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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua
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  ›   [Misión Simple] Correspondencia ─ Instrucciones
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Correspondencia ─ Instrucciones
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza50(3)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud10
Velocidad21
Tenketsu10
Sigilo15
570
635
Enlace al Post
07-09-2026, 08:18 PM
 7 del Verano, 150. 
El pergamino no parecía especialmente importante. Lo que contenía, aunque ignorado, tampoco significaba mucho para la persona promedio, apenas un grupo de instrucciones, pero para la persona correcta podía convertir el plomo en oro.
 
No era más grande que cualquier documento administrativo utilizado en Kirigakure, estaba enrollado con cuidado y protegido por una cubierta sencilla que impedía que la humedad alcanzara el papel. Un hilo oscuro rodeaba ambos extremos y, sobre el cierre, descansaba un pequeño sello de cera que Hachibi había comprobado tres veces desde que lo recibió.
Intacto.
 
El encargo tampoco parecía complicado.
 
La solicitud llevaba el nombre de Masaru Heizu y pedía únicamente trasladar aquella correspondencia hasta un shinobi de inteligencia destinado temporalmente en uno de los puestos de avanzada del País del Agua. No se esperaba oposición, persecuciones ni ninguna otra clase de peligro. El camino permanecía dentro de territorio controlado por Kirigakure y el desplazamiento podía realizarse durante el mismo día.
 
Lo extraño era que nadie le había proporcionado el nombre del destinatario. En su lugar, junto al pergamino había recibido una segunda hoja. Hachibi la desplegó.
Las instrucciones ocupaban mucho más espacio que la descripción de la propia misión.
 
  • Primero: llegar al pequeño poblado costero situado sobre la ruta norte antes de que el sol alcanzara su punto más alto. 
  • Segundo: comprar una manzana roja en el puesto situado frente al pozo. 
  • Tercero: adquirir un pequeño carrete de hilo blanco encerado en el taller de reparación de redes próximo al embarcadero.
  • Cuarto: caminar hasta el muelle más antiguo del poblado y dejar la manzana sobre el pretil de piedra situado junto a una campana oxidada.
  • Quinto: conservar el hilo.
  • Sexto: esperar.
 
La nota se inmoló en los dedos y se convirtió en ceniza, pero en la cabeza de Hachibi había quedado perfectamente grabada.
 
Pergamino, instrucciones, destinatario. Tres cosas. Su mano pasó una vez más sobre el pequeño bolsillo interior donde mantenía asegurado el mensaje antes de comenzar el trayecto. Pasó su dedo sobre sus armas, comprobó que estuviera completo su arsenal, cada aguja de las sesenta que portaba estaba tan perfectamente acomodada que no había manera matemática de meter una más y, sin embargo, no tenía problema de sacar una para un ataque rápido. Acomodó su atuendo, planchó sus arrugas con un paso firme de su mano y marchó.
 
El camino no presentó ninguna dificultad.
 
La humedad del País del Agua permanecía adherida a prácticamente todo cuanto encontraba a su paso. Los árboles crecían cerca unos de otros, cubiertos en ciertas zonas por musgo oscuro, mientras pequeñas acumulaciones de agua permanecían entre las raíces después de las lluvias de la noche anterior. La niebla nunca llegó a cerrarse completamente sobre el sendero, aunque sí bastaba para convertir las formas más alejadas en manchas desdibujadas entre el verde.
 
La misión no premiaba la velocidad y llegar antes de tiempo tampoco parecía formar parte de las instrucciones. Mantuvo un ritmo constante mientras comprobaba las señales colocadas junto al camino y evitaba desviaciones innecesarias.
 
El poblado apareció después de varias horas de marcha, no era particularmente grande: Una calle principal descendía suavemente hacia el agua y pequeñas viviendas de madera se repartían alrededor de ella, muchas con redes extendidas junto a las puertas o herramientas utilizadas para trabajar sobre embarcaciones pequeñas. El olor del pescado llegaba desde la costa, mezclado con madera mojada, humo de cocina y sal.
 
Había suficiente movimiento para que un muchacho desconocido no resultara especialmente interesante.
 
Encontró el pozo sin dificultad.
 
Frente a él descansaba un puesto pequeño protegido por una cubierta de tela. Frutas, algunas verduras y varios productos traídos desde otras regiones se distribuían sobre cajas de madera.
 
Había manzanas.
 
El Heizu tomó una roja, sin manchas evidentes. La dejó sobre el mostrador. La mujer encargada del puesto dijo algo relacionado con el precio mientras levantaba dos dedos. Hachibi colocó las monedas correspondientes, recibió el cambio y lo guardó sin necesidad de intercambio de palabra alguna.
 
