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[Misión D] Guardia Nocturno
Rin to Rei
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15-08-2026, 08:11 PM
Última modificación: 15-08-2026, 08:20 PM por Rin to Rei.
Misión
● Nombre de la Misión: Guardia Nocturno
● Información de la Misión: Un restaurante de comida (¡duh!) nocturna está presentando problemas con unos matones que llegan a exigir dinero por "protección" cuando los únicos revoltosos son ellos. Los dueños se niegan a pagar dicha cuota, en cambio a solicitado protección de parte de la aldea. La aldea ha decidido usar este momento para poner un ejemplo y encerrar a los delincuentes, envían a Kishue para vigilar el local hasta que vuelvan los matones, se encargue de ellos y los encierre unas noches.
● Rango y Tipo de la Misión: Misión simple rango D
● Fecha y Lugar: 27 Verano 150 - Zona Comercial de Kirigakure
● Cantidad de Usuarios: Kishue & Rin & Rei
● Cantidad máxima de horas por ronda: 24 Horas (A trabajar perras)

[Imagen: PwLDhoK.jpeg]
27 Verano 150
Restaurante Akai Koi
Zona Comercial de Kirigakure
La convocatoria llegó durante las primeras horas de la tarde, cuando la luz gris de Kirigakure comenzaba a perder fuerza detrás de una capa uniforme de nubes. Rin y Rei se presentaron en el ayuntamiento antes de que el frío nocturno terminara de apoderarse de las calles. Ninguna conocía todavía la naturaleza del encargo, pero el horario indicado y la orden de llevar equipo suficiente sugerían que no se trataba de una tarea administrativa ni de otra misión doméstica.

El vestíbulo conservaba su movimiento habitual: funcionarios transportando carpetas, mensajeros entrando con las sandalias húmedas y shinobi que aguardaban frente a distintos mostradores. Sin embargo, el sector de asignaciones estaba menos concurrido que durante la mañana. Las lámparas ya habían sido encendidas y proyectaban sobre las paredes una claridad amarillenta que parecía demasiado cálida para atravesar la humedad adherida al edificio.

Las hermanas se aproximaron al mostrador y entregaron la citación. La funcionaria comprobó sus nombres antes de pedirles que la acompañaran hasta una sala contigua. Allí las esperaba un hombre de uniforme administrativo junto a una mesa sobre la que descansaban un expediente, un mapa parcial de la zona comercial y una fotografía de la fachada de un restaurante. Tres nombres aparecían registrados en la hoja de asignación: Rin, Rei y Funato Kishue.

Kishue todavía no se encontraba allí. Rin reparó en su ausencia sin convertirla en una pregunta. La hora de reunión permitía que recibiera el informe por separado o que se presentara directamente en el establecimiento. Después de dos años compartiendo la Academia y varias experiencias recientes, su participación ya no constituía una incertidumbre absoluta. Conocían su tendencia a tomar la iniciativa, su capacidad para adaptarse y también la facilidad con la que una persecución podía alejarlo del grupo si algo despertaba suficientemente su orgullo.

El funcionario abrió el expediente y giró la primera hoja hacia ellas.

<El propietario de este restaurante solicitó protección después de sufrir varios episodios de extorsión. Un grupo de hombres se presenta durante la noche, exige dinero a cambio de no causar daños y amenaza tanto al dueño como a sus trabajadores. La situación comenzó con intimidaciones verbales, pero ha escalado. En la última visita rompieron parte del mobiliario y golpearon a uno de los empleados>

Rin observó la fotografía. El edificio parecía formar parte de una hilera antigua de establecimientos construidos en madera, con una entrada amplia y faroles suspendidos bajo el alero. No había defensas visibles ni razones para que un restaurante necesitara tenerlas. Precisamente por eso lo habían escogido. Los extorsionadores no buscaban un enfrentamiento justo; buscaban a alguien cuya necesidad de mantener abierto el negocio pesara más que su capacidad para resistirse.

<¿Cuántos son?> preguntó Rin
<El propietario ha visto entre cuatro y seis, aunque no siempre acuden los mismos. Desconocemos si forman parte de un grupo mayor. Ninguno ha mostrado protector shinobi ni utilizado técnicas conocidas, pero no deben asumir que carecen de entrenamiento. Se mueven con suficiente organización para vigilar las calles antes de entrar>

Rei dirigió la mirada hacia el mapa. El restaurante ocupaba una esquina cercana a dos callejones secundarios y a una vía comercial que perdía tránsito después del cierre de los puestos. Existían varias rutas de aproximación y retirada. Los hombres podían mezclarse entre clientes, llegar por el frente o utilizar las cocinas y almacenes vecinos para ocultarse hasta el momento adecuado.

<¿El dueño ha pagado anteriormente?>
El funcionario vaciló apenas antes de responder.
<Sí. Dos veces. La primera cantidad fue pequeña. La segunda aumentó. Cuando se negó a entregar una tercera, dañaron el local y prometieron regresar esta noche. El ayuntamiento quiere capturarlos, identificar a sus colaboradores y dejar claro que amenazar a los habitantes de Kirigakure tendrá consecuencias>

Aquello modificaba la misión. No bastaba con ahuyentarlos ni impedir que rompieran otra mesa. Si los extorsionadores escapaban, volverían cuando el equipo se retirara o escogerían otro negocio con menos recursos para pedir ayuda. Debían permitir que se acercaran lo suficiente para confirmar sus intenciones, cerrar las rutas de retirada y reducirlos sin poner en riesgo a quienes permanecieran dentro del restaurante.

<Entonces no quieren que huyan> concluyó Rin
<Exactamente. Servirán como guardia hasta su llegada. Una vez que se identifiquen y reiteren las amenazas, deberán capturarlos y entregarlos a las autoridades. Se busca una intervención visible. No una ejecución>

Los ojos dorados de Rin permanecieron sobre el funcionario durante un instante. La aclaración no resultaba innecesaria. Kirigakure podía exigir severidad sin confundirla con una matanza. Unos delincuentes comunes debían llegar vivos a una celda para responder preguntas, identificar al resto del grupo y convertirse en el ejemplo solicitado. Muertos solo dejarían silencio y espacio para que otros ocuparan su lugar.

Rei cerró la carpeta después de revisar la información disponible. El encargo favorecía capacidades distintas en cada una. Rin podía sostener la línea frontal y eliminar físicamente las posibilidades de escape. Rei podía observar a los sospechosos, provocar contradicciones y determinar quién dirigía al grupo antes de que el enfrentamiento comenzara. Kishue, cuando llegara, añadiría velocidad, sentidos agudos y una presencia capaz de adaptarse a los movimientos imprevistos.

<Necesitaremos saber cuántos trabajadores permanecerán allí, dónde se refugiarán y qué daños anteriores pueden confundirse con los de esta noche> señaló Rei <El propietario podrá completar lo que falta>
<Los espera antes del anochecer. Ha reducido las reservas y piensa cerrar temprano, aunque mantendrá el restaurante funcionando para no advertir a los extorsionadores. El resto deberán decidirlo con él>

El funcionario les entregó una copia del informe, la dirección y una autorización para trasladar a los detenidos. Rin guardó los documentos mientras Rei memorizaba las calles alrededor del establecimiento. Ninguna pidió más explicaciones. El expediente proporcionaba la estructura; la realidad del lugar determinaría el plan.

Abandonaron el ayuntamiento cuando la tarde se encontraba en su último tramo. La temperatura había descendido y una neblina fina comenzaba a formarse cerca de los canales, extendiéndose sobre las piedras como una tela que todavía no alcanzaba suficiente densidad para ocultar las calles. El aire olía a agua fría, carbón y comida preparada en los establecimientos que iniciaban su servicio nocturno.

Kirigakure cambiaba de rostro a aquella hora. Los puestos diurnos cerraban sus contraventanas mientras las casas de comida encendían lámparas y braseros. Las conversaciones se trasladaban desde las calles hacia espacios interiores, dejando los senderos paulatinamente vacíos. Era una transición conveniente para los extorsionadores: suficientes personas para disimular su llegada, pero no tantas como para garantizar testigos dispuestos a intervenir.

Rin avanzaba ligeramente por delante, estudiando las intersecciones. No esperaba un ataque durante el trayecto, pero comenzaba a construir una imagen del terreno desde mucho antes de alcanzar el objetivo. Contó las rutas principales, los tejados bajos y los callejones capaces de conducir hacia canales navegables. Si los hombres conocían el sector, seguramente habrían preparado más de una vía para marcharse.

Rei observaba detalles diferentes. Algunos comerciantes recogían sus carteles con mayor rapidez de la necesaria y varios dirigían miradas hacia el extremo de la calle donde se encontraba el restaurante. No podía concluir que conocieran la extorsión, pero el miedo rara vez permanecía limitado a la persona que recibía una amenaza. Los vecinos aprendían qué puertas evitar, a qué hora guardar silencio y cuándo fingir que no habían visto nada.

<El propietario no es el único que los espera> comentó Rei mientras cruzaban un pequeño puente
<Pero sí fue el primero en pedir ayuda>
<Eso significa que algunos estarán observando qué ocurre antes de decidir si también hablan>

Rin comprendió la implicación. La intervención debía ser precisa no solo para proteger el restaurante, sino para demostrar que solicitar ayuda no empeoraba la situación. Si convertían el establecimiento en un campo destruido o permitían represalias posteriores, el ejemplo beneficiaría a los extorsionadores. Los aldeanos aprenderían que guardar silencio era más seguro que confiar en la autoridad de Kiri.

