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Misión: Autonarrada- Rango C. La Leyenda del Marionetista sin Cabeza
Argeon
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 11
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Inteligencia5(1)
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525
550
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20-10-2026, 08:40 PM
Última modificación: 20-10-2026, 08:40 PM por Argeon.
1 de Otoño
El aire en las inmediaciones del Distrito de la Feria Nocturna de Yomikage cargaba el peso de un frío metálico, impredecible pero constante, impregnado por el aroma dulzón de las manzanas acarameladas y el rastro rancio de las antorchas de aceite que parpadeaban con desgana a lo largo de las callejuelas. La celebración de la víspera festiva se suponía un momento de tregua comercial, un respiro adornado con linternas de papel naranja, máscaras de barro y risas infantiles que cada otoño cubría el sector urbano con una cálida capa de seguridad artificial. Sin embargo, bajo los faroles de bambú, el ambiente era denso, cortado por susurros temerosos que los transeúntes se negaban a subir de tono. Tres artesanos del gremio local y dos comerciantes de telas se habían esfumado sin dejar rastro en menos de cuarenta y ocho horas, un goteo constante de ausencias que los guardias locales habían intentado despachar al principio como simples huidas nocturnas ante deudas de juego o disputas familiares.
 
Las sandalias de tela avanzaban con pisadas cortas, casi imperceptibles sobre la gravilla húmeda del callejón secundario. A sus catorce años, la estatura del joven shinobi de Konoha pasaba desapercibida entre el tumulto de forasteros cubiertos con túnicas oscuras y abrigos pesados, un detalle práctico que facilitaba la labor de observación sin levantar sospechas entre los civiles. No llevaba el protector de frente a la vista, sino firmemente atado en la cara interna del antebrazo izquierdo, oculto bajo la manga de su chaqueta estándar. Sus ojos oscuros barrían el entorno con la serenidad metódica de quien examina un cuerpo en una mesa de autopsias, buscando anomalías físicas en la disposición del espacio más allá de la histeria colectiva que llenaba las tabernas de rumores sobre espíritus vengativos.

Frente al puesto abandonado de un vendedor de juguetes de madera, la escena del último altercado permanecía prácticamente intacta por la aversión instintiva de los vecinos. Sobre el mostrador de pino volcado reposaba una figura grotesca: una marioneta de extremidades desproporcionadas, construida con listones de desecho y rematada con un cráneo de arcilla seca sin rasgos faciales que colgaba mediante hilos de cáñamo deshilachados. No había vestigios de magia en aquella criatura, ni rastros de intervención sobrenatural por más que los aldeanos juraran haber visto sombras gigantescas sin cabeza flotando entre los toldos. El chico se detuvo a dos pasos de la estructura, agachándose con parsimonia para no alterar el equilibrio de los fragmentos esparcidos sobre las baldosas.

Los dedos enguantados se posaron de inmediato sobre la base de madera de la figura, examinando la precisión de las juntas. Las muescas no habían sido hechas con sierras de diente fino ni herramientas de carpintería tradicional utilizadas en los talleres de Yomikage; los surcos rectos, limpios y continuos denotaban el uso de un kunai de hoja estrecha y mantenimiento impecable, un detalle que delataba adiestramiento marcial tras la fachada de una manifestación folclórica. Además, un olor sutil pero inconfundible impregnaba las porosidades del pino: una mezcla química a base de formol diluido, resina de pino purificada y alcohol antiséptico, sustancias empleadas con frecuencia en la preservación de tejidos biológicos o en la esterilización de instrumental médico de campo.

Un movimiento brusco en la penumbra del pasaje hizo que el muchacho girara el torso con elegancia, localizando a un anciano que aferraba un farol de papel con manos temblorosas mientras intentaba cruzar el callejón por el extremo opuesto. La distancia era escasa, y la tensión evidente en los hombros del comerciante delató de inmediato el impulso primario de huir.

—Es la sombra sin cabeza —masculló el hombre con voz rasposa, fijando la mirada aterrada en la marioneta rota sobre el mostrador—. Dicen que se lleva a los que caminan solos buscando mercancía barata tras el toque de queda. No hay sangre en los puestos, solo desaparecen... como si la niebla pesada de la periferia se los tragara de golpe.

—La niebla no realiza cortes angulares en la madera con margen de error cero ni utiliza alcohol de noventa grados para limpiar sus herramientas —respondió el joven con un tono neutro y pausado, rompiendo la tensión del anciano con pura lógica. —¿Quién alquilaba la bodega trasera de este sector antes de que cerraran el mercado por las fiestas?—

—Nadie de la zona —titubeó el comerciante, dando un paso involuntario hacia atrás. —Un tipo forastero llegó hace semanas diciendo que venía a fabricar máscaras para la feria... pero jamás se le vio salir anoche cuando empezaron los gritos.—

La información encajaba con la pulcritud de un diagnóstico acertado. Poniéndose de pie sin romper la fluidez de sus movimientos, el muchacho ignoró las dudas del testigo y echó a andar hacia el límite este del distrito, donde las casas de teja se desdibujaban para dar paso a la vasta extensión agrícola de la periferia.

