07-09-2026, 12:31 PM
Durante varios días el restaurante Akai Koi consiguió recuperar aquella tranquilidad que había perdido por culpa de los tres hombres que cobraban una supuesta protección a los comerciantes de la zona, los daños provocados durante su captura fueron reparados poco a poco, las mesas volvieron a ocupar su lugar y Tadayoshi pudo abrir nuevamente las puertas sin esperar que en cualquier momento apareciera alguien para exigirle parte de sus ganancias. Los tres extorsionadores continuaban encerrados en la prisión de Kirigakure y ninguno de ellos había conseguido abandonar su celda, pero las amenazas que realizaron antes de su captura hablaban de más personas involucradas y aquello no fue olvidado por las autoridades.
Tadayoshi sí intentó olvidarlo, o por lo menos comportarse como si el problema hubiese terminado, volvió a atender a sus clientes y ordenó a sus trabajadores no hablar del ataque frente a las personas que llegaban a comer, pues el temor de que el establecimiento fuera un sitio peligroso podía ocasionarle una pérdida mucho mayor que la cantidad exigida por los criminales. Durante las primeras noches cerró más temprano y revisó en varias ocasiones las puertas, pero al pasar los días sin recibir amenazas empezó a creer que los compañeros de los detenidos habían decidido esconderse antes de correr el mismo destino.
La aparente calma terminó la noche anterior, poco antes del cierre, cuando solamente permanecían dentro del establecimiento Tadayoshi, dos trabajadores y una pareja que terminaba de cenar. Cuatro hombres entraron por la puerta principal sin molestarse en ocultar sus rostros, uno de ellos cerró detrás de sí y se mantuvo frente a la salida, mientras los otros tres se separaron entre las mesas. No solicitaron comida ni buscaron un lugar donde sentarse, tampoco mencionaron la cantidad de dinero que antes era exigida como pago de protección.
El primero tomó un plato de una mesa vacía y lo arrojó contra la pared.
El sonido detuvo cualquier conversación dentro del restaurante y fue seguido por el golpe de una silla contra el suelo, después otra y luego una mesa empujada hasta chocar con las de su costado. Los clientes se levantaron sin comprender lo que estaba sucediendo, pero el hombre de la puerta no permitió que se acercaran a la salida hasta que uno de sus compañeros le indicó que los dejara marcharse. Aquella vez no habían ido a robar a los comensales ni a obtener dinero; querían que hubiera testigos suficientes para extender el miedo, pero no tantos como para dificultar su trabajo.
Tadayoshi abandonó el mostrador y trató de detenerlos antes de que llegaran hasta la cocina, aunque su presencia solamente consiguió atraer la atención del hombre que parecía dirigirlos. Era alto, llevaba el cabello recogido detrás de la cabeza y una cuerda roja rodeaba su brazo izquierdo varias veces. No desenfundó el arma sujeta a su cintura, pero golpeó el pecho del propietario con la palma abierta y lo hizo retroceder contra el mostrador.
—El dinero ya no nos interesa. Venimos por nuestros hermanos.
—Ellos fueron quienes atacaron este lugar, yo solamente pedí ayuda. —respondió Tadayoshi mientras intentaba recuperar el aire.
—Y por tu culpa siguen pudriéndose dentro de una celda. Si no puedes sacarlos, por lo menos aprenderás lo que cuesta enviarlos allí.
Los demás continuaron destruyendo el local mientras el cabecilla hablaba. Abrieron recipientes y arrojaron los alimentos sobre el suelo, rompieron las botellas almacenadas detrás del mostrador y volcaron una olla antes de que pudiera ser retirada del fuego, aunque uno de los trabajadores alcanzó a apagar las llamas antes de que se extendieran por la cocina. No buscaron objetos valiosos ni revisaron la caja donde Tadayoshi guardaba las ganancias del día. Incluso cuando esta quedó al alcance de uno de ellos, pasó de largo para destrozar las estanterías donde se conservaban platos y utensilios.
