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[AutoNarrada Rango: E]¡Llevar recados!
Raizen Sarutobi
Rango Genin
Clan Sarutobi
Nivel 9
Estadísticas
Generales
Fuerza44(2)
Destreza50(3)
Ctrl. de Chakra35(2)
Inteligencia6(1)
Especiales
Salud11
Velocidad12
Tenketsu9
Sigilo13
420
435
Enlace al Post
18-06-2026, 11:05 PM
El problema con Raizen, el joven Sarutobi, no era que no supiera el valor del dinero, el problema era que lo sabía perfectamente y lo gastaba igual.
Tres semanas atrás había encontrado en un puesto del mercado un collar de madera tallada con forma de gato que, según él, era exactamente lo que Mayura necesitaba sin saberlo. Dos semanas atrás había comprado cuatro libros de una sola vez porque estaban en oferta y la oferta no esperaba. Una semana atrás había visto unos mangos en perfectas condiciones y compró tantos que no pudo terminarlos solo y tuvo que repartirlos por el barrio. Amaru se comió la mitad.
El resultado de todo eso era una deuda con sus propios padres que no tenía intención de reconocer en voz alta pero que tampoco podía ignorar, especialmente cuando su madre le había bloqueado el acceso a la alacena hasta nuevo aviso.

Por eso estaba ahí, parado frente al puesto de verduras de la señora Tomoe, con Amaru dormido sobre su hombro y una expresión que oscilaba entre la dignidad y la resignación.
El puesto no era grande, pero era ordenado. Hileras de zanahorias, cebollas, repollos y berenjenas apiladas con una precisión que delataba años de práctica. Detrás del mostrador, la señora Tomoe era una mujer de unos cincuenta años con el cabello recogido con descuido y delantal manchado de tierra húmeda.

— Entonces vos sos el genin que mandaron — dijo, mirándolo de arriba abajo sin ningún tipo de disimulo.
— El mismo. — Raizen sonrió. — Raizen Sarutobi, para servirle.
— ¿Y eso? — señaló a Amaru con la barbilla.
— Amaru. Mi compañero. Está...descansando. Necesita descansar seguido por su pancita.
— Ajá. — La señora Tomoe no pareció convencida pero tampoco objetó demasiado. Desapareció detrás del mostrador y volvió con una mochila de lona marrón que depositó sobre la madera con un golpe seco. — Adentro hay seis pedidos. Cada bolsa tiene una etiqueta con el nombre y la dirección. Tres están en el distrito residencial del este, dos cerca del mercado central y uno en la calle del herrero, al fondo. Las personas mayores primero, que llevan esperando desde ayer.

Raizen abrió la mochila y miró adentro. 

— ¿Alguna indicación especial?
— Que no se te rompan los huevos que van en la segunda bolsa. Y que no tardes.
— Entendido. — Se cargó la mochila al hombro opuesto al de Amaru y dio media vuelta. — Vuelvo antes del mediodía.
— Eso espero.

El distrito residencial del este olía a madera húmeda y ropa tendida. Las calles eran angostas pero limpias, con macetas en las ventanas y gatos que tomaban el sol sobre los muros bajos. Raizen caminó leyendo las etiquetas hasta encontrar la primera dirección: una casa de fachada celeste con una planta enorme en la entrada que ocupaba más espacio que la puerta misma. Tocó. Abrió una señora de edad avanzada que lo miró como si esperara a alguien completamente distinto.

— ¿Sí?
— Delivery de la señora Tomoe. — Sacó la bolsa correspondiente y se la extendió. — Cebollas, papas y dos manojos de acelga.

La señora tomó la bolsa, la abrió, la revisó con una lentitud que Raizen respetó en silencio, y finalmente asintió.

— Dígale a Tomoe que la próxima vez mande las papas sin tierra. La última vez ensuciaron toda la alacena.
— Se lo digo, señora.
La puerta se cerró. Raizen miró a Amaru.
— Empezamos bien.
Amaru eructó.

La segunda y la tercera entrega fueron más rápidas. Un hombre de mediana edad que firmó sin abrir la bolsa, y una mujer joven que agradecióo con tanta efusividad que Amaru se despertó confundido y casi se cayó del hombro.
Fue en el trayecto hacia el mercado central cuando Raizen pasó por delante de un puesto de accesorios que no recordaba haber visto antes. Colgaban pulseras de hilo trenzado en distintos colores, algunas con pequeños colgantes de madera o piedra. Se detuvo sin querer. Había una en particular, verde con un colgante en forma de hoja, que habría quedado perfecta en la muñeca de alguien, justo en ese momento interrumpió sus pensamientos abruptamente, se dio una palmada en la frente.

— Estúpido.
Amaru lo miró.
— No tengo plata. — Se lo explicó al mono como si eso justificara hablar solo en medio de la calle. — No tengo plata precisamente porque hago esto.

Las entregas del mercado central fueron las más entretenidas por el simple hecho de que había gente por todos lados y Amaru decidió despertar con energía renovada y curiosidad activa, lo que obligó a Raizen a sujetarlo con un brazo mientras equilibraba la mochila con el otro. Un malabarismo poco elegante que le ganó una mirada reprobadora de una mujer con canasta y una carcajada de un nene que pasaba con su padre.


La última entrega, la de la calle del herrero, fue la más larga en distancia pero la más tranquila. Una calle larga, con adoquines irregulares y el sonido metálico constante de algún taller trabajando en el fondo. El destinatario era un hombre mayor sentado en la entrada de su casa con una pipa apagada entre los dientes.

— Pedido de Tomoe — dijo Raizen.
El hombre lo miró un momento, luego miró a Amaru, luego volvió a mirarlo a él.
— ¿Cuántos años tenés?
— Deciseis.
— Y ya sos genin.
— Sí, señor. Esperemos llegar a chunin en algún momento.
El hombre tomó la bolsa, pesó con las manos lo que había adentro y asintió despacio, como si eso le respondiera alguna pregunta que no había hecho en voz alta. — Bien. Andá. Eres un buen chico.

La señora Tomoe estaba acomodando berenjenas cuando Raizen volvió al puesto y dejó la mochila vacía sobre el mostrador.

— Todos entregados. La señora de la casa celeste dice que la próxima vez mande las papas sin tierra.
La señora Tomoe lo miró por encima de las berenjenas.
— Eso me dice cada vez.

Anotó algo en un papel, sacó unas monedas y las deslizó por el mostrador sin mirarlo.
— Buen trabajo. Sin roturas.

Raizen tomó las monedas y las apretó un momento en la mano antes de guardarlas. No era mucho. Pero era suficiente para ir achicando la deuda de a poco, sin que su madre tuviera que volver a mirarlo con esa cara.
Le dio una zanahoria a Amaru, que la aceptó sin agradecer, y dio media vuelta hacia la calle.
La pulsera verde podía esperar.
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