08-09-2026, 01:30 AM
El viaje por tierra terminó en un pequeño puerto desde donde el grupo debía continuar la búsqueda de los Sellos. La embarcación asignada no era especialmente grande, aunque poseía espacio suficiente para transportar a los shinobi, la tripulación y las provisiones necesarias durante varios días. Kishue fue uno de los primeros en subir. El olor a sal, madera húmeda y redes viejas le resultó mucho más familiar que cualquier sendero que hubieran recorrido hasta entonces.
El Kanabō no Samehada causó algunos problemas antes de abandonar el muelle. Su tamaño y peso impedían dejarlo apoyado en cualquier sitio sin estorbar el paso, de modo que Kishue terminó asegurándolo cerca del mástil con varias cuerdas gruesas. Probó cada nudo tirando con ambas manos y colocó una protección entre el metal y la madera para evitar que el movimiento del barco los hiciera golpearse. El garrote parecía menos un arma guardada que otro pasajero particularmente desagradable.
—Tú te quedas aquí hasta que aparezca algo que necesite ser golpeado. —le indicó, apoyando una mano sobre la cabeza de tiburón del arma—. Y no intentes caer sobre nadie. Ya eres bastante difícil de explicar sin aplastar a un marinero.
La primera jornada transcurrió sin grandes dificultades. Kirigakure desapareció poco a poco detrás de su niebla y luego también lo hizo la costa, dejando al barco rodeado únicamente por agua. Kishue pasó buena parte del tiempo sobre la cubierta, ayudando cuando la tripulación necesitaba mover provisiones o tensar alguna cuerda. Rin y Rei continuaban a bordo y formaban parte del esfuerzo necesario para mantener el viaje, pero él procuró concentrarse en sus propias tareas sin meterse en las de ellas.
La tranquilidad comenzó a desaparecer durante el segundo día. El viento cambió antes del mediodía y empujó la embarcación lejos de la ruta indicada, obligando a corregir constantemente el timón. Las olas crecieron durante las horas siguientes, primero como elevaciones largas que levantaban el barco y después como golpes que sacudían la cubierta. Kishue encontró divertido el movimiento hasta que una caja mal asegurada cruzó varios metros y estuvo a punto de romperle las piernas a uno de los tripulantes.
Después de eso dejó de parecerle un juego.
Ayudó a fijar cada objeto capaz de desplazarse. Arrastró barriles hacia el centro, tensó las redes sobre las provisiones y añadió nuevas cuerdas alrededor del Kanabō. La lluvia llegó poco después, inclinada por el viento y con suficiente fuerza para dificultar la visión. La madera se volvió resbaladiza, pero Kishue mantuvo el equilibrio bajando el cuerpo y aferrándose con manos y pies cada vez que el barco descendía detrás de una ola.
La tormenta empeoró al caer la noche. El mar dejó de distinguirse del cielo y cada relámpago revelaba paredes de agua levantándose alrededor de la embarcación. Una ola golpeó el costado y cubrió la cubierta por completo, arrastrando herramientas, cuerdas y cualquier cosa que no estuviera sujeta. Kishue alcanzó una de las líneas antes de perder el apoyo y se sostuvo mientras el agua intentaba llevarlo hacia la borda. Por primera vez, estar rodeado por el mar no significaba encontrarse en ventaja.
—Mekka, recuérdame que la próxima vez pidamos un barco más grande.
La esfera permaneció protegida debajo de su ropa, pegada al cuerpo para evitar que los movimientos bruscos la golpearan. Kishue no necesitaba escuchar una respuesta para imaginar la desaprobación del pez. Había sido él quien celebró la idea de navegar y aseguró que cualquier problema en el agua sería sencillo. Ahora el barco crujía debajo de sus pies como si fuera a demostrarle personalmente lo equivocado que estaba.
