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  ›   [Común] [Evento Halloween] Misión Rango D | Auto-narrada — Reparaciones en la Feria
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[Evento Halloween] Misión Rango D | Auto-narrada — Reparaciones en la Feria
Tokuma
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 7
Estadísticas
Generales
Fuerza30(2)
Destreza15(1)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud10
Velocidad13
Tenketsu10
Sigilo10
360
385
Enlace al Post
13-10-2026, 11:49 PM
Siempre ocurre lo mismo con los caminos que parecen invitar a entrar: nadie menciona el precio hasta que uno ya ha dado el segundo paso. Tokuma lo pensó mientras avanzaba entre las lámparas anaranjadas, con la niebla pegada a los tobillos y la sensación de que los árboles lo vigilaban sin parpadear. El torii quedó atrás, la bóveda de ramas se cerró en silencio sobre su espalda, y al final del sendero el bosque se abrió de golpe.
 
Era un lugar mágico. Algo nunca antes visto por el genin. Detrás de aquel sendero existía un mundo en paralelo lleno de espectáculo y misterio. Parte de ese misterio era aquella feria que se venía desde lejos. O lo que quedaba de una. Puestos de madera con telas deshilachadas, guirnaldas de farolillos que ardían sin viento, carruseles de caballos con la pintura descascarada y máscaras de zorro colgadas de cada poste, mirando a ninguna parte. El cielo seguía igual de oscuro que en la aldea, un crepúsculo detenido a mitad del día, y entre los puestos circulaban personas disfrazadas que reían demasiado alto. No hizo falta preguntarse si estaba soñando. Un sueño habría tenido mejor olor: aquel lugar olía a algodón de azúcar quemado y a tierra mojada.
 
— Usted. El de los hombros. — La voz llegó desde un puesto de manzanas caramelizadas. Un hombre delgado, de bigote fino y sombrero de copa abollado, se acercaba apoyándose en un bastón con empuñadura de cuervo. — Hanzō Kuroiwa, dueño de este desastre. Hace rato lo observo cruzar la entrada. Tiene pinta de fuerte y de saber usar las manos. ¿Me equivoco?
 
— No. — Respondió Tokuma, sin bajar la mirada. — No se equivoca, pero por menos palabras presunciones se han desgraciado vidas.
 
— Créeme, yo lo sé mejor que nadie. — El hombre sonrió con media boca, ignorando a la amenaza que le había hecho el ojiazul. — Mi rueda de la fortuna necesita reparación, y mis mecánicos se niegan a subir desde el último accidente. Pagaré el triple de lo que cobraría cualquiera por un día de trabajo. No le voy a mentir: se dicen cosas sobre esa rueda.
 
Tokuma pensó en la mesa de su cocina, en la taza de su madre todavía tibia al amanecer, y en lo que significaba el triple. Pero antes de decidir sí tomar el trabajo o no, necesitaba un poco más de información sobre el “accidente.”
 
— ¿Cuál accidente?
 
—Alguien cayó desde lo más alto de la rueda y no sobrevivió. La feria no me deja volver a abrir la rueda hasta que todo esté en orden y la maquina esté reparada. — Respondió el señor esquivando responder con sinceridad.
 
Una persona había muerto allí, quizás por eso las otras personas se reusaban a trabajar en lo alto de la rueda. Tokuma lo pensó un momento. Arriesgar su vida por dinero no le llamaba mucho la atención pero pensó en la paga, y en el hecho de que, como militar, él arriesgaba su vida todos los días.
 
— Dígame dónde empiezo.
 
La rueda dominaba el extremo opuesto de la feria como un esqueleto de hierro negro. Cuarenta metros de estructura, ocho góndolas de madera con farolillos en el techo y un eje central cubierto de óxido. Al pie esperaba una joven de overol manchado de grasa y trenza gruesa, con una caja de herramientas más grande que sus rodillas.
 
— Soy Mika. — Dijo, y le tendió una llave inglesa sin más trámite. — Es el rodamiento del eje y los pernos de la góndola más alta. Llevo tres semanas diciéndole a Kuroiwa que se está soltando, pero hasta que alguien se rompe el cuello de nuevo no hay presupuesto.
 
