20-10-2026, 05:02 AM
Vigilia.
En Yomikage, la noche era la única constante. Las linternas preparadas para las celebraciones ya ardían bajo los aleros, los adornos colgaban entre las fachadas y las máscaras a la venta observaban el paso de los visitantes con sonrisas fijas. A esa hora, cualquiera podía confundirse entre quienes habían llegado a divertirse, quienes buscaban algo que contar al regresar a casa y quienes preferían que la isla conservara sus secretos. Hachibi caminaba entre ellos sin conceder demasiada atención a ninguna de esas categorías. Su encargo era concreto: acompañar a un grupo de paganos ambulantes durante un recorrido por varios puntos de la isla y protegerlos de posibles amenazas.
La descripción advertía que los caminos no eran particularmente peligrosos, aunque sus clientes querían una defensa adicional. Eso significaba que debía mantenerse atento sin buscar un enfrentamiento para justificar el pago. Una escolta que provocara los problemas que pretendía evitar no sería una escolta útil. Hachibi había aprendido a distinguir entre vigilar y perseguir cada sombra.
Llegó al punto acordado con tiempo suficiente para observar el entorno. El lugar estaba cerca de una calle secundaria que conducía desde los puestos del puerto hacia las construcciones antiguas del interior. A un lado se apilaban cajas vacías; al otro, un comerciante cerraba un cajón repleto de pequeñas máscaras de madera. La gente pasaba en ambas direcciones, y el ruido del muelle se entretejía con la música distante de una celebración. Escogió una posición desde la que podía vigilar la entrada de la calle y ver quién se aproximaba sin quedar en mitad del tránsito.
Los reconoció por la descripción, no por sus caras. Eran cinco personas que viajaban juntas: una mujer mayor con un manto color ocre, un hombre de espalda ancha que llevaba una vara cubierta de cintas, dos jóvenes con bolsas de viaje y un anciano más bajo que los demás, protegido por un sombrero de ala estrecha. La prosopagnosia convertía los rostros en un recurso poco fiable para él, de modo que se fijó en aquello que podía distinguir mejor: la ropa, la postura, la forma de caminar y los objetos que cada uno llevaba. La mujer tenía una pequeña campana atada a la muñeca; el hombre ancho pisaba con firmeza y apoyaba la vara del lado izquierdo; uno de los jóvenes arrastraba ligeramente el pie al caminar. Bastaba con eso para separarlos en su atención.
Cuando lo vieron acercarse, el anciano levantó una mano en señal de saludo. La mujer mayor examinó el ojo derecho de Hachibi, cuya esclerótica oscura y cuyo iris azul atravesado por formas semejantes a flechas resultaban difíciles de ignorar, pero no hizo comentario alguno. La atención del grupo volvió pronto a sus pertenencias y al espacio despejado junto a las cajas. Hachibi inclinó la cabeza y sacó una libreta pequeña, junto con un lápiz de punta gruesa que no se rompería al primer movimiento brusco.
Escribió su nombre y una explicación breve: había sido asignado como escolta, necesitaba conocer el itinerario y prefería que le indicaran cualquier condición importante antes de ponerse en marcha. Luego mostró la hoja. No podía ofrecer una conversación extensa, y tampoco necesitaba fingir que esa limitación no existía. Sus clientes podían comunicarse de viva voz entre ellos si así lo deseaban; él recibiría la información por escrito, mediante gestos claros o con instrucciones preparadas de antemano. Lo importante era que los acuerdos no quedaran sujetos a interpretaciones improvisadas.
El anciano leyó la nota y asintió. Sacó de una bolsa una tablilla de madera con un mapa sencillo de Yomikage, marcado por cinco símbolos. Una espiral identificaba un manantial antiguo; un círculo rodeado de puntos marcaba una encrucijada; una media luna aparecía junto a la costa; una figura parecida a una rama señalaba unas construcciones abandonadas; y un disco con tres marcas indicaba un pequeño pabellón en el límite de la zona habitada. En el reverso había varias frases escritas con letra firme, además de una lista de objetos que debían llevar consigo durante el recorrido.
Revisó el mapa sin tocarlo al principio. Comprobó las distancias aproximadas, los caminos que conectaban cada punto y las salidas que podían servirles si alguna ruta quedaba bloqueada. La tablilla no contenía un plano exacto, pero sí suficientes referencias para preparar un recorrido coherente. Señaló la marca de la costa, luego el sendero de la elevación, y preguntó por escrito si ese orden respondía a una razón ritual o si podía modificarse en caso de necesidad. El anciano respondió con un gesto negativo y añadió una frase: los lugares debían visitarse en ese orden porque cada parada representaba una parte del peregrinaje.
No tenía que compartir sus creencias para reconocer que alterar el orden podía arruinar el propósito de la visita. Asintió y anotó los nombres de los caminos.
La vara cubierta de cintas no era un arma, sino un elemento del rito; la campana atada a la muñeca de la mujer se utilizaba durante las paradas; y la bolsa del anciano contenía pequeñas ofrendas envueltas en tela. Ninguno llevaba armadura ni parecía entrenado para resistir una agresión. El hombre ancho podía cargar cosas sin dificultad, pero sus manos mostraban marcas de trabajo, no callos de alguien habituado a empuñar armas. El acompañamiento, por tanto, no era un gesto ceremonial: el grupo había tomado en serio la posibilidad de atraer curiosidad indeseada.
Hachibi les mostró tres señales sencillas. Dos dedos apuntando hacia sus ojos y luego al camino significaban que había detectado algo que debían observar. Una mano cerrada a la altura del pecho indicaba detenerse. La palma abierta dirigida hacia delante pedía que avanzaran detrás de él. No esperaba que aprendieran un código complejo en el primer minuto; solo necesitaba señales que pudieran entenderse bajo presión. El anciano le devolvió el gesto de detenerse y lo repitió con los otros, hasta que todos supieron reconocerlo. La mujer añadió una inclinación de cabeza para indicar que deseaba hacer una pregunta o señalar una decisión.
Antes de partir, revisó el entorno una última vez. Había comerciantes atentos a sus negocios, visitantes cargados de adornos y un par de hombres que discutían junto a una carreta. Nada justificaba retrasar la salida. Aun así, anotó mentalmente la posición del puesto de máscaras, el callejón que descendía hacia el agua y una escalera angosta que conectaba con una calle paralela.
En el primer cruce, un vendedor de amuletos interceptó el avance. Ofrecía pequeñas figuras de madera talladas con rasgos de animales y aseguraba que protegían de los sueños desagradables. Al ver los símbolos que colgaban de la vara del peregrino, el hombre se animó a presentarles una colección completa de supuestos talismanes de la isla. Habló con rapidez, alternando una sonrisa comercial con comentarios acerca de la antigüedad de los objetos que los viajeros llevaban consigo. La mujer mayor negó con cortesía, pero el vendedor siguió insistiendo y se acercó demasiado para mirar dentro de la bolsa del anciano.
Hachibi dio un paso al frente. La mirada del vendedor pasó del rostro de Hachibi a su ojo oscuro y azul, y la insistencia perdió fuerza. El hombre levantó ambas manos, protestó que solo intentaba ayudar y volvió a llamar a los peregrinos cuando ya se habían alejado varios metros.
La siguiente calle se estrechaba entre edificios de madera y muros de piedra. Desde un alero caían gotas de humedad acumulada; más adelante, unas telas oscuras colgaban de una cuerda y reducían la luz sobre el camino. Los peregrinos se detuvieron junto a un pequeño puesto donde una mujer vendía agua caliente y tortas de arroz. Sacaron una de las notas de la tablilla y señalaron el símbolo del manantial. Antes de continuar, querían llenar sus recipientes y preguntar cuál de los senderos conducía a la fuente antigua.
