05-07-2026, 06:46 PM
Última modificación: 05-07-2026, 07:05 PM por Yagami Nara.
La penumbra del bosque nocturno era el único testigo del peculiar despliegue estratégico de Yagami Nara. Mientras el resto de los genin de Konoha descansaban, él prefería invertir sus valiosas horas de sueño en simular pequeños combates individuales contra sus rivales, combinando el uso de armas con sus técnicas de sombra. Para ello, había repartido tres pergaminos con caricaturas en árboles distintos de la arboleda.
Se plantó frente al primer árbol, donde colgaba el retrato de Kazuki Inuzuka, dibujado como un sabueso rabioso de pelo ceniza. Yagami sopesó dos kunais con una sonrisa de superioridad.
—Tú, Kazuki, el indomable salvaje —rio entre dientes—. Tu brillante plan de batalla siempre se resume en rugir y embestir en línea recta. Es un milagro que no te hayas estampado contra un muro por pura cabezonería.
Lanzó los dos kunais a la vez, simulando un contraataque. Las armas impactaron con precisión quirúrgica en las marcas faciales de la caricatura, inmovilizándola contra el tronco. Sin perder un segundo, Yagami saltó hacia un claro contiguo, donde esperaba el segundo objetivo fijado a un pino: Sora Shimura, dibujado con la piel pálida y las facciones tan rígidas como las de un muñeco de ventrílocuo.
—Ay, Sora... tan calculador en los papeles y tan predecible en el barro —dijo Yagami, juntando las manos en el sello de la rata—. Tus tácticas son tan flexibles como un tronco seco. Las guerras no se ganan sacando un sobresaliente en la Academia, aplicadillo.
Su sombra cobró vida tridimensional y se despegó de la tierra con un siseo. Bajo su control, la oscuridad formó un tentáculo grueso y afilado que atravesó limpiamente el tronco de un arbusto joven que hacía de obstáculo, continuando su trayectoria hasta perforar el pecho del dibujo de Sora. Yagami deshizo el jutsu con parsimonia, contemplando el destrozo con humor negro.
—Qué lástima. Un pobre arbusto inocente ha pagado el precio de tu incompetencia, Sora. Qué absoluto desperdicio de madera... y de tu supuesto intelecto.
Finalmente, se desplazó sigilosamente hacia un viejo roble más apartado, donde descansaba el último pergamino: el de Akira Hyūga. El dibujo retrataba la estampa altiva del joven de dieciséis años, su silueta fibrosa, sus ojos perlados y su larguísima melena castaña. Yagami se había esmerado en detallar los pesados guanteletes rojos de sus antebrazos y el protector frontal de la aldea atado de manera rebelde alrededor del cuello. Sin embargo, para destruir semejante monumento a la aristocracia, le había pintarrajeado encima unas gafas gigantescas y un ridículo bigote de villano.
—Y ahora, mi queridísimo Akira —murmuró imitando el tono engolado del clan noble—. Mucho ojo de largo alcance, pero me juego mi ración de ramen a que el Byakugan no te sirve para ver lo estúpido que te queda ese peinado, ni con esas gafas nuevas.
Combinando sus habilidades para el golpe final, Yagami arrojó un shuriken para forzar una esquiva imaginaria y, acto seguido, extendió su sombra en un sutil hilo que trepó por el roble, rasgando el pergamino exactamente entre las esferas blancas de la caricatura.
—¡Directo en el orgullo! De nada te sirve ver a un kilómetro si no anticipas que un Nara te va a aguar la fiesta desde tu propio punto ciego. Qué molestia de genio.
Contempló los tres árboles acribillados y sonrió. Por unos instantes, el miedo sordo a quedarse atrás desapareció, sepultado bajo el peso de su propia brillantez. Al fin y al cabo, la mente siempre iba un paso por delante de los músculos.
Se plantó frente al primer árbol, donde colgaba el retrato de Kazuki Inuzuka, dibujado como un sabueso rabioso de pelo ceniza. Yagami sopesó dos kunais con una sonrisa de superioridad.
—Tú, Kazuki, el indomable salvaje —rio entre dientes—. Tu brillante plan de batalla siempre se resume en rugir y embestir en línea recta. Es un milagro que no te hayas estampado contra un muro por pura cabezonería.
Lanzó los dos kunais a la vez, simulando un contraataque. Las armas impactaron con precisión quirúrgica en las marcas faciales de la caricatura, inmovilizándola contra el tronco. Sin perder un segundo, Yagami saltó hacia un claro contiguo, donde esperaba el segundo objetivo fijado a un pino: Sora Shimura, dibujado con la piel pálida y las facciones tan rígidas como las de un muñeco de ventrílocuo.
—Ay, Sora... tan calculador en los papeles y tan predecible en el barro —dijo Yagami, juntando las manos en el sello de la rata—. Tus tácticas son tan flexibles como un tronco seco. Las guerras no se ganan sacando un sobresaliente en la Academia, aplicadillo.
Su sombra cobró vida tridimensional y se despegó de la tierra con un siseo. Bajo su control, la oscuridad formó un tentáculo grueso y afilado que atravesó limpiamente el tronco de un arbusto joven que hacía de obstáculo, continuando su trayectoria hasta perforar el pecho del dibujo de Sora. Yagami deshizo el jutsu con parsimonia, contemplando el destrozo con humor negro.
—Qué lástima. Un pobre arbusto inocente ha pagado el precio de tu incompetencia, Sora. Qué absoluto desperdicio de madera... y de tu supuesto intelecto.
Finalmente, se desplazó sigilosamente hacia un viejo roble más apartado, donde descansaba el último pergamino: el de Akira Hyūga. El dibujo retrataba la estampa altiva del joven de dieciséis años, su silueta fibrosa, sus ojos perlados y su larguísima melena castaña. Yagami se había esmerado en detallar los pesados guanteletes rojos de sus antebrazos y el protector frontal de la aldea atado de manera rebelde alrededor del cuello. Sin embargo, para destruir semejante monumento a la aristocracia, le había pintarrajeado encima unas gafas gigantescas y un ridículo bigote de villano.
—Y ahora, mi queridísimo Akira —murmuró imitando el tono engolado del clan noble—. Mucho ojo de largo alcance, pero me juego mi ración de ramen a que el Byakugan no te sirve para ver lo estúpido que te queda ese peinado, ni con esas gafas nuevas.
Combinando sus habilidades para el golpe final, Yagami arrojó un shuriken para forzar una esquiva imaginaria y, acto seguido, extendió su sombra en un sutil hilo que trepó por el roble, rasgando el pergamino exactamente entre las esferas blancas de la caricatura.
—¡Directo en el orgullo! De nada te sirve ver a un kilómetro si no anticipas que un Nara te va a aguar la fiesta desde tu propio punto ciego. Qué molestia de genio.
Contempló los tres árboles acribillados y sonrió. Por unos instantes, el miedo sordo a quedarse atrás desapareció, sepultado bajo el peso de su propia brillantez. Al fin y al cabo, la mente siempre iba un paso por delante de los músculos.