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[Autonarrada] Catalogación y Aseguramiento del Almacén Subterráneo Olvidado
Naoe Senju
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 9
Estadísticas
Generales
Fuerza25(2)
Destreza30(2)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia30(2)
Especiales
Salud11
Velocidad13
Tenketsu11
Sigilo10
415
440
Enlace al Post
12-07-2026, 09:48 AM
Última modificación: 12-07-2026, 09:49 AM por Naoe Senju.
● Nombre de la Misión: Catalogación y Aseguramiento del Almacén Subterráneo Olvidado
● Información de la Misión: Durante las recientes obras de apuntalamiento en los cimientos del Puesto de Vigilancia Norte, los operarios civiles han descubierto una sección sellada que pertenecía a un antiguo búnker logístico de la era fundacional, parcialmente inundado y bloqueado por sedimentos. El objetivo de Naoe Senju es adentrarse en la estructura subterránea y asegurar el perímetro. Deberá evaluar la estabilidad del terreno para prevenir derrumbes que afecten a la superficie, drenar los estancamientos de agua menores usando técnicas básicas o herramientas manuales, y recuperar/catalogar tres antiguos pergaminos de inventario militar antes de que la humedad los destruya por completo. Adicionalmente, se reporta la presencia de ciempiés gigantes de caparazón férreo (fauna menor, pero agresiva ante la luz); Naoe deberá neutralizarlos o reubicarlos utilizando el plano romo de su acero para no dañar las reliquias ni alterar la estructura del búnker. Al finalizar, entregará un informe simétrico y el registro de daños al cuerpo de ingeniería de Konoha.
● Rango y Tipo de la Misión: Rango D - Autonarrada (Logística / Contención)
● Fecha y Lugar: Verano, 15  Año 150 || Distrito Norte, Subterráneos de la Fortaleza de Konohagakure.
● Cantidad de Usuarios: 1 (Naoe Senju)
● Cantidad máxima de horas por ronda: 24 horas

La entrada al búnker logístico de la era fundacional recordaba a una garganta de mampostería antigua, asfixiada por el abandono y la presión tectónica de las raíces superficiales. Naoe detuvo su avance justo en el umbral del desgarro estructural, donde los operarios civiles habían retirado las vigas de soporte iniciales tras el hallazgo. Con un movimiento seco, metódico y perfectamente ensayado, descolgó de su cinto el quinqué militar de aceite de ballena, encendiéndolo con una mecha corta y ajustando la pantalla reflectora para concentrar el haz de luz en un ángulo de cuarenta y cinco grados. La disciplina de la fortaleza no admitía improvisaciones; la penumbra total del Distrito Norte subterráneo exigía una dosificación exacta de los recursos lumínicos y una vigilancia constante sobre el consumo de oxígeno.

Alineando sus botas reglamentarias con la línea de fractura del pavimento de piedra, Naoe extrajo su pergamino de bitácora oficial y un carboncillo graduado. Sus ojos claros, fríos y desprovistos de cualquier perturbación emocional, barrieron el arco de la bóveda. El techo presentaba fisuras capilares en el cuadrante noroeste, con una tasa de filtración estimada en tres gotas por minuto. La humedad relativa superaba el ochenta y cinco por ciento, un factor crítico que amenazaba la integridad de los depósitos documentales que debía rescatar.

—Estructura inferior del Puesto de Vigilancia Norte expuesta a un vector de asentamiento del dos por ciento anual —dictaminó Naoe en voz baja, registrando cada variable con caligrafía simétrica y precisa—. Los sedimentos arcillosos actúan como un tapón hidráulico provisional. Un apuntalamiento defectuoso provocaría el colapso del sector superficial en menos de setenta y dos horas. Procediendo a establecer una línea de vida física para garantizar el retorno.

Desenrollando un cordel de cáñamo alquitranado de doce ramales, fijó el extremo a un perno de anclaje de la era fundacional que aún conservaba su tenacidad estructural. Con el plano de su acero ligeramente ajustado en el fiador de la vaina para evitar tintineos innecesarios, inició el descenso por la rampa lodosa. Sus pies se movían con la agilidad y el equilibrio propios de un shinobi entrenado en la optimización del peso corporal, distribuyendo la presión sobre los restos de mampostería seca para no alterar la estática de la galería inferior.

Al alcanzar la base del almacén, el haz del quinqué recortó una superficie de agua estancada que cubría el tercio inferior de la sala de inventario. El líquido, espeso por la descomposición de materia orgánica y partículas de limo, alcanzaba los veinte centímetros de profundidad, inundando las bases de las estanterías de hierro forjado. Naoe fijó la linterna en un saliente rocoso y extrajo una pala plegable de dotación logística de su mochila, evaluando de inmediato el gradiente del suelo. Para liberar el estancamiento sin recurrir a un consumo innecesario de chakra que alterase su homeostasis física, comenzó a cavar una zanja de alivio con movimientos rítmicos y simétricos, dirigiendo el caudal hacia una grieta natural en el basalto inferior que funcionaba como sumidero pasivo.

