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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato
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[Fin del Capítulo 1] El Peso de la Supervivencia
Narrador General
Rango Genin
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04-09-2026, 04:10 PM
[Fin del Capítulo 1] El Peso de la Supervivencia

Día 65 de Verano. Habían pasado apenas cinco días desde que la delegación de Kirigakure abandonó el País de las Olas. Durante la madrugada, mensajeros, unidades de intercomunicación y escuadrones de enlace comenzaron a transmitir una misma orden por todos los distritos: toda la milicia shinobi disponible debía presentarse con carácter urgente en el Complejo Yuki. Misiones menores fueron suspendidas, patrullas internas reorganizadas y numerosos equipos regresaron antes de tiempo de sus asignaciones. La convocatoria no distinguía clanes ni rangos. Jounin, Tokubetsu Jounin, Chuunin y Genin fueron dirigidos hacia el enorme galerón central del complejo, una estructura normalmente destinada a concentraciones logísticas y entrenamientos bajo techo que aquella mañana había sido vaciada por completo.

En el interior se había levantado una tarima improvisada de madera, amplia pero austera, colocada al fondo del galerón frente al espacio reservado para la multitud. Allí aguardaba Renjiro Funato, todavía rodeado por varios documentos y mapas traídos directamente de las reuniones celebradas en el País de las Olas. A su alrededor permanecían las principales figuras de la estructura política y militar de Kirigakure: Daizen Hoshigaki, Haruna Yuki, Masato Heizu, Raizen Kaguya, Ren Hozuki, Kaede Terumi y Shigure Kodon. Algunos revisaban informes, otros observaban cómo continuaban ingresando shinobi, mientras Renjiro intercambiaba palabras en voz baja con ellos sin abandonar la zona central. Que prácticamente todos los líderes de los grandes clanes hubieran sido reunidos al mismo tiempo ya habría bastado para volver aquella convocatoria extraordinaria.

Pero no era eso lo que detenía las miradas de quienes cruzaban las enormes puertas del complejo. A lo largo de los accesos, pasillos elevados y puntos estratégicos del galerón se encontraban siete figuras que hasta entonces pertenecían más a los relatos militares de Kirigakure que a la experiencia cotidiana de sus habitantes. Los Siete Espadachines de la Niebla estaban allí. Todos ellos. Y no portaban armas ceremoniales ni imitaciones destinadas a preservar una tradición. Takeshi Funato sostenía la descomunal Kubikiribōchō; junto a otro acceso podía reconocerse la forma orgánica de Samehada en manos de Daigo Hoshigaki; Hiramekarei, Kiba, Kabutowari, Nuibari y Shibuki completaban un conjunto que generaciones enteras habían escuchado describir como si se tratara de reliquias perdidas o leyendas exageradas de guerras antiguas. Aquella mañana, por primera vez en la historia...ninguna de las siete era una leyenda.

Su presencia no tenía nada de exhibición. Los Espadachines formaban parte directa del dispositivo de seguridad. Takeshi controlaba uno de los accesos principales; Daigo permanecía cerca de una de las grandes puertas laterales; Reina vigilaba desde una posición elevada que dominaba buena parte del interior; Masaru se desplazaba entre puntos de control mientras otras unidades de inteligencia aseguraban los corredores exteriores. Raizen, Ren y Shigure ocupaban sectores distintos del perímetro, completando una protección tan desproporcionada que prácticamente eliminaba cualquier duda sobre la importancia de lo que estaba a punto de comunicarse. El resto del Complejo Yuki había sido cerrado temporalmente y los controles se extendían varios niveles más allá del galerón. Ningún civil debía entrar. Ninguna persona ajena a la estructura shinobi debía escuchar.

La concentración continuó creciendo hasta llenar gran parte del edificio. Los distintos clanes podían distinguirse por pequeños grupos dispersos entre la multitud, pero no existía una distribución ceremonial que los separara; todos estaban allí en calidad de shinobi de Kirigakure. Muchos habían vivido directamente las consecuencias del deterioro del mar: familiares que trabajaban en embarcaciones, misiones alteradas por tormentas inesperadas, patrullas costeras obligadas a acercarse cada vez más a zonas habitadas por criaturas que antes permanecían lejos de la isla. Otros únicamente conocían rumores sobre barcos desaparecidos, rutas cerradas o recursos que comenzaban a llegar con retraso. Lo que ninguno conocía todavía era hasta qué punto aquellos problemas estaban conectados con lo ocurrido durante las últimas semanas ni cuál había sido el resultado real de las negociaciones mantenidas por Renjiro fuera de la aldea.