El puesto lo atendía una mujer de cabello recogido, con las mangas subidas y una pañoleta verde sobre el cuello. Escuchó la consulta, tomó el mapa y señaló una calle de subida que discurría detrás de una hilera de viviendas. Explicó que el camino principal terminaba junto a una construcción de piedra rodeada de plantas bajas; el sendero posterior permitía llegar al mismo lugar, aunque era menos visible y podía confundirse con el acceso a los huertos. Hachibi comparó la indicación con las referencias del mapa y escribió el nombre de la calle en su libreta.
Mientras los peregrinos llenaban sus recipientes, observó a dos muchachos parados al otro lado del puesto. Uno tenía las manos vacías y el otro llevaba una bolsa demasiado pequeña para justificar que permaneciera mirando los productos de la mujer. Sus ojos iban de los símbolos de los peregrinos a las pertenencias que cada uno guardaba. Cuando las miradas se encontraron, ambos desviaron la atención hacia una linterna colgada bajo un alero, con una sincronía que no resultaba natural.
Hachibi trazó en su libreta un pequeño dibujo de dos figuras y una flecha, y se lo mostró al anciano. Después señaló discretamente a los muchachos. El peregrino comprendió la advertencia y ajustó la bolsa de las ofrendas bajo el manto. La mujer mayor acercó al joven de paso irregular al centro de la formación, y el hombre de la vara se retrasó un poco para que los demás no quedaran expuestos al espacio abierto de la calle. Ninguno entró en pánico. Habían viajado lo suficiente para entender que la mejor respuesta ante una sospecha no era anunciarla a toda voz.
Los dos muchachos los siguieron. No mantuvieron una distancia constante: en algunos tramos caminaban muy cerca, como si casualmente compartieran rumbo; en otros se detenían frente a una tienda y volvían a aparecer después de la siguiente esquina. Uno llevaba una bufanda gris con un nudo bajo el mentón. El otro usaba una chaqueta parda y caminaba inclinando la cabeza hacia la derecha cada vez que observaba algo. Hachibi no dependió de sus rostros. Marcó sus ropas y hábitos en la memoria, luego comprobó si los mismos patrones aparecían en los reflejos de las vitrinas.
Tras abandonar el puesto, el grupo siguió la calle de subida indicada por la vendedora. Las fachadas se hicieron más bajas y la escalinata que conectaba con el sendero apareció detrás de dos muros cubiertos de musgo. Hachibi dejó pasar a los peregrinos y cerró la marcha, contando sus pasos y atendiendo a los sonidos que quedaban a su espalda.
La primera señal de que los seguidores habían entrado también en el sendero fue un sonido breve de grava desplazada detrás de una curva. Hachibi levantó dos dedos junto a su ojo y luego señaló el camino, activando la señal de atención. Los peregrinos se detuvieron sin hablar. Hachibi avanzó hasta un punto donde una roca sobresalía sobre el sendero y se inclinó lo suficiente para observar el tramo anterior. Vio el borde de una chaqueta parda retirarse detrás de un tronco. No alcanzó a distinguir al segundo, pero no necesitaba verlo para reconocer que el grupo estaba siendo seguido con persistencia.
Podía intentar enfrentarlos allí, pero la senda era demasiado estrecha para una maniobra limpia y sus clientes se encontrarían a pocos pasos del posible combate. Hachibi retrocedió y escribió una instrucción rápida: debían seguir caminando hasta el claro del manantial, mantenerse juntos y no detenerse si alguien los llamaba desde la maleza. Mostró la nota al anciano, esperó una confirmación y guardó la libreta. Si los muchachos solo sentían curiosidad, la distancia acabaría por separarlos. Si buscaban una oportunidad, el claro ofrecería más espacio para ver sus movimientos.
El sonido volvió a producirse dos veces. Al principio era apenas una rama que crujía; después, el golpe de una piedra contra otra. Hachibi no miró atrás a cada momento. Fingir que no había advertido nada podía mantener a los seguidores confiados durante unos pasos más, mientras que volver la cabeza repetidamente les indicaría cuánto había descubierto. Siguió con el grupo, atento a los cambios de ritmo, a las sombras entre las hojas y a la forma en que el sendero se abría poco a poco. La tensión no debía trasladarse a los peregrinos antes de que existiera una amenaza que exigiera actuar.
El manantial estaba al fondo de una depresión natural, rodeado por tres bloques de piedra y un pequeño canal tallado para dirigir el agua hacia un recipiente bajo. Una cuerda con tiras de papel se extendía entre dos postes y varias hojas descansaban sobre la superficie, arrastradas hasta allí por el viento. No había templo ni construcción grande; el sitio parecía conservarse por la costumbre de quienes lo visitaban. El agua salía desde una grieta entre las rocas, clara y constante. El anciano se acercó con una lentitud respetuosa y dejó su bastón al alcance de la mano.
La mujer mayor sacó de su manto una pequeña vasija y la sostuvo debajo del hilo de agua. El hombre de la vara colocó en una piedra una tira de tela marcada con varios nudos, mientras los jóvenes retiraban las hojas que se habían acumulado junto al recipiente. Cada movimiento tenía la sencillez de una tarea repetida muchas veces. Hachibi permaneció a unos pasos, vigilando los accesos al claro. La ceremonia pertenecía al grupo, y él no tenía motivo para ocupar su centro.
El anciano mojó dos dedos en la vasija y trazó con el agua una línea sobre la tablilla de madera. La mujer hizo sonar una vez la pequeña campana de su muñeca. El sonido fue discreto, casi absorbido por el rumor del manantial, y aun así pareció delimitar el principio y el final de aquella pausa. Los peregrinos inclinaron la cabeza. Hachibi mantuvo la vista sobre el camino por donde habían llegado y no intentó averiguar el significado de la señal. Bastaba con saber que el grupo necesitaba unos minutos para completar el gesto antes de continuar.
La quietud duró poco. En el borde del claro apareció primero la chaqueta parda; el muchacho no avanzó del todo, sino que se apoyó contra el tronco de un árbol fingiendo revisar una suela. Su compañero, reconocible por la bufanda gris, salió unos instantes más tarde y se detuvo junto a una piedra. Ninguno llevaba una carga que justificara haber subido hasta allí. El de la chaqueta miró la bolsa del anciano, luego la vasija y finalmente a Hachibi. La expresión que mostró no era de simple curiosidad: había calculado la posición del grupo y estaba comprobando si el escolta se apartaría.
Hachibi se movió antes de que los dos pudieran acercarse al centro del claro. No desenvainó la katana ni levantó la voz. Se colocó frente al acceso, con los pies separados sobre la tierra firme y los brazos relajados, una postura que no invitaba a confundirlo con un peregrino más, pero tampoco ofrecía un gesto que pudiera tomarse como una provocación. El anciano comprendió la intención y terminó de guardar la vasija. La mujer reunió las tiras de tela; los jóvenes recogieron sus pertenencias y se colocaron detrás del hombre de la vara.
—Solo estamos pasando —dijo el de la bufanda, con una sonrisa demasiado fácil—. No hace falta que nos mires así.
Hachibi no le respondió. Su voto no era algo que fuera a romper para satisfacer la curiosidad de un desconocido, y la ausencia de palabras no significaba que estuviera dispuesto a ceder el paso. Señaló el sendero por donde los muchachos habían llegado y después abrió la mano, indicando que podían seguir su camino. El gesto fue sencillo, inequívoco. El de la chaqueta se rio por lo bajo, como si la negativa silenciosa le pareciera una falta de respeto más que una advertencia.
—Nos dijeron que esta gente lleva cosas interesantes —continuó el muchacho—. Solo queríamos ver si las historias eran ciertas. Tienen marcas raras, objetos viejos y bolsas llenas. Aquí cualquiera paga por una reliquia cuando se le dice que viene de un lugar sagrado.
