El bloqueo que interrumpe el curso del río no es producto de un desprendimiento natural. Se trata de una estructura tosca pero firme: estacas de madera oscura, tratadas con una resina negra y viscosa, hincadas profundamente en el lecho fangoso. Entre estas estacas, alguien ha trenzado cuerdas gruesas de cáñamo y fibras vegetales, formando una red densa que atrapa todo lo que arrastra la corriente.
Kenji, el anciano, permanece a pocos pasos, con el cuerpo tenso y el rostro pálido, surcado por el sudor que se mezcla con el polvo. No señala un objeto geométrico, sino una serie de pergaminos oscuros, empapados y pegados con una cera blanquecina a las estacas de madera. A pesar de estar sumergidos parcialmente y sometidos a la fuerza constante de la corriente, el papel no se desintegra; por el contrario, parece contraerse y expandirse con la presión del agua, como si estuvieran hechos de un material que resiste el desgaste natural.
—Esos... esos papeles malditos —murmura el viejo agricultor, con los ojos clavados en los sellos que adornan la madera, sin atreverse a acercarse más—. No los puse yo, ni nadie del pueblo. Cuando intenté acercarme la última vez para remover la rama principal, el agua empezó a girar de forma contraria, como si el río mismo quisiera tragarse mis manos. Ese papel... parece que está bebiendo el cauce, Itsuki. Si cortas la cuerda, no sé qué clase de energía se liberará.
El ambiente huele a tinta rancia y madera podrida. La tensión es palpable, y el sonido del agua, al chocar contra esta barrera artificial, se escucha más tenso, como si el río estuviera bajo una presión insoportable, listo para desbordarse con violencia si la estructura se rompe de forma incorrecta.