōan?

Hachibi observó los dos nombres escritos en su hoja. Señaló el segundo.

El anciano había sido identificado como una de las personas que acudían habitualmente a limpiar la habitación. Si podía explicar qué había visto durante su última visita, tal vez conseguirían reducir considerablemente el intervalo en que pudo producirse la desaparición.

Amida asintió, conforme con la elección.

—Entonces busquemos al hermano Tōan.

Discrepancias.

Encontrar al hermano Tōan no resultó particularmente complicado. Uno de los residentes indicó que acostumbraba pasar las mañanas en una pequeña estancia próxima a los jardines interiores, donde preparaba el incienso y reparaba los utensilios que todavía podían aprovecharse. El camino los llevó por un corredor descubierto, parcialmente protegido mediante aleros de madera, desde el cual podían observarse las montañas que rodeaban el monasterio. A aquella altura, las nubes parecían avanzar entre las cumbres antes que sobre ellas, proyectando sombras que se deslizaban lentamente por los patios.

Amida caminaba junto a su hijo. El residente que los había acompañado durante la primera inspección se había retirado para continuar con los preparativos de la ceremonia, aunque prometió permanecer disponible si necesitaban consultarle nuevamente. Ninguno de los dos shinobi parecía tener prisa por iniciar una conversación; Hachibi revisaba las anotaciones que había reunido y su padre aprovechaba el trayecto para familiarizarse con la distribución de aquella sección del edificio.

Tōan resultó ser un anciano menudo, de espalda ligeramente encorvada y manos nudosas, cuya vestimenta presentaba numerosas manchas de cera cerca de las mangas. Se encontraba sentado frente a una mesa baja, retirando cuidadosamente los restos de una vela consumida del interior de un pequeño recipiente metálico. Al escuchar sus pasos, levantó la cabeza.

—Si vienen por las lámparas, todavía me faltan algunas. Me dijeron que la ceremonia sería por la tarde, ¿ha cambiado algo?

—No venimos por las lámparas. Estamos ayudando a encontrar un objeto que desapareció de la habitación de los materiales.

La expresión del anciano cambió discretamente. Depositó sus herramientas sobre la mesa y se limpió los dedos con un trapo.

—El relicario. Ya me lo han contado. Una desgracia, después de tantos años conservándolo sin problemas.

Hachibi adelantó un paso y mostró la hoja donde había escrito los nombres de las tres personas con acceso a la estancia. Señaló el correspondiente a Tōan y después trazó con el índice un pequeño recorrido sobre la superficie de la mesa, simulando el paso del tiempo.

—¿Cuándo estuve allí por última vez? Ayer, antes de la comida. El hermano Seigen me pidió que retirara los recipientes viejos y dejara preparados algunos nuevos. No acostumbro regresar por las tardes, mis rodillas ya no agradecen demasiado las escaleras.

El muchacho anotó la respuesta. Si Seigen había visto el relicario durante la tarde, Tōan difícilmente podría aportar información directa sobre su desaparición posterior, aunque todavía podía haber observado algo de interés. Señaló la caja dibujada en su hoja y levantó ambas manos, preguntando mediante gestos si la había tocado.

—No, muchacho. Esa caja no forma parte de mis obligaciones. Seigen es bastante cuidadoso con ella. En ocasiones hasta parece que teme que el aire termine desgastándola.

El comentario arrancó una sonrisa discreta de Amida, quien permaneció apartado para permitir que Hachibi continuara.

El joven volvió a consultar sus anotaciones y señaló esta vez el nombre de Renji.

—Ah, sí. Él estuvo ayudándome a trasladar unas cosas. Aunque no permaneció demasiado tiempo. Tenía que preparar las telas del salón y recoger algunas que habían dejado secándose desde la mañana.

Hachibi levantó la mirada. Extendió las manos frente a sí, como si sostuviera una pieza rectangular, y realizó un movimiento semejante al de doblar una tela.

—¿Las telas ceremoniales? Sí, esas mismas. Las lavaron hace unos días y algunas tardaron más de lo esperado en secarse. Con este frío no resulta extraño.

La respuesta no constituía una prueba de nada, pero incorporaba un detalle que merecía conservar. El relicario había desaparecido junto con su envoltorio y uno de los residentes con acceso a la habitación tenía precisamente la responsabilidad de trasladar distintos tejidos entre los edificios.

Hachibi escribió una pequeña anotación y, antes de dar por concluida la entrevista, dirigió su atención hacia la mesa del anciano. Entre los recipientes, herramientas y restos de cera descansaban varios trozos de tela utilizados para limpiar las superficies. Algunos eran claros; otros, considerablemente más oscuros.