La mujer mayor apretó el manto alrededor de su bolsa, pero no retrocedió. El hombre ancho adelantó la vara un poco, sin usarla como arma. Hachibi captó el cambio de peso en los pies del de la chaqueta: el muchacho había dejado de fingir que esperaba a alguien y empezaba a escoger la distancia desde la que podría intentar un tirón. El de la bufanda seguía hablando para distraerlo, mientras miraba de reojo a los jóvenes.
Hachibi sacó la libreta y escribió una sola línea con rapidez. «Alejaos». Mostró la nota a los dos. El de la bufanda soltó una carcajada y preguntó si el escolta no sabía hablar.
El de la chaqueta avanzó un paso. La distancia entre ambos era suficiente para percibir el movimiento de los hombros, la tensión en las manos y la mirada que se desvió brevemente hacia el costado de la bolsa más cercana. El ladrón no pretendía pelear de frente; su plan dependía de que el escolta reaccionara a la provocación verbal mientras él alcanzaba uno de los objetos. Hachibi reconoció la maniobra y colocó el cuerpo en el ángulo justo para interrumpir el acceso sin empujar a los peregrinos hacia atrás.
El muchacho intentó pasar por su lado. Hachibi le interceptó la muñeca con la mano izquierda y giró sobre el pie trasero, desviando el impulso hacia el espacio abierto. No aplicó una torsión excesiva; bastó con cortar el avance y hacer que el atacante tuviera que apoyar una rodilla en el suelo para no caer de bruces. La mano libre del joven buscó algo dentro de la chaqueta. Hachibi soltó la muñeca para evitar quedar sujeto a ella y golpeó con el canto de la mano el antebrazo que intentaba salir. Un pequeño cuchillo cayó sobre la tierra.
El de la bufanda reaccionó con más rapidez de la que había mostrado hasta entonces. Sacó una hoja corta y se lanzó por el lado contrario, tratando de obligar a Hachibi a girarse para permitir que su compañero recuperara el arma. El shinobi pivotó hacia el nuevo movimiento, manteniendo al hombre de la vara y a los peregrinos fuera de la línea directa del ataque. La hoja pasó por delante de su manga sin alcanzar la piel. Hachibi dio un paso hacia dentro, atrapó el antebrazo del agresor con ambas manos y lo empujó contra uno de los bloques de piedra, donde el espacio estrecho le impedía completar el movimiento de vuelta.
El golpe contra la roca no fue fuerte, pero sí suficiente para romper el ritmo del atacante. Hachibi torció su brazo hasta que la empuñadura quedó apuntando hacia abajo y lo obligó a soltar el cuchillo. Después se apartó medio paso y dejó que el hombre recuperara el equilibrio de rodillas. El primer muchacho ya se había levantado y retrocedía hacia el sendero, mirando a su compañero con una mezcla de rabia y cálculo.
—¡No tienes que meterte en esto! —espetó el de la chaqueta—. Solo íbamos a mirar.
Hachibi miró el cuchillo caído. No correspondía que hubieran seguido a cinco viajeros, intentado distraer a su escolta y sacado armas para acercarse a sus pertenencias. El de la bufanda intentó recuperar su cuchillo; Hachibi la pateó lejos lejos, hacia una zona despejada de tierra, sin dirigirla contra nadie.
Los dos jóvenes intercambiaron una mirada. El de la chaqueta se llevó una mano al cinturón, donde asomaba una cuerda delgada. Hachibi la vio antes de que llegara a sacarla. Aún no era una amenaza abierta, pero el movimiento indicaba que no habían renunciado del todo a inmovilizarlo o distraerlo. El shinobi cambió su posición para que el manantial quedara a su espalda y sus clientes tuvieran espacio para retirarse por el lado opuesto. La mujer mayor ya había reunido al grupo junto a las piedras; el anciano sostenía la bolsa de las ofrendas contra el cuerpo.
Hachibi hizo que una corriente de viento levantara una franja de hojas secas entre los agresores y el sendero. No fue un vendaval ni una técnica concebida para herirlos, sino un impulso breve de chakra que dispersó el follaje y llenó el espacio de un remolino bajo. El movimiento les obligó a cubrirse los ojos durante un instante y les arrebató la posibilidad de avanzar sin mirar dónde pisaban. Hachibi aprovechó esa pausa para acercarse, pisar la cuerda antes de que el de la chaqueta la desplegara y apartarla con un movimiento de la bota. El joven perdió el equilibrio al intentar recuperar su herramienta y cayó sentado sobre la tierra húmeda.
El de la bufanda dejó de aparentar seguridad. Su compañero estaba en el suelo, los cuchillos lejos y el escolta continuaba de pie entre ellos y los peregrinos. Podían insistir, pero ya no contaban con la sorpresa que habían buscado desde el comienzo. Hachibi extendió un brazo hacia el sendero y mantuvo la otra mano cerca del cuerpo, preparado para detener un nuevo avance. No los persiguió cuando el de la bufanda dio dos pasos hacia atrás; les ofreció una salida y esperó a que decidieran utilizarla.
—Esto no se va a quedar así —murmuró el de la chaqueta mientras se ponía de pie—. La isla está llena de gente que quiere saber qué hacen aquí. No podrán esconderse detrás de ti todo el día.
Hachibi inclinó la cabeza, como si hubiera escuchado una observación sin importancia. No era una aceptación ni un desafío. Los dos recogieron la cuerda, pero dejaron los cuchillos en el suelo por unos instantes, indecisos sobre si podrían recuperarlos sin exponerse de nuevo. El shinobi retiró el pie de la hoja que había quedado más cerca y los observó mientras retrocedían. Cuando finalmente recogieron sus armas, lo hicieron sin acercarse a los peregrinos. Se marcharon por el sendero con pasos rápidos, sin correr todavía, como quienes querían conservar la apariencia de no haber sido expulsados.
Hachibi no los siguió. Perseguirlos habría dejado al grupo sin protección y podía llevarlo a una pelea en un terreno que no había inspeccionado. Los dos conocían el camino mejor que él y contaban con la ventaja de elegir dónde detenerse. En cambio, el shinobi esperó hasta que el sonido de sus pasos se perdió tras la curva, revisó con la mirada los bordes del claro y comprobó que no hubiera un tercer acompañante oculto entre los árboles. No vio movimiento alguno, pero permaneció atento unos segundos adicionales antes de regresar con sus clientes.
La ceremonia había quedado interrumpida, aunque las ofrendas seguían intactas. Hachibi mostró una nota al anciano: los individuos se habían retirado, pero convenía abandonar el claro en cuanto terminaran de guardar sus cosas. No era prudente permanecer en un punto aislado después de una agresión, sobre todo si los responsables ya conocían el contenido aproximado de las bolsas. El anciano leyó y asintió. La mujer mayor revisó que la vasija estuviera bien envuelta y que ninguna de las tiras de tela se hubiera perdido. Los jóvenes hicieron un inventario rápido de sus pertenencias, siguiendo las marcas anotadas en la tablilla.
La respuesta del grupo no fue de alarma descontrolada. El hombre de la vara se mantuvo cerca de la mujer y los jóvenes, mientras el anciano examinaba el sendero por el que continuarían. Uno de los viajeros tenía las manos tensas, pero no intentó esconderlo ni insistió en seguir la ceremonia como si nada hubiera pasado. El grupo comprendía que la presencia de un escolta no eliminaba todo riesgo; servía para que un peligro real encontrara una barrera antes de alcanzar a quienes no podían defenderse igual de bien. Hachibi les hizo una señal para reunirse y empezó a guiarlos hacia el paso de salida.
Antes de abandonar el manantial, el anciano se detuvo frente a la piedra donde había colocado la tira de tela. La recogió, la dobló con cuidado y la guardó en la bolsa, como si el acto que había iniciado ya estuviera completo pese a la interrupción. La mujer hizo sonar una vez la pequeña campana. Después ambos inclinaron la cabeza hacia la fuente. Hachibi esperó sin apurarlos; podía ajustar el itinerario, pero no tenía razón para arrebatarles el cierre de su rito. Una vez que el anciano volvió a su lado, el grupo dejó el claro por el sendero principal.
