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[Pasado] Hogar, dulce hogar
Yocko
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14-07-2026, 02:33 PM
Última modificación: 21-07-2026, 07:34 AM por Yocko.
Yocko estaba sola en casa, como casi siempre en las mañanas. Sus padres tenían un próspero negocio en la zona comercial y sus empleados a veces no daban abasto. Además, eran rígidos con la administración y el cuidado de su clientela, a quienes les debían las libertades económicas de las que gozaba su familia.

Deambuló entre trotando y corriendo, porque le agradaba sentir su ropa flotar en el viento y deslizarse ágilmente sin retenes a su paso. Luego de unos minutos, tal vez horas, decidió que limpiaría un poco la casa. Tomó la escoba apoyada junto a la puerta, la sostuvo un segundo mientras parecía estudiarla con curiosidad; el agarre era similar a un báculo, de esos que usaban los sensei en entrenamientos de taijutsu. << Venga >> se dijo, y empezó a barrer el patio desde una esquina, con movimientos cortos, observando el ángulo que trazaba su báculo al mover las hojas secas hacia adelante. Sólo un poco después, su mente comenzó a crear escenarios más divertidos: << ¿aldea oculta entre las hojas? ¡Destruida! >> Pensaba, mientras con el cepillo de la escoba lanzaba a volar un montoncito de hojas.
Giraba la cadera antes que los brazos, pivotando con agilidad las piernas; hacía movimientos secos de golpe y se defendía de enemigos imaginarios. << ¡Si! ¡Destruida! >> El cepillo de la escoba dejó un arco sobre la tierra. Ella lo miró, levantó el mentón y con la espalda erguida se dijo <<No tengo rival>>. El piso alrededor ahora estaba cubierto por capas de hoja y tierra no uniforme; si antes había algo medianamente limpio, ahora no quedaba nada.

Reparar la grama del patio y recoger las hojas secas se convirtió en una tarea más complicada de lo normal. En cambio, cuando decidió lavar la ropa fue más práctica. En cada mano cargó un balde lleno de agua, las asas se le clavaban en los dedos y tuvo que apretar los dientes para no soltarlos a mitad de camino. Puso su máximo esfuerzo y los llevó hasta el otro lado del patio, donde una piedra de cemento era usada como lavadero. Cuando los dejó en el suelo se permitió una respiración larga antes de seguir. Abría y cerraba las manos, observando cómo pasaban de un color blancuzco a un rosa pálido natural.
Se sentó junto a la piedra y comenzó a lavar cada prenda sin mucho entusiasmo; pensando en el momento en que se levantaría de allí, se dejaría caer en el cómodo sofá de la sala y no haría nada más que mirar al techo. Luego de algunos minutos fue exactamente eso lo que hizo. La ropa estaba ordenadamente tendida a lo ancho del patio; cada prenda con su respectiva pinza, para evitar que algún ventarrón los tirara al suelo, donde seguramente se embarrarían con la tierra removida.

El cuarto de armas siempre era lo más sencillo. Solamente tenía que limpiar el polvo de las mesas y estantes, que en esa época del año era casi nulo. Además, le gustaba el tacto metálico de las armas, el equilibrio del peso al girar un kunai por su empuñadura, juguetear con los shuriken. Al final, disfrutar del tiempo allí no sería como lo que ocurrió en el patio, no hubo destrucción, solamente tendría que limpiar las armas y dejarlas libres de huellas.

Regar las plantas fue lo último y lo hizo sin esfuerzo alguno, mientras pensaba lo que haría después; si tal vez iría al parque o a la plaza, quizás comprar un par de zapatillas del color del pantalón que vestía ahora mismo.
Se sentó un momento en el escalón de la entrada de la casa. Tenía las manos húmedas y un poco de tierra bajo las uñas. Miró la casa vacía y se dispuso a ir al centro, buscar un puesto de helados y refrescar la garganta con una tarrina enorme de chocolate.
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21-07-2026, 02:45 PM
13 de Verano de 147

Estaba durmiendo plácidamente cuando el murmullo del viento que se colaba por una ventana mal cerrada terminó por despertarla. Su habitación era su santuario. Junto a la cama tenía una mesita de noche donde guardaba toda clase de tesoros: piedrecitas raras, cartas de algún amor escolar y otros recuerdos importantes. La lista era amplia, no tanto como la pobre mesita, que cargaba también con el peso de los años. El cajón apenas cerraba y un lazo rodeaba toda la estructura para mantenerlo en su sitio, ajustado además por un candado que, a juicio de una Yocko mucho más pequeña, era absolutamente irrompible.