Señaló uno de estos últimos.

—¿Ese? Lo utilizo desde hace meses. Antes cubría una bandeja, pero terminó demasiado deteriorado. Aquí procuramos aprovechar las cosas mientras todavía sirvan.

El muchacho acercó dos dedos a su extremo, solicitando permiso para examinarlo. Tōan se lo entregó sin reparos.

La tela era gruesa, aunque no presentaba bordados semejantes al que había descrito Seigen. Tampoco parecía haber sido confeccionada para envolver un objeto pequeño. Hachibi la devolvió cuidadosamente y trazó sobre el papel una figura rectangular con una marca en uno de sus extremos.

—No recuerdo haber visto algo parecido por aquí. Aunque, si se trata de un envoltorio ceremonial, quizá deberían preguntar también en la lavandería. Allí se reúnen muchas de nuestras telas antes de distribuirlas nuevamente.

Amida observó a su hijo mientras este añadía una última palabra a sus notas.

—Parece que tenemos otro lugar que visitar.

Hachibi no se levantó inmediatamente. Había encontrado una diferencia entre los testimonios que todavía necesitaba aclarar. Seigen aseguraba haber preparado el relicario durante la tarde, pero Tōan recordaba que Renji había estado trasladando telas desde la mañana. Si el envoltorio desaparecido había sido confundido con alguna de ellas, existía la posibilidad de que el objeto hubiera abandonado su habitación sin que nadie pretendiera sustraerlo.

Era una explicación posible, no necesariamente la correcta.

El muchacho mostró a Amida dos anotaciones separadas: el nombre de Renji y la palabra «lavandería». Después señaló la primera.

—¿Prefieres hablar con él antes de revisar las telas?

Asintió.

—Tiene sentido. Si preguntamos dónde dejó cada cosa, evitaremos revolver medio monasterio sin saber qué estamos buscando.

Se despidieron del anciano y regresaron al corredor. Durante el trayecto, Hachibi dedicó unos instantes a ordenar mentalmente los acontecimientos: Tōan había visitado la habitación antes de la comida; Seigen había manipulado el relicario durante la tarde; Renji se había ocupado de trasladar distintos materiales a lo largo de la jornada. Todavía desconocían en qué momento exacto había desaparecido el objeto, pero comenzaban a identificar los recorridos de quienes podían haberlo tenido cerca.

Al llegar a la intersección que comunicaba con las dependencias de servicio, Amida se detuvo para consultar a uno de los residentes por el paradero de Renji. Mientras aguardaban la respuesta, Hachibi reparó en un pequeño carro estacionado bajo uno de los aleros. Contenía varias telas cuidadosamente dobladas, destinadas aparentemente a los preparativos de la ceremonia. Sobre una de ellas descansaba una bandeja de madera con recipientes de distinto tamaño.

El muchacho se aproximó y observó el conjunto sin tocarlo. Reconoció algunos de los tejidos descritos por Tōan, pero lo que llamó su atención fue una pequeña etiqueta de inventario sujeta al lateral del carro. Además de las telas, figuraba una caja de materiales procedentes de la habitación donde se había producido la desaparición.

No era suficiente para concluir que el relicario estuviera allí.

Sin embargo, Seigen había asegurado que, después de encontrar la caja vacía, había solicitado que nadie volviera a entrar hasta aclarar lo sucedido. Aquella relación de materiales permitía comprobar si algún objeto había sido retirado antes o después de esa indicación.

Hachibi señaló la etiqueta a su padre.

Amida se inclinó para leerla y después observó al muchacho.

—Creo que Renji tendrá bastante que contarnos.

Reconstrucción.

Renji apareció algunos minutos después, acompañado por el residente que había ido a buscarlo. Era un hombre de constitución robusta, considerablemente más joven que Seigen y Tōan, cuya vestimenta mostraba las señales propias de una mañana dedicada a transportar materiales. Llevaba las mangas recogidas y una pequeña tira de tela anudada alrededor de la muñeca derecha. Al aproximarse, dedicó una inclinación respetuosa a Amida y dirigió su atención hacia Hachibi, que permanecía junto al carro.

—Me dijeron que necesitaban hablar conmigo. ¿Han encontrado el relicario?

El muchacho negó con la cabeza y señaló la etiqueta de inventario.

—Ah, los materiales del salón. Los trasladé ayer por la tarde. Esta mañana únicamente traje algunas cosas que habían quedado pendientes.

