12-09-2026, 02:20 PM
Última modificación: 12-09-2026, 03:05 PM por Argeon.
40 de Verano
Las altas murallas de piedra de la aldea se alzan imponentes contra el cielo crepuscular, marcando el límite entre el peligro del exterior y el encierro asfixiante de un hogar donde su existencia es tolerada con desdén. Argeon avanza con paso firme pero contenido, cargando con el cansancio sordo de una misión prolongada. Al cruzar los controles, los guardias lo observan con la habitual indiferencia mezquina, acostumbrados a su presencia taciturna y a su tosca silueta. Sin embargo, antes de lograr adentrarse en los callejones, uno de los centinelas decide bloquearle el paso con una sonrisa torcida, consumido por el aburrimiento y el desprecio acumulado hacia el impopular hijo del traidor.
—Vaya, vaya. Miren quién regresa arrastrándose —bromea el guardia en voz alta, asegurándose de que los transeúntes escuchen—. El fiel perrito de la aldea. Dicen que los Senju solían ser titanes, pero contigo la sangre se diluyó por completo, sobre todo en el apartado estético.-
:
Argeon detiene su marcha. Su rostro permanece esculpido en una frialdad absoluta, pero en su interior la mente opera a la velocidad de un reloj mecánico, calculando distancias y tiempos de reacción. El guardia, sintiéndose intocable y deseoso de humillarlo públicamente haciendo mofa de su historial académico, le bloquea el camino de manera desafiante y le lanza una dura advertencia sobre sus pendientes escolares.
—¡Has suspendido en tu examen de puntería! Como modo de recuperar la asignatura y aumentar tus notas, participarás en una prueba de puntería en el patio de la academia —dice el guardia con tono de burla socarrona, señalando hacia el fondo del patio de control, él cual se había enterado por uno de los profesores de la academia y le había dado la orden que al ver a ese hijo de traidor debería darle la información. —Contarás con una docena de Shuriken y diez Kunai, los cuales deberás acertar en una serie de dianas y objetivos a diferentes distancias, y para no hacerle perder el tiempo a nadie ve a la Academia en uno de sus patios.-
El aire en el puesto de control se vuelve pesado, cargado de expectativas mezquinas y risas contenidas. Para Argeon, la mención indirecta al nombre de su padre desata una descarga silenciosa de adrenalina que amenaza con romper su control. Sus pulmones ejecutan al instante la microrregulación respiratoria que aprendió de su madre, estabilizando sus latidos y congelando cualquier temblor en sus dedos, por lo que solo respondió al guardia. —Gracias por la información Señor, ya me dirijo a ese lugar.-
El guardia suelta una carcajada cínica, disfrutando del evidente malestar que su burla ha provocado. Los aldeanos y estudiantes presentes alrededor no ocultan su desprecio: le lanzan miradas cargadas de asco, señalando abiertamente su tosca y desproporcionada silueta con gestos despectivos y susurros cargados de ponzoña. Algunos se tapan la nariz o apartan la vista con fingida repulsión, recordando en voz alta el estigma del traidor y usando su fealdad física como el blanco perfecto de sus burlas, convencidos de que su inferioridad estética es el reflejo exacto de su podredumbre moral.
Argeon se mantiene inmutable ante la hostilidad generalizada, dejando que el desprecio colectivo resbale sobre su fachada de estoicismo profesional. Sin emitir una sola queja, da media vuelta y comienza a marchar hacia el sector de tiro designado al fondo del patio de la academia, mientras sus sentidos hiperdesarrollados (olfato) registran cada murmuro hostil a sus espaldas, cada risotada y cada cambio en el ritmo cardíaco de quienes lo marginan. Lejos de amedrentarse, canaliza toda esa amargura, el dolor de la traición y el rencor acumulado hacia los Uchiha en un hiperenfoque letal y en su mente proyecta como esos blancos serían esos rostros que recuerda de ese pasado oscuro.