Una ráfaga desgarró parte de una vela y dejó una sección agitándose sin control. Kishue avanzó hasta una de las cuerdas desprendidas, la sujetó alrededor del antebrazo y tiró utilizando todo el peso de su cuerpo. El tejido continuó golpeándolo mientras varios tripulantes intentaban reducirlo. Cuando una segunda ola inclinó el barco, activó parcialmente su transformación; las escamas cubrieron sus manos y le permitieron conservar el agarre sobre la cuerda mojada hasta asegurarla.
La batalla contra la tormenta se prolongó durante horas. No existía un enemigo al que pudiera golpear ni una garganta que morder para acabar con el problema. Cada dificultad era reemplazada por otra: una cuerda cedía, una caja se soltaba, el agua entraba por la cubierta o el viento desviaba nuevamente la proa. Kishue obedeció las instrucciones de la tripulación cuando conocían mejor el barco y utilizó su fuerza cuando las manos de una sola persona no eran suficientes.
Poco antes del amanecer, un ruido diferente atravesó el casco. No fue el crujido habitual de la madera soportando las olas, sino un golpe acompañado por una vibración que recorrió parte de la cubierta. Algún resto flotante había chocado contra la embarcación bajo la línea del agua. Minutos después comenzó a entrar agua en uno de los compartimentos inferiores, primero mediante un goteo rápido y luego a través de una separación cada vez más visible entre dos tablas.
Kishue ayudó a retirar las provisiones del lugar y se unió al esfuerzo para contener la filtración desde dentro. Colocaron tela y una tabla sobre la grieta, sujetándolas con travesaños mientras retiraban el agua acumulada. La reparación redujo la entrada, pero no la detuvo. Para asegurar el casco debían cubrir también la abertura desde el exterior, algo que ningún marinero estaba dispuesto a intentar mientras las olas continuaran golpeando con aquella fuerza.
El temporal perdió intensidad durante la mañana. Las nubes no desaparecieron y el mar siguió elevándose alrededor del barco, pero por fin existieron intervalos en los que las olas permitían trabajar. Kishue no esperó a que alguien tuviera que pedirle que descendiera. Terminó de transformar su cuerpo, comprobó que Mekka estuviera asegurado y ató una cuerda alrededor de su cintura para permanecer vinculado a la embarcación, aunque no necesitara regresar a la superficie para respirar.
—Voy a revisar el daño. Si tiro tres veces, envíen la tabla. Si tiro cinco... probablemente significa que algo intentó comerme.
Saltó por la borda antes de escuchar cualquier objeción. El agua fría lo envolvió y el estruendo de la tormenta se convirtió en un rumor distante sobre su cabeza. Sus branquias se abrieron con naturalidad, permitiéndole respirar mientras descendía junto al casco. Bajo la superficie, la embarcación parecía mucho más grande y cada movimiento de las olas la desplazaba de un lado a otro, obligándolo a apartarse para evitar que la madera lo golpeara.
Encontró la grieta cerca de la parte inferior del costado. Dos tablas estaban partidas y otra se había separado varios centímetros, dejando que el agua fuera empujada hacia dentro. Kishue pasó los dedos sobre los bordes, retiró varias astillas sueltas y comprobó que la estructura alrededor continuara firme. Después tiró tres veces de la cuerda y esperó mientras el oleaje intentaba arrastrarlo hacia la popa.
Desde arriba descendió el parche preparado por los marineros: una pieza gruesa de lona reforzada con una tabla, cuerdas y material sellante protegido entre varias capas. Kishue la atrapó antes de que se alejara, llevó el conjunto hasta la grieta y presionó la tabla contra el casco. Sus pies buscaron apoyo sobre la madera mientras enrollaba las líneas alrededor de los puntos indicados. La corriente convertía cada movimiento en un forcejeo, pero debajo del agua se encontraba mucho más cómodo que quienes esperaban arriba.
Una de las cuerdas pasó por debajo de la embarcación y regresó desde el otro costado, permitiendo apretar el parche contra las tablas dañadas. Kishue tiró hasta que la lona quedó pegada sobre la abertura y utilizó varias cuñas para impedir que el movimiento la desplazara. Revisó los bordes con las manos, encontró una filtración menor y corrigió la posición antes de indicar que tensaran nuevamente desde la cubierta.
