Las últimas investigaciones habían descartado cualquier explicación sobrenatural. Los espantapájaros no se movían por voluntad propia. Alguien los desplazaba durante la noche o al menos eso era lo que todos creían. Sin embargo, ninguno de los campesinos volvió a acercarse a los cultivos desde el incidente anterior. Las marcas encontradas entre las parcelas, las herramientas desaparecidas y las extrañas huellas alrededor de los campos convencieron a la administración de que todavía quedaba algo por descubrir. Aquella misma mañana Ran Kurai recibió una nueva orden, regresar al lugar, encontrar al responsable y poner fin al misterio.
El campo permanecía completamente en silencio. Los cultivos apenas se mecían bajo la brisa y los viejos caminos de tierra seguían delimitando las distintas parcelas mediante cercas de madera y muros bajos de piedra. Todo parecía exactamente igual que la última vez. Hasta que una kunai atravesó el aire. El proyectil salió despedido desde un punto imposible de precisar, obligando a la Uchiha a reaccionar de inmediato antes siquiera de poder estudiar el terreno.
Las armas pueden ser utilizadas tanto para atacar como para defender, permitiendo bloquear o chocar contra otras armas en combate. Cada arma posee un Valor de Tamaño, que representa su peso, volumen e impacto: 1 para armas pequeñas, 2 para medianas y 3 para grandes. Este valor es fundamental para determinar cuántas armas puede empuñar o arrojar un usuario, según su fuerza o destreza, y se desarrollará con mayor detalle en sus respectivas técnicas.
Además, toda arma empleada en combate otorga un bono de daño adicional basado en su tamaño, el cual se suma a cualquier ofensiva que la utilice. Este daño extra refleja el poder físico del arma y se aplica tanto en ataques simples como en técnicas especiales, siempre que el usuario cumpla con los requisitos necesarios para empuñarla correctamente. Las armas más grandes ofrecen un mayor bono de daño que las más pequeñas, reforzando su presencia ofensiva dentro del combate.
Debido a que el Bukijutsu utiliza Armas con Munición, estos no poseen Coldown entre turnos.
Las armas arrojadizas se utilizan en combate mediante el Modificador de Destreza, el cual determina cuántas armas pueden lanzarse simultáneamente. Cada arma tiene un Valor de Tamaño (1 para pequeñas, 2 para medianas y 3 para grandes), y el usuario podrá lanzar tantas armas como su destreza pueda cubrir, pagando el valor correspondiente por cada una. Todas las armas lanzadas pueden ser arrojadas al mismo tiempo, siempre que la suma de sus valores no supere el modificador del usuario. Esta mecánica permite realizar ofensivas variadas combinando múltiples proyectiles de diferentes tamaños y efectos.
Cuando dos armas arrojadizas con el mismo Valor de Tamaño colisionan en el aire, ambas se desvían de su curso, anulando sus trayectorias. Si se utilizan únicamente armas más pequeñas para intentar desviar una de mayor tamaño, estas deben superar de forma combinada el Valor de Tamaño del proyectil objetivo para tener éxito. Además, cada arma adicional utilizada en un lanzamiento aumenta en +1 el nivel del jutsu base, funcionando como si fueran mejoras aplicadas al ataque, y permitiendo acumular efectos especiales, bonificaciones o propiedades propias de las armas lanzadas. Esta combinación convierte los ataques arrojadizos en herramientas de gran versatilidad táctica.
Atención: Arrojar múltiples Armas aumenta los efectos del ataque y aumenta el nivel del Jutsu Base consumiendo las municiones del arma, pero esto conlleva a un sacrificio, ya que esto impide usar las Mejoras del Jutsu Arrojadizo.
Daño 5
Efectos:
Sangrado: -1 a la Salud
Lesión: -1 velocidad
Al levantar nuevamente la vista, allí estaba. En mitad del sendero principal, inmóvil, esperaba un espantapájaros diferente a todos los demás. Vestía ropas remendadas como si hubieran sido cosidas directamente sobre un cuerpo de madera. Un enorme sombrero ocultaba parcialmente su rostro, mientras dos ojos rojizos observaban fijamente a la kunoichi. En una mano sostenía una enorme hoz cuya hoja reflejaba la luz del mediodía. Sobre su hombro descansaba un extraño cuervo de pico blanquecino que emitió un graznido seco al verla.
Opción A
El espantapájaros giró bruscamente hacia la izquierda. Lejos de internarse por el sendero más ancho, se deslizó entre la vegetación que crecía junto a un viejo muro de piedra. El camino se estrechaba conforme avanzaba, obligándolo a pasar entre dos grandes robles cuyos troncos casi ocultaban la luz del sol. Las ramas bajas rozaban el enorme sombrero negro mientras la hoja de la hoz arrastraba ocasionalmente contra las rocas, produciendo un chirrido metálico que servía como única referencia de su posición.
El cuervo abandonó su hombro y emprendió vuelo unos metros más adelante, perdiéndose entre las copas de los árboles como si vigilara el camino. Durante unos segundos el espantapájaros volvió la cabeza. Aquellos ojos rojizos permanecieron fijos sobre Ran antes de desaparecer detrás de la densa vegetación. La persecución continuaría por aquel estrecho corredor natural.
El espantapájaros no dudó un solo instante. Giró hacia el sendero del norte y aceleró el paso entre las estrechas hileras de cultivo, manteniendo siempre la hoz apoyada sobre uno de sus hombros. A diferencia del camino occidental, aquel recorrido era mucho más despejado. Viejas parcelas perfectamente alineadas se extendían a ambos lados del sendero, separadas únicamente por cercas bajas y pequeños montículos de tierra. El cuervo abandonó nuevamente su hombro y se adelantó varios metros, posándose sobre uno de los postes que delimitaban el camino. Permaneció inmóvil, observando tanto al espantapájaros como a Ran, antes de emitir un breve graznido. La extraña figura nunca dejó de avanzar. Cada pocos pasos inclinaba apenas la cabeza, comprobando si la kunoichi continuaba siguiéndolo. No parecía correr desesperadamente. Por el contrario, sus movimientos transmitían una inquietante seguridad, como si conociera cada piedra, cada cerca y cada rincón de aquellos campos. Al llegar a una estrecha abertura entre dos parcelas redujo ligeramente la velocidad. La hoja curva de la hoz descendió unos centímetros, rozando el suelo durante un instante antes de volver a elevarse con total naturalidad. Sin detenerse, el espantapájaros atravesó el paso y desapareció tras un viejo muro de piedra parcialmente cubierto por la vegetación. Solo quedó el eco del graznido del cuervo. La persecución continuaría por aquel sendero estrecho.
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