La respuesta no pareció satisfacerlo. Hachibi extrajo sus anotaciones y señaló la fecha correspondiente al último día en que Seigen había visto el objeto. Después indicó la caja de materiales que figuraba en el inventario del carro.

—Sí, procede de aquella habitación. El hermano Seigen me pidió que trasladara los recipientes que necesitaríamos durante la ceremonia. Todavía estaban organizando las estanterías cuando fui a recogerlos.

Amida se aproximó al carro y examinó brevemente su contenido. Había cuencos, pequeños soportes para las lámparas y varias piezas de madera destinadas a sostener las ofrendas. Nada que, por sus dimensiones, pareciera particularmente difícil de identificar.

—¿Seigen estaba presente cuando retiraste los materiales?

—Al principio. Después tuvo que marcharse porque uno de los encargados necesitaba consultarle algo sobre la ceremonia. Me dejó terminar de recoger las cosas.

Hachibi levantó la mirada.

Aquello merecía una precisión. Seigen había afirmado que solamente él conservaba la llave de la caja, pero nadie había establecido todavía si esta permaneció cerrada durante todo el tiempo que Renji estuvo trabajando en la habitación. El muchacho dibujó rápidamente un rectángulo sobre una página en blanco y señaló su parte superior, simulando levantar una tapa.

—¿La caja del relicario? Estaba abierta cuando llegué. Seigen había estado limpiándolo, aunque recuerdo que volvió a guardarlo antes de marcharse. No sabría decir si cerró la cerradura. Tampoco tenía motivos para comprobarlo.

El joven anotó la respuesta y regresó a la etiqueta del carro. Había algo más que necesitaba conocer.

Señaló las telas, después los recipientes y finalmente extendió ambas manos hacia Renji, invitándolo a explicar cómo había realizado el traslado.

—Utilicé dos carros. En el primero llevé las piezas más pesadas y algunas bandejas. El segundo lo reservé para las telas y los materiales pequeños. No quería que los cuencos terminaran rompiendo algo durante el recorrido.

—¿Los trasladabas directamente al salón?

—No todos. Algunos debían pasar primero por la lavandería. El hermano Tōan también me pidió que recogiera una bandeja con materiales que había dejado preparados para su limpieza.

Hachibi detuvo el movimiento de su lápiz.

Hasta entonces, las entrevistas habían permitido reconstruir únicamente una parte de los acontecimientos. Seigen había visto el relicario durante la tarde; Tōan había abandonado la habitación antes de la comida y Renji había continuado trasladando materiales después de que el custodio terminara su revisión. Pero ahora aparecía un elemento que conectaba las actividades de los tres: los objetos destinados a la ceremonia no necesariamente habían permanecido en la misma habitación, ni habían recorrido un único trayecto.

El muchacho señaló la caja de materiales que figuraba en el inventario.

—Esa fue en el segundo carro. La dejé junto a las telas porque contenía piezas pequeñas. Si necesitan revisarla, todavía debe estar en el almacén del salón.

Hachibi asintió y emprendió la marcha, deteniéndose únicamente para comprobar que Renji los acompañaba.

El almacén se encontraba al otro extremo del corredor, comunicado con el salón ceremonial mediante una puerta relativamente estrecha. En su interior se acumulaban distintas cajas, bandejas y soportes de madera, todos ellos identificados mediante etiquetas similares a las que habían encontrado en el carro. Renji localizó el recipiente que buscaban y lo depositó sobre una mesa despejada.

—Aquí está. No he retirado nada desde que lo traje.

Su contenido coincidía, en términos generales, con la relación escrita: pequeños utensilios de limpieza, dos soportes metálicos y varias piezas destinadas a decorar las lámparas. Hachibi examinó cada objeto sin apartarlo demasiado de su posición original. No encontró el relicario ni su envoltorio.

Sin embargo, una de las esquinas interiores presentaba una acumulación de fibras textiles. Eran demasiado oscuras para proceder de las telas claras que ocupaban la mayor parte del carro. El joven tomó cuidadosamente una de ellas y la colocó sobre una página en blanco de sus anotaciones.

—¿Has encontrado algo?

Hachibi mostró la fibra y después dibujó el pequeño bordado que Seigen había descrito. No existía todavía una relación demostrable entre ambos elementos, pero había un lugar donde podrían comprobarla.

Renji observó el dibujo.

—Si buscan una tela oscura, ayer trasladé varias. Una de las encargadas de la lavandería me pidió que recogiera todo lo que estuviera pendiente de revisar. Algunas piezas ya no se utilizan, pero todavía tenemos que separarlas antes de guardarlas o repararlas.