Permaneció bajo el agua hasta asegurarse de que el parche resistiera. La madera todavía necesitaba una reparación apropiada en tierra, pero el agua ya no entraba con la misma facilidad. Cuando regresó a la superficie, trepó utilizando la cuerda de su cintura y cayó sobre la cubierta cubierto por escamas, algas y pequeños fragmentos de madera. Su sonrisa mostraba que, a diferencia de la tormenta, aquella parte del problema sí le había resultado divertida.
—El barco seguirá flotando. —anunció mientras se sentaba para retirar una astilla atrapada entre las escamas—. Deberían construir todos los barcos con un tiburón debajo. Es mucho más práctico.
La tripulación pasó el resto del día reparando los daños visibles. Kishue colaboró cargando madera, sosteniendo travesaños y retirando el agua que todavía quedaba en los compartimentos inferiores. El esfuerzo conjunto permitió recuperar parte de la vela y asegurar el mástil, aunque la tormenta los había desviado considerablemente. Cuando el cielo empezó a despejarse no había tierra en ninguna dirección, solamente un horizonte gris que parecía alejarse con ellos.
Los días siguientes fueron más tranquilos, pero la demora comenzó a notarse en las provisiones. El alimento preparado para un viaje directo debía durar ahora mucho más y las raciones se redujeron. Kishue todavía conservaba buena parte de la comida guardada por su madre, aunque no podía alimentar con ella a toda la tripulación. El mar, en cambio, ofrecía una reserva mucho mayor para alguien capaz de perseguirla.
Cada vez que las condiciones lo permitían, Kishue se lanzaba al agua con una red pequeña y uno de sus kunai. Nadar junto a la embarcación después de permanecer horas sobre la cubierta le devolvía la energía. Su cuerpo transformado atravesaba el agua con facilidad, alejándose lo suficiente para encontrar bancos de peces sin perder de vista la sombra del casco. A veces regresaba en pocos minutos; otras veces debía sumergirse hasta que la luz se volvía tenue.
No siempre utilizaba el arma. Podía acelerar detrás de un pez, cambiar de dirección antes de que escapara y atraparlo directamente con las manos. Las piezas pequeñas terminaban dentro de la red y las grandes requerían un golpe preciso del kunai antes de llevarlas hasta el barco. Mekka lo acompañaba protegido durante aquellas incursiones, aunque Kishue evitaba acercarlo demasiado a las capturas más grandes.
—No los mires así. Son comida para el viaje, no nuevos compañeros. —le explicó una tarde mientras empujaba la red hacia la superficie—. Además, tú fuiste el primero. Eso te hace especial.
La pesca alivió la reducción de las provisiones y permitió que las comidas recuperaran algo más que arroz seco. Kishue regresaba orgulloso con cada captura, aunque el entusiasmo disminuía cuando le correspondía ayudar a limpiar los peces. Aun así, prefería pasar parte de la tarde retirando escamas ajenas que observar cómo las reservas continuaban desapareciendo sin hacer nada.
Pasaron varios días sin ver tierra. El barco avanzaba más lento después de las reparaciones y cada sonido extraño procedente del casco hacía que Kishue dirigiera la mirada hacia el suelo. En más de una ocasión descendió para revisar el parche, ajustó las cuerdas y retiró residuos atrapados alrededor. La tabla continuaba firme. La embarcación había sobrevivido a la peor parte y volvía poco a poco hacia la ruta trazada antes de la tormenta.
Kishue terminó acostumbrándose al ritmo del viaje: trabajar sobre la cubierta, revisar el casco, pescar cuando el mar lo permitía y dormir con el movimiento constante de las olas. El Kanabō no Samehada permanecía atado junto al mástil, Mekka seguía a salvo y Rin y Rei continuaban con él. No podían saber cuánto faltaba para encontrar tierra ni qué los esperaba al hacerlo, pero el mar ya había intentado detenerlos y no lo había conseguido.
