Shinobi Gaiden Foro Rol
  • Guías
  • Técnicas
  • Información ▾
    • Mapa del Mundo
    • Virtudes y Defectos
    • Registro de Personajes
    • Objetos
    • Calc. de Estadísticas
    • Censo y Estadísticas
  • Iniciar Sesión
  • Regístrate
  • Primeros pasos
Kinzo modo seguro
忍 SG
知
¿Sabías que… antes de ser famosos por sus técnicas mentales los Yamanaka eran conocidos como adivinadores?
Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?
Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Resto del Mundo   ›   Paises del Mar del Este   ›   Pais de las Olas
« Anterior 1 2 3 Siguiente »
  ›   [Misión Simple] [Autonarrada C] El banco de los que no volvieron
Responder
[Autonarrada C] El banco de los que no volvieron
Issei
Rango Genin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza60(3)
Destreza75(4)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud9
Velocidad10
Tenketsu12
Sigilo18
495
580
Enlace al Post
18-08-2026, 09:51 PM
Cuando llegué a aquel pequeño pueblo comprendí enseguida por qué habían recurrido a solicitar los servicios de un shinobi. No porque el problema fuera difícil, sino porque nadie allí quería hablar de él.

El lugar era poco más que una sucesión de casas bajas de madera levantadas alrededor de una pequeña bahía. Redes tendidas entre postes, cajas de pescado apiladas junto a los muelles y barcos que parecían haber sobrevivido a más tormentas de las que sus dueños estaban dispuestos a contar. El aire olía a sal, algas y madera húmeda, mezclado con el humo de las chimeneas, y prácticamente todos los habitantes tenían las manos marcadas por años de trabajo. Me recordaba bastante a algunas zonas de Kirigakure.

El banco que buscaba estaba al final de un pequeño paseo de piedra. Era viejo, muy viejo, con la madera grisácea por la sal y varias reparaciones hechas con tablas de distintos colores. No era bonito ni especialmente cómodo, pero estaba colocado en un punto desde el que se veía toda la bahía. Faltaban tres tablas las cuales no estaban rotas, sino que habían sido arrancadas.

Me agaché frente a él y pasé los dedos por uno de los huecos. Las marcas de los clavos eran recientes; la madera había sido extraída con cuidado, probablemente con una herramienta sencilla de palanca. Miré hacia el agua y después hacia el pueblo.

— ¿Y nadie ha visto nada?

El anciano que me había entregado la misión negó con la cabeza.

— Por la noche no solemos salir.

— ¿Y durante el día?

Vaciló un instante.

— Durante el día… tampoco.

Levanté una ceja, pero no insistí. La gente que no quiere hablar suele decir más con lo que evita que con lo que responde.

Pasé la mañana preguntando a pescadores, comerciantes y vecinos. Las respuestas fueron siempre las mismas: nadie sabía nada, nadie había visto a nadie, nadie entendía por qué alguien querría destruir un banco. Demasiadas coincidencias para un lugar tan pequeño.

Al mediodía volví a la bahía y me senté en él para entender por qué aquel sitio importaba tanto. Desde allí se veía el pueblo entero, el mar abierto, los barcos entrando y saliendo y una pequeña isla rocosa a lo lejos.

Esperé una hora, después otra.

No ocurrió nada, y empecé a pensar que quizá estaba perdiendo el tiempo, hasta que vi a un pescador anciano salir de una casa, acercarse al banco y quedarse mirándolo durante varios segundos. No se sentó ni se acercó más, solo me observó y se marchó.

Al día siguiente repetí la misma rutina. Esta vez aparecieron dos personas: una mujer dejó unas flores junto a una de las patas antes de irse sin decir nada, y un joven se detuvo unos segundos antes de seguir su camino. Nadie se sentaba ni parecían querer hacerlo. Fue entonces cuando entendí que el banco no era un banco, al menos no para ellos, sino un lugar, un recuerdo… y alguien estaba arrancando sus tablas.

Esperé hasta el anochecer y cuando la mayoría de las ventanas del pueblo comenzaron a iluminarse, escuché un sonido: era un golpe seco seguido de otro, como si fuera madera contra madera. Me oculté entre dos construcciones cercanas y observé.

Una figura apareció en la oscuridad. Era un muchacho de dieciséis o diecisiete años, con una bolsa de herramientas al hombro y una determinación extraña. Se arrodilló frente al banco, sacó una palanca y comenzó a arrancar otra tabla. No lo detuve, pues quería ver qué hacía después.

Cuando la liberó, la sostuvo unos segundos y luego la lanzó al mar. La madera golpeó el agua y desapareció entre las olas.

— ¿Por qué haces eso?