El contraste entre la feria y los campos abiertos era inmediato. El aire se volvió más denso y húmedo, saturado por el olor a tierra removida y vegetación en descomposición que emanaba de la Granja de Calabazas. Las hileras de frutos enormes y anaranjados se extendían a lo largo de varias hectáreas bajo la luz tenue de una luna pálida, cortada por nubes altas que avanzaban hacia el norte. Sobre el barro fresco del camino vecinal, la falta de luz no impedía distinguir las marcas dejadas por la actividad reciente: no eran los zuecos de madera habituales de los agricultores de Yomikage, sino las huellas profundas y simétricas de botas de suela de caucho reforzado, un calzado de diseño táctico diseñado para absorber impactos en terrenos irregulares.

Siguiendo el rastro a lo largo de la linde del cultivo, la silueta maciza de un granero principal emergió entre la niebla baja. La madera exterior mostraba signos de desgaste por la intemperie, pero las bisagras de las portones inferiores habían sido reengrasadas recientemente con aceite vegetal refinado para evitar rechinas al abrirse. Una rendija estrecha de luz amarillenta escapaba por las junturas del tejado, acompañada por el suave silbido de una corriente de aire forzada desde el interior.

Sin recurrir a la manipulación de chakra ni a maniobras espectaculares, la infiltración requería únicamente paciencia y agudeza sensorial básica. El chico rodeó la estructura por el flanco ciego, aprovechando la sombra proyectada por un apilamiento de cajas de madera y herramientas agrícolas. Colocó la oreja a pocos milímetros de la pared de roble, cerrando los ojos para aislar el ruido del viento sobre las hojas secas y concentrarse en la acústica interna del edificio.

En el interior se escuchaba la respiración agitada y superficial de al menos tres personas distintas, cuyos ritmos cardíacos acelerados indicaban estados de pánico prolongado o agotamiento físico severo. Junto a ellos, un cuarto individuo se desplazaba con pasos lentos y espaciados, acompañado por el chasquido metálico de pinzas y agujas quirúrgicas chocando contra una bandeja de zinc. El cuadro completo se aclaró de inmediato: los artesanos desaparecidos no habían sido víctimas de una fuerza espiritual, sino capturados para un propósito operativo bien definido que requería destreza manual y herramientas de precisión.

Buscando una vía de acceso limpia, el joven observó la trampilla lateral por donde se introducía el heno seco. La cerradura era un cerrojo de hierro sencillo con pasador interno. Utilizando una pequeña lámina de acero rígido extraída de su kit de suministros médicos, introdujo la punta en la rendija con presión constante hasta deslizar el pestillo sin producir un solo chasquido. Se deslizó hacia el interior con la ligereza de una hoja seca al caer, situándose sobre la viga superior que cruzaba la nave central del granero.

Desde la altura, la escena quedaba expuesta bajo la luz de tres faroles de queroseno. En el centro de la estancia, sobre una mesa de trabajo improvisada con tableros de pino, yacían varias marionetas incompletas similares a las encontradas en la feria. Atados a los pilares de soporte principales mediante cuerdas gruesas de yute, los comerciantes y artesanos desaparecidos permanecían conscientes pero aletargados, mostrando signos evidentes de deshidratación leve y agarrotamiento muscular por inmovilidad prolongada.

El captor vestía una túnica gris sin distintivos de ninguna aldea mayor, trabajando de espaldas a las vigas mientras ensamblaba una compleja red de poleas y cables de acero fino diseñados para simular la maniobrabilidad de hilos invisibles sin necesidad de emplear control de chakra continuo. Aquel detalle confirmaba la naturaleza de la operación: un delincuente común con conocimientos avanzados de mecánica y anatomía que utilizaba el folklore de Yomikage para infundir terror, despejar las zonas comerciales y abastecerse de materiales y mano de obra calificada sin llamar la atención de los escuadrones de respuesta rápida.

El chico examinó el entorno con rapidez antes de actuar. No había trampas explosivas ni dispositivos de activación remota visibles en el suelo de tierra batida. La única amenaza real era la presencia del bisturí de hoja larga que el sujeto sostenía entre los dedos de la mano derecha, un arma fina pero mortífera si se aplicaba sobre puntos vitales de los rehenes en caso de verse acorralado.

Descendiendo de la viga en un salto silencioso que amortiguó flexionando las rodillas en el momento exacto del contacto con el suelo, el muchacho acortó la distancia de forma inmediata. La pisada suave sobre la paja suelta alertó al individuo, quien giró el rostro con sorpresa, levantando la mano armada con un barrido horizontal destinado al cuello del intruso.