Al volver al tramo entre muros, Hachibi reconoció una cuerda delgada que antes no estaba allí. Cruzaba el sendero a una altura cercana al tobillo, sujeta a una raíz en un lado y a un clavo viejo en el otro. No era un obstáculo que pudiera atribuirse con seguridad a los dos jóvenes, pero la colocación no parecía casual: el sendero estaba lo bastante limpio para que una cuerda tan fina pasara inadvertida hasta estar encima. Hachibi levantó la mano cerrada, indicando que todos se detuvieran, y se inclinó para examinar el nudo sin tocarlo todavía.
La cuerda estaba demasiado tensa para ser una rama arrastrada por el viento. Uno de sus extremos desaparecía detrás de un bloque de piedra, donde una pequeña lata colgaba de un hilo secundario. Si alguien tropezaba con la cuerda, la lata caería contra la roca y produciría un sonido que alertaría a cualquiera que estuviera oculto más adelante. El mecanismo no tenía la precisión de una trampa militar, pero bastaba para advertir de la llegada de personas. Podía haber sido colocado por los mismos muchachos o por cualquier otra persona que utilizara el sendero para vigilar el tránsito.
Hachibi no intentó desarmarla tirando del centro. Primero señaló a los peregrinos una zona despejada junto al muro y les indicó que aguardaran. Después observó la posición de los nudos, siguió el hilo secundario con la mirada y localizó dónde estaba sujeta la lata. Sacó el tanto, colocó la hoja bajo la cuerda a la altura de la raíz y levantó apenas la tensión para cortarla sin provocar el movimiento del extremo escondido. El hilo cedió con un sonido leve. La lata permaneció en su sitio, balanceándose un poco por la vibración, pero no golpeó la piedra.
El shinobi apartó la cuerda del sendero, la enrolló sobre sí misma y la guardó en un lateral de la bolsa para entregarla después a quien correspondiera. No era una prueba suficiente para acusar a nadie, aunque resultaba útil como señal de que el camino podía haber sido preparado con anterioridad. Hachibi escribió una nota breve para los peregrinos y les mostró el mecanismo desarmado. La mujer mayor miró el hilo con atención; el hombre ancho apretó un poco más la mano alrededor de su vara. Ninguno intentó regresar al claro.
El paso siguiente se estrechaba junto a una pared de piedra. Para atravesarlo, los peregrinos debían pasar de uno en uno; una zona de losas había cedido y la tierra húmeda se acumulaba junto al borde. Hachibi cruzó primero y comprobó la firmeza de cada apoyo. Después sostuvo una mano abierta hacia el anciano y lo ayudó a pasar cuando este se aproximó, sin sujetarlo más de lo necesario. La mujer cruzó a continuación, seguida por el hombre de la vara. Los dos jóvenes cerraron el grupo y esperaron a que el escolta volviera a situarse al frente antes de continuar.
Los peregrinos se detuvieron bajo el alero de una tienda cerrada para revisar la tablilla. El anciano señaló que la visita al manantial estaba completa y que el siguiente punto era la encrucijada marcada con el círculo de pequeñas marcas. Allí debían dejar una ofrenda menor y observar cómo cambiaba el camino hacia la costa. Hachibi estudió la ruta que los llevaría hasta el cruce. Existían dos opciones: seguir por la calle principal, más concurrida, o tomar una vía lateral entre almacenes. La segunda era corta, aunque tenía varios rincones que no podían observarse desde lejos.
Escribió dos posibilidades en la libreta y se las mostró al anciano. No decidió por ellos qué camino debían tomar, pero les indicó que el sendero estrecho podía ofrecer escondites a quienes quisieran repetir la emboscada. La mujer mayor habló en voz baja con sus compañeros. Tras examinar el mapa, señalaron la calle principal. El cambio les haría perder algunos minutos y los expondría a más miradas, pero también reduciría la posibilidad de que alguien los esperara detrás de una esquina. Hachibi confirmó la elección con un gesto y encabezó el avance.
El acceso a la plaza principal estaba congestionado por dos comerciantes que habían extendido sus puestos demasiado cerca de un arco. Hachibi desvió al grupo por una entrada lateral; una mujer que recogía vasos les indicó que el arco conducía hasta la encrucijada por detrás, mientras una escalera cercana terminaba en un corredor de servicio. El rodeo les permitió alcanzar la salida sin cruzar por medio de la disputa.
El arco desembocaba en un patio alargado, abierto por uno de sus lados y protegido por un muro bajo en el otro. Más allá podía verse el poste que marcaba la encrucijada, junto a un árbol cuyo tronco se había dividido en dos ramas gruesas. El sitio no era enteramente aislado: desde la calle llegaban sonidos de la plaza, y algunas ventanas daban al patio. Aun así, había suficiente espacio entre los edificios para que alguien se ocultara tras los barriles guardados junto a una puerta. Hachibi revisó los rincones con la mirada antes de dar paso a los peregrinos.
La encrucijada estaba marcada por cuatro piedras pequeñas dispuestas alrededor de un círculo tallado en el suelo. No había inscripciones legibles, solo varias líneas que convergían en el centro y continuaban hacia cada una de las salidas. La mujer mayor sacó de su bolsa una pieza de madera del tamaño de una moneda, atravesada por un agujero. El anciano señaló una de las piedras y luego la salida hacia la costa. Hachibi interpretó que necesitaban depositar la pieza en un hueco concreto, pero esperó a que le confirmaran con un gesto antes de acercarse.
La mujer colocó la pieza en el centro del círculo y pasó la mano por encima sin tocarla. Después el anciano murmuró una plegaria a sus compañeros, no al escolta, y todos guardaron silencio durante unos momentos. Hachibi se apartó junto al muro, donde podía vigilar tanto la entrada como el pequeño acceso al fondo. No consideraba necesario que todos los actos de sus clientes fueran explicados para él. La confianza de un grupo escoltado no se construye exigiendo que cada costumbre se convierta en información pública.
El viento movió varias hojas hacia las piedras. Una de ellas quedó apoyada contra la pieza de madera; la mujer la retiró con dos dedos y la dejó junto al poste, fuera del círculo. Luego se inclinó y guardó la bolsa vacía. El gesto final fue más rápido que el del manantial: una inclinación de cabeza, la señal de la campana y una mirada a las cuatro salidas. Los peregrinos habían completado la segunda parada, y Hachibi se preparó para conducirlos hacia la costa.
La ruta hacia la costa pasaba entre edificios bajos y una línea de puestos cerrados. En algunos umbrales había pequeñas calabazas talladas, y de una ventana colgaban cintas que se movían a cada corriente de aire. El terreno descendía poco a poco hasta un camino de piedra clara. A la distancia, el sonido del agua aumentaba y el olor salobre se mezclaba con el aroma de madera húmeda. Hachibi caminó con el oído atento a cualquier paso que mantuviera el mismo ritmo que el grupo. No volvió a oír el ruido metálico.
El tercer punto del itinerario quedaba cerca de la costa, en una franja donde el camino se abría junto a unas rocas bajas. La tablilla mostraba la media luna y una línea ondulada. El anciano señaló una estructura pequeña, construida con piedras apiladas y protegida por un techo de tablas. Alrededor había conchas, ramitas y objetos que la marea había dejado entre las grietas. No era un santuario formal, sino un sitio donde los viajeros colocaban pequeñas marcas antes de continuar por la isla. La mujer mayor retiró una piedra lisa de su bolsillo y la mostró al anciano, quien asintió.
