10-09-2026, 01:25 PM
La convocatoria llegó a primera hora de la mañana, cuando la niebla todavía se encontraba lo bastante baja como para esconder los tejados de las viviendas más pequeñas. No traía consigo ninguna advertencia alarmante ni la exigencia de presentarse armadas para una operación peligrosa; solamente una citación del ayuntamiento, acompañada por el sello correspondiente a las misiones de rango D. Rin leyó el documento una vez, se lo entregó a Rei y comenzó a preparar su equipo sin formular preguntas cuya respuesta encontrarían al llegar.
Rei tardó un poco más. No porque la misión le preocupara, sino porque el comunicado mencionaba una labor de escolta dentro de Kirigakure y aquello le resultaba demasiado impreciso. Podía tratarse de acompañar a un comerciante durante unas pocas calles o de proteger un cargamento capaz de tentar a media zona comercial. Al final guardó el papel junto con sus pertenencias, comprobó el estado de su arco y siguió a su hermana hacia el ayuntamiento.
El edificio ya había comenzado a llenarse cuando llegaron. Mensajeros entraban y salían cargando documentos, varios shinobi esperaban frente a los mostradores y los funcionarios distribuían tareas procurando evitar que las conversaciones se mezclaran. Las gemelas se acercaron a la sección indicada en su convocatoria. La persona encargada consultó el registro, comprobó sus identidades y extrajo una carpeta mucho más gruesa de lo que parecía necesitar una misión tan sencilla.
Dentro había un mapa parcial de la aldea, una dirección residencial, la hora prevista para un intercambio y una descripción breve de los objetos que debían proteger. El solicitante era el señor Takashima, miembro de una familia asentada en Kirigakure desde hacía varias generaciones. Había acordado vender un conjunto de joyas heredadas, cuyo valor se debía tanto a los materiales empleados como a su antigüedad. El comprador lo recibiría aquella misma tarde en una plaza de la zona comercial.
La misión consistía en recoger a Takashima en su domicilio, acompañarlo durante el trayecto, vigilar el intercambio y escoltarlo de regreso con el dinero. No existían amenazas confirmadas. El comprador era un comerciante registrado, el encuentro se realizaría en un lugar concurrido y ninguno de los implicados tenía antecedentes preocupantes. La solicitud había sido aprobada porque el anciano temía ser engañado, seguido o despojado de las joyas antes de completar la venta.
<Las piezas no deben abandonar la custodia del señor Takashima hasta que el pago haya sido comprobado. El comprador se llama Genzaemon Akitsu y acudirá con un ayudante. Para identificarse, mostrará una tablilla comercial con una garza grabada y preguntará si la niebla ha cubierto el jardín. El señor Takashima debe responder que las piedras continúan secas. Si alguien intenta modificar el sitio del encuentro, no lo sigan. Tampoco permitan que el solicitante regrese solo, aunque insista en que ya no necesita protección una vez reciba el dinero>
Rei inclinó la cabeza al escuchar la contraseña. Le parecía excesivamente dramática para un intercambio dentro de una plaza, pero comprendía su utilidad. Rin se concentró en otros detalles: el comprador conocía las piezas, el precio ya había sido acordado y el dinero debía entregarse en un cofre sellado. Eso reducía la posibilidad de una discusión durante el encuentro, aunque no eliminaba una sustitución, una identificación falsa o un cambio improvisado de condiciones.
<Entonces protegemos al señor, las joyas durante la ida y el dinero durante la vuelta. Si alguien pregunta por jardines mojados antes de mostrar la garza, asumiremos que escucha conversaciones ajenas con demasiado interés>
La funcionaria confirmó la interpretación y les entregó una copia de la ruta sugerida. Rin observó el mapa mientras abandonaban el mostrador. El camino más corto atravesaba la zona comercial y llegaba directamente hasta la plaza; también era el más concurrido. Existían dos alternativas, una por los canales interiores y otra a través de calles residenciales, pero cualquiera aumentaría considerablemente el tiempo del trayecto.
No necesitaban escoger todavía. Primero debían conocer al hombre que protegerían, comprobar cómo transportaría las joyas y descubrir si era capaz de seguir instrucciones sin detenerse a saludar a todos los conocidos que encontrara por el camino. En muchas escoltas sencillas, el principal inconveniente no provenía de un atacante, sino de la persona convencida de que no podía ocurrirle nada.
