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Día 46 de Verano, 150.
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Las dos delegaciones emprendieron el viaje llevando crisis diferentes hacia una misma reunión. La Gente del Bosque abandonaba una tierra que todavía sufría la muerte de sus seres queridos por causa de la primera filtración de chakra corrupto registrada en cien años; la Gente del Mar dejaba atrás costas estériles, aguas contaminadas, comunidades desesperadas y un océano sin vida. Unos buscaban comprender qué había despertado bajo sus raíces; mientras los otros necesitaban descubrir qué estaba consumiendo lentamente sus aguas. Sin embargo, nada de aquello debía acompañarlos de manera visible al País de las Olas. Antes de partir, cada integrante recibió las mismas órdenes: no llevar el protector de su aldea, no pronunciar su nombre y no revelar información que permitiera descubrir su ubicación. Los shinobi del bosque vestían largas prendas de viaje con capuchas blancas, mientras que los del mar utilizaban capuchas negras; bajo ellas, la sombras ocultaban parte de sus rostros y borraban las diferencias entre clanes. Durante aquellas dos semanas no existirían aldeas ocultas, símbolos militares ni procedencias particulares. Solo la Gente del Bosque y la Gente del Mar, dos pueblos aliados por más de cien años; separados por la tierra y el océano que se encontraban una vez al año para conservar una alianza que el resto del mundo apenas comprendía.
La Gente del Bosque fue la primera en alcanzar el País de las Olas. Su caravana había atravesado por tierra extensas regiones rurales hasta llegar a un embarcadero aliado, donde la delegación abordó varias embarcaciones preparadas para cruzar el canal. Las carretas tuvieron que ser desmontadas parcialmente, los cargamentos fueron protegidos contra la humedad y los animales de carga permanecieron asegurados durante toda la travesía. Cerca del mediodía, los navíos tocaron un pequeño puerto de la costa occidental del país. Shinodera descendió primero y revisó los sellos de cada caja antes de permitir que comenzara el traslado. —Personas primero, mercancía después. —ordenó mientras los marineros extendían las rampas. En tierra ya esperaba una fila de carrozas y carretas proporcionadas por los habitantes locales. Las herramientas, medicinas, telas, semillas, alimentos y obsequios fueron descargados por grupos, mientras los viajeros abandonaban las cubiertas y ocupaban los vehículos. Cuando todo quedó asegurado, la nueva caravana cruzó el País de las Olas durante varias horas, avanzando entre campos húmedos, pequeñas comunidades, colinas y caminos de piedra. El trayecto terminó cuando el terreno volvió a elevarse, el olor del mar se mezcló con el viento y las primeras viviendas blancas de la costa sureste aparecieron a la distancia.
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La península se extendía alrededor de una bahía amplia y protegida, con el pueblo distribuido entre la costa, varias colinas bajas y un promontorio rocoso que se adentraba en el océano. Las viviendas eran sencillas y antiguas, construidas con piedra cubierta por gruesas capas de cal blanca y coronadas por tejados de tejas anaranjadas que destacaban desde varias millas mar adentro. No existía un orden perfecto entre ellas: algunas se agrupaban alrededor de la plaza principal, otras formaban calles estrechas junto a los acantilados y muchas ascendían por las laderas mediante terrazas, escaleras y senderos empedrados. En uno de los extremos de la península, sobre una elevación separada del resto del asentamiento, un faro alto vigilaba la entrada de la bahía y servía como referencia para las embarcaciones que atravesaban aquella región del País de las Olas.
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La plaza principal se abría directamente hacia el puerto, sin murallas ni grandes edificios que interrumpieran la vista del mar. En su centro había una fuente baja de piedra, rodeada por pequeños puestos comerciales, almacenes y talleres abiertos donde se reparaban redes, remos y embarcaciones. Barriles, ánforas, cajas, cuerdas enrolladas y redes puestas a secar ocupaban los costados de las casas; detrás de algunas puertas podían verse pescados colgados, piezas de cerámica y herramientas fabricadas a mano. La economía de la comunidad dependía principalmente de la pesca, la extracción de sal, la reparación naval y el intercambio con poblaciones cercanas, aunque algunas familias cultivaban pequeños terrenos en las zonas más elevadas. Todo parecía antiguo, desde las piedras irregulares de las calles hasta las puertas de madera marcadas por décadas de viento y humedad. No era un pueblo abandonado, sino uno que parecía haberse detenido en otra época, conservando las mismas viviendas, oficios y costumbres que habían conocido las primeras reuniones entre ambas delegaciones.
La llegada de la caravana de la gente del bosque convirtió la plaza en un centro de actividad. Los habitantes abandonaron momentáneamente sus talleres y comenzaron a recibir los cargamentos de la Gente del Bosque. Algunos guiaron las carrozas hacia los almacenes cercanos al puerto; otros separaron las medicinas, herramientas y alimentos destinados a la comunidad. El líder del pueblo, Hiroto Shima, esperaba frente a la fuente acompañado por varios administradores locales. Akihiro se adelantó todavía cubierto por su capucha blanca y realizó una breve inclinación. —Una vez más han preparado un lugar para nosotros cuando podrían habernos cerrado sus puertas. La Gente del Bosque no olvidará esta hospitalidad. Hiroto respondió con una reverencia más discreta. —Sus shinobi han reparado nuestros caminos, protegido nuestras costas y atendido a nuestros enfermos durante generaciones. Aquí no recibimos invitados, señor Akihiro. Recibimos amigos. —Entonces procuraremos dejar el pueblo mejor de como lo encontramos. —Eso será suficiente agradecimiento.
