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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Fuego   ›   Konohagakure no Sato   ›   Zona Comercial
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[D] El chaperón
Yocko
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27-08-2026, 08:53 AM
2 de Verano del año 150
El chaperon [Mision D]

En Kirigakure hay una particular mezcla de clases cuando se trata de transitar por la zona comercial. Es curioso ver a los viandantes esquivando esquinas, asumiendo tácitamente unas rutas para los que huelen a laurel y otras para los que no hay perfume más que el de pescado y los frutos de los campos en que trabajan.

En una de esas esquinas, una joven de cabello rubio y ojos azules ajustaba su blusa en los hombros, con una delicadeza tal que el gesto pareció un amague apenas. Golpeaba el suelo con la punta de su zapato, marcando un ritmo impaciente mientras sus ojos escudriñaban la calle. Su impaciencia había forzado al mayordomo a acompañarla hasta el lugar, para esperar allí mismo al shinobi que la escoltaría en su jornada de compras. Sobre algunas aceras, los puestos del mercado ofrecían todo tipo de mercancías, pero ella los ignoraba por completo, con la atención puesta en el primero los negocios que visitaría.

A un paso de distancia, el mayordomo mantenía una postura rígida. Sus manos, enguantadas en blanco, se entrelazaban y separaban a sus espaldas en un ciclo constante. De vez en cuando, sacaba un reloj de bolsillo, lo consultaba con un leve fruncimiento de ceño y lo guardaba de nuevo. Su mirada evitaba cuidadosamente a la joven, fijándose en las copas de los árboles o en los adoquines, y un suspiro casi inaudible escapaba de sus labios cada vez que ella resoplaba con dramatismo.

De pronto, la silueta de Ryusuke se dejó ver entre la gente, acercándose al par. El mayordomo lo vio de inmediato. Sus hombros, hasta entonces tensos, se desplomaron y una exhalación profunda ensanchó su pecho. Los músculos de su mandíbula, apretados durante la última hora, se relajaron por completo.

Sin mediar palabra, el sirviente dio un paso atrás, cediendo su lugar junto a la chica. Esbozó una inclinación de cabeza apresurada hacia el shinobi y, antes de que el joven ninja pudiera siquiera saludar, el mayordomo giró sobre sus talones. Se alejó por la calle con una zancada sospechosamente ligera, sin mirar atrás ni una sola vez.

- Buenos días, ¿Ryusuke? - Saludó la joven. - Gracias por venir, espero no haber interrumpido su siesta. - Saludó con aquella cordura fingida, tan natural de algunos niños mimados. Luego señaló un negocio a varios metros de allí. - Vamos. - agregó y comenzó a caminar hacia el lugar.
[Imagen: q0yojli.png]
Ryusuke Uchiha
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27-08-2026, 09:26 PM
El sol ya estaba alto cuando Ryusuke se despertó, algo tarde para los estándares que su padre le hubiera exigido de estar vivo, pero exactamente a la hora que a él le parecía razonable. Se quedó un rato bocarriba tendido en su cama, mirando el techo de su cuarto, dejando que los últimos restos de sueño desapareciesen de encima con la misma pereza con la que hacía casi todo por las mañanas. No tenía prisa. La misión no empezaba hasta media mañana y él prefería llegar despierto de verdad antes que llegar temprano y sonámbulo.

Se levantó, se estiró hasta escuchar un par de tronos en la espalda, y se acercó a la ventana. El distrito de los Uchiha ya se oía activo desde temprano, los tejados rojos brillaban bajo el sol de verano. Encendió el primer cigarrillo del día apoyado en el marco, dejando que el humo se mezclara con el aire tibio que entraba, y por un momento no pensó en nada en particular. Era su manera de arrancar la jornada: un cigarrillo, silencio, y el ruido del vecindario a lo lejos.

