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Nos Ahogaremos Nos Ahogaremos En El Mar Nos Ahogaremos
Kishue
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08-09-2026, 01:30 AM
El viaje por tierra terminó en un pequeño puerto desde donde el grupo debía continuar la búsqueda de los Sellos. La embarcación asignada no era especialmente grande, aunque poseía espacio suficiente para transportar a los shinobi, la tripulación y las provisiones necesarias durante varios días. Kishue fue uno de los primeros en subir. El olor a sal, madera húmeda y redes viejas le resultó mucho más familiar que cualquier sendero que hubieran recorrido hasta entonces.

El Kanabō no Samehada causó algunos problemas antes de abandonar el muelle. Su tamaño y peso impedían dejarlo apoyado en cualquier sitio sin estorbar el paso, de modo que Kishue terminó asegurándolo cerca del mástil con varias cuerdas gruesas. Probó cada nudo tirando con ambas manos y colocó una protección entre el metal y la madera para evitar que el movimiento del barco los hiciera golpearse. El garrote parecía menos un arma guardada que otro pasajero particularmente desagradable.

—Tú te quedas aquí hasta que aparezca algo que necesite ser golpeado. —le indicó, apoyando una mano sobre la cabeza de tiburón del arma—. Y no intentes caer sobre nadie. Ya eres bastante difícil de explicar sin aplastar a un marinero.

La primera jornada transcurrió sin grandes dificultades. Kirigakure desapareció poco a poco detrás de su niebla y luego también lo hizo la costa, dejando al barco rodeado únicamente por agua. Kishue pasó buena parte del tiempo sobre la cubierta, ayudando cuando la tripulación necesitaba mover provisiones o tensar alguna cuerda. Rin y Rei continuaban a bordo y formaban parte del esfuerzo necesario para mantener el viaje, pero él procuró concentrarse en sus propias tareas sin meterse en las de ellas.

La tranquilidad comenzó a desaparecer durante el segundo día. El viento cambió antes del mediodía y empujó la embarcación lejos de la ruta indicada, obligando a corregir constantemente el timón. Las olas crecieron durante las horas siguientes, primero como elevaciones largas que levantaban el barco y después como golpes que sacudían la cubierta. Kishue encontró divertido el movimiento hasta que una caja mal asegurada cruzó varios metros y estuvo a punto de romperle las piernas a uno de los tripulantes.

Después de eso dejó de parecerle un juego.

Ayudó a fijar cada objeto capaz de desplazarse. Arrastró barriles hacia el centro, tensó las redes sobre las provisiones y añadió nuevas cuerdas alrededor del Kanabō. La lluvia llegó poco después, inclinada por el viento y con suficiente fuerza para dificultar la visión. La madera se volvió resbaladiza, pero Kishue mantuvo el equilibrio bajando el cuerpo y aferrándose con manos y pies cada vez que el barco descendía detrás de una ola.

La tormenta empeoró al caer la noche. El mar dejó de distinguirse del cielo y cada relámpago revelaba paredes de agua levantándose alrededor de la embarcación. Una ola golpeó el costado y cubrió la cubierta por completo, arrastrando herramientas, cuerdas y cualquier cosa que no estuviera sujeta. Kishue alcanzó una de las líneas antes de perder el apoyo y se sostuvo mientras el agua intentaba llevarlo hacia la borda. Por primera vez, estar rodeado por el mar no significaba encontrarse en ventaja.

—Mekka, recuérdame que la próxima vez pidamos un barco más grande.

La esfera permaneció protegida debajo de su ropa, pegada al cuerpo para evitar que los movimientos bruscos la golpearan. Kishue no necesitaba escuchar una respuesta para imaginar la desaprobación del pez. Había sido él quien celebró la idea de navegar y aseguró que cualquier problema en el agua sería sencillo. Ahora el barco crujía debajo de sus pies como si fuera a demostrarle personalmente lo equivocado que estaba.

