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[Rango D] Manos a la obra.
Chota Akimichi
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05-10-2026, 01:49 AM
El establecimiento del señor Miyagi ya había dejado atrás el problema de los gatos. Y ahora que no habian animales escondidos tocaba empezar con el verdadero trabajo.

Frente al local había varios hombres descargando herramientas y materiales de construccion de una carreta. Se podian ver llevando encima martillos de demolición, palas, barras de metal y cajas con distintas herramientas. También había una buena cantidad de madera apilada a un ladito de la entrada.

Miyagi estaba allí desde temprano supervisando a los trabajadores que había contratado. Llevaba un delantal nuevo y parecía bastante más animado que la última vez que Tokuma lo había visto.

—¡Nanahoshi! —gritó al verlo acercarse—. ¡Menos mal que viniste! 

El hombre levantó una mano para llamar su atención y caminó hasta la entrada.

—Te presento al encargado de la obra. Se llama Daichi. Él va a estar dirigiendo a los trabajadores estos días.

Daichi era un hombre de mas o menos cuarenta años, tenia un lapiz detras de su oreja derecha y estaba sucio con ropa de trabajo. No emitió palabra alguna pero hizo un gesto con la cabeza saludando.

—Miyagi dijo que eres shinobi, pero que sabes trabajar. Le dije que nosotros eramos suficientes pero insistió.

Miyagi soltó una carcajada.

—¡Claro que sabe trabajar! Tenias que verlo cuando sacó a esos gatos.

Daichi miró hacia el interior del establecimiento.

—Bueno, los gatos ya no están. Ahora tenemos otro problema —dijo mientras se hacia a un lado para dejarle ver el interior a Tokuma.

El local estaba prácticamente vacío y ya habían retirado la mayor parte de los muebles que quedaban de la antigua propiedad pero todavía había varias cosas que debían desaparecer antes de comenzar la construcción. Entre esas cosas una pared interior que dividía la zona principal en dos espacios y, según Daichi, esa pared debía ser derribada para ampliar el salón. También había algunas estanterías viejas, tablas, restos de madera y varios objetos que Miyagi había acumulado durante años.

—Hoy vamos a despejar todo esto —explicó Daichi—. Lo que sirva, se guarda. Lo que no, se tira. Después empezaremos con la pared.

—Esa no la tires. Era del antiguo dueño. Me la vendió barata —dijo el viejo Miyagi señalando con el dedo una de las estanterias.

Daichi la miró. Era una estantería rota pero prefirió no decir nada, después de todo el cliente siempre tiene la razón.
Tokuma
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05-10-2026, 06:40 AM
Tokuma llegó a la zona comercial con el sol ya instalado sobre los tejados, y el calor de la mañana le dio la bienvenida con la misma cortesía de siempre. Había dormido un poco menos de lo que deseaba, pero eso no era novedad. Tres días de trabajo significaban una mayor paga, y una mayor paga significaba que su madre podría rechazar un turno extra sin sentir culpa.
 
Sabiendo de lo que se trataba, y teniendo en cuenta que ya conocía el espacio de trabajo, Tokuma no barajo mucho sus opciones de vestimenta. Botas de cuero negra protegían sus pies de cualquier percance. Ocupaba pantalones cortos verde olivo, con varios bolsillos en los costados y su único cinturón marrón para sujetar los pantalones en su sitio. Una camiseta ancha, una talla más grande de lo común, color crema completaba el outfit junto con la bandana ninja en la frente. Todo elegido para facilitar el movimiento, a la circulación del aire por las partes más necesitadas, y sobre todo la comodidad del shinobi.
 
Al oír su apellido gritado a media calle, se detuvo y levantó una mano a modo de saludo. No devolvió la sonrisa del señor Miyagi, pero tampoco apartó la mirada, y en él eso ya era bastante cercano a un abrazo. Dejó que lo presentara y siguió con los ojos al hombre del lápiz tras la oreja.
 
— Daichi, mi nombre es Tokuma Nanahoshi, un placer. — Respondió Tokuma en voz baja, lo suficiente como para que las personas más cercanas lo escucharan.
 
Era un nombre común. Había miles en la aldea, y ese hombre tenía el rostro curtido de un obrero, nada que ver con la imagen que su madre le había descrito tantas veces antes de dormir. Aun así, el nombre le rozó algo por dentro durante medio segundo, y su rostro no cambió en lo más mínimo. Había aprendido a esconder eso desde niño.
 
