15-07-2026, 06:38 PM
Última modificación: 15-07-2026, 06:40 PM por Yagami Nara.
La orden de la oficina del Hokage había sido clara, aunque terriblemente tediosa: recorrer los distritos comerciales de Konoha para asegurar y limpiar los destrozos causados por una reciente serie de detonaciones provocadas por criminales independientes con sellos del mercado negro. Así fue como Yagami Nara acabó patrullando la zona residencial, arrastrando los pies con un inventario de daños en la mano y muy pocas ganas de trabajar.
Yagami Nara observaba la fachada de la botica con los ojos entornados, frotándose la barbilla con parsimonia mientras su mente desglosaba el desastre en vectores físicos. El marco de madera de la entrada principal presentaba una desviación exacta de quince grados hacia el oeste. Los restos de hollín incrustados en la viga superior delataban que el detonante del sello explosivo, de pésima calidad, había contenido un trazado torticero e inestable.
«Un arco de deflagración semicircular», dedujo mentalmente, ignorando el bullicio de la calle principal de Konoha. «El núcleo de la explosión se originó a ras de suelo. Probablemente un despiste del vándalo de turno al activar el papel. Si el ángulo de empuje hubiera sido un milímetro más cerrado, el tejado entero habría cedido por el principio de palanca. Qué molestia de diseño».
—¡Eh, tú! ¡El de la coleta! —bramó una voz ronca que rompió su monólogo matemático.
Yagami parpadeó despacio y bajó la mirada. Un tendero de mediana edad, con las venas del cuello hinchadas y un delantal manchado de harina, lo apuntaba con un rodillo de madera desde el umbral. —¿Se puede saber qué haces ahí plantado con esa cara de velatorio? —protestó el comerciante, resoplando de indignación—. Llevas diez minutos murmurando cosas raras y mirando mi tienda como si fuera a caerse encima de la gente. ¡Me estás espantando a la poca clientela que me queda tras el susto de los explosivos! ¡Largo de aquí!
—Ah... Lo lamento —respondió Yagami, rascándose la nuca con desgana mientras esbozaba una disculpa a medias—. Es mi misión del día. Evaluación y saneamiento de estructuras dañadas por el mercado negro. Supongo que... no ayuda a la estética del negocio.
Para evitar más quejas, Yagami se acercó al tablero de anuncios de madera que colgaba torcido junto a la puerta, cuyo soporte inferior se había quebrado por la onda expansiva. Agachándose con pesadez, recogió una tabla de repuesto que llevaba en su hatillo, encajó los pernos con un par de golpes secos y precisos usando el mango de un kunai, y niveló el cartel en pocos segundos. El tendero gruñó algo indescifrable, aunque el tono de su molestia pareció rebajarse al ver el remiendo.
Dejando atrás la botica, Yagami continuó su ruta por el sector comercial, arrastrando los pies. Su siguiente parada fue una callejuela residencial donde una valla divisoria de bambú había quedado reducida a astillas en su sección media. Con paciencia y usando cuerda de cáñamo, tensó los postes supervivientes y entrelazó las cañas nuevas de forma que la estructura recuperara su firmeza básica. Pocas casas más allá, ayudó a un anciano a retirar los marcos destrozados de unos paneles de shōji inservibles, colocando en su lugar láminas de papel de arroz reforzado que devolvieron la privacidad a la vivienda. El trabajo manual no era lo suyo, y el cansancio acumulado empezaba a pasarle factura en los hombros.
El verdadero problema lo esperaba al final del distrito: una tienda de ultramarinos que había recibido el impacto directo de de varios sellos explosivos. El edificio estaba completamente derruido; las vigas principales yacían partidas sobre el suelo, sepultando el inventario bajo toneladas de tejas y yeso. Allí ya se encontraban colaborando otros dos genin de la aldea, que sudaban la gota gorda tratando de mover un pesado pilar de soporte. Yagami se incorporó a la tarea con un suspiro, agarrando un extremo de la madera para ayudar a hacer palanca. Sin embargo, justo cuando retiraban el pilar, un destello rojizo y un siseo casi imperceptible bajo un montón de escombros llamaron su atención.