El ataque duró pocos minutos, pero fue suficiente para dejar el Akai Koi irreconocible. El cabecilla agarró a Tadayoshi por la ropa y lo obligó a contemplar las mesas rotas, los alimentos mezclados con los fragmentos de cerámica y el agua que empezaba a cubrir el suelo después de que uno de sus compañeros quebrara una tubería de la cocina. Después lo soltó, dejando una última advertencia antes de marcharse.
—La próxima vez no romperemos tus cosas. Averigua quién los capturó y diles que esto apenas empieza.
Los cuatro abandonaron el establecimiento por la puerta posterior y se internaron en las calles de la zona comercial antes de que llegara una patrulla. Ninguno de los presentes intentó perseguirlos. Tadayoshi tenía un golpe en el pecho y uno de sus trabajadores había sufrido un corte en la mano al apartar los restos de una botella, pero no hubo lesiones de gravedad. La intención de los bandidos había sido suficientemente clara: podían haber atacado a las personas y decidieron no hacerlo, reservando esa posibilidad para su siguiente visita.
Los guardias inspeccionaron el restaurante aquella misma noche. Las pisadas de los criminales se mezclaban con el agua y la comida derramada, pero cerca de la salida posterior encontraron varias marcas de barro oscuro que continuaban hasta el callejón. La lluvia borró el rastro al alcanzar la calle principal. También recuperaron un fragmento de cuerda roja enganchado en una astilla del marco, similar a la que llevaba el cabecilla alrededor del brazo, y en la cocina apareció una ficha de madera que ninguno de los trabajadores reconoció. Sobre una de sus caras tenía grabado un pez atravesado por tres líneas.
Tadayoshi acudió nuevamente ante las autoridades al amanecer. Esta vez no pidió protección temporal ni vigilancia durante la siguiente jornada. Los responsables anteriores habían sido capturados, pero su grupo seguía funcionando y ahora conocía el restaurante, a sus trabajadores y a las personas que participaron en la primera intervención. Permitir que la amenaza continuara solo les daría tiempo para escoger un objetivo más vulnerable.
La información de los tres prisioneros fue revisada después de su declaración. Ninguno pertenecía a una organización reconocida dentro de Kirigakure, aunque dos de ellos habían trabajado descargando mercancías en los canales orientales y el tercero poseía antecedentes por peleas cerca de los antiguos almacenes pesqueros. Durante los interrogatorios evitaron identificar a sus compañeros, pero uno había mencionado anteriormente a un hombre llamado Daigo, sin ofrecer un apellido ni una descripción. No existía certeza de que se tratara del cabecilla que atacó el restaurante, aunque era la única identidad relacionada con el grupo.
Al llegar la mañana, el Akai Koi permanecía cerrado. Una tabla sustituía provisionalmente parte de la puerta posterior y varias telas cubrían las ventanas para impedir que los curiosos observaran el interior. Tadayoshi esperaba junto al mostrador dañado, rodeado por aquello que los bandidos dejaron atrás. Había conservado la ficha de madera, la cuerda roja y un pequeño trozo de tela arrancado durante el ataque para entregarlos a los shinobi que aceptaran la misión.
Desde el restaurante se podían iniciar varios caminos. Tadayoshi y sus trabajadores habían presenciado el ataque y podían describir a los cuatro hombres; los prisioneros de la misión anterior quizá hablaran al saber que sus compañeros estaban empeorando su situación; la ficha del pez podía pertenecer a algún negocio, embarcación o grupo de los canales; y los antecedentes de los detenidos conducían hacia los almacenes pesqueros del este. Sin embargo, ninguna pista indicaba por sí sola dónde se ocultaban ni cuándo pensaban regresar.
Los bandidos ya habían demostrado que no buscaban dinero y que conocían a quienes intervinieron anteriormente. Encontrarlos antes de que cumplieran su amenaza era ahora el verdadero objetivo, pero decidir por dónde comenzar la investigación correspondería a los shinobi enviados al Akai Koi.