La vivienda de Takashima se encontraba a una distancia moderada del ayuntamiento, en un vecindario antiguo cuyas casas compartían muros de piedra y pequeños patios interiores. La puerta estaba abierta cuando las gemelas llegaron, aunque una cortina impedía ver directamente el interior. Rei anunció su presencia antes de cruzar el umbral. Desde alguna habitación respondió una voz apresurada, seguida por el ruido de varios objetos siendo desplazados.
Takashima apareció poco después. Era un hombre delgado, con el cabello completamente blanco y una barba corta que se había alisado tantas veces aquella mañana que ya no conservaba un solo pelo fuera de su sitio. Vestía prendas formales en tonos oscuros, adecuadas para una negociación, y llevaba una chaqueta impermeable doblada sobre un brazo. Su inquietud se hizo evidente antes de pronunciar una palabra. Miró detrás de las kunoichi, cerró la puerta y comprobó el pestillo dos veces.
Sobre la mesa principal había un envoltorio de tela azul, una caja rectangular de madera lacada y tres bolsas distintas que parecían preparadas para transportar exactamente el mismo objeto. Takashima aún no había decidido cuál utilizar. Explicó que la caja contenía las joyas, pero evitó abrirla hasta que Rin le pidió verificar el contenido antes de partir. No podían responsabilizarse por algo cuya presencia no hubieran confirmado.
El anciano retiró dos cordones y levantó la tapa. En el interior, protegidas por seda envejecida, descansaban las piezas que su familia había conservado durante siglos. La principal era un collar formado por cuentas de plata oscurecida y pequeñas piedras verdes, ensambladas alrededor de una pieza central tallada con la forma de una ola. Lo acompañaban dos horquillas para el cabello, decoradas con nácar, y un par de pendientes cuyos engastes imitaban gotas de agua. El conjunto no resultaba ostentoso; su valor se encontraba en la calidad del trabajo, la antigüedad y el cuidado con el que había sobrevivido a varias generaciones.
Takashima tocó el borde de la caja, pero no las joyas. Durante unos instantes pareció reconsiderar la venta. Rei no le preguntó por qué había tomado aquella decisión. La misión no consistía en convencerlo de separarse de las piezas ni en empujarlo a conservarlas. Aun así, el anciano terminó explicándolo sin que nadie se lo pidiera: una parte de su vivienda necesitaba reparaciones, sus hijos residían lejos de Kirigakure y ninguno deseaba heredar objetos que permanecerían guardados en una caja. Prefería venderlos a un coleccionista dispuesto a conservarlos antes que permitir que fueran dividan olvidados después de su muerte.
Rin examinó el cierre, hizo que Takashima colocara nuevamente la tapa y aseguró los cordones de manera que cualquier apertura resultara evidente. Después escogió la bolsa más sencilla de las tres. Una cubierta vistosa anunciaría que transportaban algo valioso; la caja cabía perfectamente dentro de un bolso común, cuyo aspecto no llamaría la atención entre los compradores de la zona comercial.
<La llevará cruzada y por debajo de la chaqueta. No se apartará de nosotras, no mostrará la caja durante el trayecto y no aceptará cambios de lugar aunque parezcan venir del comprador. Rei caminará a su lado. Yo iré delante. Si nos detenemos, será porque nosotras lo indicamos>
La severidad de Rin hizo que Takashima enderezara la espalda. Asintió con una obediencia que probablemente no habría mostrado si las instrucciones hubieran sido formuladas como sugerencias. Rei suavizó el momento ayudándolo a ajustar la correa del bolso, procurando que la caja descansara contra su costado sin resultar incómoda. Luego cubrieron el conjunto con la chaqueta y abandonaron la vivienda.
La mañana había avanzado lo suficiente para que las calles se encontraran llenas. Una llovizna ligera descendía sobre Kirigakure, demasiado fina para obligar a los comerciantes a cerrar sus puestos, pero suficiente para mantener húmedas las piedras. Los toldos acumulaban gotas en sus extremos y los peatones se desplazaban cerca de los edificios para evitar las partes descubiertas del camino. A aquella hora, mezclarse con la multitud ofrecía tanta protección como riesgo: resultaba difícil seguir a una persona sin ser visto, pero también era sencillo provocar un tropiezo, cortar una bolsa o intercambiar un paquete entre varios cuerpos.
