16-08-2026, 09:20 PM
Última modificación: 16-08-2026, 09:21 PM por Kami Inuzuka.
13 de Verano del 150
El sonido del agua corriendo por el Río Naka hacía que aquel rincón del bosque resultara especialmente tranquilo. Había decidido detenerme un rato junto a la orilla antes de regresar a casa, dejando que Balto olisqueara los alrededores a su aire. Por una vez, parecía entretenido con algo que no implicaba robar comida, perseguir animales o provocar algún tipo de desastre.
Hasta que escuché un chapoteo.
A pocos metros de nosotros, un pequeño conejo había bajado hasta la orilla para beber. Me quedé observándolo durante unos segundos, procurando no hacer ningún movimiento brusco para no asustarlo. Balto también lo había visto. Al principio permaneció quieto, pero pude notar cómo su cuerpo comenzaba a tensarse y cómo fijaba la mirada en el animal.
— Ni se te ocurra.
Demasiado tarde, pues el perro salió disparado hacia el conejo antes de que pudiera siquiera levantarme. El pobre animal intentó escapar dando un salto hacia los arbustos, pero Balto fue más rápido y consiguió alcanzarlo, cerrando las fauces alrededor de una de sus patas.
— ¡BALTO! —mi grito resonó entre los árboles.
El ninken se quedó completamente paralizado, soltó al conejo de inmediato y bajó las orejas, mirándome con una expresión que dejaba bastante claro que sabía perfectamente que había hecho algo malo.
— ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no puedes atacar a los animales porque sí?!
Señalé hacia el conejo, intentando contener el enfado mientras Balto permanecía con la cabeza agachada.
— ¡Míralo! ¡Le has hecho daño!
Me arrodillé junto al pequeño animal, que se había quedado inmóvil sobre la hierba. La pata que Balto había mordido presentaba una pequeña herida y el conejo parecía completamente asustado.
— Tranquilo... tranquilo, no pasa nada.
Extendí las manos lentamente, procurando no asustarlo más.
— Lo siento mucho... De verdad. Ese tonto no quería hacerte daño.
Eché un vistazo hacia Balto, que seguía con las orejas gachas, sentado unos metros más atrás. Volví a concentrarme en el conejo y un suave resplandor verdoso comenzó a cubrir mis manos mientras canalizaba mi chakra hacia la herida. Procuré hacerlo con cuidado, manteniendo una presión ligera mientras la energía comenzaba a cerrar poco a poco el daño.
—Eso es... aguanta un poquito. Ya casi está.
Mientras lo curaba, no podía evitar mirar de reojo a Balto de vez en cuando. Seguía enfadada con él, mucho.
— Cuando terminemos con esto, tú y yo vamos a tener una conversación muy seria.
Balto soltó un pequeño quejido.
— Y no pongas esa cara. Esta vez sí estás castigado.