En el suelo, junto a la mesita, estaban sus sandalias de andar por casa. Se las calzó y caminó aún adormilada hacia la ventana. En el trayecto vio con el rabillo del ojo que algo o alguien se movía a su lado. El sobresalto que le causó le arrancó un brinco y un pequeño chillido involuntario. Se giró de forma instintiva y lanzó un puñetazo contra la cosa, pero sus nudillos solo encontraron el vacío. Se quedó inmóvil unos segundos, observando con cautela a su rival: su reflejo en el espejo del tocador.

La mirada de aquella adolescente parecía brillar. A pesar del manojo de cabello revuelto que caía en mechones desordenados hasta su pecho, estaba convencida de que la del espejo estaba preparada para enfrentar el día. Sin embargo, detrás de ella no pudo evitar observar el desorden de la habitación. Entonces la energía en su mirada casi se desvaneció por completo. Se había prometido solemnemente, frente al abeto bajo el que sepultó a su rata Buffy, que jamás volvería a permitir que la habitación se convirtiese en una trampa mortal para ninguna otra criatura. Se quedó mirando unos segundos a la gemela del espejo; luego tomó aire en un gesto casi dramático y procedió a ordenar todo ese desastre.

« Por ti, Buffy. » Decía para sus adentros cada vez que sentía la tentación de abandonar la tarea. Luego de unos minutos, el sofá que estaba entre la cama y el ropero ya estaba ordenado. « Ya está. Ni una migaja de pan a la vista. Ahora, la mesita. » Su habitación entera había pasado de ser algo parecido a la guarida de algún animal salvaje, que con el tiempo se llena de huesos, ropas desgarradas y olores desagradables, a ser el habitáculo propio de una señorita de su edad. Solamente desentonaba la mesita de noche, que se tambaleaba cada vez que Yocko ponía algo sobre ella. Se sentó junto a la mesita y la arrastró lejos de la pared, pues así podría ver con claridad el lazo que la mantenía sujeta. Entonces, comenzó a deslizarlo lentamente hacia arriba, haciendo que el agarre se fuera soltando progresivamente, hasta que la mesita quedó desnuda. El cuero del que estaba hecho había empezado a desprenderse en pequeños trocitos, los años parecían haberlo endurecido tanto que ya no conservaba la flexibilidad necesaria para recuperar su forma original. Sonrió al ver el viejo candado deslizarse por el lazo, como por un tobogán que no conducía a ninguna parte. «Y pensar que te confié mis más grandes tesoros», se dijo, tomando al viejo metálico y depositándolo después junto a sus pies, aún prendido al lazo.

Abrió el cajón, mientras trataba de recordar cuántas cosas había guardado allí, porque ya no sabía exactamente qué tesoros había protegido en aquella, antaño, infranqueable fortaleza, ahora en ruinas. El compartimento estaba finamente organizado: de un lado estaban unas bolsitas llenas de cosas muy pequeñas; junto a ellas descansaban varias latas de sardinas apiladas con cuidado - ya revisaría lo que contenían -. Hacia el centro había piedras de colores llamativos que parecían pulidas por alguna herramienta. La mayoría de ellas estaban envueltas en trozos de papel.
Cada piedrecita le inspiraba una alhaja, tal vez un collar o unos pendientes. « No voy a tirar estas piedritas... » pensó, contemplando con mimo una piedra rosada con forma de luna creciente. « A ver, las latas. Esto sí que sobra. »
Devolvió la piedra al montón y tomó una de las latas de sardinas. A esa - y a algunas otras - le había improvisado una tapa de madera que había entrado a presión; los bordes de metal la mantenían firmemente en su sitio. Así que era necesario introducir alguna palanca lo suficientemente delgada para forzarla a salir, o simplemente romperla. Pero no quería romper lo que sea que hubiera dentro de la lata, así que se resignó a la primera opción, buscó entre sus cosas y calculó que con una lima de metal sería suficiente para sacarla.