La superficie junto al agua estaba resbaladiza. Hachibi descendió primero hasta el tramo ancho de roca, probando los apoyos y observando por dónde avanzaban las olas. No había necesidad de acercarse al borde. A una distancia segura había un espacio plano donde los peregrinos podían realizar su gesto sin quedar expuestos al agua. Señaló ese lugar y esperó a que todos llegaran. El joven que arrastraba el pie tardó más que los demás, pero el hombre de la vara se mantuvo a su lado y le ofreció apoyo cuando una piedra suelta rodó bajo su sandalia.
El anciano dejó la piedra lisa junto a otras tres, formando una pequeña línea que apuntaba hacia el mar. La mujer pasó los dedos por encima del borde del techo de tablas, recogió una gota de agua y la dejó caer sobre la piedra recién colocada. Los jóvenes observaron la dirección de las olas y después inclinaron la cabeza. La ceremonia duró apenas unos minutos. Hachibi se quedó en una posición desde la que podía vigilar tanto las rocas como el sendero de regreso, porque el ruido del agua volvía difícil reconocer los pasos de alguien que se acercara desde la parte baja.
Cuando el grupo concluyó la parada, Hachibi revisó la ruta de salida. La marea no había subido mucho, pero el agua lamía ahora una parte de las rocas por las que habían descendido. El camino de regreso por el borde era más corto, aunque no ofrecía una distancia cómoda para el joven de paso irregular. La ruta superior estaba algo más alejada y subía por una pendiente firme entre matorrales bajos. Hachibi señaló las dos opciones en la tablilla y recomendó la ruta superior. El anciano la eligió sin vacilar, agradecido de no tener que arriesgar una caída por ahorrar unos minutos.
La subida por el camino superior los devolvió a un sendero firme que avanzaba hacia el interior de la isla. Hachibi mantuvo al grupo cerca de la pared, donde el terreno estaba despejado, y evitó los tramos en que las ramas tapaban la vista del suelo. La lluvia no había regresado, aunque el aire conservaba la humedad de la costa.
La cuarta parada estaba en las afueras de la zona habitada, cerca de un conjunto de construcciones que habían perdido parte de sus techos. Para llegar, debían atravesar un sendero menos transitado que discurría entre árboles bajos y muros derruidos. No era un bosque profundo, pero las ramas se cruzaban en varios puntos y ocultaban algunos tramos del suelo. La tablilla marcaba una figura semejante a una rama, acompañada por tres puntos pequeños. El anciano les mostró la señal y caminó con mayor atención, como si aquella parte del recorrido tuviera una relevancia particular.
Hachibi examinó los alrededores antes de internarse en la senda. Había huellas recientes, aunque muchas se mezclaban con las de los visitantes que habían pasado durante los días anteriores. Una marca de rueda terminaba junto al muro; cerca, algunas ramas habían sido cortadas para despejar el paso. No había señales de una emboscada preparada ni objetos abandonados que indicaran una actividad reciente. Aun así, eligió una ruta que mantuviera al grupo cerca de las paredes y evitara un tramo de matorrales demasiado denso. No necesitaba seguir el recorrido más corto si el desvío ofrecía más visibilidad.
El sendero tenía una curva cerrada alrededor de una roca cubierta de líquenes. Hachibi se adelantó hasta el borde para observar el espacio siguiente. Vio una puerta vieja apoyada contra un muro, una pila de tejas y una zona donde el terreno descendía hacia un patio hundido. No detectó movimiento. Hizo la señal de avance y esperó a que los peregrinos se acercaran. El anciano se detuvo al ver la puerta y sacó de su bolsa una pieza de madera tallada con la misma forma de rama del mapa. La sostuvo un instante, luego la guardó nuevamente y señaló el patio.
El lugar había servido como área de reunión para quienes recorrían la isla antes de que se instalara la actividad comercial que ahora dominaba la costa. Los peregrinos no pretendían entrar en las construcciones derruidas, sino llegar hasta una piedra vertical que seguía en pie en el patio. Allí, según indicó el anciano mediante una nota, debían dejar una tira de tela y observar el punto por donde el sol desaparecía entre las ramas. La práctica no exigía permanecer hasta la noche, pero sí alcanzar el sitio antes de que la luz se desvaneciera por completo.
Hachibi se aseguró de que el patio no presentara un riesgo evidente. Las paredes estaban agrietadas y varias tejas se habían desprendido, aunque la piedra vertical quedaba lejos de las zonas donde el techo había cedido. No había entrada a una cámara subterránea ni una escalera que condujera a un sótano; aun así, una parte del suelo estaba cubierta por hojas que podían ocultar una depresión. Hachibi avanzó primero, probando el terreno con la punta de la sandalia y marcando con una piedra los lugares donde el suelo cedía. Después permitió que el grupo descendiera de uno en uno.
La piedra vertical estaba inclinada unos grados hacia el este, con la superficie desgastada por la lluvia. En su parte baja había marcas circulares que recordaban las de la encrucijada. El anciano sacó la tira de tela y la extendió entre las manos, mientras la mujer mayor sostenía la campana sin hacerla sonar todavía. Los jóvenes apartaron algunas hojas de la base y el hombre ancho comprobó que la tela pudiera atarse sin tirar de la piedra. Hachibi se situó cerca de la entrada al patio, manteniendo una visión clara sobre el sendero y las construcciones.
Los peregrinos iniciaron una ceremonia que parecía más larga que las anteriores. El anciano anudó la tela alrededor de una pequeña protuberancia de la piedra, con un lazo que podía deshacerse sin dejar marcas. La mujer hizo sonar la campana dos veces, separadas por un silencio medido. Después los cinco inclinaron la cabeza y observaron el espacio entre las ramas, donde la luz de la tarde alcanzaba el suelo en franjas delgadas. Hachibi no conocía las palabras de la plegaria, porque no las pronunciaban en voz alta. Aun así, podía reconocer cuándo necesitaban que el entorno dejara de ser un camino y se convirtiera por unos minutos en un lugar de recogimiento.
La atención de Hachibi se desvió hacia el borde del patio cuando una rama se movió en dirección contraria al viento. Al principio fue apenas una sacudida; luego vio una sombra desplazarse detrás del muro. No era la chaqueta parda de los muchachos ni el impermeable del hombre de la cesta. La figura parecía llevar una capucha y mantenerse pegada a las piedras para ocultarse. Hachibi no se movió de inmediato. Esperó una segunda señal, atento al sonido de la grava y a la posibilidad de que el extraño solo estuviera buscando un paso entre las ruinas.
Un segundo después, la figura asomó por detrás del muro y levantó un objeto largo. El gesto bastó para que Hachibi abandonara la espera. No parecía un arma sofisticada; era una vara gruesa, quizás arrancada de una construcción, pero la distancia y la postura indicaban una intención hostil. El hombre no se lanzó hacia el grupo de frente. Se dirigió al borde del patio, como si quisiera bloquear la salida y obligar a los peregrinos a retroceder hacia el terreno irregular. Hachibi levantó la mano cerrada. Los cinco interrumpieron la ceremonia y se agruparon detrás de la piedra vertical, alejándose de los muros debilitados.
—No tienen por qué estar aquí —dijo el desconocido—. Este sitio está abandonado. Dejen lo que traen y márchense antes de que alguien salga lastimado.
Hachibi observó cómo sostenía la vara. El hombre llevaba la mano adelantada demasiado cerca del extremo, una forma de sujetarla que le permitiría golpear con fuerza a corta distancia, pero dificultaría recuperarla si alguien entraba dentro del arco. Su postura no era la de un vigilante que quisiera despejar una ruina peligrosa; había mirado las bolsas antes de hablar y mantenía el cuerpo orientado hacia ellas. Hachibi indicó a los peregrinos, con dos movimientos precisos, que se mantuvieran detrás de la piedra y no intentaran alcanzar sus pertenencias.