Una ráfaga desgarró parte de una vela y dejó una sección agitándose sin control. Kishue avanzó hasta una de las cuerdas desprendidas, la sujetó alrededor del antebrazo y tiró utilizando todo el peso de su cuerpo. El tejido continuó golpeándolo mientras varios tripulantes intentaban reducirlo. Cuando una segunda ola inclinó el barco, activó parcialmente su transformación; las escamas cubrieron sus manos y le permitieron conservar el agarre sobre la cuerda mojada hasta asegurarla.

La batalla contra la tormenta se prolongó durante horas. No existía un enemigo al que pudiera golpear ni una garganta que morder para acabar con el problema. Cada dificultad era reemplazada por otra: una cuerda cedía, una caja se soltaba, el agua entraba por la cubierta o el viento desviaba nuevamente la proa. Kishue obedeció las instrucciones de la tripulación cuando conocían mejor el barco y utilizó su fuerza cuando las manos de una sola persona no eran suficientes.

Poco antes del amanecer, un ruido diferente atravesó el casco. No fue el crujido habitual de la madera soportando las olas, sino un golpe acompañado por una vibración que recorrió parte de la cubierta. Algún resto flotante había chocado contra la embarcación bajo la línea del agua. Minutos después comenzó a entrar agua en uno de los compartimentos inferiores, primero mediante un goteo rápido y luego a través de una separación cada vez más visible entre dos tablas.

Kishue ayudó a retirar las provisiones del lugar y se unió al esfuerzo para contener la filtración desde dentro. Colocaron tela y una tabla sobre la grieta, sujetándolas con travesaños mientras retiraban el agua acumulada. La reparación redujo la entrada, pero no la detuvo. Para asegurar el casco debían cubrir también la abertura desde el exterior, algo que ningún marinero estaba dispuesto a intentar mientras las olas continuaran golpeando con aquella fuerza.

El temporal perdió intensidad durante la mañana. Las nubes no desaparecieron y el mar siguió elevándose alrededor del barco, pero por fin existieron intervalos en los que las olas permitían trabajar. Kishue no esperó a que alguien tuviera que pedirle que descendiera. Terminó de transformar su cuerpo, comprobó que Mekka estuviera asegurado y ató una cuerda alrededor de su cintura para permanecer vinculado a la embarcación, aunque no necesitara regresar a la superficie para respirar.

—Voy a revisar el daño. Si tiro tres veces, envíen la tabla. Si tiro cinco... probablemente significa que algo intentó comerme.

Saltó por la borda antes de escuchar cualquier objeción. El agua fría lo envolvió y el estruendo de la tormenta se convirtió en un rumor distante sobre su cabeza. Sus branquias se abrieron con naturalidad, permitiéndole respirar mientras descendía junto al casco. Bajo la superficie, la embarcación parecía mucho más grande y cada movimiento de las olas la desplazaba de un lado a otro, obligándolo a apartarse para evitar que la madera lo golpeara.

Encontró la grieta cerca de la parte inferior del costado. Dos tablas estaban partidas y otra se había separado varios centímetros, dejando que el agua fuera empujada hacia dentro. Kishue pasó los dedos sobre los bordes, retiró varias astillas sueltas y comprobó que la estructura alrededor continuara firme. Después tiró tres veces de la cuerda y esperó mientras el oleaje intentaba arrastrarlo hacia la popa.

Desde arriba descendió el parche preparado por los marineros: una pieza gruesa de lona reforzada con una tabla, cuerdas y material sellante protegido entre varias capas. Kishue la atrapó antes de que se alejara, llevó el conjunto hasta la grieta y presionó la tabla contra el casco. Sus pies buscaron apoyo sobre la madera mientras enrollaba las líneas alrededor de los puntos indicados. La corriente convertía cada movimiento en un forcejeo, pero debajo del agua se encontraba mucho más cómodo que quienes esperaban arriba.

Una de las cuerdas pasó por debajo de la embarcación y regresó desde el otro costado, permitiendo apretar el parche contra las tablas dañadas. Kishue tiró hasta que la lona quedó pegada sobre la abertura y utilizó varias cuñas para impedir que el movimiento la desplazara. Revisó los bordes con las manos, encontró una filtración menor y corrigió la posición antes de indicar que tensaran nuevamente desde la cubierta.