Sin embargo, al escuchar aquel nombre, no pudo evitar pensar en su padre. De vez en cuando se preguntaba sí al pasar de los años su nueva carrera como militar le llevaría a tropezarse con el Senju. ¿Cómo actuaría en es esa situación? ¿podría mirarle a la cara y ser cordial para salvaguardar su posición militar? Le era imposible no pensar en este tipo de escenarios. La sensación de una gota de sudor bajando por mejilla le devolvió a la realidad.
 
— No vine pa' estorbar. — Respondió al fin, con la voz pareja de quien no pide permiso ni disculpas. — Digan dónde empiezo y dónde no me conviene meterme.
 
Cruzó el umbral del local y recorrió el salón con la vista. El olor a orina había cedido, aunque el aire seguía cargado de polvo, madera vieja y un resto de humedad que se pegaba a la garganta. La pared divisoria se alzaba en el centro como un obstáculo testarudo. A un costado, las estanterías, las tablas y los restos de cosas que alguna vez habían tenido dueño esperaban su veredicto.
 
Se acercó a la estantería que el señor Miyagi había señalado. Estaba rota, con una balda partida y los clavos oxidados asomando, pero la tocó con cuidado, sin juzgarla. Había cosas que valían más por lo que significaban que por lo que eran, y él lo entendía mejor que la mayoría.

— Esta va aparte. — Dijo, y la levantó por los extremos, calculando el peso antes de moverla. — Cerca de la entrada, donde no estorbe cuando empiecen con la pared. Si me dicen que la guarde en otro lado, la muevo después.
 
Una gota de sudor le recorrió la sien hasta la mandíbula mientras la depositaba junto a la puerta, con más delicadeza de la que la estantería merecía. Se limpió las manos en el pantalón y se giró hacia el resto de los escombros. Todavía quedaban horas por delante, y la pared no iba a derribarse sola. —¿Les ayudo a derribar la pared? — Preguntó, buscando la siguiente instrucción. Tres días pasarían rápido siempre y cuando siempre este ocupado. 
Chota Akimichi
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06-10-2026, 08:02 PM
Daichi esperó a que Tokuma terminara de mover las últimas tablas y echó un vistazo al espacio que habían dejado libre frente a la pared.

—Bien. Ahora sí podemos empezar a demoler.

Uno de los trabajadores acercó una barra de metal mientras otro tomaba un martillo de demolición. Daichi se colocó frente a la pared y señaló una parte concreta.

—Empezamos desde aquí. Vamos quitando por partes y retiramos los escombros conforme caigan.

Miyagi que seguía cerca de la entrada observando el trabajo con atención. Mientras los golpes empezaban a escucharse en todos los alrededores.

La pared comenzó a agrietarse poco a poco y los trabajadores se turnaban para golpear las partes más débiles mientras los demás iban retirando los pedazos que caían al suelo.

Después de un rato una parte de la pared cedió de golpe.

—¡Atrás!

Conforme avanzaban las horas la pared fue desapareciendo. Tokuma y los demás trabajadores tenían que apartar constantemente los restos para evitar que se acumularan en medio del lugar. Algunas piezas eran pequeñas y podían recogerse fácilmente pero otras necesitaban ser movidas entre dos personas.

El trabajo continuó así durante buena parte de la mañana y a medida que retiraban la pared el espacio del local comenzaba a verse diferente. La división que había separado las dos zonas desaparecía y el salón quedaba mucho más abierto.

Finalmente  una parte bastante grande de la estructura cayó hacia el lado que habían dejado preparado.

—¡Paren! —dijo Daichi levantando la mano.

El encargado observó la pared durante unos segundos antes de acercarse para comprobar que la parte restante estaba estable.

—Ya está. Lo que queda lo terminaremos de retirar después.

Miyagi entró por primera vez desde que habían empezado los trabajos. Caminó lentamente hasta el centro del local y miró hacia el espacio que antes ocupaba la pared. Durante unos segundos no dijo nada.

—Ahora sí que va tomando forma.

Daichi señaló los restos que todavía estaban esparcidos por el suelo.

—Todavía no. Aún falta bastante por hacer pero logramos avanzar bastante.

Para cuando el sol empezó a ocultarse la mayor parte del suelo ya estaba despejada y los materiales aprovechables habían sido apartados.