La nueva solicitud de Tadayoshi llegó al ayuntamiento durante las primeras horas de la mañana, acompañada por el informe levantado por la patrulla que acudió al Akai Koi la noche anterior y por una petición específica, de ser posible deseaba la presencia de alguno de los shinobi que participaron en la captura de los primeros extorsionadores, no solamente porque ya conocían el establecimiento y los antecedentes del conflicto, sino porque la última amenaza fue dirigida también hacia ellos. El nombre de Kishue apareció entre los tres integrantes de aquella misión y una convocatoria fue enviada para informarle de lo sucedido.
Cuando Kishue estuvo presente en la sala de asignaciones, el encargado mantuvo frente a sí dos documentos distintos. El primero correspondía a la misión anterior y contenía la declaración sobre los tres hombres capturados, las armas decomisadas y la recomendación de investigar sus vínculos antes de considerar terminado el problema. El segundo apenas tenía unas horas de haber sido escrito y describía un ataque distinto, sin intento de extorsión ni exigencia económica, pero con daños mucho mayores y una amenaza directa contra el propietario del restaurante.
El hombre encargado de entregar la misión colocó ambos informes uno junto al otro, señalando primero el más reciente.
—Anoche, cuatro sujetos irrumpieron en el Akai Koi poco antes del cierre. Destruyeron parte del establecimiento, golpearon al propietario y dejaron claro que actuaban en respuesta a la captura de los tres criminales entregados anteriormente. No robaron el dinero disponible ni exigieron el pago de protección. Su objetivo fue causar daños y advertir que volverán.
La declaración de Tadayoshi señalaba que uno de los atacantes habló de los detenidos como sus hermanos, aunque todavía se desconocía si se refería a una relación de sangre o a la forma en que los integrantes del grupo se reconocían entre ellos. Los tres prisioneros continuaban bajo custodia y ninguno podía haber participado en el nuevo ataque. Eso confirmaba que la organización era mayor de lo estimado y que la captura anterior, en lugar de desarticularla, había provocado que quienes permanecían libres abandonaran la extorsión discreta para buscar venganza.
—La prioridad es identificar a los cuatro responsables y localizar el lugar donde se reúne el resto del grupo. Deben ser capturados con vida siempre que resulte posible, pues todavía necesitamos conocer cuántos son y si han amenazado otros negocios. El señor Tadayoshi conserva varios objetos encontrados después del ataque y los trabajadores que estuvieron presentes pueden ofrecer una descripción. El restaurante será el punto inicial de la investigación.
Entre los datos reunidos aparecía el nombre de Daigo, mencionado durante uno de los interrogatorios anteriores, aunque no existía un apellido, domicilio ni descripción que permitiera relacionarlo directamente con el cabecilla. Dos de los prisioneros habían trabajado en los canales orientales y el tercero poseía antecedentes cerca de los almacenes pesqueros, por lo que aquella zona se mantenía como una posible conexión. Sin embargo, acudir directamente sin revisar el restaurante podía alertar a los criminales o conducir la búsqueda hacia un sitio que ya hubieran abandonado.
El encargado cerró el primer expediente y dejó el segundo abierto para que la información permaneciera disponible.
—Tadayoshi conoce tu participación en la captura anterior. Está esperando en el local y fue informado de que un shinobi acudiría durante la mañana. Puedes interrogarlo, revisar los daños o solicitar acceso a los detenidos si consideras que alguno terminará hablando. A partir del Akai Koi, la investigación queda en tus manos.
Fuera del ayuntamiento, Kirigakure se encontraba cubierta por una neblina más espesa que la de los días anteriores, no lo suficiente para impedir el tránsito por las calles principales, pero sí para borrar los edificios después de varias decenas de metros. Una lluvia fina descendía sin fuerza y se acumulaba sobre los tejados, las cuerdas de los puestos todavía cerrados y las piedras irregulares del camino. El agua corría hacia los canales mediante pequeñas corrientes oscuras y las pisadas recientes desaparecían con rapidez, una condición que explicaba por qué la patrulla había perdido el rastro de los atacantes al salir del callejón.
