24-07-2026, 12:32 AM
Peticion
La niebla cubría Kirigakure con la misma constancia de cada amanecer. Lejos de representar un obstáculo para sus habitantes, formaba parte de la vida cotidiana de la aldea, envolviendo los tejados de madera, los puentes que cruzaban los canales y las murallas interiores en un velo grisáceo que amortiguaba los sonidos del entorno. A pesar de ello, la actividad no se detenía. Comerciantes comenzaban a levantar los postigos de sus negocios, pescadores descargaban las primeras capturas del día y varios equipos de shinobis atravesaban las calles con distintos destinos, algunos regresando de patrullas nocturnas y otros preparándose para abandonar la aldea.
Uno de los edificios más concurridos desde las primeras horas era el Hospital de Kirigakure. Su estructura, construida con gruesas vigas de madera y reforzada para soportar el constante clima húmedo, permanecía abierta prácticamente todo el día. A través de sus amplios ventanales escapaba el tenue vapor de las salas de tratamiento, mezclándose con la niebla exterior hasta volver casi imposible distinguir dónde terminaba uno y comenzaba la otra. El interior mantenía un ritmo constante. Aprendices recorrían los pasillos cargando cajas de vendas, recipientes de cristal y pequeños cofres de madera donde se almacenaban remedios ya preparados. En una sala contigua, un par de médicos discutían el estado de un paciente recién ingresado, mientras otros clasificaban cuidadosamente distintas plantas medicinales sobre largas mesas de trabajo. El aroma de hojas secas, alcoholes de limpieza y extractos herbales impregnaba el ambiente con una intensidad imposible de ignorar.
Cerca de uno de los escritorios principales, una mujer de mediana edad revisaba varios pergaminos abiertos. Su cabello oscuro estaba cuidadosamente recogido y las ligeras ojeras bajo sus ojos dejaban en evidencia que las últimas jornadas habían sido particularmente exigentes. Sin apartar demasiado tiempo la vista de los documentos, tomó uno de los pergaminos de una pila y lo dejó preparado sobre la mesa. Cuando advirtió la presencia del joven shinobi asignado a la misión, levantó finalmente la mirada. —Que bien, por fin llegas. Perfecto, necesitábamos a alguien disponible.— Su tono era profesional, directo, propio de alguien acostumbrado a resolver problemas sin rodeos. Con un movimiento de la mano extendió el pergamino sobre la superficie de la mesa. En él aparecían ilustraciones detalladas de tres especies vegetales, acompañadas por breves anotaciones acerca de sus propiedades y la forma correcta de recolectarlas. —Las reservas de ingredientes para tratamientos básicos están disminuyendo más rápido de lo previsto. No hablamos de plantas especialmente raras, pero sí de especies que deben recogerse en buen estado para que conserven sus propiedades medicinales.—
Su dedo señaló la primera ilustración.
—Musgo Azul. Crece sobre piedras constantemente húmedas, normalmente cerca de canales o pequeñas cascadas.— Luego pasó a la siguiente.
—Flor de Niebla. Sus pétalos absorben la humedad del ambiente. Si están marchitos o demasiado cerrados, ya no sirven.— Finalmente señaló la tercera.
—Hojas de Arashi. Son fáciles de confundir con otras plantas similares. Las correctas presentan pequeñas nervaduras plateadas visibles cuando reciben suficiente luz.—
A un costado del pergamino había un mapa sencillo de los alrededores inmediatos de Kirigakure. Tres zonas aparecían marcadas con tinta oscura: un sistema de canales exteriores al este de la aldea, un bosque húmedo situado al norte y una formación rocosa cercana a la costa donde la niebla permanecía prácticamente durante todo el día.
La mujer guardó unos segundos de silencio antes de añadir un comentario con un tono ligeramente más reflexivo. —Hay algo extraño que varios recolectores llevan comentando desde hace unas semanas. Algunas de estas plantas han dejado de crecer en lugares donde llevaban décadas apareciendo. En cambio, comenzaron a encontrarlas en zonas donde nunca antes habían sido vistas. No sabemos si se trata únicamente de cambios en el clima... o de otra cosa.— Enrolló nuevamente el pergamino y lo dejó sobre la mesa, al alcance del shinobi. —La misión consiste únicamente en reunir los ingredientes y traerlos de vuelta al hospital. Cuanto antes podamos reponer las reservas, mejor preparados estaremos para atender a quienes lo necesiten.—
Fuera del edificio, la niebla continuaba cubriendo los caminos que abandonaban el centro de la aldea. Hacia el este, el sonido del agua marcaba el recorrido de los antiguos canales. Al norte, los árboles del bosque apenas eran visibles entre la bruma permanente. Más allá, las grandes formaciones rocosas de la costa permanecían parcialmente ocultas bajo un manto gris que parecía no disiparse nunca. Los tres destinos ofrecían posibilidades distintas, y el siguiente paso quedaba completamente abierto para que el joven shinobi decidiera cómo afrontar la misión.