Se vistió con la calma de siempre, sin prisa, ajustando el chaleco táctico verde oliva sobre la camiseta negra, comprobando por costumbre que el protector de Konoha estuviera bien sujeto al brazo. No era una misión que requiriera demasiado equipo. Mientras se ajustaba las sandalias, repasó mentalmente la hoja de la misión que había leído el día anterior en la Torre del Hokage. Escoltar a la hija de un noble comerciante durante un día de compras. Sin complicaciones aparentes, el tipo de trabajo que la mayoría de los genin consideraban un chiste comparado con las misiones de reconocimiento o capturar criminales. A Ryusuke no le generaba ningún entusiasmo particular, pero tampoco le molestaba. Una misión era una misión, y las cuentas no se pagaban solas. Además, después de la última semana, que había estado especialmente tranquila en cuanto a encargos, no le venía mal el movimiento, aunque fuera de este tipo.

Recordó lo que le habían comentado en la Torre. Según el secretario que le entrego la misión, la chica era consentida, protegida al extremo por un padre que temía que su belleza atrajera miradas indeseadas. Ryusuke no le dio demasiada vuelta al dato. Había escoltado antes a mercaderes, a comerciantes, a un par de nobles menores en su momento, y todos seguían más o menos los mismos patrones: dinero, la costumbre de que el mundo se acomodara a su ritmo, y una necesidad casi patológica de que alguien más cargara con el peso, literal y figurado, de sus caprichos. Ryusuke intentaba no juzgarlo demasiado.

Salió de su casa con el último resto del cigarrillo colgando de los labios y caminó hacia la zona comercial con paso relajado. Konoha en verano tenía un ritmo particular: los puestos de fruta desbordaban de color, los niños corrían descalzos entre los adultos, y el calor hacía que el aire oliera a polvo y a madera caliente. Ryusuke observaba todo esto sin mirar realmente nada en particular. Pensando en lo extraño que era el contraste entre este tipo de misiones y las que en el fondo sentía que definían lo que era ser shinobi. Su padre solía decir que un shinobi de verdad no elegía sus misiones, simplemente las cumplía, grandes o pequeñas, con el mismo nivel de compromiso. Ryusuke no estaba seguro de compartir del todo esa filosofía, pero tampoco tenía una mejor con la cual reemplazarla, así que por ahora se quedaba con esa.

Llegó a la zona comercial más temprano de lo estrictamente necesario. Se detuvo un momento en una esquina, apoyado contra la pared de un edificio, dando la última calada al cigarrillo mientras dejaba que sus ojos recorrieran la calle. El mercado ya estaba en pleno movimiento. Comerciantes gritando precios, gente regateando, pan recién hecho y pescado que llegaba de algún puesto cercano. Apagó la colilla contra la suela de su sandalia y la guardó en el pequeño estuche metálico que llevaba en el bolsillo. Fue en ese momento, todavía con la mirada perdida entre los puestos y la gente, que la vio. No hacía falta que nadie le señalara quién era la chica que debía escoltar, la escena hablaba por sí sola. Una joven de cabello rubio ajustaba su blusa con un gesto que parecía casi un amague, golpeando el suelo con la punta del zapato en un ritmo impaciente, mientras un mayordomo de guantes blancos se mantenía un paso detrás.

Terminó de acomodarse el chaleco con un gesto casual y empezó a caminar hacia ellos, sin apurar el paso, dejando que la distancia se acortara a su propio ritmo. Mientras se acercaba, no pudo evitar notar los pequeños detalles que ya empezaban a construir una imagen de la persona que iba a acompañar durante el día: la manera en que sostenía la postura, la forma en que ignoraba por completo los puestos del mercado a su alrededor, como si esas cosas simplemente no existieran para ella. Se preguntó, sin mucho interés, cuánto tiempo llevaría el mayordomo esperando ahí, aguantando quién sabe qué comentarios. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el mayordomo fue el primero en notarlo. Ryusuke vio cómo los hombros del hombre, hasta entonces tensos como cuerdas de un arco, se aflojaban de golpe, un alivio casi cómico extendiéndose por toda su postura.


Cita:—Buenos días, ¿Ryusuke? —

La voz de la joven lo sacó del breve análisis, con ese tono tan característico de quien ha aprendido a usar la cortesía como una herramienta más que como un gesto genuino. Ryusuke la miró un segundo antes de responder, sus ojos estrechos recorriéndola con esa mirada difícil de leer que lo caracterizaba, ni cálida ni fría. Reconoció el veneno dulce del comentario sin que le afectara particularmente. Ya había escoltado antes a gente con lenguas igual de afiladas, y una niña rica con ese tipo de humor era, comparado con otros trabajos, un lunes bastante tranquilo. — Así es. Buenos días. — confirmó, con la voz baja y un poco rasposa, haciendo una pequeña reverencia. — No interrumpió nada, solo un cigarrillo. Emm... — No recordaba su nombre. Vaya forma de arrancar una interacción con una clienta de ese calibre.

