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MISION E: Escolta de la Herborista
Narrador Tenseigan-kun
Rango Staff
Clan Senju
Nivel 2
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia75(4)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo14
355
280
Enlace al Post
28-07-2026, 11:24 AM
Escolta de la Herborista
Fecha: Verano, Año 150, Día 40

Lugar: Puertas de Konoha / Bosque Senju

Rango: Rango E (Normal - Escolta y Asistencia)

aprobada aqui

El sol matutino comienza a despejar la neblina veraniega sobre las imponentes murallas de Konoha, donde la actividad comercial y el flujo constante de shinobis hacia las puertas principales marcan el inicio de una nueva jornada.

Junto a uno de los puestos de control exteriores, una mujer de mediana edad, vestida con ropas de campo prácticas, un sombrero de paja descolorido y cargando una mochila de lona considerablemente abultada, revisa con evidente nerviosismo un pergamino lleno de anotaciones botánicas y dibujos de hojas. A sus pies descansan dos grandes cestas de mimbre vacías y una pequeña pala de mano.

Al notar la llegada de la kunoichi asignada, la mujer levanta la vista, exhalando un sonoro suspiro de alivio mientras se abanica con el borde de su sombrero.

—¡Oh, menos mal! Ya empezaba a temer que me hubieran enviado a alguien que se perdería en los primeros matorrales —saluda la herborista con una mezcla de urgencia y amabilidad, ajustándose las correas de la mochila—. Soy Shizue, aunque en el gremio de proveedores me conocen simplemente como la recolectora.

Shizue señala con el dedo hacia el imponente y densamente arbolado Bosque Senju, cuyas legendarias copas se alzan majestuosas en la distancia, proyectando sombras profundas sobre los senderos húmedos y cargados de historia.

—La misión de hoy nos adentra directamente en el Bosque Senju. Es una zona rica en raíces milenarias y flores medicinales delicadas que solo brotan en verano gracias a la particular humedad del lugar. El problema es que la fauna local anda bastante alterada, los terrenos son traicioneros y cargar con las cestas llenas de hierbas pesadas mientras busco los especímenes correctos es una tarea imposible para una sola persona.

La mujer se agacha un momento, le tiende una de las cestas vacías junto con una lona impermeable para proteger la carga, y le dedica una sonrisa confiada.

—Tú te encargas de la seguridad, de ayudar a llevar los suministros de recolección y de asegurarte de que volvamos a la aldea antes de que atardezca con todo el cargamento intacto. El sendero hacia el Bosque Senju nos espera; ¿estás lista para adentrarte en la espesura?


El Bosque Senju no es un simple conjunto de árboles; es un santuario viviente que parece respirar con una fuerza ancestral. A medida que cruzan el límite exterior y dejan atrás los caminos transitados, la vegetación se vuelve imponente y soberbia.


Árboles colosales, con troncos tan anchos que harían falta varios shinobis para abarcarlos, extienden sus copas hacia el cielo formando un techo tupido de esmeralda que apenas deja pasar finos hilos de luz dorada. El suelo está cubierto por una gruesa alfombra de musgo húmedo, helechos gigantes y raíces retorcidas que se alzan como serpientes dormidas sobre el sendero de tierra.

El aire aquí cambia de inmediato: es denso, fresco y está profundamente impregnado por el aroma a tierra fértil, madera mojada y el dulzor sutil de las flores silvestres de verano que solo brotan en esta reserva natural. El murmullo constante del viento entre las hojas y el crujido lejano de la fauna crean una atmósfera tan hermosa como intimidante, recordando a cada paso que este bosque guarda siglos de historia bajo sus raíces.


Shizue encaja a la perfección con el terreno que pisa. Es una mujer de unos cuarenta años, de complexión recia y agilidad sorprendente, forjada tras décadas de caminar por los senderos más salvajes del País del Fuego. Su piel, tostada por el sol constante, contrasta con unos ojos avellana sumamente atentos que no se pierden ni el más mínimo detalle del entorno.

Viste una túnica de lona en tonos tierra con múltiples bolsillos reforzados, pantalones holgados metidos dentro de unas botas de cuero desgastadas por el barro y las raíces, y unos guantes de trabajo sin dedos que dejan al descubierto manos firmes, surcadas por cicatrices menores y finas líneas de tierra acumulada bajo las uñas. Su característico sombrero de paja descolorido está sujeto a la barbilla con una cuerda de cuero, y su inseparable mochila de lona —repleta de pequeñas palas, frascos de vidrio vacíos, rollos de hilo y libretas de notas encuadernadas con cuero— emite un sutil sonido metálico con cada paso que da. Es una mezcla perfecta entre botánica autodidacta y superviviente nata.


El sendero se va estrechando a medida que se adentran en el corazón del bosque, donde la luz del sol apenas logra perforar el espeso dosel de hojas. Tras caminar unos veinte minutos entre el aroma a humedad y musgo, Shizue alza una mano enguantada para ordenar una pausa. Se detiene junto a la base de un ahuecado y titánico roble cuyas raíces se extienden sobre una pequeña hondonada fangosa.

La mujer se agacha con lentitud, se ajusta el sombrero y señala con un dedo hacia una grieta sombría en la base del árbol. Allí, brotando entre la madera podrida y un lecho de musgo brillante, asoman unos delicados tallos de color azulado con pequeñas flores en forma de campana: Lágrimas de Sombra, un ingrediente altamente cotizado para ungüentos de curación rápida, pero notoriamente frágil y propenso a marchitarse si se corta con la técnica incorrecta o si se expone bruscamente al aire seco.

—Vaya... Míralas. Son ejemplares de primera calidad, pero mira el terreno —murmura Shizue en un tono apenas audible, mirando de reojo hacia los matorrales circundantes, donde un crujido seco y repentino rompe la quietud del ambiente—. El suelo en esa hondonada está completamente húmedo y cede con facilidad, y el movimiento en los arbustos de la derecha me dice que no estamos tan solos como pensaba.

Shizue saca una pequeña tijera de precisión y la extiende hacia la kunoichi, mientras se mantiene alerta con la pala en la otra mano.

—Necesito cortar esos tallos con extrema delicadeza antes de que se arruinen, pero no puedo bajar la guardia si algo decide salir de la maleza. Quédate al borde de la hondonada, cubre mi espalda y asegúrate de que nada arruine la cosecha... o de darnos la bienvenida si la fauna local se pone demasiado amistosa.
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