La actividad todavía continuaba cuando varias siluetas aparecieron más allá de la entrada de la bahía. Primero se distinguieron las velas y las grandes estructuras de los Kiri Daibune; después, las formas más pequeñas y veloces de los Kiri Hayate que avanzaban a ambos lados de la formación. Los pescadores locales hicieron sonar las campanas del puerto y comenzaron a despejar los embarcaderos mientras las naves reducían la velocidad. Desde la plaza superior, Akihiro siguió el avance de la flota hasta reconocer el Daibune que ocupaba el centro. —Justo a tiempo —comentó. Los barcos entraron uno detrás de otro, maniobrando entre boyas, muelles de piedra y embarcaciones pesqueras hasta ocupar los espacios reservados para ellos. Las primeras rampas permitieron el descenso de marineros, trabajadores Funato y oficiales encargados de comprobar la seguridad del puerto. Luego aparecieron las figuras cubiertas con capuchas negras. Cajas de pescado salado, arroz, conservas, telas, agua limpia, medicinas y piezas elaboradas por los artesanos de la Gente del Mar fueron transferidas hacia carros de carga, mientras los Kiri Hayate descargaban paquetes más pequeños y equipo reservado para las labores de las siguientes semanas.
Renjiro descendió del Daibune principal acompañado por Masato Heizu y Daizen Hoshigaki. Uno de los administradores de Hiroto lo recibió al final de la pasarela y lo condujo por el camino empedrado que comunicaba el puerto con la plaza. A ambos lados, los habitantes transportaban cajas, abrían los almacenes y distribuían a los recién llegados entre las casas y posadas preparadas para alojarlos. Cuando Renjiro alcanzó la plaza principal, Akihiro y Hiroto lo esperaban frente a la fuente. —Señor Renjiro. Me alegra comprobar que el mar les permitió llegar —saludó Akihiro con una inclinación formal. —El mar no acostumbra concedernos nada, pero esta vez decidió no retrasarnos —respondió Renjiro. Hiroto se situó entre ambos y extendió una mano hacia el pueblo. —La península vuelve a abrir sus puertas a la Gente del Mar y a la Gente del Bosque. Mientras permanezcan aquí, nuestras casas, muelles y caminos estarán disponibles para los dos. Renjiro inclinó la cabeza. —Llegamos con menos de lo que acostumbrábamos traer, pero no con menos gratitud. —Nadie medirá su gratitud por el número de cajas —aseguró Hiroto. Akihiro observó por un instante las capuchas negras que continuaban ascendiendo desde el puerto. —Tenemos mucho que discutir viejo amigo. —Más de lo que debería caber en dos semanas —respondió Renjiro. A su alrededor, la conversación de los tres líderes quedó parcialmente cubierta por el crujido de las ruedas, las órdenes de los encargados y el movimiento constante de quienes trasladaban las ofrendas hacia los almacenes y las mesas preparadas alrededor de la plaza.
Masato Heizu se separó del grupo principal y descendió varios escalones hasta alcanzar el extremo occidental de la plaza. Allí levantó una mano y comenzó a llamar a los genin de capucha negra conforme estos terminaban de subir desde el puerto. Los jóvenes de la Gente del Mar fueron colocándose frente a una hilera de edificios bajos, cerca de los caminos que conducían hacia los embarcaderos y el faro. Algunos todavía cargaban pequeños bolsos de viaje; otros acababan de ayudar a descargar las últimas cajas de los Hayate. Daizen Hoshigaki permaneció cerca del grupo, observando que ninguno se alejara o interfiriera con los trabajadores locales. Masato consultó su lista varias veces, comprobó los nombres registrados y señaló el lugar exacto donde debían esperar. No explicó cuál sería su primera misión ni cuándo recibirían sus habitaciones. Solo les indicó que mantuvieran las filas, conservaran sus máscaras y permanecieran atentos. Detrás de ellos, los Kiri Daibune todavía eran asegurados a los muelles, las pasarelas seguían ocupadas por marineros y varias carrozas descendían vacías para recoger el resto de los suministros.
En el extremo opuesto, Shinodera Nara reunió a los genin de capucha blanca junto a las carrozas de la Gente del Bosque. Los colocó frente a las casas que rodeaban el lado oriental de la plaza, separados del otro grupo por la fuente central, los puestos comerciales y la constante circulación de habitantes. Shiori Uchiha supervisaba la formación mientras varios oficiales terminaban de revisar las cajas traídas por la delegación y entregaban los registros a los administradores del pueblo. Ninguno de los genin recibió todavía instrucciones adicionales. A su alrededor continuaba desarrollándose toda la logística del encuentro: las herramientas eran llevadas hacia los talleres, los alimentos se repartían entre las cocinas comunales, las medicinas eran entregadas a los encargados de la pequeña clínica y los regalos ceremoniales se colocaban sobre largas mesas protegidas con telas. Los conductores apartaban las carrozas vacías, los marineros regresaban a las naves y los habitantes observaban desde puertas, balcones y escaleras a las dos delegaciones que ocuparían sus calles durante las próximas semanas. La Gente del Bosque esperaba en un extremo; la Gente del Mar, en el otro. Entre ambas continuaban pasando cajas, trabajadores y administradores, mientras todos aguardaban a que Akihiro, Renjiro e Hiroto terminaran su primera conversación. Hasta entonces, nadie dijo nada.
Para este tema escribió:Requistos:
- Los ninjas de Konoha debieron haber posteado en el capítulo 1.
- Los ninjas de Kirigakure debieron haber posteado en el capítulo 1.
- Los renegados deben haber posteado en la zona o cerca.
- Los temas relacionados con este evento ocurren del día 45 al 60.
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