La mañana había comenzado con el movimiento habitual de Konoha. Los comerciantes levantaban las persianas de sus establecimientos, los primeros clientes recorrían las calles en busca de algo para desayunar y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de las sandalias sobre el empedrado. Bajo el sol de verano, la aldea parecía tan tranquila como cualquier otro día.
Sin embargo, no todas las familias habían podido comenzar la jornada con la misma serenidad.
Durante las últimas semanas, varias denuncias por la desaparición de menores habían llegado a las autoridades. Al principio, los casos se habían tratado como incidentes aislados: niños que no regresaban a casa a la hora acordada, pequeños que se separaban de sus padres durante las compras o que no aparecían después de visitar a algún amigo. Pero, a medida que las horas se convertían en días y las búsquedas concluían sin respuestas, la preocupación había empezado a extenderse entre los vecinos.
No había señales claras de violencia en los lugares donde se había visto a los menores por última vez. Tampoco se habían encontrado rastros suficientes para reconstruir sus movimientos. Lo único que parecía repetirse en algunos testimonios era la presencia de desconocidos merodeando cerca de ellos poco antes de su desaparición.
Aquellas coincidencias, por sí solas, no constituían una prueba. Pero eran suficientes para justificar una investigación más cuidadosa.
Fue en ese contexto que se asignó una nueva misión de rango C.
El encargo no exigía enfrentarse a un enemigo conocido ni adentrarse en territorios peligrosos. Su propósito inicial era más sencillo, al menos sobre el papel: reunir testimonios, revisar las circunstancias de las desapariciones y encontrar alguna pista que las autoridades hubieran pasado por alto. Aun así, detrás de aquella tarea había una responsabilidad que no necesitaba explicaciones. Cada familia esperaba noticias. Cada día sin respuestas aumentaba la incertidumbre.
En una de las calles próximas al centro comercial, un tablón de anuncios exhibía avisos de objetos perdidos, solicitudes de ayuda y pequeños encargos para los habitantes de la aldea. Entre ellos, una hoja reciente llevaba varios nombres escritos a mano y una petición de información sobre los niños desaparecidos. La tinta todavía conservaba su intensidad, aunque los bordes del papel comenzaban a doblarse por el viento.
A poca distancia, un pequeño puesto de bebidas atendía a los transeúntes. Su propietario conversaba con una mujer que sostenía de la mano a su hijo, mientras dos shinobi examinaban una lista de domicilios antes de continuar con sus labores.
La vida seguía su curso, pero había preguntas que nadie había conseguido responder.
¿Quiénes eran aquellos desconocidos? ¿Por qué se acercaban a los menores? ¿Y qué había ocurrido con los niños después de desaparecer?
Por el momento, no existían respuestas concluyentes. Solo testimonios incompletos, familias preocupadas y una investigación que apenas comenzaba.
Era allí donde empezaba la misión.
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