Sus ojos se dilataron. Entre los cascotes, un sello explosivo que no había llegado a detonar comenzaba a brillar, activado tardíamente por la vibración del movimiento. Los otros genin, distraídos con el esfuerzo físico, no se habían percatado del peligro inminente. No había tiempo para correr ni para apartar a los civiles de los alrededores.
«Qué problemático», pensó Yagami, reaccionando por puro instinto. Juntó las manos rápidamente, formando el sello de la rata. Su sombra se estiró con violencia sobre el suelo adoquinado y, utilizando el Kage Nui, proyectó un único y afilado tentáculo de oscuridad que brotó de la tierra directamente bajo el papel explosivo. El apéndice de sombra ensartó el papel con precisión milimétrica y, con un movimiento rápido y ascendente, lo elevó hacia el cielo despejado de la tarde, alejándolo de la estructura y de la gente.
Un segundo después, el sello detonó en mitad del aire con un estallido ensordecedor que dispersó una nube de humo gris sobre los tejados de Konoha, de forma totalmente inocua. Las chispas se apagaron antes de tocar el suelo. Los otros genin lo miraron con la boca abierta, recuperando el aliento tras el susto. Yagami simplemente se pasó una mano por la frente, limpiándose el sudor, y volvió a meter las manos en los bolsillos.
—Menos mal... —murmuró uno de sus compañeros, frotándose el pecho.
—Hay que andar con más ojo —respondió Yagami, con su tono plano habitual—. Sigamos con esto antes de que se haga más tarde.
Con el peligro neutralizado, el grupo reanudó la retirada de los escombros restantes, clasificando la madera aprovechable y limpiando la calzada de cascotes inservibles. Una hora después, el solar quedó completamente despejado y seguro para los equipos de reconstrucción. Yagami tomó su pergamino de tareas, anotó los detalles del incidente del sello fallido con caligrafía rápida y firmó el documento, dando por concluida y notificada con éxito la tediosa misión del día, advirtiendo del peligro que podría haber en otras ruinas.
Yagami Nara observaba la fachada de la botica con los ojos entornados, frotándose la barbilla con parsimonia mientras su mente desglosaba el desastre en vectores físicos. El marco de madera de la entrada principal presentaba una desviación exacta de quince grados hacia el oeste. Los restos de hollín incrustados en la viga superior delataban que el detonante del sello explosivo, de pésima calidad, había contenido un trazado torticero e inestable.
«Un arco de deflagración semicircular», dedujo mentalmente, ignorando el bullicio de la calle principal de Konoha. «El núcleo de la explosión se originó a ras de suelo. Probablemente un despiste del vándalo de turno al activar el papel. Si el ángulo de empuje hubiera sido un milímetro más cerrado, el tejado entero habría cedido por el principio de palanca. Qué molestia de diseño».
—¡Eh, tú! ¡El de la coleta! —bramó una voz ronca que rompió su monólogo matemático.
Yagami parpadeó despacio y bajó la mirada. Un tendero de mediana edad, con las venas del cuello hinchadas y un delantal manchado de harina, lo apuntaba con un rodillo de madera desde el umbral. —¿Se puede saber qué haces ahí plantado con esa cara de velatorio? —protestó el comerciante, resoplando de indignación—. Llevas diez minutos murmurando cosas raras y mirando mi tienda como si fuera a caerse encima de la gente. ¡Me estás espantando a la poca clientela que me queda tras el susto de los explosivos! ¡Largo de aquí!
—Ah... Lo lamento —respondió Yagami, rascándose la nuca con desgana mientras esbozaba una disculpa a medias—. Es mi misión del día. Evaluación y saneamiento de estructuras dañadas por el mercado negro. Supongo que... no ayuda a la estética del negocio.