Permaneció bajo el agua hasta asegurarse de que el parche resistiera. La madera todavía necesitaba una reparación apropiada en tierra, pero el agua ya no entraba con la misma facilidad. Cuando regresó a la superficie, trepó utilizando la cuerda de su cintura y cayó sobre la cubierta cubierto por escamas, algas y pequeños fragmentos de madera. Su sonrisa mostraba que, a diferencia de la tormenta, aquella parte del problema sí le había resultado divertida.

—El barco seguirá flotando. —anunció mientras se sentaba para retirar una astilla atrapada entre las escamas—. Deberían construir todos los barcos con un tiburón debajo. Es mucho más práctico.

La tripulación pasó el resto del día reparando los daños visibles. Kishue colaboró cargando madera, sosteniendo travesaños y retirando el agua que todavía quedaba en los compartimentos inferiores. El esfuerzo conjunto permitió recuperar parte de la vela y asegurar el mástil, aunque la tormenta los había desviado considerablemente. Cuando el cielo empezó a despejarse no había tierra en ninguna dirección, solamente un horizonte gris que parecía alejarse con ellos.

Los días siguientes fueron más tranquilos, pero la demora comenzó a notarse en las provisiones. El alimento preparado para un viaje directo debía durar ahora mucho más y las raciones se redujeron. Kishue todavía conservaba buena parte de la comida guardada por su madre, aunque no podía alimentar con ella a toda la tripulación. El mar, en cambio, ofrecía una reserva mucho mayor para alguien capaz de perseguirla.

Cada vez que las condiciones lo permitían, Kishue se lanzaba al agua con una red pequeña y uno de sus kunai. Nadar junto a la embarcación después de permanecer horas sobre la cubierta le devolvía la energía. Su cuerpo transformado atravesaba el agua con facilidad, alejándose lo suficiente para encontrar bancos de peces sin perder de vista la sombra del casco. A veces regresaba en pocos minutos; otras veces debía sumergirse hasta que la luz se volvía tenue.

No siempre utilizaba el arma. Podía acelerar detrás de un pez, cambiar de dirección antes de que escapara y atraparlo directamente con las manos. Las piezas pequeñas terminaban dentro de la red y las grandes requerían un golpe preciso del kunai antes de llevarlas hasta el barco. Mekka lo acompañaba protegido durante aquellas incursiones, aunque Kishue evitaba acercarlo demasiado a las capturas más grandes.

—No los mires así. Son comida para el viaje, no nuevos compañeros. —le explicó una tarde mientras empujaba la red hacia la superficie—. Además, tú fuiste el primero. Eso te hace especial.

La pesca alivió la reducción de las provisiones y permitió que las comidas recuperaran algo más que arroz seco. Kishue regresaba orgulloso con cada captura, aunque el entusiasmo disminuía cuando le correspondía ayudar a limpiar los peces. Aun así, prefería pasar parte de la tarde retirando escamas ajenas que observar cómo las reservas continuaban desapareciendo sin hacer nada.

Pasaron varios días sin ver tierra. El barco avanzaba más lento después de las reparaciones y cada sonido extraño procedente del casco hacía que Kishue dirigiera la mirada hacia el suelo. En más de una ocasión descendió para revisar el parche, ajustó las cuerdas y retiró residuos atrapados alrededor. La tabla continuaba firme. La embarcación había sobrevivido a la peor parte y volvía poco a poco hacia la ruta trazada antes de la tormenta.

Kishue terminó acostumbrándose al ritmo del viaje: trabajar sobre la cubierta, revisar el casco, pescar cuando el mar lo permitía y dormir con el movimiento constante de las olas. El Kanabō no Samehada permanecía atado junto al mástil, Mekka seguía a salvo y Rin y Rei continuaban con él. No podían saber cuánto faltaba para encontrar tierra ni qué los esperaba al hacerlo, pero el mar ya había intentado detenerlos y no lo había conseguido.