Cuando finalmente las puertas del galerón comenzaron a cerrarse y los responsables de seguridad confirmaron que los convocados habían ocupado sus posiciones, un silencio progresivo recorrió la concentración. Frente a ellos estaba el Mizukage; detrás y junto a él, los dirigentes de los clanes; rodeando a todos, las siete armas más célebres de la historia de la Niebla convertidas por primera vez en una presencia tangible. Cinco días antes, Renjiro había abandonado el País de las Olas después de diez reuniones sin conseguir que Konoha aceptara aquello que Kirigakure consideraba necesario para sobrevivir. Ahora ya no se encontraba frente a otro Kage intentando convencerlo. Se encontraba frente a su propia aldea. Y por la manera en que Kirigakure había sido reunida aquella mañana, resultaba evidente que lo siguiente no sería simplemente un informe sobre el fracaso de una negociación.
時
⏳ Tiempo expirado
El límite de 72 horas para postear ya se cumplió.
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
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05-09-2026, 01:51 AM
Murmullos.
 
Su cuerpo se movía mecánicamente. Una mano anotaba sobre el papel mientras sus ojos recorrían a quienes cruzaban frente a él, identificaban rostros, uniformes y distintivos, y alguien más terminaba concediendo el acceso. Su altura le permitía observar por encima de buena parte de la multitud y distinguir con facilidad los detalles necesarios para comprobar que cada presencia allí tuviera sentido, que ningún civil hubiera terminado mezclado por error entre la concentración shinobi.
 
Entre aquella sucesión de figuras, la silueta esbelta de Amida destacó por un momento.
 
Sus miradas se cruzaron. Su padre sostuvo aquella expresión serena que tantas veces parecía quedarse a medio camino entre una sonrisa y ninguna emoción concreta. Continuó andando entre la multitud sin apartar los ojos de su hijo hasta que la distancia, el tránsito de otros cuerpos y finalmente la prudencia obligaron a ambos a volver a lo suyo.
 
Hachibi lo siguió con la mirada unos segundos más.
 
Había pasado demasiado tiempo creciendo lejos de él como para que verlo ahora con aquella frecuencia no resultara extraño. Todavía no terminaba de encontrarle un lugar claro a aquella sensación; sin embargo, entre tantos rostros armados y tanto movimiento extraordinario, reconocer el suyo resultaba tranquilizador.
 
Desde hacía tiempo, su instructor había estado encaminándolo hacia una serie de misiones bastante peculiares: trazar rutas, abastecer un faro, incluso someterse a una simulación de infiltración, entre otras tareas aparentemente dispersas y sin demasiada relación entre sí. Sin embargo, desde hacía unos días todas parecían adquirir un sentido distinto. La situación de Kirigakure le había sido explicada de forma tan resumida como abrumadora; el deterioro que atravesaban la aldea y los habitantes del País del Agua, los acontecimientos recientes y la creciente tensión con  Konohagakure habían caído sobre él casi de golpe, y su cabeza todavía intentaba acomodar cada pieza en su sitio.
 
Aunado a aquello, sus padres habían vuelto a casa, ninguno había partido nuevamente de misión. Días extraños habían estado sucediéndose y, con apenas tiempo para asimilarlos, Hachibi terminó asignado a colaborar con el grupo de inteligencia encargado de mantener el orden durante la asamblea. Su rango lo relegaba naturalmente a las labores más sencillas y concretas; registrar, observar, comprobar. Aun así, por momentos sentía que el peso de algo muchísimo mayor descansaba también sobre sus hombros.
 
De repente, una mano considerablemente más grande se posó sobre su cabeza.
 
─ Hachibi, cuando termines, habrá cena en casa.
 
Ai Umi lo sacó durante un instante del trance en el que parecía llevar días viviendo. Su hijo sólo asintió y la mujer continuó su trayecto; después de todo, ella también formaba parte de la fuerza de aquel país y debía atender el llamado. La observó desaparecer tras la entrada.
 
Entonces dejó escapar el aire lentamente y, por fin, una pequeña sonrisa consiguió dibujarse en su rostro antes de volver al papel.