Daichi revisó el trabajo una última vez y llamó a todos.

—Por hoy terminamos. Mañana continuamos con las instalaciones. Necesito que estén aquí temprano porque empezaremos con el cableado y vamos a tener bastante trabajo.

Miyagi se acercó a Tokuma mientras se quitaba el polvo de las manos.

—Buen trabajo, Nanahoshi. Te dije que iba a necesitar ayuda y no estaba exagerando.

Después de varias horas cargando madera, retirando escombros y ayudando con la demolición ya no quedaba mucho que hacer. El local estaba listo para el siguiente paso de la construcción asi que por ahora tocaba marcharse y recuperar fuerzas para el trabajo del día siguiente.
Tokuma
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07-10-2026, 01:03 AM
Tokuma se colocó a un costado de la pared mientras los primeros golpes resonaban contra el cemento. Con las manos enguantadas y un pañuelo cubriéndole la nariz, esperó a que los trabajadores abrieran la primera grieta antes de acercarse. El polvo flotaba en el aire como una niebla tibia y se le pegaba al sudor de la frente, formando una costra fina que le picaba en las cejas.
 
No era que la obra, el trabajar con pico y pala, fuera un concepto nuevo para el genin. Al contrario, de niño tuvo que trabajar en unas cuantas obras para ayudar a su mamá a llegar a fin de mes. Pero no importaba el tiempo que pasase trabajando en construcción, la sensación de sucio siempre le iba a incomodar. Era una de esas idiocracias suyas que no podía dejar escapar, no importara el tiempo o lugar. 
 
Los escombros empezaron a caer y él los recogió sin esperar instrucciones. Los pedazos pequeños los cargó en un balde y los llevó hasta el montón junto a la puerta; los grandes los arrastró con las manos hasta el lado que Daichi había señalado, procurando mantenerse fuera del alcance de los martillos. Iba y venía con paso constante, sin prisa y sin pausa, y su respiración se volvió un ritmo más que seguir.
 
Cuando el grito de "¡Atrás!" retumbó en el salón, ya estaba retrocediendo. Dio dos pasos largos hacia un lado, con los brazos levantados para cubrirse el rostro, y vio cómo un bloque entero cedía y se desplomaba con un estruendo sordo. Esperó a que el polvo se asentara, comprobó con la mirada que nadie hubiera quedado bajo los restos y volvió a su sitio sin comentar nada.
 
Con el paso de las horas, la pared fue perdiendo altura y Tokuma ganó cansancio. Los hombros le ardían, las palmas le dolían bajo los guantes y la camiseta estaba empapada hasta la cintura. Una de las piezas más grandes, una losa del grosor de un brazo, no se dejó mover a la primera. La rodeó, buscó el mejor agarre y le hizo una seña a uno de los trabajadores que pasaba cerca.
 
— Entre dos. — Dijo, con la voz ronca por el polvo.
 
La levantaron juntos y la depositaron sobre la pila. Tokuma se sacudió las manos y volvió por la siguiente, sin esperar agradecimientos que tampoco habría sabido recibir.
 
Cuando Daichi levantó la mano y ordenó el alto, él ya estaba barriendo los fragmentos menudos con una escoba que alguien había dejado apoyada en la pared. No dejó de hacerlo hasta terminar el tramo que tenía delante. Después apartó con el pie un par de clavos sueltos, los recogió uno a uno y los echó en el balde.
 
Era increíble como había cambiado el local en tan solo unas cuantas horas. Más aún cuando pensaba en cómo estaba todo hace apenas unos días, cuando el ojiazul ayudó con la invasión de gatos que se había apoderado de todo el local. La transformación era muestra tangible de la voluntad del señor Miyagi combinada con el poder del dinero: suficiente mano de obra podía transformar cualquier espacio, sin aparentes restricciones. 
 
Miyagi se acercó con las manos llenas de polvo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Tokuma se quitó el pañuelo de la boca, lo sacudió contra la pierna y se lo tendió sin mirarlo.
 
— Tiene polvo en la cara. — Dijo, seco, y giró la vista hacia la pared restante como si algo en ella reclamara de pronto su atención. Tokuma nunca había sido bueno para expresar sus emociones, y el señor Miyagi representaba algo que al militar lo llenaba de orgullo. A final de cuentas el señor era una persona persiguiendo sus sueños.
 