La búsqueda de los Sellos continuó sobre una embarcación golpeada, reparada y cargada con pescado fresco. Para Kishue, aquello contaba como un buen comienzo.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Rin to Rei
Rango Chuunin
Clan Akizu
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza25(2)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra15(1)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud11
Velocidad16
Tenketsu11
Sigilo11
460
525
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08-09-2026, 01:42 AM
El mar recibió a Rin y Rei con una tranquilidad que no duró lo suficiente para que ninguna aprendiera a confiar en ella. Durante la primera jornada, la embarcación se limitó a elevarse y descender bajo un oleaje moderado, mientras Kirigakure desaparecía detrás de la niebla. Rei pasó varias veces junto a la borda para contemplar el agua; Rin prefirió familiarizarse con la cubierta, las escaleras, los compartimentos inferiores y cualquier lugar donde pudiera asegurar el equipo si el movimiento aumentaba.

La distribución del barco le interesaba mucho más que el paisaje. En tierra, Rin siempre podía buscar apoyo, modificar su posición o aprovechar los obstáculos. Sobre aquella cubierta todo se desplazaba incluso cuando permanecía quieto. Las cuerdas se balanceaban, las tablas crujían y el horizonte subía y bajaba con una lentitud que amenazaba con desordenar su equilibrio. Tener un mapa del barco no detenía el mar, pero por lo menos le permitía saber dónde estaría cada cosa cuando comenzaran los problemas.

Rei tardó menos en aceptar el movimiento, aunque no dejó de vigilar a Kishue. Él parecía mucho más cómodo rodeado de agua que cualquiera de los tripulantes y el olor del océano producía en su actitud una energía distinta. Verlo ayudaba. Si Kishue podía recorrer la cubierta cargando provisiones como si no existiera ninguna diferencia entre aquello y una calle de Kirigakure, entonces ella también podía aprender a ignorar la sensación de que el suelo intentaba escapar bajo sus pies.

Las hermanas participaron en las tareas sencillas del primer día. Revisaron las provisiones, protegieron sus armas de la humedad y ayudaron a distribuir el peso de la carga. Rin aseguró sus cajas mediante nudos que pudiera liberar con rapidez; Rei marcó los paquetes que no debían mojarse y dejó las vendas en un lugar de fácil acceso. Ninguna esperaba que aquellas precauciones fueran suficientes, pero todavía no conocían la magnitud de lo que se aproximaba.

El viento cambió durante la segunda jornada. Rei fue la primera en notar que la brisa húmeda dejaba de empujarles el cabello hacia la popa y comenzaba a cruzar la cubierta desde un costado. Las nubes oscurecieron el cielo poco después y el movimiento del barco perdió su ritmo anterior. Ya no subía y bajaba con suavidad; se inclinaba, corregía y volvía a ser golpeado antes de recuperar una posición estable.

Rin sujetó una cuerda alrededor de su cintura y entregó el otro extremo a Rei. No era una forma cómoda de desplazarse, pero impedía que una ola pudiera separarlas sin que la otra lo sintiera. Después aseguraron la línea a uno de los puntos firmes de la cubierta, dejando suficiente longitud para trabajar. Aquella decisión pareció excesiva hasta que la primera pared de agua pasó por encima de la borda.

La ola golpeó a Rei de costado y le arrebató el aire. Durante un instante no distinguió el barco del agua; solo sintió la cuerda tensarse alrededor de su cintura y sus manos buscar algo que ya no estaba donde esperaba. Sus dedos alcanzaron una tabla del suelo antes de que el agua retrocediera. Cuando volvió a ver a Rin, su hermana permanecía aferrada a una sujeción y comprobaba con una mirada que ella siguiera allí.

<Estoy bien> aseguró Rei, respirando con dificultad.

Rin no respondió. Tiró una vez de la cuerda que las conectaba y regresó al trabajo. La ausencia de palabras no ocultó el miedo que había sentido. Rin podía aceptar un ataque dirigido hacia ella, medir una distancia o enfrentarse a un arma. No podía amenazar al océano para que devolviera a su hermana si llegaba a llevársela. Aquella falta de control era mucho más difícil de soportar que el peligro mismo.