La respuesta del joven médico fue puramente anatómica y defensiva. En lugar de retroceder o buscar un choque directo de fuerza, dio un paso oblicuo hacia el interior del radio de ataque, desviando la muñeca del agresor mediante un golpe seco aplicado con el canto de la mano sobre el tendón del músculo flexor radial del carpo. El impacto provocó un espasmo involuntario que hizo volar el bisturí por los aires. Sin dar tiempo a una recuperación, aprovechó el impulso para presionar con el pulgar la zona del plexo braquial en la cavidad axilar del oponente, desorganizando momentáneamente la respuesta motora de todo su brazo derecho.

El criminal intentó trastabillar hacia atrás para recuperar el equilibrio, pero la pierna del shinobi ya se había posicionado detrás de sus tobillos, ejecutando un derribo limpio que proyectó al agresor de espaldas contra la tierra batida. Antes de que pudiera articular una palabra o intentar un contraataque con la mano izquierda, el chico hincó la rodilla sobre la articulación del hombro inmovilizado, aplicando una palanca articular precisa que bloqueaba la escápula y la columna vertebral, anulando cualquier capacidad de palanca o fuerza del cuerpo.

—Si intentas forzar la articulación en esa posición, te desgarrarás el manguito rotador antes de poder ponerte de pie —indicó el muchacho con una frialdad desprovista de hostilidad o dramatismo, manteniendo la presión exacta con su propio peso corporal.

Con la mano libre, extrajo un par de bridas de nylon reforzado de su bolsillo táctico, asegurando las muñecas del sujeto a la espalda con un nudo doble ajustado al milímetro. Solo cuando comprobó que la respiración del cautivo era estable y que no poseía ocultas cápsulas químicas en la boca, se puso de pie para dirigirse hacia el grupo de cautivos.

Los artesanos contemplaban la escena con los ojos desorbitados por el asombro y el alivio. Utilizando el bisturí recuperado del suelo, el joven cortó las ligaduras de yute con trazos rápidos, inspeccionando de inmediato las muñecas y los cuellos de cada uno para descartar cortes profundos, quemaduras por fricción o síntomas de intoxicación por sustancias sedantes.

—El pánico acelera el pulso y agrava la deshidratación —dijo mientras les entregaba una cantimplora de agua limpia sacada de su equipaje—. Beban despacio. La guardia local viene en camino siguiendo el rastro que dejé marcado en las estacas del camino rural.

El artesano de mayor edad, un carpintero cuyas manos mostraban las marcas de décadas de trabajo con la madera, se frotó las muñecas entumecidas mientras miraba de reojo al impostor atado en el suelo y a la marioneta gigante que permanecía a medio construir en el fondo de la nave.

—Pensamos que era una maldición... que el espíritu nos estaba convirtiendo en sus muñecos uno a uno —susurró el hombre con la voz quebrada por el cansancio acumulado.

—No hay espíritus en esta historia —replicó el chico mientras recogía las notas, planos mecánicos y fragmentos de madera del mostrador para empaquetarlos como evidencia formal de la misión—. Solo un individuo con suficientes conocimientos de anatomía para infundir miedo y la torpeza técnica necesaria para dejar huellas de alcohol en cada escena.

Pocos minutos después, los faroles de la patrulla de seguridad de Yomikage comenzaron a iluminar el camino de entrada a la granja. El muchacho esperó en la puerta del granero hasta que los oficiales se hicieron cargo del detenido y de la evacuación segura de los civiles. Sin quedarse a recibir agradecimientos prolongados ni a responder las preguntas de los transeúntes que comenzaban a agolparse en los alrededores, el ninja de Konoha ajustó la cinta de su protector en el antebrazo, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso por la ruta principal, listo para entregar el informe escrito en la sede de administración al despuntar el alba.

off
Resumen del Rol

Durante la víspera de la Feria Nocturna de Yomikage, Argeon Senju, un shinobi médico de catorce años procedente de Konoha, asume la investigación de una misión de Rango C para esclarecer la misteriosa desaparición de varios artesanos locales atribuida al mítico "Marionetista sin Cabeza". Prescindiendo del uso de jutsus, el joven utiliza su capacidad analítica, conocimientos anatómicos e inspección sensorial para examinar las pistas en los puestos del mercado, descubriendo residuos químicos e impresiones de corte táctico que desmienten el origen sobrenatural del caso. Al rastrear las huellas de calzado hasta una granja de calabazas en la periferia, se infiltra en un granero abandonado donde desarticula al responsable mediante técnicas de inmovilización articular y libera a los rehenes sanos y salvos antes de entregar el informe oficial a las autoridades.
Masashi Kishimoto
Enlace al Post
20-10-2026, 10:06 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Misión: Autonarrada- Rango C. La Leyenda del Marionetista sin Cabeza (TID 15225)
Tipo: Misión Normal · Rango: C
  • Argeon — Participante (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Shinigami
Rango Staff
Clan Sin Clan
Nivel 3
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Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
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20-10-2026, 10:06 PM
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