País de las Aguas Termales — Yomikage
La pendiente descendía entre construcciones de madera y muros de piedra, conduciendo hacia el corazón de la feria. A medida que Itsuki se alejaba de la Gran Estructura Central, el sonido del viento que ascendía desde la fosa fue quedando atrás, sustituido por el murmullo distante de las corrientes que recorrían las callejuelas y hacían tintinear los faroles apagados.
La feria conservaba los restos de una celebración interrumpida. Había puestos decorados con telas descoloridas, mostradores cubiertos de polvo y carteles cuyas letras se habían borrado bajo la humedad. En algunos tenderetes aún colgaban máscaras de madera y figuras talladas que, vistas de reojo entre la niebla, parecían seguir con la mirada a quienes se aventuraban por aquellas calles. No había vendedores ni visitantes, tampoco señales recientes de que alguien se hubiera preocupado por mantener aquel lugar.
La búsqueda de equipo tampoco prometía demasiado.
En un puesto dedicado a herramientas y accesorios de mantenimiento quedaban varias cajas abiertas. Sus contenidos se habían deteriorado con el tiempo: hebillas corroídas, correas endurecidas y piezas metálicas cubiertas de óxido. Bajo una lona rasgada descansaba un pequeño juego de herramientas, aunque desde la distancia no era posible determinar cuáles seguían siendo aprovechables. En otra caja, unas tiras de cuero viejo conservaban suficiente flexibilidad para distinguirse de las que se habían cuarteado por completo.
La placa de latón que Itsuki había recogido en el pabellón llevaba las señales de un inventario antiguo. A medida que avanzaba entre los puestos, encontró marcas semejantes en dos cajones abandonados junto a un almacén. El mismo emblema aparecía estampado sobre la madera, medio oculto bajo la suciedad. No bastaba para establecer el recorrido de aquellos objetos, pero sugería que parte del material de la feria procedía de dependencias comunes.
Entonces, un sonido metálico volvió a quebrar la quietud.
Clang.
El golpe llegó desde la dirección del Pabellón de las Armas, amortiguado por la distancia y los muros que separaban ambas construcciones. Hubo una pausa, seguida por un chirrido prolongado que terminó de forma abrupta.
Ninguna de las figuras de madera de los puestos se movió. Los faroles continuaron apagados y las guirnaldas apenas se agitaron bajo la brisa.
Aun así, algo había cambiado en el silencio.
Desde la calle donde se alzaba el pabellón llegó el sonido de una cadena tensándose. Después, un golpe seco hizo vibrar los herrajes de la puerta. No hubo voces ni una llamada de auxilio; únicamente el ruido de algo pesado desplazándose sobre un suelo duro.
La fachada del edificio podía distinguirse desde aquella parte de la feria. Las puertas seguían cerradas y las cadenas permanecían sujetas a sus anillas, pero una de las ventanas laterales conservaba varios listones rotos. La tenue luz que antes escapaba por una rendija parecía haberse intensificado.
Durante un instante, una sombra cruzó el espacio visible entre las tablas.
Después apareció una segunda silueta.
Ambas desaparecieron sin que pudiera distinguirse con claridad su forma.
El siguiente sonido fue diferente. Un tintineo breve, semejante al choque de cubiertos metálicos, precedió a un arrastre pesado y a tres golpes espaciados. La secuencia terminó con un chirrido de articulaciones que no guardaba relación alguna con los movimientos de las puertas.
Más allá del pabellón, dos pequeñas luces avanzaban lentamente entre los edificios. Su trayectoria era irregular y quedaba interrumpida por los muros, pero parecían corresponder a faroles transportados por alguien que patrullaba la zona. Todavía se encontraban a cierta distancia y no había señales de que hubieran advertido el ruido.
La feria, hasta entonces inmóvil, parecía contener la respiración.
A través de los listones rotos de la ventana podía distinguirse ahora una parte del interior del pabellón. Allí, bajo la luz mortecina de unos faroles que no deberían seguir encendidos, se extendía una mesa larga cubierta por una tela oscura. Sobre ella descansaban objetos alineados con una precisión casi ceremonial: bandejas metálicas, soportes de armas y piezas de armadura colocadas como si esperaran a unos invitados que nunca llegarían.
Alrededor de la mesa se alzaban varias siluetas acorazadas.
No era posible distinguir sus rostros bajo los yelmos ni determinar si estaban apoyadas sobre soportes o si permanecían de pie por sus propios medios. La luz se reflejaba en sus placas, dejando al descubierto los remaches y las articulaciones. A un extremo de la mesa, un objeto cilíndrico envuelto en tela permanecía apartado de los demás, protegido bajo una cubierta polvorienta.
Entonces, una de las figuras inclinó la cabeza.
El movimiento fue pequeño, casi imperceptible desde aquella distancia, pero el casco produjo un chasquido metálico al girar. La armadura situada a su derecha respondió con un leve desplazamiento del hombro.
La tercera permaneció inmóvil.
Durante unos segundos no ocurrió nada más. Luego, una mano acorazada se cerró lentamente sobre el borde de la mesa. El metal chirrió contra la madera y una de las bandejas se deslizó unos centímetros antes de detenerse.
El ruido no llegó a repetirse.
Desde la calle, las luces que se aproximaban continuaron avanzando entre la niebla.
El Pabellón de las Armas seguía cerrado. El equipo abandonado en los puestos podía ofrecer materiales aprovechables, pero no había garantía de encontrar allí lo que Itsuki necesitaba. Mientras tanto, las figuras del interior parecían haber reanudado una actividad que llevaba demasiado tiempo interrumpida, y cualquier estrépito adicional podía atraer la atención de quienes patrullaban la feria.
Makey permanecía sujeto al arnés de tela, con las orejas dirigidas hacia el pabellón. La brisa arrastró hasta la calle un olor tenue a metal húmedo y aceite envejecido.
Tras los listones de la ventana, una de las siluetas acorazadas volvió a moverse.
Esta vez, el sonido de sus pasos llegó claramente hasta el exterior.
Clang.
Un paso.
Después, otro.
Y el silencio volvió a cubrir la feria.