Una caja se desprendió de sus amarres y cruzó la cubierta con cada inclinación. Rin retiró el hilo metálico de su equipo, esperó a que el siguiente movimiento acercara la carga y lanzó el extremo alrededor de uno de sus soportes. El tirón casi le arrancó el hilo de las manos, pero consiguió desviarla antes de que golpeara a un marinero. Rei alcanzó la caja desde el otro lado y ambas la condujeron hasta una zona donde pudiera ser asegurada nuevamente.

No tuvieron tiempo para celebrar el resultado. Otra ola cubrió la cubierta y dejó varias cuerdas sueltas, una parte de la vela comenzó a sacudirse fuera de control y el viento convirtió la lluvia en pequeñas agujas contra el rostro. Kishue alcanzó una de las líneas desprendidas y utilizó su cuerpo para contenerla. Rin se dirigió hacia otro punto del aparejo; Rei se colocó junto a los tripulantes que trataban de reducir la tela antes de que terminara de desgarrarse.

Las manos de Rei comenzaron a arder por la fricción. Cada vez que conseguía recoger una parte de la cuerda, el viento intentaba arrebatársela. Rin trabajaba en silencio unos pasos más lejos, manteniendo el peso hacia atrás y utilizando el movimiento del barco en vez de luchar continuamente contra él. Entre ambas y los marineros fueron reduciendo la vela mientras Kishue impedía que la línea principal escapara. Ninguno podía abandonar su posición para comprobar a los demás; debían confiar en que continuarían sosteniendo.

La noche eliminó cualquier referencia más allá de la cubierta. Los relámpagos mostraban el mar durante un instante y lo ocultaban inmediatamente, dejando en la memoria la forma de olas más altas que la embarcación. Rei intentó no mirar hacia ellas. Se concentró en las manos, los nudos y la siguiente orden de la tripulación, pero cada golpe contra el casco le hacía buscar la figura de Kishue. Necesitaba verlo allí, aunque él no pudiera detener la tormenta.

Rin también lo buscaba, pero por una razón que le resultaba más difícil admitir. Kishue hacía aquello que siempre hacía cuando aparecía un peligro: se colocaba donde la presión era mayor. Sostenía cuerdas que otros no podían sujetar, cargaba aquello que se desprendía y seguía moviéndose sobre una cubierta que parecía decidida a lanzarlos al agua. Rin quería ocupar parte de ese lugar, repartir el esfuerzo como tantas veces durante un combate, pero su fuerza no podía sustituir la de él ni sus armas servían contra una ola.

Aquella frustración la acompañó hasta que el golpe bajo el casco cambió la naturaleza del problema. El agua comenzó a entrar en uno de los compartimentos inferiores y las hermanas descendieron con la tripulación. Allí no existía lluvia ni viento, pero cada crujido sonaba más cerca y el agua subía alrededor de sus tobillos. Rei comenzó a llenar recipientes y pasarlos hacia la escalera; Rin se arrodilló junto a la grieta para ayudar a mantener el parche interior contra las tablas separadas.

La presión del mar empujaba la tela hacia dentro y hacía temblar el travesaño utilizado como soporte. Rin colocó ambos hombros contra la madera y sostuvo mientras los marineros añadían cuñas. El agua fría continuaba filtrándose alrededor del parche y empapaba su ropa. Por mucho que apretaran desde allí, la reparación no quedaría asegurada hasta que alguien descendiera por el exterior.

Todas las miradas terminaron buscando a Kishue.

Rei sintió orgullo y miedo al mismo tiempo cuando él terminó de transformar su cuerpo y aseguró una cuerda alrededor de su cintura. Sabía que podía respirar debajo del agua, nadar mejor que cualquiera a bordo y soportar golpes que lesionarían a otra persona. Nada de aquello conseguía que la idea de verlo saltar hacia un mar todavía agitado resultara aceptable. Sus capacidades lo convertían en el indicado y esa misma certeza impedía pedirle que se quedara.

Kishue explicó la señal antes de saltar: tres tirones para enviar la tabla, cinco si algo intentaba comérselo. Rei lo observó desaparecer por la borda y sujetó la cuerda con ambas manos.