El muchacho levantó inmediatamente dos dedos y señaló hacia el exterior, preguntando si se habían realizado más traslados después de aquel.

—No por mi parte. Dejé el segundo carro junto a la lavandería y regresé para ayudar a preparar el salón. Esta mañana lo encontré donde lo había dejado, aunque ya habían retirado buena parte de las telas.

Amida aguardó mientras Hachibi reunía sus anotaciones. La explicación de Renji ofrecía un recorrido posible para el envoltorio desaparecido, aunque todavía quedaba por determinar cómo habría terminado fuera de la caja. Además, el propio ayudante aseguraba haber visto a Seigen devolver el relicario a su interior.

El muchacho cerró su cuaderno y señaló la salida.

La lavandería ocupaba una sección inferior del monasterio, próxima a uno de los patios donde se almacenaba la leña. El aire era considerablemente más húmedo que en los corredores superiores y, conforme descendían las escaleras, comenzaba a percibirse el olor del jabón mezclado con el de las telas secándose cerca de los braseros. Varias cuerdas atravesaban la estancia de extremo a extremo, mientras dos residentes trabajaban frente a grandes recipientes de madera.

Hachibi se aproximó a una mujer que clasificaba distintas prendas sobre una mesa. Renji explicó brevemente el motivo de su visita.

—¿Las telas que trajeron ayer? Una parte ya está preparada

Restitución.

La hermana Miyo se encontraba en una habitación contigua a la lavandería, revisando una pequeña pila de prendas que necesitaban reparaciones. Era una mujer de mediana edad, de movimientos pausados y expresión afable, aunque sus manos trabajaban con una rapidez que contrastaba con el resto de su comportamiento. Al recibirlos, dejó la aguja sobre un pequeño cojín y escuchó la explicación de la encargada, quien le entregó también la ficha de madera que Hachibi había encontrado.

—Recuerdo esa entrega. El hermano Renji llegó cuando ya estábamos terminando las labores de la tarde. Trajo más cosas de las habituales y algunas ni siquiera correspondían a la lavandería. Supuse que las habían colocado juntas por equivocación.

Hachibi extendió el envoltorio sobre la mesa y señaló el bordado.

—Sí, ese estaba entre ellas. Lo recuerdo porque me pareció demasiado delicado para tratarlo como cualquier otra tela. ¿Ocurre algo con él?

El muchacho dibujó nuevamente el relicario, esta vez procurando reproducir las dimensiones aproximadas que Seigen había descrito. Colocó el dibujo sobre el envoltorio y levantó la mirada hacia Miyo.

—Ah. Ahora entiendo por qué están buscándolo.

La mujer se acomodó en su asiento y dedicó unos instantes a reconstruir lo sucedido.

—Cuando comencé a separar los materiales, encontré ese paño alrededor de una pieza metálica. No sabía que se trataba de un objeto ceremonial. Había otros utensilios mezclados con las telas y pensé que alguien había utilizado el envoltorio para protegerlos durante el transporte.

Amida permaneció en silencio. Hachibi, en cambio, adelantó ligeramente el cuerpo y señaló la bandeja que habían examinado momentos antes.

—No, no lo dejé allí. Era demasiado grande para confundirse con un botón o alguna de las pequeñas pertenencias que encontramos habitualmente. Además, tenía cierta decoración. Lo aparté junto con otras piezas que debían regresar al almacén.

El muchacho tomó la ficha de madera y la depositó frente a ella.

—Precisamente. Esta mañana envié esos materiales al salón ceremonial. El hermano encargado de recogerlos firmó la relación antes de marcharse. Debería conservar una copia en el registro de entregas.

Hachibi señaló el documento y solicitó examinarlo. Miyo abrió uno de los cajones de su mesa, retiró varios papeles sujetos mediante un cordel y encontró la relación correspondiente. En ella figuraban las telas enviadas al monasterio, dos bandejas pequeñas y una pieza metálica decorada cuya procedencia no había podido determinar. Junto a esta última aparecía una breve anotación: pendiente de identificación.

Debajo constaba la recepción de los materiales durante la primera hora de aquella mañana.

—Parece que alguien llevó al salón precisamente aquello que estaban buscando por todas partes.

Amida había hablado sin apartar la mirada del documento. Hachibi, por su parte, señaló la anotación y después el nombre del responsable de la entrega. No quería dar por concluida la investigación únicamente porque las circunstancias comenzaran a resultar convenientes.

Miyo les explicó que el material no identificado acostumbraba guardarse en un armario auxiliar hasta que alguien reclamara su pertenencia. Aquel procedimiento evitaba que los objetos encontrados entre las prendas terminaran mezclados nuevamente con los utensilios de uso común.

