Hacía ya días en los que llevaba de búsqueda en búsqueda, iba y venía de los Países más cercanos en busca de alguna que otra pista que nos pudiera llevar al hermano de la Uchiha. No podía evitar pensar en lo que ese niño podría estar pasando, así mismo, también tenía los sentimientos de la hermana que, cada vez que respondía con un simple “Sí” a si estaba bien, todas mis alertas de mentiras saltaban. Aunque claramente yo no era la única que sabía que la militar mentía en esa pregunta por todos los costados, tan solo yo tenía ese radar que me había hecho capaz de detectar realmente la mentira como tal.
Era un nuevo día, había vuelto de una pequeña inspección por un soplo poco fiable pero que me había hecho levantar sospechas. Prefería no decir nada en estos casos, no quería que surgiera esperanza donde claramente no parecía que la fuera a haber. Correrían las diez de la mañana del día 20 cuando mi cuerpo salió de la protección del bosque que unía la civilización tras este con el templo donde nos estábamos escondiendo de miradas furtivas. Caminaría tranquilamente mientras que desharía el henge que me había estado protegiendo hasta que llegara al templo. Aquella figura de un adolescente con vestimentas claramente imperiales se esfumaría para que apareciera la túnica con dibujos tribales que solía llevar. El frío se notaba en el ambiente, corría el invierno casi recién iniciado, y de no ser por aquel chaleco de protección que además de ser una protección en combate también me resguardaba del frío, estaría congelada la mayor parte del día.
Para cuando estuviera llegando al templo, una figura de cabellos rubios estaría saliendo. Sonreiría. – ¿Has dormido bien? – Preguntaría.
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