29-06-2026, 01:48 PM
Última modificación: 29-06-2026, 01:57 PM por Orión Hoshigaki.
Kirigakure, Puerto Funato - Prisión de la Montaña
Día 8 de Verano, Año 150
Hora: 10:22
MISIÓN RANGO C
División de Seguridad Interna – Kirigakure no Sato
Objetivo: Traslado de prisionero.
El shinobi asignado deberá presentarse de inmediato en el Puerto Shinobi Funato para asumir la custodia del prisionero Crine, conocido bajo el alias de "El Mago", capturado recientemente durante un operativo naval en aguas jurisdiccionales de Kirigakure.
El detenido será trasladado hasta la Prisión de la Montaña, donde será sometido a interrogatorio por su presunta vinculación con diversas actividades criminales y posibles asociados aún en libertad.
El traslado se realizará bajo el Protocolo de Custodia Tipo II, compuesto por:
- Un (1) shinobi responsable de la misión.
- Dos (2) escoltas del cuerpo de seguridad.
- Un (1) cochero autorizado.
El prisionero permanecerá esposado de manos y pies, con los ojos vendados durante la totalidad del recorrido. La venda no deberá retirarse bajo ninguna circunstancia antes de su entrega oficial.
Ruta autorizada:
- Puerto Shinobi Funato.
- Cruce del Canal Mizuchi.
- Distrito de Clase Baja.
- Prisión de la Montaña.
Existe la posibilidad de un intento de rescate durante el trayecto. El shinobi responsable queda autorizado para emplear la fuerza necesaria con el fin de garantizar la integridad del convoy y la llegada del detenido a destino.
Prioridad absoluta: El prisionero deberá llegar con vida a la Prisión de la Montaña. Su muerte o desaparición durante el traslado será considerada el fracaso de la misión.
División de Seguridad Interna
Kirigakure no Sato
La carroza abandonó el Puerto Shinobi Funato con la parsimonia propia de un traslado oficial. No existía prisa. La humedad del verano envolvía las calles de Kirigakure bajo una lluvia fina que parecía no terminar nunca, una cortina gris que suavizaba los contornos de los edificios y convertía el empedrado en un espejo irregular donde las ruedas dejaban un tenue rastro de agua. El olor a sal comenzaba a disiparse conforme el convoy se alejaba del puerto, sustituido poco a poco por la mezcla de madera mojada, carbón húmedo y el vapor que escapaba de los pequeños puestos callejeros que recién abrían sus puertas.
La carroza no era especialmente elegante. Su construcción privilegiaba la resistencia por encima de cualquier comodidad. Las paredes estaban formadas por gruesos tablones reforzados con bandas de hierro ennegrecidas por el tiempo; pequeñas ventanas protegidas por barrotes permitían la circulación del aire sin ofrecer espacio suficiente para una fuga. En el interior, una única banca recorría ambos costados, dejando el centro completamente libre para impedir que un prisionero pudiera ganar impulso con facilidad.
Allí permanecía sentado Crine. Las muñecas descansaban aprisionadas por pesados grilletes unidos mediante una corta cadena al suelo del vehículo. Otro juego de esposas mantenía sus tobillos apenas separados, suficientes para caminar con dificultad, insuficientes para correr. Sobre los ojos llevaba una gruesa venda negra, ajustada con tal firmeza que ni un hilo de luz parecía filtrarse bajo la tela.
Y, sin embargo. Sonreía. No era una sonrisa desafiante ni nerviosa. Era la expresión tranquila de alguien que parecía divertirse con una situación que cualquier otra persona habría considerado desesperante.
Los dos escoltas estaban sentados a los lados del prisionero con la vista fija en las calles. Uno era un hombre ancho de hombros, curtido por los años de servicio; el otro, algo más joven, conservaba esa tensión permanente propia de quien aún necesitaba demostrar que merecía vestir el uniforme. Crine inclinó apenas la cabeza.
-El de la izquierda pesa más.
Ninguno respondió.
-No es una crítica. Sólo digo que pesa más.
El escolta veterano resopló sin apartar la vista del frente.
-Callate.
Crine dejó escapar una pequeña risa.
-"Callate."
Repitió la palabra con un tono casi infantil, saboreándola.
-Qué verbo más triste, callate.
El joven apretó con fuerza el pliegue de su uniforme.
-Una palabra más y te cierro la boca.
El prisionero asintió lentamente.
-"Te cierro la boca."
Una pausa.
-Curioso, todos dicen eso antes de terminar escuchándome.
El silencio volvió a instalarse durante algunos metros. Sólo permanecía el rumor constante de la lluvia golpeando la madera del techo y el crujido acompasado de los ejes al absorber las irregularidades del camino. Crine inspiró profundamente.
-Estamos dejando atrás el puerto.
Nadie contestó.
-Lo sé por el olor.
Volvió a sonreír.
-Y he dicho, por el olor.
Acomodó los hombros contra la pared de la carroza y continuó hablando como si mantuviera una conversación con viejos conocidos.
-Hay una panadería unas dos calles más adelante.
Silencio.
-No hacen buen pan.
Otro silencio.
-Y he dicho buen pan, eso dije.
El escolta veterano giró apenas la cabeza.
-¿No te cansás nunca?
Crine rió con verdadera honestidad.
-Muchísimo.
Esperó apenas un segundo.
-Muchísimo me canso.
Luego inclinó el rostro hacia la pequeña ventana enrejada, como si pudiera sentir la ciudad a través de la lluvia.
-¿Saben por qué me llaman "El Mago"?
Nadie respondió.
-Todos creen que es porque hago desaparecer cosas.
Sonrió.
-No y he dicho no.
Levantó apenas las muñecas, haciendo tintinear las cadenas.
-Me llaman así porque la gente siempre termina viendo lo que quiere ver.
Otra pausa.
-Lo que quiere ver.
El cochero negó con la cabeza desde el pescante.
-Estás loco.
Crine soltó una carcajada que resonó dentro de la caja de madera.
-"Estoy loco."
Su voz bajó hasta convertirse en un murmullo.
-Es una explicación muy cómoda. Parece que no soy el único loco, y he dicho el único loco.
El convoy continuó avanzando con absoluta normalidad. Los caballos mantenían un trote uniforme, los escoltas no rompían la mirada y el cochero guiaba las riendas con la seguridad de quien conocía cada rincón de Kirigakure. Sólo había un detalle que rompía aquella imagen perfectamente ordenada. El shinobi asignado para dirigir el traslado no ocupaba ninguna de las posiciones habituales del convoy. No marchaba junto a la carroza. No viajaba sobre el pescante. Tampoco se encontraba dentro. Por alguna razon, avanzaba bajo el vehículo, desplazándose al mismo ritmo que las ruedas mientras el convoy recorría las calles de la aldea. Ni el cochero ni los guardias parecían extrañados por aquella elección; simplemente la aceptaban como parte del dispositivo de seguridad.