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Autonarrada [E] Ojos Ambarinos
Orión Hoshigaki
Rango Chuunin
Clan Hoshigaki
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra60(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud11
Velocidad14
Tenketsu11
Sigilo15
560
535
Enlace al Post
27-06-2026, 11:31 AM
Última modificación: 27-06-2026, 11:31 AM por Orión Hoshigaki.
Kirigakure, Puerto
Verano 7 año 150


La niebla descendía sobre el puerto con la misma calma de todas las noches de verano. No ocultaba el mar; lo transformaba. Las embarcaciones dejaban de ser barcos para convertirse en sombras inmóviles, y los pilotes del viejo muelle parecían troncos podridos que emergían desde un fondo sin final. El aire estaba cargado de sal, algas y madera húmeda. Un aroma familiar para Orión, uno que le resultaba mucho más agradable que el perfume de cualquier ciudad.

Los rumores habían comenzado apenas unos días atrás. Primero un pescador aseguró haber visto dos enormes ojos color ámbar bajo el agua. Luego fueron dos. Después cinco. Finalmente, nadie quiso acercarse al viejo muelle cuando caía la noche. Las historias crecían más rápido que las olas. Algunos hablaban de una bestia marina; otros de un espíritu que custodiaba el puerto. Las autoridades, cansadas de escuchar supersticiones, terminaron asignando una sencilla misión para descubrir qué estaba ocurriendo. Las bestian habian ssido selladas hace bastante.

Orión escuchó el relato de los trabajadores sin hacer demasiadas preguntas. Permaneció inmóvil, observando el viejo embarcadero mientras el viento movía lentamente las sogas amarradas a los postes. No encontró miedo en las palabras de aquellos hombres. Encontró incertidumbre. Era suficiente para alterar la rutina de cualquier puerto.

-¿Siempre aparecen en el mismo lugar?

Un anciano señaló con el mentón un viejo muelle semihundido varios metros más adelante.

-Siempre ahí, cuando oscurece.

El Hoshigaki simplemente asintió. No hacía falta nada más. Esperó. Durante la tarde recorrió el lugar con tranquilidad. Las tablas crujían bajo su peso y algunos pilotes estaban cubiertos por gruesas capas de moluscos. No encontró huellas de violencia ni señales de alguna criatura de gran tamaño. Solo madera envejecida, redes olvidadas y el constante vaivén del agua golpeando la estructura.

Cuando el sol desapareció tras el horizonte, el puerto quedó prácticamente vacío. Las conversaciones se apagaron una por una hasta que únicamente permaneció el sonido del mar respirando bajo los tablones. Orión permanecía sentado sobre una viga, inmóvil, dejando que el tiempo avanzara sin apuro. Contaba las respiraciones como solía hacer cuando necesitaba ordenar las ideas.

Entonces ocurrió. Bajo el viejo muelle aparecieron dos enormes círculos color ámbar. Permanecían completamente inmóviles, separados por apenas unos centímetros, observando hacia la superficie como si pertenecieran a algún animal gigantesco oculto entre la oscuridad. Desde aquella distancia comprendió el miedo de los pescadores. Realmente parecían ojos.

Orión no retrocedió. Inclinó apenas la cabeza mientras inspiraba profundamente. El agua llenó sus pulmones y su olfato comenzó a separar cada uno de los aromas que viajaban bajo la superficie. Sal. Algas. Lodo. Peces. Madera podrida. Un leve deje a lúpulo y malta. Cerveza. Arrebató la cabeza fuera del agua de un golpe. Sus hebras pétreas chorreaban mientras fruncía ligeramente la nariz. El olor no provenía del puerto. Provenía del agua.

Sin hacer ruido dejó caer el cuerpo al mar. El agua fría lo envolvió por completo mientras descendía lentamente entre los pilotes. A cada brazada los supuestos ojos crecían un poco más, inmóviles, silenciosos, sin el menor gesto que indicara la presencia de un depredador. Cuando estuvo lo bastante cerca, la verdad apareció frente a él. No había ninguna bestia. Solo un pez de cuerpo oscuro, rechoncho y completamente indiferente a la presencia del shinobi. Había construido su refugio entre dos grandes piedras y, alrededor de él, descansaba una curiosa colección de objetos rescatados del fondo del puerto. Conchas. Monedas ennegrecidas. Fragmentos de cerámica. Incluso una vieja cuchara cuya superficie todavía reflejaba algo de luz.

En el centro de aquella colección descansaban dos fondos de botella de cerveza color ámbar. El pez los había acomodado uno junto al otro frente a la entrada de su escondite. Cada vez que la luz de la luna atravesaba el cristal, el reflejo ascendía hasta la superficie formando dos enormes ojos dorados que parecían vigilar el muelle.

Orión permaneció inmóvil varios segundos observando la escena. El pez también lo observó.
Después abrió lentamente la boca, tomó un pequeño caracol con delicadeza y lo acomodó junto al resto de los objetos brillantes, como si continuara ampliando una colección de enorme valor. El Hoshigaki dejó escapar una leve sonrisa., que burbujeo hasta la superficie.

Toda la historia. Todo el miedo. Toda la misión. Había nacido por culpa de un pez con una extraña fascinación por las cosas brillantes. Estiró lentamente la mano y tomó únicamente los dos fondos de botella. El pequeño habitante del refugio retrocedió apenas unos centímetros, pero no huyó. Permaneció escondido detrás de una roca mientras veía desaparecer las dos piezas de cristal. El resto de su tesoro quedó exactamente donde estaba.

Orión regresó a la superficie con calma. Apenas sacó la cabeza del agua dirigió la vista hacia el lugar donde antes habían aparecido los misteriosos ojos. No quedaba nada. Solo la oscuridad habitual del puerto. A la mañana siguiente los pescadores regresaron al trabajo. Algunos comentaban que el monstruo había abandonado aquellas aguas. Otros aseguraban que algún shinobi lo había derrotado durante la noche. Orión escuchó ambas teorías mientras caminaba de regreso por el embarcadero con los dos trozos de vidrio en la mano.

No sintió necesidad de corregirlos. Antes de abandonar el puerto arrojó los fondos de botella dentro de un recipiente destinado a los residuos. Después lanzó una última mirada hacia el viejo muelle semihundido. Bajo las aguas, oculto entre las piedras, el pequeño coleccionista ya buscaba un nuevo tesoro con el que reemplazar las dos piezas perdidas.

Orión se marchó con una tranquilidad casi divertida. A veces el mar escondía monstruos. Otras veces, únicamente escondía criaturas demasiado curiosas para comprender por qué los humanos le tenían miedo a dos simples reflejos.
Moderador Samui
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28-06-2026, 01:55 AM
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