Aquella noche tenía una misión muy particular, y dada las circunstancias, no podía ocupar otra cosa que no fuera su disfraz de vampiro. Cualquier armamento que cargaba consigo, cualquier lealtad que lealtad más allá de las ofrecidas por sus herramientas y habilidades, las consideraba una carga innecesaria.
El muelle era largo, de madera oscura y salobre, con pilotes cubiertos de percebes que crujían con cada ola. Al fondo, junto a una caseta de cuerdas y redes, lo esperaba una mujer de unos cincuenta años, de rostro curtido y trenza gris, sentada sobre un barril con una pipa apagada entre los dientes. A su lado, un muchacho flaco de doce o trece años sostenía un farol con las dos manos, como quien teme que se lo quiten.
— Tú eres el que contrató el posadero. — Dijo la mujer, sin levantarse. — Me llamo Sazanami. Mando en este muelle desde antes de que tú nacieras. Este es Ren, mi nieto. No hace falta que lo mires tanto, no muerde.
— Nanahoshi Tokuma. — Respondió él, con una inclinación breve. — Me dijeron que hay algo en el agua.
— Hay algo. — Sazanami escupió a un lado. — Los pescadores lo vieron primero. Luego los cargadores. Solo de noche, solo cuando la bahía está quieta. Dicen que nada pegado a los pilotes, que sube la cabeza y se queda mirando. Dos se negaron a volver a trabajar aquí. Otro no volvió a casa.
La frase quedó suspendida entre las dos mitades del crepúsculo. Tokuma no preguntó cuál de los dos casos era peor.
Esto parecía ser más serio de lo que pensaba. El Senju estaba acostumbrado a las supersticiones, su mamá era fiel creyente en una buena docena de ellas, pero en la mirada de Sazanami había algo más. No era terror, sino certidumbre de que algo real estaba sucediendo en las aguas debajo del muelle.
— Pagaré lo que se pague por una cacería. — Añadió ella, y golpeó la pipa contra el barril. — Si es una criatura de verdad, la matas. Si es un truco de borrachos, me lo dices y te llevas lo mismo por el viaje. Pero te advierto: cuando salga la luna llena, la bahía se pone como un espejo. Y ahí es cuando se asoman.
Tokuma asintió una sola vez. Pensó en la mesa de su cocina, en la taza de su madre todavía tibia, y en que el triple de una paga normal era el triple de un mes sin que ella pisara la lavandería. No hizo más preguntas. Se despojó del abrigo y las botas, los dejó junto a una pila de cajas y revisó el tantō en la cadera, tan accesible como siempre. Después caminó hasta el extremo del muelle y se sentó con las piernas colgando sobre el agua, a esperar.
Ren se acercó a media distancia con el farol. Se detuvo a diez pasos, sin atreverse a más.
— ¿De verdad no tiene miedo? — Preguntó, bajito.
— Si, sí tengo. — Respondió Tokuma, sin girar la cabeza. — Pero no sirve de nada decirlo.
El trabajo era lo que era, no tenía sentido alguno volver atrás ahora. Tenía una sola salida y esa era hacer frente a lo que allí le esperaba.
El sol se apagó del todo. Los faroles del muelle se encendieron uno tras otro, y el cielo pasó del cobre al violeta y del violeta al negro, hasta que por el este asomó el borde pálido de la luna. Subió despacio, enorme, redonda y blanca, derramando sobre la bahía una luz tan limpia que cada pilote proyectaba su sombra sobre el agua. No soplaba viento. Las olas habían dejado de lamer la orilla. Tokuma contó la respiración, una, dos, tres, hasta que el silencio le zumbó en los oídos.
El agua era un espejo. Una lámina de plata inmóvil donde el cielo se miraba a sí mismo.
Fue entonces cuando algo la rompió.