Para evitar más quejas, Yagami se acercó al tablero de anuncios de madera que colgaba torcido junto a la puerta, cuyo soporte inferior se había quebrado por la onda expansiva. Agachándose con pesadez, recogió una tabla de repuesto que llevaba en su hatillo, encajó los pernos con un par de golpes secos y precisos usando el mango de un kunai, y niveló el cartel en pocos segundos. El tendero gruñó algo indescifrable, aunque el tono de su molestia pareció rebajarse al ver el remiendo.
Dejando atrás la botica, Yagami continuó su ruta por el sector comercial, arrastrando los pies. Su siguiente parada fue una callejuela residencial donde una valla divisoria de bambú había quedado reducida a astillas en su sección media. Con paciencia y usando cuerda de cáñamo, tensó los postes supervivientes y entrelazó las cañas nuevas de forma que la estructura recuperara su firmeza básica. Pocas casas más allá, ayudó a un anciano a retirar los marcos destrozados de unos paneles de shōji inservibles, colocando en su lugar láminas de papel de arroz reforzado que devolvieron la privacidad a la vivienda. El trabajo manual no era lo suyo, y el cansancio acumulado empezaba a pasarle factura en los hombros.
El verdadero problema lo esperaba al final del distrito: una tienda de ultramarinos que había recibido el impacto directo de de varios sellos explosivos. El edificio estaba completamente derruido; las vigas principales yacían partidas sobre el suelo, sepultando el inventario bajo toneladas de tejas y yeso. Allí ya se encontraban colaborando otros dos genin de la aldea, que sudaban la gota gorda tratando de mover un pesado pilar de soporte. Yagami se incorporó a la tarea con un suspiro, agarrando un extremo de la madera para ayudar a hacer palanca. Sin embargo, justo cuando retiraban el pilar, un destello rojizo y un siseo casi imperceptible bajo un montón de escombros llamaron su atención.
Sus ojos se dilataron. Entre los cascotes, un sello explosivo que no había llegado a detonar comenzaba a brillar, activado tardíamente por la vibración del movimiento. Los otros genin, distraídos con el esfuerzo físico, no se habían percatado del peligro inminente. No había tiempo para correr ni para apartar a los civiles de los alrededores.
«Qué problemático», pensó Yagami, reaccionando por puro instinto. Juntó las manos rápidamente, formando el sello de la rata. Su sombra se estiró con violencia sobre el suelo adoquinado y, utilizando el Kage Nui, proyectó un único y afilado tentáculo de oscuridad que brotó de la tierra directamente bajo el papel explosivo. El apéndice de sombra ensartó el papel con precisión milimétrica y, con un movimiento rápido y ascendente, lo elevó hacia el cielo despejado de la tarde, alejándolo de la estructura y de la gente.
Un segundo después, el sello detonó en mitad del aire con un estallido ensordecedor que dispersó una nube de humo gris sobre los tejados de Konoha, de forma totalmente inocua. Las chispas se apagaron antes de tocar el suelo. Los otros genin lo miraron con la boca abierta, recuperando el aliento tras el susto. Yagami simplemente se pasó una mano por la frente, limpiándose el sudor, y volvió a meter las manos en los bolsillos.
—Menos mal... —murmuró uno de sus compañeros, frotándose el pecho.
—Hay que andar con más ojo —respondió Yagami, con su tono plano habitual—. Sigamos con esto antes de que se haga más tarde.
Con el peligro neutralizado, el grupo reanudó la retirada de los escombros restantes, clasificando la madera aprovechable y limpiando la calzada de cascotes inservibles. Una hora después, el solar quedó completamente despejado y seguro para los equipos de reconstrucción. Yagami tomó su pergamino de tareas, anotó los detalles del incidente del sello fallido con caligrafía rápida y firmó el documento, dando por concluida y notificada con éxito la tediosa misión del día, advirtiendo del peligro que podría haber en otras ruinas.
![[Imagen: cc9imYu.png]](https://i.imgur.com/cc9imYu.png)