El murmullo del agua al drenarse fue interrumpido por un chasquido metálico y estridente. Desde las hendiduras superiores de las estanterías, donde la luz del quinqué no impactaba directamente, tres siluetas segmentadas y de un negro azulado comenzaron a descender. Eran ciempiés gigantes de caparazón férreo, una fauna menor sumamente territorial cuyas placas de quitina brillaban con un matiz aceitoso. Al percibir la perturbación lumínica y las vibraciones del trabajo manual, las criaturas irguieron sus secciones frontales, batiendo sus pinzas venenosas en un claro patrón de agresión biológica.

Naoe no alteró su ritmo respiratorio. La orden de la misión era explícita: neutralizar o reubicar sin causar una matanza desordenada que contaminara el entorno o dañara las reliquias. Soltando la pala plegable, su mano derecha se deslizó hacia la empuñadura de su espada con una parsimonia quirúrgica. El acero abandonó la vaina con un siseo limpio y atenuado.

El primer espécimen se abalanzó desde un pilar lateral, proyectando su cuerpo de metro y medio en una trayectoria descendente. Naoe no retrocedió; en su lugar, ejecutó un pivote exacto sobre su talón izquierdo, desplazando su centro de gravedad apenas lo necesario para permitir que la criatura pasara de largo. Antes de que el ciempiés tocara el suelo lodoso, el Senju aplicó un golpe contundente y seco con el plano romo de la hoja directamente sobre el ganglio supraesofágico del artrópodo. El impacto desestabilizó el sistema nervioso de la criatura, dejándola inconsciente en el acto sin quebrar su coraza férrea ni derramar fluidos hemáticos.

Los dos ejemplares restantes avanzaron de forma simultánea por los costados del canal de drenaje. Utilizando un ágil juego de pies que aprovechaba los salientes secos de la piedra, Naoe entrelazó sus movimientos en una secuencia defensiva pulcra. Desvió la pinza del segundo ciempiés con la cazoleta de su arma y, aprovechando la inercia del movimiento, barrió la sección posterior del tercero con el reverso de la vaina, arrojándolo al interior de una de las celdas logísticas vacías que ya habían sido despejadas de agua. Con un movimiento fluido de su brazo libre, encajó una rejilla de ventilación suelta sobre la entrada de la celda, confinándolos de manera segura. En menos de tres minutos, el perímetro biológico quedó completamente administrado y el nivel del agua estancada descendió por debajo de la línea crítica de peligro.

Con la fauna contenida y el flujo hidráulico estabilizado bajo el canal pasivo, Naoe dirigió su atención al objetivo principal de la incursión: los depósitos de inventario militar. Tres cajas de latón selladas con cera de abejas, el método estándar de preservación de la era fundacional, yacían dispuestas en la repisa superior del armario central, apenas a unos centímetros de donde la humedad de condensación comenzaba a formar depósitos calcáreos.

Aproximándose con extrema cautela, el shinobi Senju utilizó la punta fina de un estilete logístico para retirar la capa de cera endurecida sin rasgar el metal subyacente. Al abrir la primera caja, el olor a papel antiguo y tinta ferrogálica impregnó el aire confinado del búnker. Dentro se encontraba el primer pergamino de inventario, cuyo borde comenzaba a mostrar signos de fragilidad higroscópica debido al almacenamiento prolongado. Naoe extrajo un paño de lino seco de su equipo y envolvió el documento con pliegues geométricos perfectos, repitiendo el procedimiento con el segundo y el tercero de forma idéntica. Cada pergamino fue archivado en un contenedor estanco de transporte, asegurando que la transición térmica y de humedad al salir a la superficie no acelerara el deterioro de las fibras.

Una vez asegurados los activos documentales, Naoe reanudó su inspección estructural estricta para el reporte final. Con el carboncillo, detalló las coordenadas exactas de las tres celdas de confinamiento temporal de los ciempiés para que el cuerpo de control ecológico pudiera reubicarlos formalmente en el bosque exterior sin alterar el ecosistema subterráneo. Midió el volumen del canal de drenaje improvisado y marcó con tiza roja los puntos de la bóveda que requerían la inyección inmediata de mortero hidráulico por parte de los ingenieros.

Recogiendo la línea de vida y apagando el quinqué una vez que sus botas alcanzaron nuevamente el nivel de la superficie, Naoe se cuadró frente al capataz civil del Puesto de Vigilancia Norte. Su uniforme reglamentario permanecía impecable, libre de manchas lodosas o salpicaduras desordenadas gracias a la pulcritud de su técnica de desplazamiento. Entregó el estuche sellado con las reliquias documentales y extendió el pergamino logístico con ambas manos, manteniendo una rigidez militar absoluta.

—Misión de catalogación y aseguramiento del almacén subterráneo ejecutada al cien por ciento —declaró Naoe con voz plana, firme y carente de fatiga—. Tres pergaminos de la era fundacional recuperados sin alteración física. Nivel de agua reducido mediante canalización pasiva. El búnker requiere intervención estructural en los cuadrantes señalados en el informe antes de proceder con el apuntalamiento definitivo del puesto de vigilancia. La simetría del perímetro ha sido restablecida.

El capataz asintió en silencio, intimidado por la fría y milimétrica eficiencia del joven Senju, quien ya guardaba sus herramientas de dibujo con movimientos idénticos en su cinto, listo para el siguiente informe oficial en la fortaleza de Konoha.
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