Off
Resumen: Con la virtud Contactos II y siendo Masaru Heizu el tutor de Hachibi, asumo papel como parte del grupo de inteligencia.
Kishue
Rango Chuunin
Clan Funato
Nivel 12
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06-09-2026, 02:46 AM
Kishue despertó con la voz de su madre atravesando la puerta de la habitación. No era la manera exageradamente enérgica con la que acostumbraba apurarlo algunas mañanas ni aquella vieja mentira sobre haberse quedado dormido hasta las siete. Esta vez hablaba con seriedad y golpeaba la madera con suficiente insistencia para dejar claro que no pensaba permitirle continuar descansando ni un minuto más.

—Kishue, despierta. Un ninja de la aldea acaba de traer un comunicado para ti. Te convocaron a una reunión urgente y tienes que presentarte tan rápido como te sea posible.

Los ojos del muchacho se abrieron por completo. Durante unos segundos permaneció observando el techo mientras su mente terminaba de abandonar el sueño y comprendía la importancia de aquellas palabras. No se trataba de una misión que pudiera revisar después del desayuno ni de una práctica organizada con anticipación. Si habían enviado personalmente a un shinobi hasta su casa para despertarlo, significaba que alguien necesitaba reunirlos sin concederles tiempo para hacer demasiadas preguntas.

—¿Dijeron qué ocurrió?

—No. Solamente que debes acudir al Complejo Yuki de inmediato.

Kishue apartó las mantas y se puso en pie antes de que su madre terminara de alejarse de la puerta. Se vistió con la primera ropa apropiada que encontró, aseguró el estuche con sus herramientas y comprobó que la esfera de Mekka estuviera correctamente protegida. No sabía si aquella convocatoria terminaría enviándolo fuera de la aldea, por lo que tomó también el resto de su equipo habitual. La rapidez de sus movimientos provocó que casi olvidara ajustar una de sus sandalias antes de abandonar la habitación.

Sobre la mesa ya lo esperaba el desayuno, pero Kishue apenas tuvo tiempo de mirarlo. Su madre había preparado comida suficiente para ambos y la observó con cierta desaprobación cuando comprendió que pretendía marcharse sin probarla. En otra mañana, el muchacho habría intentado llevarse algo o habría dedicado unos minutos a comer mientras preguntaba qué hora era realmente. Aquella vez se limitó a despedirse y cruzó la entrada de la casa a toda prisa.

—¡Lo comeré cuando regrese! —prometió mientras comenzaba a alejarse—. ¡Dile que no se enfríe demasiado!

No esperó una respuesta. Corrió por las calles de Kirigakure aprovechando que la actividad de la madrugada todavía no había llenado por completo los caminos, aunque pronto empezó a notar que no era el único shinobi dirigiéndose hacia el mismo sector. Reconoció uniformes de diferentes unidades, símbolos pertenecientes a varios clanes y grupos que abandonaban sus rutas habituales para avanzar hacia el Complejo Yuki. Algunos llevaban el equipo completo de combate; otros parecían haber sido convocados con la misma urgencia que él.

La cantidad de shinobi aumentó conforme se aproximaba al destino. No eran únicamente Genin recién graduados o equipos disponibles para una misión sencilla. Entre la multitud podía distinguir Chuunin, Jounin y Tokubetsu Jounin, algunos reconocibles por sus funciones dentro de la aldea y otros por la autoridad con la que los demás les abrían paso. Kishue redujo el ritmo de su carrera al llegar a los primeros controles, todavía respirando con rapidez por el trayecto.

Al principio observó la concentración con curiosidad. Nunca había visto tantos ninjas reunidos fuera de una movilización militar ni comprendía qué clase de encargo podía requerir personas de todos los rangos. Aquella curiosidad desapareció cuando levantó la mirada hacia los accesos del complejo. Las figuras que protegían las entradas no eran guardias ordinarios ni shinobi escogidos al azar para organizar la llegada de los convocados.

Los Siete Espadachines de la Niebla estaban allí.

Kishue reconoció la Kubikiribōchō incluso antes de distinguir completamente a quien la portaba. Cerca de otra puerta, la forma orgánica de Samehada resultaba imposible de confundir, mientras las demás armas legendarias podían encontrarse distribuidas entre los accesos, las posiciones elevadas y los puntos desde donde era posible vigilar el galerón completo. Las historias hablaban de ellas como reliquias de Kirigakure, pero aquella mañana todas estaban presentes y formaban parte directa de la seguridad.