Antes de irse volvió junto a la entrada para revisar la estantería rota. Seguía intacta, con sus clavos oxidados y su balda partida, y la arrimó un poco más a la pared para que ningún escombro la alcanzara. Después se acercó a Daichi y esperó a que levantara la vista.
 
— ¿A qué hora mañana? Si el cableado necesita gente temprano, prefiero llegar antes y no estorbar.
 
Salió a la calle con los hombros adoloridos y el sol hundiéndose tras los tejados. Apenas llegara a su casa se prepararía para el siguiente día, nunca había querido estar acostado en su cama tanto como aquel día.
Chota Akimichi
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12-10-2026, 03:49 AM
Daichi revisó una última vez el interior del local antes de dar por terminada la jornada.

—Mañana a las siete. Vamos a empezar con las instalaciones así que procura llegar a tiempo. —le dijo al Shinobi.

Miyagi se acercó a Tokuma mientras los demás trabajadores recogían sus herramientas.

—No te preocupes por el desayuno muchacho. Mañana les traeré comida a todos los trabajadores incluyéndote.

Los trabajadores comenzaron a marcharse y el local quedó preparado para continuar las obras al día siguiente.

Día 49 del verano del Año 150.
08:00 horas.
Zona Comercial, Konohagakure no Sato.

La mañana llegó con menos entusiasmo del que habría deseado cualquier trabajador obligado a madrugar. La zona comercial apenas comenzaba a andar cuando el local del señor Miyagi ya tenía movimiento en sus alrededores. Frente a la entrada descansaban nuevas cajas de herramientas, rollos de cable y varios materiales que Daichi había encargado para continuar con la remodelación. La madera retirada el día anterior estaba apilada a un costado de los escombros que todavía habia que trasladar.

El encargado de la obra revisaba una hoja con anotaciones mientras dos de sus hombres preparaban una escalera y otro acomodaba las herramientas que utilizarían durante la mañana. El interior había cambiado considerablemente desde la última visita de Tokuma. Sin la pared divisoria el salón parecía mucho más amplio.

Miyagi por su parte había llegado con un termo de té y una bolsa de bollos que dejó sobre una mesa provisional.

—¡Buenos días! Hoy sí que vamos a avanzar bastante. ¡Ya me imagino el olor de la carne asándose en ese horno! —comentó mirando el interior con una sonrisa soñadora.

Daichi alzó la vista de sus anotaciones.

—Primero necesitamos que el lugar tenga electricidad, Miyagi. Después podrá imaginarse todos los asados que quiera.

El propietario soltó una carcajada, aunque no pareció sentirse aludido. Para él cada avance de la remodelación era una razón suficiente para celebrar incluso si todavía faltaban semanas para recibir al primer cliente.

Cuando Tokuma se incorporó al grupo Daichi lo saludó con un movimiento de cabeza y señaló el material reunido junto a la entrada.

—Llegas a buena hora. Hoy vamos a trabajar con las instalaciones. Los electricistas se encargarán del cableado y de las conexiones. Nosotros les ayudaremos a despejar las zonas de trabajo, acercar los materiales y retirar lo que vaya sobrando. También hay que dejar libre el pasillo del fondo para que puedan trabajar sin obstáculos.

El hombre se dirigió entonces hacia el interior, donde uno de los trabajadores ya había comenzado a retirar unas tablas que estorbaban cerca de la pared. El resto se distribuyó entre las distintas tareas.

Durante la primera parte de la mañana el trabajo avanzó sin mayores inconvenientes. A diferencia de la jornada anterior ahora debían trabajar con más cuidado, procurando no entorpecer las labores de quienes se ocupaban de las instalaciones.

Sin embargo, el primer contratiempo no tardó en aparecer.

Uno de los trabajadores que revisaba el pasillo del fondo llamó a Daichi después de apartar una tabla ancha que había permanecido apoyada contra la pared. Detrás de ella encontraron un tramo de madera deteriorada y varios fragmentos de yeso desprendido. El material no parecía peligroso por sí mismo pero ocupaba parte del espacio por donde debían pasar los electricistas y al moverlo dejó al descubierto una pequeña acumulación de polvo, restos de obra y muchas pero muchas heces de gato.

Daichi se acercó, examinó el lugar y se tapó la nariz cuando sintió el olor que aquello desprendía.

—Vaya. Esto no estaba en mis planes —pensó mientras miraba al shinobi—. Bueno muchacho, te dejamos esto a ti. 