Primero fue una ondulación leve, a unos veinte metros del muelle, un círculo que se abría sin causa visible. Luego otra, más cerca. Tokuma se inclinó hacia adelante y entrecerró los ojos. Bajo la superficie se movía una forma clara, alargada, demasiado grande para ser un pez y demasiado lenta para ser una corriente. Se deslizaba entre los pilotes con un movimiento sinuoso, y por un instante algo asomó sobre el agua: una cabeza redonda, brillante, que se quedó quieta mirando hacia él.
Se hundió sin salpicar.
— Ren. — Dijo, sin elevar la voz. — Sostén el farol alto. Y no te muevas de ahí.
— ¿Va a bajar? — La voz del chico sonó quebrada. — Mi abuela dice que no se baja. Se espera y se tira desde arriba.
— Desde arriba no llego.
Se puso de pie con el tantō en la mano derecha. Sintió el peso familiar de la empuñadura y el frío del acero contra la palma. No era una decisión valiente. Era la única forma de saber con qué trataba, y los hombres que desaparecían del muelle no regresaban para explicarlo. Respiró hondo tres veces, despacio, llenando los pulmones hasta que dolieron. Costumbre, no coraje. Después saltó.
El agua lo recibió con un golpe helado que le cortó el aliento. Se hundió un metro, dos, con los ojos abiertos y la hoja por delante, y en cuanto la espuma se disipó, la bahía se le abrió alrededor como una caverna de plata. La luna llena atravesaba la superficie en columnas pálidas y teñía de blanco las algas que colgaban de los pilotes. Los percebes brillaban como dientes. Tokuma pateó con fuerza para ganar posición y giró sobre sí mismo, buscando en todas direcciones.
Nada. Solo agua, algas y un silencio sordo que le apretaba los tímpanos.
Nadó hacia el pilote más cercano y lo rodeó con la mano libre, avanzando pegado a la madera. El pecho le empezaba a arder. Pateó una vez más hacia el siguiente, y entonces lo vio: una sombra pálida, detenida entre dos columnas, de espaldas a él. Era un cuerpo pequeño, del tamaño de un niño, con la piel verde y moteada de algas, y una aleta dorsal que le recorría la espina de arriba abajo. No se movía. Parecía dormir, o esperar.
Tokuma contuvo el aliento. Un paso más, y estaría a distancia de golpe. Alzó el tantō con cuidado, sin una sola burbuja de más, y se impulsó hacia adelante.
La criatura giró la cabeza.
Tenía los ojos enormes, redondos, sin párpados, de un blanco lechoso que reflejaba la luna como dos espejos. La boca se abrió en un rictus que le dividió la cara en dos, mostrando filas de dientes largos, finos, curvados hacia dentro, como agujas dispuestas para no soltar lo que atrapaban. Las manos, anchas y palmeadas, terminaban en aletas con garras. Lo que había tenido forma de niño ahora se retorcía en una mueca de pez, y era peor que cualquiera de las dos cosas por separado.
Tokuma se echó atrás. Demasiado tarde.
Había visto cosas horribles en su vida: piernas en estado de en estado de descomposición por falta de atención medica en el vagabundo de la esquina, personas heridas de gravedad, mujeres con enfermedades en la piel que causaban repugnancia, en fin, todo un sin número de situaciones que se daban en los barrios de mala muerte donde él había crecido. Pero nunca había visto algo tan horripilante como aquella criatura.
La cosa se le lanzó encima con una velocidad que no correspondía a su tamaño. Las aletas le rodearon el torso, las garras le rasgaron la camisa y los dientes le rozaron el hombro, y la presión lo arrastró hacia el fondo en un torbellino de espuma y limo. El tantō se le escapó de la mano por un instante, y logró recuperarlo con la punta de los dedos antes de que se hundiera. Un pánico frío le subió por la garganta, ese que no tiene nada que ver con la voluntad. Allí abajo no existía el aire, ni el suelo, ni la posibilidad de gritar.