Se limitó a mantener esa expresión neutral, entre seria y ligeramente divertida, que dejaba a la otra persona sin demasiadas pistas sobre qué estaba pensando realmente. — Un placer — agregó esbozando una pequeña sonrisa. — Voy a acompañarla durante el día. Si necesita algo, cargarlo, pagarlo, espantarlo o partirle la cara a alguien, dígamelo y veo qué puedo hacer. — Fue lo más cercano a una broma que se iba a permitir tan temprano. Su trabajo, después de todo, no era caerle bien. Era que llegara sana y salva al final del día, sin darle a su padre ningún motivo para mandar una queja a la Torre Hokage.

Cuando ella señaló hacia un negocio a varios metros y comenzó a caminar sin esperar respuesta, Ryusuke suspiro como si ya estuviese cansado sin siquiera haber empezado, se acomodó a su paso con un movimiento relajado, y a su lado se mantuvo atento a su alrededor vigilando.
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28-08-2026, 09:32 AM
El trayecto hasta el primer destino fue corto, pero lo suficientemente silencioso como para que el contraste entre ambos resultara casi físico. Mientras ella caminaba con la ligereza de quien sabe que el mundo se aparta a su paso, Ryusuke tuvo que esquivar a un par de carretillas y agacharse instintivamente bajo un toldo de lona.

Su destino fue El Pabellón de la Grulla, una boutique de artículos de lujo donde el olor a pescado de la calle era reemplazado por una mezcla asfixiante de sándalo, cera de abejas y dinero viejo. Al cruzar el umbral, las miradas de los clientes, siendo nobles de mediana edad y sus propios escoltas de élite, se clavaron en él con esa mezcla de curiosidad y desdén reservada para los perros que entran en una carnicería.

La joven ignoró los saludos educados de la dependienta y se dirigió directamente a un mostrador de cristal tallado. Sin embargo, en lugar de empezar a elegir, se giró sobre sus talones y cruzó los brazos, esperando a que Ryusuke se acercara. Una sonrisa pequeña, casi inocente, curvó sus labios.
- Dado que su abanico de habilidades parece tan... versátil - dijo, elevando apenas el tono de voz, asegurándose de que la dependienta, que los observaba, pudiera escuchar cada palabra. - Empecemos por lo más básico. -

Con un gesto elegante, sacó tres peinetas de carey y nácar de un expositor y las sostuvo en alto. - Dígame, shinobi. Usted que tiene los sentidos tan agudizados... - Su voz era un susurro meloso, pero sus ojos azules brillaban con un desafío ineludible. - ¿Cuál de estas tres cree que favorece más a mi rostro? Y le advierto: si me dice que "todas son iguales", si intenta salir por la tangente, o si ofende a la maestra artesana que las talló con su falta de gusto... me aburrirá soberanamente. Le doy diez segundos para demostrar que usted es útil de alguna forma. -

La dependienta cruzó los brazos sobre el mostrador, esperando la respuesta del ninja con una expresión que dejaba muy claro que no perdonaría un error estético. La joven mantuvo las peinetas en alto, sonriendo dulcemente.
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Ryusuke Uchiha
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28-08-2026, 11:05 PM
Ryusuke ladeó la cabeza al recibir las tres peinetas frente a su rostro. Se limitó a cruzar los brazos, apoyar el peso en una pierna, y observar el pequeño desafío. La dependienta lo miraba fijo con rigidez como si su respuesta dependiese de si lo apuñalaba ahí mismo o no. Ryusuke le dedicó un vistazo breve a la señora, casi cordial, antes de volver la atención a las peinetas. No dijo nada de inmediato. Se tomó su tiempo, precisamente porque sabía que la joven esperaba justo lo contrario: una respuesta atropellada, nerviosa, o directamente una salida en falso que le diera motivo para reírse un rato a su costa.