El paso de Argeon por los senderos empedrados de la aldea hasta adentrarse en los terrenos de la academia se produce en medio de un silencio denso y tenso. A su paso, los pocos transeúntes, estudiantes y comerciantes locales detienen sus labores para observarlo con abierta repulsión. Las miradas están cargadas de un desprecio visceral que no se molestan en disimular; algunos desvían la vista con asco fingido, mientras otros se cruzan de brazos, señalando su tosca y desproporcionada silueta con gestos burlones. Los susurros ponzoñosos flotan en el aire, recordando el estigma maldito de su apellido y utilizando su fealdad física como el blanco perfecto de sus descalificaciones, convencidos de que su aspecto exterior es el reflejo exacto de la supuesta podredumbre moral heredada de su padre. Argeon camina con la espalda recta y la mirada fija al frente, soportando el peso de la marginación social con una fría indiferencia aparente, mientras sus agudos sentidos registran cada risotada, cada cambio en el ritmo cardíaco de sus detractores y cada mínimo detalle del entorno hostil que lo rodea.
Al llegar al patio de la academia, el ambiente se vuelve aún más pesado. Allí lo espera la prueba obligatoria para enmendar su expediente: una docena de shuriken y diez kunai dispuestos sobre una mesa de madera rústica, frente a un complejo circuito de dianas y objetivos estáticos y móviles distribuidos a diferentes distancias, que van desde los diez hasta los treinta metros. Un instructor de rango medio, con gesto hastiado y despectivo, lo aguarda junto a los blancos. Antes de iniciar, la tensión acumulada por la humillación pública amenaza con desatar una respuesta visceral en su interior, pero Argeon se detiene un instante antes de tocar el acero. Cierra los ojos por una fracción de segundo y ejecuta con absoluta maestría la microrregulación respiratoria que su madre, Lethe, le enseñó durante sus extenuantes entrenamientos clandestinos. Mediante inhalaciones y exhalaciones controladas al milímetro, logra estabilizar su ritmo cardíaco, neutralizar cualquier rastro de temblor en sus manos y congelar sus emociones, sepultando su ira bajo una coraza de estoicismo quirúrgico.
La prueba da inicio de inmediato. Argeon se sitúa en la línea de tiro oficial con la precisión de un autómata. Sus dedos callosos se deslizan con velocidad letal hacia la bandeja de madera, extrayendo los primeros proyectiles con su técnica de Bukijutsu (arrojadizo)
[*]-Primera fase- Expreso un supervisor de la prueba, él cual le tenía desagrado y esperaba desaprobarlo. - Tus Objetivos serán estáticos a corta distancia.-
[*]-
[*]La mano de Senju se desliza con velocidad felina hacia la mesa, extrayendo tres shuriken con los dedos callosos. Sin vacilar un solo instante, su muñeca rota en un arco perfecto. Los proyectiles abandonan su palma con un zumbido afilado y cortante, cruzando el aire a toda velocidad para clavarse de manera simultánea, exacta y brutal en el puro centro de la primera diana de madera, tan juntos que sus puntas de acero se rozan y bloquean entre sí. Este era el deseo del Genin, otra cosa era lo que ocurriera, sin embargo, el supervisor siguió hablando porque este no le deseaba dar un respiro al hijo del traidor.
[*]-Segunda fase, tus Objetivos a media distancia con variación de ángulo- Continuo expresando el supervisor, y registraba los resultado del estudiante.-
[*]
[*]Y de nuevo el Senju controlo su respiración y empleando nuevamente la técnica de arrojar de su clan no se detiene; sin embargo, cambia de agarre con agilidad mecánica y extrae tres kunai. Su mente calcula en milisegundos la densidad del aire y el sutil flujo de la brisa cruzada. Lanza los cuchillos en una secuencia rápida y rítmica: el primer kunai se clava con fuerza sorda en el blanco central, el segundo impacta con violencia milimétrica justo en la empuñadura del anterior para desviar las astillas, y el tercero sella una formación geométrica perfecta que impresiona y silencia a los más cercanos. Esta técnica de su observación, de ubicación era porque en si mismo era una brujula (algo de un aspecto positivo que sus profesores le reconocían).
