19-06-2026, 10:34 PM
El atardecer caía sobre Konoha con ese color naranja que volvía todo más cálido de lo que realmente estaba. Las calles empezaban a vaciarse de a poco, los comercios bajaban sus cortinas o encendían sus primeros faroles, y el aire ya no pesaba tanto como al mediodía. Para Raizen, esa hora siempre tuvo algo especial. El día perdía su urgencia y la aldea respiraba distinto. Venía de cumplir una misión que lo dejó con el cuerpo pesado y las piernas un poco temblorosas. Nada grave, solo el cansancio acumulado de varias horas sin descanso real. Llevaba a Amaru sobre el hombro, igual de agotado, con los ojos entrecerrados y la cabeza apoyada contra su cuello.
— ¿Vos también sentís que hoy fue eterno? — le preguntó, más por costumbre que porque esperara una respuesta clara.
Amaru soltó un quejido bajo, casi un eco de su propio cansancio, y se acomodó un poco mejor contra el hombro. Caminó sin rumbo fijo durante un rato, con la mochila vacía golpeándole la espalda a cada paso y la mente todavía atrapada en los detalles de la misión recién terminada. Fue entonces cuando el olor lo alcanzó antes de que pudiera ver de dónde venía. Caldo caliente, especias, algo de cerdo a la parrilla. Giró la cabeza y encontró el puesto: un local pequeño de ramen, con mesas bajas, un toldo gastado por el sol y un cocinero que movía los fideos con la misma rutina de siempre. El estómago le habló antes que la cabeza.
Hacía meses que no comía un buen plato de ramen. Entre las deudas, el presupuesto recortado y la dieta forzada que también le tocó imponerle a Amaru, ese tipo de gustos habían quedado relegados al fondo de la lista. Se acercó un poco más al puesto, lo suficiente para leer el menú colgado en un cartel de madera, y el precio le cayó como un balde de agua fría sobre el entusiasmo recién encendido.
No era caro. Pero tampoco era gratis, y su billetera todavía recordaba la mosca que había salido volando de su interior hacía poco.
Se quedó parado ahí, con Amaru medio dormido sobre el hombro, en esa indecisión particular que aparece cuando el cuerpo pide una cosa y la billetera exige otra completamente distinta. En su casa había comida. Tal vez no ramen, tal vez no nada tan rico como lo que olía en ese momento, pero comida de todas formas, sin gastar una sola moneda más de las que ya tenía contadas para la semana.
— ¿Qué hago, Amaru? — Le habló al mono en voz baja, como si esperara que el animal tuviera una opinión formada al respecto. — Si entro, me quedo sin nada hasta el viernes. Si no entro, me voy a la cama pensando en este olor toda la noche.
Amaru abrió un ojo, miró el puesto con una pereza absoluta, y volvió a cerrarlo sin aportar ninguna solución útil. Raizen suspiró y se cruzó de brazos, todavía parado a mitad de camino entre el local y la calle, sin terminar de decidirse hacia ningún lado.
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