La búsqueda de los Sellos continuó sobre una embarcación golpeada, reparada y cargada con pescado fresco. Para Kishue, aquello contaba como un buen comienzo.
El Kanabō no Samehada causó algunos problemas antes de abandonar el muelle. Su tamaño y peso impedían dejarlo apoyado en cualquier sitio sin estorbar el paso, de modo que Kishue terminó asegurándolo cerca del mástil con varias cuerdas gruesas. Probó cada nudo tirando con ambas manos y colocó una protección entre el metal y la madera para evitar que el movimiento del barco los hiciera golpearse. El garrote parecía menos un arma guardada que otro pasajero particularmente desagradable.
—Tú te quedas aquí hasta que aparezca algo que necesite ser golpeado. —le indicó, apoyando una mano sobre la cabeza de tiburón del arma—. Y no intentes caer sobre nadie. Ya eres bastante difícil de explicar sin aplastar a un marinero.
La primera jornada transcurrió sin grandes dificultades. Kirigakure desapareció poco a poco detrás de su niebla y luego también lo hizo la costa, dejando al barco rodeado únicamente por agua. Kishue pasó buena parte del tiempo sobre la cubierta, ayudando cuando la tripulación necesitaba mover provisiones o tensar alguna cuerda. Rin y Rei continuaban a bordo y formaban parte del esfuerzo necesario para mantener el viaje, pero él procuró concentrarse en sus propias tareas sin meterse en las de ellas.
La tranquilidad comenzó a desaparecer durante el segundo día. El viento cambió antes del mediodía y empujó la embarcación lejos de la ruta indicada, obligando a corregir constantemente el timón. Las olas crecieron durante las horas siguientes, primero como elevaciones largas que levantaban el barco y después como golpes que sacudían la cubierta. Kishue encontró divertido el movimiento hasta que una caja mal asegurada cruzó varios metros y estuvo a punto de romperle las piernas a uno de los tripulantes.
Después de eso dejó de parecerle un juego.
Ayudó a fijar cada objeto capaz de desplazarse. Arrastró barriles hacia el centro, tensó las redes sobre las provisiones y añadió nuevas cuerdas alrededor del Kanabō. La lluvia llegó poco después, inclinada por el viento y con suficiente fuerza para dificultar la visión. La madera se volvió resbaladiza, pero Kishue mantuvo el equilibrio bajando el cuerpo y aferrándose con manos y pies cada vez que el barco descendía detrás de una ola.
La tormenta empeoró al caer la noche. El mar dejó de distinguirse del cielo y cada relámpago revelaba paredes de agua levantándose alrededor de la embarcación. Una ola golpeó el costado y cubrió la cubierta por completo, arrastrando herramientas, cuerdas y cualquier cosa que no estuviera sujeta. Kishue alcanzó una de las líneas antes de perder el apoyo y se sostuvo mientras el agua intentaba llevarlo hacia la borda. Por primera vez, estar rodeado por el mar no significaba encontrarse en ventaja.
—Mekka, recuérdame que la próxima vez pidamos un barco más grande.
La esfera permaneció protegida debajo de su ropa, pegada al cuerpo para evitar que los movimientos bruscos la golpearan. Kishue no necesitaba escuchar una respuesta para imaginar la desaprobación del pez. Había sido él quien celebró la idea de navegar y aseguró que cualquier problema en el agua sería sencillo. Ahora el barco crujía debajo de sus pies como si fuera a demostrarle personalmente lo equivocado que estaba.
Una ráfaga desgarró parte de una vela y dejó una sección agitándose sin control. Kishue avanzó hasta una de las cuerdas desprendidas, la sujetó alrededor del antebrazo y tiró utilizando todo el peso de su cuerpo. El tejido continuó golpeándolo mientras varios tripulantes intentaban reducirlo. Cuando una segunda ola inclinó el barco, activó parcialmente su transformación; las escamas cubrieron sus manos y le permitieron conservar el agarre sobre la cuerda mojada hasta asegurarla.