El semblante de Kishue cambió por completo. La curiosidad infantil desapareció, su espalda se enderezó y la mano que había mantenido cerca de la esfera de Mekka descendió hacia el equipo de su cintura. Si las siete armas más importantes de la Niebla habían sido reunidas para proteger una sola conversación, aquello no podía tratarse de un anuncio ordinario. Incluso intentar imaginar la amenaza suficiente para justificar semejante vigilancia provocó que una preocupación incómoda comenzara a instalarse en su pecho.

Presentó la convocatoria al cruzar el control y continuó hacia el enorme galerón. En el trayecto reconoció a algunos ninjas entre la multitud y los saludó mediante breves inclinaciones de cabeza, sin detenerse a conversar ni obligarlos a abandonar sus propios lugares. Varias miradas le devolvieron el gesto, pero los murmullos y la tensión general desaconsejaban cualquier saludo más elaborado. Todos parecían esperar las mismas respuestas y ninguno se atrevía todavía a formular las preguntas en voz demasiado alta.

Kishue encontró un espacio desde el cual podía observar la tarima levantada al fondo. Allí se reunían figuras que normalmente no compartían una misma habitación salvo durante decisiones de enorme importancia. Reconoció dirigentes de los principales clanes y altos cargos de la estructura militar, algunos revisando documentos y otros contemplando la llegada de los últimos convocados. En el centro de todos se encontraba el propio Mizukage, Renjiro Funato.

La presencia del líder de Kirigakure confirmó que la reunión no había sido delegada en ningún subordinado. Kishue guardó silencio y recorrió nuevamente el lugar con la mirada, buscando comprender algo antes de que comenzara el anuncio. Lo más extraño no era solamente la cantidad de shinobi, sino quiénes faltaban. No había comerciantes, representantes civiles ni trabajadores del gobierno ajenos a la milicia. Ni siquiera las personas con influencia suficiente para participar habitualmente en asuntos importantes de la aldea habían recibido permiso para entrar.

Solamente shinobi.

Kishue ajustó la posición de la esfera de Mekka y permaneció quieto en el lugar que había escogido. Había escuchado rumores sobre embarcaciones desaparecidas, rutas marítimas afectadas y tormentas que alteraban cada vez más la actividad alrededor del País del Agua. También sabía que algunas misiones habían sufrido cambios repentinos durante los últimos días, aunque ninguna de aquellas piezas explicaba por sí sola la presencia de todos los clanes, el Mizukage y los Siete Espadachines dentro de un mismo complejo.

¿Qué podía estar sucediendo en la aldea, o incluso fuera de ella, para que absolutamente todos los shinobi disponibles hubieran sido convocados? ¿Se preparaban para defender Kirigakure de una amenaza inmediata, para abandonar el país o para iniciar algo que no podía ser conocido por ningún civil? Kishue no encontró una respuesta que disminuyera su preocupación, por lo que dejó de buscarla entre los rostros de la multitud y concentró toda su atención sobre la tarima.

Las enormes puertas comenzaron a cerrarse y los murmullos se redujeron poco a poco. Kishue mantuvo el rostro serio, esperando que el Mizukage tomara la palabra y explicara por qué la fuerza completa de Kirigakure había sido reunida aquella mañana.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Kinzo Funato
Rango Chuunin
Clan Funato
Nivel 14
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06-09-2026, 05:07 PM
Una reunión, no, era otra cosa, el chico nunca había estuvo en un brete como ese, quería solicitar una instancia con su clan, con los miembros del Clan Funato, ¿podría hacerlo?, no lo tenía claro pues, tenía que haber entregado el informe y solicitar la reunión, nada de eso ocurrió y fue por la llamada hacia el sitio que comprendió que, eso tardaría en completarse, no era una broma, la convocatoria parecía algo muy muy serio, “Algo serio a tenido que pasar”, pensó para sus adentros movimientos al sitio portando su armas, limpio y aseado ante lo que pudiera ocurrir, todos habían sido llamados, ¿Qué demonios estaría ocurriendo?, el chico solo se movió con calma viendo como estaba el asunto, muchas medidas de seguridad y gente de todo tipo, desde civiles hasta otros ninjas, personajes emblemáticos y poderosos, ¿Qué hacia un puto crio en un sitio como ese?, se sentía más que motivado para lo que fuera eso.