Continuó hacia el embarcadero.
 
El taller de redes tampoco necesitó demasiada búsqueda. Una estructura abierta permitía ver a dos hombres trabajando sobre una red extendida entre varias estacas. Cerca de ellos había herramientas, agujas gruesas, cordeles y pequeños carretes de diferentes materiales.
 
Hachibi señaló uno de hilo blanco encerado. El encargado lo observó durante unos instantes.
 
—¿Todo?
 
Hachibi asintió. Otro intercambio de monedas. El carrete terminó guardado entre sus pertenencias.
 
Nada parecía conectar ambas compras: Una manzana, un hilo.
 
Podrían haber sido objetos escogidos precisamente porque nadie tendría motivos para recordar a una persona que adquiriera semejantes cosas durante la misma mañana.
 
El muelle antiguo estaba apartado de los embarcaderos utilizados con mayor frecuencia.
 
Algunas de sus tablas habían sido sustituidas recientemente y otras conservaban manchas oscuras provocadas por años de humedad. Junto al inicio de la estructura  había una campana de metal colocada sobre un soporte de madera. La oxidación había devorado gran parte de su superficie y Hachibi dudaba que hubiese sonado correctamente durante bastante tiempo.
 
El pretil se encontraba allí: Bajo, de piedra. Hachibi sacó la manzana y la colocó encima. Después comprobó el carrete. La siguiente instrucción era esperar.
 
Hacerlo habría resultado más extraño que simplemente permanecer allí.
 
Escogió un lugar próximo desde donde podía observar el pretil sin mantenerse directamente frente a él y dejó pasar el tiempo mientras barcos pequeños entraban y salían del poblado. Algunos pescadores descargaban cajas. Una mujer lavaba recipientes cerca de una vivienda. Dos niños atravesaron corriendo el extremo de la calle antes de desaparecer entre las casas.
 
Nada cambió.
 
La manzana continuaba en el mismo sitio.
 
Hachibi comenzó a comprender que esa parte de las instrucciones podía resultar más importante que todas las anteriores. No le habían dicho cuánto tiempo esperar.  Tampoco qué debía ocurrir.
 
Entonces escuchó madera quebrándose, no fue un sonido fuerte, apenas un chasquido seguido por varios objetos golpeando el suelo: A poca distancia del muelle, un anciano había intentado levantar una cesta demasiado cargada. Una de las asas había cedido y parte de su contenido terminó desparramado sobre la calle húmeda.  

Algunas verduras rodaron hacia un costado y un pequeño recipiente de madera estuvo cerca de terminar bajo una carreta estacionada.
 
El hombre dejó escapar una queja, se inclinó con dificultad.
 
Hachibi miró la manzana, continuaba allí.
 
Después miró al anciano; las instrucciones decían esperar, pero nada de permanecer inmóvil. Recogió primero el recipiente antes de que pudiera alejarse más y después comenzó a reunir lo que había caído alrededor. El anciano intentó hacerlo también, aunque su espalda parecía convertir cada movimiento en una tarea considerablemente más lenta.
 
—Déjalo, muchacho. Puedo hacerlo.
 
No necesitó demasiado tiempo para devolver el contenido a la cesta, El problema seguía siendo el asa.
 
Una de las tiras de fibra se había roto prácticamente desde la base. El anciano la levantó y observó el daño con una expresión resignada.
 
—Eso ya no aguanta otro viaje.
 
Metió una mano entre sus pertenencias, el carrete blanco apareció entre sus dedos. Se detuvo.
 
Conservar el hilo.
 
Aquello formaba parte de las instrucciones. No necesitaba utilizar todo.
 
Desenrolló una pequeña extensión, la cortó y comenzó a reforzar la unión dañada. Pasó el hilo varias veces alrededor de las fibras, ajustándolo con suficiente tensión antes de asegurar el extremo incluso usó una de sus agujas como esqueleto para reforzar la sujeción.
No era una reparación definitiva, pero sí permitiría que el anciano llegara a su destino sin volver a recoger todas sus cosas del suelo.
 
El hombre comprobó el asa. Luego observó el carrete todavía en manos de Hachibi.
 
—Ese hilo no era para arreglar cestas.
 
No había sido una pregunta, el anciano permaneció observándolo unos segundos más, después sostuvo nuevamente la cesta.
 
—Gracias.
 
El bruno inclinó ligeramente la cabeza. Cuando regresó hacia el muelle, la manzana ya no estaba. Sobre el pretil había algo diferente, una pequeña pieza de madera. No tendría más de unos cuantos centímetros de diámetro y parecía haber sido cortada de algún resto de tabla. Al recogerla descubrió un grabado sencillo sobre uno de sus lados.
 