La zona comercial se estrechó conforme avanzaron. Los edificios eran más antiguos, unidos por aleros largos y galerías de madera que protegían las entradas de la lluvia. El frío se acumulaba entre las paredes, transportado por una brisa húmeda que movía los extremos de las cortinas. La niebla permanecía baja, suficiente para difuminar los tobillos de los transeúntes y suavizar la luz de los faroles.

Encontraron el restaurante en una esquina donde la calle principal se abría hacia una plaza pequeña. Su fachada estaba construida casi por completo en madera oscura, marcada por años de humedad, humo y reparaciones cuidadosas. Dos columnas sostenían un alero inclinado, bajo el cual colgaban faroles de papel rojo. El color sobrevivía con intensidad dentro del paisaje gris, reflejándose sobre las tablas mojadas como pequeñas brasas suspendidas en la niebla.

Sobre la entrada había un letrero tallado con el nombre del establecimiento: Akai Koi. Una carpa roja recorría la madera desde un extremo hasta el otro, rodeada por ondas ennegrecidas por el tiempo. Las ventanas estaban cubiertas mediante paneles de papel reforzado, y detrás de ellos se movían sombras de trabajadores preparando el servicio. Una cortina corta dividía la entrada; sus bordes mostraban costuras recientes, como si hubiera sido reemplazada después de sufrir algún tirón.

La belleza del local no residía en lujo alguno, sino en el esfuerzo por conservarlo. Cada sección dañada había sido reparada con una madera ligeramente distinta. Una de las columnas presentaba una hendidura profunda cerca de la base. Había marcas sobre el marco de una ventana y una tabla nueva donde probablemente antes existió otra quebrada. El dueño no había permitido que la violencia definiera la fachada, pero tampoco podía borrar por completo sus rastros.

Rin se detuvo antes de entrar y contempló el espacio inmediato. La calle permitía aproximarse desde el norte o el sur. Un callejón bordeaba el costado derecho del edificio y, a la izquierda, una separación más estrecha comunicaba con las cocinas de otros negocios. El tejado podía alcanzarse desde una pila de barriles situada detrás de un almacén vecino. Había demasiadas rutas para vigilar desde un solo punto, aunque tres shinobi podían convertirlas en una red más limitada.

Rei prestó atención a los faroles. Eran una fuente de iluminación y también una forma de anunciar que el restaurante funcionaba con normalidad. Si el propietario los apagaba antes de la hora habitual, los extorsionadores podían sospechar. Si permanecían encendidos, proyectarían las siluetas de quienes estuvieran cerca de las ventanas. El interior debía organizarse sin alterar aquello que alguien habituado a vigilar el local esperaría encontrar.

<El callejón derecho conduce detrás de la cocina> señaló Rin <Si entran por allí, pueden alcanzar al personal antes de que los veamos desde el salón>
<Y si lo cerramos, sabrán que alguien los espera> respondió Rei <Primero escucharemos al dueño. Después decidiremos qué salida les permitiremos creer que conservan>

Rin aceptó mediante una inclinación mínima. Una trampa funcionaba mejor cuando el objetivo podía ver una puerta abierta.

Las hermanas cruzaron la entrada. Una campanilla pequeña anunció su llegada con un sonido claro. El interior estaba más cálido que la calle y olía a caldo de pescado, arroz recién cocido, madera tostada y especias. Varias mesas bajas ocupaban el salón, separadas por biombos que ofrecían intimidad sin bloquear por completo la visión. En el fondo, una barra permitía observar parte de la cocina.

Había pocos clientes. Una pareja mayor cenaba cerca de una ventana y un hombre solitario sostenía un cuenco con ambas manos. Los trabajadores se movían con rapidez, pero hablaban poco. Cada vez que la campanilla de la entrada sonaba por efecto del viento, alguien levantaba la cabeza. La vigilancia involuntaria confirmaba que la amenaza ya había alterado el funcionamiento del lugar.

Un hombre salió desde detrás de la barra al reconocerlas como shinobi. Rondaba los cincuenta años, de constitución ancha y hombros endurecidos por décadas cargando cajas, ollas y sacos de arroz. Llevaba un delantal oscuro sobre una túnica sencilla, con las mangas recogidas hasta los codos. Su cabello entrecano estaba atado sobre la nuca y una pequeña quemadura antigua marcaba su antebrazo derecho.

Su rostro tenía la cordialidad aprendida de quien había recibido clientes durante gran parte de su vida, pero el cansancio había endurecido el contorno de sus ojos. Una venda estrecha cubría dos dedos de la mano izquierda. No parecía una herida grave, aunque encajaba con alguien que había intentado retirar personalmente los restos de una mesa o una ventana rota.

<Ustedes deben ser las kunoichi enviadas por el ayuntamiento. Soy Tadayoshi, propietario del Akai Koi. Gracias por venir>

Rei respondió con una inclinación cortés. Rin se limitó a observar el salón, las puertas y las posiciones del personal. Tadayoshi notó aquella inspección y pareció encontrar en ella una forma de tranquilidad. No necesitaba que las muchachas fingieran ser clientes comunes; necesitaba reconocer que alguien estaba midiendo seriamente aquello que él llevaba semanas temiendo.

<Somos Rin y Rei> se presentó Rei <Un tercer compañero, Kishue, también está asignado a la misión. El ayuntamiento nos resumió las amenazas, pero necesitamos escucharlas de usted. Cuéntenos cómo comenzó, quiénes entran y qué hacen desde el momento en que llegan>
Tadayoshi miró hacia los clientes antes de señalar una puerta junto a la barra.
<Hablemos en la cocina. No quiero que quienes todavía vienen a cenar tengan que escuchar esto otra vez>

Las condujo hacia un espacio donde el vapor cubría parcialmente las lámparas. Dos cocineros preparaban los alimentos con movimientos contenidos y una joven ordenaba platos sobre una mesa. Tadayoshi les indicó que continuaran y llevó a las hermanas hasta una pequeña oficina separada mediante un panel corredizo. Dentro había registros de compras, una caja cerrada y un escritorio reparado en una esquina.

El propietario permaneció de pie. Parecía incapaz de sentarse mientras hablaba del problema.

<Vinieron por primera vez hace tres semanas. Eran cuatro. Comieron, esperaron hasta que quedaran pocos clientes y después dijeron que el barrio se estaba volviendo peligroso. Ofrecieron proteger el restaurante a cambio de una contribución. Sabía lo que significaba, pero aquella noche no rompieron nada. Les entregué dinero para que se marcharan>

Rin no juzgó la decisión. Cuatro hombres dentro de un establecimiento lleno de civiles convertían cualquier resistencia en una apuesta cuyo precio pagarían otros. El primer pago no demostraba cobardía, sino que el propietario había comprado tiempo sin saber todavía si la aldea respondería.

<Regresaron una semana después> continuó Tadayoshi <Esta vez eran seis y pidieron el doble. Dijeron que la protección debía aumentar porque el restaurante tenía más clientes. Pagué nuevamente. Después fui a hablar con otros comerciantes y descubrí que no somos los únicos. Algunos entregan comida, otros dinero. Nadie quería denunciar porque ellos prometen volver con más hombres si alguien intenta detenerlos>
<¿Cómo supieron que habló con los demás?> preguntó Rei
<No lo sé. Tal vez nos vigilan. Tal vez uno de los comerciantes les informa. La tercera vez mencionaron nombres. El de mi cocinero, el de la muchacha que sirve las mesas y el de mi hijo, que vive en otro distrito. Entonces entendí que pagar nunca terminaría>

La información confirmó la sospecha de Rei: el grupo no se limitaba a entrar y recoger monedas. Observaba rutinas, reunía datos y utilizaba vínculos personales para ampliar el miedo más allá del restaurante. La violencia visible era apenas la superficie. El verdadero control nacía de convencer a cada víctima de que cualquier intento de resistencia pondría a otra persona en peligro.

<Me negué a darles más> prosiguió Tadayoshi <Uno volcó una mesa. Otro rompió la ventana con una botella. Mi empleado intentó detenerlos y recibió un golpe en las costillas. Antes de marcharse, el que parecía dirigirlos dijo que volverían esta noche para cobrar todo lo atrasado y una cantidad adicional por la falta de respeto>
<¿Cómo reconoce al líder?>
<Es alto, de cabello rapado en los lados. Tiene una cicatriz que le baja desde la oreja hasta la mandíbula. No es quien más grita. Los otros lo miran antes de hacer cualquier cosa. Lleva un abrigo oscuro con cierres de metal y siempre mantiene una mano dentro del bolsillo>

Rin memorizó la descripción. Quien no necesitaba levantar la voz para controlar al grupo era probablemente el objetivo central. Si lo reducían primero, podían fracturar la coordinación de los demás; si lo atacaban demasiado pronto, los subordinados se dispersarían. Debían cerrar el terreno antes de mostrar su intención.

<¿Llegan juntos?>
<No siempre. Dos suelen entrar primero y pedir comida. Los demás aparecen después, normalmente desde el callejón junto a la cocina. Creo que uno permanece fuera vigilando. Nunca vienen exactamente a la misma hora, pero siempre esperan a que oscurezca y a que disminuyan los clientes. Esta noche les dije a mis trabajadores que cerraríamos temprano, aunque nadie quiere marcharse y dejarme solo>

Tadayoshi miró hacia el panel que separaba la oficina de la cocina. Las siluetas de sus empleados continuaban moviéndose al otro lado. El miedo no los había expulsado, pero tampoco podía exigírseles que permanecieran cerca cuando comenzara el enfrentamiento.