— Descarto la de la izquierda de entrada. El nácar es demasiado claro, le va a competir con el brillo de su cabello en vez de acompañarlo. Va a terminar viéndose como si llevara dos soles en la cabeza. — Se acercó un paso hacia ella, lo suficiente como para poder observar mejor las otras dos piezas que quedaban en sus manos, sus ojos estrechos entrecerrándose apenas con una concentración que demostraba que se estaba tomando el ejercicio más en serio de lo que esperaba en un inicio. — Entre esas dos... — continuó, señalando con un movimiento mínimo de la barbilla hacia la peineta del centro, la de carey oscuro con vetas doradas— esa es la que le conviene. El carey tiene ese tono cálido que combina con el color de sus ojos, se los resalta. Además el tallado es más discreto, no le va a robar atención a la cara. La otra en cambio... —señaló la restante, de nácar con incrustaciones más recargadas— es bonita, pero es demasiado ruidosa. La gente va a mirar la peineta antes que a usted, y dudo mucho que sea esa la idea. — Hizo una pausa breve, evaluando el rostro de la dependienta un segundo.

Ryusuke no sonreía del todo, pero había algo en la comisura de su boca, un gesto pequeño, que sugería que disfrutaba un poco de la situación. Sus ojos volvieron a la joven, esperando su reacción con la misma calma con la que había hablado. No estaba ansioso por su aprobación pero tampoco le era indiferente del todo al resultado. Después de todo, parte del trabajo era que ella no se aburriera lo suficiente como para inventarle una tarea peor. Mientras esperaba, dejó que su atención se dividiera brevemente, casi sin esfuerzo, hacia el resto del local. Notó a un escolta de otro cliente apoyado cerca de la puerta, con el mismo tipo de mirada evaluativa que él mismo debía estar proyectando. Un breve intercambio de gestos, casi imperceptible, funcionó como el saludo silencioso que solían compartir quienes hacían el mismo trabajo, sin necesidad de palabras. El resto de los presentes seguía con sus miradas de curiosidad y desdén. — Esa es mi respuesta. —dijo, volviendo la mirada hacia la joven, con las manos todavía cruzadas sobre el pecho — Sugiero que se quede con esa. Si no, bueno, siempre puede pedirle una segunda opinión a la dependienta, que me imagino sabe bastante más que yo de peinetas. —

Lo dijo sin ninguna intención de sonar arrogante. Su mirada, sin embargo, seguía atenta al lenguaje corporal de la joven, calculando si el comentario había caído bien, mal, o en un punto intermedio. Al mismo tiempo no podía evitar notar su indiscutible belleza. Era cautivadora, y le tomaba esfuerzo no dejarse llevar por ella. Aprovechó el silencio que siguió para meter una mano en el bolsillo del chaleco, rozando el estuche metálico donde guardaba las colillas, un gesto casi automático que hizo sin sacar nada, más una costumbre que una necesidad real de fumar en ese momento. El ambiente cargado de sándalo y cera de abejas no era precisamente el más adecuado para encender un cigarrillo, y aunque la idea le cruzó la cabeza brevemente, la descartó sin mucho esfuerzo. No quería sumar otro motivo para que los nobles del local lo miraran con más desprecio del que ya le dedicaban.

Echó un vistazo rápido al resto del mostrador, a las otras piezas expuestas bajo el cristal tallado, peines, broches, alguna que otra horquilla con piedras que probablemente costaban más que la casa en la que él había crecido. No dijo nada al respecto, aunque una parte de él hizo una nota mental sobre lo abismal que era la diferencia entre el mundo en el que él se movía normalmente y el que esta joven pisaba todos los días sin siquiera notarlo. — Por cierto — agregó, con un tono ligeramente más bajo, casi como una acotación al margen, dirigida más a sí mismo que a ella, aunque lo bastante fuerte como para que lo escuchara si prestaba atención— la maestra o el maestro que talló esto tiene buena mano. El trabajo en el carey no es fácil, esas vetas doradas son muy refinadas y difíciles de lograr. Así que si termina por quedarse con esa, mándele elogios de mi parte. — Fue un comentario poco habitual de su parte. Se podría considerar hasta raro de escuchar viniendo de él. Pero tal vez el haberle involucrado en el tema de las peinetas hizo que se lo tomase mas en serio de lo que lo haria otro.
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29-08-2026, 08:05 PM
La dependienta, que había estado conteniendo la respiración, soltó un suspiro casi reverente y asintió con rapidez. - Una elección impecable, señorita. El carey realza maravillosamente su tono de piel - dijo, lanzándole a Ryusuke una mirada de respeto que antes no existía.