Por fin abrió la primera lata. En su interior había papelillos que contenían las letras de amores ya olvidados, inocentes e infructuosos. En algún momento los había considerado tesoros; ahora solo conseguían que las mejillas se le encendieran y que mirase alrededor, como si alguien pudiera sorprenderla leyendo semejantes tonterías. Definitivamente esas cartas iban a desaparecer de la faz de la tierra, para siempre. Se apresuró a abrir todas las demás latas, asumiendo que su contenido podría ser incluso más vergonzoso, le aliviaba cada vez que encontraba anotaciones menos comprometedoras, dibujos o conceptos de ideas que desarrolló vagamente con dibujos infantiles.
Decidió que conservaría solamente algunas de esas anotaciones y las acomodó en una caja, también allí puso las piedras de colores.

Ahora quedaba una serie de bolsitas que guardaban hojas diminutas, las plumas de algún ave, pequeñas conchas que seguramente había conservado de sus paseos por la playa; flores secas por el tiempo que no habían conservado sus colores naturales. Yocko comprendió entonces que aquellas flores debieron ser tan coloridas como las piedras que había decidido conservar; descubrió con inocencia infantil que el tiempo era experto en arrebatar el alma de las cosas.

Con pesar, tuvo que descartar las flores muertas. Una a una las bolsitas fueron depositadas en un bote donde ya reposaban juguetes muertos, ropa vieja, zapatos rotos. Entonces una bolsita llamó su atención: tenía una semilla, era una semilla de manzano, la recordaba con claridad. Esa tarde había ayudado a su padre en el muelle, tendría al menos seis años de edad; uno de los mercaderes, que era famoso por transportar bienes exóticos, le había regalado a la niña una manzana verde. No sólo una manzana, una manzana verde. En aquellos años - o tal vez sólo era el invierno - la niebla de Kirigakure se pegaba al cuerpo, quemaba y sonrojaba la piel. Recordaba el frío de esa tarde, que se había bebido un frasco entero de potaje de tomate que su madre había batido especialmente para ella y tenía hambre.
Conservó una semilla que halló en el corazón de la manzana y ahora la tenía allí, diminuta pero potencialmente enorme. Sonrió. Quizá todavía no era tarde.

Salió de casa sin avisar, sabía que si bajaba al primer piso su madre le haría preguntas y requerimientos que terminarían por imposibilitarle la salida. Así que se escurrió por la ventana y se alejó entre los tejados. Le tomaría algunos minutos atravesar la aldea, hasta el local de los vendedores de flores. Una pareja de ancianos a los que Yocko había aprendido a amar. Eran el señor Ibushi y su esposa, Hikari. Ambos eran exiliados de alguna tierra lejana de la cual no hablaban a menudo; sólo Yocko alguna vez había arrancado un par de historias de labios de Hikari, quien fuera reprendida por el anciano para guardar silencio cada vez.

Con señas había pedido una maceta, sabía que le darían cualquier cosa que necesitara, su padre luego pagaría o ella misma con algún recado lo suficientemente importante. Le presentó la semilla a la señora Hikari y ella sonrió. - Querida, - dijo, tomando suavemente la mano de la jovencita - Creo que la semilla ya se ha dañado. Además, no es una flor, parece de pera o manzano. No crecerá en este clima. - afirmó la mujer. Luego buscó entre sus cajones y tomó una cucharadita de semillas de una especie de flor. - Ten, mi niña, esta flor es hermosa y si le das el amor y cuidado apropiado germinará en pocos días. - Yocko no podía sentirse ofendida con aquel ángel, pero frunció el ceño y dio un paso atrás, negándose a recibir el obsequio y a abandonar la maceta en su lugar. Hizo una corta reverencia para agradecer y despedirse. Hikari la llamó una vez más, pero Yocko ya había decidido que si la semilla estaba muerta, lo descubriría por sí misma y si el clima de Kirigakure era incapaz de albergar manzanos, también lo descubriría por sí misma. Había escuchado muchas veces a los adultos decir que algo era imposible, pero luego llegaba alguno de sus hermanos y lo hacía de todos modos. Quizá las semillas funcionaban igual.
Caminó de regreso abrazando la maceta contra el pecho. No era especialmente grande ni pesada, pero la sostenía con el cuidado que se reserva para algo valioso. Aquella misma tarde enterró la semilla en una maceta demasiado pequeña, usando una cantidad de tierra elegida completamente al azar y una dosis de agua determinada por el corazón más que por el conocimiento. Después la dejó junto a la ventana de su habitación.