<No quiero que maten a nadie dentro de mi restaurante> añadió <Ni a mis trabajadores ni a ellos, si puede evitarse. Solo quiero que se los lleven y que esto termine. Quiero abrir mañana sin preguntarme cuánto costará que me permitan conservar lo que ya es mío>

Rei sostuvo la mirada del propietario. No prometió que nada se rompería ni que la captura resultaría limpia. Aquellas garantías dependerían de hombres que todavía no estaban presentes y de decisiones que tomarían al descubrir la trampa. Podía prometer únicamente aquello bajo su control.

<Los trabajadores no permanecerán expuestos cuando lleguen> respondió <Nosotras prepararemos el lugar, identificaremos a quienes participen y cerraremos sus rutas antes de intervenir. Si cooperan, saldrán caminando. Si se resisten, saldrán inmovilizados>

Rin dejó que el silencio posterior terminara de dar peso a las palabras. Su mirada recorrió la oficina, la puerta hacia la cocina y la pared que comunicaba con el callejón. Afuera, la neblina seguiría espesándose y los faroles rojos continuarían encendidos, ofreciendo a los extorsionadores la imagen de otro negocio obligado a esperarlos.

<Esta noche vendrán a cobrar> dijo finalmente <Pero no se marcharán con nada>

Tadayoshi respiró con una profundidad que parecía haber evitado durante semanas. Después abrió el panel y se dispuso a mostrarles cada entrada, cada almacén y cada espacio desde el que los hombres acostumbraban amenazar a su personal.

La noche todavía no había caído por completo.

El Akai Koi tenía tiempo para prepararse.
Kishue
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18-08-2026, 12:45 PM
La tarde se consumía sobre Kirigakure cuando Kishue cruzó la zona comercial en dirección al restaurante. La neblina se mantenía cerca del suelo, deslizándose entre las tablas de las galerías y ocultando parcialmente sus sandalias a cada paso. Había recibido el informe más tarde que sus compañeras y, aunque todavía se encontraba dentro del margen previsto para preparar el establecimiento, sabía que Rin y Rei probablemente ya estarían allí. Aceleró un poco, procurando no convertir aquella demora en una carrera descuidada.

Para la misión había elegido una vestimenta sencilla y oscura, adecuada para moverse durante la noche sin llamar demasiado la atención. Llevaba una camisa azul marino de cuello alto, ceñida lo suficiente para no engancharse durante un enfrentamiento, debajo de una chaqueta negra corta cuyas mangas terminaban por encima de las muñecas. Un pantalón del mismo tono descendía hasta sus sandalias shinobi, mientras su banda de Kirigakure permanecía bien asegurada. No lucía imponente, pero tampoco pretendía hacerlo.

Su equipo se encontraba distribuido en pequeñas bolsas sujetas alrededor de la cintura, colocadas de manera que pudiera alcanzar cada herramienta con rapidez. Bajo uno de los pliegues frontales de la chaqueta permanecía protegida la pequeña esfera de agua donde viajaba Mekka. El cristal sobresalía parcialmente, permitiendo al pez contemplar el camino mientras el movimiento de Kishue mecía el agua con suavidad. El muchacho colocó una mano sobre la esfera, evitando que rebotara demasiado al descender por una calle inclinada.

—Llegamos un poco tarde, Mekka. No demasiado tarde, pero lo suficiente para que Rin pueda mirarme como si estuviera calculando cuántas formas existen de castigar la impuntualidad.

El pez realizó un movimiento breve dentro de la esfera. Kishue lo observó por el rabillo del ojo, incapaz de decidir si aquello era una respuesta, una acusación o simplemente el resultado del agua agitándose. Después de tantos años hablando con él, había aprendido que la diferencia no siempre resultaba importante. Mekka escuchaba; Kishue ordenaba mejor sus pensamientos al explicárselos, y aquel intercambio era suficiente para ambos aunque cualquier observador externo pudiera tener otra opinión.

—La misión parece sencilla solamente si olvidamos que hay civiles dentro. Tenemos que esperar a que los hombres aparezcan, dejar que demuestren lo que vinieron a hacer y capturarlos antes de que puedan escapar o herir a alguien. Así que no basta con golpearlos muy rápido. Primero tendremos que saber dónde están todos.

Kishue repasó mentalmente el informe mientras caminaba. Entre cuatro y seis extorsionadores llegaban durante la noche para exigir dinero a cambio de una protección que nadie había solicitado. El propietario ya había pagado antes y los hombres habían respondido a su resistencia destruyendo mobiliario y golpeando a un trabajador. Ahuyentarlos no solucionaría nada. Debían ser arrestados, interrogados y utilizados como prueba de que amenazar a los habitantes de Kirigakure traía consecuencias mucho más costosas que cualquier cuota exigida.

—Además, necesitamos atraparlos con la mano en la masa. Si intervenimos antes de que hagan algo, podrían fingir que solo venían a cenar. Sería una excusa bastante mala, pero seguiría siendo una excusa. —añadió, bajando la mirada hacia Mekka.

El Akai Koi apareció al final de la calle, ocupando una esquina próxima a una plaza pequeña. Kishue redujo el paso antes de alcanzarlo. Los faroles rojos suspendidos bajo el alero destacaban como brasas dentro de la niebla, iluminando una fachada de madera oscura que había sobrevivido demasiados años de humedad. Sobre la entrada, una carpa tallada recorría el letrero del establecimiento entre ondas ennegrecidas por el tiempo. El lugar parecía cuidado con obstinación, aunque las reparaciones recientes revelaban los daños sufridos.

Una tabla nueva rompía la uniformidad de la fachada, el marco de una ventana conservaba marcas visibles y una de las columnas mostraba una hendidura profunda cerca de la base. Kishue observó también la cortina remendada y el callejón que se extendía junto a la cocina. Los responsables no solo habían amenazado al propietario: habían dejado recordatorios para que cada persona que cruzara aquella puerta supiera que podían regresar. Aquello eliminó el poco humor que todavía quedaba en la expresión del muchacho.

Antes de entrar, estudió brevemente los alrededores. La calle permitía aproximarse desde dos direcciones, mientras el costado del edificio ofrecía una salida discreta hacia los establecimientos vecinos. La neblina ayudaría a cualquiera que pretendiera vigilar desde cierta distancia, pero el olfato y el oído de Kishue podían compensar parte de aquella ventaja. Si los maleantes acostumbraban distribuirse entre el salón y el callejón, necesitarían creer que todavía controlaban ambos espacios hasta que resultara demasiado tarde para retirarse.

La campanilla de la entrada anunció su llegada. El calor interior lo envolvió junto con el olor a caldo de pescado, arroz, especias y madera tostada. Encontró las mesas bajas y los biombos mencionados en el informe, además de una barra desde la que se alcanzaba a observar una parte de la cocina. Una pareja mayor permanecía cerca de una ventana y un hombre cenaba solo. Había pocos clientes, pero la tensión de los trabajadores llenaba los espacios que ellos dejaban libres.

Kishue notó cómo el sonido de la campanilla atraía miradas antes de que quienes trabajaban allí reconocieran su banda shinobi. Aquella reacción automática decía bastante: nadie debería sobresaltarse cada vez que se abría la puerta de un restaurante. Observó las reparaciones del mobiliario, calculó la distancia entre la entrada y la barra y reparó en las vías hacia la cocina. Después identificó a Rin y Rei por sus cabellos, sus posturas y la manera distinta en que cada una ocupaba el espacio, no por sus rostros.

Las hermanas se encontraban con un hombre de constitución ancha, cabello entrecano y delantal oscuro, seguramente el propietario descrito en la orden. Una venda cubría dos dedos de su mano izquierda y una vieja quemadura cruzaba parte de su antebrazo derecho. Kishue se acercó sin ocultar su presencia, inclinando ligeramente la cabeza al detenerse ante los presentes. La esfera de Mekka permaneció quieta contra su pecho cuando él adoptó una postura algo más formal.

—Buenas noches. Soy Funato Kishue, el tercer shinobi asignado a la protección del Akai Koi. —se presentó antes de dirigir una mirada hacia sus compañeras—. Rin, Rei, lamento haber llegado después que ustedes. Recibí el informe con retraso y debí venir directamente, pero ya estoy preparado para trabajar.

No intentó justificar más la demora. Una disculpa perdía utilidad cuando se llenaba de explicaciones, y no había nada que pudiera hacer para recuperar los minutos anteriores. En cambio, prestó atención al establecimiento y organizó lo aprendido antes de llegar. Su mirada pasó de la puerta principal al acceso de la cocina y finalmente al pasillo lateral. El local no necesitaba tres shinobi reunidos en un mismo punto; necesitaba que cada ruta importante quedara vigilada sin revelar que estaba cerrada.

—Creo que no deberíamos recibirlos como enemigos desde el primer instante. Dejemos que entren, pidan lo que acostumbren pedir y repitan la amenaza. Cuando exijan el dinero o intenten dañar el restaurante tendremos la prueba y sabremos cuántos han venido. Entonces cerramos las salidas y los capturamos antes de que puedan dispersarse.

Kishue señaló primero el salón y luego, con un movimiento más discreto, el camino hacia la cocina. Su propuesta no era una orden, sino una base para que Rin y Rei añadieran aquello que habían averiguado hablando con el propietario. Podían mantener visible una vía de retirada para conducir a los extorsionadores hacia una posición controlada. Si uno permanecía fuera como vigilante, Kishue podría utilizar su oído y su olfato para localizarlo mientras las hermanas mantenían la atención sobre quienes ingresaran.

—Rin podría cubrir el acceso más peligroso e impedir que alcancen a los trabajadores. Rei puede quedarse donde escuche sus palabras y distinga quién toma las decisiones. Yo puedo moverme entre el salón y el callejón, atento a cualquier persona que permanezca vigilando afuera. No necesitamos atacar primero; solo asegurarnos de que, cuando empecemos, ninguno conserve una salida real.

