Cita:● Nombre de la Misión: Limpieza Subacuática
● Información de la Misión: La misión consiste en sumergirse en una bahía poco profunda para recuperar varias cajas de herramientas agrícolas que cayeron al agua tras el colapso de un pequeño embarcadero. Aprovechando las capacidades inherentes al clan Hoshigaki, Kiba deberá bucear en el lecho marino para localizar y subir el cargamento a la superficie
● Rango y Tipo de la Misión: Simple D
● Fecha y Lugar: 5 de verano en Kirigakure
● Cantidad de Usuarios: 1
● Cantidad máxima de horas por ronda: Sin maximo
El oleaje estaba particularmente calmado aquella noche. El embarcadero no era especialmente grande ni había sido construido para recibir embarcaciones pesadas. Un sencillo entramado de madera se extendía algunos metros sobre una de las bahías interiores de Kirigakure, utilizado principalmente por pescadores y agricultores de las cercanías para cargar mercancías que después continuaban su camino por tierra.
El movimiento no era muy complicado. Solo debían estacionar a «La Barracuda» y el día habría terminado. Genzō, el capitán, estaba cansado, pero había realizado la maniobra en mayor estado de ebriedad y con más sueño encima. Aosame y Kimpato compartían una historia sobre la conquista de una bella dama, mientras Katashi descansaba en una orilla de la embarcación, mirando los vestigios de luna que se asomaban sobre el agua. El reflejo se fragmentaba entre las olas, plateado, hipnotizando al exhausto trabajador; sus ojos comenzaban a cerrarse cuando distinguió un par de luces diferentes, amarillas, como pequeños orbes ignífugos debajo del agua.
El capitán continuaba con cuidado. Ya solo tenía que orientar la embarcación antes de llegar y, con un simple lazo de soga, asegurarla al muelle.
No fue así.
La barca colisionó con aquella madera con una violencia que no se justificaba con la velocidad que llevaba. El mar bramó y reclamó cuatro cajas, así como a Katashi durante al menos unos instantes. Lo socorrieron rápido, aunque su grito de susto causó primero dudas y terminó convirtiéndose en motivo de burla para sus compañeros.
El pequeño embarcadero había conocido días mejores. Aquella mañana, buena parte de su extremo descansaba dentro del agua y, entre los escombros, también algunas cajas de suficiente valor como para mantener de mal humor al capitán.
Varias tablas sobresalían en ángulos irregulares alrededor de dos pilares vencidos, mientras otras flotaban todavía sujetas por cuerdas o permanecían hundidas bajo la superficie. Los trabajadores habían apartado ya aquello que podían alcanzar desde tierra, dejando a un lado una pila desordenada de madera húmeda que probablemente volvería a utilizarse cuando llegara el momento de reconstruirlo.
El problema inmediato era otro.
—Cuatro.
Genzō levantó cuatro dedos para acompañar la palabra.
Era un hombre de mediana edad, de piel áspera y marcada por distintos tonos, vestido con prendas que parecían haber conocido más salitre que jabón durante las últimas semanas. Frente a él había una pequeña tabla sobre dos barriles donde alguien había dibujado apresuradamente la forma del embarcadero antes de su derrumbe.
—Cuatro cajas de herramientas —repitió—. Estaban aquí.
Señaló el extremo ahora desaparecido del muelle.
—No son nuestras mejores cajas, pero sí nuestras herramientas. Y hay gente que las necesita hoy en los campos.
El hombre desplazó un dedo sobre el dibujo. Como capitán era responsable de lo sucedido y, a juzgar por la forma en que apretaba la mandíbula cada vez que miraba los daños, tener que pagarlos no le hacía ninguna gracia.
Dos trabajadores habían intentado recuperar las cajas, pero el peso era demasiado y sus pulmones no daban para trabajar mucho tiempo allá abajo. No habían llegado demasiado lejos.
La bahía apenas alcanzaba algunos metros de profundidad, pero remover el fondo había levantado suficiente sedimento para reducir considerablemente la visibilidad y ninguno estaba particularmente acostumbrado a trabajar bajo el agua.
Fue entonces cuando solicitaron ayuda a la aldea.
Genzō observó brevemente al Genin frente a él, deteniéndose en las branquias y aquella enorme cola azul que hacía difícil confundir su ascendencia. No restaba su mal rato, pero al menos respiró aliviado.
—Me dijeron que enviarían a alguien que pudiera quedarse abajo el tiempo que hiciera falta.
El hombre se acercó al borde roto del embarcadero y señaló hacia las aguas verdosas de la bahía. Desde allí podía distinguirse parte del fondo. Bancos de arena aparecían entre zonas cubiertas de vegetación marina y, más cerca de la estructura derrumbada, podían verse tablones atravesados unos sobre otros. Pequeños peces entraban y salían entre ellos, aprovechando lo que para aquellas criaturas acababa de convertirse inesperadamente en refugio.
Una silueta rectangular era visible no demasiado lejos. Algo parecido a una caja sobresalía de la arena junto a uno de los pilares.
—Esa creemos que es una —explicó Genzō—. Otra cayó justo por allí.
Señaló algunos metros más hacia el interior de la bahía.
—Las otras dos...
El hombre torció ligeramente la boca.
—¡…Te juro que las vi, dos bolas de fuego debajo del agua!
—Sí, claro. Estás diciendo eso para no admitir que tu grito de nena fue porque te da miedo el agua de noche.
Las voces de dos trabajadores llegaron desde cierta distancia.
—Bueno, ya las hallarás.
Genzō no parecía demasiado interesado en participar de aquella discusión.
—Todas tienen una franja blanca en los costados. Si todavía puede verse.
Miró nuevamente hacia el agua.
—Tráelas a esta parte de la orilla. Nosotros nos encargamos de sacarlas y revisar lo que pueda salvarse.
Una pequeña ola golpeó los restos del embarcadero. En la distancia, «La Barracuda» descansaba sobre un terreno bajo mientras algunos hombres trabajaban en la zona donde había recibido el impacto.
Debajo de la superficie, una fina nube de arena se levantó alrededor de las tablas antes de comenzar lentamente a asentarse. La caja visible permanecía inmóvil y, más allá, entre el movimiento de las algas y los reflejos procedentes de la superficie, resultaba difícil distinguir qué otras cosas se ocultaban en el fondo.
—Cuando quieras, muchacho.