Rin mantuvo una distancia corta por delante de Takashima. No caminaba tan rápido como para separarse, pero controlaba cada cruce antes de permitir que el grupo avanzara. Rei permanecía a la derecha del anciano, ocupando el costado desde el cual alguien tendría mejor acceso al bolso escondido. Ninguna llevaba sus armas en las manos. Mostrar una postura demasiado agresiva habría llamado más atención sobre el protegido y, por el momento, no existía ninguna amenaza concreta.
Takashima intentó comportarse con naturalidad. Lo consiguió durante las primeras dos calles. En la tercera empezó a comprobar la presencia del bolso apretando el brazo contra su cuerpo. En la cuarta miró dos veces hacia atrás porque creyó reconocer al mismo hombre entre los peatones. Rei observó al supuesto perseguidor y comprobó que se trataba de un vendedor que llevaba una cesta de verduras. Cuando doblaron la esquina, él continuó en dirección contraria.
La inquietud del anciano no disminuyó. Cada persona que caminaba demasiado cerca le parecía un ladrón; cada conversación que se interrumpía a su paso, una señal de que alguien había descubierto las joyas. Rin no intentó tranquilizarlo con promesas. Se limitó a continuar inspeccionando las calles, pues la vigilancia real era más útil que asegurarle que nada podía ocurrir.
El primer contratiempo llegó cerca de la zona comercial. Un carro cargado con barriles bloqueaba buena parte del camino mientras dos trabajadores intentaban reemplazar una rueda dañada. Los peatones debían cruzar por un espacio estrecho entre el vehículo y una fila de puestos. Rin se detuvo antes de entrar en aquel embudo. Había demasiadas personas juntas, poca visibilidad y varias manos ocupadas trasladando mercancía.
Escogió un desvío corto por una calle paralela. Takashima protestó al recordar que el encuentro tenía una hora establecida, pero todavía contaban con margen suficiente. Rei permaneció junto a él mientras Rin comprobaba la alternativa. El nuevo recorrido los llevó frente a una pequeña tienda de dulces tradicionales. Desde la entrada llegaba el olor de la pasta de judías y del arroz tostado, y Takashima redujo el paso de manera involuntaria.
Confesó que no había desayunado. La preocupación por las joyas lo había mantenido ocupado desde el amanecer y ahora comenzaba a marearse. Continuar con el estómago vacío no era una demostración de compromiso; aumentaba la posibilidad de que se debilitara en medio del intercambio. Las hermanas aceptaron una parada breve, con la condición de no perderlo de vista ni permitirle retirar el bolso.
La tienda estaba casi vacía. Takashima pidió una caja pequeña de dulces para comer durante el camino y otra para llevar a casa. El dependiente colocó el primer pedido dentro de un paquete de papel, pero explicó que la segunda selección necesitaba una caja resistente para evitar que las piezas se aplastaran. Extrajo de debajo del mostrador un recipiente rectangular de madera negra, ligeramente más pequeño que el que Takashima llevaba oculto.
El anciano, incómodo por pagar con una sola mano, abrió su chaqueta y retiró el bolso del hombro. Rei lo vio colocar su caja lacada sobre el mostrador mientras buscaba las monedas. Dio un paso hacia él con intención de impedírselo, pero una mujer entró cargando un paraguas mojado y dos niños atravesaron la puerta detrás de ella. Durante unos segundos el espacio se llenó de movimiento. El dependiente cobró, envolvió una caja con tela sencilla y entregó el pedido.
Rin apresuró la salida antes de que la tienda se congestionara todavía más. Takashima guardó el recipiente dentro de su bolso, volvió a cruzarse la correa y continuaron el camino. Nadie pareció seguirlos. Ninguna mano desconocida se acercó al anciano y el dependiente permaneció detrás del mostrador atendiendo a los nuevos clientes.
La plaza se encontraba a pocas calles, pero Rei notó que el peso dentro del bolso producía un sonido diferente al caminar. Era tenue, apenas un golpe amortiguado contra la madera, aunque las joyas habían permanecido completamente inmóviles entre la seda cuando revisaron la caja en la vivienda. Extendió una mano para detener a Takashima y pidió comprobar el cierre.
Los cordones eran distintos.
No habían sido cortados ni manipulados. Simplemente no eran los mismos que Rin había anudado. Takashima palideció antes de abrir el bolso. Extrajo la caja, desató la tela exterior y levantó la tapa con tanta rapidez que casi la dejó caer. En lugar del collar y las horquillas, encontraron seis dulces perfectamente ordenados sobre una bandeja de papel.
