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Un tigre, Una Mapache y Una Abeja entran en una Casa de Te
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
04-07-2026, 12:43 AM
El ambiente de la casa de té se sentía inusualmente pesado, o quizás era simplemente la densidad de sus propios pensamientos. Akira soltó un suspiro, uno que distaba mucho de los gruñidos de fastidio que solía soltar cuando alguien le buscaba bronca en las tabernas de los muelles. Hoy, sin embargo, su aspecto exterior reflejaba un cambio que intentaba —sin mucho éxito— camuflar su ansiedad bajo una estética más urbana y menos atada a los convencionalismos de su clan.

Había dejado atrás las sedas y el chaleco tradicional por una chaqueta de cuero negro, cuya textura rugosa y pesada contrastaba con la suavidad de la camisa de cuello blanco impecable que llevaba debajo. Sus piernas, enfundadas en unos jeans negros ajustados, terminaban de darle esa apariencia de rebelde que solía pasearse por los barrios obreros, muy lejos de los salones aristocráticos del distrito Hyūga. Su largo cabello castaño, habitualmente suelto, estaba ahora recogido en una coleta alta y tirante, dejando su rostro despejado y sus rasgos afilados en plena exhibición, mientras que la banda ninja, en lugar de ceñir su frente, colgaba con un descuido estudiado alrededor de su cuello.

A su lado, Maneky, su gato de pelaje blanco impoluto, se desperezó sobre el suelo de madera, emitiendo un ronroneo bajo que vibraba en el silencio. El felino, con su mirada de heterocromía fija en el rostro de su dueño, inclinó la cabeza, observando cómo Akira mordía distraídamente la correa de su guantelete derecho; un tic nervioso que siempre precedía al caos, pero que hoy solo denotaba una ansiedad casi infantil.

—¿Crees que es una estupidez, Maneky? —murmuró Akira, bajando la voz hasta un susurro apenas audible para los demás clientes—. He estado en emboscadas, he roto huesos por defender a mi hermano y he enfrentado a tipos que me triplican en tamaño, pero aquí estoy, sudando por un par de dulces.

El gato, con esa calma enigmática propia de su especie, se frotó contra la pierna de su dueño, dejando un rastro de pelusa blanca sobre el cuero oscuro de la chaqueta. Akira, olvidando por un momento la pose de tipo duro que sus ropas sugerían, dejó que sus ojos perlados se perdieran nuevamente en el lazo rojo de la caja sobre sus rodillas.

—Si se ríe, o si me mira con esa cara de despiste habitual… —continuó Akira, dejando de morder la correa—. Es decir, ella es… es un tornado. Y yo soy solo un idiota con problemas de ira que intenta ser normal por un par de horas. Tal vez solo se está burlando de lo estirados que somos los Hyūga.