<No tenía que añadir la parte de los cinco tirones>
<Concéntrate en contar tres> respondió Rin.

La línea descendía hacia el agua y cambiaba de tensión conforme Kishue se desplazaba debajo del casco. Rei mantuvo una mano alrededor de ella mientras ayudaba a preparar la tabla reforzada con lona. Cada variación le recorría los brazos y se convertía en una pregunta que no podía responder. Una sacudida podía significar que había encontrado la grieta, que una corriente lo había apartado o que el barco acababa de golpearlo contra su propio casco.

Rin regresó a la cubierta después de que el parche interior quedara sostenido. Se colocó junto a Rei y ayudó a controlar la línea sin tirar de ella, pues un movimiento equivocado podía dificultar el trabajo de Kishue. Ninguna habló mientras esperaba. La tormenta había ocupado cada instante con una tarea; aquella espera, en cambio, les concedía demasiado espacio para imaginar qué ocurría debajo.

Llegaron los tres tirones.

Las hermanas soltaron al mismo tiempo el aire que no eran conscientes de haber contenido. Bajaron el parche exterior siguiendo las indicaciones de los marineros, procurando que la corriente no lo alejara antes de que Kishue pudiera atraparlo. Después distribuyeron las cuerdas por ambos costados. Rin se encargó de tensarlas progresivamente, comprobando que ninguna rozara un borde capaz de cortarla; Rei permaneció pendiente de la línea unida a la cintura de Kishue.

El primer ajuste no bastó. El agua continuó entrando en el compartimento y Rin recibió la orden de aumentar la presión. Utilizó un travesaño como palanca, giró la cuerda alrededor y tiró hasta sentirla endurecerse. Rei repitió el procedimiento sobre el otro costado. No podían ver las manos de Kishue colocando la tabla, pero cada tensión transmitida por las líneas les permitía trabajar con él desde la superficie.

La filtración disminuyó poco a poco. En el interior, el nivel del agua dejó de ascender y los recipientes comenzaron a vaciar el compartimento más rápido de lo que volvía a llenarse. Aun así, Rei no abandonó la cuerda de seguridad. Esperó hasta sentir el movimiento continuo de alguien ascendiendo y solamente entonces se aproximó a la borda. Cuando Kishue reapareció cubierto por escamas, algas y astillas, la expresión de Rei mezcló alivio con unas ganas evidentes de reprenderlo por parecer satisfecho.

Él cayó sobre la cubierta y anunció que el barco seguiría flotando, añadiendo que todas las embarcaciones deberían construirse con un tiburón debajo. Rei se agachó a su lado y comprobó visualmente que las astillas no ocultaran una herida. Rin permaneció de pie frente a él, con la ropa todavía empapada por el trabajo en el compartimento inferior.

<La próxima vez elimina de tus instrucciones cualquier señal que signifique que algo intenta comerte> pidió Rei. <Tres tirones son suficientes. Todo lo demás puedes venir a explicarlo personalmente>

Rin observó la tabla reparada, después las cuerdas que ambas habían tensado y finalmente a Kishue. Continuaba sintiendo que él había hecho la parte imposible mientras ellas esperaban arriba. Sin embargo, el parche no habría llegado hasta la grieta sin alguien que lo preparara y descendiera; tampoco habría permanecido contra el casco sin quienes tensaron las líneas desde ambos lados. No podían seguirlo debajo del agua, pero sí asegurarse de que tuviera algo a lo cual regresar.

<No vuelvas a saltar sin comprobar que la cuerda está en nuestras manos> dijo Rin. <Si tú haces el trabajo debajo del barco, nosotras sostendremos el otro extremo>

Aquello era lo más cercano a admitir cuánto la había asustado verlo desaparecer. Rei comprendió la frase y no intentó suavizarla con una broma. Durante el resto de la jornada, ambas continuaron ayudando con las reparaciones. Rin revisó cada amarre del parche exterior y reforzó los puntos sometidos a mayor presión; Rei atendió las manos heridas de los tripulantes y sustituyó las vendas que el agua había inutilizado.