El anciano se llevó ambas manos a la cabeza. Su primera reacción fue acusar al dependiente de haber preparado el intercambio; la segunda, culparse por retirar la caja bajo la chaqueta; la tercera, intentar regresar corriendo hacia la tienda sin esperar a las kunoichi. Rin lo sujetó por el brazo antes de que diera dos pasos. Desplazarse desesperadamente con una caja de dulces en las manos solamente conseguiría atraer miradas y empeorar la situación.
Rei reconstruyó lo ocurrido. Había visto las dos cajas sobre el mostrador: la de las joyas, colocada por Takashima mientras pagaba, y la utilizada por el dependiente para preparar el pedido. Ambas eran negras, rectangulares y estaban envueltas con telas discretas. Entre la llegada de los nuevos clientes y el paraguas abierto dentro del local, alguien había entregado la equivocada. No existían señales de un robo planeado; solamente una confusión peligrosamente inoportuna.
<Respire antes de decidir que toda la tienda pertenece a una organización de ladrones de dulces. Yo vi su caja en el mostrador y nadie salió con ella. Si el dependiente descubrió el error, probablemente la tiene guardada. Volveremos juntos, comprobaremos el contenido y esta vez usted no tocará la bolsa hasta llegar a la plaza>
La observación sobre los ladrones de dulces no consiguió que Takashima sonriera, pero sí interrumpió su creciente desesperación. Rin tomó la caja equivocada y el grupo regresó siguiendo la misma ruta. No corrieron. Mantener una marcha rápida pero ordenada les permitió observar a las personas que abandonaban la tienda y comprobar que ninguna cargaba un paquete parecido.
Cuando llegaron, el dependiente los reconoció de inmediato. Sobre el mostrador, apartado de los demás pedidos y cubierto con un paño, se encontraba el recipiente correcto. El hombre había descubierto la confusión al intentar acomodar la caja que creía llena de dulces y notar que pesaba demasiado. No la había abierto. Había pedido a uno de sus ayudantes que buscara al anciano, pero la multitud le impidió encontrarlo.
Rin comprobó los nudos originales antes de permitir que Takashima tocara el recipiente. Seguían intactos. Abrió la caja frente al dependiente, contó cada pieza y revisó que ninguna hubiera abandonado su lugar. El collar, las horquillas y los pendientes continuaban dentro, protegidos por la seda. La confusión no había causado ningún daño.
<Lo siento muchísimo. Utilizamos cajas como esa para los pedidos grandes y con toda esa gente entrando creí que la suya era la que acababa de preparar. Puedo devolverle el dinero, ofrecerle los dulces o acompañarlos a explicar lo sucedido. No miré lo que había dentro; en cuanto noté el peso la dejé aquí y no permití que nadie la tocara>
Takashima aceptó la explicación después de comprobar tres veces las joyas. El dependiente devolvió el dinero del pedido, aunque Rei insistió en pagar por la caja que ya habían transportado hasta la calle. No había sido un intento de robo y castigar al hombre más de lo necesario no recuperaría el tiempo perdido. Guardaron las joyas nuevamente, pero esta vez Rin llevó el bolso por debajo de su propia capa. Takashima había demostrado que los nervios podían hacerle olvidar incluso las instrucciones más sencillas.
El retraso consumió casi todo el margen que tenían. Tomaron el camino más directo hacia la plaza, evitando nuevas paradas. El anciano ya no miraba a todos como sospechosos. Ahora observaba el bolso oculto bajo la capa de Rin con una mezcla de alivio y vergüenza. Rei permaneció a su lado, asegurándose de que no tropezara mientras intentaba caminar más rápido de lo recomendable.
Al aproximarse a la plaza, encontraron a un hombre esperándolos bajo el alero de una vivienda cerrada. Vestía una túnica verde, llevaba un sombrero de ala corta y sostenía un paraguas plegado. Cuando reconoció a Takashima, se adelantó con una familiaridad que el anciano no correspondió. Explicó que el señor Akitsu había decidido trasladar el intercambio a una casa de té cercana debido a la lluvia. Afirmó que el comprador lo había enviado para guiarlos y señaló una calle lateral.
La llovizna no era lo bastante intensa para justificar el cambio. La plaza permanecía abierta, había comerciantes circulando y el sitio acordado podía verse desde donde estaban. Más importante aún, el desconocido no mostró ninguna tablilla y tampoco empleó la frase de identificación. Rin se interpuso entre él y Takashima sin descubrir las joyas. Rei se desplazó apenas hacia un costado, cerrando la posibilidad de que el hombre se acercara al anciano mientras hablaba.
