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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Resto del Mundo   ›   Paises del Mar del Este   ›   Pais de las Montañas   ›   Ciudad de Peñaverde   ›   [Evento] [Nodo de Exploración] Las Flores de la Escalinata
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[Nodo de Exploración] Las Flores de la Escalinata
Narrador General
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 6
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Generales
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Inteligencia90(4)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo15
390
300
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07-09-2026, 08:37 PM
Nodo de Exploración: Las Flores de la Escalinata

Ubicación: Ciudad de Peñaverde
Día 23 de Otoño, del año 150:

Peñaverde permanecía todavía cubierta por los últimos colores vivos antes de la llegada definitiva del frío. Sus jardines escalonados, huertos de ladera y senderos boscosos convertían a la ciudad en uno de los asentamientos más verdes del país, aunque durante el otoño muchas de sus terrazas comenzaban lentamente a quedar vacías. Entre el Barrio del Bosque y la Capilla de la Bruma existía una larga escalinata de piedra utilizada diariamente por comerciantes y residentes.

Durante tres mañanas consecutivas aparecieron pequeños ramos de flores blancas colocados exactamente en el mismo escalón. —Será alguien recordando a un familiar —comentó una anciana mientras retiraba hojas secas próximas al camino—. Aquí la gente hace esas cosas. Nadie reconocía las flores ni sabía quién las colocaba, pero tampoco existía ninguna razón para considerar extraño que alguien dejara una ofrenda anónima en un sitio tranquilo.

Contenido Oculto
Este nodo desbloquea: Nada relevante.

Las flores permanecieron allí hasta marchitarse. Unos días después dejaron de aparecer y nadie volvió a mencionar el asunto.
Kishue
Rango Chuunin
Clan Funato
Nivel 12
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra30(2)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud17
Velocidad11
Tenketsu11
Sigilo10
550
435
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08-09-2026, 10:55 PM
Después de cinco días sin encontrar más que agua alrededor de la embarcación, la costa del País de las Montañas apareció frente a ellos. Al principio era solamente una forma oscura confundida con las nubes del horizonte, pero poco a poco surgieron las elevaciones de piedra que dominaban el territorio. Kishue permaneció en la cubierta durante la aproximación, satisfecho de ver tierra aunque una parte de él hubiera empezado a acostumbrarse al sonido constante del mar contra el casco.

El desembarco fue mucho más tranquilo que el resto de la travesía. Kishue ayudó a retirar sus pertenencias y liberó el Kanabō no Samehada de las cuerdas que lo mantuvieron sujeto durante la tormenta. El enorme garrote había atravesado el viaje sin caer sobre ningún marinero, algo que consideraba un éxito adicional. Se lo acomodó sobre el hombro, aseguró la mochila y comprobó que la esfera de Mekka continuara protegida entre sus ropas antes de abandonar la embarcación.

Al pisar tierra firme sintió que el suelo todavía se balanceaba debajo de él. Dio dos pasos, se detuvo y miró sus propios pies como si fueran responsables de aquella sensación. Después de pasar tantos días corrigiendo el equilibrio con cada ola, permanecer sobre algo que no se movía resultaba extrañamente incómodo.

—Creo que el mar se quedó dentro de mi cabeza. —murmuró hacia Mekka—. Si empiezo a caminar hacia los lados, no se lo cuentes a nadie.

Desde la costa, el grupo continuó hasta alcanzar Ciudad Peñaverde. El trayecto permitió que Kishue recuperara poco a poco la costumbre de avanzar sobre tierra, aunque el peso de la mochila y del kanabō comenzaba a recordarle todo el esfuerzo acumulado. Habían sobrevivido a la tormenta, reparado la embarcación y mantenido suficientes provisiones para completar la travesía; ahora necesitaban descansar antes de iniciar la búsqueda de los Sellos dentro de un territorio que ninguno conocía lo suficiente.

Kishue avanzó acompañado por Rin y Rei, atento a los caminos y a las personas que encontraban sin separarse de ellas. La misión continuaba siendo demasiado importante para bajar completamente la guardia, pero buscar información con el cuerpo agotado tampoco era una buena idea. Una noche bajo techo les permitiría revisar el equipo, recuperar fuerzas y decidir por dónde comenzar al día siguiente.

—Primero conseguimos camas y algo caliente para comer. —comentó mientras ajustaba el garrote sobre el hombro—. Después podremos ocuparnos de salvar Kirigakure. Creo que el futuro de la aldea puede esperar hasta que dejemos de oler a pescado y agua de mar.