—Si todavía no lo han distribuido, debería encontrarse allí. Puedo acompañarlos, si gustan.

Hachibi asintió y recogió el envoltorio, conservándolo cuidadosamente doblado entre ambas manos.

El trayecto de regreso transcurrió por los mismos corredores que habían recorrido durante la investigación. A diferencia de las primeras horas de la mañana, el monasterio presentaba ahora una actividad considerablemente mayor. Algunos residentes colocaban lámparas cerca de las entradas, mientras otros terminaban de limpiar las escalinatas que comunicaban con el salón principal. Los preparativos habían continuado pese a la desaparición del relicario, aunque todavía se percibía cierta inquietud entre quienes conocían el incidente.

Al llegar al almacén, Miyo solicitó al responsable que les permitiera revisar las entregas procedentes de la lavandería. El hombre consultó una relación semejante a la que habían examinado y abrió un armario estrecho situado junto a las estanterías. En su interior se encontraban distintos recipientes y una pequeña caja que llevaba adherida una etiqueta de identificación provisional.

Hachibi reconoció la referencia escrita sobre ella.

Esperó a que el encargado retirara el recipiente y lo depositara sobre una mesa. Después mostró el dibujo del relicario, solicitando mediante gestos que comprobaran su contenido.

La tapa se abrió.

Sobre una pequeña superficie acolchada descansaba una pieza de plata oscurecida por los años, cuya ornamentación reproducía motivos propios de las montañas que rodeaban el monasterio. Sus dimensiones coincidían con las descritas por Seigen y, cerca de uno de sus extremos, conservaba una pequeña hendidura que también figuraba en el inventario.

Hachibi aproximó el envoltorio sin llegar a cubrirla. Comparó los pliegues del tejido con la forma del objeto y comprobó que correspondían razonablemente con sus dimensiones. Después señaló la anotación del documento, dando a entender que necesitaban confirmar su identidad antes de devolverlo.

—Creo que será mejor que lo examine su custodio. Después de todo, nosotros únicamente sabemos qué aspecto debería tener.

Miyo estuvo de acuerdo y pidió que avisaran a Seigen. Mientras aguardaban su llegada, Renji apareció en el almacén, atraído por los comentarios de algunos residentes. Al observar el objeto y el envoltorio, su expresión reflejó una sorpresa difícil de disimular.

—¿Estaba entre las cosas que transporté ayer?

La hermana Miyo asintió.

—Lo encontré al revisar la segunda entrega. Estaba envuelto entre otros materiales y pensé que alguien lo había incluido para que regresara al almacén.

Renji se llevó una mano a la frente.

—Ahora recuerdo que, cuando Seigen terminó de preparar la habitación, me pidió que recogiera cuanto hubiera quedado sobre la mesa auxiliar. Había varios recipientes y algunos paños. No revisé cada uno antes de acomodarlos en el carro.

Hachibi consultó sus anotaciones. Seigen había afirmado haber devuelto el relicario a la caja durante la tarde, mientras que Renji recordaba haberlo visto realizar aquel movimiento. Sin embargo, ninguno había comprobado después su contenido hasta la mañana siguiente. El objeto pudo haber quedado sobre la mesa auxiliar tras la limpieza y terminar entre los materiales trasladados. Era una reconstrucción compatible con los testimonios, aunque todavía necesitaban escuchar al custodio.

Seigen llegó acompañado por otro residente. Apenas reconoció el relicario, solicitó permiso para examinarlo y lo sostuvo cuidadosamente frente a una de las ventanas, aprovechando la luz que penetraba desde el exterior. Revisó las pequeñas marcas de su superficie, la ornamentación y finalmente una inscripción situada cerca de la base.

—Es este. No tengo ninguna duda.

Su expresión se relajó visiblemente.

—¿Dónde lo encontraron?

Amida dirigió la mirada hacia Hachibi, permitiendo que fuera su hijo quien expusiera el recorrido que habían conseguido reconstruir.

El muchacho extendió sus anotaciones sobre la mesa. Primero señaló el nombre de Seigen y el dibujo de la habitación; después trazó una línea hasta Renji, representado mediante la figura de un pequeño carro. El recorrido continuaba hacia la lavandería, donde había dibujado el envoltorio, y terminaba nuevamente en el almacén ceremonial. Junto a cada etapa figuraban las horas aproximadas y las referencias que habían obtenido de los distintos.
Masashi Kishimoto
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02-10-2026, 01:42 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Automisión|C] Investigación en el Monasterio (TID 15032)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Yato Hachibi — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
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