01-10-2026, 07:40 PM
El sonido del martillo llegó hasta Kamitawa antes incluso de que pudiera ver la herrería.
Clang. Clang. Clang. Un ritmo irregular que se mezclaba con el ruido de las calles de Kiri y un olor a pescado frito inundaba cada rincón.
Al acercarse, encontró un pequeño taller abierto de par en par. El cartel del comercio rezaba lo siguiente:
Espaderos Tamasuke, desde el año 100.
- No es el espadero más antiguo que conozco, pero 50 años dan para muchas espadas - Pensó Kamitawa frente al letrero.
Dentro, un muchacho de unos veinte años trabajaba frente al yunque, sus músculos estaban tensos, resoplaba como una mula vieja que está cansada de tirar del carro y tenía los brazos cubiertos de hollín y sudor, suponía que todo su cuerpo tenía que estar quejándose en ese instante.
Kamitawa no dijo nada al llegar, observaba al chico trabajar, estaba claro que se estaba dejando la piel en ello. Sentía el calor de la fragua desde donde estaba él, no quería imaginar lo que estaba pasando ese aprendiz de herrero en pleno verano.
Mientras pensaba en todo ello, sus ojos pasearon por el interior del comercio, había buenas hojas colgadas de las paredes, le pareció reconocer el sello del maestro herrero en alguna de ellas. Por otro lado, sobre una mesa cercana a la fragua, había 3 hojas más, recién forjadas, con una empuñadura muy básica y sin sello.
Kamitawa habló.
- ¿Tú eres el herrero?
El muchacho levantó la mirada.
- Lo intento.
Kamitawa miró hacia las espadas sobre la mesa.
- ¿Las has hecho tú?
- Sí. Bueno... estoy aprendiendo. Quiero dedicarme a esto algún día, seguir el legado familiar.
Kamitawa se acerco despacio hacia las hojas, como quien se acerca a un animal salvaje y tomó una de las hojas. La sostuvo unos segundos, comprobando el peso.
- ¿Puedo probarla?
El muchacho dudó, se tocó una de las manos donde llevaba una venda reciente con algo de sangre seca.
- Si no te importa que se rompa o peor, perder una mano.
- ¿Has pagado un servicio, no? - Sonrió levemente, tener una hoja en la mano siempre le hacía feliz y le aportaba paz.
Salió al pequeño espacio trasero del taller. Probó primero unos movimientos sencillos. La espada respondía bien a los cambios de dirección y el peso estaba bastante equilibrado. Tras unos cuantos cortes contra un poste de madera, la hoja comenzó a vibrar.
Un último golpe.
Crack. El acero cedió cerca de la guarda.
El muchacho se llevó una mano a la cabeza con cara de dolor.
- Otra vez...
- No está mal - dijo él, dejando el trozo de espada sobre el suelo -. ¿Qué acero estás utilizando?
El muchacho se alargó durante la próxima media hora en explicar los detalles de su técnica, aunque Kamitawa no entendía demasiado de la forja, respetaba profundamente a las personas que profundizan en su oficio. Kamitawa pidió probar otra.
La segunda aguantó más, era más robusta.
Con cada una Kami repetía los mismos movimientos: cortes horizontales, verticales, cambios de postura y algunos golpes más fuertes. Todas terminaron mostrando alguna debilidad. Una se dobló ligeramente. Otra perdió parte del filo. La última acabó partiéndose de nuevo sólo tras someterla a un gran esfuerzo.
- Esta última estaba muy cerca de ser apta para la venta, alguien que no necesite usarla demasiado podría pasar toda una vida con ella. Los ojos del aprendiz se iluminaron un poco. - Dicho esto, todas tienen el mismo problema.
- ¿El acero?
- La hoja aguanta poco, sí. Pero el equilibrio es bueno. La espada se siente natural en la mano.
El muchacho pareció sorprenderse. Kamitawa le entregó los restos de la última hoja.
- Si consigues mantener ese equilibrio en la hoja cuando dejen de romperse, serás un gran espadero.
Antes de marcharse, señaló la zona cercana a la guarda.
- Y revisa esto, esta zona no debería partirse jamás, es lo último que quieres como espadachín.
El muchacho asintió mientras miraba sus hojas rotas, Kamitawa salió de la herrería y continuó su camino. Mientras avanzaba, pensó en el sonido de los martillazos, todavía no eran espadas dignas de un shinobi pero seguro que lo serían algún día.