El desconocido avanzó un paso. Hachibi no le respondió con una amenaza verbal. Sacó la libreta, la sostuvo de modo que el hombre pudiera ver que no había intención de conversar y luego la guardó, sin apartar la mirada. La negativa a discutir pareció irritarlo. El hombre golpeó el suelo con la vara y exigió que les entregaran las bolsas. Aseguró que los símbolos de los peregrinos habían sido puestos para marcar el lugar y que nadie podía realizar allí un rito sin pagar por el uso de las ruinas. La explicación no coincidía con ninguna de las indicaciones recibidas durante la jornada.
Hachibi no podía saber si el desconocido era el autor de la cuerda en el sendero o si aprovechaba la presencia de visitantes para sacar provecho de un sitio poco vigilado. Tampoco necesitaba resolver esa pregunta antes de impedir el ataque. Señaló la salida y abrió la mano con un movimiento que ya había utilizado con los muchachos del manantial. El hombre respondió al gesto con un golpe amplio de la vara, dirigido a obligarlo a retroceder. Hachibi giró el torso y dejó que el extremo pasara frente a él; la madera golpeó una piedra con un chasquido seco y perdió parte de su fuerza.
El escolta entró en la distancia corta antes de que el atacante pudiera volver a levantar la vara. Sujetó el extremo cercano con una mano, empujó el antebrazo del hombre con la otra y giró sobre su eje para desviar el arma hacia el costado. La madera quedó atrapada entre la pared y el cuerpo del atacante. Hachibi la soltó en cuanto el hombre perdió el control, evitando quedarse unido a ella si este decidía dejarla ir. El desconocido intentó golpearlo con el puño libre, pero el movimiento llegó demasiado abierto. Hachibi esquivó hacia el interior y bloqueó el codo, llevándolo hacia abajo hasta obligarlo a doblar la rodilla.
El hombre forcejeó, intentando recuperar espacio para levantarse. Hachibi no necesitó golpearlo repetidamente. Mantuvo la presión sobre el brazo, desplazó la pierna del atacante con un barrido corto y lo hizo caer de costado sobre una zona de tierra compacta, lejos de las piedras sueltas. La caída le arrancó el aire y lo mantuvo unos instantes sin capacidad de organizar una respuesta. Hachibi retrocedió un paso, dejando espacio suficiente para no caer con él, y colocó el pie sobre la vara para impedir que volviera a tomarla.
El desconocido no estaba solo. Desde una abertura en el muro surgió otro hombre, más delgado, que llevaba una cuerda enrollada en el antebrazo. Había esperado a que el primero comprometiera al escolta para acercarse por el lado contrario. Hachibi lo vio por el movimiento de una sombra sobre el suelo y giró antes de que llegara a rodearlo. El segundo hombre lanzó la cuerda hacia su hombro con la intención de inmovilizarlo, pero el nudo pasó por encima de su brazo y cayó al patio. Hachibi se apartó, tomó el tramo suelto con la mano y tiró lo justo para descomponer el equilibrio del agresor.
El hombre del muro perdió el paso y se adelantó más de lo que pretendía. Hachibi soltó la cuerda en ese instante, se deslizó al costado y golpeó con el antebrazo la parte superior del brazo que llevaba adelantado. El agresor trastabilló contra una columna baja, que resistió el peso sin desprenderse. Antes de que pudiera enderezarse, Hachibi le sujetó la muñeca y la presionó contra el muro, obligándolo a abrir la mano. La cuerda cayó al suelo. El segundo hombre intentó zafarse con un tirón, pero el ángulo de su codo no le permitió recuperar el espacio sin exponerse a una luxación.
Hachibi soltó la muñeca apenas el hombre dejó de resistirse. No quería causar una lesión seria si podía evitarlo; los dos habían intentado intimidar y robar, pero el patio no era el lugar para un castigo personal. Se colocó entre ambos agresores y el grupo, con la vara bajo el pie y la cuerda a un lado. Los peregrinos continuaban detrás de la piedra, reunidos y sin haber perdido sus objetos. El hombre ancho sostenía la vara ceremonial, no como un arma, sino para apartar de la mujer a una teja que había empezado a deslizarse desde un borde del tejado.
El primer atacante se incorporó con dificultad y miró al segundo. Ya no había sorpresa en sus movimientos, solo la necesidad de salir de una situación que se les había vuelto desfavorable. Uno de ellos señaló a Hachibi y dijo que no entendía qué hacía un shinobi protegiendo a gente que practicaba ritos antiguos en edificios abandonados. El otro añadió que nadie iba a reclamar si desaparecía una ofrenda o dos. Hachibi no contestó. Señaló la salida otra vez y mantuvo su posición hasta que ambos retrocedieron lo suficiente para recoger sus cosas sin acercarse al grupo.
Antes de marcharse, el hombre más delgado intentó recuperar una pequeña bolsa que estaba apoyada junto al muro. Hachibi no le impidió recogerla, pero observó cómo la levantaba y comprobó que no contuviera pertenencias de los peregrinos. Dentro solo había una cuerda, una navaja de trabajo y un paño oscuro. El agresor cerró la bolsa y se alejó sin decir nada más. El primero recogió la vara, la arrojó al suelo del lado de sus compañeros y retrocedió con una mano sobre el costado. Ambos se marcharon por una abertura trasera, esta vez sin fingir que solo estaban de paso.
Hachibi no los persiguió. Primero revisó el patio, las paredes y los bordes del techo para comprobar que no hubiera más personas ocultas. Después recogió la cuerda y examinó el nudo, que parecía preparado para arrojarse alrededor de un brazo o del cuello. La dejó enrollada junto a la vara de madera y se dirigió a los peregrinos. La ceremonia se había interrumpido otra vez, y esta vez el riesgo había sido más serio. Aun así, todos estaban ilesos. La mujer mayor había mantenido la bolsa debajo del manto, el anciano no había intentado correr sobre el terreno inseguro y los jóvenes habían obedecido las señales sin dispersarse.
Hachibi escribió una pregunta: «¿Están heridos?». La mujer y el anciano negaron con la cabeza. El joven de paso irregular tenía una pequeña marca roja en la palma, quizá por haber apretado demasiado la bolsa, pero no parecía una lesión. Hachibi se la señaló y esperó a que respondiera. El muchacho la examinó, abrió y cerró los dedos y luego hizo un gesto negativo. No necesitaba atención médica. El escolta añadió una segunda frase: «Nos marchamos ahora. No volveremos por este camino».
La salida más segura no era la abertura por la que habían aparecido los agresores. Esa ruta descendía hacia una zona donde las paredes se encontraban parcialmente derruidas y donde alguien podía permanecer oculto detrás de los restos. El camino por el que habían llegado exigía atravesar el patio, pero permitía volver a la curva de roca y después salir al sendero principal. Hachibi revisó la primera parte sin perder a los peregrinos de vista. No había señales de nuevos movimientos, aunque la quietud no bastaba para descartar otra emboscada. Avanzó de espaldas durante unos pasos, vigilando la abertura que dejaban atrás, y luego condujo al grupo hacia la ruta firme.
El anciano caminó cerca de la mujer mayor, con los dos jóvenes en el centro y el hombre de la vara al final. Hachibi avanzó unos pasos por delante, comprobando cada tramo antes de que los demás lo alcanzaran. La caída de una teja había dejado una mancha de polvo en el suelo, pero el resto del camino parecía estable. Cuando llegaron a la curva de la roca, el escolta hizo una pausa para escuchar. Del otro lado solo se oía el viento moviendo las hojas. No regresaron al patio ni buscaron a los atacantes. La prioridad seguía siendo salir de las ruinas sin añadir otro enfrentamiento al recorrido.