Los electricistas ya se preparaban para continuar con el trabajo pero no podrían utilizar el pasillo con normalidad mientras aquello siguiera allí.

—Habrá que despejarlo antes de que podamos seguir.

Miyagi se asomó desde la entrada, observó el nuevo inconveniente y frunció los labios.

—Malditos gatos ¿Encontraron un cementerio de esos malnacidos o porque huele así?

—Quedé se tranquilo que nuestro amigo el ninja se encargará de resolverlo —dijo el maestro de obra antes de dar media vuelta e irse a quien sabe donde.
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12-10-2026, 05:17 PM
Tokuma despertó antes de que sonara nada, con la sensación de que alguien le había llenado el cuerpo de arena durante la noche. Los hombros le ardían al menor movimiento, las palmas conservaban el recuerdo de cada escombro cargado y la espalda crujió con una queja larga cuando intentó incorporarse. Se quedó sentado en el borde del colchón, con los pies sobre las baldosas frescas y la cabeza gacha, esperando a que los músculos recordaran para qué servían.
 
No podía sacudirse la idea de que esto era inhumano, como podía existir gente que hiciera este tipo de trabajo día sí y día también, le parecía una burrada. Era cierto que Tokuma no era ajeno al trabajo manual forzado, tenía ya bastante experiencia con la carpintería gracias a las indicaciones de Gonzo quien en un momento le dijo “algún día los Senjus recuperaremos el control sobre la madera y estas habilidades te servirán para el resto de tu vida.” Pero la sensación de su cuerpo luego de un día de demolición no se comparaba con nada que había experimentado hasta el momento.
 
Estiró los brazos hasta oír los hombros chasquear, flexionó los dedos hinchados y se puso de pie con más esfuerzo del que habría admitido. En la cocina, su madre ya se había marchado a la lavandería, pero la taza de ella seguía sobre la mesa, todavía tibia. Tokuma abrió la despensa y sacó lo que había: arroz de la noche anterior, tres huevos, un trozo de pescado salado y las últimas verduras encurtidas. Lo salteó todo junto en la sartén, sin ceremonia, y se lo comió de pie, con la rapidez de quien sabe que la comida es combustible y no un lujo. Repitió el plato entero. Después bebió agua hasta sentir el estómago tenso.
 
Ya tenía la experiencia del día anterior, no sabía lo que le esperaba hoy. Su deber, como adulto responsable que intentaba ser, era preparase lo mejor posible. 
 
Se lavó la cara con agua del balde, y el frío le espabiló los ojos azules. Frente al único espejo evaluó los daños del día anterior: un moretón violáceo en el antebrazo, los nudillos raspados, una línea de polvo gris incrustada bajo las uñas que el jabón no había conseguido sacar. Se vistió con la ropa de trabajo, la misma que había lavado a medias la noche anterior, y comprobó que todo estuviera en su sitio.
 
Antes de salir respiró hondo tres veces, despacio. Costumbre, no nervios. Cerró la puerta con llave. El camino hasta la zona comercial le costó más que el día anterior. Cada paso despertaba una molestia distinta, y el sol de verano ya empezaba a pegarle en la nuca, haciendo que el sudor le recorriera la sien hasta la mandíbula. No aceleró el ritmo. Prefirió llegar justo a tiempo antes que llegar agotado.
 
Cuando llegó al local, la escena ya estaba en marcha. Cajas de herramientas junto a la entrada, rollos de cable, una escalera que preparaban dos hombres. El señor Miyagi ya estaba allí con su termo de té y una bolsa de bollos sobre una mesa provisional, y Tokuma lo saludó con una inclinación breve de cabeza antes de acercarse a Daichi.
 
— Buenos días. — Dijo, con la voz ronca de sueño. — Aquí estoy.
 
Escuchó las instrucciones con los brazos a los costados y la vista fija en el encargado, sin interrumpir. Cuando Daichi terminó, asintió una sola vez.
 
— Entendido. Despejo las zonas de trabajo, acerco material y saco lo que sobre. — Repitió, ordenando mentalmente cada tarea. — Empiezo por el pasillo del fondo, entonces. Los electricistas tendrán paso libre antes de que lo necesiten.
 