La joven, sin embargo, no sonrió. La chispa de diversión que había iluminado sus ojos azules un minuto antes se extinguió de golpe, reemplazada por una frialdad calculadora. Su mandíbula se tensó de forma casi imperceptible. Había esperado un tropezón, una excusa torpe o, en el mejor de los casos, una adulación babosa. En su lugar, había recibido un análisis táctico. - Por fortuna no estoy comprando tales cosas, porque habría elegido la clase más simple - dijo con voz plana, sin mirarlo. Se giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia otro exhibidor, dejando las tres peinetas sobre el mostrador, como si tuviera asco de volver a tocarlas.

Desde el fondo del local, uno de los nobles de mediana edad, que había estado observando la escena, soltó una risa breve y ruidosa. - ¡Vaya! - exclamó, dirigiéndose a su propio escolta con un gesto de desdén hacia Ryusuke. - ¿Desde cuándo los shinobi se dedican a la crítica de moda? Supongo que cuando no hay guerras que pelear, también hay que entretenerse con los tocadores de las damas. - Su escolta, un hombre corpulento con cicatrices en el rostro, asintió a su amo con una sonrisa fugaz, como se esperaría de una mascota gigante, mirando a Ryusuke con el mismo desagrado que lo hacía su amo.

La joven ignoró por completo el comentario, pasando los dedos por un estante de broches con la misma delicadeza con la que alguien hojea un menú sin intención de ordenar. Después de unos segundos, se detuvo frente a un broche de plata con incrustaciones de lapislázuli. Lo tomó entre el pulgar y el índice, sosteniéndolo en alto para que la luz de las lámparas se reflejara en las piedras.
- Este - dijo, sin girarse, dirigiéndose a la dependienta. - ¿Cuánto? - La dependienta consultó una etiqueta pequeña. — mil cuatroscientos ryos, señorita. - La joven asintió. - Empáquelo - La dependienta no vaciló ni un instante e hizo lo propio.

- Y usted. - La noble dio un paso hacia el shinobi, invadiendo mínimamente su espacio personal - Ya que tiene tan buen ojo para los detalles, y ya que aparentemente aprecia el trabajo bien hecho... - Sus ojos azules lo escudriñaron sin piedad. - A partir de ahora, cada objeto que compre será responsabilidad de sus manos. Si un solo paquete llega a mi mansión con una arruga, una mancha o el más mínimo golpe... asumiré que su atención estaba en otra parte, y le descontaré el valor de la reposición de su paga. ¿Queda clara la instrucción? -
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Ryusuke Uchiha
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05-09-2026, 03:17 AM
Ryusuke le devolvió la mirada a la dependienta con una calma tranquila, casi satisfecho por dentro. Él sabía que había hecho la mejor elección posible entre las tres opciones, y el comentario de la mujer no hacía más que confirmar algo que ya daba por sentado. No necesitaba que nadie se lo validara, pero tampoco le molestaba escucharlo. Fue la reacción de la joven la que le cambió el semblante. Vio cómo la chispa de diversión que le había brillado en los ojos apenas un minuto antes se apagaba de golpe, sustituida por algo mucho más frío. Un endurecimiento mínimo en la mandíbula, casi imperceptible para cualquiera que no estuviera acostumbrado a leer gestos pequeños en momentos tensos. Ryusuke sí lo notó.


El ceño de Ryusuke se frunció apenas, una arruga breve entre las cejas que delataba una confusión genuina mezclada con algo de ofensa. No entendía del todo la lógica del comentario. Ella le había dado tres opciones, él había elegido la mejor de las tres con criterios que hasta la propia dependienta había validado, y aun así el veredicto terminaba siendo un insulto disfrazado de indiferencia. No le pareció justo. Y para variar, decidió que esta vez no se iba a quedar callado.

