18-01-2023, 11:40 PM
No era el mejor lugar, pero era un lugar. No era la mejor compañía, pero… no. No podía llamar a aquello compañía. Sentada frente aquella barra de madera dejaba que la pluma paseara sobre el folio de aquí para allá, como si tuviera vida propia, libre. Silenciaba el barullo de los borrachos con una botella de sake, ya medio vacía, y un susurro interior que me indicaba cuál sería el próximo trazo a realizar sobre el dibujo. Aquello me resultaba un buen entrenamiento para mejorar la concentración y abstracción. Sin alzar la mirada del papel, pero deteniendo la mano, dejé que la pluma cayera sobre la barra, para tomar con esa misma mano recién liberada el cuello de la botella. Vertí el fermento de arroz de la botella al vasito, con cierta calma y precisión, para haberlo hecho con la visión periférica. Con delicadeza, dejé reposar de nuevo la botella antes de llevarme el vaso a los labios y apurar su contenido de un único trago. A esas alturas ya era insensible al ardor que provocaba el sake.
Miré con detalle el bosque que tenía frente a mí. Las hojas caídas eran símbolo del fin de un ciclo, meros vestigios de lo que un día fue y tan solo el tiempo permitirá que volviera a ser. El viento las arrastraría a su voluntad, sin que los cadáveres vegetales pudieran ofrecer resistencia alguna más allá de su más que escaso peso. Dibujar me ayudaba a ordenar mis pensamientos y muy a menudo también para meditar y crear nuevas reflexiones. Tomé de nuevo la pluma y con la mano libre la botella. Esta vez bebí directamente de ella al tiempo que iba dibujando una lechuza alzando el vuelo, satisfecha por haber contemplado la caída de la última de las hojas. Imaginé que partiría a alguna otra zona en busca de algún ratoncillo con el que saciar su apetito.
Con despreocupación volví a llevar la botella a los labios y bebí hasta dejar que el líquido derramara por la comisura de los labios. Con un sonoro golpe dejé la botella de nuevo sobre la barra y me limpié la boca con la manga de la sudadera. Fue entonces cuando levanté la mirada y miré a mi alrededor. A decir verdad, debía admitir que no me encontraba del todo incómoda entre todo aquel caos, jolgorio y alboroto. Feliz, sonreí.
Miré con detalle el bosque que tenía frente a mí. Las hojas caídas eran símbolo del fin de un ciclo, meros vestigios de lo que un día fue y tan solo el tiempo permitirá que volviera a ser. El viento las arrastraría a su voluntad, sin que los cadáveres vegetales pudieran ofrecer resistencia alguna más allá de su más que escaso peso. Dibujar me ayudaba a ordenar mis pensamientos y muy a menudo también para meditar y crear nuevas reflexiones. Tomé de nuevo la pluma y con la mano libre la botella. Esta vez bebí directamente de ella al tiempo que iba dibujando una lechuza alzando el vuelo, satisfecha por haber contemplado la caída de la última de las hojas. Imaginé que partiría a alguna otra zona en busca de algún ratoncillo con el que saciar su apetito.
Con despreocupación volví a llevar la botella a los labios y bebí hasta dejar que el líquido derramara por la comisura de los labios. Con un sonoro golpe dejé la botella de nuevo sobre la barra y me limpié la boca con la manga de la sudadera. Fue entonces cuando levanté la mirada y miré a mi alrededor. A decir verdad, debía admitir que no me encontraba del todo incómoda entre todo aquel caos, jolgorio y alboroto. Feliz, sonreí.
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