Quedaba también el problema de los civiles. Kishue no quería vaciar el restaurante de inmediato y advertir a quienes observaban sus rutinas, pero tampoco permitir que los últimos clientes permanecieran allí cuando los delincuentes llegaran. Podrían dejar que terminaran sus comidas y evitar aceptar nuevas órdenes cerca de la hora habitual de la extorsión. Los trabajadores, mientras tanto, podrían refugiarse en la parte más segura de la cocina cuando recibieran una señal acordada. Así el Akai Koi mantendría su apariencia cotidiana sin convertir a nadie en carnada.

Finalmente, Kishue volvió la mirada hacia Tadayoshi. Su tamaño y su juventud podían inspirar menos seguridad de la que el propietario esperaba de un guardia, pero no trató de compensarlo alzando la voz ni adoptando una dureza falsa. Habló con la misma sinceridad con la que había expuesto el plan. No podía garantizar que los maleantes cooperaran, aunque sí estaba convencido de que los tres shinobi podían impedir que aquella noche terminara como las anteriores.

—Señor Tadayoshi, todo saldrá bien. No volverá a pagarles y no permitiremos que se lleven nada de este lugar. Espere nuestra señal, mantenga a sus trabajadores lejos del enfrentamiento y déjenos el resto a nosotros.

Kishue apoyó nuevamente una mano sobre la esfera de Mekka y contempló las entradas una última vez. Ahora conocía el terreno, tenía a sus compañeras cerca y todavía disponían de tiempo antes de que la noche cubriera por completo la zona comercial. Los faroles continuarían encendidos, el caldo seguiría hirviendo y el restaurante aparentaría esperar otra jornada común. Cuando los extorsionadores cruzaran la puerta para cobrar, encontrarían exactamente aquello que creían haber sometido, pero ya no podrían marcharse.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Rin to Rei
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Estadísticas
Generales
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18-08-2026, 01:38 PM
Última modificación: 18-08-2026, 01:55 PM por Rin to Rei.
La llegada de Kishue fue anunciada por la misma campanilla que durante toda la tarde había obligado a los trabajadores a levantar la cabeza. Rin reconoció primero el cabello cobrizo que sobresalía entre los tonos oscuros de su vestimenta; Rei lo hizo por la forma apresurada, aunque segura, con la que cruzó el salón. Para las hermanas no había sorpresa en su apariencia. Conocían su baja estatura, su complexión delgada y aquel rostro que hacía pensar en un niño varios años menor de lo que realmente era.

Tadayoshi y la joven camarera, en cambio, lo contemplaron con una vacilación imposible de esconder por completo. El propietario esperaba a un tercer shinobi y había imaginado, sin admitirlo, a alguien de hombros anchos o expresión endurecida. En su lugar recibió a un muchacho de apenas un metro treinta, piel pálida, ojos claros y facciones todavía infantiles. La pequeña esfera de agua protegida entre sus ropas, con un pez moviéndose en su interior, tampoco contribuía a la imagen convencional de un guardia nocturno.

La primera impresión duró solamente hasta que Kishue se presentó. No elevó la voz, no fingió una severidad impropia de él ni trató de compensar su tamaño mediante gestos amenazantes. Su disculpa fue directa y su atención se dirigió de inmediato hacia las entradas, el salón y la distribución del restaurante. Había en él una presencia extrañamente carismática, construida tanto por la naturalidad con la que hablaba como por la seguridad de sus palabras. En pocos instantes dejó de parecer un niño extraviado y comenzó a ocupar el lugar del tercer shinobi que esperaban.

Rei observó cómo los hombros de la camarera perdían parte de su rigidez. Tadayoshi también cambió la manera de mirarlo. Ya no evaluaba su estatura, sino la propuesta que presentaba y la convicción con la que prometía proteger el Akai Koi. Rin no necesitaba aquella demostración. Dos años compartiendo la Academia le habían enseñado que la apariencia de Kishue decía poco de su disposición para trabajar y todavía menos de su capacidad para tomar la iniciativa cuando encontraba un problema frente a él.

<Llegaste antes de que comenzara la parte importante> respondió Rei, aceptando su disculpa <Y el plan coincide con lo que habíamos considerado. Necesitamos que repitan la amenaza delante de nosotros y que crean que todavía conservan una salida>

Rin permaneció junto al panel que separaba la oficina de la cocina. Sus ojos recorrieron nuevamente el trayecto desde el callejón hasta el salón, reconstruyéndolo conforme a la distribución que Tadayoshi acababa de mostrarles. La posibilidad de que un vigilante permaneciera afuera era la mayor incertidumbre, pero aquella era precisamente la función que Kishue se había ofrecido a cubrir mediante sus sentidos y su capacidad para desplazarse entre ambos sectores.

<No intervendremos cuando entren ni cuando pidan comida> estableció Rin <Esperaremos hasta que exijan el dinero o amenacen a alguien. Cuando eso ocurra, la puerta principal y el acceso de la cocina dejarán de ser rutas de escape>

Tadayoshi asintió, aunque el movimiento no consiguió ocultar la tensión que volvía a acumularse alrededor de sus ojos. Había pedido ayuda precisamente para aquella noche, pero preparar una trampa significaba permitir que los hombres responsables de destruir parte de su restaurante regresaran a él. La joven camarera se mantuvo cerca del propietario. Sus manos se apretaban sobre la bandeja que sostenía, aflojándose solamente cuando Rei le explicó qué debía hacer.

<Mantendrán el servicio como cualquier otra noche. No necesitan provocarles ni actuar de forma distinta> indicó Rei <Cuando terminen de comer, usted se encargará de llevarles la cuenta. Si empiezan a exigir el pago, retrocederá hacia la barra. Esa será nuestra señal para cerrar el espacio>
<¿Y si intentan golpearlo antes de que podamos apartarnos?> preguntó la camarera.
<No tendrán tiempo suficiente> respondió Rin.

No hubo consuelo añadido ni una promesa adornada. La certeza fría con la que Rin pronunció aquellas palabras resultó más tranquilizadora que cualquier explicación. Tadayoshi pidió a los cocineros que continuaran trabajando hasta nueva orden y preparó un pequeño saco con monedas, similar al que había entregado durante las visitas anteriores. No pensaba dárselo, pero tenerlo cerca impediría que los extorsionadores sospecharan inmediatamente que aquella noche había cambiado algo.

Los últimos clientes ordinarios terminarían sus comidas sin ser expulsados. Rechazar nuevas órdenes demasiado pronto habría alterado la rutina del establecimiento y quizá advertido a cualquiera que estuviera observando desde la calle. Conforme se acercara la hora aproximada de llegada, la camarera dejaría de ofrecer platos que requirieran una preparación prolongada. Los cocineros permanecerían detrás de la cocina y, al recibir la señal, se retirarían hacia el almacén interior, cuya única entrada podía cerrarse desde dentro.

Rei eligió una mesa lateral situada entre dos biombos. Desde allí podía observar la puerta principal, una parte de la barra y el reflejo de la cocina sobre una bandeja metálica colocada entre las botellas. Dejó frente a ella una taza de té y un plato casi vacío para aparentar que llevaba algún tiempo cenando. Su postura relajada ocultaba la atención con la que estudiaba cada sonido, cada sombra proyectada sobre los paneles y cada variación en las voces procedentes de la calle.

Rin se situó más cerca del corredor lateral. Un biombo y una columna la apartaban de la vista directa desde la entrada, pero podía alcanzar el paso hacia la cocina con pocos movimientos. Desde su posición controlaría el trayecto que los extorsionadores habían utilizado en ocasiones anteriores para acercarse a los trabajadores. No necesitaba ver todo el salón; Rei podía proporcionarle la señal necesaria. Su función comenzaría cuando alguno de los hombres tratara de atravesar el espacio que ella había decidido negarles.

La zona propuesta por Kishue quedó integrada al cerco sin que las hermanas intentaran decidir sus movimientos por él. Rin no volvió la mirada para comprobar dónde se encontraba su compañero. Había escuchado lo que se proponía hacer y confiaba en que actuaría cuando sus sentidos detectaran algo que ellas no pudieran percibir. Rei, por su parte, conservó dentro de su campo visual únicamente los lugares que le correspondían. La misión exigía coordinación, pero no convertir a tres shinobi en una sola figura fácilmente identificable.

Durante la siguiente hora, el Akai Koi recuperó una normalidad imperfecta. Los platos continuaron saliendo de la cocina y el murmullo de los pocos clientes cubrió parcialmente el golpeteo de los utensilios. La pareja mayor terminó su cena, agradeció a Tadayoshi y abandonó el establecimiento. El hombre solitario pidió una última taza antes de marcharse. Ninguno pareció descubrir la trampa, aunque ambos aceleraron el paso una vez se encontraron bajo la niebla.

La noche terminó de asentarse sobre la zona comercial. Afuera, los comerciantes apagaron progresivamente sus lámparas y cerraron las contraventanas. Los faroles rojos del Akai Koi permanecieron encendidos, reflejándose sobre las tablas mojadas de la fachada. El frío presionaba contra los paneles de papel, mientras en el interior el vapor de la cocina sostenía una temperatura agradable. A cualquiera que observara desde la plaza, el restaurante le habría parecido vulnerable y casi vacío, exactamente igual que durante las visitas anteriores.

Rei fue la primera en detectar una silueta deteniéndose al otro lado de la ventana. No giró la cabeza. Levantó su taza y observó el reflejo deformado sobre la superficie del té. La sombra permaneció inmóvil durante unos segundos, avanzó hacia la esquina y desapareció. Poco después, pasos pesados resonaron sobre la galería de madera. No eran los de un cliente que buscara refugiarse del frío; se movían sin prisa, como si quien se acercaba ya considerara el lugar parte de su propiedad.