Una vez en el sendero abierto, Hachibi cambió la ruta por completo. La tablilla señalaba una vuelta más corta que pasaba junto a una hilera de muros abandonados, pero esa zona quedaba demasiado cerca de la salida que habían utilizado los agresores. En su lugar, eligió un camino más amplio hacia el lado habitado, donde había casas, talleres y puntos desde los que podía pedir ayuda si aparecía una nueva amenaza. No era la ruta más rápida ni la más cercana al último marcador, pero tenía menos rincones y permitía ver quién se acercaba. El anciano revisó el mapa, comprendió el motivo del cambio y confirmó con un gesto que aceptaba la desviación.
La mujer mayor escribió en la tablilla que no deseaban causar problemas a los residentes ni presentar una denuncia si no era imprescindible. Hachibi leyó la nota, pero no prometió ignorar lo ocurrido. Señaló la cuerda y el arma abandonada, y luego la dirección hacia una caseta de vigilancia que había visto al pie de la calle. El grupo aceptó que informara del incidente cuando estuvieran en un lugar seguro. No quería que los atacantes regresaran a las ruinas para amenazar a otras personas. Hachibi anotó las características de ambos: altura aproximada, prendas, armas y la dirección por la que se habían marchado. No tenía rostros fiables que describir, y no inventaría una identificación que no podía garantizar.
El camino se volvió más sencillo conforme descendían. El terreno estaba cubierto de hojas y raíces, pero no había precipicios ni rocas sueltas junto al paso. En una curva, el joven que arrastraba ligeramente el pie tropezó con una raíz cubierta por la humedad. Hachibi se volvió al escuchar el roce de la suela y lo sujetó por el antebrazo antes de que cayera de rodillas. El muchacho recuperó el equilibrio y realizó una inclinación de cabeza. El escolta lo soltó en cuanto estuvo firme y señaló la raíz para que los demás evitaran el mismo tropiezo.
Al poco tiempo llegaron a un pequeño puesto de guardia, construido junto a una calle que conectaba la zona de ruinas con las primeras viviendas. No tenía aspecto de fortificación; era una caseta con techo inclinado, un banco y un tablero donde se anotaban avisos sobre caminos cerrados. Un hombre con una capa gris estaba sentado cerca de la entrada, revisando una lista de materiales. Levantó la vista al ver acercarse al grupo y se puso de pie para preguntar si necesitaban ayuda.
Hachibi sacó la libreta y redactó un informe conciso. Indicó que dos muchachos habían seguido al grupo desde el manantial e intentado robar sus pertenencias; más tarde, otros dos hombres los habían amenazado cerca de las construcciones abandonadas, donde uno utilizó una vara y el otro una cuerda; ambos se habían retirado hacia una salida trasera de las ruinas. Añadió que había encontrado una cuerda preparada a la altura de los tobillos en el sendero de regreso, aunque no podía confirmar que los mismos individuos la hubieran colocado. Entregó la nota al vigilante y le mostró los objetos que había recogido.
El hombre examinó la cuerda y la navaja de trabajo, sin tocarlas más de lo necesario. Preguntó si los agresores habían llevado uniformes o insignias. Hachibi negó con la cabeza y describió las prendas que recordaba. No podía asegurar sus nombres ni identificar sus caras; dejó ese límite expresado en la libreta. El vigilante pareció apreciar la precisión. Anotó el reporte y dijo que enviaría a alguien a revisar las ruinas y el sendero, porque no era la primera vez que personas ajenas a los trabajos de mantenimiento entraban en los edificios abandonados para aprovecharse de los visitantes.
Antes de partir, Hachibi dejó la navaja y la cuerda bajo custodia del vigilante. No tenían valor para él y tampoco era conveniente que viajara con objetos que podían servir como evidencia de un intento de robo. Se quedó con la nota del informe y anotó la hora aproximada del incidente, junto con la localización de los lugares. Después hizo una señal a los peregrinos y se puso en marcha con ellos. La luz había cambiado de forma evidente: el sol descendía detrás de los tejados y las linternas de la isla empezaban a dominar sobre el resplandor natural.
El último tramo los condujo hacia un pequeño pabellón de madera situado en el límite de la zona habitada. Tenía una plataforma baja y un techo sostenido por postes, con una abertura que miraba hacia el oeste. La tablilla señalaba ese sitio con el disco de tres marcas, y el anciano confirmó que era la última parada. No había nadie dentro, aunque junto a la entrada se veía una escoba, un recipiente con agua y una caja de herramientas. El lugar no parecía abandonado; alguien lo mantenía, pero no se encontraba allí en ese momento.
Hachibi examinó el pabellón antes de que el grupo se aproximara. La estructura estaba firme, los postes no mostraban grietas graves y la plataforma no estaba levantada por la humedad. El único riesgo evidente era una tabla suelta cerca del borde. La señaló al hombre de la vara y le indicó que no apoyara el peso allí. Después rodeó el pabellón para comprobar que la parte posterior no diera a un callejón sin salida. Encontró una puerta pequeña, cerrada con un pestillo, y una senda que conectaba con la calle principal. La salida estaba despejada.
El anciano sacó la última ofrenda: un disco de madera con una marca tallada en espiral. La sostuvo frente a la entrada y luego se la entregó a la mujer mayor, quien la colocó sobre una tabla fijada al poste central. No había recipiente especial ni altar; bastaba con dejar el objeto en el sitio indicado por su tradición. El hombre ancho ajustó la posición de la vara ceremonial, haciendo que las cintas quedaran orientadas hacia la abertura del oeste. Los dos jóvenes se situaron a los lados y el anciano comenzó una plegaria en voz muy baja, casi indistinguible del roce de las ramas en el exterior.
Hachibi permaneció fuera de la plataforma, a un lado de la entrada. Desde allí veía la calle, la senda posterior y las ventanas más próximas. Los peregrinos habían cumplido la mayor parte de sus visitas y el riesgo de un nuevo ataque parecía menor, pero no iba a dar por terminada la misión antes de que estuvieran listos para marcharse. La llegada de la noche cambiaba la forma de observar el entorno. Las linternas creaban zonas iluminadas demasiado claras junto a otras donde una persona podía ocultarse a pocos pasos. La luz de una vela no iluminaba las manos de alguien que permaneciera detrás de un poste.
Un ruido de pasos se acercó por la senda posterior. Hachibi giró antes de que la figura apareciera. Era un trabajador que llevaba una caja de madera y un pequeño farol. Se detuvo al ver al shinobi y alzó la caja para demostrar que tenía las manos ocupadas. Preguntó si los peregrinos estaban realizando una visita, y Hachibi asintió. El hombre explicó que solía revisar el pabellón antes de cerrar los accesos por la noche. No mostró interés por sus ofrendas ni trató de entrar en la ceremonia. Dejó la caja junto a la puerta y señaló la tabla suelta que Hachibi había advertido.
El trabajador agradeció la advertencia sobre la tabla y dijo que la repararía al día siguiente. También indicó que, al caer la noche, el camino posterior se cerraba con una cadena para impedir que los visitantes entraran a la zona de mantenimiento. Hachibi escribió una pregunta acerca de cuánto tiempo disponían los peregrinos para terminar. El hombre respondió que no había una hora exacta, siempre que salieran antes de que él cerrara el acceso y no intentaran continuar hacia las ruinas. El escolta mostró la nota al anciano, que asintió indicando que necesitaban apenas unos minutos más.
El trabajador esperó a un lado sin presionar al grupo. No parecía molesto por la ceremonia; simplemente debía terminar su ronda. Hachibi aprovechó la pausa para observar el lado de la calle que quedaba fuera del alcance de la lámpara. No vio a los dos agresores ni al desconocido del patio. Tampoco oyó movimientos en el sendero posterior. La escena mantenía una calma que no borraba lo ocurrido, pero al menos no añadía un nuevo problema a la jornada. Cuando el anciano concluyó la plegaria, la mujer mayor retiró las manos de la tablilla y se apartó del poste.