La batalla contra la tormenta se prolongó durante horas. No existía un enemigo al que pudiera golpear ni una garganta que morder para acabar con el problema. Cada dificultad era reemplazada por otra: una cuerda cedía, una caja se soltaba, el agua entraba por la cubierta o el viento desviaba nuevamente la proa. Kishue obedeció las instrucciones de la tripulación cuando conocían mejor el barco y utilizó su fuerza cuando las manos de una sola persona no eran suficientes.
Poco antes del amanecer, un ruido diferente atravesó el casco. No fue el crujido habitual de la madera soportando las olas, sino un golpe acompañado por una vibración que recorrió parte de la cubierta. Algún resto flotante había chocado contra la embarcación bajo la línea del agua. Minutos después comenzó a entrar agua en uno de los compartimentos inferiores, primero mediante un goteo rápido y luego a través de una separación cada vez más visible entre dos tablas.
Kishue ayudó a retirar las provisiones del lugar y se unió al esfuerzo para contener la filtración desde dentro. Colocaron tela y una tabla sobre la grieta, sujetándolas con travesaños mientras retiraban el agua acumulada. La reparación redujo la entrada, pero no la detuvo. Para asegurar el casco debían cubrir también la abertura desde el exterior, algo que ningún marinero estaba dispuesto a intentar mientras las olas continuaran golpeando con aquella fuerza.
El temporal perdió intensidad durante la mañana. Las nubes no desaparecieron y el mar siguió elevándose alrededor del barco, pero por fin existieron intervalos en los que las olas permitían trabajar. Kishue no esperó a que alguien tuviera que pedirle que descendiera. Terminó de transformar su cuerpo, comprobó que Mekka estuviera asegurado y ató una cuerda alrededor de su cintura para permanecer vinculado a la embarcación, aunque no necesitara regresar a la superficie para respirar.
—Voy a revisar el daño. Si tiro tres veces, envíen la tabla. Si tiro cinco... probablemente significa que algo intentó comerme.
Saltó por la borda antes de escuchar cualquier objeción. El agua fría lo envolvió y el estruendo de la tormenta se convirtió en un rumor distante sobre su cabeza. Sus branquias se abrieron con naturalidad, permitiéndole respirar mientras descendía junto al casco. Bajo la superficie, la embarcación parecía mucho más grande y cada movimiento de las olas la desplazaba de un lado a otro, obligándolo a apartarse para evitar que la madera lo golpeara.
Encontró la grieta cerca de la parte inferior del costado. Dos tablas estaban partidas y otra se había separado varios centímetros, dejando que el agua fuera empujada hacia dentro. Kishue pasó los dedos sobre los bordes, retiró varias astillas sueltas y comprobó que la estructura alrededor continuara firme. Después tiró tres veces de la cuerda y esperó mientras el oleaje intentaba arrastrarlo hacia la popa.
Desde arriba descendió el parche preparado por los marineros: una pieza gruesa de lona reforzada con una tabla, cuerdas y material sellante protegido entre varias capas. Kishue la atrapó antes de que se alejara, llevó el conjunto hasta la grieta y presionó la tabla contra el casco. Sus pies buscaron apoyo sobre la madera mientras enrollaba las líneas alrededor de los puntos indicados. La corriente convertía cada movimiento en un forcejeo, pero debajo del agua se encontraba mucho más cómodo que quienes esperaban arriba.
Una de las cuerdas pasó por debajo de la embarcación y regresó desde el otro costado, permitiendo apretar el parche contra las tablas dañadas. Kishue tiró hasta que la lona quedó pegada sobre la abertura y utilizó varias cuñas para impedir que el movimiento la desplazara. Revisó los bordes con las manos, encontró una filtración menor y corrigió la posición antes de indicar que tensaran nuevamente desde la cubierta.