Entró al local y recorrió el salón con la mirada. Sin la pared divisoria, el espacio se veía enorme, casi irreconocible. Se acercó al pasillo del fondo y empezó a retirar las tablas que estorbaban cuando uno de los trabajadores llamó a Daichi. Detrás de una tabla ancha apareció el tramo de madera deteriorada, los fragmentos de yeso y el montón de heces secas. El olor le llegó un segundo después, familiar, y se le endureció la mandíbula sin que el rostro cambiara.
 
— Esto lo conozco. — Murmuró.
 
Cuando Daichi lo señaló con una frase seca y se marchó, Tokuma no protestó. Se giró hacia los electricistas, que esperaban con sus rollos de cable.
 
— Denme un rato. Les aviso cuando el pasillo esté libre.
 
No era la primera vez que tenía que lidiar con el deshacer de los gatos, pero esperaba que fuera la última. Aunque pensándolo bien, no podía sorprenderle que se encontrase con semejante desastre sabiendo la cantidad de gatos que habitaban aquel local. A final de cuentas, la limpieza no fue prioridad el día que se encargaron de todos los gatos. Y aunque el señor Miyagi intentara por su cuenta limpiar el lugar antes de comenzar la construcción, Tokuma entendía que era posible encontrarse ese tipo de situaciones. Los gatos son ocupar espacios que un humano nunca podría. Solo esperaba que aquella fuera la última sorpresa que los felinos habían dejado en su paso.
 
Buscó entre los materiales: guantes gruesos, un balde, una pala de mano, sacos de arpillera. Humedeció un trapo, se lo ató sobre nariz y boca, y abrió la ventana trasera para ventilar. Después empezó a trabajar sin prisas. Apartó las tablas, recogió el yeso, rascó el suelo con la pala, restregó con vinagre y agua hasta que el líquido dejó de teñirse. Cada tanto se detenía a respirar, con las manos arrugadas y los hombros protestando.
 
Cuando terminó, se retiró el trapo y olfateó el aire con cautela. Aceptable.
 
— Ya pueden pasar. — Dijo a los electricistas, con la voz ronca. — El suelo está húmedo al fondo, tengan cuidado.
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12-10-2026, 11:08 PM
Con la jornada llegando a su fin, el movimiento dentro del establecimiento fue disminuyendo hasta que los últimos trabajadores terminaron de recoger sus herramientas. Todavía quedaban numerosas tareas por delante y el local distaba mucho de estar listo para recibir a sus primeros clientes, pero el trabajo realizado durante aquellos días ya permitía a su propietario imaginar con mayor claridad el resultado final.

Miyagi se acercó a Tokuma con una expresión satisfecha. Por una vez parecía haber dejado de lado sus constantes ocurrencias para hablar con algo más de seriedad. Se limpió las manos en el delantal antes de dirigirle la palabra.

—Bueno, Nanahoshi, creo que ya puedo decir que hemos avanzado bastante. Todavía falta mucho para que este lugar se convierta en el restaurante que tengo en mente, no voy a engañarte con eso. Quedan instalaciones por terminar, mobiliario que preparar y un montón de detalles que seguramente me harán perder el sueño cuando llegue el momento.

El hombre soltó una pequeña risa y echó un vistazo al establecimiento.

—Pero estoy satisfecho. Muy satisfecho, de hecho. Me has ayudado a sacar adelante un trabajo que necesitaba más manos de las que tenía, y puedo decir que has cumplido con lo que te pedí. No todo el mundo está dispuesto a dedicarle tiempo y esfuerzo a un trabajo como este, especialmente cuando hay que ensuciarse las manos.

Miyagi le ofreció la mano a Tokuma para estrecharla en señal de agradecimiento.

—Por mi parte, doy la misión por terminada satisfactoriamente. Puedes dar el trabajo por concluido, muchacho. Y aunque todavía no pueda invitarte a comer aquí porque ni siquiera tenemos la cocina lista, no me he olvidado lo que te prometí.

Su sonrisa recuperó parte del entusiasmo habitual.

—Cuando abra este restaurante, tendrás una comida por mi cuenta. ¡Y más te vale venir con hambre! Después de toda la ayuda que me has prestado, lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que te marches con el estómago lleno.
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12-10-2026, 11:54 PM
Tokuma recibió la mano del señor Miyagi con la suya, todavía áspera y con el polvo incrustado bajo las uñas, y la estrechó con una firmeza medida. No era un hombre de apretones largos. Dejó pasar un segundo más de lo habitual antes de soltarla, y eso, en él, valía como un abrazo.
 