La campanilla sonó.

Dos hombres atravesaron la cortina. El primero era alto, superando con facilidad a cualquiera de los trabajadores presentes. Llevaba el cabello oscuro rapado sobre ambos costados y más largo en la parte superior, peinado hacia atrás mediante alguna sustancia aceitosa. Una cicatriz irregular nacía debajo de su oreja izquierda y descendía hasta la mandíbula, deformándose cuando movía la boca. Vestía un abrigo negro con cierres metálicos y mantenía la mano derecha dentro de uno de sus bolsillos.

No necesitó observar el letrero ni buscar una mesa disponible. Conocía el interior. Sus ojos recorrieron el salón con una calma que no pertenecía a un cliente, deteniéndose sobre la barra, los paneles de la cocina y las mesas ocupadas. No miraba la decoración, sino los cambios. Rei bajó la taza antes de que aquel reconocimiento alcanzara su posición y dejó los hombros sueltos, interpretando el aburrimiento de alguien que esperaba terminar una cena tardía.

El segundo hombre era más bajo, pero mucho más ancho. Su cuello parecía desaparecer entre unos hombros cubiertos por un chaleco de cuero rojizo, gastado y sin mangas. Tenía la cabeza afeitada, una nariz torcida por una fractura antigua y una barba corta que no conseguía ocultar varias marcas sobre el mentón. Los nudillos de ambas manos estaban envueltos en vendas amarillentas. Al entrar golpeó deliberadamente una silla con la rodilla y ni siquiera se molestó en acomodarla.

A diferencia del hombre de la cicatriz, observaba el lugar con abierta diversión. Sonrió al reconocer la tabla reparada cerca de la ventana y pasó los dedos sobre el borde nuevo, como quien comprueba la permanencia de una firma. Después soltó una risa breve y siguió al primero hasta una mesa central. Aquel era probablemente quien había volcado el mobiliario durante la visita anterior. Su violencia no era un recurso reservado, sino una parte de la representación con la que reforzaban sus amenazas.

Ambos se sentaron sin esperar a que alguien los guiara. El hombre ancho se dejó caer con todo su peso y apoyó los pies sobre una silla vacía. El de la cicatriz ocupó el lugar desde el que podía ver la puerta y parte de la barra. Su mano permaneció dentro del bolsillo, inmóvil. Tadayoshi salió a recibirlos con una neutralidad trabajada durante semanas, mientras la camarera se aproximaba para tomar la orden.

<Buenas noches. La cocina continúa abierta> informó Tadayoshi.
<Ya lo sabemos> respondió el hombre ancho <Trae dos raciones de cerdo, arroz y una jarra. Para él, pescado asado y sopa. No nos hagas esperar>

El hombre de la cicatriz no corrigió la orden. Solamente dirigió una mirada hacia su compañero, y este retiró los pies de la silla después de una pausa. El gesto confirmó lo que Tadayoshi había explicado: quien más hablaba no era quien tomaba las decisiones. Rei memorizó la relación sin modificar su expresión. Rin, oculta tras el biombo, escuchó el roce de la jarra al ser colocada sobre la mesa y el crujido del cuero cuando uno de los hombres se acomodó.

Pasaron casi tres minutos antes de que la campanilla volviera a sonar. El tercer hombre entró solo. Era delgado hasta parecer alargado, con brazos estrechos y dedos demasiado grandes para sus muñecas. Llevaba el cabello castaño recogido en una coleta baja, una capa gris verdosa y un pendiente de cobre en la oreja derecha. Su rostro anguloso terminaba en una barbilla afilada, y los ojos pequeños se movían con una rapidez que contrastaba con la aparente pereza de sus pasos.

Una fina película de humedad cubría sus hombros. Había permanecido bajo la neblina el tiempo suficiente para que pequeñas gotas se acumularan sobre la tela, aunque no tanto como para venir desde otro distrito. Antes de sentarse observó la calle a través de la cortina y comprobó el pasillo hacia la cocina. Rei dedujo que su tarea no consistía en intimidar, sino en estudiar los accesos y advertir cualquier cambio. Que hubiera entrado no significaba necesariamente que nadie más permaneciera afuera.

<Llegas tarde> comentó el hombre ancho.
<La calle está tranquila> respondió el recién llegado antes de sentarse <Tráeme sopa y té>

La camarera recogió la nueva orden sin mostrar que aquellas palabras confirmaban la existencia de una vigilancia previa. Cuando regresó a la cocina, cerró la mano alrededor de la bandeja para contener el temblor de sus dedos. Tadayoshi continuó trabajando tras la barra. Ninguno buscó la mirada de las hermanas. Todo dependía de conservar la normalidad hasta que los hombres revelaran con claridad el motivo de su presencia.

Los platos fueron servidos como si se tratara de cualquier mesa. El hombre ancho comió con rapidez, alternando grandes porciones de arroz y carne mientras bebía directamente de la jarra. Hablaba con la boca llena y se reía de detalles que sus compañeros apenas parecían escuchar. En dos ocasiones dejó caer restos sobre el suelo y empujó el plato vacío hacia el borde de la mesa sin preocuparse de que pudiera romperse.

El hombre delgado comió despacio. Entre cada cucharada dirigía la mirada hacia la entrada o escuchaba los sonidos procedentes del callejón. No participaba demasiado en la conversación, pero murmuró algunas observaciones al oído del líder. Cada vez que lo hacía, el hombre de la cicatriz respondía con un movimiento casi imperceptible. Rei no podía escuchar todas las palabras desde su posición, aunque comprendía el patrón: uno recopilaba información y el otro decidía qué importancia concederle.

El líder fue quien mostró mayor control. Separó cuidadosamente las espinas del pescado, bebió la sopa sin hacer ruido y mantuvo el abrigo cerrado pese al calor del restaurante. Su mano derecha salió del bolsillo solamente para utilizar los utensilios, revelando por un instante una pieza metálica asegurada bajo la tela. Podía tratarse de un arma corta, una herramienta o simplemente otra forma de mantener nerviosas a sus víctimas. No era necesario descubrirlo todavía.

Rin permaneció inmóvil durante toda la comida. La espera no le resultaba incómoda. Cada minuto permitía que los tres hombres se acomodaran, bajaran la vigilancia y aceptaran como verdadera la aparente indefensión del Akai Koi. Podía escuchar la respiración pesada del más ancho y distinguir la voz baja del líder cuando daba instrucciones. No los atacaría por sus armas, por sus miradas ni por los daños anteriores. La misión requería que aquella noche eligieran cometer nuevamente el delito.

Rei fingió terminar su té. Desde su mesa reconstruyó las funciones del grupo. El hombre ancho era la amenaza visible, destinado a romper objetos y personas cuando las palabras no bastaban. El delgado vigilaba, recogía información y probablemente coordinaba con cualquiera que permaneciera afuera. El de la cicatriz controlaba a ambos. Reducir al líder podía fragmentar la organización, pero hacerlo antes de asegurar al observador permitiría que la advertencia saliera del restaurante.

La comida transcurrió sin incidentes durante casi media hora. Tadayoshi retiró algunos platos, la camarera llevó más té y los cocineros redujeron el ruido detrás de la cocina. Los extorsionadores no amenazaron a nadie. Incluso el hombre ancho pareció perder interés en provocar daños mientras quedara comida frente a él. Para un observador ajeno, habrían sido solamente tres clientes desagradables aprovechando el final de la jornada.

Finalmente, el líder depositó sus utensilios sobre el plato. El sonido fue pequeño, pero sus compañeros reaccionaron de inmediato. El hombre delgado dejó la taza. El más ancho se limpió la boca con el dorso de una mano y apartó la silla con un chirrido prolongado. Ninguno buscó una bolsa de monedas. Tadayoshi tomó la cuenta que la camarera había preparado y se acercó a la mesa, deteniéndose a una distancia prudente.

<Espero que la comida haya sido de su agrado. Esta es la cuenta> dijo el propietario.

El hombre ancho recogió el papel, lo miró durante un instante y soltó una carcajada. Después lo arrugó dentro del puño y lo dejó caer en el cuenco vacío. El tercero se levantó para situarse cerca del pasillo hacia la cocina, fingiendo estirar las piernas. El líder permaneció sentado. Levantó la vista hacia Tadayoshi y la cicatriz de su mandíbula se tensó lentamente.

<Creo que no entendiste cómo funciona esto> dijo el hombre de la cicatriz <Nosotros no venimos a pagarte. Tú vas a entregarnos lo atrasado, el doble por habernos hecho regresar y otra parte por mantener seguro este lugar>
Kishue
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18-08-2026, 02:56 PM
Kishue permaneció oculto en el exterior cuando los primeros dos hombres aparecieron entre la neblina. Desde una posición discreta, protegido por las sombras de un edificio vecino, los observó cruzar la calle y entrar al Akai Koi. El primero era alto, de cabello rapado a los lados y abrigo oscuro; el segundo, ancho de hombros y movimientos pesados. Coincidían con las descripciones recibidas, pero Kishue no los siguió. Una tercera presencia continuaba detenida fuera del establecimiento.

El muchacho apenas necesitaba asomarse para localizarlo. Permaneció quieto, apoyándose principalmente en su oído y olfato para seguir sus desplazamientos sin delatarse. Aquel tercero recorrió una parte de la calle y comprobó los alrededores antes de acercarse al restaurante. Kishue esperó incluso después de que cruzara la entrada. Escuchó durante unos instantes más, buscando pasos contenidos, respiraciones o algún olor humano que permaneciera demasiado tiempo en el mismo punto. No encontró otra presencia asociada con ellos.

