A sus compañeros con suerte los conocía, pero Aoi le había transmitido la confianza suficiente para trabajar con ellos. Por supuesto, sabiendo que en el peor de los casos él mismo podría investigar y dar con el tratamiento necesario si las cosas se salían de control. Eso sí, la medicina no tradicional desgraciadamente no era su fuerte.
La puerta vaiven diseñada característica de todo laboratorio serio -aquella que garantizaba el flujo unidireccional por motivos de bioseguridad- había sido abierta. Detrás del aire espeso y el molesto sonido metálico, una figura emergía.
-Así que al fin llegaste. ¿Cómo va todo?- Dogo se acercó contento a recibirlo, dispuesto a olfatear hasta el rastro más remoto que alojara su abrigo.