Sonrió satisfecha.

« Ya crecerá. » Aquel día trece del verano era su cumpleaños, y quería ver crecer el brote como confiaba en que ella misma lo haría.
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23-07-2026, 12:10 AM
13 de Verano de 148

La casa estaba demasiado silenciosa. Miró el brillo del sol que surgía con fuerza a través de la niebla y se colaba en su habitación. A esa hora de la mañana le resultó extraño no escuchar la voz de su madre impartiendo órdenes, ni el ruido de sus hermanos discutiendo por alguna tontería. Durante un instante pensó que se había quedado sorda. ¿Era posible que ya que había nacido muda ahora estuviese desarrollando algún problema con el oído? Tal vez. Su cuerpo ya había demostrado cierta inclinación por las desgracias. Frunció el ceño y aplaudió dos veces junto a su oído derecho. « Rayos... fuerte y claro. » Se llevó una mano a la mejilla. Había exagerado un poco la fuerza.

Si estaba sola en casa, aquello podía significar una de dos: o todos habían salido temprano... o ella se había levantado tarde.
Miró la ventana, descolgó su brazo derecho por el borde de la cama, tocó el suelo con el desgarbo del muñeco de un titiritero que ha terminado la función; miró sus sandalias de andar por casa. Levantó la mirada y recorrió con ella la habitación impoluta, luego se dejó caer lentamente, deslizándose de sus sábanas hasta sentarse en el suelo. Hizo un quejido mudo, si es que eso tiene sentido, luego se puso el calzado y arregló la cama, como lo hacía religiosamente antes de salir de la habitación.

No le tomó mucho tiempo descubrir que en efecto, todos se habían marchado temprano. Bueno, era 13 de verano, pero había que trabajar y cumplir con los compromisos.

Se había servido un plato de cereales con un poquito de leche, porque no le gustaba mucho la leche, pero tampoco le gustaba que el cereal estuviese duro. Ya había probado con agua alguna vez, pero el sabor era asqueroso. Cuando terminó aprovechó para limpiar la cocina, había bastante trabajo allí. Mientras limpiaba, vio que su padre se había dejado la navaja de pesca. Aunque ya no pescaba como antaño, esa navaja era especial: se la había regalado el abuelo, tenía grabado en la hoja el emblema del clan Yuki, encima de este la inicial de Nakano, debajo, cuatro iniciales en formación de bloque, "A M M Y".

Limpió muy bien la navaja, pero no encontró la funda, pensó que quizá se habría caído o, a lo mejor, su padre la tendría en el cinto, donde la lleva atada cada día. Por esto último se había rendido en la tarea de buscarlo, entonces se dirigió a la habitación de sus padres y abrió el buró a los pies de la cama. Supuso que ese sería el lugar más apropiado para guardarlo. Pero en cuanto depositó la navaja en un rincón notó el objeto que había justo en medio del interior del buró. Era como una bara metálica con partes de madera, o madera con agarres metálicos, no era una espada, ya había visto una de esas hacía muchos años, cuando su padre la llevaba a pescar. Era eso, una caña para pescar.

« Voy a pescar. ¡Hoy es un buen día para pescar! » La emoción de encontrar semejante reliquia le nubló la razón. Ni siquiera recordaba que había que usar cebos o carnadas. Ni mucho menos alguna técnica para recoger la línea. Para bien o para mal, la línea estaba puesta, tenía un carrete y un anzuelo. Todo era realmente viejo, aunque estaba limpio y bien mantenido. Yocko simplemente vio un juguete nuevo.
Sostuvo la caña con ambas manos y la observó desde distintos ángulos. No parecía especialmente complicada. Tenía un mango, una cuerda y un gancho al final. Había visto a su padre usarla decenas de veces cuando era pequeña. « ¿Cuánto puede haber cambiado la pesca desde entonces? » La respuesta era probablemente "nada". Los peces no tenían motivos para modernizarse. Asintió para sí misma, satisfecha con aquella conclusión impecable.