Bajó la mirada hacia la pequeña esfera protegida entre sus ropas. Mekka flotaba dentro del agua, mecido suavemente cada vez que Kishue respiraba.

—Ya no quedan más enemigos afuera. Vamos para adentro, Mekka.

Abandonó su escondite y cruzó la calle sin prisa. La campanilla del Akai Koi anunció su entrada, pero Kishue no se aproximó a Rin, Rei ni al propietario. Se limitó a escoger la mesa libre más cercana a la salida y tomó asiento como si fuera otro cliente tardío. Desde allí podía bloquear la puerta en pocos pasos y, al mismo tiempo, observar el salón sin necesidad de girarse constantemente. Acomodó la esfera de Mekka y esperó.

Los tres hombres pidieron comida y fueron atendidos con normalidad. Kishue los estudió mientras comían, prestando atención a la jerarquía que mostraban incluso en los gestos más pequeños. El más ancho hacía ruido, ensuciaba y ocupaba espacio como si quisiera obligar a todos a reconocer su presencia. El delgado vigilaba las entradas entre cada cucharada. El hombre de la cicatriz hablaba menos, pero los otros dos aguardaban sus movimientos antes de actuar. No resultaba difícil identificar quién dirigía al grupo.

Kishue permaneció sentado durante toda la comida. No intervino cuando molestaron a los trabajadores ni cuando trataron el mobiliario como si les perteneciera. Necesitaban una amenaza clara, algo que eliminara cualquier posible excusa. Esta llegó cuando Tadayoshi presentó la cuenta: en lugar de pagar, los hombres exigieron el dinero atrasado y una cantidad adicional por una protección inexistente.

Entonces Kishue apartó su silla y se puso de pie. Se aproximó a la mesa con una expresión tranquila, casi confundida, como si acabara de escuchar un error absurdo que debía corregirse.

—¿De qué están hablando? Ustedes son quienes tienen que pagar la comida. Así son las reglas.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Rin to Rei
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18-08-2026, 03:28 PM
La campanilla volvió a sonar cuando Kishue ingresó al Akai Koi. Rei reconoció inmediatamente la importancia de su aparición. Él había elegido permanecer fuera para comprobar si los tres hombres visibles formaban la totalidad del grupo o si alguien más vigilaba desde la niebla. Que hubiera abandonado el exterior sin advertirles de otro peligro solo podía significar que las calles inmediatas estaban despejadas. El cerco ya no necesitaba extenderse más allá del restaurante; todos los enemigos detectados se encontraban dentro del salón.

Rin alcanzó la misma conclusión sin buscar confirmación. Mantuvo la postura relajada y la mirada apartada de Kishue, evitando cualquier gesto que revelara que lo conocía. Bajo la mesa, sus dedos se cerraron alrededor del mango de un kunai. Rei hizo lo mismo frente a ella, ocultando el arma entre los pliegues de su ropa. Todavía no había motivo para intervenir. Los hombres eran desagradables, pero necesitaban presentarse abiertamente como una amenaza antes de que los shinobi pudieran detenerlos con una acusación clara.

Ninguno de los maleantes concedió importancia a la entrada de Kishue. El hombre delgado, responsable de vigilar la calle, apenas lo contempló antes de regresar la atención hacia Tadayoshi. Había visto a un muchacho pequeño, de rostro infantil y una esfera con un pez entre sus ropas. No reparó en su banda shinobi ni dedicó tiempo a preguntarse por qué un niño entraba solo a un restaurante casi vacío a aquella hora. Su apariencia hizo por él lo que ningún disfraz habría conseguido.

La indiferencia se mantuvo mientras Kishue escogía la mesa más cercana a la salida. Para los tres hombres no era una posición táctica, sino el asiento de un cliente tardío que había elegido el primer lugar disponible. Continuaron comiendo, hablando y observando al propietario como si nadie hubiera alterado el control que creían ejercer sobre el establecimiento. Rin y Rei permitieron que conservaran aquella impresión. Cuanto más seguros se sintieran, menos probable sería que descubrieran el cerco antes de cerrarlo.

La situación cambió únicamente cuando Kishue se levantó y se aproximó para recordarles que debían pagar su comida. El hombre ancho volvió la cabeza hacia él y permaneció en silencio durante un instante, sorprendido de que aquel niño se atreviera a interrumpirlos. Después soltó una carcajada grave. El delgado lo imitó con una risa más corta y desagradable, mientras el líder observaba a Kishue sin retirar la mano de su bolsillo.

<¿Escucharon eso?> preguntó el hombre ancho <El pequeño cree que hemos venido a pagar>
<Regresa a tu mesa, niño> añadió el larguirucho <Esto no tiene nada que ver contigo>

El hombre ancho hizo un ademán desdeñoso para apartar a Kishue de la conversación, sin considerarlo digno de una amenaza verdadera. Su atención regresó inmediatamente hacia Tadayoshi. La intervención no lo había alarmado; por el contrario, parecía haberle recordado que el propietario todavía no obedecía. La diversión desapareció de su rostro con la misma rapidez con la que había surgido. Sus dedos vendados se tensaron alrededor del borde de la mesa.

Tadayoshi permaneció detrás de la cuenta presentada. La joven empleada se encontraba cerca de la barra, sosteniendo una bandeja vacía contra el pecho. Ambos sabían que los shinobi estaban preparados, pero comprenderlo no eliminaba el miedo acumulado durante las visitas anteriores. El propietario había visto aquellas mismas manos destrozar sus muebles y golpear a uno de sus trabajadores. La muchacha había aprendido a reconocer el instante preciso en que las burlas se convertían en violencia.

<Ya han comido> dijo Tadayoshi, procurando mantener estable la voz <Si quieren hablar de otra cosa, primero paguen lo que deben>

Aquella respuesta terminó con la escasa paciencia del hombre ancho. Se puso de pie bruscamente, tomó uno de los platos vacíos y lo arrojó contra el suelo. La cerámica se quebró con un estallido seco, dispersando fragmentos y restos de comida alrededor de la mesa. Antes de que el sonido terminara de apagarse, empujó los demás platos con el antebrazo. Dos cayeron sobre las tablas y se hicieron pedazos; otro golpeó una silla antes de rodar hasta la barra.

<¡Tú eres quien debe pagarnos!> rugió <¡Trae el dinero de una vez antes de que rompamos algo que no puedas reemplazar!>

La camarera retrocedió instintivamente hasta chocar con la barra. Tadayoshi extendió un brazo para mantenerla detrás de él mientras daba también un paso atrás, siguiendo las instrucciones recibidas. El miedo en ambos era real y no necesitaba ser fingido. El líder permaneció sentado, satisfecho con la reacción de su subordinado, mientras el hombre delgado se desplazó ligeramente hacia el corredor de la cocina para impedir que alguien escapara por allí.

La amenaza había sido pronunciada. El daño acababa de cometerse delante de tres shinobi y la exigencia de dinero ya no podía confundirse con una conversación entre clientes. Rin levantó la mirada hacia Rei. No necesitaron intercambiar palabras para confirmar la decisión. Las dos retiraron las manos de debajo de la mesa al mismo tiempo, revelando los kunai que habían mantenido preparados durante toda la espera.

Rin se puso de pie sin apresurarse y abandonó cualquier intento de aparentar que era una cliente. Su cuerpo quedó orientado hacia el hombre ancho, interponiéndose entre él y el trayecto que conducía a Tadayoshi. Rei se levantó a continuación, conservando suficiente distancia para observar a los tres adversarios y reaccionar si alguno trataba de utilizar al propietario o a la camarera como rehén. Sus voces interrumpieron el silencio posterior a la cerámica rota.

<Kishue tiene razón. Aquí las reglas son sencillas: comen, pagan y se marchan> declaró Rin <Ustedes eligieron una cuarta opción>
<Somos shinobi de Kirigakure asignados por la aldea para proteger este establecimiento> anunció Rei <Quedan detenidos por extorsión, amenazas y daños contra la propiedad de un habitante de la aldea. Apártense del dueño, coloquen las manos donde podamos verlas y no intenten alcanzar ninguna salida>

La revelación eliminó toda apariencia de normalidad. El hombre ancho miró el kunai de Rin y luego su protector de Kirigakure, pero su sorpresa fue sustituida rápidamente por la furia. No parecía capaz de aceptar que el propietario hubiera pedido ayuda ni que dos muchachas y un niño hubieran presenciado su amenaza. Para alguien acostumbrado a obtener obediencia mediante el miedo, retroceder delante de ellos habría representado una humillación mayor que una noche en una celda.

El larguirucho reaccionó de manera diferente. Sus ojos saltaron hacia la puerta principal y descubrieron demasiado tarde que Kishue se encontraba entre él y la salida. Comprendió que la presencia del muchacho no había sido una coincidencia, aunque todavía confundía su edad aparente con debilidad. Introdujo una mano bajo la capa y extrajo una hoja corta, estrecha y ligeramente curva. No buscó instrucciones del líder; el instinto de escapar se impuso sobre la disciplina que había mostrado durante la comida.

El hombre ancho volcó la mesa de una patada para abrirse espacio y se lanzó contra Rin. Avanzó con el hombro inclinado, utilizando su peso como si esperara derribarla antes de que pudiera emplear el kunai. Sus puños vendados se elevaron durante la carga y el derecho retrocedió, preparado para descargar un golpe en cuanto alcanzara la distancia necesaria. Rin afirmó los pies sobre las tablas sin abandonar la línea que protegía a Tadayoshi.