El desconocido insistió. Dijo que la contraseña ya no era necesaria porque el comprador lo había enviado personalmente. Describió las joyas de manera vaga, refiriéndose a ellas como un conjunto de plata, y trató de convencer a Takashima de que llegarían tarde si continuaban haciendo preguntas. Aquella prisa jugaba en su contra. Quien conociera el acuerdo sabría que el comprador debía mostrar la garza antes de iniciar cualquier conversación sobre el intercambio.
<No mostró la tablilla, no conoce la respuesta y pretende llevarnos fuera de la plaza. Puede marcharse ahora o puede esperar mientras llamamos a una patrulla para que explique quién le informó de esta venta>
El hombre observó a Rin, después a Rei y finalmente las armas que ninguna había necesitado desenfundar. Intentó mantener su historia durante unos segundos más, pero abandonó el esfuerzo al distinguir a dos agentes atravesando el extremo contrario de la calle. Se alejó entre los peatones sin correr. Rei memorizó su ropa, su altura y la dirección tomada, aunque no inició una persecución. La prioridad seguía siendo Takashima y, pese a lo sospechoso de su comportamiento, el desconocido no había cometido más que un intento de engaño imposible de demostrar sin detener la misión.
La aparición confirmó que alguien había escuchado detalles del intercambio. Quizá el hombre no sabía qué transportaban y únicamente esperaba aprovecharse de un anciano nervioso; quizá había reconocido a Takashima y deducido que una reunión con un comerciante podía involucrar dinero. En cualquier caso, el procedimiento acordado había bastado para desbaratar el intento.
Las gemelas condujeron a Takashima hasta la plaza. El sitio era amplio, con bancos de piedra distribuidos alrededor de una fuente baja y varios árboles que proporcionaban refugio parcial contra la lluvia. Comerciantes ambulantes ocupaban los bordes sin impedir la circulación. Había suficiente gente para desalentar un ataque abierto y bastante espacio para detectar a cualquiera que se acercara con intenciones dudosas.
Genzaemon Akitsu esperaba cerca de la fuente acompañado por un ayudante. Era un hombre de mediana edad, vestido con prendas sobrias y protegido por una capa impermeable. No avanzó en cuanto vio a Takashima. Primero extrajo de su equipaje una tablilla de madera oscura. En una de sus caras podía distinguirse la figura de una garza con las alas recogidas.
<Me alegra que hayan llegado. Dígame, señor Takashima, ¿la niebla ha cubierto el jardín?>
Takashima miró a las gemelas antes de responder. Su voz todavía conservaba parte del temblor provocado por la confusión en la tienda, pero recordó las palabras exactas.
<Las piedras continúan secas>
Solo entonces Akitsu se presentó formalmente. También mostró una copia del acuerdo firmado, cuyo sello coincidía con el documento proporcionado por el ayuntamiento. Rin comprobó ambos elementos antes de retirar el bolso escondido bajo su capa. No entregó la caja directamente al comprador. La colocó sobre uno de los bancos de piedra y permitió que Takashima deshiciera los nudos.
El ayudante extendió una tela limpia para evitar que las piezas tocaran la superficie húmeda. Akitsu revisó primero el collar. Examinó los engastes, contó las cuentas de plata y comparó la pieza central con un dibujo incluido en el acuerdo. Después hizo lo mismo con las horquillas y los pendientes. No utilizó movimientos apresurados ni intentó apartar ninguna pieza de la vista del propietario. Cuando terminó, declaró que el conjunto coincidía con la descripción y que mantenía el precio pactado.
El pago se encontraba dentro de un pequeño cofre reforzado. El ayudante lo abrió frente a todos y retiró varios paquetes de billetes, cada uno sujeto con una cinta marcada por una entidad comercial de Kirigakure. Takashima comenzó a contarlos, pero perdió la cuenta antes de terminar el segundo paquete. Sus dedos aún temblaban y miraba constantemente las joyas, como si esperara que desaparecieran mientras atendía al dinero.
Rei tomó nota de cada cantidad mientras Rin comprobaba las cintas y las marcas. Akitsu no mostró molestia por la revisión. Permitió que examinaran los billetes, presentó el comprobante de retiro y esperó hasta que las cifras coincidieron con el precio escrito en el acuerdo. No había monedas falsificadas, paquetes incompletos ni condiciones añadidas en el último momento.