Salió de casa con la caña al hombro. Sabía exactamente en qué puesto del muelle estaban las barcazas de su familia, pero no necesitaba una, tan solo una de las canoas. Recordaba el balanceo de las olas, el sonido de las cuerdas golpeando los mástiles y la enorme paciencia con la que su padre permanecía sentado durante horas mirando el agua. También recordaba que, de vez en cuando, regresaban con multitudes de peces y en esos días había banquetes en casa. Con el dinero de las ventas su madre siempre se las ingeniaba para comprar ingredientes de una nueva receta, cada vez eran más deliciosas. Aún pensando en comida, no pudo recordar lo sensato que sería llevar al menos una lata de potaje, algo de agua, o quizás tan sólo un sombrero.

En el muelle encontró las embarcaciones donde las recordaba. Las más grandes estaban amarradas con varias cuerdas y cubiertas con lonas; las canoas, en cambio, descansaban junto a los pilotes, meciéndose suavemente sobre el agua grisácea. Eligió una de las pequeñas que tenían grabado con pintura una "N", el emblema del clan Yuki y "A M M Y". Soltó la amarra con una confianza que no estaba respaldada por ninguna experiencia reciente y empujó la embarcación hasta separarla del embarcadero. Durante los primeros segundos tuvo la desagradable sensación de que la canoa pretendía marcharse sin ella. Tuvo que dar un pequeño salto para abordarla antes de que la corriente la alejara demasiado. Una vez dentro, sonrió con una emoción infantil. Aquello sí lo recordaba.

Tomó el remo y comenzó a avanzar entre los canales. Al principio siguió las rutas más transitadas, pero poco a poco fue alejándose de los muelles principales. Buscaba algo que ni siquiera sabía nombrar correctamente: un banco de peces, una corriente favorable, una roca reconocible o cualquier rincón que le despertara la sensación de haber estado allí junto a su padre. No tardó en convencerse de que lo había encontrado.

Puso el remo en el interior de la canoa, soltó la pieza de metal que servía de ancla y, con el debido cuidado, liberó la línea, consciente del peligro de sacarse un ojo si el anzuelo volvía a balancearse tan cerca de su cara. Entonces lanzó el anzuelo, que apenas recorrió una corta distancia. Era algo previsible: no tenía plomada ni cebo. ¿Cómo iba a llegar más lejos? Pero para Yocko aquel lanzamiento fue fenomenal. Se quedó sentada observando el nailon, en completo silencio; no podía ser de otra forma. Lo único que esperaba ahora era el tirón de algún pez enorme.

Miró el sedal y nada había cambiado. Miró al cielo, porque las gaviotas habían descubierto a la pescadora y vigilaban su cargamento. Eso también podía recordarlo. Alguna vez le habían robado su almuerzo y desde entonces su madre le preparaba potajes. Volvió la mirada al agua, a la línea que permanecía inmóvil. ¿Cómo era posible que en tres eternos minutos nada hubiese cambiado?

Decidió esperar un poco más.

Después decidió esperar otro poco.

Y después llegó a la conclusión de que quizá había elegido un mal sitio. Recogió la línea sin mucho esfuerzo. El anzuelo regresó tan vacío como había partido. Volvió el ancla a bordo y comenzó a remar una vez más. Entonces el brillo del sol hizo un extraño reflejo en el agua « ¿Es un reflejo o es el pez ballena que me espera? ». Se aventuró a perseguir ese algo, sin éxito alguno, pero con el entusiasmo de cualquier recién enamorado. Si hubiese sabido antes que la tarea no era tan romántica, seguramente no habría pasado las siguientes cuatro horas yendo de un lugar a otro. A pesar de todo, ni siquiera se había percatado del tiempo, después de todo estaba aprendiendo. Fue el estómago al rugir que le hizo volver a la realidad. Comenzó a sospechar que quizá había salido de casa sin desayunar lo suficiente.

Ya que no podía llevar un pez ballena, si existía, volvería a casa a buscar un poco más de comida y volvería con las fuerzas reconfortadas. Guardó la caña con cuidado y tomó el remo. El regreso fue mucho más rápido de lo que recordaba haber sido la ida. Tal vez porque ahora tenía hambre. O porque el viento se había puesto de su parte. O porque la idea de una segunda ronda de cereales empezaba a parecerle una recompensa razonable por una mañana de arduo trabajo.