Casi al mismo tiempo, el larguirucho se abalanzó hacia Kishue. Mantuvo la hoja cerca del cuerpo para ocultar el ángulo inicial y extendió el brazo únicamente al entrar en distancia, dirigiendo el ataque hacia el compañero que seguía considerando el obstáculo más fácil de apartar. Su objetivo no era defender al grupo, sino atravesar la salida antes de que el resto de los shinobi cerrara por completo el restaurante.

El líder no se levantó. Permaneció sentado entre los platos rotos, con una mano todavía dentro del bolsillo de su abrigo y una expresión de fría suficiencia. Observó a sus dos subordinados iniciar el ataque como si aquello bastara para corregir la situación. No consideraba que su intervención fuera necesaria. Ante él solamente había dos kunoichi jóvenes y un muchacho de apariencia infantil; todavía no comprendía que la trampa se había cerrado mucho antes de que Tadayoshi presentara la cuenta.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
Kishue
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18-08-2026, 03:36 PM
El ademán del hombre logró apartar a Kishue de la mesa, aunque no consiguió la reacción que probablemente esperaba. El muchacho recuperó el equilibrio con un paso corto y se desplazó hasta quedar entre los tres extorsionadores y la puerta principal. No respondió al empujón ni corrigió la manera en que lo llamaron niño. Mientras todavía pudieran presentarse como simples clientes desagradables, revelar su identidad habría destruido la trampa antes de obtener una prueba clara.

Todo cambió cuando los platos golpearon el suelo. El estruendo de la cerámica quebrándose fue seguido por una exigencia imposible de disimular: Tadayoshi debía entregarles dinero o sufrir nuevos daños. Kishue contempló los fragmentos dispersos alrededor de la mesa y una sonrisa pequeña apareció en su rostro. No nacía de la destrucción ni del miedo de los trabajadores, sino del alivio de no tener que continuar fingiendo.

Bajó brevemente la mirada hacia la esfera protegida entre sus ropas.

—Lo dijeron, Mekka. Ahora ya podemos actuar.

Rin y Rei se presentaron como shinobi de Kirigakure, terminando de cerrar cualquier posibilidad de resolver el asunto mediante excusas. El larguirucho reaccionó intentando alcanzar la salida. Extrajo una hoja corta bajo la capa y se abalanzó contra Kishue, todavía convencido de que el muchacho era el punto más débil del cerco. La cuchilla avanzó cerca de su cuerpo, oculta hasta el último instante, pero su objetivo ya no era el mismo niño al que había ignorado durante la comida.

La piel de Kishue adquirió un tono azulado mientras escamas resistentes se extendían por sus brazos, cuello y rostro. Varias branquias se abrieron a los costados, sus dientes se alargaron hasta formar una hilera de puntas afiladas y la superficie de su cuerpo se volvió áspera, cubierta por pequeñas irregularidades capaces de cortar como diminutas cuchillas. Su transformación no desarrolló cola alguna; conservó una silueta humana, aunque marcada por los rasgos depredadores de un tiburón.

Kishue se lanzó hacia adelante en lugar de retroceder. Desvió el brazo armado con el antebrazo cubierto de escamas y penetró la distancia del larguirucho antes de que pudiera recomponer su postura. Descargó un golpe contra el abdomen, otro sobre las costillas y un tercero hacia la mandíbula. Cada impacto transmitió la fuerza de sus puños y arrastró la superficie cortante de su piel, dejando heridas estrechas sobre la ropa y la carne expuesta del adversario.

No le concedió espacio para recuperar la iniciativa. Encadenó dos golpes más contra el torso y terminó empujándolo lejos de la salida, obligándolo a retroceder hacia el interior del salón. Las heridas provocadas por las escamas no eran profundas, pero bastaban para demostrar que cualquier intento de sujetarlo o enfrentarlo a corta distancia tendría un precio adicional.

Kishue enseñó los dientes afilados y dirigió la advertencia hacia los tres extorsionadores.

—Ríndanse ahora, o los llevaremos a la jaula heridos. Ustedes eligen.
—Life Ends Whenever You Decide—
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V069: Sinceridad
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18-08-2026, 04:07 PM
La diferencia entre Kishue y el hombre larguirucho quedó expuesta desde el primer intercambio. El extorsionador había aprendido a combatir en callejones, confiando en ataques sorpresivos, amenazas y armas escondidas. Sabía herir a quien retrocedía y perseguir a quien mostraba miedo, pero carecía por completo de disciplina marcial. Frente a un shinobi entrenado para reaccionar bajo presión, leer movimientos y convertir su propio cuerpo en un arma, aquella experiencia resultaba insuficiente.

La hoja corta fue desviada antes de completar su recorrido. Kishue entró en la distancia del atacante y descargó sus golpes sin concederle tiempo para comprender la transformación. El primero le arrebató el aire; los siguientes quebraron su postura y lo obligaron a retroceder. Cada contacto con las escamas ásperas abrió cortes sobre sus brazos, rostro y torso, sumando el ardor de las heridas al daño provocado por los impactos. Cuando trató de levantar nuevamente el arma, sus dedos ya no respondieron con la misma firmeza.

El larguirucho terminó contra el suelo, severamente herido y sin fuerza para continuar. Su capa estaba desgarrada en distintos puntos, la sangre descendía desde varios cortes estrechos y los golpes comenzaban a formar manchas oscuras bajo la ropa. Todavía respiraba y permanecía consciente, aunque apenas podía incorporarse sobre un codo. No había sido necesaria una técnica compleja. La superioridad de Kishue, tanto física como táctica, había convertido el intento de fuga en una derrota inmediata.

El hombre ancho continuó avanzando desde el otro extremo del salón. Rin no abandonó la posición que mantenía entre Tadayoshi, la empleada y el enfrentamiento. Proteger a los civiles seguía siendo más importante que responder personalmente a la carga. Tampoco mostró preocupación cuando Rei dejó la mesa y cruzó el espacio para interceptarlo. Contra un adversario sin entrenamiento formal, su hermana no necesitaba que nadie cubriera cada uno de sus movimientos.

Rei recibió el primer puñetazo con un desplazamiento lateral. El puño vendado pasó junto a su rostro y golpeó únicamente el aire. Ella respondió trazando con el kunai una herida superficial sobre el antebrazo extendido, suficiente para obligarlo a recogerlo. El hombre gruñó, tomó una corta barra de hierro que ocultaba detrás del chaleco y la blandió horizontalmente, buscando compensar con alcance la velocidad que no podía igualar.

El metal pasó sobre la cabeza de Rei cuando ella flexionó las rodillas. La kunoichi avanzó por debajo del ataque y golpeó con el hombro contra el pecho de su adversario, rompiendo su equilibrio. El hombre retrocedió, pero consiguió descargar un segundo golpe descendente. Rei interpuso el kunai, desvió la trayectoria de la barra y giró alrededor de su costado. El filo dejó una nueva línea sobre la parte exterior de su brazo antes de que pudiera volverse.

<¡Deja de moverte y pelea!> bramó el extorsionador.
<Eso es precisamente lo que estoy haciendo> respondió Rei.

La frustración hizo el resto. El hombre abandonó cualquier cautela y lanzó una sucesión de golpes amplios, cada uno más fácil de anticipar que el anterior. Rei retrocedió solamente lo necesario para conducirlo lejos de los trabajadores. Cuando la barra volvió a extenderse, sujetó su muñeca, giró por debajo del brazo y golpeó la parte posterior de su rodilla. El extorsionador perdió altura; ella utilizó ese instante para colocarse detrás y por encima de su postura vencida.

La rodilla de Rei presionó entre sus omóplatos y una mano retorció el brazo que sostenía la barra. El arma cayó sobre las tablas. El kunai se acomodó contra un costado de su cuello, lo bastante cerca para que sintiera el frío del metal sin que el filo llegara a hundirse. Cualquier intento de levantarse aumentaría la presión sobre la articulación y lo acercaría todavía más a la hoja.

<No vuelvas a moverte> le advirtió Rei <Ya viste lo que le ocurrió a tu compañero por escoger la otra opción>

El líder contempló a los dos hombres derrotados y finalmente abandonó su asiento. La suficiencia desapareció de su expresión, sustituida por una furia contenida que resultaba más peligrosa que los gritos del primero. Sacó la mano del bolsillo y reveló una pieza metálica corta, semejante a una tonfa compacta. A diferencia de sus subordinados, no la balanceó sin propósito. Adoptó una postura estable y estudió primero la distancia que lo separaba de Rin.

<Han cometido un error> declaró el hombre de la cicatriz <No saben quiénes van a venir cuando se enteren de esto>
<Entonces procuraremos dejarles espacio en la misma celda> respondió Rin.

El líder avanzó con un golpe directo hacia su rostro, retirando el arma con rapidez antes de que Rin pudiera sujetarla. Un segundo movimiento buscó sus costillas y un tercero cambió de dirección a mitad del recorrido. Había participado en más enfrentamientos que los otros dos y comprendía la importancia de no comprometer todo el peso en un solo ataque. También mantenía una mano libre para protegerse y trataba de obligarla a desplazarse hacia la mesa volcada.

Rin cedió dos pasos mientras estudiaba su ritmo. Bloqueó el primer golpe con el antebrazo, esquivó el segundo mediante una torsión del torso y permitió que el tercero rozara la tela de su ropa. El hombre interpretó aquel retroceso como una ventaja y aumentó la presión. La tonfa trazó un arco hacia la sien de la kunoichi, seguido por un intento de sujetarla del hombro para impedir que escapara hacia el costado.

Ella atrapó la muñeca libre antes de que pudiera cerrarse. El líder respondió con una rodilla dirigida al abdomen, pero Rin giró la cadera y recibió el impacto de forma lateral. No soltó la muñeca. Tiró de ella para romper la alineación de sus hombros y descargó un golpe corto contra las costillas. El hombre resistió, se liberó mediante un tirón y alcanzó a interponer la tonfa cuando el kunai de Rin buscó su brazo.