Golpeó fuertemente con el codo. La criatura soltó un chirrido agudo, una vibración que le atravesó el cráneo, pero no aflojó. Tokuma rodó sobre el costado, apoyó la rodilla contra su vientre viscoso y empujó con las dos piernas para ganar espacio. Las garras le arañaron el brazo, y el agua se tiñó de un hilo oscuro. Los pulmones le ardían. Le quedaban, como mucho, veinte segundos.
Golpe Fuerte es una técnica de impacto directo y contundente que busca dominar por pura potencia física, superando a los Golpes Rápidos durante Entablar Taijutsu. Dentro de este sistema, utiliza el modificador de Fuerza del usuario para la comparativa. Si ambos usuarios eligen Golpe Fuerte al mismo tiempo, se comparará el daño infligido por cada técnica para determinar al vencedor.
El Golpe Fuerte se caracteriza por el Daño que este puede realizar, además, fuera de Entablar Taijutsu, si el golpe impacta directamente sobre el oponente, sin ser bloqueado ni ser detenido por ningún medio, la siguiente acción que dure un segundo del usuario se considera sigiloso, ya sea otro golpe de rango Cuerpo a Cuerpo, el uso de un arma o herramienta o la activación de algún Jutsu. Esto ocurre porque el impacto suele mover naturalmente la cabeza o el enfoque del rival, ya sea al recibir un golpe en el rostro o al encorvarse brevemente por un golpe al torso, perdiendo así de vista al usuario por un instante.
No intentó apuñalar a ciegas. Tenía la ventaja de su clan, lo que tanto había entrenado con Gonzo, así que lo uso a su favor. Lo hizo al revés: dejó de resistirse, aflojó el cuerpo por un instante y permitió que la criatura lo acercara, que lo rodeara con las aletas y hundiera la cabeza contra su cuello. Era un riesgo estúpido. Era el único. Cuando sintió el aliento helado sobre la clavícula y los dientes rozarle la piel, clavó el tantō con las dos manos, de abajo arriba, justo bajo las costillas, y empujó con todo el peso.
El usuario elige al iniciar el combate un árbol, optando entre Taijutsu o Bukijutsu, decisión que no puede modificarse posteriormente. Esta técnica activa aplica sus efectos únicamente al árbol elegido, permitiendo la aplicación de mejoras asociadas a esta técnica y modificando directamente la forma en que el usuario interactúa en combate según su especialización. El potencial de mejora de esta técnica se encuentra ligado a la elección realizada, desarrollándose exclusivamente sobre los efectos propios de la vía seleccionada.
Al activarse, la técnica altera el comportamiento de la vía seleccionada. En el caso del Taijutsu, cada técnica que logra impactar genera un efecto de daño en área centrado en el punto de impacto, afectando a todos los objetivos dentro de su proximidad sin modificar la trayectoria original del ataque, sino expandiendo sus consecuencias tras el golpe; cualquier mejora aplicada a esta técnica potenciará directamente dicho efecto de área. Por otro lado, si el usuario ha optado por Bukijutsu, un arma del usuario adquiere la categoría de Chakura Tō mientras esta técnica se mantenga activa, siempre que corresponda a un arma de tipo empuñada. Además, el usuario podrá elegir mejorar al momento de la activación el Sangrado o Lesión, sin que ambos efectos puedan coexistir de forma simultánea; en este caso, las mejoras de la técnica se aplicarán sobre el efecto seleccionado, ya sea Sangrado o Lesión, reforzando su impacto en combate.
Las armas empuñadas pueden ser utilizadas siempre que el usuario tenga la fuerza suficiente para sostenerlas. Cada arma tiene un Valor de Tamaño (1 para pequeñas, 2 para medianas y 3 para grandes), y el usuario podrá sujetar tantas armas como su Modificador de Fuerza pueda soportar al pagar el valor correspondiente por cada una. Si desea empuñar dos armas al mismo tiempo, deberá contar con la fuerza suficiente para cubrir ambas. De lo contrario, podrá alternar entre ellas, pero solo atacar con una a la vez. El número máximo de armas empuñadas está limitado por la cantidad de manos libres que tenga el usuario, y desenfundar un arma toma 1 segundo.