[*]- Finalmente, vas por la tercera fase, la cual consiste en objetivos móviles en rieles mecánicos.- Finalizo el supervisor y dio la orden a los instructores para así activar las dianas deslizantes al fondo del patio, buscando complicar la prueba al máximo entre risas de expectación. Argeon no parpadea; su radar biológico rastrea el desplazamiento de los blancos en movimiento, calculando su velocidad y trayectoria con la frialdad de una computadora. Su brazo se proyecta como un resorte de acero, liberando de forma sucesiva los proyectiles restantes en una lluvia letal que persigue y acierta implacablemente en cada objetivo en movimiento.
-Listo Señor, ya me retiro.-
El eco de la última secuencia de acero se apaga por completo, dejando un mutismo sepulcral en todo el patio de la academia. La perfección absoluta de sus lanzamientos borra las sonrisas burlonas de los rostros de los espectadores. Argeon ya sabía el resultado de antemano; su mente tridimensional y sus cálculos balísticos milimétricos no admitían margen de error, y la diana destrozada era solo la confirmación lógica de su dominio técnico. Sin embargo, mientras el instructor lo mira con los ojos abiertos de par en par y un rictus de evidente asombro, una sombra de incertidumbre cruza por la mente del joven.
Sabía perfectamente que ese supervisor en particular le tenía una tirria personal, un rechazo visceral que iba más allá de la simple burocracia académica, lo que hacía probable que el hombre intentara manipular o maquillar el resultado oficial de la prueba solo por desprecio a su apellido. A pesar de haber demostrado una maestría incuestionable, Argeon permanece con el rostro inmutable, guardando silencio. Con los músculos tensos y el pulso regulado bajo su disciplina espartana, se queda de pie frente a los blancos, sin dar media vuelta ni retirarse del lugar. En su interior, abriga la tenue y fría esperanza de que, tras este despliegue de absoluta perfección quirúrgica, el supervisor finalmente no pueda ignorar la realidad de su expediente, dándole el resquicio necesario para lograr algo más grande dentro del sistema, un paso más hacia el cumplimiento de sus verdaderos objetivos en las sombras.
Las altas murallas de piedra de la aldea se alzan imponentes contra el cielo crepuscular, marcando el límite entre el peligro del exterior y el encierro asfixiante de un hogar donde su existencia es tolerada con desdén. Argeon avanza con paso firme pero contenido, cargando con el cansancio sordo de una misión prolongada. Al cruzar los controles, los guardias lo observan con la habitual indiferencia mezquina, acostumbrados a su presencia taciturna y a su tosca silueta. Sin embargo, antes de lograr adentrarse en los callejones, uno de los centinelas decide bloquearle el paso con una sonrisa torcida, consumido por el aburrimiento y el desprecio acumulado hacia el impopular hijo del traidor.
—Vaya, vaya. Miren quién regresa arrastrándose —bromea el guardia en voz alta, asegurándose de que los transeúntes escuchen—. El fiel perrito de la aldea. Dicen que los Senju solían ser titanes, pero contigo la sangre se diluyó por completo, sobre todo en el apartado estético.-
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Argeon detiene su marcha. Su rostro permanece esculpido en una frialdad absoluta, pero en su interior la mente opera a la velocidad de un reloj mecánico, calculando distancias y tiempos de reacción. El guardia, sintiéndose intocable y deseoso de humillarlo públicamente haciendo mofa de su historial académico, le bloquea el camino de manera desafiante y le lanza una dura advertencia sobre sus pendientes escolares.