Takashima tardó más en despedirse de las joyas que en aceptar el pago. Tocó una de las horquillas por última vez y explicó que había pertenecido a su abuela. Akitsu prometió mantener el conjunto unido y conservar un registro del origen de cada pieza. No era una garantía que las kunoichi pudieran exigir como parte de la misión, pero pareció aliviar al anciano. Finalmente, Takashima cerró la caja y la empujó hacia el comprador.
Ambos firmaron el comprobante de entrega. Akitsu guardó las joyas dentro de un equipaje protegido por su ayudante y Takashima recibió el cofre con el dinero. El intercambio había concluido sin disputas. A partir de aquel momento, sin embargo, el contenido que debían escoltar resultaba mucho más evidente y fácil de utilizar que un conjunto de joyas antiguas. Regresar por la misma ruta sería innecesario.
Rin distribuyó el dinero entre tres envoltorios antes de abandonar la plaza. La mayor parte quedó dentro de un compartimento oculto bajo la ropa de Takashima; una cantidad menor permaneció en el cofre, que Rei transportaría como señuelo, y el resto se guardó dentro de una bolsa común que Rin aseguró entre su equipo. Si alguien había observado la negociación, vería salir al grupo con el mismo cofre empleado durante el pago y supondría que contenía la suma completa.
El anciano se mostró incómodo ante la idea de separar el dinero, pero ya no discutió las instrucciones. Después de confundir las joyas con una caja de dulces y casi seguir a un desconocido hacia una calle lateral, su confianza en sus propios instintos había disminuido considerablemente. Se colocó entre las hermanas y emprendieron el regreso por la ruta de los canales interiores.
La lluvia cesó poco después. La niebla continuó suspendida sobre el agua, difuminando los puentes más distantes y amortiguando el ruido procedente del mercado. Había menos peatones que en el camino anterior, aunque seguían encontrándose dentro de sectores habitados y patrullados. Rin vigiló las intersecciones. Rei llevó el cofre de manera visible, como si su peso le exigiera sujetarlo con ambas manos, aunque en realidad solo contenía algunos paquetes y varias piedras envueltas para imitar la carga original.
Durante dos calles creyeron tener compañía. Una figura con túnica oscura apareció detrás del grupo después de abandonar la plaza y mantuvo la misma dirección al cruzar el primer puente. Rin alteró el ritmo sin anunciarlo: redujo la marcha cerca de un puesto, aceleró al llegar al canal y escogió una bifurcación que no pertenecía a la ruta más directa. La persona continuó detrás de ellas.
Rei no volvió la cabeza. Utilizó el reflejo de una ventana para seguir la posición del desconocido mientras mantenía una conversación baja con Takashima, evitando que el anciano descubriera la posible vigilancia y reaccionara de manera evidente. Al llegar a un puesto de vigilancia, la figura se adelantó y resultó ser una mujer cargando documentos. Entró en el edificio administrativo, saludó al guardia por su nombre y desapareció tras la puerta.
No todos los pasos coincidentes pertenecían a un perseguidor. Aun así, Rin esperó unos instantes antes de continuar, comprobando que nadie más hubiera utilizado a la mujer como cobertura. El resto del trayecto transcurrió sin incidentes. No encontraron nuevamente al falso mensajero ni advirtieron señales de que alguien conociera la distribución del dinero.
Takashima comenzó a relajarse al reconocer su vecindario. Aquello provocó un problema distinto: quiso recuperar el cofre y despedir a las gemelas dos calles antes de llegar, convencido de que ya se encontraba suficientemente cerca de casa. Rei le recordó que la misión no terminaba cuando él divisara un tejado conocido, sino cuando estuviera dentro de su vivienda con la puerta cerrada. La instrucción del ayuntamiento había anticipado exactamente aquella conducta.
Llegaron a la residencia durante las primeras horas de la tarde. Rin comprobó el acceso y esperó hasta que Takashima cerrara la puerta detrás de los tres. Solo entonces reconstruyeron el pago. Rei retiró el contenido del cofre, Rin entregó la bolsa confiada a su custodia y el anciano recuperó el envoltorio oculto bajo sus prendas. Contaron nuevamente la suma sobre la misma mesa donde habían examinado las joyas aquella mañana.
No faltaba un solo ryō.