Permaneció bajo el agua hasta asegurarse de que el parche resistiera. La madera todavía necesitaba una reparación apropiada en tierra, pero el agua ya no entraba con la misma facilidad. Cuando regresó a la superficie, trepó utilizando la cuerda de su cintura y cayó sobre la cubierta cubierto por escamas, algas y pequeños fragmentos de madera. Su sonrisa mostraba que, a diferencia de la tormenta, aquella parte del problema sí le había resultado divertida.
—El barco seguirá flotando. —anunció mientras se sentaba para retirar una astilla atrapada entre las escamas—. Deberían construir todos los barcos con un tiburón debajo. Es mucho más práctico.
La tripulación pasó el resto del día reparando los daños visibles. Kishue colaboró cargando madera, sosteniendo travesaños y retirando el agua que todavía quedaba en los compartimentos inferiores. El esfuerzo conjunto permitió recuperar parte de la vela y asegurar el mástil, aunque la tormenta los había desviado considerablemente. Cuando el cielo empezó a despejarse no había tierra en ninguna dirección, solamente un horizonte gris que parecía alejarse con ellos.
Los días siguientes fueron más tranquilos, pero la demora comenzó a notarse en las provisiones. El alimento preparado para un viaje directo debía durar ahora mucho más y las raciones se redujeron. Kishue todavía conservaba buena parte de la comida guardada por su madre, aunque no podía alimentar con ella a toda la tripulación. El mar, en cambio, ofrecía una reserva mucho mayor para alguien capaz de perseguirla.
Cada vez que las condiciones lo permitían, Kishue se lanzaba al agua con una red pequeña y uno de sus kunai. Nadar junto a la embarcación después de permanecer horas sobre la cubierta le devolvía la energía. Su cuerpo transformado atravesaba el agua con facilidad, alejándose lo suficiente para encontrar bancos de peces sin perder de vista la sombra del casco. A veces regresaba en pocos minutos; otras veces debía sumergirse hasta que la luz se volvía tenue.
No siempre utilizaba el arma. Podía acelerar detrás de un pez, cambiar de dirección antes de que escapara y atraparlo directamente con las manos. Las piezas pequeñas terminaban dentro de la red y las grandes requerían un golpe preciso del kunai antes de llevarlas hasta el barco. Mekka lo acompañaba protegido durante aquellas incursiones, aunque Kishue evitaba acercarlo demasiado a las capturas más grandes.
—No los mires así. Son comida para el viaje, no nuevos compañeros. —le explicó una tarde mientras empujaba la red hacia la superficie—. Además, tú fuiste el primero. Eso te hace especial.
La pesca alivió la reducción de las provisiones y permitió que las comidas recuperaran algo más que arroz seco. Kishue regresaba orgulloso con cada captura, aunque el entusiasmo disminuía cuando le correspondía ayudar a limpiar los peces. Aun así, prefería pasar parte de la tarde retirando escamas ajenas que observar cómo las reservas continuaban desapareciendo sin hacer nada.
Pasaron varios días sin ver tierra. El barco avanzaba más lento después de las reparaciones y cada sonido extraño procedente del casco hacía que Kishue dirigiera la mirada hacia el suelo. En más de una ocasión descendió para revisar el parche, ajustó las cuerdas y retiró residuos atrapados alrededor. La tabla continuaba firme. La embarcación había sobrevivido a la peor parte y volvía poco a poco hacia la ruta trazada antes de la tormenta.
Kishue terminó acostumbrándose al ritmo del viaje: trabajar sobre la cubierta, revisar el casco, pescar cuando el mar lo permitía y dormir con el movimiento constante de las olas. El Kanabō no Samehada permanecía atado junto al mástil, Mekka seguía a salvo y Rin y Rei continuaban con él. No podían saber cuánto faltaba para encontrar tierra ni qué los esperaba al hacerlo, pero el mar ya había intentado detenerlos y no lo había conseguido.
La búsqueda de los Sellos continuó sobre una embarcación golpeada, reparada y cargada con pescado fresco. Para Kishue, aquello contaba como un buen comienzo.
![[Imagen: chBNIhB.jpeg]](https://i.imgur.com/chBNIhB.jpeg)
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