“Debe haber un problema grave, ¿estás dispuesto a todo?”, resonó en su mente afirmando con la cabeza, casi era como si buscara a alguien conocido en ese sitio, había demasiada gente, era complicado ver entre tantas personas, se buscaría un buen lugar para tomar asiento y observar, escuchar lo que tuviera que decir, cada paso, cada momento solo acrecentaba mas sus interés por todo aquello, estaban nervioso pero alerta, quería saber si podría participar en todo aquello de manera indirecta o directa, “¿No tienes miedo?, no eres gran cosa”, resonó en su mente mientras observaba el pampaneo, la voz de su mente solo buscaba mermarlo mientras que el chico desde sus adentros crecía, se sentía muy motivado, quería saber si había alguien conocido en la sala con quien comentar la situación, hacía tiempo que no veía a Douma, tampoco a Arako o Enjo, paso mucho tiempo encerrado en sus propios pensamientos y misiones de su clan, era por esto que estaba alejado del foco mediático.

“Has entrenado mucho y mírate, sigues siendo el mismo crio”, estaba en su sitio casi como si nada importase, con una actitud tranquila y sosegada, como si nada de lo demás importase, quedaba ver de que se hablaría en ese encuentro, estaba todo el mundo y eso solo hacia incrementar la tensión del ambiente, viendo a los presentes y a las personas de renombre entendía que no sería moco de pavo sino algo que podría comprometer a todo Kirikagure, era complicado imaginar que, posiblemente la guerra estallara y lo pillara allí, ¿Qué planes había para la aldea?, quedo en su sitio siendo paciente y esperando a que las cosas se desvelaran, el nerviosismo y la tensión podría cortarse con un cuchillo, era enorme.

informacion
Kinzo solo espera para saber que ocurre, manteniéndose en su sitio escuchando y alerta. 
Kon Kaguya
Rango Genin
Clan Kaguya
Nivel 7
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Inteligencia5(1)
Especiales
Salud11
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365
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07-09-2026, 09:02 AM
El sonido de los mensajeros corriendo por los tejados lo despertó antes de que el sol terminara de asomarse por completo. Kon llevaba desde la madrugada tirado en el suelo de su cuarto, todavía con el sabor amargo del sake pegado en la garganta, cuando los golpes en la puerta de la casa se volvieron insistentes. No abrió los ojos de inmediato. Reconoció el tono de la voz que gritaba desde la calle, una unidad de intercomunicación repitiendo la misma orden distrito por distrito, y soltó un quejido que tenía más de fastidio que de sorpresa. — Complejo Yuki. Con carácter urgente. Toda la milicia disponible —murmuró para sí, imitando mal el tono marcial del mensajero, mientras se incorporaba con el cuerpo entero protestando.

Se vistió sin apuro, casi como una forma de venganza silenciosa contra quien fuera que hubiera decidido interrumpirle el descanso. El abrigo negro de cuello alto, la ropa oscura debajo, los lentes que se acomodó sobre el puente de la nariz aunque el sol todavía no molestara lo suficiente como para justificarlos. Se pasó una mano por el pelo blanco, y salió a la calle. Las calles de Kirigakure ya mostraban el efecto de la convocatoria. Grupos de shinobi caminaban en la misma dirección, algunos todavía terminando de equiparse, otros con la expresión de haber sido arrancados a la fuerza de un turno de guardia. Kon se sumó al flujo sin apuro, las manos metidas en los bolsillos del abrigo, observando de reojo las patrullas que reforzaban las esquinas y los puestos de control que normalmente no estaban ahí.

—¿Tu sabes de qué se trata esto? —le preguntó, sin detenerse del todo, un shinobi que caminaba a su lado con el chaleco mal abrochado.

—Ni idea —contestó Kon, encogiéndose de hombros— Pero si cerraron medio distrito y reunieron a todas las fuerzas para esto, dudo que sea para contarnos que subió el precio del pescado. — El otro soltó una risa nerviosa y apuró el paso, perdiéndose entre la multitud que ya se acumulaba en las inmediaciones del Complejo Yuki. Kon se tomó su tiempo. Había escuchado los mismos rumores que corrían por toda la aldea desde hacía semanas: tormentas que no debían existir en esa época del año, patrullas costeras que volvían con menos gente de la que habían salido, criaturas que empezaban a aparecer demasiado cerca de la costa. Nada de eso solía llegarle directamente a él, pero hasta un genin que prefería mantenerse al margen de la política de la aldea terminaba escuchando cosas en las tabernas.