La ruta hacia la zona comercial permanecía transitada a pesar del clima. Los primeros vendedores levantaban protecciones de tela sobre sus puestos y los encargados de los almacenes transportaban mercancía antes de que aumentara la lluvia. Cerca del Akai Koi la actividad cambiaba. Algunos comerciantes observaban en dirección al restaurante y hablaban entre ellos, mientras otros evitaban detenerse frente a su fachada. La noticia del ataque ya había empezado a extenderse y la puerta cerrada del establecimiento confirmaba que aquella mañana no recibiría clientes.
El letrero del Akai Koi seguía en su sitio, pero una de sus esquinas había quedado torcida. La puerta principal conservaba marcas recientes alrededor de la cerradura, aunque no había sido forzada, pues los atacantes ingresaron mientras el restaurante todavía estaba abierto. Varias telas cubrían las ventanas y detrás de ellas podía verse la sombra de muebles apilados. En el lateral del edificio, el callejón conducía hasta una puerta posterior reparada de manera provisional con tablas nuevas, algunas todavía sin cortar a la medida correcta.
Al ingresar al establecimiento se hacía evidente que la descripción del informe no exageraba los daños. Tres mesas estaban volcadas y dos de ellas tenían las patas quebradas; los platos rotos habían sido reunidos en varios recipientes, aunque fragmentos pequeños continuaban apareciendo entre las tablas del suelo. Detrás del mostrador faltaban buena parte de las botellas y una mancha oscura cubría la pared donde fueron arrojadas. El olor habitual de la comida había sido reemplazado por una mezcla de madera húmeda, alcohol derramado y los alimentos que no pudieron recuperarse.
Tadayoshi permanecía junto al mostrador con una venda sencilla alrededor del torso, puesta para reducir la molestia del golpe recibido en el pecho. Los dos trabajadores que estuvieron presentes también se encontraban allí. Uno llevaba la mano derecha vendada por el corte sufrido al retirar una botella rota, mientras el otro intentaba separar los utensilios todavía utilizables de aquellos que debían ser reemplazados. Ninguno trabajaba con la intención de abrir ese día; solamente buscaban despejar suficiente espacio para caminar dentro del local.
La presencia de Kishue fue reconocida por Tadayoshi, quien dejó sobre el mostrador aquello que había reservado para la investigación: un fragmento de cuerda roja, una pieza de tela oscura y una ficha circular de madera. Esta última tenía grabada la figura de un pez atravesado por tres líneas, pero no mostraba ningún nombre ni inscripción adicional.
—Sabía que las amenazas de aquellos hombres no terminarían con su arresto, pero creí que sus compañeros evitarían regresar al mismo sitio. Me equivoqué. Estos cuatro no vinieron a cobrar nada, ni siquiera tocaron la caja. Entraron para destruir y para asegurarse de que yo comprendiera por qué lo hacían.
Tadayoshi describió al cabecilla como un hombre alto, de cabello oscuro recogido detrás de la cabeza y con varios segmentos de cuerda roja enrollados alrededor del brazo izquierdo. Llevaba una espada en la cintura, aunque no llegó a desenvainarla. Otro de los atacantes era bajo y ancho de hombros, con una cicatriz junto a la boca; el tercero tenía parte de la cabeza afeitada y utilizó una barra para romper las mesas; el último permaneció la mayor parte del tiempo vigilando la entrada. Los cuatro parecían conocer la distribución del restaurante y se dirigieron hacia la cocina sin necesidad de buscarla.
—El que llevaba la cuerda dijo que venía por sus hermanos. También pidió que averiguara quién los había capturado y les advirtiera que esto apenas comenzaba. Después salieron por la puerta trasera. Uno mencionó que debían llegar a los muelles antes del cambio de guardia, pero no sé a cuáles se refería.
La puerta posterior seguía disponible para ser examinada y el callejón conservaba algunos restos del barro oscuro dejado por los atacantes, aunque la lluvia había eliminado la mayor parte de las pisadas. Los objetos recuperados aguardaban sobre el mostrador y los tres testigos podían responder más preguntas. Desde allí también era posible continuar hacia los canales orientales, investigar el símbolo de la ficha o regresar a la prisión para interrogar a los primeros extorsionadores.
Toda la información inicial había sido entregada. La manera de comenzar y cuál de aquellas pistas seguir primero correspondía ahora a Kishue.
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