Una garza.
 
El cuerpo apenas estaba representado mediante unas cuantas líneas, el pico, en cambio, resultaba imposible de confundir, apuntaba hacia el este. Giró la mirada.
 
El anciano continuaba avanzando calle arriba sin prestarle atención. La cesta colgaba nuevamente de su brazo.
 
Sobre una de las asas podía distinguirse todavía el pequeño tramo de hilo blanco.
 
No sabía si aquello había ocurrido porque el viejo formaba parte del procedimiento desde el principio o si simplemente había reconocido algo que no debía resultar evidente para los demás.
 
Guardó la pieza de madera, y siguió la dirección de la garza.
 
El recorrido lo alejó poco a poco de la parte más transitada del poblado.
 
Atravesó dos calles, dejó atrás varias viviendas y terminó siguiendo un sendero estrecho que avanzaba paralelo a la costa. Allí los edificios comenzaron a desaparecer y fueron sustituidos por pequeños cobertizos utilizados para guardar redes, herramientas y embarcaciones durante las temporadas de tormenta.
 
Hachibi no encontró ninguna señal que identificara un puesto shinobi, eso era probablemente una buena señal. La ficha de madera acabó llevándolo hasta una estructura ligeramente separada de las demás. Parecía un antiguo cobertizo de pescadores, había redes extendidas junto a una pared y un bote pequeño descansaba boca abajo sobre dos soportes. Cerca de la entrada, un hombre se encontraba sentado reparando una sección de cuerda con una aguja gruesa.
 
No reaccionó cuando Hachibi apareció. El Heizu se detuvo a varios metros.
 
El hombre continuó trabajando: Pasó la aguja entre las fibras, tensó el nudo, volvió a repetirlo.
 
—Si vienes por pescado, llegaste tarde.
 
Hachibi permaneció quieto. El hombre levantó finalmente la vista. Sus ojos pasaron sobre él con una tranquilidad demasiado calculada para alguien sorprendido por una visita inesperada.
 
Después bajaron hacia una de las manos del muchacho. Hachibi sostenía la ficha de la garza. El hombre dejó la red.
 
—Acércate.
 
El Heizu lo hizo. El desconocido tomó la ficha y la giró entre sus dedos.
 
—La garza no suele escoger caminos largos.
 
Sus ojos descendieron entonces hacia las pertenencias de Hachibi.
 
—¿Conservaste el hilo?
 
Hachibi sacó el carrete, el hombre lo recibió. Lo giró una vez y encontró el corte, Faltaba una pequeña parte su expresión cambió apenas.
 
—Las instrucciones decían que debías conservarlo.
 
—Era necesario.
 
Fue todo.
 
El hombre permaneció inmóvil unos instantes. Después miró por encima del hombro del muchacho, hacia el camino por el que había llegado. Una ligera curvatura apareció en una de las esquinas de su boca.
 
—Ya veo.
 
Dejó el hilo sobre una caja, entonces extendió la mano. No pidió el pergamino.
 
No mencionó a Masaru.
 
No preguntó siquiera quién era Hachibi.
 
Simplemente mantuvo la palma abierta.
 
El Heizu introdujo la mano bajo su ropa, retiró el documento del compartimento donde lo había protegido durante todo el trayecto y comprobó por última vez el sello antes de entregarlo.
 
Intacto.
 
El hombre hizo exactamente lo mismo: Revisó la cera, el hilo oscuro, Los bordes de la cubierta. Solo entonces tomó el pergamino, no lo abrió. Lo guardó dentro de una caja de madera situada detrás de él y colocó sobre la tapa una pequeña marca realizada con tinta.
 
Después extrajo otro trozo de papel: una confirmación de recepción.
 
—Puedes regresar.
 
El shinobi tomó nuevamente la red como si aquella conversación nunca hubiese ocurrido. Hachibi guardó el comprobante. Antes de marcharse, sus ojos se desviaron hacia el pequeño carrete blanco abandonado sobre la caja.
 
El hombre lo notó.
 
—Quédate con él.
 
El regreso fue incluso más tranquilo que el trayecto de ida.
 

El sol había comenzado a descender cuando Hachibi dejó atrás el poblado y regresó al sendero que conducía hacia Kirigakure. La correspondencia ya no estaba con él. En su lugar llevaba solamente la confirmación de entrega, la ficha de madera y aquel carrete incompleto.
Masashi Kishimoto
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07-09-2026, 08:25 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Correspondencia ─ Instrucciones (TID 14802)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Yato Hachibi — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Rin
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07-09-2026, 08:25 PM
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