—¡Has suspendido en tu examen de puntería! Como modo de recuperar la asignatura y aumentar tus notas, participarás en una prueba de puntería en el patio de la academia —dice el guardia con tono de burla socarrona, señalando hacia el fondo del patio de control, él cual se había enterado por uno de los profesores de la academia y le había dado la orden que al ver a ese hijo de traidor debería darle la información. —Contarás con una docena de Shuriken y diez Kunai, los cuales deberás acertar en una serie de dianas y objetivos a diferentes distancias, y para no hacerle perder el tiempo a nadie ve a la Academia en uno de sus patios.-
El aire en el puesto de control se vuelve pesado, cargado de expectativas mezquinas y risas contenidas. Para Argeon, la mención indirecta al nombre de su padre desata una descarga silenciosa de adrenalina que amenaza con romper su control. Sus pulmones ejecutan al instante la microrregulación respiratoria que aprendió de su madre, estabilizando sus latidos y congelando cualquier temblor en sus dedos, por lo que solo respondió al guardia. —Gracias por la información Señor, ya me dirijo a ese lugar.-
El guardia suelta una carcajada cínica, disfrutando del evidente malestar que su burla ha provocado. Los aldeanos y estudiantes presentes alrededor no ocultan su desprecio: le lanzan miradas cargadas de asco, señalando abiertamente su tosca y desproporcionada silueta con gestos despectivos y susurros cargados de ponzoña. Algunos se tapan la nariz o apartan la vista con fingida repulsión, recordando en voz alta el estigma del traidor y usando su fealdad física como el blanco perfecto de sus burlas, convencidos de que su inferioridad estética es el reflejo exacto de su podredumbre moral.
Argeon se mantiene inmutable ante la hostilidad generalizada, dejando que el desprecio colectivo resbale sobre su fachada de estoicismo profesional. Sin emitir una sola queja, da media vuelta y comienza a marchar hacia el sector de tiro designado al fondo del patio de la academia, mientras sus sentidos hiperdesarrollados (olfato) registran cada murmuro hostil a sus espaldas, cada risotada y cada cambio en el ritmo cardíaco de quienes lo marginan. Lejos de amedrentarse, canaliza toda esa amargura, el dolor de la traición y el rencor acumulado hacia los Uchiha en un hiperenfoque letal y en su mente proyecta como esos blancos serían esos rostros que recuerda de ese pasado oscuro.
El paso de Argeon por los senderos empedrados de la aldea hasta adentrarse en los terrenos de la academia se produce en medio de un silencio denso y tenso. A su paso, los pocos transeúntes, estudiantes y comerciantes locales detienen sus labores para observarlo con abierta repulsión. Las miradas están cargadas de un desprecio visceral que no se molestan en disimular; algunos desvían la vista con asco fingido, mientras otros se cruzan de brazos, señalando su tosca y desproporcionada silueta con gestos burlones. Los susurros ponzoñosos flotan en el aire, recordando el estigma maldito de su apellido y utilizando su fealdad física como el blanco perfecto de sus descalificaciones, convencidos de que su aspecto exterior es el reflejo exacto de la supuesta podredumbre moral heredada de su padre. Argeon camina con la espalda recta y la mirada fija al frente, soportando el peso de la marginación social con una fría indiferencia aparente, mientras sus agudos sentidos registran cada risotada, cada cambio en el ritmo cardíaco de sus detractores y cada mínimo detalle del entorno hostil que lo rodea.
Al llegar al patio de la academia, el ambiente se vuelve aún más pesado. Allí lo espera la prueba obligatoria para enmendar su expediente: una docena de shuriken y diez kunai dispuestos sobre una mesa de madera rústica, frente a un complejo circuito de dianas y objetivos estáticos y móviles distribuidos a diferentes distancias, que van desde los diez hasta los treinta metros. Un instructor de rango medio, con gesto hastiado y despectivo, lo aguarda junto a los blancos. Antes de iniciar, la tensión acumulada por la humillación pública amenaza con desatar una respuesta visceral en su interior, pero Argeon se detiene un instante antes de tocar el acero. Cierra los ojos por una fracción de segundo y ejecuta con absoluta maestría la microrregulación respiratoria que su madre, Lethe, le enseñó durante sus extenuantes entrenamientos clandestinos. Mediante inhalaciones y exhalaciones controladas al milímetro, logra estabilizar su ritmo cardíaco, neutralizar cualquier rastro de temblor en sus manos y congelar sus emociones, sepultando su ira bajo una coraza de estoicismo quirúrgico.