Cuando los primeros muelles aparecieron entre la niebla, algo le llamó la atención. Había más movimiento del habitual. Varias personas conversaban agrupadas cerca de los embarcaderos y algunos pescadores parecían señalar en distintas direcciones mientras discutían entre ellos. « Deben estar buscando algo. » Se dijo, observando con curiosidad, tal vez tratando de encontrar a algún conocido que pudiera contarle los pormenores. Siguió remando hasta llegar al atracadero, amarró la canoa y cargó la caña al hombro. Fue entonces cuando distinguió a un shinobi conversando con uno de los comerciantes del puerto. El hombre señalaba una hoja de papel mientras hacía preguntas. El comerciante negó con la cabeza y señaló hacia el mar.

« Qué misión tan complicada. » Sintió una breve solidaridad profesional. Después de todo, ella también había estado en una misión de búsqueda toda la mañana. Continuó caminando hacia casa. A esas alturas su estómago había dejado de rugir, seguramente porque había empezado a comerse a sí mismo, o al menos eso sentía. Conforme se acercaba a su calle, comenzó a notar algo extraño: Había demasiada gente, demasiadas personas cuchicheando en tono de voz a penas perceptibles. Incluso reconoció a uno de los amigos de sus hermanos asomado por la ventana, camuflándose en vano entre las cortinas. Y entonces vio a su padre. Estaba de pie en mitad de la calle esperando algo ¿por qué no estaba en el trabajo?

Lo verdaderamente preocupante fue descubrir que, en cuanto la vio aparecer, el hombre cerró los ojos y dejó caer los hombros como si acabaran de quitarle un saco de piedras de encima. Yocko se detuvo y miró a su alrededor. Luego volvió a mirar a su padre. « Ah. » Todavía no sabía exactamente qué estaba ocurriendo; pero comenzaba a sospechar que, de alguna forma inexplicable, podía tener algo que ver con ella. Reanudó la marcha con cierta cautela. Apenas había avanzado unos pasos cuando su padre abandonó el lugar donde estaba esperando y caminó directamente hacia ella. Había algo extraño en su expresión. No parecía enfadado, aunque tampoco tranquilo.

Antes de que pudiera preguntarle qué sucedía, el hombre la rodeó con ambos brazos en un abrazo torpe y repentino. La muchacha se quedó inmóvil por la sorpresa. La caña de pescar quedó atrapada entre ambos y durante unos segundos no supo si devolver el gesto, disculparse o intentar salvar la caña. Su padre se apartó de ella, como para comprobar que sí era su rostro, su pequeña. No pudo contener las lágrimas, pero tampoco pareció preocuparse por esconderlas. - ¿Dónde estabas? - Yocko parpadeó un par de veces. Luego levantó la caña, como si aquello respondiera la pregunta por sí solo; entonces con un gesto en su lenguaje le dijo - pescando. - El hombre contempló la caña durante un instante, - una reliquia familiar que se suponía no debía abandonar su lugar de refugio - luego miró a la jovencita y respondió finalmente - Claro. - Yocko no comprendió por qué aquella respuesta sonaba tan cansada.

Entonces sus hermanos llegaron, habían visto su recorrido desde que volvió del muelle, ya no llevaban prisa. Su madre, Anika, venía detrás de ellos, seguida por un par de vecinos que hasta ese momento habían permanecido observando discretamente desde las ventanas y los portales cercanos. La joven giró sobre sí misma para contemplar aquella reunión improvisada. Había demasiada gente para una tarde cualquiera. - A partir de hoy - Dijo su madre, y tras recuperar un poco de aire agregó - tienes prohibido salir de casa sin avisar a tus hermanos. -

No era la primera vez que salía de casa en la mañana, ni siquiera era la primera vez que tardaba horas en volver. Le pareció un atropello, una injusticia totalmente ilegal; pero entonces apareció el shinobi que la había estado buscando. Al parecer, había llegado para confirmar sus propias sospechas. - ¿Es usted... - No pudo terminar la frase, porque Anika lo interrumpió. - Es mi hija. Por favor, disculpe las molestias. - El shinobi solamente sonrió con alivio, guardó la libreta de notas en el bolsillo y miró a la joven - Por cierto, feliz cumpleaños. - Le dijo.

