Día: 51 de Verano — 8:00 p. m.
País de las Olas — Ciudad de Velamar
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La misión había comenzado con una anomalía que, sobre el papel, parecía demasiado pequeña para justificar la intervención de shinobi: una campana. Durante tres noches consecutivas, embarcaciones aproximándose a Velamar habían escuchado entre la niebla una señal marítima que no figuraba en ninguno de los registros modernos de la ciudad. Los capitanes más jóvenes simplemente habían corregido el rumbo; los más viejos, en cambio, reconocieron inmediatamente la secuencia. Era una advertencia utilizada generaciones atrás para indicar que un puerto no era seguro: No entren. Dos barcos casi habían terminado contra los acantilados intentando reaccionar en mitad de la niebla, otros habían comenzado a evitar Velamar por completo y, ante la proximidad de una nueva marea nocturna, las autoridades habían solicitado que un pequeño grupo de shinobis encontrara el origen de la señal antes de que volviera a repetirse.
Para llegar hasta allí, los shinobis del Bosque y del Mar habían atravesado la Cordillera de las Brisas siguiendo el antiguo camino que cruzaba por su interior. Cuando las carretas abandonaron finalmente la salida norte de la cueva, la noche ya se había asentado sobre aquella parte de la península y Velamar apareció frente a ellos hacia el este, extendida en terrazas sobre un enorme acantilado que descendía directamente hacia el océano. El camino de piedra conducía primero hasta una monumental puerta fortificada construida contra la propia montaña; un arco ancho, muros gruesos, tejados de madera oscura y grandes portones que parecían capaces de cerrar completamente aquel acceso a la ciudad. Faroles protegidos por estructuras de vidrio se repetían a ambos lados de la calzada, proyectando luz sobre las piedras húmedas y formando una línea prácticamente perfecta hasta la entrada. Más allá de aquella muralla, la ciudad ascendía por distintos niveles siguiendo la pendiente natural del risco: edificios antiguos de piedra y madera, residencias de tejados inclinados, escalinatas, muros de contención y calles estrechas conectaban unas terrazas con otras hasta alcanzar las zonas más altas.
Velamar dominaba el mar desde arriba. Varias torres marítimas se alzaban sobre los puntos más expuestos del acantilado, algunas enormes y visibles desde prácticamente cualquier lugar de la ciudad, otras pequeñas construcciones levantadas sobre promontorios aislados. Sus luces atravesaban lentamente la bruma que comenzaba a acumularse junto a la costa. Muy por debajo de las puertas podía distinguirse el puerto al este: muelles rectos extendiéndose sobre el agua, viejos almacenes construidos prácticamente contra la roca, pequeños astilleros, grúas de madera y embarcaderos organizados en filas cuidadosamente separadas. No había nada improvisado en aquella disposición. Incluso las construcciones que parecían haber sido añadidas siglos después seguían una lógica rígida, como si cada generación hubiese preferido adaptar la ciudad antes que modificar la estructura heredada de la anterior. Desde la distancia, las decenas de ventanas iluminadas y faroles repartidos por las terrazas hacían que Velamar pareciera una sucesión de niveles perfectamente ordenados suspendidos entre la montaña y el mar.
Y, aun así, resultaba extraordinariamente silenciosa. No llegaba desde el puerto el estruendo habitual de una ciudad marítima; apenas el golpe distante del oleaje contra los riscos, algún crujido procedente de los muelles inferiores y el sonido ocasional de una campana horaria. A aquella hora la actividad comercial había disminuido casi por completo. Los grandes portones seguían abiertos, pero frente a ellos permanecían guardias ceremoniales y funcionarios encargados de registrar cada entrada. Las carretas no podían simplemente atravesar Velamar y continuar. Había un lugar preciso donde detenerse, una línea de piedra que marcaba hasta dónde podían avanzar los visitantes y, al parecer, una persona específica encargada de decidir cuándo podían cruzarla...El problema era precisamente que aquella campana no respetaba ninguno de esos órdenes. Los registros consultados por las autoridades no mencionaban ninguna torre activa en la zona desde la que parecía proceder el sonido, y las patrullas enviadas las noches anteriores no habían encontrado a nadie manipulando las estructuras conocidas. La señal aparecía únicamente durante determinadas horas, siempre envuelta por la niebla y con suficiente intensidad como para confundirse con el antiguo sistema de orientación marítima. Esa noche se esperaba que las condiciones volvieran a repetirse dentro de pocas horas.