Se quedó inmóvil y giró la cabeza, pero no respondió. Yo me acerqué despacio.

— Llevas semanas haciéndolo.

— No sé de qué hablas.

Miré la herramienta en su mano. No parecía un criminal, sino más bien una persona enfadada, eso cambiaba mucho las cosas.

— ¿Quién te mandó?

— Nadie.

— Entonces, ¿por qué?

No respondió, por lo que me acerqué un poco más.

— Si quisieras destruirlo, lo habrías quemado. Si quisieras vender la madera, la habrías aprovechado. Si quisieras molestar a alguien, hay formas más fáciles.

Se quedó mirando el mar—. No quiero destruirlo.

Aquella respuesta sí me interesó

— Entonces, ¿qué estás haciendo?

Tardó unos segundos en responder—. Quitando las tablas.

— Eso ya lo había visto.

Apretó la mandíbula.

— Porque ellos siguen viniendo —señaló el banco—. Los que se fueron.

Guardé silencio, dejando que el muchacho hablara, quien me explicó todo poco a poco. Aquel banco había sido construido por los pescadores del pueblo como punto de encuentro para las familias que esperaban el regreso de los barcos. Con los años, las tormentas se llevaron embarcaciones enteras: algunos perdieron a uno, otros a dos, otros a casi todos. El banco terminó convertido en un memorial improvisado.

El problema era que el pueblo había empezado a idealizar a los desaparecidos, y su padre era uno de ellos. Para los demás, era un pescador valiente, un buen hombre, alguien que murió haciendo su trabajo. Para el muchacho, en cambio, era alguien distinto: un hombre que volvía borracho, que discutía, que desaparecía dinero, que dejaba a su madre esperando junto a la ventana. No quería que lo convirtieran en un héroe solo porque había muerto, por eso arrancaba las tablas. No para destruir el banco, sino para impedir que el pueblo siguiera construyendo una versión que no existía.

Lo observé unos segundos sin sentir pena ni indignación, solo buscando una solución práctica.

— ¿Y qué crees que conseguirás tirándolas al mar?

— Que algún día desaparezca.

— No va a desaparecer —señalé el banco—. Lo van a reparar.

— Entonces volveré a quitarlas.

— Y ellos volverán a ponerlas.

El silencio se hizo pesado, aquel chico por primera vez parecía no tener respuesta.

— Estás perdiendo.

Aquello le dolió más de lo que esperaba.

— No quiero ganar.

— Entonces... ¿tampoco sabes lo qué quieres?

El silencio se prolongó hasta que le pregunté por la última tabla. Él señaló el agua y yo la localicé entre unas rocas, a pocos metros de la orilla.

— Vamos.

— ¿Adónde?

— A buscarla.

Me miró sin entender nada

— Si vas a seguir haciéndolo, al menos aprende a no destrozarlas.

Entramos en el agua y recuperamos la tabla, después volvimos al banco. No lo obligué a colocarla; lo hizo él mismo.

Al día siguiente, el pueblo entero parecía saber lo ocurrido, pero el anciano que había solicitado la misión se limitó a acercarse al muchacho y preguntarle si quería hablar. El chico dijo que no, así que el anciano respondió que entonces podía esperar y se sentó en el banco. Por primera vez en mucho tiempo, alguien ocupó aquel lugar sin mirar al mar como si esperara un fantasma.

Observé la escena desde unos metros, la misión había terminado. Antes de marcharme me quedé mirando las tablas reparadas: algunas nuevas, otras antiguas, una incluso con las marcas originales de los clavos. Quizá aquello era lo más parecido que tenía el pueblo a una memoria: no era perfecta ni limpia, pero sí resistente.

No terminaba de entender por qué aquel anciano había pagado por una misión de rango C para resolver algo que, desde fuera, parecía tan insignificante. Aquello se podría haber resuelto pagando mucho menos. Pero supongo que el valor de las cosas es algo completamente subjetivo; lo que para mí podía ser una pérdida de tiempo, para otra persona podía significar suficiente como para pagar de más por ello.

Al menos había aprendido algo durante aquella misión: No siempre era necesario que algo tuviera un gran valor para merecer ser protegido.

Me di la vuelta y emprendí el camino de regreso.
[Imagen: xd.png]
Masashi Kishimoto
Enlace al Post
18-08-2026, 09:57 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Autonarrada C] El banco de los que no volvieron (TID 14607)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Issei — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
Enlace al Post
18-08-2026, 10:02 PM
[Imagen: g8IfIJt.jpeg]
}
閉
🔒 Tema cerrado
Este tema ha sido cerrado.
Responder
Salto de foro:

Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)