Eso explicaba la decoración de la puerta y los restos de crema en el delantal de su madre.
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02-08-2026, 07:12 PM
13 de Verano de 149

Se despertó antes que el resto de la casa y permaneció contemplando el techo durante un largo rato. Tenía la extraña sensación de que había olvidado algo importante, algo que la hacía sentir incómoda; como cuando uno sale de casa convencido de haber dejado una puerta abierta o una olla sobre el fuego. Se incorporó lentamente y observó alrededor, buscando algo, pero no sabía realmente qué era eso que no había encontrado. La habitación olía raro, lo cual era normal, después de tres días sin lavar sus zapatillas húmedas. La ropa seguía donde la había dejado la noche anterior, lo cual también era normal. La maceta junto a la ventana continuaba ocupando el mismo lugar de siempre.

Entonces recordó: era trece de verano. Se había levantado para buscar ese algo y ahora se dejaba caer sobre sus nalgas, al borde de la cama. Largó un suspiro, como resignándose a que fuese un día cualquiera, se acercó a la ventana y apartó la cortina. La niebla cubría Kirigakure como cada mañana. Miró la maceta, ahora a su lado y la maceta la miró de vuelta - bueno, no exactamente. - en ella seguía sin haber ningún árbol, ni siquiera algo que pudiera confundirse con un árbol.

Habían pasado dos años desde que enterró aquella semilla de manzana y los únicos seres vivos que parecían haber prosperado allí eran unos pequeños hongos que habían aparecido durante la temporada de lluvias. Los había quitado varias veces y siempre regresaban; empezaba a sospechar que los hongos estaban más interesados en la semilla que ella misma. Se puso de cuclillas frente a la maceta y observó la tierra con expresión crítica. « Quizá está creciendo hacia abajo. » Era una teoría tan válida como cualquier otra de sus teorías. Tomó una cucharita de madera y comenzó a remover la superficie con muchísimo cuidado. Apenas unos centímetros, pero lentamente fue ampliando su búsqueda tierra adentro y finalmente no encontró raíces, ni brotes, ni señales de vida vegetal extraordinaria. Lo que sí encontró fue algo duro.

Parpadeó y dio un último cucharazo o palazo, qué se yo, estaba cavando con una cuchara en una maceta. La cuchara chocó contra un objeto, entonces Yocko frunció el ceño « No me digas que he cultivado una piedra. » Terminó excavando alrededor hasta sacar un pequeño cilindro metálico del tamaño de un dedo. Estaba oxidado y cubierto de tierra. Durante unos segundos lo contempló sin comprender qué hacía aquello dentro de la maceta. Luego recordó que la tierra no había venido de su jardín, sino que había comprado varios sacos años atrás para rellenar recipientes y arreglar algunas plantas.

Se puso a la tarea de limpiarlo, sacudir la tierra, deshacerse de la humedad y de los restos de tierra que insistían en permanecer pegados al cilindro. Era una cápsula que estaba cerrada. Naturalmente, aquello era mucho más interesante que una semilla, entonces intentó abrirla con las manos, pero estaba prácticamente sellada. Probó con una horquilla, luego con un trapo que le diera fricción a sus manos. Pero finalmente recurrió a una navaja pequeña y consiguió separar ambas mitades. En el interior encontró un papel diminuto enrollado con una precisión casi ridícula.

Se quedó observándolo unos segundos y decidió desenrollarlo; en el papel aparecía una única frase: “NO ENTERRAR”. Yocko permaneció inmóvil. Solamente sus ojos viajaron del mensaje a la maceta ida y vuelta « Bueno. »

Durante los siguientes minutos intentó reconstruir una historia razonable. Quizá algún comerciante había perdido la cápsula. Tal vez pertenecía a un jardinero extremadamente específico. O a un ninja mensajero muy incompetente. Todas las posibilidades parecían igual de improbables.