Los tres terminaron por ingresar en una posada de la ciudad. Kishue tuvo que inclinar el Kanabō no Samehada para atravesar la entrada sin golpear el marco, repitiendo casi el mismo problema que había tenido al salir de su casa. Una vez dentro, se acercó hasta donde atendían y mantuvo el arma apoyada con cuidado, procurando que su aspecto no hiciera parecer la llegada una amenaza.

—Buenas. Buscamos alojamiento para tres personas. —solicitó, indicando con un movimiento de cabeza la presencia de Rin y Rei—. Venimos de un viaje bastante largo y nos gustaría quedarnos para descansar antes de continuar.

Kishue permaneció frente a quien atendía, esperando conocer si la posada disponía de espacio para ellos. Después de cinco días en el mar y un trayecto hasta Ciudad Peñaverde, finalmente podían detenerse antes de iniciar la siguiente parte de su misión.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Rin to Rei
Rango Chuunin
Clan Akizu
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza25(2)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra15(1)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud11
Velocidad16
Tenketsu11
Sigilo11
460
525
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08-09-2026, 11:00 PM
La costa del País de las Montañas apareció después de cinco días en los que el horizonte solamente les había ofrecido más agua. Rin y Rei observaron desde la embarcación cómo la tierra adquiría una forma cada vez más definida, agradecidas por verla incluso antes de conocer lo que las esperaba allí. La tormenta, las reparaciones y las jornadas sin divisar la orilla habían convertido el desembarco en una recompensa pequeña, pero necesaria.

Cuando pusieron los pies sobre tierra firme, Rei necesitó detenerse durante unos segundos. El suelo no se movía, aunque su cuerpo continuaba corrigiendo un balanceo que ya no existía. Rin experimentó la misma sensación y siguió caminando como si nada ocurriera, demasiado orgullosa para admitir que una superficie completamente inmóvil podía resultarle extraña. Rei la observó avanzar con aquella rigidez innecesaria y decidió no comentar nada. Su propia manera de caminar no era mucho mejor.

El camino terminó por conducirlos hasta Ciudad Peñaverde. La primera impresión de Rei fue más cercana al asombro que al análisis. Después de crecer entre la humedad, los canales y la niebla constante de Kirigakure, encontrarse en un territorio dominado por las montañas le producía la sensación de haber llegado mucho más lejos de lo que indicaban los días de viaje. No necesitó examinar cada calle para encontrar belleza en aquel cambio.

<Es precioso. Se siente como si hubiéramos cruzado hacia un mundo completamente diferente>

Rin recorrió la ciudad con una atención menos despreocupada. Miraba los cruces, las personas y los posibles caminos de salida casi por costumbre, pero aquello no le impidió apreciar el lugar. La distancia con Kirigakure resultaba evidente y, precisamente por eso, todo llamaba su atención de una manera que no estaba dispuesta a mostrar tan abiertamente como su hermana.

<Sí, lo es>

La respuesta hizo que Rei dirigiera la mirada hacia ella. Rin rara vez aceptaba una observación así sin añadir alguna advertencia, especialmente mientras se encontraban en un territorio desconocido y participaban en una misión relacionada con el futuro de su aldea. Sin embargo, esta vez no intentó corregirla. Su expresión continuó reservada, aunque la forma en que observaba los alrededores revelaba algo más que vigilancia.

<Voy a recordar que admitiste que un lugar era bonito antes de comprobar todas sus salidas>

Rin no respondió a la provocación. Continuó junto a Kishue mientras los tres buscaban una posada donde pudieran descansar, recuperar fuerzas y revisar el equipo antes de ocuparse de los Sellos. Después de la travesía necesitaban comida caliente y una noche lejos del movimiento del barco. Incluso Rin aceptaba que comenzar inmediatamente la búsqueda solo conseguiría que cometieran errores por cansancio.

Al encontrar una posada, las hermanas se detuvieron afuera mientras Kishue ingresaba para preguntar por alojamiento. Rei dejó descansar el peso de su mochila y observó la entrada, esperando que hubiera espacio suficiente para los tres. Rin permaneció cerca, todavía con el equipo asegurado y la atención dividida entre la puerta y las personas que transitaban alrededor.