Maneky emitió un maullido breve, casi como una risita, antes de acurrucarse contra la rodilla de su dueño. Akira se obligó a relajar los hombros, tratando de que la rigidez del cuero no lo hiciera sentir más atrapado de lo que ya se sentía emocionalmente. Por un momento, el buscapleitos de los callejones y el aristócrata del clan se fundieron en un joven de dieciséis años que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba tratando de demostrarle nada a nadie, sino simplemente esperando a alguien cuyo olor era el único que lograba calmar el fuego constante de su sangre.
[Imagen: JK2RddW.png]
Momo Aburame
Rango Genin
Clan Aburame
Nivel 3
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra5(1)
Inteligencia0(1)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo12
240
285
Enlace al Post
06-07-2026, 01:45 PM
Las casas de té estaban pasando por una crisis sin precedentes: ¡eran demasiado antiguas! ¡Viejas! ¡Pasadas de moda! ¡Aburridas! Les faltaba iluminación. Flores. ¡Un rincón preparado para posar! Quizá un cartel ilustrado con mi cara.
—No, definitivamente no es el lugar —murmuré al detenerme frente a la entrada.
Había ido porque una de las dependientas de Flores Yamanaka me había recomendado sus dulces. Según ella, eran bonitos, delicados y bastante populares entre las chicas. Empujé la puerta y entré sabiendo que el aspecto del local acababa de mejorar en un doscientos por ciento gracias a mi presencia... Nadie levantó la mirada. ¡Qué falta de cultura! La encargada me recibió desde detrás del mostrador. Le dediqué una sonrisa educada, sabiendo que la futura modelo oficial de Konoha debía cuidar su imagen pública.
—Una mesa para una —dije—. Cerca de una ventana, pero sin que el sol me dé directamente en la cara. La luz natural tiene que entrar desde un lateral. Y nada cerca de la cocina, que el vapor me arruina el cabello.
La mujer me observó durante unos segundos.
—Solo queda una mesa libre.
—¿Tiene buena iluminación?
—Está al fondo.
—¿Lejos del baño?
—Está al fondo —repitió.
Suspiré. Había batallas que ni siquiera una kunoichi con mi talento podía ganar. Seguí la dirección que me indicó y fue entonces cuando reparé en el chico de la chaqueta negra. No porque estuviera haciendo algo particularmente interesante. De hecho, parecía estar manteniendo una conversación secreta con un gato. Pero resultaba difícil ignorar a alguien vestido así. Chaqueta de cuero. Jeans negros. Guantes. Cabello recogido. No era un mal conjunto. Un poco dramático, quizá. Mis ojos descendieron hasta los suyos. Ah. Un Hyūga. Eso explicaba la expresión trágica. Los Hyūga tenían esa habilidad. Podían estar sentados tranquilamente en una casa de té y, aun así, parecer que cargaban con el peso de siete generaciones de secretos familiares. Era agotador solo de ver. Aunque aquel no llevaba la ropa tradicional del clan. Eso le daba algunos puntos. El gato blanco que descansaba junto a él se frotó contra su pierna y dejó varios pelos sobre el cuero negro. ¡Qué desastre! ¡Por eso es que yo no tengo mascotas! Uno de sus ojos tenía un color distinto del otro, un detalle lo bastante llamativo como para captar mi atención durante más tiempo del recomendable. Algo se agitó bajo mi manga.
—No —susurré.
Uno de mis kikaichū asomó las antenas desde el borde del guante.
—He dicho que no.
El insecto ignoró mi advertencia y salió hasta posarse sobre mi muñeca. Parecía interesado en la criatura blanca. O quizá en el olor dulce que flotaba alrededor de la mesa. Entonces vi la caja. Estaba apoyada sobre las rodillas del Hyūga y decorada con un lazo rojo cuidadosamente colocado. Él la sujetaba con demasiada atención para que se tratara de una compra cualquiera. Además, por la rigidez de sus hombros y la forma en que había estado mordiendo la correa del guantelete, no hacía falta ser una experta en espionaje para entender la situación. Esperaba a alguien. Y estaba nervioso. Aparté la mirada antes de que pudiera parecer que estaba espiándolo. No estaba espiándolo, por supuesto. Solo analizaba mi entorno. Era una práctica ninja básica. Mi mesa se encontraba justo al lado de la suya. Naturalmente. Tomé asiento con cuidado, acomodé mi falda y deposité sobre la mesa el pequeño bolso que llevaba conmigo. El kikaichū seguía observando al gato.
—No te encariñes —le advertí en voz baja—. Tiene el pelo largo. Sabés perfectamente lo que eso significa para mi ropa.
Como si hubiera entendido que estaban hablando de él, el felino se levantó y se acercó unos pasos hacia mi mesa. Me quedé inmóvil. El gato me miró. Yo miré al gato.
—Ni se te ocurra rozarme —le dije.
El animal no pareció intimidado. Se acercó un poco más y alzó la nariz hacia el insecto de mi muñeca. El kikaichū agitó las antenas en respuesta.
—No —repetí, esta vez dirigiéndome a ambos—. No vamos a tener un encuentro entre especies sobre mi falda.
Extendí la mano para hacer retroceder al insecto, pero este levantó el vuelo y se posó sobre el borde de la mesa vecina. Justo al lado del Hyūga. Primer día visitando aquella casa de té y uno de mis asistentes personales ya estaba invadiendo el espacio privado de un desconocido.
—Disculpá —dije, inclinándome ligeramente hacia su mesa—. Ese es mío.
Señalé al kikaichū con una uña perfectamente pintada. El insecto avanzó por la madera en dirección a la caja del lazo rojo. Mis ojos se abrieron.
—¡Eso tampoco es para vos!
Lo intercepté antes de que alcanzara el paquete y permití que subiera sobre mi dedo. Después lo acerqué a mi manga, aunque el traidor parecía decidido a seguir observando al gato.
—Hoy tiene una obsesión con meterse donde no lo llaman —expliqué mientras lo guardaba—. No sé de quién habrá aprendido esa costumbre.
Me tomé un instante para observar al muchacho desde más cerca. Su ropa seguía pareciéndome bastante mejor que el uniforme habitual de su clan, aunque los pelos blancos sobre la chaqueta eran imposibles de ignorar. Señalé su hombro.
—Tenés pelo de gato ahí.
Luego vi otro.
—Y ahí.
Otro más.
—También en la manga.
Hice una breve pausa.
—En realidad, estás cubierto.
El felino regresó junto a su dueño con absoluta indiferencia, como si no acabara de sabotear por completo la estética de su conjunto. Mis ojos se desviaron brevemente hacia la caja, aunque esta vez no hice ningún comentario. Fuera quien fuese la persona que esperaba, parecía haber puesto bastante esfuerzo en el regalo.
—Tranquilo, no voy a preguntar —aclaré, regresando la atención a su rostro—. Pero, por cómo estás sujetando eso, parece que vas a entregarle una declaración de guerra a alguien.
Apoyé un codo sobre mi propia mesa.
—O algo peor.
Dejé que el silencio durara apenas un instante.
—Una declaración romántica.
Hice una mueca compasiva.
—Qué miedo.
La encargada se acercó entonces para dejar una carta de bebidas delante de mí. La abrí y comencé a revisar los nombres, aunque casi todos parecían variaciones de «té tradicional servido de manera tradicional». Aburridísimo.
—¿Cuál tiene mejor presentación? —pregunté.
La mujer parpadeó.
—¿Perdón?
—El té. ¿Cuál quedaría mejor en un cartel publicitario?
—Todos se sirven en la misma tetera.
Cerré la carta lentamente.
—Este lugar necesita urgentemente una asesora de imagen.
La encargada se marchó sin responder. Solté un suspiro y volví la vista hacia el Hyūga, todavía sentado con su gato, su caja y aquella tensión que casi podía sentirse desde la mesa contigua.
—Soy Momo Aburame.
Me señalé con la naturalidad de quien presentaba a una figura pública que él debería empezar a recordar desde ese momento. Uno de los insectos se movió bajo mi manga.
—Y antes de que preguntes, no, normalmente no interrumpen reuniones ajenas. Hoy están especialmente maleducados.
Miré al gato.
—Creo que fue culpa suya.
El felino parpadeó lentamente. Qué criatura tan insolente.
—¿Y vos quién sos? —pregunté finalmente.
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