La prueba da inicio de inmediato. Argeon se sitúa en la línea de tiro oficial con la precisión de un autómata. Sus dedos callosos se deslizan con velocidad letal hacia la bandeja de madera, extrayendo los primeros proyectiles con su técnica de Bukijutsu (arrojadizo)
[*]-Primera fase- Expreso un supervisor de la prueba, él cual le tenía desagrado y esperaba desaprobarlo. - Tus Objetivos serán estáticos a corta distancia.-
[*]-
[*]La mano de Senju se desliza con velocidad felina hacia la mesa, extrayendo tres shuriken con los dedos callosos. Sin vacilar un solo instante, su muñeca rota en un arco perfecto. Los proyectiles abandonan su palma con un zumbido afilado y cortante, cruzando el aire a toda velocidad para clavarse de manera simultánea, exacta y brutal en el puro centro de la primera diana de madera, tan juntos que sus puntas de acero se rozan y bloquean entre sí. Este era el deseo del Genin, otra cosa era lo que ocurriera, sin embargo, el supervisor siguió hablando porque este no le deseaba dar un respiro al hijo del traidor.
[*]-Segunda fase, tus Objetivos a media distancia con variación de ángulo- Continuo expresando el supervisor, y registraba los resultado del estudiante.-
[*]
[*]Y de nuevo el Senju controlo su respiración y empleando nuevamente la técnica de arrojar de su clan no se detiene; sin embargo, cambia de agarre con agilidad mecánica y extrae tres kunai. Su mente calcula en milisegundos la densidad del aire y el sutil flujo de la brisa cruzada. Lanza los cuchillos en una secuencia rápida y rítmica: el primer kunai se clava con fuerza sorda en el blanco central, el segundo impacta con violencia milimétrica justo en la empuñadura del anterior para desviar las astillas, y el tercero sella una formación geométrica perfecta que impresiona y silencia a los más cercanos. Esta técnica de su observación, de ubicación era porque en si mismo era una brujula (algo de un aspecto positivo que sus profesores le reconocían).
[*]- Finalmente, vas por la tercera fase, la cual consiste en objetivos móviles en rieles mecánicos.- Finalizo el supervisor y dio la orden a los instructores para así activar las dianas deslizantes al fondo del patio, buscando complicar la prueba al máximo entre risas de expectación. Argeon no parpadea; su radar biológico rastrea el desplazamiento de los blancos en movimiento, calculando su velocidad y trayectoria con la frialdad de una computadora. Su brazo se proyecta como un resorte de acero, liberando de forma sucesiva los proyectiles restantes en una lluvia letal que persigue y acierta implacablemente en cada objetivo en movimiento.
-Listo Señor, ya me retiro.-
El eco de la última secuencia de acero se apaga por completo, dejando un mutismo sepulcral en todo el patio de la academia. La perfección absoluta de sus lanzamientos borra las sonrisas burlonas de los rostros de los espectadores. Argeon ya sabía el resultado de antemano; su mente tridimensional y sus cálculos balísticos milimétricos no admitían margen de error, y la diana destrozada era solo la confirmación lógica de su dominio técnico. Sin embargo, mientras el instructor lo mira con los ojos abiertos de par en par y un rictus de evidente asombro, una sombra de incertidumbre cruza por la mente del joven.
Sabía perfectamente que ese supervisor en particular le tenía una tirria personal, un rechazo visceral que iba más allá de la simple burocracia académica, lo que hacía probable que el hombre intentara manipular o maquillar el resultado oficial de la prueba solo por desprecio a su apellido. A pesar de haber demostrado una maestría incuestionable, Argeon permanece con el rostro inmutable, guardando silencio. Con los músculos tensos y el pulso regulado bajo su disciplina espartana, se queda de pie frente a los blancos, sin dar media vuelta ni retirarse del lugar. En su interior, abriga la tenue y fría esperanza de que, tras este despliegue de absoluta perfección quirúrgica, el supervisor finalmente no pueda ignorar la realidad de su expediente, dándole el resquicio necesario para lograr algo más grande dentro del sistema, un paso más hacia el cumplimiento de sus verdaderos objetivos en las sombras.
![[Imagen: uYoQ0If.jpeg]](https://imgur.com/uYoQ0If.jpeg)