Las carretas redujeron la marcha hasta detenerse frente a la línea de piedra situada antes del gran portón. Un hombre de edad avanzada levantó una mano antes de que el conductor de la primera pudiera avanzar un metro más. Vestía una túnica azul oscura perfectamente cerrada hasta el cuello, llevaba varias tablillas sujetas bajo un brazo y un pequeño emblema metálico de la administración marítima sobre el pecho. Revisó primero los documentos entregados por el conductor, después contó lentamente a los ocupantes de ambas carretas y solamente entonces levantó la mirada hacia los shinobi. —Bienvenidos a Velamar. Mi nombre es Hōren Mikazuki, secretario auxiliar de la Oficina de Señales Marítimas. Y...Según el registro, creo que ustedes son el grupo solicitado para investigar el incidente de las campanas. Pasó una página de la tablilla. El secretario les resumió la situación y continuó:
—Debo aclarar tres cosas. La campana volvió a sonar anoche exactamente a las ocho y cuarenta y siete. Ninguna de nuestras torres realizó esa secuencia. Ningún funcionario tenía autorización para realizar pruebas. Y, hasta donde indican nuestros archivos, la campana que los marineros aseguran haber escuchado... no existe desde hace más de doscientos años.
El hombre cerró la tablilla con un pequeño golpe seco. —Tenemos aproximadamente cuatro horas antes de que la marea vuelva a alcanzar el nivel en que se produjeron los sonidos anteriores. He preparado acceso a los registros municipales, al archivo de cartografía costera y a los depósitos de la antigua oficina naval. Cualquier otra sección de la ciudad requerirá autorización adicional.
Hōren hizo una pequeña pausa antes de añadir, con la misma seriedad con la que había recitado todo lo demás: —Y les agradecería que no forzaran ninguna puerta histórica. La última vez que trajimos shinobi para resolver un problema administrativo perdimos una bisagra del período fundacional. Todavía estamos procesando la documentación.
Detrás de él, los guardias comenzaron finalmente a abrir los enormes portones de madera. A través de ellos aparecía la primera avenida de Velamar, empedrada, iluminada por faroles perfectamente espaciados y ascendiendo entre viejas construcciones hacia las terrazas superiores. Más allá, las grandes torres marítimas permanecían inmóviles sobre los acantilados mientras la niebla avanzaba lentamente desde el océano y comenzaba a cubrir las estructuras más bajas del puerto. En algún punto entre aquellos muelles, los archivos centenarios, las torres y las capas de piedra sobre las que se había levantado la ciudad existía una campana que oficialmente llevaba dos siglos desaparecida. Los shinobi disponían de unas pocas horas para determinar desde dónde estaba sonando, por qué había comenzado a hacerlo precisamente ahora y cómo impedir que volviera a desviar embarcaciones cuando regresara la bajamar. Por el momento, sus únicas pistas eran la coincidencia con la marea, una señal marítima olvidada y una ciudad que parecía recordar meticulosamente cada piedra colocada en sus calles... excepto aquella parte de su pasado que estaba llamando desde algún lugar bajo ellas..
Side Quest en Progreso. escribió:• Dificultad: B
• Esta Side Quest ocurre al mismo tiempo que [Side Quest B]La Ciudad que Nunca Amarra. Solo se puede participar en una.
• Se posteará una ronda nueva cada 56 a 72 horas.
• No hay orden de posteo .
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