Terminó guardando la cápsula en un bolsillo. No porque creyera que fuera importante, sino porque había dedicado toda la mañana a desenterrarla y le parecía injusto volver a abandonarla después de tanto esfuerzo. Además, cualquier objeto que apareciera misteriosamente dentro de una maceta merecía, como mínimo, el beneficio de la duda. Se puso de pie, se sacudió la tierra de las rodillas y contempló el pequeño agujero que había dejado en la maceta. Durante un instante consideró volver a enterrarlo todo exactamente como estaba y fingir que nunca había descubierto nada. Aquella opción tenía la ventaja de requerir muy poco trabajo. Sin embargo, la curiosidad terminó imponiéndose una vez más.

Descendió las escaleras con la cápsula todavía en el bolsillo. La casa permanecía extrañamente silenciosa; tan silenciosa que comenzó a preguntarse si realmente todos habían salido o si alguno de sus hermanos se encontraba escondido esperando la oportunidad perfecta para asustarla. Recorrió varias habitaciones sin encontrar señales de vida y finalmente llegó a la cocina. Allí descubrió una nota sobre la mesa.

La reconoció de inmediato como la letra de su madre. “Volvemos al mediodía. No quemes nada.” Yocko leyó la frase dos veces antes de chasquear la lengua. Luego observó la línea añadida debajo, formando un renglón un poco torcido  “Eso también incluye la cocina.” aquella letra ya pertenecía claramente a uno de sus hermanos.
Debajo había una tercera anotación, “especialmente la cocina”. Le parecía una acusación grave y completamente injustificada. Era cierto que había provocado un pequeño incendio una vez... quizá una segunda vez. Pero en ambas ocasiones el fuego había sido relativamente pequeño y la cocina seguía existiendo, lo que demostraba que la situación nunca había alcanzado niveles verdaderamente preocupantes.

Entonces, sin haber sido invocado de forma alguna, vino a su pensamiento el mensaje de la cápsula. “NO ENTERRAR”. Aquella frase regresó a su mente con la insistencia de un mosquito. Si alguien había escrito una advertencia tan específica debía existir una historia detrás. Quizá una historia absurda, pero una historia al fin y al cabo. Se propuso desayunar algo y ponerse a la tarea de averiguar aquella historia.

Abandonó la casa sin un plan concreto. Su investigación comenzó en el mercado porque... ¿por qué no? Mostró la cápsula a un vendedor de herramientas, quien la observó durante unos segundos antes de admitir que nunca había visto nada parecido. Después consultó a un jardinero, que se mostró mucho más interesado en discutir sobre fertilizantes que en resolver el misterio. Más tarde interrogó a un anciano que alimentaba palomas cerca de una plaza.

Aquello fue un error. El hombre desarrolló una teoría extremadamente compleja según la cual ciertos espíritus utilizaban las raíces de las plantas para esconder objetos y confundir a los jóvenes. Incluyó detalles sobre fantasmas, conspiraciones vegetales y una guerra ancestral entre cuervos y espantapájaros. Cuando finalmente terminó de hablar, Yocko ya no estaba completamente convencida de que las palomas fueran criaturas naturales.

Continuó avanzando por las calles mientras el sol comenzaba a imponerse lentamente sobre la niebla. Fue entonces cuando distinguió una figura familiar al otro lado de la calle. La señora Hikari seguía atendiendo la tienda de flores junto a su esposo exactamente igual que dos años atrás. Aquello empezaba a resultar sospechoso. Los ancianos normales envejecían; Hikari parecía haberse puesto de acuerdo con el tiempo para ignorarlo.
La joven se acercó y extrajo la cápsula del bolsillo y la anciana apenas necesitó observarla un instante, luego empezó a reír. No fue una sonrisa discreta ni una risa elegante, más bien fue una carcajada auténtica, de las que obligan a tomar aire entre una frase y la siguiente. Yocko permaneció inmóvil observándola, convencida de que acababa de perder algún detalle importante.
Finalmente Hikari se secó una lágrima y respirando apenas habló - Hace años perdimos una caja entera de esas cápsulas  - explicó. Yocko bajó la vista hacia el cilindro y la anciana señaló entonces el papel. - Se usan para guardar instrucciones de cultivo. - Después la anciana volvió a reír. - Porque algunas personas las enterraban junto con las semillas. - Yocko sintió cómo todas las piezas encajaban, había pasado veinticuatro meses cuidando con dedicación una maceta que contenía una semilla muerta y una instrucción diseñada específicamente para evitar que alguien cometiera exactamente el error que ella había cometido.
[Imagen: q0yojli.png]
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