22-06-2026, 02:20 AM
El verano caía sobre Konoha con esa pesadez que solo esa época del año sabía traer. El sol pegaba directo sobre los techos de tejas, sin piedad, y el aire caliente se quedaba flotando entre las calles sin ninguna intención de moverse. Algunos comerciantes ya habían sacado toldos improvisados sobre sus puestos, otros simplemente cerraban temprano, resignados a que nadie quisiera comprar nada bajo ese calor. Hasta los perros de la aldea preferían quedarse tirados a la sombra antes que moverse un metro de más.
En el distrito Uchiha, las calles estaban más vacías de lo normal. Un mensajero caminaba entre las casas con paso cansado, secándose el sudor de la frente cada pocos pasos, revisando direcciones en un papel arrugado que llevaba en la mano. Se detuvo frente a una de las viviendas, buscó el buzón correspondiente y, sin mucha ceremonia, dejó caer un sobre adentro antes de seguir camino hacia la próxima entrega, ansioso por terminar la ronda y volver a cualquier lugar con sombra.
Dentro del sobre, la carta esperaba a ser leída.
Del otro lado de Konoha, lejos del ruido de las calles y los puestos del mercado, el bosque Senju mantenía esa quietud particular que solo los árboles más viejos sabían ofrecer. Raizen estaba sentado sobre un tronco caído, con las piernas estiradas y la espalda apoyada contra una rama gruesa que sobresalía hacia atrás. Amaru dormitaba a su lado, panza arriba, completamente entregado al sol que se filtraba entre las hojas.
La luz caía justo sobre su cara, cálida, sin el peso agobiante del calor que castigaba el resto de la aldea. Ahí, bajo la sombra de las copas, el verano se sentía distinto. Más amable. Raizen tenía los ojos entrecerrados, mirando el cielo a través del entramado verde de las hojas, ese tono particular que el bosque solo mostraba en esa época del año.
— Qué lindo sería ser una hoja... — murmuró, casi para sí mismo, sin esperar que nadie lo escuchara. — Sin nada que hacer y sin hambre.
Lo dijo con una calma placida, sin pensar mucho lo que decía. Amaru abrió un ojo ante el sonido de su voz, lo miró un segundo, y volvió a cerrarlo sin darle mayor importancia al comentario.
A su costado, sobre el tronco, descansaba una cajita de madera abierta con seis onigiris cuidadosamente acomodados adentro, todavía con la forma triangular bien marcada y el alga envolviendo cada uno en su lugar correspondiente. Los había hecho él mismo esa mañana, con más entusiasmo que técnica, pero el resultado había salido lo bastante decente como para sentirse orgulloso.
Raizen sonrió sin razón aparente, esa sonrisa tranquila que solo aparecía cuando realmente no tenía nada de qué preocuparse por un rato. Esperaba que la carta llegara a tiempo, que Kana todavía se acordara de ese rincón del bosque donde tantas veces se habían escapado de chicos para comer a escondidas, lejos de cualquier adulto que les dijera que entrenaran en cambio. Por ahora, solo quedaba esperar. Y bajo esa sombra fresca, esperar no era tan mala idea..
En el distrito Uchiha, las calles estaban más vacías de lo normal. Un mensajero caminaba entre las casas con paso cansado, secándose el sudor de la frente cada pocos pasos, revisando direcciones en un papel arrugado que llevaba en la mano. Se detuvo frente a una de las viviendas, buscó el buzón correspondiente y, sin mucha ceremonia, dejó caer un sobre adentro antes de seguir camino hacia la próxima entrega, ansioso por terminar la ronda y volver a cualquier lugar con sombra.
Dentro del sobre, la carta esperaba a ser leída.
Del otro lado de Konoha, lejos del ruido de las calles y los puestos del mercado, el bosque Senju mantenía esa quietud particular que solo los árboles más viejos sabían ofrecer. Raizen estaba sentado sobre un tronco caído, con las piernas estiradas y la espalda apoyada contra una rama gruesa que sobresalía hacia atrás. Amaru dormitaba a su lado, panza arriba, completamente entregado al sol que se filtraba entre las hojas.
La luz caía justo sobre su cara, cálida, sin el peso agobiante del calor que castigaba el resto de la aldea. Ahí, bajo la sombra de las copas, el verano se sentía distinto. Más amable. Raizen tenía los ojos entrecerrados, mirando el cielo a través del entramado verde de las hojas, ese tono particular que el bosque solo mostraba en esa época del año.
— Qué lindo sería ser una hoja... — murmuró, casi para sí mismo, sin esperar que nadie lo escuchara. — Sin nada que hacer y sin hambre.
Lo dijo con una calma placida, sin pensar mucho lo que decía. Amaru abrió un ojo ante el sonido de su voz, lo miró un segundo, y volvió a cerrarlo sin darle mayor importancia al comentario.
A su costado, sobre el tronco, descansaba una cajita de madera abierta con seis onigiris cuidadosamente acomodados adentro, todavía con la forma triangular bien marcada y el alga envolviendo cada uno en su lugar correspondiente. Los había hecho él mismo esa mañana, con más entusiasmo que técnica, pero el resultado había salido lo bastante decente como para sentirse orgulloso.
Raizen sonrió sin razón aparente, esa sonrisa tranquila que solo aparecía cuando realmente no tenía nada de qué preocuparse por un rato. Esperaba que la carta llegara a tiempo, que Kana todavía se acordara de ese rincón del bosque donde tantas veces se habían escapado de chicos para comer a escondidas, lejos de cualquier adulto que les dijera que entrenaran en cambio. Por ahora, solo quedaba esperar. Y bajo esa sombra fresca, esperar no era tan mala idea..
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