— Mi nombre es Tokuma ¿Cuántos han caído?
 
— Cinco, contando al niño. — Mika escupió a un lado, sin dramatismo. — Dicen que fue el primero. Pelo naranja, ojos azules, de unos diez años. Su gente lo perdió de vista en la fila y apareció en lo alto, parado en el borde del asiento, justo cuando la góndola llegaba al punto más alto. Gritó hasta que tocó el suelo. — Se encogió de hombros. — Hay quien jura que lo ve desde ahí arriba. Dicen que solo se aparece a los que disfrutan de la atracción.
 
— No pienso disfrutarla. — Dijo Tokuma, ajustándose el cinturón.
 
— Entonces tienes ventaja. — Mika le alcanzó un arnés de cuero con dos cuerdas de seguridad y un mosquetón doble. — Ponte esto. Y asegúrate de engancharte cada vez que cambies de tramo. Aunque no creo en fantasmas, creo mucho en la gravedad.
 
La chica le pasó un arnés y algunas otras herramientas para trabajar. El de pelo castaño las tomo, mientras pensaba en como todo se iba complicando según obtenía más información sobre la lo ocurrido con la rueda.
 
Tokuma se ató el arnés con nudos firmes, probó cada cuerda tirando con todo el peso del cuerpo y revisó que el tantō descansara bien sujeto a la cadera, tan accesible como siempre. No creía en fantasmas, pero sabía que a veces los problemas aparecían de formas que no encajaban en ninguna teoría.
 
Empezó a subir.
 
El hierro estaba frío pese al calor opresivo de la feria, y cada travesaño crujía bajo sus botas. El viento soplaba más fuerte conforme ganaba altura, y los farolillos de las góndolas se mecían con un tintineo seco. Se enganchó, avanzó, volvió a engancharse. Debajo, la feria se encogía: los puestos parecían juguetes, la gente puntos de colores, y Mika una mancha oscura que lo observaba con la mano en la frente a modo de visera.
 
En el tercer nivel encontró el primer perno suelto. Luego otro. Después seis más, oxidados hasta el punto en que la llave los hacía crujir al girar. Los fue apretando uno por uno, sin prisa, con la mandíbula tensa y el sudor bajándole por la sien hasta la barbilla. Al llegar al eje central se detuvo.
 
El alojamiento del rodamiento estaba agrietado de lado a lado. No era una grieta antigua. El metal brillaba limpio en el borde, como si lo hubieran roto hacía poco.
 
Sacó de la caja el soporte de refuerzo y empezó a ajustarlo, y fue entonces cuando notó el silencio. Los farolillos seguían meciéndose, pero ya no tintineaban. La música lejana de la feria se había apagado. Hasta el viento parecía contener el aliento.
 
Tokuma levantó la vista hacia la góndola más alta, la que debía reforzar a continuación, y se quedó quieto.
 
Había alguien sentado en el borde.
 
Un niño de unos diez años, con el cabello naranja revuelto y las piernas colgando sobre el vacío. Llevaba una camisa blanca demasiado grande para su cuerpo y los pies descalzos. No se movía. Tenía la cabeza ladeada y lo miraba con unos ojos azules que no parpadeaban, azules como los suyos, y que le pesaron en el pecho como si alguien hubiera soltado una piedra dentro.
 
— ¿Estás bien? — Dijo Tokuma, con una voz que no le reconoció.
 
El niño abrió la boca. No salió ningún grito. Salió, muy bajo, el eco de un llanto que no era de niño, y Tokuma sintió que los dedos se le abrían solos.
 
El pie resbaló. La llave se le escapó de la mano y cayó, rebotando contra los travesaños durante varios segundos que le parecieron minutos. El mundo giró. Cuando la cuerda del arnés se tensó con un tirón brutal que le cortó la respiración, Tokuma ya estaba colgando a diez metros del suelo, balanceándose contra el hierro, con las costillas gritando y el mosquetón chirriando sobre el travesaño.
 
