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[Autonarrada C] Las Campanas Mudas del Santuario Antiguo
Itsuki Senju
Rango Chuunin
Clan Senju
Nivel 12
Estadísticas
Generales
Fuerza75(4)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud10
Velocidad15
Tenketsu25
Sigilo10
485
655
Enlace al Post
12-10-2026, 10:55 PM
El viento en aquella parte de la montaña no traía frío ni susurros, solo una presión seca y molesta que se metía directo por las sienes. El recinto del Santuario Antiguo estaba delimitado por troncos gruesos clavados en el fango y unas cuerdas rituales trenzadas de paja blanquecina, raídas por los años, que colgaban entre estaca y estaca. En teoría, era un lugar sagrado destinado al retiro y la meditación. En la práctica, para Itsuki Senju no era más que una molestia insoportable.

Desde el instante en que cruzó la línea marcada por las sogas sagradas, la atmósfera cambió por completo. Las campanas de bronce que colgaban de los aleros del templo principal oscilaban con fuerza bajo las ráfagas de aire, pero no producían el repique metálico que cualquiera esperaría escuchar. No había sonido. En su lugar, el aire vibraba en un tono sordo que no entraba por los oídos, sino a través de la piel, sacudiendo los canales internos de energía y haciendo que los puntos de chakra cosquillearan como si estuvieran recibiendo pinchazos constantes de agujas diminutas.

Itsuki dio dos pasos hacia el patio adoquinado y se vio obligado a clavar los talones con fuerza. El suelo pareció ladearse por un segundo bajo sus sandalias. Un mareo denso, parecido a la resaca de un golpe mal recibido en la nuca, le nubló la visión periférica. Sus piernas pesaban el doble de lo normal, como si el barro le llegara hasta las rodillas.

Qué porquería de truco.

Apretó la mandíbula con tanta fuerza que los molares le rechinaron. Reguló el aire desde el diafragma, intentando obligar a su cuerpo a mantener el equilibrio por pura terquedad motriz. En lugar de encontrar una melodía o una distorsión mental que pudiera disiparse con un contraflujo básico de chakra, se topó con una sacudida física constante, un traqueteo invisible que entorpecía la respuesta de sus músculos. Esa sensación de torpeza impuesta, de perder el control fino de sus propios movimientos, empezó a encenderle la sangre. Odiaba sentirse lento, pero odiaba todavía más que una campana de metal inerte fuera la causante.

El crujido seco de unas maderas al deslizarse sobre las baldosas interrumpió su intento de recomponerse.

Desde las galerías sombrías del santuario bajaron cuatro figuras. Llevaban túnicas raídas con capuchas amplias que caían hacia adelante, ocultando cualquier rasgo visible. Para Itsuki, la ausencia de caras era completamente intrascendente; las personas no eran más que siluetas con tonalidades de cabello, texturas de ropa y patrones de marcha específicos. Lo relevante de estos sujetos era la rigidez artificial con la que avanzaban: no respiraban, no se encorvaban para medir el terreno y sus hombros se movían con la cadencia exacta de engranajes mal engrasados. Autómatas guardianes o cadáveres sellados por viejas doctrinas. En las manos sostenían báculos largos de madera oscura, rematados en los extremos por aros de hierro de los que colgaban pequeños cascabeles con bordes afilados.

Apenas se detuvieron a diez metros de distancia, los cascabeles vibraron en seco, desprendiendo hojas curvas que cortaron el aire en dirección a su cuello y torso.

—No tengo tiempo para sus juegos de templo.

Itsuki no retrocedió. Apretó los puños, dejando que las nudilleras de hierro encajaran en sus nudillos, y dio un paso al frente para absorber el impacto en lugar de intentar una evasión limpia que su cuerpo entorpecido no garantizaría. Con un desvío tosco de antebrazo, golpeó la primera hoja al vuelo, desviando su trayectoria hacia las baldosas con un chispazo sordo. La segunda cuchilla le rozó la manga del chaleco táctico, abriendo la tela sin tocar carne.

El esfuerzo le costó una punzada aguda en el estómago; la frecuencia inaudible de las campanas aprovechó la aceleración de su chakra para desestabilizarle la pisada una vez más. La vista se le nubló por una fracción de segundo, tiñendo el mundo de un tono grisáceo y pastoso.

La irritación fría con la que había llegado al recinto simplemente se rompió.

Una mueca áspera y torcida se le dibujó en el rostro. Si sus propios centros de energía no querían cooperar con la precisión habitual, los obligaría a empujar por la vía dura. En lugar de retroceder para buscar cobertura, cargó de frente acortando la distancia contra el guardián más cercano. El autómata bajó el báculo en un barrido horizontal con la intención de quebrarle las costillas, aprovechando el alcance del arma de madera. Itsuki leyó la inercia del movimiento desde los codos del muñeco y se agachó por debajo del golpe, dejando que el aire de la madera le pasara zumbando sobre el pelo plateado.

Al recuperar la postura, el mareo lo jaló hacia la derecha, pero usó esa misma caída para cargar todo el peso del cuerpo en el puño opuesto. El impacto de la nudillera dio de lleno en lo que equivaldría a la caja torácica de la figura. No hubo sangre ni quejidos, solo el estrépito sordo de la madera maciza astillándose bajo la fuerza bruta del impacto. El muñeco salió despedido dos metros hacia atrás, dando tumbos hasta golpear la base de una lámpara de piedra.