El peregrino mayor escribió una última frase en la hoja y se la entregó a Hachibi. Le agradecía que hubiera defendido al grupo sin exigirles que abandonaran sus prácticas ni pedirles una explicación a cambio. La nota era breve, pero su sentido resultaba claro. Hachibi la leyó y se la devolvió. Después escribió que había cumplido con el encargo y que todavía debía acompañarlos hasta la salida más transitada. El anciano aceptó la indicación. No quedaba otra ceremonia que realizar, y el objeto de madera permanecería allí según la costumbre del grupo.
Antes de marcharse, la mujer mayor hizo sonar la campana una sola vez. El sonido se extendió bajo el techo del pabellón y desapareció entre las casas. Los cinco inclinaron la cabeza; Hachibi respondió con el mismo gesto, aunque mantuvo un pie orientado hacia la calle para no perder de vista el paso. La ceremonia terminó sin necesidad de un discurso ni de una despedida solemne. La mujer guardó la tablilla y los jóvenes se reunieron junto al hombre de la vara. El anciano se aseguró de que todos llevaran sus pertenencias antes de salir.
El trabajador cerró la puerta posterior con la cadena, pero les indicó que podían marcharse por la calle principal. Hachibi agradeció la información con una inclinación y colocó al grupo en una formación más compacta. El camino de regreso no requería una carrera; bastaba con mantener el trayecto bajo la luz de los puestos y evitar las callejuelas que rodeaban las ruinas. Los peregrinos siguieron la ruta sin protestar por la desviación. Después de lo ocurrido, parecían comprender que el itinerario podía respetarse sin aferrarse a cada paso como si fuera inmutable.
Las calles de Yomikage se encontraban ahora en plena actividad nocturna. Había visitantes que llevaban máscaras grotescas, vendedores que iluminaban sus puestos con lámparas de aceite y músicos tocando junto a una esquina. Un hombre disfrazado de esqueleto pasó haciendo sonar una cadena, y un grupo de niños se apartó entre risas. Los peregrinos atrajeron algunas miradas, pero nadie intentó detenerlos. Hachibi observó a quienes se acercaban demasiado, reconoció cuándo la curiosidad se mantenía dentro de límites normales y se movió para abrir paso cuando una multitud amenazó con separar a los dos jóvenes del resto.
Al llegar a una calle ancha, el grupo se detuvo junto a una columna donde había un cartel con las salidas hacia el puerto, los hospedajes y las zonas de celebración. El anciano revisó las marcas de la tablilla y señaló la dirección del punto donde se habían encontrado por la mañana. Hachibi confirmó el camino, aunque propuso acompañarlos hasta un lugar iluminado donde pudieran decidir si regresarían al muelle o se dirigirían hacia un alojamiento. El grupo aceptó. No tenía sentido dejar a cinco personas solas en una encrucijada concurrida justo después de completar una misión de escolta.
Cuando reanudaron el camino, el anciano sacó la tablilla y revisó todas las marcas. El manantial, la encrucijada, la costa, las construcciones abandonadas y el pabellón aparecían señalados como visitados. La ruta por las construcciones abandonadas no estaba marcada como completada con la misma tranquilidad: el anciano añadió una pequeña línea junto a la figura de rama, indicando que la ofrenda había quedado colocada, aunque la ceremonia se había interrumpido por la agresión. Después volvió a guardar la tablilla. El recorrido no había seguido el ritmo que esperaban, pero no había perdido su sentido.
Hachibi se preguntó si el grupo volvería a Yomikage para completar el rito con más calma. No lo escribió ni lo preguntó. La respuesta no cambiaba la manera en que debía terminar el encargo. Había acompañado a los peregrinos a sus puntos de interés, había impedido que varios desconocidos se apoderaran de sus pertenencias y había comunicado el incidente a un puesto de vigilancia. El resto les correspondía a ellos. La escolta terminaba cuando los viajeros estaban en un lugar seguro y podían continuar por su cuenta, no cuando el protector conseguía enterarse de cada detalle de su vida.
El punto de encuentro original estaba despejado. Las cajas vacías habían sido retiradas y el comerciante de máscaras empezaba a cubrir su puesto con una lona. El olor a sal se mezclaba con el humo de los puestos de comida, y las linternas se reflejaban en los charcos que todavía quedaban junto a la zona de carga. Hachibi condujo al grupo hacia un espacio apartado del tránsito, donde podían despedirse sin tener que alzar la voz por encima de una carretilla o abrirse paso entre los visitantes.
El anciano se inclinó. La mujer mayor imitó el saludo y los dos jóvenes hicieron lo mismo, cada uno con una leve diferencia en el movimiento. El hombre de la vara extendió una mano y luego la retiró para juntar los dedos sobre el pecho, una señal de agradecimiento que parecía pertenecer a su tradición. Hachibi respondió con una inclinación sobria. No había pronunciado palabra durante la jornada. Su libreta había servido para preguntar, advertir y establecer un acuerdo común; sus movimientos habían sido suficientes para mantener al grupo unido cuando la conversación dejó de ser una opción práctica.
La mujer mayor escribió una última nota antes de guardar la tablilla. Le agradecían haberlos defendido de quienes intentaron robarles y haberles permitido completar el recorrido sin burlarse de sus costumbres. Hachibi leyó la frase y devolvió el papel. Después señaló el lugar iluminado donde podían pasar la noche y la ruta hacia el muelle, preguntando con un gesto cuál de las dos opciones preferían. El anciano indicó el camino del alojamiento. Habían caminado bastante y no deseaban seguir recorriendo la isla a esas horas.
Hachibi los acompañó hasta la esquina del establecimiento. Allí, una mujer atendía la entrada y recibía a los viajeros con una lámpara en la mano. El lugar no parecía lujoso, pero tenía una puerta firme, ventanas cerradas y un patio interior donde podían dejar las bolsas sin bloquear el paso. La mujer preguntó si necesitaban habitaciones para todos. El anciano contestó por primera vez durante un intercambio de palabras con alguien ajeno al grupo, aunque habló tan bajo que Hachibi no alcanzó a distinguir lo que decía. La encargada respondió con un gesto de bienvenida y señaló la entrada.
El escolta se mantuvo afuera mientras los peregrinos confirmaban el alojamiento. No necesitaba intervenir si podían resolverlo por sí mismos; la misión no consistía en decidir dónde dormirían ni en administrar su dinero. Cuando el anciano regresó a la entrada para mostrarle un pequeño gesto de despedida, Hachibi comprendió que ya no requerían su presencia. Sacó la libreta y escribió que el recorrido había concluido, que debían mantener las pertenencias consigo y que era preferible informar al encargado del alojamiento si alguien preguntaba por los símbolos ceremoniales de manera insistente. No intentó asustarlos. Era una recomendación razonable después de lo sucedido.
El grupo aceptó la nota. La mujer mayor guardó la tablilla bajo el manto y los dos jóvenes ayudaron al hombre ancho con la bolsa de provisiones. El anciano inclinó la cabeza una vez más antes de cruzar el umbral. Hachibi esperó a que la puerta se cerrara y observó unos segundos la calle, comprobando que nadie se hubiera detenido para seguirlos. No vio a los agresores ni a las figuras que habían mostrado curiosidad durante el día. La luz del alojamiento alcanzaba el borde de la acera y bastaba para mostrar la entrada despejada.
Solo entonces se alejó. No llevaba consigo ninguna ofrenda ni objeto que no le perteneciera, únicamente las notas de la ruta y el recuerdo de la cuerda encontrada en el sendero. Había cumplido la tarea sin necesidad de convertir la defensa en una represalia. Los agresores habían sido apartados, el incidente había quedado en conocimiento de los encargados de la zona y el grupo había finalizado su peregrinación. Si más tarde alguien preguntaba por lo ocurrido, Hachibi podría describir los hechos sin atribuir a los hombres identidades que no conocía ni afirmar que todos los desconocidos de Yomikage tenían intenciones semejantes.