Hasta ahí llegaba. Ese era el fin de su vida. Todo por unos cuantos ryos. Que poco había disfrutado de los placares mundanos, que tonto había sido morir por un susto. Solo lamentaba dejar a su madre sin fortuna y con la herida del hijo perdido. Todo eso le pasó por la cabeza antes de acordarse del arnés que le mantenía flotando en el aire.
 
Tardó un segundo en reaccionar. Después, sin pensar, su mano derecha desenfundó el tantō con un destello de acero, y su cuerpo se estiró hacia el hierro buscando apoyo. Giró la cabeza hacia la góndola, con la hoja apuntando hacia arriba, el pulso golpeándole en los oídos y la respiración entrecortada.
 
El asiento estaba vacío.
 
Ni niño, ni pisadas, ni sombra. Solo la góndola, balanceándose despacio, como si alguien acabara de levantarse de ella. Tokuma esperó con el tantō en alto durante lo que le parecieron años. Nada se movió. Ningún sonido. Una gota de sudor le resbaló por la mandíbula hasta caer en el vacío, y ni siquiera la oyó llegar abajo.
 
— ¡Tokuma! — El grito de Mika llegó desde el suelo, distante y agudo. — ¡¿Estás vivo?!
 
— Sí. — Respondió, con voz ronca, y se sorprendió de que le saliera. — El arnés aguantó.
 
Envainó el tantō con la mano temblorosa, sin apartar los ojos del asiento vacío. Después respiró hondo tres veces, despacio. Costumbre, no miedo. Tiró de la cuerda hasta alcanzar el travesaño más cercano, se agarró con ambos brazos y trepó, un travesaño a la vez, con los músculos ardiendo y la mandíbula apretada, hasta volver al eje.
 
No pensaba dejar el trabajo a medias. Eso nunca.
 
Terminó de ajustar el soporte con la llave que Mika le lanzó atada a una cuerda, apretó los pernos de la góndola superior sin mirar el asiento más de lo necesario y revisó la grieta una vez más. Cuando pasó la mano por el metal, notó algo atascado en un hueco junto al rodamiento: un pequeño zapato de tela, de niño, gastado y viejo. Lo sacó con dos dedos y lo sostuvo un momento sin saber qué hacer. Después lo guardó en el bolsillo interior de la ropa, sin comentar nada.
 
Bajó con el último perno apretado y los hombros quemándole. Al tocar el suelo, Mika le arrojó un trapo húmedo a la cara y le pasó un termo de agua sin hacer preguntas, y Tokuma se lo agradeció con una inclinación breve de cabeza. Kuroiwa se acercó apoyado en su bastón, con el sombrero ladeado.
 
— La rueda gira. — Dijo, y asintió despacio. — Sin rechinidos. Sin tambaleos. Mis mecánicos van a tener que buscarse otra excusa.
 
— La falla era real. — Dijo Tokuma. — El alojamiento estaba roto. Cualquiera habría caído.
 
— Eso decía yo. — Mika cruzó los brazos y miró de reojo hacia lo alto. — Pero tú no te caíste por eso.
 
Tokuma no respondió. Aceptó el sobre que Kuroiwa le tendió, comprobó el peso con una mirada y lo guardó junto al zapato. Después se quedó un instante mirando la rueda, que giraba lentamente sobre su eje con sus farolillos balanceándose, y la góndola más alta se detuvo en la cima por un segundo, vacía, quieta como si alguien la observara desde dentro.
 
Aquella vez no hubo ojos azules, ni llanto. Solo el crujido tenue del hierro, y un viento fresco que le erizó la nuca.
 
Dejó el zapato sobre la repisa de un puesto cercano, con cuidado, y se alejó sin volver la cabeza. Porque si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero esa noche, por una vez, lo que había salido mal tenía arreglo, y lo que no lo tenía prefirió dejarlo donde estaba.
Masashi Kishimoto
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14-10-2026, 03:42 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Evento Halloween] Misión Rango D | Auto-narrada — Reparaciones en la Feria (TID 15169)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Tokuma Nanahoshi — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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14-10-2026, 03:42 AM
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Este tema ha sido cerrado.
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