Cuando finalmente cruzó las enormes puertas del galerón, entendió que los rumores se habían quedado cortos. El espacio, vaciado de cualquier función logística habitual, se estaba llenando a un ritmo que no dejaba lugar a dudas sobre la magnitud de la convocatoria. Jounin, chuunin, genin, todos mezclados sin ningún tipo de orden ceremonial, empujados por la misma indicación tajante. Kon se abrió paso entre la gente sin mucho miramiento, buscando un lugar desde donde pudiera ver sin quedar completamente aplastado por la masa, y fue recién ahí, al levantar la vista hacia los accesos elevados, cuando algo en su expresión cambió. —No me jodas —masculló, casi sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. Reconoció la forma de Kubikiribōchō antes de reconocer a quien la sostenía. Después distinguió la silueta orgánica y erizada de Samehada, y más allá, dispersos entre los puntos estratégicos del galerón, el resto de las siete espadas legendarias de la Niebla. No eran réplicas. Cualquiera que hubiera crecido en Kirigakure conocía sus historias, él mismo las había escuchado de chico, exageradas hasta lo absurdo por generaciones de shinobi que jamás las habían visto de cerca, y sin embargo ahí estaban, repartidas por todo el edificio, formando parte activa de una seguridad que no parecía diseñada para tranquilizar a nadie.

Kon dejó escapar una risa corta, casi incrédula, sacudiendo la cabeza. Avanzó un poco más, abriéndose paso hacia una zona donde el gentío era menos denso, cerca de una de las columnas que sostenían la estructura elevada del galerón. Desde ahí tenía una vista razonable de la tarima improvisada al fondo, donde Renjiro Funato seguía rodeado de mapas y documentos, hablando en voz baja con las figuras que se habían reunido a su alrededor. Kon los fue reconociendo uno por uno, más por costumbre que por interés real: Daizen Hoshigaki, Haruna Yuki, Masato Heizu, Ren Hozuki, Kaede Terumi, Shigure Kodon. Nombres que solían aparecer en los informes que él nunca leía completos, caras que solía ver más en carteles que en persona. Y entre ellos, Raizen Kaguya.

El galerón seguía llenándose. Ya no quedaba espacio libre cerca de las paredes, y los responsables de seguridad empezaban a moverse entre la multitud, acomodando a los últimos rezagados y confirmando posiciones. Kon reconoció, sin sorpresa, que ni siquiera había un intento de separar a la gente por clanes o rangos. Todos estaban ahí simplemente como shinobi de la Niebla, lo cual, tratándose de una aldea que solía llevar sus jerarquías con bastante rigidez, terminaba de confirmarle que lo que fuera a decirse ese día no admitía distinciones. —Oye, ¿tu escuchaste algo de lo que pasó en el País de las Olas? —le preguntó otra vez el mismo shinobi de antes, esta vez con la voz más baja, como si el ambiente ya le hubiera contagiado la prudencia. Kon lo miró de costado, sin cambiar la postura. — Escuché que el Mizukage se fue con el peso de diez reuniones encima y volvió con las manos vacías — respondió, bajando también el tono, aunque sin perder el filo sarcástico de siempre— Y ahora nos junta a todos aqui, con los siete espadachines pegados a la pared como si esperaran una invasión. Saca tu las conclusiones. — El otro no contestó nada más. Se limitó a tragar saliva y a mirar hacia adelante, hacia la tarima, con la misma tensión que empezaba a contagiarse por el resto del galerón.

