— Entonces somos dos que no sabemos nada. — Dijo, con la voz pareja. — Es mejor que uno solo.
Sí alguien como Akira, con fama y poder dentro de la aldea, desconocía de lo que allí estaba sucediendo, entonces algo estaba fuera de lugar. La única forma era investigando, pero la rareza de todo podría suponer un reto de proporciones titánicas.
Lo de la sábana le arrancó un movimiento de ceja, y ninguna palabra. La chica ya se alejaba hacia sus conocidos, y él no vio motivo para opinar. Lo de Makey sí le hizo girar apenas la cabeza hacia el torii, que ya apenas se distinguía entre los troncos.
— Lo vi al pasar. — Añadió, sin mirarlo. — Le dije que me encargaba de que volvieras. No sé si me entendió.
Se arrepintió un segundo después de haberlo dicho, porque sonaba a promesa. Pero ya estaba hecho, y a Tokuma no le gustaba retirar lo que decía.
El crujido llegó entonces. Seco, largo, como si algo muy grande se estirara después de dormir. Tokuma se giró en redondo y vio las raíces levantarse del suelo a sus espaldas, enroscándose unas sobre otras para formar un borde que crecía a ojos vistas. Detrás de él, la entrada se cerraba.
— Akira. — Dijo, y la voz le salió más grave que antes. — Corre.
No esperó. Se lanzó hacia adelante con los hombros hundidos, las botas golpeando la tierra húmeda y la capa ondeando tras él como un estorbo que ahora lamentaba. Pensó en quitársela. La descartó enseguida: perder dos segundos en un nudo era peor que arrastrar la tela. Corrió pegado al flanco de Akira, a medio paso de distancia, atento al terreno y a los troncos que se estrechaban a ambos lados.
Entonces oyó el grito.
— ¡OH, yo también voy!
Era una voz alegre, atolondrada, la de alguien que cree que todavía llega a tiempo. Tokuma giró la cabeza sin dejar de correr, lo justo para verlo saltar sobre las raíces con los brazos abiertos. El borde vegetal se cerró como una mandíbula. No hubo tiempo para un grito. Hubo un sonido húmedo, un estallido rojo que salpicó el sendero y varias caras, y después nada.
Una gota tibia le alcanzó el cuello y se deslizó bajo el cuello de la capa. No la limpió.
No tenía tiempo que desperdiciar. La imagen de la sangre salpicando por todos lados era algo que no podía borrar de su cabeza, pero no podía permitirse el lujo de que así terminara su vida. Y pensar que en algún momento de la historia la familia de su padre era capaz de controlar la naturaleza de esa manera. Terrorífico.
Tragó saliva. El estómago se le apretó con una náusea fría que no tenía nada que ver con el miedo. Era otra cosa, más lenta. Hacía apenas una noche le había preguntado a un desconocido qué se siente al ver morir a alguien, y ahora tenía la respuesta delante, en la piel, caliente. Ninguna conversación en un bar lo habría preparado para el sonido.
Apretó la mandíbula y aceleró.
— ¡No se detengan! — Gritó, con una voz que ya no era la suya de siempre. — ¡Adelante, todos!
No sabía a quién le hablaba. A Akira, a los demás, a sí mismo. Las palabras salieron solas y no las repitió. Delante, el enmascarado trotaba con el bastón sujeto a dos manos, y Tokuma notó algo que le erizó la nuca: la criatura no miraba atrás. No se giraba para comprobar si la seguían, ni para señalar el camino. Solo avanzaba, cada vez más rápido, como si la prisa no fuera para ellos sino a pesar de ellos.
Las raíces seguían cerrándose, una sección tras otra, empujándolos hacia adelante con la paciencia de quien guía a un rebaño. Tokuma se obligó a ordenar lo que veía mientras las piernas le ardían.
Si el bosque quisiera matarlos, ya lo habría hecho. Una sola sacudida bastaba, un solo cierre en el centro del grupo. En cambio, el cierre llegaba por detrás, siempre por detrás, con un ritmo calculado para que los últimos corrieran y los primeros no se detuvieran. El hombre que había intentado cruzar tarde no era un accidente. Era una advertencia, o una demostración de lo que ocurría a quien no seguía el paso.
Un sudor frío le bajó por la espalda, aunque corría bajo un calor de verano que no remitía. Los árboles no los aplastaban para matarlos. Los aplastaban para obligarlos a avanzar, y eso era lo que no le gustaba. Alguien o algo necesitaba que llegaran hasta el final del sendero, y estaba dispuesto a perder gente para conseguirlo.
Pensó en su madre, y no pudo evitarlo. En la mesa de la cocina, en la taza vacía, en la puerta que había cerrado con llave esa mañana antes de ir a la fiesta. No le había dicho que volvería tarde. No le había dicho nada. Si no regresaba, ella esperaría hasta que alguien le dijera dónde buscarlo, y nadie sabría que había cruzado un torii al amanecer con colmillos de plástico en el bolsillo. La imagen le dio ganas de correr más rápido, y también de volver atrás y arrancar las raíces con las manos.
No hizo ninguna de las dos cosas. Corrió.
Las lámparas anaranjadas se sucedían a ambos lados, cada una iluminando un tramo del camino antes de que la niebla lo devolviera a la penumbra. Tokuma contaba las zancadas sin querer, un hábito de entrenamiento: cuarenta, cincuenta, sesenta. La respiración se le volvía áspera, y la capa le golpeaba las piernas en cada paso. Con la mano derecha buscó a tientas el costado donde solía llevar el equipo, y encontró lo que había dejado a propósito en el disfraz. No era mucho, pero era suyo.
— Akira. — Dijo entre jadeos, sin girar la cabeza. — Si esto es una trampa, no nos están matando. Nos están llevando a algún sitio.
No lo explicó. No tenía el aire para hacerlo, ni las palabras. Lo dijo como se dice una cosa que uno necesita escuchar en voz alta para ver si suena menos absurda. No sonó menos absurda.
Delante, el enmascarado giró por fin una curva del sendero y desapareció tras un tronco enorme. La niebla se espesó. Tokuma entrecerró los ojos para no perder de vista el último destello anaranjado, con el sudor goteándole por la sien y los músculos de las piernas ardiendo como brasas. Detrás de él, la madera crujía, y no era el crujido de algo que se cierra. Era el de algo que sigue avanzando.
No miró atrás. Apretó los puños, acortó la zancada para no tropezar con una raíz que asomaba de la tierra, y se lanzó tras la curva, con la certeza amarga de que lo peor no estaba detrás de ellos, sino al final del camino.
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