Dia 10 de verano, del año 150
9:00 am
Kirigakure
Recoleccion de Hierbas
La niebla cubría Kirigakure con la misma constancia de cada amanecer. Lejos de representar un obstáculo para sus habitantes, formaba parte de la vida cotidiana de la aldea, envolviendo los tejados de madera, los puentes que cruzaban los canales y las murallas interiores en un velo grisáceo que amortiguaba los sonidos del entorno. A pesar de ello, la actividad no se detenía. Comerciantes comenzaban a levantar los postigos de sus negocios, pescadores descargaban las primeras capturas del día y varios equipos de shinobis atravesaban las calles con distintos destinos, algunos regresando de patrullas nocturnas y otros preparándose para abandonar la aldea.
Uno de los edificios más concurridos desde las primeras horas era el Hospital de Kirigakure. Su estructura, construida con gruesas vigas de madera y reforzada para soportar el constante clima húmedo, permanecía abierta prácticamente todo el día. A través de sus amplios ventanales escapaba el tenue vapor de las salas de tratamiento, mezclándose con la niebla exterior hasta volver casi imposible distinguir dónde terminaba uno y comenzaba la otra. El interior mantenía un ritmo constante. Aprendices recorrían los pasillos cargando cajas de vendas, recipientes de cristal y pequeños cofres de madera donde se almacenaban remedios ya preparados. En una sala contigua, un par de médicos discutían el estado de un paciente recién ingresado, mientras otros clasificaban cuidadosamente distintas plantas medicinales sobre largas mesas de trabajo. El aroma de hojas secas, alcoholes de limpieza y extractos herbales impregnaba el ambiente con una intensidad imposible de ignorar.
Cerca de uno de los escritorios principales, una mujer de mediana edad revisaba varios pergaminos abiertos. Su cabello oscuro estaba cuidadosamente recogido y las ligeras ojeras bajo sus ojos dejaban en evidencia que las últimas jornadas habían sido particularmente exigentes. Sin apartar demasiado tiempo la vista de los documentos, tomó uno de los pergaminos de una pila y lo dejó preparado sobre la mesa. Cuando advirtió la presencia del joven shinobi asignado a la misión, levantó finalmente la mirada. —Que bien, por fin llegas. Perfecto, necesitábamos a alguien disponible.— Su tono era profesional, directo, propio de alguien acostumbrado a resolver problemas sin rodeos. Con un movimiento de la mano extendió el pergamino sobre la superficie de la mesa. En él aparecían ilustraciones detalladas de tres especies vegetales, acompañadas por breves anotaciones acerca de sus propiedades y la forma correcta de recolectarlas. —Las reservas de ingredientes para tratamientos básicos están disminuyendo más rápido de lo previsto. No hablamos de plantas especialmente raras, pero sí de especies que deben recogerse en buen estado para que conserven sus propiedades medicinales.—
Su dedo señaló la primera ilustración.
—Musgo Azul. Crece sobre piedras constantemente húmedas, normalmente cerca de canales o pequeñas cascadas.— Luego pasó a la siguiente.
—Flor de Niebla. Sus pétalos absorben la humedad del ambiente. Si están marchitos o demasiado cerrados, ya no sirven.— Finalmente señaló la tercera.
—Hojas de Arashi. Son fáciles de confundir con otras plantas similares. Las correctas presentan pequeñas nervaduras plateadas visibles cuando reciben suficiente luz.—
A un costado del pergamino había un mapa sencillo de los alrededores inmediatos de Kirigakure. Tres zonas aparecían marcadas con tinta oscura: un sistema de canales exteriores al este de la aldea, un bosque húmedo situado al norte y una formación rocosa cercana a la costa donde la niebla permanecía prácticamente durante todo el día.
La mujer guardó unos segundos de silencio antes de añadir un comentario con un tono ligeramente más reflexivo. —Hay algo extraño que varios recolectores llevan comentando desde hace unas semanas. Algunas de estas plantas han dejado de crecer en lugares donde llevaban décadas apareciendo. En cambio, comenzaron a encontrarlas en zonas donde nunca antes habían sido vistas. No sabemos si se trata únicamente de cambios en el clima... o de otra cosa.— Enrolló nuevamente el pergamino y lo dejó sobre la mesa, al alcance del shinobi. —La misión consiste únicamente en reunir los ingredientes y traerlos de vuelta al hospital. Cuanto antes podamos reponer las reservas, mejor preparados estaremos para atender a quienes lo necesiten.—
Fuera del edificio, la niebla continuaba cubriendo los caminos que abandonaban el centro de la aldea. Hacia el este, el sonido del agua marcaba el recorrido de los antiguos canales. Al norte, los árboles del bosque apenas eran visibles entre la bruma permanente. Más allá, las grandes formaciones rocosas de la costa permanecían parcialmente ocultas bajo un manto gris que parecía no disiparse nunca. Los tres destinos ofrecían posibilidades distintas, y el siguiente paso quedaba completamente abierto para que el joven shinobi decidiera cómo afrontar la misión.