![[Imagen: xUPCV79.png]](https://i.imgur.com/xUPCV79.png)
La mañana había comenzado torcida incluso antes de que el cielo terminara de cerrarse por completo.
En la zona de pesca cercana a Kirigakure, el agua llevaba horas mostrándose más inquieta de lo habitual. La corriente, todavía manejable al amanecer, había empezado a volverse más agresiva con el paso de las horas, empujando con más fuerza contra los pilotes, arrastrando espuma turbia por la orilla y haciendo que las cuerdas de las redes tensaran de una forma cada vez más peligrosa. Los pescadores más veteranos ya se habían dado cuenta de que no convenía tentar demasiado a la suerte aquel día; más de uno había comenzado a retirar sus aparejos antes de que el clima empeorara del todo.
Los hijos de la familia Nagata, encargados aquella mañana de revisar parte de las redes, no reaccionaron con la misma rapidez.
Fuma y Fuju Nagata, los dos mayores, habían sido enviados junto a sus hermanos menores para vigilar las redes y recogerlas en cuanto la corriente comenzara a ponerse fea. En teoría, la tarea no tenía demasiado misterio: comprobar las boyas, asegurar las cuerdas y retirar las redes antes de que el agua se enfureciera demasiado. El problema era que dejar a Fuma y Fuju al mando de algo juntos era casi una invitación al desastre.
Fuma, el más impulsivo de los dos, insistía en que aún tenían tiempo. La pesca había sido buena esa mañana y, según él, retirar las redes tan pronto solo significaría volver con menos de lo que podrían sacar si las dejaban un rato más. Fuju, por su parte, sostenía lo contrario: la corriente ya estaba tirando con demasiada fuerza y, si no empezaban a recogerlas de inmediato, terminarían perdiéndolo todo. Como ocurría siempre que ambos abrían la boca al mismo tiempo, lo que empezó como una discusión acabó convirtiéndose en una pelea a voz en cuello, con los dos más pendientes de llevarse la razón que de atender lo que estaba ocurriendo frente a ellos.
En medio de aquella disputa estaba Daigo Nagata, el más avispado de los cuatro y probablemente el único que realmente estaba prestando atención a la situación. Mientras sus hermanos mayores se lanzaban reproches de un lado a otro, él iba de una cuerda a otra comprobando cuál estaba más tensa, qué red convenía sacar primero y cuánto tiempo les quedaba antes de que la corriente terminara por arrastrarlas. Fue Daigo quien notó primero que una de las boyas se estaba desplazando más de la cuenta y que una de las cuerdas ya no estaba resistiendo como debía. También fue el primero en decir, con bastante más sentido común que sus hermanos mayores, que dejaran de discutir y se pusieran a trabajar de una vez.
Pero nadie le hizo caso a tiempo.
Yūji Nagata, el menor del grupo, apenas podía seguir el ritmo de todo lo que estaba ocurriendo. Demasiado pequeño para cargar una red por sí solo y demasiado nervioso como para ignorar los gritos de sus hermanos, se limitaba a moverse de un lado a otro con la ansiedad dibujada en la cara, sin saber a quién obedecer. Fuma le ordenó que sujetara una de las cuerdas. Fuju le gritó al mismo tiempo que dejara esa y fuera a ayudar con otra más cercana a la orilla. Daigo, viendo que la situación se les estaba escapando de las manos, intentó mandarlo a avisar a los pescadores adultos para que echaran una mano antes de que fuera demasiado tarde.
Yūji, confundido por tres órdenes distintas y con la presión apretándole el pecho, dudó apenas unos segundos.
Y esos segundos bastaron.
La primera cuerda cedió de golpe, arrancándose de las manos de Fuma con un tirón brusco que casi lo hizo perder el equilibrio. La red salió arrastrada por la corriente y fue a estrellarse contra una formación de rocas cercana a la orilla. Apenas alcanzaron a reaccionar cuando una segunda red, mal asegurada por culpa del caos, comenzó a deslizarse hacia una zona de juncos y barro donde las raíces podían devorarla con facilidad. La tercera, la más pesada, aguantó solo un momento más antes de ser arrastrada por el agua hacia una parte más abierta del cauce, alejándose con rapidez entre la lluvia fina y la espuma.
Lo que siguió después fue todavía peor.
Fuma culpó a Fuju por haberlo distraído con sus gritos. Fuju le devolvió la culpa por haberse empeñado en dejar las redes un rato más. Daigo intentó detener la discusión y organizar lo poco que todavía podían salvar, pero hablar con dos idiotas enfrascados en una pelea era como gritarle a la niebla. Yūji, viendo cómo una red tras otra desaparecía por culpa del malentendido, la corriente y los gritos, acabó rompiendo en llanto, convencido de que lo reprenderían por no haber sabido qué hacer.
Para cuando los pescadores adultos llegaron al lugar alertados por el alboroto, el desastre ya estaba hecho.
Tres redes habían sido arrastradas por la corriente hacia distintos puntos del canal y la costa cercana. Una había quedado, probablemente, atrapada entre las rocas; otra debía de haberse enredado en la zona de juncos; y la última había sido empujada mucho más lejos, hacia un tramo más agresivo del agua. Con el clima empeorando y los hermanos Nagata demasiado alterados como para resolver el problema por su cuenta, no tardó en tomarse una decisión: pedir ayuda a un shinobi de Kirigakure antes de que las redes se perdieran para siempre o regresaran convertidas en poco más que basura mojada.