— ¿Si no le gustaba ninguna de las tres entonces para que me hizo elegir? — Lo dijo sin alzar la voz, sin necesidad de subir el tono. Simplemente lo dejó ahí, flotando, con la misma frialdad con la que ella se lo había servido a él. La vio girar y alejarse hacia otro exhibidor, dejando las tres peinetas sobre el mostrador con un gesto que casi rozaba el desprecio, como si tocarlas de nuevo fuera a mancharle los dedos. Ryusuke no dijo nada más al respecto, dejando que el silencio hiciera el resto del trabajo.

Fue entonces cuando escuchó la risa. Breve, ruidosa, viniendo del fondo del local. Giró la cabeza lo justo para ubicar al noble de mediana edad que la había soltado, y a su escolta corpulento, con esas cicatrices que hablaban de un pasado bastante menos aburrido que la mañana que estaba teniendo ahora. Ryusuke giró la cabeza hacia él con lentitud deliberada, y le sostuvo la mirada con una frialdad que no necesitaba levantar la voz para resultar intimidante. Sus ojos estrechos se clavaron en el noble unos segundos de más "Solo hay un tocador de damas, y lo estoy mirando" pensó. No lo dijo. No hacía falta gastar el aliento en alguien que solo buscaba sentirse superior frente a su propio escolta. Además quería ahorrarse el buscar problemas. Para eso ya estaba su querida y noble niña rica que parecía ser de esas que generan problemas a diario. Se limitó a sostenerle la mirada un instante más, dejando que el silencio pesara más que cualquier respuesta ingeniosa, y luego, con la misma calma con la que había atendido todo lo demás, dejó que su atención volviera a la joven.

El escolta del noble le devolvió una mirada de desagrado, casi obediente, como si el desprecio fuera parte del trabajo que le tocaba replicar. Ryusuke no le dedicó más de un parpadeo. Sabía que la mejor respuesta era simplemente no darle ni una gota más de importancia de la que merecía. Mientras tanto, la joven ya recorría un estante de broches con los dedos. Ryusuke se acercó un par de pasos, sin invadir demasiado, y observó el broche de plata con incrustaciones de lapislázuli que ella sostenía en alto, dejando que la luz de las lámparas jugara sobre las piedras. Tuvo que admitir, aunque solo fuera para sí mismo, que la pieza estaba a otro nivel comparado con las peinetas de carey que él había elegido minutos antes. El trabajo en la plata era más fino, las incrustaciones de lapislázuli mucho más caras y mejor talladas.  — No está mal —fue todo lo que dijo, con tono neutral que no dejaba ver si el comentario era un cumplido genuino o una forma discreta de no darle más protagonismo del necesario a la joya.

Ryusuke no hizo ningún comentario sobre la cifra, aunque por dentro, tomó nota de la diferencia abismal entre lo que él ganaba en meses de misiones y lo que ella acababa de gastar sin pestañear. Fue entonces cuando ella se giró hacia él, y Ryusuke notó el cambio de postura antes incluso de que hablara. Un paso más cerca de lo normal, invadiendo apenas su espacio personal, con esa mirada azul que no podía evitar que le genere cosas por su belleza. Ryusuke escuchó cada palabra de la joven sin moverse, sin siquiera descruzar los brazos.

Ryusuke chasqueó la lengua contra el paladar  —Tsk— No hizo ademán de protestar. Sabía reconocer cuándo una batalla no valía la pena. — Claro, no se preocupe — respondió, sin ningún rastro de sarcasmo evidente en el tono, aunque el chasquido previo ya hubiera dejado clara su opinión al respecto sin necesidad de una sola palabra más. Extendió una mano hacia el mostrador donde la dependienta ya estaba envolviendo el broche con papel de seda, ofreciéndose a cargarlo apenas estuviera listo, sin esperar a que se lo pidieran dos veces. Cuando el paquete estuvo listo, lo tomó con un cuidado casi exagerado, sosteniéndolo con ambas manos como si fuera una bomba, aunque su rostro no dejara traslucir nada de eso. Se acomodó el paquete bajo el brazo, en un ángulo que le permitiera seguir teniendo las manos libres si hacía falta, y volvió la vista hacia la joven, esperando la siguiente orden con la misma paciencia estoica de siempre. — ¿Seguimos? — preguntó.
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