22-06-2026, 10:53 PM
Última modificación: 18-07-2026, 07:22 PM por Kaito Sarutobi.
El sol caía sobre Konoha con esa luz amarillenta que anunciaba el final de la tarde, pintando los techos de tejas con un brillo cálido que contrastaba con el bullicio constante de la calle principal. Kaito Sarutobi caminaba sin rumbo fijo entre los puestos del mercado, las manos hundidas en los bolsillos y la mirada vagando de un lado a otro sin demasiado interés en nada en particular. No tenía ninguna misión que cumplir, ningún recado del clan que atender, ni siquiera una excusa real para estar ahí. Simplemente había salido a caminar, y el mercado había terminado absorbiéndolo como hacía siempre.
El aroma a especias y carne asada se mezclaba con el olor a madera recién cortada que llegaba desde el taller de un carpintero cercano. Los engranajes de un artilugio mecánico chirriaban en algún puesto, probablemente una de esas cajas de música que tanto fascinaban a los niños más pequeños de la aldea. Kaito se detuvo un momento a observar cómo un vendedor ajustaba las poleas de un aparato que prometía moler especias con menos esfuerzo, aunque por la cara de frustración del hombre, el invento todavía no terminaba de funcionar como debía.
Siguió caminando. Pasó frente a un puesto de telas donde una mujer mayor discutía animadamente el precio de un rollo de seda con el comerciante, gesticulando como si su vida dependiera de ganar esos pocos ryos de descuento. Kaito sonrió para sí mismo sin detenerse. Había algo reconfortante en esas escenas tan mundanas, tan ajenas a kunais, sellos y jutsus. Era fácil olvidar, caminando entre puestos de fruta y herramientas, que vivía en un mundo donde el chakra natural había sido sellado hace un siglo y que su aldea cargaba con todo el peso de esa historia.
Un poco más adelante, un grupo de mercaderes ambulantes había instalado un puesto improvisado con frascos de vidrio llenos de pigmentos de colores intensos, importados —según gritaba uno de ellos a viva voz— desde algún punto remoto cerca de la costa. Kaito se acercó más por curiosidad que por necesidad, observando cómo la luz de la tarde atravesaba los frascos y proyectaba pequeños reflejos azules y violetas sobre la madera del puesto. Pensó, sin demasiada convicción, que algún pigmento de esos podría servirle para sus bocetos, pero el precio que pedían era exagerado para lo que en realidad era solo un capricho pasajero, así que siguió de largo sin comprar nada.
Se guardó la figurita en el bolsillo, junto a los caramelos, y siguió caminando hacia el resto del mercado, donde todavía quedaban varios puestos por recorrer antes de que el sol terminara de caer del todo.
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El aroma a especias y carne asada se mezclaba con el olor a madera recién cortada que llegaba desde el taller de un carpintero cercano. Los engranajes de un artilugio mecánico chirriaban en algún puesto, probablemente una de esas cajas de música que tanto fascinaban a los niños más pequeños de la aldea. Kaito se detuvo un momento a observar cómo un vendedor ajustaba las poleas de un aparato que prometía moler especias con menos esfuerzo, aunque por la cara de frustración del hombre, el invento todavía no terminaba de funcionar como debía.
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Siguió caminando. Pasó frente a un puesto de telas donde una mujer mayor discutía animadamente el precio de un rollo de seda con el comerciante, gesticulando como si su vida dependiera de ganar esos pocos ryos de descuento. Kaito sonrió para sí mismo sin detenerse. Había algo reconfortante en esas escenas tan mundanas, tan ajenas a kunais, sellos y jutsus. Era fácil olvidar, caminando entre puestos de fruta y herramientas, que vivía en un mundo donde el chakra natural había sido sellado hace un siglo y que su aldea cargaba con todo el peso de esa historia.
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Un poco más adelante, un grupo de mercaderes ambulantes había instalado un puesto improvisado con frascos de vidrio llenos de pigmentos de colores intensos, importados —según gritaba uno de ellos a viva voz— desde algún punto remoto cerca de la costa. Kaito se acercó más por curiosidad que por necesidad, observando cómo la luz de la tarde atravesaba los frascos y proyectaba pequeños reflejos azules y violetas sobre la madera del puesto. Pensó, sin demasiada convicción, que algún pigmento de esos podría servirle para sus bocetos, pero el precio que pedían era exagerado para lo que en realidad era solo un capricho pasajero, así que siguió de largo sin comprar nada.
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Se detuvo frente a un puesto de dulces que conocía bien. El hombre que atendía, de bigote grueso y delantal manchado de azúcar quemada, lo reconoció enseguida y le hizo un gesto con la cabeza, sin decir nada, como siempre. Kaito señaló unos caramelos de menta envueltos en papel encerado, los mismos que comía desde que era un niño pequeño correteando entre las piernas de sus hermanos mayores. Pagó las monedas correspondientes y se guardó la bolsita en el bolsillo del chaleco, saboreando por adelantado el gusto fresco que tendría en la boca.Continuó su paseo sin prisa. En un puesto de artesanías se topó con pequeñas figuras de madera talladas a mano, representando animales y personajes ninja en miniatura. Tomó una entre los dedos: era un zorro de líneas simples pero bien definidas, con una expresión casi traviesa grabada en la madera. Lo giró un par de veces, evaluándolo sin ninguna razón particular, y terminó comprándolo también, aunque no tenía idea de qué haría con él. Quizás lo dejaría en su cuarto, sobre el escritorio, junto a sus pinceles y su sketchbook. O quizás se lo regalaría a alguien. Ya decidiría después.................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................
Se guardó la figurita en el bolsillo, junto a los caramelos, y siguió caminando hacia el resto del mercado, donde todavía quedaban varios puestos por recorrer antes de que el sol terminara de caer del todo.