Los otros tres autómatas no vacilaron. Cerraron filas a su alrededor, buscando rodearlo con estocadas cruzadas de sus báculos. Los aros de hierro tintineaban con filo asesino.

Itsuki giró sobre sus talones con brusquedad, escupiendo a un lado con desprecio. Sus ojos claros, inexpresivos y duros, se clavaron en las articulaciones de los brazos que sostenían las armas. La vibración de las campanas en lo alto del templo aumentaba con cada ráfaga de viento, mandándole descargas invisibles que le agarrotaban los hombros y le hacían temblar las rodillas. Sabía que no le quedaban muchos turnos antes de que la presión le reventara el flujo circulatorio y lo dejara inconsciente sobre el patio.

Primero ustedes, pedazos de leña.

Esperó a que el siguiente báculo bajara en una estocada vertical directa a su cabeza. Cuando la madera estuvo a un palmo de su frente, ladeó el cuello con un movimiento seco y atrapó el asta bajo su axila, frenándola en seco. Con la otra mano, descargó un golpe ascendente directo al rostro encapuchado del muñeco. El crujido fue demoledor: la madera de la cabeza se partió por la mitad, dejando al descubierto tiras de pergamino amarillento cubiertas de tinta desvanecida que cayeron inertes al suelo.

Sin soltar el báculo capturado, tiró de él hacia atrás con rabia, usándolo como palanca para barrer las piernas del tercer guardián, que venía a su espalda. La figura perdió apoyo y cayó de espaldas contra las piedras. Antes de que pudiera incorporarse, Itsuki descargó el talón contra su torso con toda la inercia de su cuerpo, quebrando la estructura central del mecanismo.

El cuarto autómata retrocedió un paso, agitando los cascabeles de su arma en un último intento desesperado por mantener la distancia. Itsuki ni siquiera esperó a que armara el ataque. Avanzó dos zancadas pesadas, tragándose la náusea que le subía por la garganta, y le estampó la nudillera en el hombro, arrancándole el brazo articulado de cuajo y pateando el resto del cuerpo hacia las escalinatas de madera.

El patio quedó en silencio respecto a pasos enemigos, pero la presión ambiental no hizo más que empeorar.

Las tres campanas de bronce que colgaban del alero principal del santuario vibraban a un ritmo desquiciante. El metal oscilaba sin hacer ruido audible, pero el aire a su alrededor se distorsionaba en ondas visibles de calor y energía que golpeaban el pecho de Itsuki como si alguien lo estuviera aplastando contra el suelo con una losa de granito. Sus manos empezaron a adormecerse, perdiendo sensibilidad en los dedos. Si caía de rodillas ahora, no se volvería a levantar hasta que el cuerpo colapsara por completo.

—Se acabó el sermón.

Metió la mano en la cartuchera lateral de su pierna y extrajo cuatro proyectiles de metal templado entre los dedos. El pulso le temblaba por la interferencia de los tenketsus, lo que convertía un lanzamiento limpio a distancia en una tarea ridículamente arriesgada. Cerró un ojo para contrarrestar la doble visión provocada por el mareo y flexionó el brazo hacia atrás, calculando la oscilación del metal en el tejado.

No buscaba una parábola elegante. Iba a tirar con toda la fuerza que sus hombros pudieran reunir, confiando en que la inercia bruta compensara la falta de tacto fino.

Con un chasquido del brazo impulsado desde la cadera, arrojó el primer kunai directo al interior de la campana central. El proyectil voló en una línea recta y tensa, impactando contra el badajo de bronce con un chirrido metálico violento. El perno que sostenía la pieza se quebró al contacto, haciendo que el núcleo de la campana cayera pesadamente contra las tablas del porche.

La presión en el aire bajó de golpe un tercio, permitiéndole tomar una bocanada de aire limpia.

Sin detenerse a respirar del todo, tomó los otros proyectiles con la mano restante y los lanzó en una trayectoria dividida hacia las dos campanas laterales. El primer lanzamiento dio en el centro del mecanismo izquierdo, doblando la fijación y expulsando el badajo hacia el tejado de tejas. El último proyectil rozó el borde del badajo derecho sin romperlo, pero la fuerza fue suficiente para desviarlo y hacer que se trabara de lado contra la campana exterior, silenciando de inmediato la oscilación que transmitía la frecuencia invisible.

La vibración en el aire cesó por completo.

El silencio que quedó en el santuario fue súbito y pesado. Itsuki se quedó quieto en medio del patio adoquinado, con el pecho subiendo y bajando de forma irregular mientras el flujo de chakra dentro de sus canales se asentaba poco a poco en su cauce normal. Se frotó la nuca con la mano enguantada, sacudiendo la cabeza para despejar los últimos restos de pesadez en las sienes, y miró los restos de madera destrozada y las campanas inertes en el alero.

Recogió las armas que aún servían del suelo sin prestarle la menor atención a las figuras destruidas, ajustó las correas de su chaleco táctico y emprendió el camino de regreso cruzando las sogas rituales sin mirar atrás una sola vez.
Masashi Kishimoto
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13-10-2026, 11:08 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Autonarrada C] Las Campanas Mudas del Santuario Antiguo (TID 15156)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Itsuki Senju — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Madara
Rango Genin
Clan Uchiha
Nivel 2
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Destreza0(1)
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Inteligencia0(1)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo9
180
180
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13-10-2026, 11:09 AM
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