Clang. Clang. Clang. Un ritmo irregular que se mezclaba con el ruido de las calles de Kiri y un olor a pescado frito inundaba cada rincón.
Al acercarse, encontró un pequeño taller abierto de par en par. El cartel del comercio rezaba lo siguiente:
Espaderos Tamasuke, desde el año 100.
- No es el espadero más antiguo que conozco, pero 50 años dan para muchas espadas - Pensó Kamitawa frente al letrero.
Dentro, un muchacho de unos veinte años trabajaba frente al yunque, sus músculos estaban tensos, resoplaba como una mula vieja que está cansada de tirar del carro y tenía los brazos cubiertos de hollín y sudor, suponía que todo su cuerpo tenía que estar quejándose en ese instante.
Kamitawa no dijo nada al llegar, observaba al chico trabajar, estaba claro que se estaba dejando la piel en ello. Sentía el calor de la fragua desde donde estaba él, no quería imaginar lo que estaba pasando ese aprendiz de herrero en pleno verano.
Mientras pensaba en todo ello, sus ojos pasearon por el interior del comercio, había buenas hojas colgadas de las paredes, le pareció reconocer el sello del maestro herrero en alguna de ellas. Por otro lado, sobre una mesa cercana a la fragua, había 3 hojas más, recién forjadas, con una empuñadura muy básica y sin sello.
Kamitawa habló.
- ¿Tú eres el herrero?
El muchacho levantó la mirada.
- Lo intento.
Kamitawa miró hacia las espadas sobre la mesa.
- ¿Las has hecho tú?
- Sí. Bueno... estoy aprendiendo. Quiero dedicarme a esto algún día, seguir el legado familiar.
Kamitawa se acerco despacio hacia las hojas, como quien se acerca a un animal salvaje y tomó una de las hojas. La sostuvo unos segundos, comprobando el peso.
- ¿Puedo probarla?
El muchacho dudó, se tocó una de las manos donde llevaba una venda reciente con algo de sangre seca.
- Si no te importa que se rompa o peor, perder una mano.
- ¿Has pagado un servicio, no? - Sonrió levemente, tener una hoja en la mano siempre le hacía feliz y le aportaba paz.
Salió al pequeño espacio trasero del taller. Probó primero unos movimientos sencillos. La espada respondía bien a los cambios de dirección y el peso estaba bastante equilibrado. Tras unos cuantos cortes contra un poste de madera, la hoja comenzó a vibrar.
Un último golpe.
Crack. El acero cedió cerca de la guarda.
El muchacho se llevó una mano a la cabeza con cara de dolor.
- Otra vez...
- No está mal - dijo él, dejando el trozo de espada sobre el suelo -. ¿Qué acero estás utilizando?
El muchacho se alargó durante la próxima media hora en explicar los detalles de su técnica, aunque Kamitawa no entendía demasiado de la forja, respetaba profundamente a las personas que profundizan en su oficio. Kamitawa pidió probar otra.
La segunda aguantó más, era más robusta.
Con cada una Kami repetía los mismos movimientos: cortes horizontales, verticales, cambios de postura y algunos golpes más fuertes. Todas terminaron mostrando alguna debilidad. Una se dobló ligeramente. Otra perdió parte del filo. La última acabó partiéndose de nuevo sólo tras someterla a un gran esfuerzo.
- Esta última estaba muy cerca de ser apta para la venta, alguien que no necesite usarla demasiado podría pasar toda una vida con ella. Los ojos del aprendiz se iluminaron un poco. - Dicho esto, todas tienen el mismo problema.
- ¿El acero?
- La hoja aguanta poco, sí. Pero el equilibrio es bueno. La espada se siente natural en la mano.
El muchacho pareció sorprenderse. Kamitawa le entregó los restos de la última hoja.
- Si consigues mantener ese equilibrio en la hoja cuando dejen de romperse, serás un gran espadero.
Antes de marcharse, señaló la zona cercana a la guarda.
- Y revisa esto, esta zona no debería partirse jamás, es lo último que quieres como espadachín.
El muchacho asintió mientras miraba sus hojas rotas, Kamitawa salió de la herrería y continuó su camino. Mientras avanzaba, pensó en el sonido de los martillazos, todavía no eran espadas dignas de un shinobi pero seguro que lo serían algún día.