Kon se acomodó los lentes con un gesto automatico, y dejó que su mirada recorriera una vez más el perímetro. Las enormes puertas del galerón empezaron a cerrarse poco a poco, y con ellas se fue apagando también el murmullo disperso que hasta entonces recorría la multitud. Kon enderezó apenas la postura, sin llegar a despegarse del todo de la columna, y clavó la vista al frente. Vio cómo los responsables de seguridad intercambiaban gestos breves con los que custodiaban las últimas entradas, confirmando que ya no quedaba nadie fuera de posición. El silencio terminó de instalarse de forma progresiva. Frente a todos ellos, Renjiro Funato dejó por fin los documentos sobre la mesa improvisada de la tarima. Kon cruzó los brazos, con la espalda todavía apoyada contra la columna y su mirada oculta detrás de los lentes oscuros, y esperó. Fuera lo que fuera lo que el Mizukage estuviera a punto de decir, algo le decía que iba a necesitar prestar atención de verdad, y eso, viniendo de él, ya era decir bastante.
Narrador General
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 6
Estadísticas
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Destreza0(1)
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Inteligencia90(4)
Especiales
Salud9
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Tenketsu9
Sigilo15
390
300
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07-09-2026, 09:03 PM
Desde la tarima improvisada, los dirigentes de Kirigakure podían contemplar algo que rara vez existía dentro de la Niebla: prácticamente toda su fuerza shinobi reunida bajo un mismo techo y sin las divisiones habituales de rango, unidad o clan. Desde distintos puntos del galerón podían verse cientos de escenas similares: jóvenes que habían sido arrancados de sus casas antes del amanecer, veteranos que conocían demasiado bien el significado de una movilización semejante, familias que compartían la misma convocatoria y shinobi que habían crecido escuchando historias sobre tormentas, naufragios y monstruos del mar que ahora comenzaban a comprender que aquellas historias estaban dejando de ser excepciones. Detrás de Renjiro permanecían los líderes de Kirigakure; alrededor de todos ellos, los Siete Espadachines custodiaban las entradas con armas que hasta aquella mañana muchos habrían jurado que únicamente existían en los libros. Renjiro observó a su aldea durante varios segundos. Aquellas eran las personas por las que había suplicado durante diez reuniones. Y ahora tendría que explicarles por qué la súplica había terminado.

Una señal recorrió discretamente los puestos de seguridad. Las últimas puertas quedaron aseguradas, las conversaciones fueron extinguiéndose y Daizen Hoshigaki se apartó ligeramente del centro de la plataforma. Renjiro dejó los informes del País de las Olas sobre la mesa y avanzó hasta quedar solo frente a la multitud. No llevaba preparado un discurso ceremonial; no había estandartes detrás de él ni palabras de celebración esperando ser pronunciadas. Cuando habló, su voz se extendió por el enorme galerón con la tranquilidad de alguien que llevaba demasiados días repitiéndose aquello a sí mismo. —Hace ciento cincuenta años, el mundo estuvo cerca de desaparecer. Dejó pasar unos segundos antes de continuar. —Los registros más antiguos describen una época en la que una energía desconocida comenzó a extenderse por la naturaleza y destruir todo a su paso. Los hombres que sobrevivieron a aquellos años la llamaron chakra corrupto. Renjiro recorrió lentamente la concentración con la mirada. —Nuestros antepasados encontraron una solución. No pudieron destruirlo, así que lo encerraron. Distintos pueblos trabajaron para sellar aquella energía en varios puntos del mundo y, durante aproximadamente ciento cincuenta años, esos sellos permanecieron cerrados. Sus ojos descendieron entonces hacia los mapas extendidos detrás de él. —Nos enseñaron que aquello salvó al mundo. Y quizá fue cierto en su momento. Pero nadie nos enseñó cuánto tiempo debía permanecer así.

Renjiro tomó uno de los informes, aunque no necesitó leerlo. Conocía cada cifra. Cada barco que aparecía allí había sido discutido ya demasiadas veces. —Ustedes no necesitan que yo les explique lo que está pasando con nuestro mar. Su voz perdió cualquier rastro de ceremonia. —Lo han visto. Lo han navegado. Algunos de ustedes han enterrado personas por ello. Señaló los documentos acumulados sobre la mesa. —Las tormentas aparecen donde no deberían. Las corrientes cambian sin previo aviso. Rutas que nuestros navegantes conocían desde niños se han vuelto impredecibles. Hay barcos que parten y no regresan. Hay familias que esperan frente a los puertos hasta que dejan de esperar. Entonces llegó la revelación que hasta ese momento solo había pertenecido a los niveles más altos del gobierno. —En el País de las Olas nos reunimos con otra aldea. Hasta ahora muchos de ustedes los conocían únicamente como la Gente del Bosque. Ese nombre termina hoy. Se llaman Konohagakure. Renjiro permitió que el nombre recorriera el galerón antes de continuar. —Konoha también conoce los sellos. Ellos creen que deben permanecer cerrados sin importar lo que ocurra. Nosotros sabemos que lo que fue encerrado hace ciento cincuenta años está alterando el equilibrio de este mundo y que, si no hacemos algo, nuestra aldea será una de las primeras en pagar el precio. Apretó el informe entre sus dedos. —Durante nuestro tiempo en el País de las Olas, les pedí que buscaran una respuesta con nosotros. Les pedí que aceptaran que continuar exactamente como estamos también tiene consecuencias.