Era más hábil que los demás, pero la diferencia seguía siendo evidente. Sus movimientos procedían de experiencia acumulada; los de Rin habían sido construidos mediante entrenamiento, repetición y una comprensión precisa del cuerpo. Él reaccionaba ante cada peligro conforme aparecía. Ella ya preparaba el siguiente movimiento mientras ejecutaba el anterior. Después de otro intercambio, el líder comenzó a respirar con mayor pesadez y su defensa perdió la uniformidad inicial.

Rin amagó un ataque con el kunai hacia su costado. Cuando el hombre bajó la tonfa para bloquearlo, ella apoyó un pie sobre el borde firme de una silla y se impulsó hacia arriba. Pasó por encima del arma antes de que pudiera corregir su trayectoria y se acomodó sobre los hombros del extorsionador. Una pierna cruzó frente a su cuello mientras la otra se aseguró detrás de su espalda, cerrando una llave alrededor de la parte superior de su torso.

El líder trató de mantener el equilibrio y llevó ambas manos hacia la pierna que comenzaba a cerrarse sobre su garganta. Rin no le concedió tiempo para aflojarla. Giró el peso de su cuerpo hacia un costado y tiró en la dirección contraria a la base de sus pies. La postura del hombre se quebró. Ambos descendieron, pero ella controló la caída mientras él golpeaba las tablas primero con el hombro y después con la espalda.

El aire abandonó sus pulmones de forma brusca. Rin mantuvo la pierna alrededor de su cuello, regulando la presión para impedir que se levantara sin llegar a asfixiarlo. Una mano aseguró la muñeca armada contra el suelo y la otra apoyó el kunai cerca de su rostro. La tonfa escapó de sus dedos. El hombre intentó girarse una vez, descubrió que cada movimiento cerraba todavía más la llave y finalmente dejó de resistirse.

<La pelea terminó> afirmó Rin <Puedes conservar la conciencia o perderla antes de llegar a prisión>

El líder permaneció inmóvil. Una marca rojiza comenzaba a rodearle el cuello y el impacto contra el suelo había abierto una herida en su ceja, pero continuaba consciente. Rei retiró el kunai del cuello de su propio adversario únicamente cuando la empleada acercó las cuerdas que habían preparado. El hombre ancho fue atado primero por las muñecas y los tobillos. Después aseguraron al larguirucho, que apenas podía sentarse sin apoyarse contra una columna.

El líder fue el último. Rin aflojó la llave, le llevó ambos brazos detrás de la espalda y cerró las cuerdas alrededor de sus muñecas antes de permitirle incorporarse. Una segunda atadura unió sus codos y otra limitó la longitud de sus pasos. Revisaron a los tres para retirar la hoja corta, la barra de hierro, la tonfa y cualquier objeto que pudiera utilizarse para liberarse durante el traslado.

Solo entonces el salón recuperó el silencio. Los platos quebrados cubrían parte del suelo, una mesa permanecía volcada y varias sillas habían sido desplazadas durante el combate. Tadayoshi salió de detrás de la barra mientras la joven empleada observaba a los extorsionadores atados. El miedo no había desaparecido por completo de sus rostros, pero ahora se mezclaba con la certeza de que aquellos hombres ya no controlaban el Akai Koi.

Rei guardó el kunai y realizó una inclinación cortés ante el propietario.

<Lamentamos el desastre. Esperábamos detenerlos antes de que pudieran causar más daños, pero necesitábamos que demostraran sus intenciones y actuaron antes de que pudiéramos apartar los platos>

Tadayoshi contempló la cerámica rota y después a los tres prisioneros. Su atención terminó en la caja de monedas que aquella noche no había tenido que entregar.

<Los platos pueden reemplazarse> respondió <Lo importante es que mañana podremos abrir sin esperar que regresen a cobrarnos. Gracias a los tres>

Los shinobi sacaron a los extorsionadores por la entrada principal. No intentaron esconderlos ni utilizar los callejones para llegar a la prisión. La misión también debía servir como advertencia, y la zona comercial todavía conservaba suficientes luces encendidas para que los vecinos observaran el resultado. Varias contraventanas se abrieron cuando el grupo atravesó la plaza; algunos comerciantes permanecieron en las puertas de sus negocios y otros contemplaron desde las ventanas.

El larguirucho avanzaba con dificultad, cubierto de golpes y cortaduras producidas por las escamas de Kishue. El hombre ancho llevaba heridas de kunai sobre los brazos y caminaba encorvado por la presión aplicada sobre su espalda. El líder conservaba sangre seca junto a la ceja, moretones sobre el torso y una marca visible alrededor del cuello, recuerdo de la llave con la que Rin lo había derribado. Ninguno mantenía ya la arrogancia con la que había entrado al restaurante.

No fue necesario anunciar lo sucedido. Las cuerdas, las heridas y los protectores de Kirigakure explicaban la escena con suficiente claridad. Quienes habían pagado por miedo pudieron ver a los responsables camino a una celda; quienes pensaran imitar su negocio recibieron la misma advertencia. La aldea no había enviado verdugos, pero tampoco permitiría que sus habitantes fueran obligados a comprar el derecho de conservar aquello que ya les pertenecía.

En la prisión, los guardias recibieron a los tres hombres, registraron sus armas y anotaron los cargos iniciales: extorsión, amenazas, agresión, daños contra propiedad privada y resistencia al arresto. Las cuerdas fueron sustituidas por grilletes antes de que cada detenido desapareciera tras una puerta reforzada. Cuando el cerrojo se cerró detrás del líder, la misión quedó concluida. El Akai Koi podría abrir al día siguiente, y la zona comercial tendría un ejemplo visible de lo que ocurría con quienes pretendían gobernar Kirigakure mediante el miedo.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
Kishue
Rango Chuunin
Clan Funato
Nivel 12
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra30(2)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud17
Velocidad11
Tenketsu11
Sigilo10
550
435
Enlace al Post
18-08-2026, 04:15 PM
Con los tres hombres derrotados, Kishue permitió que la transformación abandonara progresivamente su cuerpo. El tono azulado desapareció de su piel, las branquias se cerraron hasta no dejar rastro y sus dientes recuperaron su tamaño habitual. Las escamas fueron las últimas en retraerse, devolviendo a sus brazos la apariencia pálida y lisa de siempre. Después comprobó que la esfera de Mekka continuara intacta entre sus ropas y se agachó junto al larguirucho, incapaz todavía de incorporarse sin ayuda.

—Te advertí que podías ir a la jaula sin heridas. Escogiste la otra opción.

Kishue retiró la hoja corta de su alcance y ayudó a asegurarle las muñecas detrás de la espalda. Las ataduras debían impedirle escapar sin apretar directamente los cortes causados durante el enfrentamiento. Después colaboró en la revisión de los otros dos detenidos, recogiendo la barra de hierro, la tonfa y cualquier herramienta que pudiera ocultarse entre sus ropas. No encontraron protectores shinobi ni indicios de entrenamiento formal; solamente armas sencillas y la seguridad de quienes llevaban demasiado tiempo amenazando a personas incapaces de defenderse.

Una vez estuvieron correctamente atados, los hicieron abandonar el Akai Koi por la entrada principal. Kishue se mantuvo cerca del larguirucho, tanto para impedirle escapar como para evitar que sus heridas lo hicieran caer durante el trayecto. No utilizaron callejones ni buscaron ocultarse de los habitantes de la zona comercial. Los tres extorsionadores avanzaron a la vista de comerciantes y vecinos, mostrando el resultado de exigir dinero mediante amenazas dentro de Kirigakure.

El traslado concluyó en la prisión de la aldea. Los guardias recibieron a los detenidos, registraron las armas confiscadas y sustituyeron las cuerdas por grilletes. El más herido fue separado para recibir atención antes del interrogatorio; sus lesiones eran severas, pero no ponían en peligro su vida. Kishue observó cómo las puertas se cerraban detrás de los tres y apoyó una mano sobre la esfera de Mekka.

—Tres dentro de una celda, ningún civil herido y el dinero siguió con su dueño. Creo que salió bastante bien.

Desde la prisión, el equipo se dirigió al ayuntamiento para presentar el informe. Kishue explicó la vigilancia exterior, la llegada escalonada de los sospechosos y la confirmación de que no había otros cómplices en las inmediaciones. Detalló la exigencia de dinero, los daños ocasionados, la resistencia al arresto y las heridas sufridas durante el enfrentamiento. También señaló que las amenazas mencionaban a más personas, por lo que convenía interrogar al líder y comprobar si el grupo extorsionaba otros negocios.

—Los tres responsables fueron capturados con vida y entregados a la prisión. Hubo daños menores en el restaurante, pero los trabajadores están a salvo. Recomiendo investigar sus vínculos antes de dar el asunto por terminado.

El funcionario registró la declaración junto con las armas recuperadas y confirmó la conclusión del encargo. Con el informe entregado, Kishue abandonó el mostrador. La misión había terminado; el Akai Koi podría volver a abrir y, durante algunas noches al menos, sus propietarios solamente tendrían que preocuparse por servir comida y cobrarla según las reglas.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Masashi Kishimoto
Enlace al Post
18-08-2026, 11:02 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión D] Guardia Nocturno (TID 14570)
Tipo: Misión Normal · Rango: D
  • Kishue — Participante (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp
  • Rin to Rei — Participante (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador 2
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18-08-2026, 11:04 PM
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Una disculpa, erre con la recompensa, ya se corrigio
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