El cansancio alcanzó a todos cuando la tormenta terminó, pero Kishue continuó buscando tareas. Rin lo observaba cargar madera, bajar nuevamente para revisar la grieta o ayudar a retirar el agua y sentía que debía hacer más. No podía aceptar que él soportara el peso principal solo porque su cuerpo estuviera mejor preparado. Esa noche tomó uno de los turnos de vigilancia más largos, controlando el estado de las cuerdas y escuchando cada cambio en los crujidos del casco.

Rei se reunió con ella durante una parte de la guardia. La cubierta se encontraba más tranquila y el horizonte volvía a distinguirse, aunque no había tierra en ninguna dirección. Durante un tiempo permanecieron juntas sin hablar, observando el punto donde Kishue había desaparecido bajo el agua.

<Él está haciendo demasiado> admitió Rin.
<Está haciendo lo que solamente él puede hacer> respondió Rei. <Nosotras tenemos que hacer lo que él no puede mientras está allí abajo. No necesita que nos convirtamos en tiburones; necesita saber que el barco seguirá aquí cuando vuelva>

Rin no respondió inmediatamente. Prefería proteger a sus compañeros colocándose entre ellos y el peligro, una solución imposible cuando el peligro envolvía toda la embarcación. Tendría que aceptar otra manera de hacerlo. Sostener una cuerda, reforzar una tabla o vigilar durante su descanso parecía menos importante que sumergirse debajo de un casco dañado, pero para Kishue podía representar la diferencia entre regresar a bordo o quedar abandonado en el mar.

La escasez de alimento presentó un problema distinto durante los días siguientes. Kishue comenzó a nadar junto a la embarcación y regresar con redes cargadas de peces. Rin y Rei no podían acompañarlo en aquellas persecuciones, pero se encargaron de que sus capturas no se desperdiciaran. Rei ayudó a limpiarlas y separar las porciones para la comida inmediata; Rin preparó el resto con sal y organizó su almacenamiento para que durara varios días.

Rei esperaba cerca de la borda cada vez que Kishue se alejaba. Ya no sostenía una cuerda unida a su cintura, pero seguía su aleta mientras permanecía cerca de la superficie y buscaba cualquier movimiento extraño en el agua. Cuando lo perdía de vista, procuraba no imaginar cinco tirones que nunca llegarían. Su confianza en él no eliminaba el miedo; solamente impedía que ese miedo le exigiera retenerlo sobre el barco.

Los días sin tierra cambiaron la relación de las hermanas con el viaje. El mar dejó de ser únicamente un enemigo y se convirtió en el espacio donde debían aprender a complementarse de otra forma. Kishue encontraba alimento y revisaba el casco; ellas conservaban lo que traía, mantenían las reparaciones y cubrían las horas en que necesitaba descansar. Ninguna podía sustituirlo, pero tampoco él tenía que sostener la embarcación por sí solo.

Una tarde, mientras distribuían el pescado preparado entre las provisiones, Rin encontró a Rei reservando una porción más grande. No necesitó preguntar para quién era. Kishue había pasado más tiempo nadando que comiendo y seguramente intentaría asegurar que los demás recibieran primero. Rin añadió otra pieza al mismo paquete antes de cerrar la caja.

Rei sonrió, pero no hizo ningún comentario.

La embarcación continuó avanzando con una vela reparada, el casco reforzado y las marcas de la tormenta visibles en casi toda su estructura. Rin todavía prestaba atención a cada crujido; Rei continuaba buscando a Kishue cada vez que una ola ocultaba parte de la cubierta. El miedo no desapareció con el buen tiempo, pero ya no las paralizaba ni les hacía sentir inútiles.

Kishue podía entrar en el océano, respirar bajo él y enfrentarse a aquello que ninguna de las dos alcanzaba. Rin y Rei permanecerían arriba, manteniendo tensas las cuerdas, cuidando el barco y esperando su regreso. No era la clase de protección que habían imaginado al prometer cuidar su espalda, pero seguía siendo la misma promesa.

Mientras no soltaran el otro extremo, Kishue nunca tendría que enfrentarse solo al mar.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
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