En caso de utilizar más de un arma durante una misma acometida, los efectos de Daño por Valor de Tamaño de cada una se aplicarán simultáneamente, al igual que el resto de sus efectos, sumándose al daño de la acometida final. Por otro lado, si se opta por atacar con un arma en cada mano de forma independiente, cada ataque se resolverá en un segundo distinto, debiendo pagar su costo correspondiente y mejorarse de manera individual. Por turno, el usuario podrá elegir entre realizar una única acometida con múltiples armas o efectuar múltiples ataques simples, sin embargo, independientemente de la opción elegida, cada arma solo podrá utilizarse para atacar una vez por turno.
La hoja se hundió con una resistencia húmeda. El chillido le reventó los oídos, el agua se enturbió de un oscuro espeso, y la criatura se retorció con una convulsión que casi le arranca el arma de las manos. Tokuma la retuvo, giró la muñeca y tiró hacia arriba, abriendo el vientre en un tajo largo. Los ojos blancos se le quedaron fijos en los suyos por un instante interminable, y algo en ellos, algo que no era ni de pez ni de niño, se apagó.
Las aletas lo soltaron.
Tokuma no se detuvo a mirar. Retiró el tantō, pateó con las piernas y subió con toda la fuerza que le quedaba, con los pulmones al borde del colapso y las manchas negras bailándole en los bordes de la vista. Rompió la superficie con un grito ahogado, tragó aire a bocanadas desesperadas y tosió agua salada contra el espejo plateado de la bahía. Todo daba vueltas. La luna llena colgaba sobre su cabeza, enorme, indiferente.
— ¡Tokuma! — La voz de Ren llegó desde el muelle, aguda de terror. — ¡Aquí! ¡Agárrate!
Una cuerda gruesa cayó cerca de su mano. La tomó sin pensarlo, y los brazos del muchacho junto a los de dos cargadores que habían aparecido a su lado lo arrastraron hacia la escalera. Subió peldaño a peldaño, con las piernas temblando, y se desplomó sobre las tablas, jadeando, con el agua escurriéndole por el pelo hasta la mandíbula.
El brazo derecho le sangraba por tres tajos paralelos. La camisa colgaba hecha jirones. Se miró la mano y vio que seguía apretando el tantō, con los nudillos blancos y la hoja manchada de algo negro y espeso que no era sangre humana.
Sazanami se acercó sin prisa, con la pipa apagada colgando del labio. Miró el tantō, el brazo, las tablas empapadas, y no dijo nada durante un largo rato. Después se agachó, tomó la hoja con dos dedos y la olió.
— Algas. Y fondo. — Murmuró. — Eso no es de este mar.
— Estaba en los pilotes. — Dijo Tokuma, con la voz ronca. — Era del tamaño de un niño. Tenía dientes. — Se detuvo. No sabía cómo seguir. — Está muerta. Creo que está muerta.
Sazanami asintió despacio. Se puso de pie y, sin una palabra, entró en la caseta. Regresó con un sobre grueso y un trapo limpio, y le tendió ambos. Tokuma aceptó el sobre sin mirar el peso y se vendó el brazo con las manos todavía temblando.
— No volverá a asomar. — Dijo ella al fin, mirando hacia el agua. — Eso espero. Pero si lo hace, ya sabemos a quién llamar.
Tokuma no respondió. Se quedó mirando la bahía, que había vuelto a quedar tan quieta como antes, tan plateada y limpia bajo la luna llena. No había ondas, ni sombras, ni nada que sugiriera que unos minutos atrás algo había muerto allí abajo.
Ren se sentó a su lado, con el farol apagado entre las rodillas, sin decir nada. Era un muchacho listo.
Porque si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero esa noche, por una vez, lo que había salido mal tenía forma, y la forma tenía vientre.