Era increíble lo que había logrado en apenas unas semanas. Desde el rescatar a todos esos gatos, hasta transformar el local en lo que su dueño imaginaba. No fue una tarea simple, pero era gratificante para el ojiazul saber que su labor como militar estaba ayudando a que otras personas lograran sus sueños. Deseaba algún día poder cumplir el suyo de comprarle una casa a su madre y permitirle que se retirara con gracia.
 
— Gracias, señor Miyagi. — Dijo, con la voz pareja y un poco ronca de tanto polvo. — Fue un honor ayudarle. Tengo la certeza de que el local va a quedar bien.
 
No añadió nada más. Sabía que no sonaba cálido, pero también sabía que el viejo no esperaba otra cosa. Recorrió el salón con la mirada: el espacio abierto donde antes estuvo la pared, el pasillo del fondo ya limpio, los cables recorriendo las vigas como venas nuevas. Tres días atrás, aquel lugar olía a orina de gato y tenía cuarenta y dos inquilinos con bigotes. Ahora, a pesar del desorden, parecía a punto de despertar.
 
— Lo de la comida. — Añadió, y apartó un instante la vista hacia el suelo antes de volver a levantarla. — Voy a venir. Con hambre, como dice, también traeré a mi madre conmigo. Pero no se apure por mí. Primero que termine lo que le falta.
 
Metió las manos en los bolsillos de la ropa de trabajo y notó, bajo los dedos, el borde del sobre que Daichi le había entregado esa tarde. Pesaba lo justo. Pensó en la mesa de la cocina, en la taza de su madre todavía tibia al amanecer y en el turno que podría rechazar sin culpa el fin de semana. Aquello era lo único que de verdad le importaba de todo el asunto, y ningún elogio se le acercaba.
 
Antes de irse, se acercó a la entrada, donde seguía la estantería rota que el señor Miyagi se había negado a tirar. La balda partida, los clavos oxidados, el aire de objeto que ya no sirve para nada. La levantó con ambas manos, midió el peso, y la arrimó un poco más contra la pared, fuera del paso de los obreros, asegurándose de que quedara estable. Nadie le había pedido que lo hiciera. Pasó los dedos por el borde de la madera, una sola vez, y retiró la mano.
 
Se detuvo junto a Daichi, que revisaba por última vez su hoja de anotaciones con el lápiz detrás de la oreja. Tokuma esperó a que levantara la vista antes de inclinar la cabeza lo justo.
 
— Gracias por la guía estos días. — Dijo. — Aprendí más de lo que esperaba.
 
Le sostuvo la mirada un segundo. Había algo en aquel nombre que le seguía rozando por dentro, como una piedra pequeña en el zapato, pero el hombre del lápiz tenía el rostro curtido de un obrero y nada más. Tokuma apartó el pensamiento con la misma facilidad con que había aprendido a apartar tantos otros.
 
Salió a la calle con la espalda dolorida y las manos cansadas. El sol se hundía tras los tejados de la zona comercial, y el calor del día cedía despacio, dejando el aire cargado de humo, especias y el aroma de los primeros puestos que encendían sus faroles. Una gota de sudor le bajó por la nuca y se perdió bajo el cuello. Echó una última mirada por encima del hombro: la fachada todavía desvencijada, el cartel a medio colgar, la puerta abierta por la que salía luz amarilla.
 
Era un buen sitio. Todavía no lo era, pero lo sería.
 
Metió de nuevo las manos en los bolsillos y echó a andar calle abajo, con el paso lento de quien termina algo que valió la pena. Al pasar junto al callejón donde, semanas atrás, había sacado a una gata negra de un horno, aminoró un instante, como si esperara verla. No estaba. Seguramente alguien la habría adoptado, o se la habría llevado el refugio, o seguía por ahí cazando ratones con su elegancia desconfiada. Prefirió pensar lo primero.
Masashi Kishimoto
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13-10-2026, 11:11 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Rango D] Manos a la obra. (TID 15055)
Tipo: Misión Normal · Rango: D
  • Chota Akimichi — Narrador No Oficial (100%): 500 Ryos, 0 Tobis, 50 Exp, Pergamino PERG001
  • Tokuma Nanahoshi — Participante (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Madara
Rango Genin
Clan Uchiha
Nivel 2
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia0(1)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo9
180
180
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13-10-2026, 11:12 AM
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