Takashima guardó el dinero dentro de una caja empotrada en el suelo, cubierta normalmente por una estera. Explicó que al día siguiente depositaría la mayor parte y emplearía el resto para contratar las reparaciones de su vivienda. Las manos dejaron de temblarle después de cerrar el compartimento. El lugar que había ocupado la caja de las joyas sobre la mesa permanecía vacío, y por primera vez desde el intercambio pareció comprender que las piezas ya no volverían con él.
Rei no intentó llenar aquel silencio con una felicitación. Vender algo conservado durante generaciones podía ser la decisión correcta y seguir resultando doloroso. Se limitó a colocar sobre la mesa la caja de dulces que había provocado todo el contratiempo. Había sobrevivido al trayecto, a la carrera de regreso y a la revisión en la plaza sin sufrir daños considerables.
<No reemplazan unas joyas familiares, pero al menos estas puede comérselas sin preocuparse por quién tendrá que heredarlas. La próxima vez que transporte algo invaluable, procure no colocarlo junto al almuerzo>
Takashima soltó una risa breve, más cansada que alegre, aunque suficiente para aliviar la tensión acumulada. Agradeció a las hermanas por recuperar las piezas, reconocer al falso mensajero y evitar que su nerviosismo arruinara la venta. Admitió que, de haber viajado solo, probablemente habría abierto la caja demasiado tarde, seguido al desconocido para no hacer esperar al comprador y regresado con todo el dinero dentro de un cofre visible.
Rin consideró que aquella conclusión era bastante precisa. Antes de marcharse, revisó las ventanas, comprobó que la puerta posterior estuviera asegurada y recomendó no hablar del pago con vecinos ni comerciantes hasta haberlo depositado. Takashima prometió permanecer en casa durante el resto del día. Esta vez, su promesa pareció fiable.
Las gemelas regresaron al ayuntamiento siguiendo un camino mucho más directo. La plaza continuaba ocupada, la tienda de dulces atendía con normalidad y no había señales del hombre que intentó desviar la negociación. Rin conservaba una descripción suficiente para incluirla en el informe, aunque el incidente no había escalado hasta convertirse en un delito comprobable. También mencionaría la confusión de las cajas. Omitirla habría presentado la escolta como un trayecto sin dificultades y habría impedido explicar el retraso.
Frente al mismo mostrador donde habían recibido la carpeta, informaron que el intercambio se había completado por el precio acordado. Las joyas quedaron en poder del comprador legítimo después de verificar su identificación, y Takashima regresó a su residencia con la totalidad del dinero. Ninguno de los participantes sufrió heridas y no fue necesario emplear fuerza.
La funcionaria registró el incidente de la tienda como una confusión accidental. También tomó nota del desconocido que intentó conducir al grupo hacia una ubicación distinta y envió su descripción a las patrullas de la zona comercial. Quizá nunca podrían demostrar cuáles eran sus intenciones, pero si repetía la conducta durante otro intercambio, existiría un antecedente con el cual relacionarlo.
Rin firmó el informe y devolvió el mapa. Rei permaneció a su lado, mirando la carpeta que finalmente resultaba adecuada para todo lo ocurrido. Habían empezado la mañana esperando acompañar a un anciano durante unas pocas calles. Terminaron recuperando unas joyas cambiadas por dulces, rechazando a un mensajero falso, supervisando una compraventa y transportando el pago por una ruta alternativa.
No había sido una misión peligrosa. Precisamente por eso pertenecía al rango D: los problemas podían resolverse prestando atención, manteniendo la calma y evitando que un error pequeño se convirtiera en algo mucho peor. Takashima se encontraba sano y salvo en su hogar, el comprador había recibido las piezas correctas y el dinero había sido contado dos veces antes de quedar asegurado.
Las gemelas abandonaron el ayuntamiento cuando la niebla empezaba a levantarse sobre las calles. Rin consideró terminada la misión desde el momento en que el informe quedó registrado. Rei, en cambio, todavía pensaba en la caja de dulces sobre la mesa del anciano y en la posibilidad de que Takashima volviera a revisarla por costumbre antes de recordar que las joyas ya no estaban allí.
Al menos, aquella vez no encontraría un recipiente vacío.
Encontraría seis dulces pagados por dos kunoichi y una lección difícil de olvidar: en Kirigakure, incluso las reliquias conservadas durante siglos podían terminar confundidas con el almuerzo si alguien apartaba la vista durante el tiempo suficiente.
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