Desde el interior alcanzaron a escuchar la voz de Kishue solicitando alojamiento para tres personas. Rin y Rei permanecieron fuera sin alejarse, aguardando la respuesta. Ciudad Peñaverde les había parecido hermosa al llegar, pero por el momento una cama, comida y algunas horas de descanso podían mejorarla todavía más.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
Narrador General
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 6
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia90(4)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo15
390
300
Enlace al Post
09-09-2026, 05:08 PM
Detrás del mostrador, una mujer de edad avanzada levantó la vista primero hacia Kishue y después hacia el enorme kanabō que había conseguido atravesar la puerta con él. La observación duró apenas un instante antes de que regresara a lo verdaderamente importante: las tres personas empapadas de viaje que acababan de llegar a su establecimiento. Había habitaciones disponibles en la planta superior y suficiente espacio para acomodarlos aquella noche. —Tres personas no son problema. Si vienen de la costa, imagino que agradecerán algo caliente también —respondió mientras colocaba tres pequeñas llaves de hierro sobre el mostrador—. La cocina estará abierta hasta que anochezca. Pueden dejar el equipo arriba y bajar cuando quieran. —No hubo preguntas acerca de su procedencia ni acerca de las razones que los habían llevado hasta allí. En una ciudad atravesada constantemente por viajeros procedentes de Rocanorte, Vallepiedra y los caminos interiores de las montañas, tres extranjeros constituían más una curiosidad pasajera que un acontecimiento.

Fuera de la posada, Peñaverde continuaba moviéndose a su propio ritmo. La ciudad había sido construida aprovechando cada espacio que la montaña permitía, de manera que prácticamente ninguna calle permanecía al mismo nivel durante demasiado tiempo. Casas de piedra clara y madera oscura aparecían distribuidas sobre terrazas naturales, comunicadas mediante escalinatas anchas, callejones inclinados y pequeños senderos que serpenteaban entre jardines. Por encima de los tejados podían verse las copas de los abetos cubriendo las laderas, y todavía más lejos las montañas se elevaban unas detrás de otras hasta terminar en cumbres blancas. El agua descendía desde aquellas alturas mediante numerosos arroyos que atravesaban la ciudad bajo puentes de piedra, caían entre los riscos en pequeñas cascadas y reaparecían varios niveles más abajo antes de continuar hacia el valle. Incluso desde las calles era posible escuchar continuamente aquella corriente mezclándose con conversaciones, herramientas trabajando y el sonido ocasional de alguna campana.

El corazón de Peñaverde se encontraba algunas terrazas más abajo, alrededor de la Plaza Verde, donde una fuente de piedra servía como punto de encuentro entre residentes y comerciantes. Toldos cubrían parte de las calles cercanas al Mercado Alto, con puestos que ofrecían alimentos, tejidos, herramientas y productos traídos desde otros asentamientos del País de las Montañas. Hacia uno de los extremos comenzaban los Talleres del Abeto, reconocibles por el olor a madera recién cortada y por el golpeteo constante de martillos y herramientas; hacia el otro, las construcciones comenzaban a espaciarse mientras los Huertos de la Ladera ocupaban terrazas completas protegidas por pequeños muros de piedra. Más arriba, casi separada del bullicio por la propia pendiente, la silueta de la Capilla de la Bruma destacaba entre árboles y jardines, mientras un sendero todavía más elevado terminaba en el Mirador de Peñaverde, desde donde buena parte de la ciudad podía contemplarse escalonada sobre la montaña.

Entre todos aquellos niveles existía una cantidad casi absurda de escaleras. Una de las más largas descendía desde las cercanías de la Capilla de la Bruma hacia el Barrio del Bosque, pasando entre muros cubiertos de musgo, pequeños jardines particulares y viviendas construidas prácticamente contra los árboles. En uno de sus escalones permanecía todavía un pequeño ramo de flores blancas. No había ninguna ceremonia alrededor, ninguna persona vigilándolo ni señal alguna que indicara que aquel punto fuese especial. Algunas flores comenzaban incluso a perder pétalos con el frío de la estación. Una mujer que bajaba con una cesta pasó junto al ramo sin detenerse, mientras otra residente barría hojas secas unos metros más arriba. Para los habitantes de Peñaverde aquello parecía formar parte del paisaje igual que las macetas colocadas frente a las casas o las pequeñas ofrendas que podían encontrarse ocasionalmente cerca de la capilla. Nadie parecía concederle mayor importancia.

La tarde continuaría descendiendo lentamente sobre la ciudad hasta que las sombras de las montañas comenzaran a cubrir primero las terrazas inferiores y después los barrios elevados. Las chimeneas empezaban ya a expulsar humo, las primeras lámparas se encendían bajo algunos aleros y el movimiento del mercado disminuía conforme los comerciantes recogían sus puestos. Peñaverde no escondía aquella noche ninguna respuesta extraordinaria detrás de sus calles, ni las flores de la escalinata conducían hacia algún secreto olvidado. Durante algunos días más aparecerían allí pequeños ramos blancos hasta que, simplemente, dejarían de hacerlo. Para Kishue, Rin y Rei, la ciudad ofrecía exactamente aquello que habían ido a buscar después de cinco días en el mar: un lugar tranquilo donde detenerse antes de que su verdadero viaje por el País de las Montañas comenzara.
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