Renjiro dejó el papel sobre la mesa. —Konoha tiene una razón para temer lo que hay detrás de los Sellos. Hace algunas semanas, una criatura llena de chakra corrompida apareció en sus tierras y dejó decenas de muertos antes de ser contenida. Hubo una pausa breve. —Yo no niego eso. Y precisamente por eso la siguiente frase llegó con más fuerza. —Pero ellos miran una bestia y ven lo que podría ocurrir si actuamos. Nosotros miramos a diario nuestro mar y vemos lo que ya está ocurriendo porque nadie actúa. Renjiro caminó lentamente hasta el borde de la plataforma. —Ellos nos piden imaginar cientos de criaturas corrompidas. Yo les pido que imaginen cientos de barcos que nunca regresan Ya lo vivimos...esos eternos inviernos con almacenes vacíos. Generaciones enteras naciendo en una isla rodeada por un mar que cada año les permite vivir un poco menos. La voz del Mizukage se hizo más baja, pero no menos firme. —No sé qué ocurrirá cuando un sello sea abierto. Nadie puede decirlo con certeza. Puede que encontremos algo terrible. Puede que descubramos que nuestros antepasados tenían razón en tener miedo. Pero también sé qué ocurrirá si no hacemos absolutamente nada, porque puedo verlo cada mañana desde nuestros muelles. Renjiro llevó una mano hacia su pecho. —Un líder no tiene el derecho de condenar a su pueblo lentamente solo porque una muerte lenta resulta menos aterradora que una posibilidad inmediata.

Durante unos instantes, el único movimiento visible fue el de algunos de los grandes estandartes del Complejo Yuki agitados por las corrientes que conseguían atravesar las entradas superiores. Los dirigentes de los clanes permanecieron detrás del Mizukage sin intervenir, y los siete portadores legendarios continuaron ocupando sus posiciones alrededor del recinto. Diez reuniones habían terminado con una negativa. Akihiro Sarutobi había dejado claro que Konoha impediría cualquier intento de abrir los Sellos; Renjiro había dejado igualmente claro que Kirigakure no permitiría que otra aldea decidiera cuánto sufrimiento debía soportar antes de tener derecho a buscar una salida. Aquello ya no podía maquillarse como una diferencia diplomática. Uno de los dos pueblos creía estar defendiendo al mundo manteniendo aquellas prisiones cerradas; el otro creía estar salvándolo —y salvándose— al descubrir qué había ocurrido realmente con ellas. Renjiro levantó finalmente el rostro hacia todos los shinobi de la Niebla. —Kirigakure encontrará los Sellos. Los estudiaremos. Descubriremos la verdad que nuestros antepasados dejaron enterrada y, si abrirlos es la única forma de devolverle equilibrio a este mundo, los abriremos. Su expresión se endureció. —Konoha ha prometido detenernos. No hizo falta levantar la voz para pronunciar lo siguiente. —Nosotros no buscamos esta guerra... Pero si Konoha ha decidido ponerse entre Kirigakure y su derecho a sobrevivir, entonces la realidad es igualmente sencilla: estamos en guerra.

Durante varias horas más, diferentes líderes tomaron la palabra y compartieron testimonios similares. A partir de aquella mañana, cada unidad de Kirigakure que abandonara la aldea cargaría con una segunda responsabilidad además de su misión habitual: encontrar los Sellos antes que Konoha. Los archivos navales serían revisados en busca de rutas abandonadas y accidentes inexplicables; los registros antiguos de los clanes serían abiertos a investigadores; los navegantes deberían prestar atención a islas que desaparecían de los mapas, corrientes que convergían donde no deberían, animales alterados, ruinas imposibles de fechar y lugares que las comunidades locales hubieran aprendido a evitar sin recordar ya el motivo. En tierra, los shinobi investigarían historias sobre santuarios, monumentos, cavernas, formaciones extrañas y antiguas prohibiciones transmitidas de generación en generación; en el mar, cualquier anomalía podía convertirse en una pista. Rumores, supersticiones, relatos de pescadores, testimonios de viajeros, mapas incompletos: nada volvería a descartarse sin ser examinado. No todos conducirían a un Sello, pero Kirigakure ya no podía darse el lujo de ignorar ninguno. Konoha buscaba aquellas prisiones para protegerlas. La Niebla las buscaría para descubrir qué escondían. Y desde ese instante, cada shinobi que cruzara las puertas de Kirigakure llevaba consigo la misma prioridad: encontrarlas antes que la Hoja.
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